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domingo, 3 de mayo de 2026

Sobre los ángeles

 


Me ha vuelto a ocurrir. Exactamente igual que cuando transité por sus versos en 1985 o 1986 (la época en que comencé mis estudios universitarios). Avanzaba por sus poemas y tenía la sensación de que una especie de viento me rodeaba, me aislaba, me zarandeaba. Un viento que daba vueltas y en el que yo me empeñaba en buscar significados, pero que solamente me daba (y no es poco) sensaciones. No quise, ni he querido ahora, leer las notas a pie de página que, sin duda espléndidas y sin duda enriquecedoras, acumula el galés Brian Morris: prefiero escuchar a Alberti y que sus palabras me digan o me oculten. Perderé matices y posibles significados, es evidente, pero seré el lector edénico, inicial, puro que quizá el gaditano buscaba.

En ese paseo desconcertado pero fervoroso he vislumbrado ángeles rabiosos, cenicientos, crueles, buenos; ángeles de incendio y venganza; ángeles de clamor y estruendo; ángeles envidiosos o colegiales; ángeles tontos o avaros; ángeles de carbón o de arena; ángeles mohosos o bélicos. Pero, sobre todo (permítanme un subrayado personal), ángeles muertos. Ese poema lo leí en un libro de literatura durante mi época como estudiante de bachillerato y, sin entender nada, me puso la piel de gallina. Esa sensación, que permaneció vívida en mí durante años, sigue vigente. Las imágenes de Sobre los ángeles son tan perturbadoras que se graban en la memoria y, periódicamente, vuelven a nosotros. “Llevaba una ciudad dentro”, afirma un verso de este libro. Esa ciudad, misteriosa e inquietante, hecha de palabras y de trallazos, me ha vuelto a perturbar con este segundo paseo. Tal vez no sea el último.

domingo, 1 de febrero de 2026

Tercera residencia

 


Releo con entusiasmo renovado las páginas de Tercera residencia, que leí en 1988, con veintidós años. Y vuelven a fascinarme las dos líneas vertebrales que descubrí en estos versos encendidos y galvánicos de Pablo Neruda: en primer lugar, el viento surrealista, que llena de imágenes asombrosas los poemas y que los vuelve tan fascinantes; en segundo lugar, el aliento combativo que respiran las estrofas dedicadas a su militancia ideológica (la guerra civil de 1936, el Ejército Rojo, Simón Bolívar, etc.).

Por lo que respecta al primer apartado, confieso mi incapacidad para entender bastantes de los versos, porque las metáforas surrealistas y las adjetivaciones intrépidas que el chileno despliega continuamente me los vuelven impenetrables; pero, a la vez, constato también mi entusiasmo a la hora de interpretarlos, porque las sugerencias de Neruda dan pie a lecturas que, si no se corresponden con lo que él quería expresar, sí que revelan con claridad mi forma de leerlos.

En cuanto al bloque “político” (que muchos denigrarán por su tendenciosidad, pero que yo respeto por los durísimos momentos de guerra que le tocó vivir), no creo que resulte posible negar la validez lírica de estancias como “España en el corazón”. En un tiempo de urgencia y deflagraciones, de muerte y de traiciones, imagino que tiene que resultar punto menos que imposible mantenerse en una posición racional y equilibrada (aunque personas como Manuel Chaves Nogales sí que parecieron lograrlo). En esa efervescencia de ira y de angustia, Pablo canta a las Brigadas Internacionales, a la batalla del Jarama, a los antitanquistas… Y su voz, aunque el paso del tiempo moderase o corrigiese radicalmente algunas de sus aristas, no puede ser tildada de chata o panfletaria. Neruda consigue muchos poemas de belleza terrible, de retrato purulento, de crónica bombardeada.

Pertenezco al grupo de quienes discrepan con algunas de sus ideas y fervores, pero que aplaude sus versos. Una cosa, en literatura, no quita (no debe quitar) la otra.

viernes, 14 de marzo de 2025

La sirena varada

 


Ricardo es una persona especial. Tras alejarse de su familia, que le parece muy aburrida y previsible, ha decidido instalarse en una enorme casa, donde funda un hogar alocado, en el que la fantasía tiene que convertirse en la reina y en el que, incluso, hay un fantasma. Ni siquiera la visita del doctor Florín, buen amigo de la familia, lo lleva a abdicar de esa desquiciante situación… que se complicará con dos elementos. El primero, el aturdimiento en que vive el pobre fantasma (que en realidad es un señor llamado don Joaquín, harto de manifestarse de forma espectral y que sueña con cuidar su propio huerto); el segundo, la irrupción en escena de una chica muy hermosa y muy disparatada, que ha entrado en la casa después de trepar por la enredadera del muro: dice ser una sirena y afirma estar profundamente enamorada de Ricardo. Los problemas comenzarán a agrandarse cuando la realidad psiquiátrica de Sirena y su realidad íntima (todo apunta a que está embarazada) exploten en la cara de Ricardo, y ya no esté muy seguro de si quiere seguir viviendo con ella en un mundo de arcoíris o si prefiere que el doctor Florín la cure.

