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miércoles, 13 de mayo de 2026

Como yo los he visto


 

Supe de la existencia de este libro póstumo de Josefina Carabias hace bastante tiempo, pero es ahora cuando el azar lo pone entre mis manos. Y reconozco que recorrer sus páginas me ha resultado muy agradable, tanto por la forma sencilla y eficaz con que está escrito como por el caudal de anécdotas y opiniones que vierte sobre los protagonistas que lo pueblan. Buen oído y buena muñeca: dos excelentes adornos para una periodista.

Comienza el volumen hablándonos de Pío Baroja (“El hombre a quien considero el primer novelista español contemporáneo”). Nos explica que lo conoció la noche del 14 de abril de 1931. Y que, “contra lo que se cree en general, don Pío era muy risueño, sobre todo en la intimidad, y se le podía provocar la risa con cualquier bobada”. Quién lo diría, si nos atenemos a las imágenes fotográficas que de él se pueden localizar en libros o Internet. Como nota especialmente simpática, yo destacaría la gratitud que siempre manifestó el escritor vasco por un detalle que tuvo Josefina Carabias con él: gracias a un contacto de la periodista, Baroja gozó en su casa, durante épocas de escasez, de un buen suministro de carbón (era muy friolero).

Del inigualable gallego Valle-Inclán afirma igualmente que “era simpatiquísimo y además decía frases con las que siempre se podía hacer un buen reportaje”; y también que “caerle en gracia a don Ramón era una de las cosas más fáciles que podía haber en el mundo”. En septiembre de 1930, el escritor la acompañó a un mitin donde se empezaba a gestar el gobierno de la república, que ganaría las elecciones al año siguiente, y a punto estuvo de provocar un escándalo con sus disensiones, expresadas con vehemencia en medio de un público hostil. Y otro detalle digno de ser subrayado: Valle opina sobre el levantino Gabriel Miró y lo define con ternura y cierta maldad rebajada: “Como persona creo que había pocas mejores, pero como escritor resultaba lo más parecido a una monja haciendo dulces”.

Gregorio Marañón era un trabajador infatigable, que apenas dormía cinco horas diarias y que fue el médico de cabecera de Benito Pérez Galdós. “La bondad es su rasgo más saliente”, nos dice Carabias; de ahí que no sea extraña “la unanimidad con que suscita las alabanzas”. Ramiro de Maeztu era partidario de la monarquía y enemigo de la república. Cuando estalló la guerra civil no huyó, sino que esperó la detención de los milicianos: “Tengo más de sesenta años, he hecho ya cuanto tenía que hacer en la vida y estoy a bien con Dios. ¡Podéis matarme cuando queráis!”, fueron las palabras que les dijo, según testimonio de su hijo. A Pastora Imperio la entrevistó cuando volvió a los escenarios, y también acudió a ella varias veces “para formar parte de una de esas sandeces que solemos hacer en los periódicos y a las que damos el nombre de encuestas”. Llamaba la atención por sus ojos verdes con puntitos dorados. Su nombre real era Pastora Rojas, pero el empresario lo cambió por un comentario de Jacinto Benavente, quien dijo que la niña valía un imperio. Su generosidad era tal que, en opinión de Carabias, las tres cuartas partes de todo lo que ganó en su carrera profesional lo destinó a remediar desgracias ajenas. Del torero Juan Belmonte le impresionó la forma en que asumió su destino (“Se había hecho torero por la fuerza de su triste situación y por influjo del ambiente, igual que los chiquillos de Sigüenza se hacen curas, los de Bilbao marineros y los de Barcelona viajantes de comercio”) y su reconocido miedo a los toros (afirmaba que se acercaba tanto a ellos para no ver de lejos su envergadura). De Miguel de Unamuno no lo cautivaron su condición misógina y polemista (aseguraba que “concebir, gestar, parir y amamantar” eran, en su opinión, las tareas propias de la mujer), pero sí la belleza cruda de su poesía, tan huérfana de música (“Yo soy un poeta, pero lo que no soy es un tamborilero”). Lástima que, poseyendo una mente tan culta y extraordinaria, se dilapidase tantas veces en asuntos menores (“Don Miguel era un águila y por eso perdió el tiempo cuando se puso a cazar moscas”).

