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domingo, 14 de febrero de 2021

Piedras labradas

 


Están a nuestro alrededor y, la mayor parte de las veces, ni nos fijamos en ellos. Son los personajes grises que nos circundan: el médico que no puede evitar fijarse en los encantos dulcísimos de una joven paciente; el chico que acaba de aprobar las oposiciones de juez y ya empieza a dudar de las atribuciones de su cargo; el hombre que se muere de ganas de fumarse un cigarrillo y sale a buscarlo donde sea y como sea; el niño que se ilusiona con salir de san José en una procesión con el objetivo de estar cerca de la niña que hace de Virgen María; una esposa infeliz que reúne los restos de su coraje para abandonar a su marido y emprender una nueva vida; dos hermanos enamorados de la misma mujer, que intentan hallar una solución sin que el odio los desmorone; un hombre rico que, sin embargo, sigue añorando ciertos momentos de su pasado menesteroso; el joven que es confundido con un delincuente, y detenido durante unas horas por la policía; el chiquillo que busca desesperadamente la manera de recuperar el prestigio perdido ante sus compañeros de pandilla…

Para estos personajes humildes, para estos peatones insignificantes, el portugués Miguel Torga tiene un gesto afectuoso, acogedor, envolvente, que los recorta en su paisaje y nos permite fijarnos con ellos, al rodearlos de la luz magnánima de la literatura. Y el resultado es Piedras labradas, un volumen delgado, delicado, de tenue belleza serena, que consigue conmover con la sencillez de su prosa y la imborrable humanidad de su mirada.

lunes, 17 de diciembre de 2018

Rúa




Vuelvo hoy a las páginas del lusitano Miguel Torga. En concreto, al volumen que lleva por título Rúa, que traduce Eloísa Álvarez para el sello Alfaguara. Es una hermosa (pero quizá algo desigual) colección de relatos de melancólico atractivo, como diapositivas tristes que se fuesen desarrollando ante nuestros ojos.
Textos como “Una lucha”, “Vuélvase ya” o “El señor Estrela y su mujer” se me antojan cuentos malogrados, donde Torga no ha sabido perfilar sus historias de un modo completamente atractivo. Les falta algo, un brillo, un enfoque, unas pinceladas más. En cambio, me han dejado mucho más feliz “La carta” (donde un cartero compasivo se apiada de una chica moribunda que padece mal de amores), “Dolor” (el delincuente que expía junto a su esposa las culpas del pasado, sin confesarle que tuvo una hija –a la que añora hasta la muerte– en el extranjero) y algunos más, de parecida brillantez.
Una frase para enmarcar, contenida en el tomo: “La vida es así, va mintiendo, mintiendo, y cuando ya no podemos más, pone sus cartas boca arriba”.

domingo, 16 de septiembre de 2018

Portugal



El otorrinolaringólogo Adolfo Correia da Rocha (o, para entendernos mejor, el extraordinario escritor Miguel Torga) no fue un hombre excesivamente dedicado a la sonrisa, el optimismo o la jovialidad. Él mismo se define en la página 139 de este volumen afirmando: “Yo, que soy la tristeza en persona”. Y tampoco fue una persona que tuviese en alto concepto al conjunto de sus semejantes (en la página 143 nos asegura que “donde habitan los hombres habita la inquietud”). Pero su mirada alcanza unos niveles tales de hondura, y su pluma unos niveles tales de brillantez, que adentrarse en sus libros constituye un gozo para la sensibilidad y una expansión para el espíritu.
En Portugal (que traduce Eloísa Álvarez) nos ofrece sus impresiones de viaje por el Miño, el Algarve, el Alentejo, Coimbra, las Berlengas y otras zonas del país, que resultan retratadas de un modo singular, profundo, distinto. Así, nos dice que los habitantes de Trás-os-Montes “cavan durante toda su vida. Y, cuando se cansan, se echan en el ataúd con la serenidad de quien llega honradamente al final de un largo y trabajoso día. Y ahí se quedan, en cementerios de lívida desilusión, esperando a que la ley de la tierra los convierta en cipreses y granito”; que el ciudadano de Oporto es “el hombre portugués más libre, más progresista, más responsable y más capacitado que ha dado nuestra patria”; o que Lisboa, capital del país, muestra “la hermosura de un panorama que la naturaleza no puede jactarse de haber repetido”.
Y, salpicando el texto aquí y allá, reflexiones sobre la autenticidad (“Cuando se quiere imitar y suplantar lo ajeno, lo que se consigue es reducir lo propio”), ideas sobre el sentido de la existencia (“La vida es un desempate permanente, y lo que hace falta es apostar limpiamente, bellamente, a cada número de la caprichosa ruleta”) o imágenes tan sublimes y tan sorprendentes como la que esmalta cuando nos habla de la serenidad plácida de un paisaje y nos dice a continuación que el río que lo atraviesa “se mueve por estricta obligación profesional”.
No pueden decirse en ciento cincuenta páginas cosas más hermosas sobre esa “multicolor colcha” que tenemos al lado de España y a la que prestamos (ay) mucha menos atención de la que merece, humana y literariamente.