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martes, 4 de agosto de 2020

Tiempo para los pájaros


Siempre ha habido obras literarias donde se nos propone algo parecido a un retrato generacional. A veces, se trata de una planificación consciente por parte del autor (pienso en las novelas iniciales de José Ángel Mañas o Pedro Maestre); pero en otras ocasiones es, más bien, un proyecto que se cumple de forma casi accidental (aduciré los nombres de Jack Kerouac o Julio Cortázar). En el caso de Tiempo para los pájaros, de la cántabra Celia Corral Cañas, volvemos a encontrar un libro de ese rango, que obtuvo el premio Carmen Martín Gaite en el año 2019.

Pero hay una característica que lo diferencia de otras obras de parecido espíritu: frente a la mediocridad literaria de krónenes y dinosaurios (que el viento de la sensatez barrió con eficaz y justa prisa), estas páginas de Celia Corral constituyen una asombrosa cosmogonía, un retrato del estar en el mundo, una crónica íntima admirablemente pensada y redactada, que está llena de frescura, fluidez, verdades, desgarros, lágrimas, perplejidad, remordimientos y furias. Tenemos meditaciones sobre Indonesia y el vegetarianismo, sobre los contratos basura que encepan las vidas de los más jóvenes, sobre los vecinos impertinentes, sobre las gatas, sobre los rescoldos olvidados (e inolvidables) de las guerras, sobre el frío y el trocánter, sobre la tristeza de disfrutar de alegría, sobre el juego de las sillas musicales, sobre un endecasílabo de Octavio Paz que se tatúa en un antebrazo, sobre los sándwiches de aguacate, sobre pájaros que nos salvan del suicidio, sobre nacer en Invernalia y no saber cuándo llegará el primavera.

“Qué sentido tiene esto que estoy escribiendo, pienso a veces. Adónde me llevará”, nos dice la autora en la página 53. Quizá nos lleve simplemente a la constatación de que el sinsentido también debe ser narrado, para que la luz inunde algunos de los corredores oscuros. Nuestras vidas son (admitámoslo) como vidrieras: están formadas por centenares de cristalitos emplomados, y no siempre la luz incide del mismo modo sobre todos ellos; ni colocamos nuestros ojos sobre el mismo cristal para observar el otro lado; ni podemos evitar cortarnos con el borde de alguno. Somos esplendor y miseria. Somos tinieblas y luz. Somos dolor sonriente y sonrisas quebradas. Somos paradojas. Celia Corral, tan joven, ya ha sido capaz de verlo y escribirlo en esta obra lúcida, intensa y sabia. No la pierdan de vista.




jueves, 14 de diciembre de 2017

La felicidad en blíster



Somos seres en busca de sentido, espectros que vagamos por el mundo intentando encontrar el norte de la brújula. Si es que hay brújula. Como los cuatro protagonistas de La felicidad en blíster, la novela con la que Miguel Ángel Cáliz obtuvo el premio Carmen Martín Gaite en el año 2016 y que ahora publica el sello granadino Traspiés.
Roque es “el brillante cineasta que cuando se encontraba en la cumbre de su carrera lo dejó todo para irse a vivir al desierto” (p.83) y ahora está siendo buscado por su compañero de Dencine para hacerle saber que han sido invitados a Hollywood como finalistas de sus premios cinematográficos. Lisa es la intrépida autora de documentales que, durante un tiempo, osciló sentimental y sexualmente entre los dos. Y, para completar el cuarteto, se nos presenta a un terapeuta que ha tratado a Lisa para reducir o solucionar sus problemas de estrés postraumático y que también ha sido su amante.
Con esas cuatro figuras Miguel Ángel Cáliz construye una historia sobre el desconcierto, sobre la soledad, sobre la búsqueda íntima, sobre la zozobra y los miedos, donde se aproxima a zonas muy delicadas del espíritu humano para que, al final, los lectores nos preguntemos a nosotros mismos quiénes somos y hacia qué meta nos dirigimos. Hábil en la creación de atmósferas internas y externas (su ambientación del desierto es tan sofocante como convincente), el autor de esta obra se adentra en regiones cordiales en las que habitualmente se prefiere no entrar, porque resultan incómodas o devastadoras, pero que él resuelve con tanta elegancia expresiva como acierto psicológico.

Sin duda, una buena propuesta para este final de año.