Un libro para disfrutar, para aprender y, sobre todo, para tributar un aplauso en pie a Josefina Carabias: nadando a contracorriente, conquistó para la mujer un puesto merecido y justo dentro del periodismo español.

lunes, 23 de octubre de 2023

Madrid. El advenimiento de la República

 


Josep Pla, con apenas treinta y cuatro años, es enviado a Madrid por su periódico para que cubra todas las noticias relacionadas con los cambios políticos de 1931. Esas páginas, ahora traducidas por Xavier Pericay, son las que constituyen el tomo Madrid. El advenimiento de la República, donde tenemos ocasión de volver a disfrutar con la prosa exacta, envolvente y rotunda del coloso de Palafrugell.

“Confieso que de Madrid apenas me interesa nada. Es una ciudad donde se come pésimamente […]. En general, la vida intelectual de esta ciudad no tiene el menor interés […]. Casi todo su confort es aparente y falso”. Son palabras muy claras del joven periodista, que pronto lo llevan a una conclusión: “Toda esta realidad hace que aquí, en Madrid, me vea prácticamente obligado a pasar muchas horas sumergido en una misantropía flotante, en una soledad casi completa. No me queda otro recurso que el de llevar un dietario y escribir mis impresiones”. He ahí la clave de este libro.

Tras la victoria de las ideas republicanas en las elecciones municipales del 12 de abril, la nueva bandera es izada en el Palacio de Comunicaciones. Todos aquellos que habían manifestado hasta esa jornada sus simpatías monárquicas comienzan a camuflarlas con gran rapidez, y Pla vive esas horas desde el centro mismo de la capital de España. Ve a Menéndez Pelayo “ante una taza de café y una copita de coñac”; ve a Julio Camba, que manifiesta con seriedad o con humor sus deseos (“Aspiro a una embajada. Tengo méritos, creo yo, suficientes”); ve al exsenador Manteca, quien “me dice que acaba de crearse una nueva palabra, que es la palabra enchufismo”; ve a Unamuno, quien después de haber sufrido un robo en el tranvía sostiene que “esto de la República va mal, muy mal”; nos habla de la importancia del Ateneo en la nueva situación política española; o nos ofrece su visión sobre la quema de conventos (la cual “ha gustado poquísimo en Madrid, por no decir que no ha gustado nada”). No hay apenas elementos significativos que escapen a su curiosidad: los caracteres de Azaña, Alcalá Zamora o Lerroux; el aroma triunfal o derrotista que se dispersa por las calles; los problemas que se avecinan y que no está seguro de que el nuevo régimen político pueda resolver con facilidad (la reforma agraria o el siempre delicado asunto de Cataluña, por ejemplo)… Josep Pla mira con afán y convierte en tinta toda esa atmósfera. Pero, en medio de sus observaciones, por lo general muy juiciosas y ponderadas (“creo”, “puede que”, “quizá” son locuciones que profusamente se encuentran en estas páginas), también brilla con luz negra (o cuando menos enigmática) algún párrafo, como el que dedica a la importante supresión de la pena de muerte, el 8 de noviembre, decisión que parece no resultar de su agrado: “El humanitarismo teórico ha causado, a lo largo de la historia, una cantidad de víctimas incontable, ingente. A estos diputados que han votado la supresión de la pena de muerte, ¡cuántos entierros les va a tocar presidir!”.

Una buena forma de sumergirnos en estos meses cruciales de la Historia de España, a través de los ojos de un prosista elegante y subyugador.

jueves, 19 de octubre de 2023

Las memorias de Maigret

 


Imagino que serán muy pocos los lectores que ignoren la existencia literaria del comisario Maigret, inventado por el prolífico Georges Simenon y protagonista de casi ochenta novelas. Se trata de un personaje que ha adquirido fama mundial, no solamente en el mundo de la letra impresa, sino también en los ámbitos de la televisión y el cine, donde ha sido interpretado por actores de la talla de Charles Laughton, Richard Harris, Gérard Depardieu o Rowan Atkinson. Hoy he vuelto a acercarme a ese territorio narrativo a través del volumen Las memorias de Maigret, que traduce Joaquín Jordá y que nos presenta una historia bien curiosa, porque es el propio Jules Maigret quien decide contarnos los auténticos detalles de su relación con el escritor belga, en una especie de “Memorias” (aunque repite varias veces que la palabra ni le gusta ni le parece exacta).