Con esta pieza dramática, Alejandro Casona nos invita a que reflexionemos sobre las cegueras voluntarias, sobre la búsqueda de la felicidad y sobre los misterios del corazón humano. Y, personalmente, creo que la pieza ha envejecido muy bien: se sigue leyendo con admiración.

martes, 13 de agosto de 2024

Los complementarios

 


Confesaré desde el principio una inclinación personal que, quizá, resulte un poco chirriante para algunas de las personas que me lean: a mí no me interesan casi nada las reflexiones filosóficas de Antonio Machado. Lo adoro como poeta, desde hace cuarenta años; pero jamás he sentido demasiada admiración por sus páginas más “intelectuales”. Primero, porque mi preparación terminológica en el ámbito de la filosofía es muy reducida; y segundo, porque de los autores a quienes dedica sus más frecuentes aproximaciones (Hegel, Kant, Leibniz) tampoco atesoro demasiados conocimientos. Se me indicará entonces que el problema está en mí, y no en el poeta sevillano. Bien: concedido. Pero recuérdese que yo he dicho que sus páginas filosóficas no me interesan, no que sean malas o despreciables.

Partiendo de ese punto, añadiré que, en este volumen, amorosamente ordenado y anotado por Guillermo de Torre, he podido encontrarme con notables líneas, que he subrayado con admiración, y con documentos de primera importancia para entender al poeta de Campos de Castilla. Adentrarme en esta colección de textos juveniles y de madurez, dispersos por revistas o inéditos, ha sido como mirar en los cajones de su mesa de despacho, como acceder a sus carpetas menos famosas, como hojear y ojear algunos de sus borradores. Y me he enterado de su opinión sobre los proyectos literarios (“En arte no salva la intención; el arte es el reino de las realizaciones”); sobre el uso de determinados recursos literarios (“Los buenos poetas son parcos en el empleo de metáforas”) o moldes estróficos (“Todavía se encuentran algunos buenos sonetos en los poetas portugueses. En España son bellísimos los de Manuel Machado. Rubén Darío no hizo ninguno digno de mención”); sobre su desprecio por la cultura clasista (“Arriba, los hombres capaces de conocer el sánscrito y el cálculo infinitesimal; abajo, una turba de gañanes que adore al sabio como a un animal sagrado”); sobre los políticos que rigen la vida de un país (“Si el auriga sabe su oficio, sigamos con él y paguémosle puntualmente su salario. Si guía mal habrá que despedirlo. Porque dentro de su coche vamos todos”); sobre sus admirados Pío Baroja o Miguel de Unamuno (las cartas que intercambió con el vasco son de lectura memorable); sobre las obras de los autores rusos, que le parecen lo más prometedor del panorama europeo; e incluso algunas sentencias de su inefable Juan de Mairena (“De cada diez novedades que pretenden descubrirnos, nueve son tonterías. La décima y última, que no es una necedad, resulta a última hora que tampoco es nueva”). Si a esto le añadimos el texto entrañable, aunque sin terminar, que proyectó para ser pronunciado ante la Real Academia Española a la hora de ocupar su sillón, se advierte que muchas de las páginas de este tomo son realmente aprovechables.

jueves, 22 de febrero de 2024

Estío

 


Existen bastantes autores a lo largo de la Historia de quienes podría pregonarse con justicia que son poetas (que cada cual elija los suyos), pero muy pocos de los que cabría afirmar que son poesía. Pura poesía. Tensión y resolución lírica constantes. Seres cuya mirada y cuyos dedos se alían en un perpetuo ejercicio de poetización del mundo. Se trata de un rarísimo privilegio que los dioses conceden a ciertos mortales. Ocurre, creo, con Juan Ramón Jiménez, del que emana la poesía como el agua cristalina lo hace de un manantial: la palmera, la ola, el sol, la sombra, la aurora, el jardín, la rosa, una mano devienen objetos únicos, focos de belleza insospechada que, de súbito, quedan revelados y hechos eternidad.

Acabo de comprobarlo nuevamente en su volumen Estío, publicado en 1916 y en el que se puede apreciar, creo yo, una clara dirección depurativa, para intentar que la idea y las palabras (“el idilio raro de un león y un lirio”, como se indica en la página 14) acuerden un pacto apolíneo: reducir palabras, condensar de forma estricta las emociones. Así, Juan Ramón nos trasladará sus pesimismos (“La felicidad, / anticipado sangrar”); sus melancolías, rematadas con una gotita de humor amargo (“Me pareces como aquella / pálida novia primera, / que hace tiempo se casó / con aquel juez de instrucción”) —versos que recuerdan a aquella queja de Gabriel Celaya acerca de las adolescentes que se terminan casando con notarios—; su visión maravillosa sobre el amor (“Como no me ves, no soy visto / de nadie”); o la condición sobrante de ciertos adjetivos (“¡Sufrimiento! ¡Sólo así! / ¿Para qué añadirte nada? / —Quien inventó el adjetivo / no era digno de su alma”). O, dicho de un modo más condensado: “Quememos las hojas secas / y solamente dejemos / el diamante puro, para / incorporarlo al recuerdo”. Poda de imágenes, poda de palabras. Y, al fin, el árbol delicioso y perdurable.