domingo, 5 de marzo de 2017

Libertinos, pornógrafos e ilustrados



Los autores del texto, Ana Morilla y Miguel Á. Cáliz, lo explican cautelarmente en la página 8 del volumen: “No es este un trabajo para eruditos, ni un ensayo de literatura comparada, sino un libro de divulgación para curiosos y lectores interesados en el tema”. ¿Y cuál es el tema? Pues la respuesta es tan sencilla como amplia: los libros donde el libertinaje sexual hizo acto de presencia durante el siglo XVIII. Así, se realizan aproximaciones a volúmenes tan conocidos como Fanny Hill (de John Cleland), Las amistades peligrosas (de Pierre Choderlos de Laclos), Justine o los infortunios de la virtud (del polémico marqués de Sade) o Historia de mi vida (de Giacomo Casanova), sin olvidar muchos otros que, huérfanos hoy de celebridad, contienen primores y libertades que consolidaron este tipo de literatura y le dieron vigor. Entre ellos, los españoles Fernández de Moratín, Félix María de Samaniego o el tinerfeño Tomás de Iriarte.
Nos explican los autores que el aroma de la libertad sexual se expandió en el mundo grecolatino pero que luego el rancio y pudibundo pensamiento cristiano “trajo consigo una demonización de la carne, una represión de las tendencias naturales y una ocultación de lo sexual” (p.18). Y esa intervención castradora, ese ambiente favorable a la abstinencia o la hipocresía, se extendió durante varias centurias, hasta que durante el XVIII, hartos de ese panorama, surgieron y proliferaron los libertinos, unos escritores que, liberados del yugo represivo del pensamiento conservador, se lanzaron a escribir sobre el sexo con un nuevo enfoque, mucho más libre y placentero. Y su esfuerzo resultó clave para que trazaran un punto de inflexión en la mentalidad de su tiempo. En ese sentido, no supone ningún dislate afirmar que el movimiento libertino “supuso una revolución casi tan importante como la revolución política que se fraguó en los Estados Unidos o Francia” (p.30) y que “nuestra época debe mucho a estos esforzados iconoclastas que lucharon contra los poderes de su tiempo” (p.32).
Este volumen deliciosamente escrito y profundamente documentado nos permite conocer también algunas de las ilustraciones que se crearon para completar las propuestas literarias. Con inteligente criterio editorial, el tomo presenta todas sus páginas impares dedicadas a la parte gráfica de la literatura libertina, y de este modo podemos tener acceso a las maravillosas propuestas de Paul Avril, Borel y Elluin, Fragonard o Barbier. Ellas constituyeron buena parte del atractivo de aquellos libros irreverentes, lúdicos y gozosos, y no podían quedar fuera de este trabajo de investigación.

En suma, un estudio delicioso de leer que nos devuelve la memoria de unos adelantados que, rompiendo los moldes grises de su tiempo, abrieron el camino a la modernidad. Ana Morilla, Miguel Ángel Cáliz y la editorial Traspiés nos permiten conocerlos mucho mejor.

domingo, 8 de enero de 2017

Sueños de invierno



Francis Scott Fitzgerald, miembro de la Generación Perdida norteamericana y autor de narraciones tan famosas como El gran Gatsby o El curioso caso de Benjamin Button (ambas llevadas al cine con singular maestría), redactó en 1922 una historia a la que puso por título Winter dreams y que fue publicada en la revista Metropolitan. Ahora, este relato acaba de ser editado en España con ilustraciones de J.A. López en el sello Traspiés.
Su protagonista es Dexter Green, un joven y ambicioso caddie que, al cumplir 14 años y conocer a la caprichosa Judy Jones, de 12, decide prosperar e instalarse en la parte alta de la sociedad (“No buscaba rodearse de cosas fastuosas ni de gente fastuosa: simplemente quería poseer aquellas cosas fastuosas”, p.21). Su paso por la universidad le sirve como trampolín para comenzar a despuntar en el mundo de los negocios y reencontrarse, a los 23 años y convertido en uno de los hombres más ricos de su entorno, con la bellísima y altanera Judy. No sería exacto decir que entre ellos surge el amor, pero sí la fascinación, el magnetismo, el deseo. Durante años, sus trayectorias vitales se irán aproximando y separando en un juego de imanes móviles: Dexter sabe que de una muchacha como Judy no puede esperar fidelidad ni relaciones convencionales; y ella, a pesar de su explosiva hermosura y de su desahogada posición económica, no parece sentirse realizada (“Soy la mujer más bella del mundo. ¿Por qué no puedo ser feliz?”, p.53).
Con muchos detalles que recuerdan a episodios de su propia vida y que se hallan presentes en los protagonistas de otras novelas y relatos suyos, Sueños de invierno es una historia donde observamos cómo el tiempo construye y destruye a su antojo; cómo el glamour de la juventud y el dinero se convierten en nieblas lánguidas años más tarde; y, sobre todo, cómo los sueños se resisten tenazmente a cumplirse, para transformarse con frecuencia en pesadillas o en mercurio entre los dedos.

La prosa de Scott Fitzgerald, elegante, certera y música, obra el milagro de que nuestra atención se mantenga intacta desde el primer párrafo hasta el último, y que nos sintamos conmovidos con sus personajes y sus íntimas derrotas.

miércoles, 13 de enero de 2016

La heredad



En ocasiones, la vida nos depara unos dones envenenados que, sin apenas reflexión, mordemos; y esos dones pudren nuestro interior. Lo descubrirá pronto Remigio que, tras un tiempo de malas relaciones con su padre, acaba por volver a la casa familiar para cuidarlo en sus últimos días. Lamido por la gangrena, la muerte no tardará en llegar; pero un exceso de cabezonería o de imprudencia le impide redactar testamento. Y por esa causa comienzan a encadenarse los problemas para su hijo, que se encuentra convertido en dueño de una heredad de la que no sabe encargarse.
A partir de ese instante, los enredos se van multiplicando para él, y las amarguras se amontonan sin tasa: su madrastra comienza a pleitear por la herencia; los abogados descubren el filón y se dedican a engañar a ambos con sus mil triquiñuelas legales, que no buscan sino enredar el proceso y engordar sus minutas; los jornaleros consideran que la inexperiencia del hijo es motivo bastante para hacer de su capa un sayo, descuidar sus obligaciones y robar en los descuidos todo lo que pueden; las gentes del pueblo murmuran de la presunta altanería de Remigio (que no es sino una mezcla de desconcierto y de candor); y hasta una joven querida de su difunto padre se incorporará al enredo exigiendo del muchacho una elevada cantidad que su progenitor, presuntamente, le adeudaba…
Por todas partes los abusos, las burlas y las estafas, en un bochornoso juego de insidias, malentendidos, rencores, cazurrería campesina, terquedad y maledicencias que terminará por destrozar el espíritu y esquilmar la paciencia del joven advenedizo. “La heredad misma se había convertido en enemiga suya”, se lee en la página 111, justo cuando otros percances (vacas que abortan y campos que arden) terminan por llevar a Remigio al límite de sus fuerzas.
Traducida por Miguel Ángel Cuevas y publicada por el sello Traspiés, esta desasosegante narración del italiano Federigo Tozzi (1883-1920) parece uno de los redescubrimientos literarios de la temporada. Ténganla en cuenta.