Nos cuenta, para iniciar su narración, que, hacia 1927 o 1928, visitó la comisaría donde él trabajaba un joven llamado Georges Sim que necesitaba “conocer el funcionamiento de la Policía judicial” (sic) para ambientar mejor sus obras. No estaba en absoluto interesado en los delincuentes profesionales (“Su psicología no plantea ningún problema”, afirmaba), sino en los seres humanos corrientes, “las personas como usted y como yo, que un buen día acaban matando sin estar preparados para ello”. A partir de entonces, Sim comenzó a publicar algunas novelitas de quiosco usando el apellido del policía para su protagonista, al que convirtió en un personaje célebre, hasta el punto de que el propio novelista se animó a firmar los libros con su auténtico apellido: Simenon.

Ahora, consolidado el personaje y establecida entre comisario y escritor una buena amistad, Maigret ha decidido escribir estas páginas para precisar lo que de exacto o de fantasioso detecta en el personaje que Simenon creó, aunque es consciente del ridículo al que se expone (“Pareceré un cascarrabias que insiste en retocar su retrato”, dice en el capítulo 2). Aporta, por ejemplo, un buen número de detalles acerca de su familia y niñez, que Simenon (quien “ha necesitado cerca de ochocientas páginas para narrar su propia infancia”, cap.3) omite siempre. Inició estudios de medicina, pero acabó ingresando en la Sûreté en un puesto humilde de repartidor de correspondencia. Conoció a su futura esposa en una fiesta (esa misma esposa que ahora, años después, está revisando sus páginas conforme él escribe, mostrándole su conformidad o su desacuerdo con los detalles que nos va suministrando). Durante años, se dedicó a detener prostitutas de poca entidad, vigilar a los timadores de la Gare du Nord, registrar hoteles de medio pelo en busca de inmigrantes sin los papeles en regla… Y al fin, ya jubilado, el viejo Maigret reivindica para sí mismo y para sus compañeros de profesión la noble condición de “funcionarios”: seres que realizan un trabajo donde no hay heroísmo, desprecio ni jactancia, sino solamente la voluntad de mantener un equilibrio social razonable.

Un curioso experimento en el que Georges Simenon concede status de voz viva a su criatura, permitiéndole discrepancias, matizaciones y hasta protestas airadas, en un relato que exhala aromas cervantinos y unamunianos.

Merece la pena.

lunes, 11 de abril de 2022

Diez horas con Antonio Muñoz Molina


 

Con un enorme placer y con una enorme gratitud (emocional y literaria), cierro el volumen Diez horas con Antonio Muñoz Molina, en el que he podido disfrutar de las inteligentes preguntas de Jesús Ruiz Mantilla y de las extraordinarias respuestas del genio de Úbeda. Cuando esta obra fue puesta a la venta junto con el diario El País yo me encontraba en una casa rural, disfrutando con la familia de unas jornadas de monte y aire puro; pero mis suegros tuvieron la bendita idea de comprar un ejemplar para mí y guardármelo, sabedores de mi larga y profunda admiración por este escritor andaluz, quizá mi predilecto entre los autores vivos.

He encontrado en las 142 páginas un caudal maravilloso de detalles biográficos (su infancia pobre, la disposición escueta de la casa, los trabajos del mundo rural), de revelaciones interesantes sobre sus libros (desde El Robinson urbano hasta Tus pasos en la escalera), de juicios nítidos y ponderados sobre la guerra civil española, sobre el estado actual del mundo, sobre quienes fueron agresivos o desdeñosos con él de forma sañuda (Camilo José Cela, Paco Umbral) y sobre quienes desplegaron sobre él una enorme generosidad (Pere Gimferrer, Juan Cruz), sobre la crisis económica, sobre el futuro, sobre la religión…

Además de explicar con detalle cómo surgieron las ideas y los desarrollos de sus diferentes libros (información valiosísima para quienes los hemos leído y los admiramos), Antonio Muñoz Molina vuelve a insistir sobre algunos de los temas que siempre saca a colación en sus reflexiones; sobre todo, la necesidad de convertir la vida, personal y social, en un continuo ejercicio de mejora (“Nos hemos ido educando; hasta hace muy poco éramos muy brutos en muchos aspectos. Hemos aprendido, por ejemplo, a no hablar de manera agresiva, no usar términos ofensivos contra otras personas, no utilizar un lenguaje abiertamente sexista. Nosotros crecimos en un mundo muy basto en muchas cosas y nos hemos educado porque la vida nos ha educado. Las mujeres, por ejemplo, nos han educado. Nada es natural, nada es espontáneo, todo tiene que perfeccionarse y pulirse. Nadie nace sabiendo”, p.53).