Juan Ramón era muy grande, vive Dios.

miércoles, 17 de enero de 2024

El rey del salón oscuro

 


Todos los habitantes del lugar, de forma temerosa y entre dientes, murmuran del mismo tema: ¿por qué el rey jamás se muestra en público? ¿Por qué hurta su rostro a la contemplación de sus súbditos e incluso de su esposa Sudarshana? Un rumor muy extendido habla de su fealdad física, que le impediría dejarse ver; otro rumor especula con su posible inexistencia: tal vez el esquivo monarca ni siquiera tenga una entidad real (valga el juego de palabras)… Por fin, aparece ante su desconsolada esposa, que no entiende que sólo se acerque a ella en la oscuridad de un salón, en el que no permite la entrada ni siquiera de un rayo de sol. ¿Cuál es el motivo de que no permita ningún tipo de luz a su alrededor? ¿Por qué no se apiada de ella y la deja contemplarlo, si tanto insiste en que la ama?

Se celebra entonces en el palacio la fiesta de la primavera y Sudarshana reitera su deseo de ver al rey. Pero, como no logra hacerlo, opta por abandonar el palacio y volver despechada con su padre, el rey de Kanya Kubja, quien se indigna con su decisión y la admite tan sólo en calidad de sirvienta. Sudarshana, ofendida, sueña con la venida de su esposo, que la rescatará de la ignominia, pero antes deberá soportar una prueba terrible: la de los príncipes de los alrededores, que cercan el castillo de su padre y manifiestan su afán de hacerse con ella.

Justo en ese punto, el lector de la obra enarca las cejas y reflexiona: ¿estamos ante una revisión del mito homérico de Ulises y Penélope? No diré que no, porque creo en la libertad de interpretación de cada persona que se asoma a las ventanas de un libro, pero me permito una sugerencia: intenten la lectura asociándola más bien a san Juan de la Cruz y la mística. Quizá se sorprendan.

La traducción de este poema dramático corre a cargo de Zenobia Camprubí y el sello que la edita es Losada.

martes, 11 de abril de 2023

Figuras de Bethlem

 


Decía el siempre extremado Francisco Umbral que Madrid no había entendido nunca la literatura de Gabriel Miró; y que, por tanto, que se jodiera Madrid (sic). En mi juventud, allá por los finales del siglo XX, me leí La novela de mi amigo, la única obra suya que callaba en mis estanterías; y lo cierto y verdad (me encanta esa fórmula que tanto repetía mi madre: “lo cierto y verdad”) es que no me impresionó demasiado. Ahora, de forma imprevista, encuentro en una librería de segunda mano un ajadísimo ejemplar de Figuras de Bethlem, que he comprado y he leído en el silencio de dos noches. El resultado sigue siendo igual de desalentador: entiendo perfectamente la propuesta literaria del alicantino de ojos lánguidos, su voluntad estética, sus palabras con raro aroma arcaizante, el ritmo pausado y sensual de sus oraciones… pero no consigo entusiasmarme con la obra. Y uno, ya, lo que desea es precisamente eso: entusiasmarse con los libros. Sin duda, hay una época para abalanzarse sobre páginas en las que aprender, sobre páginas en las que sorprenderse, sobre páginas con las que discutir; pero creo que me encuentro ya en otro territorio: el de pedir a los libros que me fascinen desde el principio. Y si no lo hacen, pues adiós. Y no repito.

Entiéndaseme: soy capaz de admitir que el esfuerzo léxico de Miró es enorme; que su documentación de espacios y colores produce pasmo; que su propuesta escénica es notable. Todo lo admito, puesto en pie y sin asomo de ironía. Pero sigue faltándome la chispa, el nervio, la sangre que palpita y ruge. Gabriel Miró escribe cuadros. Y a mí los cuadros (sean de Robert Walser, de Proust o de Miró) no me llaman, qué le vamos a hacer. No los desdeño, pero tampoco los aplaudo.

