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miércoles, 28 de mayo de 2025

El caso Saint-Fiacre

 


Maigret, que tiene al comenzar la novela cuarenta y dos años y que reconoce estar algo pasado de peso, vuelve a su localidad natal de Saint-Fiacre, porque la policía ha recibido una inquietante nota donde se indica que va a cometerse un crimen en la primera misa del Día de Difuntos. Tal afirmación provoca en el comisario un evidente interés profesional, que se troca en pasmo cuando, sin que nadie parezca intervenir, la vieja condesa caiga muerta después de haber tomado la comunión. A partir de ese instante, como resulta fácil comprender, Maigret abre los ojos y comienza su investigación. ¿Quién puede haber cometido ese crimen invisible?

Todos los actores del drama comienzan a tomar cuerpo ante el investigador: el joven Jean Métayer, quien oficialmente era el secretario de la condesa… y de forma oficiosa es su amante; el irresponsable Maurice, que lleva un buen número de años esquilmando las finanzas de su difunta madre, pidiéndole dinero para cubrir sus estropicios (borracheras, viajes, cheques sin fondos); el administrador Gautier, que se ocupa de ir salvando la situación económica de la condesa como puede; el médico Bouchardon, que se encarga de los detalles forenses (aunque no era el galeno habitual de la condesa); el cura de la localidad, que asegura saber algo, que no puede revelar por haberlo escuchado durante una confesión… Todos ellos tienen motivos para ser considerados culpables, pero no resulta posible determinar la culpabilidad de ninguno. Porque, entre otras cosas, ¿cómo culpar de un crimen donde nadie ha rozado siquiera a la víctima?

Con una solución final a la vieja usanza (todos son convocados para una cena, en la que se analizarán los detalles y se dilucidará la identidad del asesino), El caso Saint-Fiacre, que leo en la traducción de Lluís Maria Todó, regala un par de tardes de entretenimiento policial, que siempre es bienvenido.

jueves, 19 de octubre de 2023

Las memorias de Maigret

 


Imagino que serán muy pocos los lectores que ignoren la existencia literaria del comisario Maigret, inventado por el prolífico Georges Simenon y protagonista de casi ochenta novelas. Se trata de un personaje que ha adquirido fama mundial, no solamente en el mundo de la letra impresa, sino también en los ámbitos de la televisión y el cine, donde ha sido interpretado por actores de la talla de Charles Laughton, Richard Harris, Gérard Depardieu o Rowan Atkinson. Hoy he vuelto a acercarme a ese territorio narrativo a través del volumen Las memorias de Maigret, que traduce Joaquín Jordá y que nos presenta una historia bien curiosa, porque es el propio Jules Maigret quien decide contarnos los auténticos detalles de su relación con el escritor belga, en una especie de “Memorias” (aunque repite varias veces que la palabra ni le gusta ni le parece exacta).

Nos cuenta, para iniciar su narración, que, hacia 1927 o 1928, visitó la comisaría donde él trabajaba un joven llamado Georges Sim que necesitaba “conocer el funcionamiento de la Policía judicial” (sic) para ambientar mejor sus obras. No estaba en absoluto interesado en los delincuentes profesionales (“Su psicología no plantea ningún problema”, afirmaba), sino en los seres humanos corrientes, “las personas como usted y como yo, que un buen día acaban matando sin estar preparados para ello”. A partir de entonces, Sim comenzó a publicar algunas novelitas de quiosco usando el apellido del policía para su protagonista, al que convirtió en un personaje célebre, hasta el punto de que el propio novelista se animó a firmar los libros con su auténtico apellido: Simenon.

Ahora, consolidado el personaje y establecida entre comisario y escritor una buena amistad, Maigret ha decidido escribir estas páginas para precisar lo que de exacto o de fantasioso detecta en el personaje que Simenon creó, aunque es consciente del ridículo al que se expone (“Pareceré un cascarrabias que insiste en retocar su retrato”, dice en el capítulo 2). Aporta, por ejemplo, un buen número de detalles acerca de su familia y niñez, que Simenon (quien “ha necesitado cerca de ochocientas páginas para narrar su propia infancia”, cap.3) omite siempre. Inició estudios de medicina, pero acabó ingresando en la Sûreté en un puesto humilde de repartidor de correspondencia. Conoció a su futura esposa en una fiesta (esa misma esposa que ahora, años después, está revisando sus páginas conforme él escribe, mostrándole su conformidad o su desacuerdo con los detalles que nos va suministrando). Durante años, se dedicó a detener prostitutas de poca entidad, vigilar a los timadores de la Gare du Nord, registrar hoteles de medio pelo en busca de inmigrantes sin los papeles en regla… Y al fin, ya jubilado, el viejo Maigret reivindica para sí mismo y para sus compañeros de profesión la noble condición de “funcionarios”: seres que realizan un trabajo donde no hay heroísmo, desprecio ni jactancia, sino solamente la voluntad de mantener un equilibrio social razonable.