Confieso también que la sección XV, la última del volumen, me ha emocionado de forma especial: cuando nos habla de la abuelidad; de la necesidad de seguir trabajando para el futuro de quienes vengan después de nosotros; y de cómo afrontar la finitud personal (“Soy completamente inmanente. Sé que la vida humana, el ser humano, se termina cuando se apaga el cerebro. No hay nada más. Pero bueno, está muy bien así, no hace falta más. No creo que haya que pedir más”).

Insisto: maravillosas respuestas para unas trabajadas, elegantes, sólidas y bien documentadas preguntas de Jesús­ Ruiz Mantilla, que encauza la conversación y después deja que el jienense responda, divague y se extienda a sus anchas.

Memorable.

martes, 23 de enero de 2018

El oficio de vivir



Releo, diez años después, El oficio de vivir, de Cesare Pavese, traducido por Ángel Crespo (El País, Madrid, 2003); y me provoca menos entusiasmos que en su primera lectura. Obviamente, el problema no tiene por qué residir en el autor, faltaría más. Creo que es un volumen que tiene mucho material interesante, pero que también cobija un centenar largo de páginas prescindibles, vacías de fulgor o directamente tartamudas. No veo el interés que pueden tener para un lector los balbuceos telegramáticos de Pavese, que lo mismo anota con perfecta prosa de ensayista un pensamiento profundo que nos inflige una deshilvanada confesión de tono autobiográfico imposible de desentrañar, pues la escribe casi en clave. También me ha producido perplejidad esa costumbre de Pavese de “autocitarse”, indicando día y párrafo: ¿qué rara especie de narcisismo es ésa? Es decir, que aunque esperaba reactivar el fervor pavesiano que tuve a mis cuarenta años, la lastimosa sensación de “mucho ruido y pocas nueces” me ha dominado al final del tomo. Queden para el recuerdo las frases que subrayé entonces y las que se suman ahora.

“La poesía sale a la luz cuando se la busca”. “Cada mar tiene otra orilla”. “El único modo de salvarse del abismo es mirarlo y medirlo y sondarlo y bajar a él”. “El arte de la vida consiste en ocultarles a las personas más queridas la alegría de estar con ellas, pues de otra manera se pierden”. “La tremenda verdad es ésta: sufrir no sirve para nada”. “¿Por qué es desaconsejable perder la cabeza? Porque entonces se es sincero”. “El arte de vivir es el arte de saber creerse las mentiras”. “Verdaderamente tuyo es sólo lo que te vuelve infinitas veces a la fantasía, y no puedes dejar de soñarlo”. “La literatura es una defensa contra las ofensas de la vida”. “Un buen principio sería modificar el propio pasado”. “El amor es la más barata de las religiones”. “Hay que buscar una sola cosa para encontrar muchas en ella”. “Todo lo que no podemos hacer solos disminuye nuestra libertad”. “La poesía nace [...] de los instantes en que levantamos la cabeza y descubrimos con estupor la vida”. “Señal segura de amor es desear conocer, revivir, la infancia del otro”. “El secreto de la vida es hacer como si tuviéramos lo que más dolorosamente nos falta”. “Tener a la infancia por poética no es más que una fantasía de la edad madura”. “Recuerda siempre que no te deben nada”. “Las lecciones no se dan, se toman”. “Hay un solo placer, el de estar vivos, y todo lo demás es miseria”. “Se aspira a tener un trabajo para tener derecho a descansar”. “Se obtiene lo que no se busca”. “La poesía debe decir algo, y en consecuencia es inútil que viole la lógica y la sintaxis, modos universales del decir”. “Los suicidios son homicidios tímidos”. “Hay que estar poseído sin demostrarlo”. “No se puede acabar con estilo”. “¿Te asombra que los demás pasen a tu lado y no sepan, cuando tú pasas al lado de tantos y no sabes, no te interesa, cuál es su pena, su cáncer secreto?”.