domingo, 24 de mayo de 2015

La posada de Manhuiol



Se llamaba Ion Luca Caragiale y su nombre y su obra no son demasiado famosos en nuestro país. Si acudimos a la Wikipedia veremos que nos explica con todo lujo de detalles los pormenores de su vida y de su producción literaria, así como que fue elegido miembro de la Academia Rumana a título póstumo o que el pueblo donde nació (Haimanale) hoy lleva su nombre. Pero siempre es mucho más interesante, en el caso de los escritores, acercarse hasta los libros que escribieron y conocer de primera mano (de primer ojo) su estilo, su temática, sus logros. Por suerte, la editorial Traspiés acaba de facilitarnos ese acceso con la publicación del volumen de relatos La posada de Manhuiol, que traducen Elena Borrás y Enrique Nogueras.
Se trata de una docena de narraciones no muy extensas (salvo la que cierra el tomo, más voluminosa) en las que el fabulador rumano apuesta por escenificar historias sencillas protagonizadas por personajes comunes, y todo eso salpimentado con frecuentes dosis de humor (un humor nada alambicado ni sutil, sino cercano y explícito). Unas veces buscará Caragiale sus ambientaciones en lugares que parecen tocados por la magia, aunque haya que tomarse ésta con distancia irónica (“La posada de Manhuiol”); otras veces nos situará en el vagón de un tren donde viaja, junto a un pasajero aburrido, una dama que transporta a un insoportable chucho (“Bùbico”); o nos mostrará a un cronista de sociedad que, guiado por la inexperiencia o la moderación, acaba enfadando a todos los protagonistas de sus escritos (“High-Life”); o pone ante nosotros a un personaje llamado Anghelache que, después de mantener una curiosa teoría sobre el trabajo de los funcionarios (opina que la culpa de su condición laxa o corrupta hay que buscarla siempre en aquellos inspectores que no cumplen su función, vigilándolos convenientemente), termina abocándose a una situación penosa; o nos desliza un crudo cuento sobre la venganza, donde los protagonistas son un judío miedoso y un antiguo empleado pendenciero que tuvo y que juró tomarse la revancha por haber sido despedido (“Un cirio de Pascua”); o nos hará reír de forma abierta cuando veamos cómo la República de Ploiesti sobrevive durante quince horas, hasta que las fuerzas gubernamentales depusieron por la fuerza a su presidente, que se había proclamado «sobre una mesa de picar salchichas» (p.78).
En el extremo negativo podríamos situar las historias que no pasan de ser chistes alargados, con poca sal y con poca enjundia (“La cadena de las debilidades”, “Qué calor” o “Ion”). Y en el positivo, a no dudarlo, la narración “Kir Ianulea”, en la que vemos cómo el diablo Anghiuta es enviado a la Tierra por el emperador de los infiernos con una delicada pero trascendente misión: permanecer allí durante diez años bajo apariencia humana y descubrir si es verdad que las mujeres dan a los hombres tan mala vida como ellos aseguran. La forma en que cumple su trabajo es tan peculiar y efectiva que, cuando regresa a las moradas infernales, tiene muchas cosas que contar a su superior.

Sí que parece cierto lo que resume Mircea A. Diaconu en el interesante escrito con el que se cierra el volumen de Traspiés: que Ion Luca Caragiale entiende la literatura como «un pretexto para el ejercicio hedonista del autor y eventualmente del lector» (p.171).

jueves, 22 de enero de 2015

Ficción Sur



Las antologías son como los jardines. Si paseamos por su interior nos podemos encontrar flores de agradable perfume, parterres cuidadísimos, árboles de recortada estatura e incluso lagos de aguas limpias donde se solazan unos patos o unos peces de colores; pero también podemos encontrarnos bolsas tiradas por el suelo, mendigos malolientes tumbados en los bancos y excrementos de perros, a los que sus amos pasean con incivilizada despreocupación. La editorial Traspiés sacó en 2008 un volumen que se acercaba más, mucho más, a la visión idílica que ofrecí en la primera descripción que al estropicio de la segunda. Lo coordinaba el narrador Juan Jacinto Muñoz Rengel, llevaba por título Ficción Sur y era un trabajo (lo sigue siendo) delicioso y recomendable, donde se nos ofrecía un panorama de la mejor narrativa breve andaluza de los últimos años, en un desfile cronológico que se iniciaba con Pilar Mañas (1952) y concluía con Cristina García Morales (1985).
Dice Muñoz Rengel en el prólogo que el único nexo entre los autores de estas historias es que todos ellos quieren “recrear y deleitar a aquel que se aventure a leerlas”. Y a fe que lo consiguen... Felipe Benítez Reyes dibuja en el aire las volutas de una viñeta lírica llena de estimulaciones sensoriales (“El vendedor de zumo de naranja”); Hipólito G. Navarro, con “Inconvenientes de la talla L”, nos traslada la ensoñación romántica de un currante, tan espléndida como en él es costumbre; Ángel Olgoso aporta ocho minitextos de excepcional factura, que nos revelan la enorme eficacia de su prosa; Fernando Iwasaki (“La española cuando besa”) nos da un relato lleno de sexualidad y buen humor, narrado desde múltiples perspectivas; Guillermo Busutil roza los límites de la perfección en su cuento “El salto del Ángel”, tan emocionante como bien escrito; Manuel Moyano nos regala en “El extraño caso del señor Valbuena” la historia de un amnésico fingido, que reniega de la grisura de su cotidianeidad merced a un subterfugio fantasioso; Félix J. Palma esculpe en “Margabarismos” unas páginas soberbias, ingeniosas, llenas de aciertos literarios y casi con vuelo de novela corta; Andrés Pérez Domínguez consigue conmovernos en “El cumpleaños” con el triste patetismo de su protagonista, que se desliza finalmente hacia la ternura anónima...