Imagino que, confesada esa incapacidad mía para emocionarme con el alicantino, esté provocando que, desde el otro lado de la muerte, Francisco Umbral carraspee y, con su voz de gruta, vocifere campanudamente que me joda. Nada que objetar: aceptaré el venablo con humildad franciscana. Y a otra cosa, mariposa.

viernes, 2 de diciembre de 2022

Pido la paz y la palabra

 


Sé que tengo (me lo dicen los calendarios y mi DNI; me lo recuerdan mis canas y los primeros achaques) cincuenta y seis años. Pero esta tarde, mientras leía en voz alta, lentamente, todos los poemas de Pido la paz y la palabra, de Blas de Otero, he vuelto a tener dieciséis, he vuelto a experimentar la fascinación luminosa de cuando por primera vez llegaron hasta mis ojos en esta misma edición de Losada. Y he notado también, a pesar de los cuarenta años transcurridos, la misma emoción temblorosa ante el hombre al que siempre le quedaba la palabra, ante el hombre que quiso dejar su testimonio (“Debo decir: He visto”); que muestra su desaliento y su fatiga (“Otros vendrán. Verán lo que no vimos. / Yo ya ni sé, con sombra hasta los codos, / por qué nacemos, para qué vivimos”)… pero también su esperanza (“Ímpetus nuevos nacerán, más altos”); que es consciente de que todos los seres humanos viajamos embarcados en el mismo buque y con el mismo destino (“Me llamarán, nos llamarán a todos. / Tú, y tú, y yo, nos turnaremos / en tornos de cristal, ante la muerte”); y que, en todo caso, no admite la posibilidad de la rendición (“No esperéis que me dé por vencido”).

Ayudándose de los encabalgamientos y de las paradojas (“Dios me libre de ver lo que está claro”), rindiendo homenaje a sus poetas predilectos (“Don Antonio Machado. Silencioso y misterioso, se incorporó al pueblo”) y pregonando a voces el amor por su patria, Blas de Otero nos deja una alta lección cívica, una obra que, pese a su condición aparentemente coyuntural, resiste bien los empujones del tiempo. Porque es poesía. Porque era un poeta. Y porque era, también, un mago, que me ha hecho rejuvenecer cuatro décadas durante una hora.

domingo, 6 de noviembre de 2022

Rinoceronte

 


Traduce para mí María Martínez Sierra la obra Rinoceronte, de Eugène Ionesco. Y sobrecoge el profundo simbolismo de la pieza, en la cual el personaje central de Berenguer lucha denodadamente por no convertirse en rinoceronte. Así, como suena: en rinoceronte. Todos los demás personajes, aunque al principio se muestren horrorizados por la forma en que esas bestias avanzan por las calles, lo arrasan todo con su volumen y con el desconcierto de su brutalidad (aplastan gatitos, provocan el pánico, etc), lo van haciendo gradualmente. Así, se produce la deshumanización y la “rinocerontización” de la sociedad.

La obra, desde luego, parece una metáfora del nazismo, triunfante en Europa con su estela de sangre y de barbarie homicida y racista; pero también parece una crítica a la masificación del mundo actual, en el que las individualidades alcanzan el rango de “elementos extraños”, en punibles y sospechosas formas de la rebeldía. Es, asimismo, una defensa de la plena racionalidad del hombre, en un mundo irracional y turbio que lo destroza interiormente.

En mi primera lectura de esta pieza (septiembre de 1987), subrayé en rojo el final de la misma (“¡Contra todo el mundo, me defenderé contra todo el mundo, me defenderé! ¡Soy el último hombre, seguiré siéndolo hasta el fin! ¡Yo no capitulo!”). Ahora, en la nueva visita que le hago al texto, subrayo una nueva línea: “La soledad me pesa. La sociedad también”.

Tengo que seguir revisando las obras de Ionesco. Los viejos amores nunca mueren.

lunes, 17 de octubre de 2022

Espectros

 


Todos los seres humanos recordamos, de un modo casi continuo, a quienes murieron; llevamos dentro opiniones viejas o heredadas, que no han sido creadas por nosotros; repetimos actuaciones que ya fueron ejecutadas por otros, en distintos momentos de la Historia; nos dejamos influenciar por noticias que, apareciendo en los periódicos, hace mucho que están caducadas o se repiten de forma tediosa bajo distintos ropajes. Somos, en fin, espectros, porque estamos influidos por espectros, habitados por espectros, dominados por espectros. Eso es lo que siente la viuda del capitán Alving, y así se lo explica con amargura al reverendo Manders en el segundo acto de este drama. Durante años, ha tenido que fingir que el suyo fue un matrimonio feliz, con un marido respetuoso y fiel; pero la realidad es que su relación fue ingrata, y que él llegó incluso a tener una hija (Regine) con una sirvienta. La muchacha trabaja ahora como doncella para la viuda (es su modo de cuidarla, protegerla y ampararla)… pero pronto deberá enfrentarse a otra serie de problemas, entre los cuales no ocupa pequeño lugar el devaneo que su hijo pródigo Osvald mantiene con Regine, ignorando el estrecho parentesco que los une.

