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lunes, 4 de abril de 2022

Todo en orden

 


Contundente. Agrio. Duro. Son los primeros adjetivos que anoté en el cuaderno donde iban tomando notas sobre mi lectura de Todo en orden, el último libro (en esta ocasión, de relatos) del cartagenero Luis Sánchez Martín. Y es que las once narraciones que componen el tomo están impregnadas de asfixia económica, hartazgo laboral, traumas de infancia, rebeldías adolescentes, amistades difíciles y relaciones amorosas complejas, que el autor convierte en motores de una prosa cortante, eficaz y directa. Sus protagonistas son contables indignamente explotados por jefes abusivos, que exigen el cumplimiento de horarios criminales bajo la amenaza continua del despido (“De nueve a dos (y de cuatro a siete y media)”); mujeres que sufren maltrato (primero emocional, luego verbal y por fin físico) por parte de su todopoderoso marido (“Siempre a tu lado”); jóvenes desnortados y pendencieros que experimentan una situación digna de Nietzsche o Borges (“Doscientas cincuenta pesetas”); un retraso a la hora de salir del trabajo, que se termina convirtiendo en una pesadilla con aromas de Poe (“El graznido”); una reencarnación tan accidentada como humorística (“El del gato”); la historia, espléndidamente contada, de una amistad radical y absoluta (“En doble fila”); la obsesión de un hombre por su biblioteca (“Páginas en blanco”); la historia de una anonadante venganza, para cuya lectura (se lo advierto) hace falta estómago (“Todo en orden”); o el cuento más sorprendente que yo he leído de Luis, del que prefiero no destripar la intriga (“Nada en el buzón”).

Muchas y muy amargas son las pulsiones que aletean en estas historias, en las que el autor no se molesta en resultar complaciente o exhibir una actitud serena: su prosa se proyecta aquí como ira de sus personajes, como venganza por agravios que no han sido capaces de perdonar, como reflejo de los abusos que sufren sus criaturas en el mundo del trabajo, esa selva inmisericorde. Sólo situándonos en ese punto de vista seremos capaces de comprender el espíritu de Todo en orden, y de aceptar que su crudeza y su agresividad son mecanismos de defensa. Perfectamente legítimos, dicho sea de paso.

jueves, 3 de mayo de 2018

Con todo este ruido de fondo o El imperio de las luciérnagas



El viejo relojero, mientras rectifica las imperfecciones del mecanismo que yace abierto ante sus ojos, nos susurra: “No hace falta que te vayas. Allá fuera / no hay nadie esperándote. Sólo una enorme / cantidad de ruido de fondo. Aquí no”. Y con la atmósfera que sugiere ese preámbulo, con ese espacio de quietud, de lenta movilidad, de oxígeno intacto, el poeta cartagenero Vicente Velasco Montoya nos invita a acceder a su nuevo libro de versos, donde se observa la realidad del mundo, se constatan los chirridos y se llega a conclusiones tan amargas como lúcidamente expresadas: “No viviremos / lo suficiente porque somos vástagos del desencanto / y nuestra obra no será más que un grano de arena”. Adormecidos por el Sistema, martilleados por las consignas que nos repiten incesantemente para que olvidemos el ejercicio de la reflexión, los seres humanos caminamos hacia la Nada con una sonrisa mercantil instalada en el rostro y el corazón vendido en una almoneda, como ridículos robots programados por la voz grave del Gran Hermano: “Siga los pasos, siga este camino verdadero. / Aléjese de las dudas, rompa con las incógnitas, / consígalo en menos de dos meses / y despierte todos los días como un hombre / completamente nuevo”.
Así, este volumen delgado cual bisturí se revela desde el principio como un dietario de melancolías y destrucciones, de miradas cansadas hacia un sistema de vida que se desmorona casi con entusiasmo. Y qué hacer entonces. Quizá mirar con asombro, quizá temblar, quizá fumar un cigarrillo, quizá sonreír con amargura. En síntesis, constatar que las anestesias que nos inoculan están perfectamente planificadas y que su eficacia es demoníaca: “Nosotros pensamos por usted, / porque verá que el dique de la presa / quebró hace tiempo y el agua ya está aquí”. Como es natural, la visión crítica se extiende también al ser humano, sufridor pero al mismo tiempo artífice del desaguisado que nos cerca, merced a su pasividad (“No somos más que unos personajes de corto guion, / mal aprendido, y vestuario inapropiado. / Somos pésimos actores, culpables últimos / de la cancelación definitiva de esta función”),
A la postre, y como en su día percibió Blas de Otero, nos queda la palabra, escudo o trinchera o bengala o estandarte que Vicente Velasco convierte en carne sustancial (“Con todo este ruido de fondo / sólo queda convertirnos en poema”). Y si Dios estaba en la última playa, aquí aparece en la Coda del libro, con tal esplendor y tales estremecimientos que ni siquiera admite resumen. Vicente Velasco, chamán. Vicente Velasco, mistagogo. Harían ustedes muy bien en leerlo