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jueves, 3 de abril de 2025

Ángel de tierra

 


El padre. La figura del padre. Está ahí desde la infancia, protector como un árbol, invisible a veces, en la segunda fila de un palpitar que suele poner a la madre en primer término, al menos durante los primeros años. Y de pronto, sin que quizá reparemos en ese paso adelante, su figura se llena de luz; y entendemos su papel, su importancia, su impronta. Antonio Marín Albalate se concentra en esa mirada del hijo hacia el padre (mirada admirativa, extasiada, agradecida) en su poemario Ángel de tierra, en el cual el sustantivo “padre” aparece en todos los poemas, absolutamente en todos. Sesenta veces.

Nos dibuja en sus versos la imagen de un hombre que ya “peina sus cuatro pelos azules”, que representa “la ternura triste de un invierno muy delicado”, que se mantiene en ocasiones “autista en su galaxia de silencio”, que aún despliega ante el hijo “su honda paciencia de pan”, que tiene “un par de palmeras en sus ojos”, que “teme la industria del frío” y que, por desgracia, “es ya casi un ocaso”. Desde la fascinación y desde el amor más hondo, el poeta convirtió durante los años 1997 y 1998 esa figura languideciente en versos, que luego publicó en 2001, unos meses después del fallecimiento de su progenitor.

Un texto sin duda emotivo, donde infancia, madurez y senectud unen sus dedos para entregarnos unas páginas poéticas magníficas.

miércoles, 27 de noviembre de 2024

Opúsculo


 

Sería muy ambicioso por mi parte (y posiblemente muy equivocado o discutible) establecer qué requisitos o qué cualidades se deben acopiar en un libro para que pueda ser calificado de “memorable”. Resulta evidente, eso sí, que uno de esos requisitos no es, pese a lo que pueda pregonarnos cierta modernidad editorial (propensa a los tomos más bien mastodónticos), el volumen que presenta la obra. El cementerio marino, El túnel o la poesía completa de san Juan de la Cruz desbaratarían cualquier intento de fijar en el número de páginas la importancia de un libro. Por eso, me siento justificado para decir que Opúsculo, de Antonio Marín Albalate (que ya desde el título manifiesta su humildad), es un trabajo literario, pese a su reducidísima extensión, muy revelador y muy hermoso; y, por tanto, memorable. El propio poeta nos confiesa nada más abrirlo que estos trece poemas son el único fruto lírico que pudo cosechar durante el primer año y medio de vida de su hija Nuria (1991-1992). Así que, aunque en realidad pueda ser leído en apenas diez minutos, creo que conviene hacerlo en el más delicado de los silencios.

Luego me cuentan.

lunes, 26 de julio de 2021

Una vieja chistera sin gracia ninguna

 


Manolo Tena, insólito representante de la sangre española, murió el 4 de abril de 2016; pero no se apagó. Patxi Andión, esposo de Miss Universo y poeta barbado, murió el 18 de diciembre de 2019; pero no se apagó. Luis Eduardo Aute, poeta, profeta y proleta, murió el 4 de abril de 2020; pero no se apagó. Y digo que ninguno de los tres se apagó porque los faros no se apagan nunca. Y faros fueron para el cartagenero Antonio Marín Albalate, quien los empapa de poesía y los desparrama por las páginas de Una vieja chistera sin gracia ninguna. Hablamos de un volumen de versos donde también brillan otros faros: su madre, su hijo, la vida (esa puta), Leonard Cohen, Joan Manuel Serrat… Todos ellos mezclan sus haces de luz y generan un espacio donde la música, el paso del tiempo, los bares, las muchachas que nunca envejecen, los vasos de cerveza, los amigos eternos, las calles mojadas por la lluvia, los hoteles y la actualidad (11-M, chalecos amarillos en Francia, Rajoy) construye el esqueleto bajo el que late el corazón de la poesía.

El visitante que se pasee por sus calles líricas encontrará docenas de juegos de palabras e intertextualidades, burbujeos de nostalgia, borracheras, homenajes y gritos (a veces de felicidad, a veces de melancolía) de un poeta que ama (¿cómo no amar si A.M.A. son sus iniciales?) y nos explica sus amores.

Y ese visitante que se pasee por sus calles líricas aplaudirá incluso las erratas del tomo, porque lo increíble de Antonio Marín Albalate es que incluso en ellas se nos muestra como poeta. Así, nos explica en la página 40 que el cantante y actor Patxi Andión lo ha recibido calurosamente en su vivienda, y lo resume diciendo que “tuve el horno de pernoctar” allí. Tuvo el horno. Una lectura banal nos llevaría a considerarlo una errata por honor. Pero conociendo al enorme poeta que brilla dentro de Antonio no sé si considerarlo un acierto: horno de calor, horno de acogida, horno de confianza fraternal.

Grande.

miércoles, 13 de enero de 2021

Caligrafía de la nieve

 


Antonio Marín Albalate. Caligrafía de la nieve. Poemas breves, como copos. Poemas de blancura, porque blanca es siempre la esperanza del amor. Poemas tristes, porque la espera a veces se tiñe abruptamente de amargura. Poemas donde aletea un lenguaje recortado, finísimo en su conceptismo, desnudo de oropeles, verdadero y erguido. Poemas como suspiros, como pensamientos congelados, donde todo está dispuesto con milimétrica precisión para emocionar desde la sencillez.

Leí este libro hace una década y quise releerlo más adelante, para mejor sentir su frío, su agua, su levedad. Se complicó la vida y el proyecto se fue dilatando, pero ya está aquí la hora. Los relojes siempre son memoriosos.

Subrayo sus juegos verbales (“Asombro y sombra”, “Verte como vértice”, “Hilo de hielo”, “almizcle en su mezcla”); trato de desentrañar los enigmas íntimos (¿Isa, Ana, Eva?) que algunos versos me dibujan como reto (“Digo las tres definitivas letras de tu nombre –consonante arropada por dos vocales–”); me entristece la aforística declaración de melancolía que impregna algunas líneas (“nieve negra lloro”).

Un libro que te va calando lentamente y te hace suyo.

Como la nieve.