Henrik Ibsen nos entrega en este drama una profunda reflexión sobre las ridículas convenciones sociales; sobre la hipocresía que nos viene impuesta por el entorno; y, también, sobre la eutanasia: cuando Osvald le confiesa a su madre que padece una enfermedad cerebral incurable exige de ella que, llegado el momento, lo libere de la vida. Se niega a convertirse en un vegetal o una carga. Lo crudo es que coloque esa tarea, inconsciente o sádicamente, en las manos de la mujer que lo trajo al mundo, quien se siente desgarrada cuando llega el momento decisivo.

Al acabar la pieza, como siempre ocurre con el autor noruego, notas el estómago encogido y el cerebro en estado de ebullición: es un logro que sólo alcanzan los mejores dramaturgos.

jueves, 13 de octubre de 2022

La zapatera prodigiosa

 


Treinta y cinco años separan al zapatero de su joven esposa. Pero mayor aún y más aparatosa e insalvable es la separación de sus caracteres: alegre, jacarandoso, extrovertido y locuaz el de ella (que no duda en charlar por la ventana con cuantos pasan, aunque se murmure sobre su posible fidelidad al marido); taciturno, medroso y suspicaz el de él (que se ha casado por consejo de su hermana, quien lo previno contra la soledad de la vejez). De tal forma que la casa es, de continuo, un polvorín, tanto por los roces que se generan dentro como por las asechanzas malintencionadas que la rondan por fuera. Al final, se produce un quiebro brusco en la acción cuando el zapatero decide marcharse, para no seguir soportando las burlonas insinuaciones de vecinos y comadres… Cuatro meses después, un viejo titiritero llega a la localidad con sus carteles y coplas; y la zapatera (que acaba de inaugurar una taberna para vivir y que se mantiene fiel a su fugitivo esposo) se emociona cuando lo escucha narrar en verso una historia de infamias, celos y navajas.

Ágil en el dibujo de sus personajes y pizpireto a la hora de concebir la música sencilla y popular de sus escenas, Federico García Lorca construye en La zapatera prodigiosa una “farsa violenta” llena de ingenuidad y frescura, pero también de interesantes análisis del temperamento humano, donde descubrimos que bajo la aparente liviandad puede esconderse la firmeza, que bajo los excesos casquivanos puede habitar la rectitud y que bajo la debilidad puede camuflarse la fiereza de un lobo cuando llega el momento de defender el cabal territorio de su vivir.

Una muestra más del talante y del talento de este granadino universal, vilmente ejecutado por las hordas fascistas en el verano de 1936.

viernes, 16 de septiembre de 2022

Los pilares de la sociedad

 


¿Quiénes son los auténticos pilares de la sociedad? ¿Los ricos y poderosos, que dominan el dinero, las propiedades y los medios de producción? ¿Los religiosos, que controlan los cauces morales que en teoría mantienen vertebrada y firme esa sociedad? ¿Los trabajadores, que con su aportación multitudinaria y humilde crean las bases de la riqueza? En este drama en cuatro actos que Henrik Ibsen escribió en 1877 se plantean, de fondo, esos interrogantes. De un lado, tenemos al cónsul Bernick (prohombre que goza del respeto unánime de la población costera noruega donde vive y que controla, entre otros negocios, el astillero) y a sus aliados el mayorista Rummel, el comerciante Vigeland y el comerciante Sandstad: entre los cuatro han orquestado la llegada al pueblo del ferrocarril… pero siguiendo una ruta que no fue la inicialmente fijada por los expertos, puesto que prefieren que pase por los terrenos que ha comprado Bernick, maniobra que los volverá a todos millonarios. Del otro lado, tenemos a Johan, el cuñado de Bernick, que tuvo que exiliarse a los Estados Unidos acusado de un delito que no había cometido, pero cuya ignominia asumió con gallardía para liberar al auténtico culpable, que no fue otro que Bernick. Como es natural, cuando Johan vuelve al cabo de quince años al pueblecito noruego y amenaza con contar todo lo que ocurrió (desea que su nombre quede limpio de sospechas, para casarse con Dina), la tensión llega a un grado casi insoportable.

En este drama denso, complejo, lleno de meandros psicológicos y de críticas de índole social, política y moral, observamos cómo el capataz Aune se adelanta a la modernidad, criticando el empleo de máquinas en detrimento del ser humano (“No soporto ver cómo se queda en la calle un buen trabajador tras otro; esas máquinas los están dejando sin modo de ganarse el pan”, acto II); observamos también cómo el cinismo económico no se detiene ante nada (“Lo individual tendrá que sacrificarse por lo colectivo […]. Así es como funciona el mundo”, acto II); y, sobre todo, observamos la forma en que Ibsen reivindica el papel de las mujeres, que no deben ser tratadas como ciudadanos de segunda. Así, ante las frases reaccionarias de alguno de los protagonistas (“En nuestro pequeño círculo, donde gracias a Dios no ha conseguido colarse la depravación, al menos por ahora, las mujeres se conforman con tener una posición decente, aunque sea humilde”, acto II), surge la firmeza de Dina, quien declara abiertamente que odia ese mundo hipócrita y esas ideas anticuadas (“¡Qué miedo me da tanta decencia!”, acto IV) y que prefiere realizarse por sí misma, sin apoyarse en ningún varón, para poder convertirse en un ser libre y soberano (“No quiero ser una cosa que se toma”, acto IV).