Todos los relatos, de una u otra manera, aportan al lector buenos motivos para sentirse satisfecho al concluir el volumen, y es una tributo gozoso que, como al principio comentaba, adorna a muy pocas antologías. La editorial Traspiés y Juan Jacinto Muñoz Rengel hicieron, sin duda, un trabajo excepcional, que merece un aplauso.

sábado, 27 de diciembre de 2014

La nueva madre



Las más fértiles historias infantiles de todos los tiempos (pensemos en Peter Pan, Pinocho, Alicia y otras por el estilo) esconden en su seno una lectura doble o múltiple, que las vuelve sorprendentes o inquietantes: desde el contenido sexual larvado de Caperucita hasta el trasfondo alquímico de Blancanieves. De ahí que su vigor narrativo o psicológico no se reduzca con el paso de los años, sino que se encuentre en constante ampliación, ofreciendo matices que el niño no percibe y que para el adulto son más que evidentes, a poco que reflexione sobre ellas.
La londinense Lucy Clifford (1846-1929) nos ha dejado algunas muestras sin duda magníficas de esta tendencia, de las que puede servir como ejemplo La nueva madre, que la editorial Traspiés acaba de presentar en España, traducida e ilustrada por el novelista leonés Federico Villalobos. La historia que nos traslada es tan sencilla (aparentemente) como removedora. Estamos en una casita cercana a un bosque de abetos. Allí vive una familia formada por una madre, dos hijas pequeñas y un bebé. El padre se encuentra lejos, navegando por alta mar. Un día, mientras visitan el pueblo para comprobar si tienen carta, las niñas encuentran a una adolescente de aspecto desgreñado que porta un instrumento musical al que llama zímpano, el cual cobija en su interior unas figuras danzantes. Pero, aunque las niñas sienten una extraordinaria curiosidad por esas figuras, la muchacha se niega a enseñárselas, con la excusa de que son niñas buenas. Solamente lo hará si se portan mal. Ellas, al principio, se niegan a cumplir ese requisito (y más cuando su madre les dice que, en caso de que se vuelvan malas, tendrá que abandonar la casa y dejarlas en manos de una madre nueva, que tiene los ojos de cristal y un rabo de madera); pero finalmente sucumben. El pánico surgirá cuando comprueben que su madre, con todo el dolor de su corazón, cumple su palabra y se va. Y llega la misteriosa, terrible, inquietante mujer de los ojos de cristal y el rabo de madera, con el que destroza la puerta para entrar en la casa.

Pocas veces he leído una historia tan turbadora, tan desasosegante y con un final tan turbio, sujeto a muchas discusiones psicológicas. No cabe duda de que la publicación de este relato aterrador y cenagoso es un acierto (uno más) de la editorial Traspiés.

sábado, 19 de julio de 2014

La fuerza de los fuertes



La editorial Traspiés, continuando con su excelente colección de libros ilustrados, nos propone ahora un texto del veterano Jack London al que pone formas y colores la joven madrileña Mar del Valle: La fuerza de los fuertes, que traduce Rafael R. Vargas Figueroa y que comienza con un prólogo muy ameno donde se nos explica que el singular escritor de San Francisco fue durante su juventud vendedor de periódicos, hielo y chatarra, contrabandista de ostras, policía marítimo, cazador de focas en la costa japonesa, carbonero, vagabundo (estuvo un mes en la cárcel a causa de tal condición), orador callejero, buscador de oro, corresponsal de guerra... y muy poco después, gracias a la atinada difusión de sus libros, el escritor mejor pagado de su país. Pero el éxito literario, que le llegó a partir de 1903, no impidió que la mala fortuna en otros ámbitos siguiera golpeándole: alcoholismo, incendio de su casa, negocios que nos prosperaban, uremia...
Pero es que luego la historia que tenemos en este tomo es igualmente atractiva: el viejo cavernícola Barba-Larga explica a sus tres nietos, mientras devoran un oso, que en el pasado los miembros de su tribu (los comepeces) actuaban en solitario, sin formar grupo, y eso facilitaba que los enemigos (los comecarne) consiguieran la victoria cada vez que se enfrentaban. Tal situación les obligó a transformar su forma de organizarse y dieron en instaurar algunas importantes reformas: Fuy-Fuy se convirtió en jefe de la tribu, Gran-Manteca se transformó en el líder religioso y Tres-Piernas en el principal propietario de las zonas de cultivo... Pero esta vertebración social trajo consecuencias inmediatas y no demasiado halagüeñas: el hijo de Fuy-Fuy (Diente-de-Perro) consiguió que el cargo de jefe fuera hereditario; Gran-Manteca decretó que las órdenes de Dios llegarían al pueblo directamente a través suyo, sin discusión posible; y Tres-Piernas fue cercando con piedras sus propiedades, para que nadie hollase sus plantaciones. Como se puede observar, la trama de la tribu se va complicando hasta el punto de que «estaba bastante claro entonces que el numeroso grupo de los que no trabajaban se lo comían todo» (p.42). A partir de ese instante, los poderes políticos, económicos y religiosos se van haciendo con el control, sin arredrarse ante ninguna represalia o ningún crimen para mantener su estatus.
La conclusión que nos permite extraer Jack London es tan contundente como nítida: todos los vicios, abusos, extorsiones y monstruosidades de nuestra sociedad (desigualdad social, egoísmo salvaje, plusvalía, monopolios, mentiras institucionales, infravaloración de la mujer, etc) procede de orígenes remotos, que él cifra en una especie de pasado simbólico, cuyas alegorías nos alcanzan.
London, que fue un hombre que trabajó durante mucho tiempo en las capas más bajas de la sociedad y que conocía perfectamente las sevicias que la pobreza inflige a los seres humanos, consignó en La fuerza de los fuertes un mensaje libertario de gran intensidad moral y de notable vigor narrativo: si los avasallados fueran capaces de unirse de una manera eficaz, a los que detentan el poder no les quedaría sino echarse a temblar, porque su imperio de siglos habría llegado a su fin.