Un curioso experimento en el que Georges Simenon concede status de voz viva a su criatura, permitiéndole discrepancias, matizaciones y hasta protestas airadas, en un relato que exhala aromas cervantinos y unamunianos.

Merece la pena.

martes, 3 de agosto de 2021

En casa de los Krull

 


De vez en cuando, sin someterlo a ningún tipo de estrategia o planificación, me gusta abrir una novela de Georges Simenon y dejarme llevar por sus personajes, sus aventuras y sus propuestas narrativas. En esta ocasión, lo hago con En casa de los Krull, traducida por Carlos Pujol (Tusquets, 2002). Como siempre, el belga pasa la prueba y me gusta. No será Shakespeare ni Muñoz Molina (en mi opinión, no lo es), pero lo revisito con satisfacción todos los años.

Qué inquietante personaje plantea en la figura de Hans; qué amargura íntima más atormentada nos ofrece bajo la piel de Joseph; qué lamentable destino lloroso el de Elisabeth. Me ha parecido una novela solvente y desarrollada con eficacia, en la cual brillan con especial interés los instantes prefinales (la parte del linchamiento), que están bien graduados desde el punto de vista psicológico y literario.

Hasta la próxima, Georges. Volveré.

martes, 24 de junio de 2014

Carta a mi madre



Si cualquier persona se formulara preguntas del estilo de “¿Cuál era el postre favorito de mi madre cuando era niña? ¿Cómo se llamaba su mejor amiga de entonces? o ¿Cuál fue el regalo de Reyes que más ilusión le hizo de toda su infancia?”, descubriría que ignora muchos detalles —muchísimos— de la persona que le dio el ser. Georges Simenon llegó a la misma certeza cuando, hacia los setenta años, asistió durante una semana a la lenta agonía de su madre nonagenaria. Y en aquellos días fue componiendo este texto en modo alguno amnésico o edulcorado (“Mientras viviste nunca nos quisimos, bien lo sabes. Los dos fingimos”), en el que trata de entender las peculiaridades de aquella persona orgullosa, hermética, desconfiada y bajita, cuando quizá ya era tarde para lograr su propósito (“Solamente se conoce de verdad a alguien si se ha conocido su infancia”)
Georges Simenon recuerda con amargura algunas anécdotas: por ejemplo, cuando su hermano pequeño Christian lloraba y ella, entonces, le espetaba a Georges: “¿Qué le has hecho otra vez?”. Simenon, triste, anota: “Me pregunto si no sería necesario que hubiese un villano en la familia y que ese villano fuese yo”. O por ejemplo cuando una tarde, en un arrebato de furia, ella lo tiró al suelo y comenzó a darle patadas. Alejado de toda certidumbre, y deseando conocerla con más profundidad (“Hay todo un fragmento de tu pasado que no ha dejado huellas y precisamente es ése el que me apasiona”), Georges Simenon va dejando por escrito sus recuerdos, sus hipótesis, sus deducciones... Considera que para ella debió de ser muy difícil encajar en la familia de su novio (“Los Simenon formaban un clan tan cerrado que debías sentirte tan lejos allí como en tierra extranjera”), que no fue feliz en su segundo matrimonio (acabaron comunicándose mediante notitas) y que tal vez toda su tensión vital procedía de un deseo atávico de asegurarse la vejez con una pensión digna. Pero, eso sí, que estuviera lograda por sus propios medios: aunque su hijo Georges Simenon era famoso y rico, y le pasaba dinero todos los meses, ella se las apañó para dejar ese dinero intacto y devolvérselo, íntegro, en su ancianidad. Fue un gesto que “por un lado, me hirió mucho, pero, por otro, me obligó a admirarte”.

La muerte como punto de partida para reconstruir una vida, parece ser el leitmotiv de Georges Simenon. Más vale tarde que nunca. O eso dicen.

miércoles, 31 de octubre de 2012

Las señoritas de Concarneau




Hace ochenta años que Gallimard publicó esta obra del belga Georges Simenon, nacido en Lieja en 1903 (hace poco tuvimos centenario, como quizá recuerden); y ahora volvemos a disponer del texto en la editorial Tusquets, que nos ofrece a través de Javier Albiñana una nueva traducción para los lectores españoles. En esta novela se nos refiere la historia de Jules Guérec, un empresario cuarentón que atropella y mata a un niño con su coche; y que, desde ese momento, ha de vivir una farsa en su hogar (rodeado por sus hiperprotectoras hermanas) y un auténtico suplicio en sus relaciones con la madre del fallecido, a la que incluso llegar a proponer matrimonio para saldar su deuda.
Nos encontramos, pues, ante una reflexión sobre la culpa, y también sobre el perdón y el arrepentimiento, muy fácilmente relacionable con la estupenda y olvidada novela El malmuerto, de Marta Portal, en la que el atropellado era un ciclista. Las páginas de Simenon, como es habitual, está redactadas con una prosa directa y ágil, y se rematan con un hermoso final melancólico.