Embriagado con esta actitud y aplaudiéndola con entusiasmo, el lector no tiene problemas en aceptar la innegable (y algo melosa) moralina del final como parte del drama.

Magnífica obra teatral, sin duda.

martes, 26 de julio de 2022

A puerta cerrada

 


Vuelvo a mi época de lector universitario, cuando leí por primera vez la obra A puerta cerrada, de Jean-Paul Sartre, traducida por Aurora Bernárdez (Losada, 1974). Creo que entonces ni siquiera sabía que se trataba de la mujer que había compartido unos años de su vida con Julio Cortázar… Sus tres protagonistas son Garcin, Inés y Estelle, quienes han sido recluidos en una habitación del infierno; y ellos solos se dedican a hacerse daño entre sí. El filósofo francés apuesta por una misantropía radical, llevada a sus últimas consecuencias: los demás son nuestros verdugos, nos acechan, están ahí, nos torturan implacablemente, se burlan de nuestros fracasos. Son el más feroz de los inquisidores. Nuestro triste infierno, por tanto, consiste en soportarlos; y ellos deben hacer lo mismo con respecto a nosotros. O, para decirlo con una fórmula abrumadora que el pensador existencialista introduce en la obra: “No hay necesidad de parrillas: el infierno son los demás”.

Me parece muy reveladora la frase en la que Sartre dice que “los verdugos tienen cara de miedo”; y me parece muy lírica (y terrible) esa afirmación donde estipula que está muy vacío “un espejo donde no estoy”; y, sobre todo, me ha producido una elevada impresión la frase con la que cierro mi comentario: “Se muere siempre demasiado pronto (o demasiado tarde). Y, sin embargo, la vida está ahí, terminada; trazada la línea, hay que hacer la suma. No eres nada más que tu vida”.

La obra me impresionó más en mi juventud que ahora, pero sigue conservando (me parece) un buen aroma terrible, que me ha gustado recuperar.

viernes, 22 de julio de 2022

La espada encendida

 


De vez en cuando me gusta volver a los libros que leí hace años o décadas, para comprobar cómo han cambiado ellos dentro de mí (o cómo he cambiado yo a la hora de meterme dentro de ellos). Es una experiencia que recomiendo, porque se me antoja muy reveladora. Este verano repito el experimento con La espada encendida, un poemario peculiar y edénico de Pablo Neruda que se inspira en un conocido episodio de la Biblia (la colocación por parte de Dios de un ángel que, armado con una espada, impide la vuelta de Adán y Eva al Paraíso que acaban de perder por su desobediencia). En la transfiguración poética del autor chileno, los protagonistas son Rhodo y Rosía, dos enamorados que sobreviven al holocausto de la humanidad, y que juntos han de construir la vida y el planeta.

La lírica densidad de su pasión alcanza momentos felicísimos en el capítulo X, aunque también en el XXIV y en el XXVII. En realidad, todo el tomo constituye un apretado haz de amorosos parlamentos y de virginales consideraciones, que nos hablan de la convulsión del sexo, de la soledad y del deber. Quizá mi capítulo favorito sea el LXXXVII, con su letanía anafórica, que alcanza cumbres de una belleza impactante.

Creo que el libro, no siendo uno de los más citados ni recordados de Pablo Neruda, se puede seguir leyendo con aplauso.

martes, 21 de junio de 2022

Nuevas odas elementales

 


Fui, durante mi juventud, lector fervoroso de Pablo Neruda. Devoré todos sus libros (pero no como aquel político que juraba haberse empapuzado las obras completas de Lope: yo sí que me leí de verdad las de Neruda) e incluso escribí sobre algunos de ellos, en revistas, congresos y sitios así. Ahora, desde la distancia de la madurez, vuelvo a las célebres Nuevas odas elementales, sabiendo lo que me voy a encontrar (adiós al “factor sorpresa”); y reconozco que las he disfrutado serenamente. Es decir, sonriendo con sus innegables aciertos, cabeceando admirativo ante algunos de sus versos y, también, disculpando con benevolencia los clichés efectistas que, colocados aquí y allá, en mi juventud me pasaron inadvertidos por bisoñez lectora.