Un asombroso libro que, bajo su apariencia ingenua y sus personajes trogloditas, esconde auténtica pólvora narrativa. Muchos harían bien en leérselo, ahora que tantos se habla de indignación y de cambio en el mundo.

lunes, 10 de marzo de 2014

Perversiones



El mundo de la excitación sexual está lleno de misterios y,  por pertenecer más al dominio de la mente que al del cuerpo, está plagado de variantes, matices, curiosidades, recodos y zonas de luz y sombra. A las aficiones anómalas más conocidas (como el sadismo, la pedofilia o el voyeurismo) habría que añadir otras muchas, como la alorgasmia (fantasear durante el acto sexual con alguien que no sea tu pareja), la gegomulcia (excitarse al ser acariciado o masturbado por alguien desconocido en medio de la multitud), la merintofilia (experimentar placer al ser atado) o la quinunolagnia (alcanzar el clímax cuando uno se sabe expuesto a una situación de peligro). En este curioso volumen que hoy centra la página (Perversiones, de la editorial Traspiés) nos encontramos, como bien aclara el subtítulo del tomo, con un “Breve catálogo de parafilias ilustradas”, donde setenta artistas (escritores e ilustradores) nos ofrecen un panorama fascinante del mundo de la sexualidad humana.
Intentar resumir un proyecto tan suculento es como pretender contar, bíblicamente, las gotas de agua del mar o los granos de arena de un desierto. Son tantas las historias deliciosas y perturbadoras que este libro contiene que será suficiente con reflejar las bondades de algunas de ellas y emplazar a los lectores de estas líneas a que visiten las demás en la publicación granadina. Así, por seguir el orden lineal del volumen, “Caballero de los puentes”, de Ángel Olgoso, pone en escena a un dignísimo magistrado que, salvo los domingos, emplea sus jornadas en diversas prácticas sexuales violentas o escatológicas, sin que resulte enfangada su respetabilidad. “Círculo”, de Manuel Moyano (quizá la mejor historia del libro), nos coloca ante un sangriento bucle temporal que queda dibujado en quince líneas magistrales. “Videofilia”, de Ginés Cutillas, nos aproxima al universo de la excitación visual a través de una historia de sexo y cámaras de vídeo. Francisco Naranjo se recrea en la voluptuosidad húmeda de una chica que, incrustada en un ascensor lleno de gente, deja que los dedos exploradores de un hombre situado a su espalda (y cuyo aliento siente en la nuca) interroguen el interior de su vagina. La propuesta se titula “Cada día…” y está ilustrada por Alejandro Santos. José Ángel Barrueco, por su parte, analiza en “Beodo” la peripecia de un borracho que, tras acostarse con su mujer y someterla a diversas vejaciones sexuales creyéndola muerta, se llevará una sorpresa mayúscula. Carlos Manzano, en “La prisa es mala consejera”, mezclará excitación, procacidad y humor en un relato telefónico de simpática factura. Nacho Cagiga coloca a sus protagonistas en un tren (“La presencia”). Miguel Ángel Cáliz se decanta por un mundo de modernidad y píxeles (“Historia abreviada del sexo en pantalla”). José Ángel Cilleruelo elige aproximarse a la ingenuidad de un niño, cercano a sus primeras masturbaciones (“Sin necesidad de anticonceptivos”). Y Óscar Esquivias, por resumir con los más significativos, emplaza su acción en un escenario carnavalesco (“Viva el Orden y la Ley”).

Una obra, por tanto, de tan agradable factura como de agradable contenido, en el que a veces sentiremos una leve punzada de repulsión (ese cuento de Pepe Cervera en el que un padre se solaza lúbricamente con su hija, en ausencia de la madre), pero donde obtendremos también sonrisas, excitaciones e imágenes imborrables. Otro acierto de la colección Vagamundos, de Traspiés.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Los matrimonios