viernes, 10 de noviembre de 2017

Cuaderno de Sarajevo



Un libro terrible y que mete la impertinencia del dedo en el dolor sangrante de la llaga. Hablo del Cuaderno de Sarajevo, de Juan Goytisolo (El País/Aguilar, Madrid, 1993), que lleva el clarificador subtítulo de “Anotaciones de un viaje a la barbarie”. Describe en él la brutal matanza que los serbios perpetran contra los bosnios, ante la pasividad (o con la connivencia callada) del mundo “civilizado”. Goytisolo amontona palabras espantosas e imágenes impactantes para denunciar la atrocidad, pero hay cosas que en esta actitud suya me disuenan. Por ejemplo, se burla de que un tal general Morillon regalase a los niños destrozados de un hospital “un gran oso de felpa” (p.35), pues le parece un gesto vacío, gratuito y tontucio; pero, en cambio, sí ve muy normal lo que él hace: proponer al poeta Abdulah Sidran, en medio de los terribles bombardeos y los francotiradores, elaborar “una antología literaria bosnia” (p.104). No sé, ese tipo de intelectualismos snobs.

Por otro lado, el libro escarba en la herida más cruel de todas: el doloroso desentendimiento de un mundo rico que no se implica en los problemas que no afectan a su cartera. Pero que Goytisolo descubriese eso a la altura de 1993 se me antoja de una ingenuidad infantiloide. Un tomo, en fin, para la reflexión.

jueves, 26 de junio de 2014

Leporella



Leamos el inicio de esta novela, porque me parece que el dibujo que nos traza de su protagonista femenina es insuperable y magnético: “Su nombre civil era Crescentia Anna Aloisia Finkerhuber, tenía treinta y nueve años, era hija ilegítima y procedía de un pueblo montañés del Zillertal. En la columna “Rasgos distintivos” de su documentación constaba un trazo oblicuo para indicar que ninguno; pero si los funcionarios estuvieran obligados a incluir la descripción caracterológica, una simple y rápida mirada les hubiera bastado para anotar en aquel punto: Parecida a un jamelgo montés reventado, hueso y flaco”. En efecto, la sirvienta que sirve de base a esta historia era una mujer fea y que no comprendía las cosas con demasiada rapidez. Carecía además de vínculos con el sexo opuesto (“Los hombres la dejaban en paz, ya fuera porque un cuarto de siglo de trabajar como una mula la había despojado de toda feminidad, ya fuera porque ella, huraña y callada, repelía cualquier aproximación”). Trabaja como criada para el joven barón de F., un casado indolente que no ama a su esposa y que, aprovechando un par de meses de estancia curativa de ésta en un sanatorio, comienza a llevar una vida disoluta, donde son varias las mujeres que van pasando por su dormitorio.
La estulta sirvienta, que ha comenzado a sentir una admiración fanática por su señor (y que con una mente menos obtusa podría incluso haber confundido con los rayos del amor), se convierte en la alcahueta del barón, llegando incluso a suministrarle alguna doncella para su solaz y esparcimiento... Pero la esposa, como es lógico, acaba volviendo a casa. Y tanto el marido (que ve cortadas las alas de su libertad) como la sirvienta (que odia a la mujer que le secuestra de un modo oficial las horas de su admirado ídolo) se ven incomodados en su rutina.
Hastiado, el barón decide alejarse durante unos días de la casa y dedicarse al ejercicio de la caza. Y entonces se produce un hecho inesperado: su mujer es encontrada muerta, por un escape de gas. ¿Ha sido un suicidio? ¿Ha sido quizá un asesinato, perpetrado por la sirvienta? El barón comienza a plantearse esas mismas preguntas y se siente cada vez más desasosegado en presencia de la criada tirolesa.

Elegante, ameno y con una prosa finísima, Stefan Zweig nos entrega aquí una historia donde los lectores somos invitados a presenciar una relación bastante desequilibrada (en el sentido social, pero también en el intelectual y el estético) entre una mujer zafia, casi en el borde de la anormalidad, y un noble tarambana y juguetón, que le prodigará atenciones que ella malinterpretará de un modo lamentable. Nuevamente airoso, el narrador vienés vuelve a convencerme. Me da la impresión de que terminaré leyéndome todas sus obras.