Neruda sabía lo que estaba haciendo y lo hizo con destreza. Su estilo era potente y millonario en lujos verbales (sobre todo, adjetivaciones y metáforas); y creo que hay que leerlo sin prejuicios y en la juventud, para sentir su deslumbramiento de amanecer y música (Tagore pertenece al mismo ámbito). Cómo no sentirse feliz al comprobar que, para el insigne autor chileno, el diccionario es “la bodega del vocabulario”; el mar es “el profundo hotel de las sirenas”; o la lluvia una “transparencia oblicua de hilos”. Docenas de fórmulas de ese tipo pueden ser subrayadas en el libro por el joven lector.

La magia de Neruda me ha devuelvo a la juventud. Releerlo ha sido quitarme años del DNI y reverdecer emociones que apenas estaban inauguradas. Que Dios lo bendiga.

lunes, 27 de diciembre de 2021

Baladas de primavera

 


Volver al Juan Ramón Jiménez más juvenil supone llenar la tarde de luz, de madreselvas y de sonidos musicales. Hay que aceptarlo así, sin los prejuicios y el desdén que el mismo moguereño les dedicó a muchos de aquellos poemas iniciales, en los que juzgó (quizá con justicia) que aún no estaba perfeccionada del todo su lengua lírica. Baladas de primavera son apenas veintiséis poemas publicados en el año 1907, luego reconstruidos, expurgados, tachados y vituperados por el Gran Purista, que dedicó innumerables horas a repensarlos, a reescribirlos, a revivirlos, hasta darles su formulación mejor. ¿Juveniles? Sí. ¿Algo imperfectos y quizá reiterativos? Es probable. Pero qué aroma de autenticidad emocionada recorre sus líneas.

Escribió el maestro onubense que “estas baladas son un poco esteriores; tienen más música de boca que de alma”, y quizá sea cierto. Pero cuando nos dice que “Dios está azul”, cuando nos explica que la amapola es “sangre de la tierra”, cuando le dedica un poema triste a la primera novia, cuando le canta a una mujer “morena y alegre” (que no es otra sino la gitanilla cervantina) o cuando nos regala su balada de los tres besos, comprendemos que aquí ya estaba palpitando la voz germinal de un alto vate, eclosionando en músicas y adjetivos, en exclamaciones y puntos suspensivos, en sinestesias y encabalgamientos.

Volver a Juan Ramón Jiménez siempre es una buena idea. Una excelente idea, de hecho.

domingo, 16 de agosto de 2020

El malentendido



Marta y su madre regentan un albergue solitario al que acaba de llegar un nuevo inquilino. Al tratarse de un hombre solitario, harán con él lo mismo que ya han hecho con otros anteriormente: matarlo y desvalijarlo. El sueño es conseguir el dinero que precisan para irse lejos y vivir junto al mar. Pese a su condición de asesinas, procuran que la víctima no sufra ni el más mínimo dolor, así que llegan a considerar que lo que hacen “casi no es un crimen: sólo una intervención, un empujoncito a vidas que desconocemos”. Lo que no saben es que el recién llegado, que se identifica como Karl Hasek, de Bohemia, no es en realidad quien dice ser, sino Jan, el hermano de Marta que se fue del continente veinte años atrás y que ahora, casado y rico, vuelve para reconciliarse con su familia.
En esta pieza teatral, Albert Camus, sabiendo que “hay palabras que queman la boca”, deja que su protagonista se acerque a su hermana y su madre de una forma equivocada: intentando que sean ellas quienes descubran su identidad. Que vean en el rostro del viajero las señales que lo identifiquen. Ahora, Jan es feliz en su matrimonio con María, pero a la vez ha llegado a la conclusión de que “un hombre necesita felicidad, es cierto, pero también necesita encontrar su definición”. ¿Quién es él desde que las abandonó, dos décadas atrás? ¿Cómo han cambiado ellas? ¿Es aún posible acompasar los corazones, pedir disculpas y borrar el pasado? Dominado por un quebradizo optimismo, que no olvida la inmediatez del rencor (“Es más cómodo encontrar las palabras de rechazo que dar con las que unen”), se convertirá en una víctima tan inocente como propicia para las dos mujeres, que consideran este crimen el último que realizarán, antes de retirarse hacia la costa.
En la página que cierra el drama, Marta se enfrentará a María y le susurrará una frase terrible, donde fatalismo, existencialismo y desolación se dan la mano: “Ruegue a su dios que la haga semejante a la piedra. Es la felicidad que él se asigna, la única felicidad verdadera. Haga como él, vuélvase sorda a todos los gritos, sea como la piedra mientras hay tiempo”.
Durante mi etapa universitaria me enamoré del teatro de Albert Camus. Ahora compruebo que la relectura me sigue entusiasmando.