En nuestros tiempos de prisas, comunicaciones superficiales y relajación del pensamiento y el análisis, la lectura de Henry James siempre se antoja un bálsamo y una maniobra a contracorriente. Hay en su prosa una voluntad de introspección, de cirugía moral, que anonada. Cada detalle tiene su objeto. Cada adjetivo, su preciso lugar. Y esas virtudes, que se hallan presentes en sus novelas más extensas y populares (Otra vuelta de tuerca, Los papeles de Aspern, La bestia en la jungla), encuentran su acomodo en estas dos novelas inéditas hasta ahora en España y que Traspiés recupera en la traducción de María Teresa Sánchez Montesinos. Se trata de Los matrimonios y de Louisa Pallant, que giran alrededor de las relaciones sentimentales, las conveniencias, la hipocresía, el honor y los mil recovecos que el espíritu humano vincula a esos temas. En la primera nos encontramos con Adela, la temperamental hija del coronel Chart, que acaba de descubrir con estupefacción (primero) y con rabia (después) que su padre está comenzando a interesarse por Mrs Churchley, una dama que le ronda. Viudo desde hace años, su hija piensa que el coronel inflige una grave ofensa a la memoria de su esposa, dejándose seducir por una nueva mujer. Evidentemente, comenzará a mover todas sus fichas, incluso las más innobles, para conseguir que el proyectado matrimonio entre ambos naufrague antes de tiempo. En la segunda (Louisa Pallant) descubrimos un juego no menos misterioso e inquietante, construido con arquitectónica precisión: un hombre soltero de mediana edad y razonable fortuna ha de ocuparse durante unos meses de la tutela de su sobrino Archie, que está a punto de cumplir su tránsito a la mayoría de edad. La tarea, que no le resulta enojosa en sí misma, se complicará cuando reencuentre a Mrs Louisa Pallant, una bella dama que lo rechazó durante su juventud y que ahora está acompañada por su hermosísima, delicada, culta e irresistible hija Linda, de una edad cercana a la de Archie. Dos situaciones, como se puede observar, donde bajo la tensión de los argumentos fulge y se hace dueño de las páginas un profundo buceo en el alma de sus protagonistas, una anatomía minuciosa de sus emociones. El silencio que rodea a sus figuras y la calma con la que se desenvuelven propician que la lectura del tomo sea también pausada, reflexiva y honda. Henry James hace bajar el número de pulsaciones cardíacas. Es un hecho. Aproxímense al volumen, por tanto, los enemigos del estrés y de la superficialidad: el escritor norteamericano les resultará delicioso.

domingo, 13 de octubre de 2013

La excluida



Los pedantes, cuando se refieren a un escritor que a ellos les gusta mucho (o que, en su opinión, debería conocer el común de los mortales, so pena de excomunión intelectual), suelen usar mucho la desgastada fórmula «No necesita presentación», así que evitaré ese tópico para introducir esta obra del premio Nobel de Literatura Luigi Pirandello, uno de los grandes escritores italianos de entresiglos. Se trata de La excluida, una interesantísima novela que traduce y anota Mónica García Aguilar para el sello Traspiés, donde se aborda el tema de la infidelidad femenina y el modo en que la sociedad siciliana afronta esa delicada cuestión.
Con todo, el arranque de esta novela podría casi definirse como humorístico: los Pentagora andan revolucionados por el descubrimiento que ha hecho el joven Rocco de que su mujer está poniéndole los cuernos. Pero su padre le explica que él mismo fue cornudo, y que el abuelo también lo fue: es una tradición familiar. No obstante, poco tiempo tardará el lector en darse cuenta de un detalle curioso: la aparente infiel, Marta Arjala, en realidad no ha sucumbido a las mieles de la traición. Recibe cartas del abogado Alvignani, eso sí; las lee con atención y casi con coquetería, eso también; e incluso contesta a las mismas tratando de hacerle desistir de sus propósitos... pero no ha llegado a verse a solas con el intrépido madurito. Sus negativas corteses, sus rechazos sin aspavientos y sus palabras serenas no han servido, de todas formas, para frenar la insistencia del cortejador; ni tampoco para convencer a su marido acerca de su fidelidad modélica. Convencido de la consumación, Rocco la echa de casa. Y Marta Arjala se encuentra, de pronto, sin dinero, sin hogar, sin familia y sin la menor posibilidad de procurarse el sustento.
Ella no entiende nada. ¿Por qué todos actúan como si fuera culpable y se tuviera que avergonzar personal y socialmente? Marta es consciente de su férrea dignidad («Ella tenía la conciencia bien tranquila de no haber faltado nunca a sus deberes como esposa y no porque su marido se mereciera este respeto, sino porque no era digno de ella engañarlo», p.68), pero no tiene más remedio que amoldarse a la abominación de ser señalada por todos. De nada le vale su conducta intachable durante el matrimonio con Rocco; de nada le vale su comportamiento rectísimo tras la expulsión del hogar. La miran con desdén o con asco, allá donde vaya («Empezaba a sentir el convencimiento de que ella sola era la excluida, la única que no había encontrado su lugar, hiciese lo que hiciese», p.126).
Pero ni siquiera cuando se sobrepone la dejan en paz: Marta estudia con ahínco unas oposiciones de maestra, las aprueba y consigue un trabajo. Pero la presión social no se rebaja ni un ápice. Y Alvignani, que se había mantenido en un segundo plano durante muchos meses, vuelve a la carga...