martes, 18 de junio de 2019

Lope en silueta




Fervor. Es la palabra que mejor condensa el espíritu de estos escritos que Azorín consagra al Fénix de los Ingenios. No hay medias tintas. No hay contención en el elogio. “Son él y Cervantes los dos más descollados personajes de nuestras letras”, afirma en la página 11. “Lope es inmenso”, anota a continuación. “Todo está en Lope”, consigna con aplauso. Y de tal suerte son las alabanzas y tan elevados se yerguen los ditirambos que, incluso cuando hay que aproximarse a determinados comportamientos inmorales del potro gallardo que va sin freno, Azorín encuentra la disculpa elegante: “Se coloca de un salto fuera del clima moral corriente. Sus coetáneos viven en un clima y él vive en otro. En ese otro clima moral, Lope pasa con facilidad y fluidez de un estado a otro estado” (p.18). O, dicho con más llaneza: que el dramaturgo se pasa las normas por el arco del triunfo y que hace bien. No se puede ser más claro, ni más tolerante, ni más encomiástico.
Da igual que don Luis de Góngora lo desprecie (“Góngora se piensa superior a Lope y se siente inferior”, p.22), porque el Fénix no le devuelve el sentimiento (“A Góngora no le ha odiado nunca Lope. Lope no tiene tiempo de odiar”, p.44). Da igual que sus enemigos literarios le prodiguen sus saetas: Lope les contesta de la forma más irritante posible: escribiendo cada día mejor. Su imaginación parece no tener fin; su pluma no conoce desmayos. Y esto se demuestra sobradamente en libros como La Dorotea, el libro de “más atrevida invención verbal en nuestra lengua” (p.43).
Libro entusiasta y de lectura agradabilísima.

martes, 26 de marzo de 2019

Vida de Beethoven




No se trata, evidentemente, de una biografía convencional, oceánica de datos, tumultuosa de citas y fuentes, fatigosa de pormenores. No son las trescientas veinte páginas que le dedicó Edmond Buchet (Beethoven. Leyenda y realidad), ni las más de cuatrocientas que le tributó George Grove (Beethoven y sus nueve sinfonías). Creo que el francés Romain Rolland (premio Nobel de Literatura en 1915) ha pretendido darnos algo bien distinto: una especie de acuarela biográfica de Ludwig van Beethoven, donde quedan bien combinadas las informaciones objetivas con las apreciaciones personales, los datos vitales con los fulgores de su obra. Y el resultado (que leo en la editorial Losada) lo traduce a nuestro idioma otro premio Nobel: Juan Ramón Jiménez.
Nos explica, por ejemplo, que el músico emitía carcajadas desagradables (“La risa de un hombre que no está habituado a la alegría”, p.22); que su padre intentó exhibirlo como niño prodigio, para obtener beneficios económicos de él (p.24); que Mozart no le prestó demasiada atención, pero que Salieri le enseñó a escribir para canto (p.27); que los amores que pretendió alcanzar en vida fueron siempre desdichados (en una carta fechada en 1810, escribe: “Si yo no supiese, por haberlo leído, que el hombre no es dueño de poner fin a su vida mientras pueda llevar a cabo buenas obras, me habría matado hace ya mucho tiempo”); que la miopía y la sordera lo martirizaron en sus años últimos; que atravesó etapas de grave penuria económica (“A menudo, tenía que quedarse en casa por falta de zapatos”, p.60); o que mostró en ocasiones unas ideas religiosas muy chirriantes para la época (“Después de todo, Cristo no era más que un judío crucificado”, p.74).
En suma, nos ofrece una multitud de detalles que, como pequeños cristales llenos de color, forman la gran vidriera de Beethoven, de quien afirma sin ambages que “es una fuerza natural; y es un espectáculo de grandeza homérica” (p.78).
Una buena ventana por la que asomarse a las alegrías y a las tristezas del genio de Bonn.

jueves, 20 de septiembre de 2018

El alba del alhelí




Termino El alba del alhelí, de Rafael Alberti, que no considero un libro meritorio. En sus primeras páginas, sí, me encandiló su gracia saltarina, y sus poemas religiosos dulcemente alígeros, pero pronto se diluyó la magia. Me han gustado mucho en las relecturas (lo dejé debidamente consignado en reseñas anteriores) tanto Marinero en tierra como La amante, pero en estas páginas me he sentido defraudado. Es, desde luego, una prolongación formal, temática y emocional de los dos anteriores; y ahí es donde encuentro que está el problema: en que sigue y sigue y sigue una línea ya trillada. No percibo ningún tipo de innovación, ninguna variante significativa. Es como si la alfaguara se hubiera secado y no promoviera sino repeticiones.
Las publicaciones posteriores del gaditano demostraron que no era así, y que fue capaz de ir variando los ritmos, las técnicas, los metros, para construir una obra muy variopinta y valiosa, donde el surrealismo, el compromiso político o la memoria completaron senderos admirables. Por eso seguimos leyéndolo con agrado, con aplauso y hasta con veneración.
Pero, según entiendo, El alba del alhelí es bastante prescindible: son poemas ya redactados –mucho mejor– en otros libros.