Luigi Pirandello borda en estas páginas una aproximación social pero también psicológica al tema de la mujer infiel (en la línea de Ana Ozores, Emma Bovary y tantas otras), pero con matices muy especiales: la insobornable rectitud moral de su protagonista, el ambiente claustrofóbico de Sicilia, la pugna sorda entre Alvignani y Rocco (que quieren a Marta pero a la vez la repudian)... Una novela dura y memorable.

domingo, 18 de noviembre de 2012

El lado oculto de la noche



Todos los ingredientes que componen este libro de Norberto Luis Romero (Córdoba, Argentina, 1951) se unen para conformar lo que su contraportada define con acierto como «una fábula perversa». El narrador es un chico que asume con normalidad su condición de bastardo y que, mediante pinceladas narrativas, nos va dibujando el anómalo mundo en que creció y ha vivido. En la cúspide del poder se encuentra el hombre gordo, solitario, déspota, cruel y manipulador. Tiene a sus órdenes una ingente colección de guantes vivientes, que le sirven según su color: los azules son los adalides de la corrección y los buenos modales; los negros se adornan con los tintes de la brusquedad, la violencia y el poder ciego; los amarillos concentran sus habilidades en los manejos amatorios: tocan, arañan y masturban; los verdes son especialistas en protocolo y consejos para la vida; y los grises, menestrales y hacendosos. Todos ellos, trabajando al unísono como esclavos fieles del hombre gordo, convierten su vida en una constante y voluptuosa sucesión de caprichos satisfechos.
Por debajo de este sultán omnipotente figura una élite de «compradores trocadores» (capítulo XIII), compuesta por hombres y mujeres de alta condición social y económica que son invitados a las fiestas privadas del hombre gordo, donde reciben el agasajo de la comida, la bebida... y las atenciones sexuales de los guantes amarillos, que los llevan hasta la extenuación del orgasmo. Y en lo más humilde de la sociedad se encuentran las gentes como el narrador, que soportan la ignominia del maltrato, amontonan colecciones de objetos absurdos (su madre, pájaros disecados; su abuela, trapos de colores; él, esferas de todo tipo) y sufren con estoicismo las vejaciones de los guantes. Este sistema, jerárquico, estanco e inmisericorde, recuerda por momentos las castas de La India: nadie se cuestiona su validez, nadie acaricia la posibilidad de quebrantarlo o subvertirlo. Y, como telón de fondo, se nos habla de un nebuloso conflicto inacabable (la guerra de las fosas), donde murió el padre del narrador y donde se supone que él también tendrá que combatir. Sólo un detalle los diferencia: al ser hijo espurio de un guante negro, que violó salvajemente a su madre mientras unos guantes amarillos la inmovilizaban (capítulo VIII), el chico que nos cuenta la historia sabe que está inmunizado ante la muerte.
¿Fábula perversa? ¿Fábula moral? ¿Fábula expresionista o simbólica? Será desde luego el lector quien tenga que meditar y decidir su respuesta. A mí, si he de ser sincero, no me parece que sea necesario buscar interpretaciones extratextuales para este relato de Norberto Luis Romero, porque la atmósfera que el autor argentino consigue en sus páginas libera al libro de servidumbres externas. ¿Quiero decir con eso que no puede ser leído como un texto en clave? En modo alguno. De hecho, calibro que la tentación será en muchos casos irresistible. Lo que intento exponer es que tales interpretaciones no son escrupulosamente necesarias. Determinados poemas, determinadas canciones, determinados cuadros conquistan con su vigor el derecho a ser considerados universos autónomos, para los que no existe una lectura, sino múltiples lecturas. Gracias a la belleza enigmática de su textura, El lado oculto de la noche se inserta en ese formato.
Y tampoco olvidemos el modo eficaz con el que Hugo Rodríguez García, el joven ilustrador segoviano que firma como pobreartista y que se encarga de la parte gráfica de este breve y exquisito volumen, potencia esas cualidades narrativas con sus dibujos oscuros, tenebrosos, inquietantes, que logran desazonar el alma de los lectores y sumergirlos en la profundidad abisal que el narrador construye desde la primera línea. En la interesante colección de obras ilustradas que la editorial Traspiés mantiene desde hace tiempo ya habían aparecido textos memorables de Joseph Conrad (Un puesto avanzado del progreso, a cargo de Federico Villalobos), Ambrose Bierce (El club de los parricidas, bajo la batuta gráfica de Pablo López Miñarro) y Robert Louis Stevenson (El diablo de la botella, que iluminó con pulso firme Pablo Ruiz). La aportación de Norberto Luis Romero abre la colección hacia el ámbito hispánico, lo que siempre es una buena noticia, que conviene aplaudir con fervor. No será la última vez, probablemente, que traiga libros de la editorial Traspiés a esta página.

domingo, 18 de diciembre de 2011

Cavalleria rusticana



Hay un instante precioso en la tercera parte de la película El padrino en que los espectadores tienen la oportunidad de escuchar y ver un fragmento de la ópera Cavalleria rusticana, de Mascagni (quien no haya escuchado el Intermezzo de la misma puede acudir a Youtube y quedar enamorado de su belleza). Lo que no tantas personas saben es que el compositor de Livorno se basó para componer esta música en un relato breve de Giovanni Verga. Ahora, la editorial Traspiés lanza para el público español un interesante volumen donde se reúnen diez piezas de este narrador italiano, con el título de Cavalleria rusticana y otros cuentos sicilianos.
El relato que da título principal al tomo pone ante nuestra mirada a Turiddu, un petulante que a su regreso del mundo militar pretende seducir a Lola, un antiguo amor que ahora se ha comprometido con otro hombre. Incapaz de asumir la preterición, y mordido por el despecho, Turiddu despliega sus armas seductoras en torno a Santa. Pero la chica, comprendiendo que está siendo usada por el galán (que continúa frecuentando a la ya casada Lola), denuncia la situación ante el marido de su rival. El duelo entre ambos se torna, pues, inevitable. Y produce maravilla la manera ingenua, directa, plástica, en que Giovanni Verga nos va relatando la historia, con una prosa deliberadamente esbelta y desnuda.
Pero que no se engañen los potenciales lectores de esta recopilación de cuentos: las narraciones del siciliano no se constriñen al dibujo costumbrista o folclórico. En modo alguno. De hecho, quizá el brillo máximo lo obtenga el escritor cuando se sumerge en el retrato anímico; es decir, en las excursiones minuciosas que realiza por el alma y el corazón de sus protagonistas. Sirvan para demostrarlo dos ejemplos. En La amante del Grama nos será dado conocer a Peppa, la más hermosa joven de la zona de Simeto, la cual, sin explicación posible, siente una profunda, visceral, desgarradora pasión por el Grama, un bandolero sanguinario que asola aquel territorio... y al que no ha visto nunca en persona. De ahí que tome la decisión, arriesgada y sorprendente, de salir a su encuentro y arrojarse en sus brazos. Más adelante descubrirá que la vida no es una novela, sino algo mucho más gris, desabrido y rencoroso. Y en La Loba asistiremos a la tortura sexual que sufre un chico por parte de una voluptuosa mujer madura, que exhibe sus quelíceros ante él. Para liberarse del acoso, el muchacho se casa con la hija de dicha mujer, pero ni siquiera así logrará esquivar el magnetismo salvaje que su suegra despliega en torno a él.
¿Que prefiere usted una historia de infidelidades conyugales, tocada con puntos de humor y de tragedia? Fácil lo tiene: Historia de Ollaza le suministrará ese argumento. ¿Acaso desea conocer el retrato, casi insuperable, de un sacerdote indigno, rapaz e insaciable, que sangra las haciendas de sus feligreses de forma inmisericorde? Pues su cuento es, sin duda, El reverendo. ¿Que prefiere una narración protagonizada por animales? Acuda entonces a la tierna Historia del asno de San José, donde un burrillo famélico que pasa por mil amos adquiere evidentes dimensiones de metáfora...Dentro del notable grupo de escritores que la isla de Sicilia ha regalado al mundo (el rocoso Empédocles, el bucólico Teócrito, el exquisito Leonardo Sciascia, el famoso y moderno Andrea Camilleri), Giovanni Verga ocupa un peldaño nada desdeñable. En algunos libros de referencia (y en las páginas menos escrupulosas y analíticas de Internet) se le suele etiquetar con el adjetivo verista, para explicarnos que retrató con alta eficacia el mundo, las costumbres, los paisajes y a las personas de su entorno insular. Pero no conviene que empobrezcamos su memoria con esa fórmula cierta aunque reduccionista. Giovanni Verga fue, sin duda, mucho más, porque poseía el don infrecuente de bucear en el interior de sus criaturas, lo que lo facultaba para mostrarnos el dibujo fiel de sus anhelos jamás cumplidos, sus ansias amortiguadas por la pobreza y sus torturas de seres sobre los que la Historia se divierte escupiendo. Estos días de Navidad pueden ser una excelente ocasión para que muchos lectores de nuestro país descubran la portentosa belleza que los relatos de Giovanni Verga contienen.

viernes, 15 de mayo de 2009

Baúl de prodigios





La utilización de la chistera o el baúl como espacios mágicos de los que todo puede brotar es antigua. Y Miguel Ángel Zapata, que lo sabe, retorna al viejo procedimiento para entregarnos en Baúl de prodigios su magnífica pirotecnia de relatos breves, apuntes y sorpresas, donde pone de manifiesto su gran soltura a la hora de escribir. Las diversas secciones que componen este volumen, tituladas con elegancia y con misterio (“Manual de seres impares”, “Dialéctica de lo inerte”, “Frutos celestes”, “Necrología” y “Sueños de un loco dormido dentro de un baúl”), están cargadas de excelentes demostraciones de cómo se pueden conseguir unos resultados francamente meritorios con los escasos mimbres de la microficción. A veces, lo conseguirá con inyecciones de humor negro (“Los servicios de emergencia llegaron finalmente. Pero todo fue en vano. Demasiado tarde: el cadáver presentaba signos de una notable mejoría”, p.69); a veces, con la elaboración de textos que bordean la piel de la greguería (“Al abrir la puta sus piernas, mil orgasmos fingidos escaparon de su vulva”, p.114); y otras, en fin, con la habilidad de quien construye sus relatos gota a gota, pensando en cada sustantivo y en cada adjetivo como diamantes verbales, que ocupan un sitio calculado al milímetro en la topografía del cuento. Otro de los méritos indudables de Miguel Ángel Zapata es la burbujeante fantasía que introduce en sus páginas, y que incluye pingüinos que tocan el piano en la Antártida (“Fracaso de los héroes”); siameses unidos por la nuca, que monologan, se identifican y se quejan delirantemente (“Dos”); criaturas extraterrestres que se ven abocadas a partos nauseabundos, por culpa de la notable liviandad con la que se comportaron en su despedida de soltera (“Romper aguas”); hombres a los que les brotan arañas de las manos (“Intrusión”); confesiones digestivas de un devorador de libros (“Bibliofagia, o breve exaltación de la gula como arte bellísimo y vacuo”); variantes perversas de cuentos clásicos como el de Caperucita (“De la inocencia y otros pecados”); enumeración de las posibilidades amorosamente tétricas de un sueño prolongado (“Morfeo”); o, en fin, el horror amputatorio que se puede derivar de una obsesión erótica (“Mírame”). Ninguno de estos argumentos se sostendría en pie si lo cogiera un escritor mediocre, porque lo malbarataría. Pero no ocurre así con Miguel Ángel Zapata, que es un malabarista y un ingeniero y un mago. Por momentos, recuerda a Julio Cortázar; por momentos, a Quim Monzó; por momentos, a Ángel Olgoso. ¿Hacen falta más explicaciones para decir que este libro de relatos, que pertenece a una colección coordinada por Miguel A. Cáliz, es un auténtico placer para los amantes del género?