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domingo, 24 de noviembre de 2024

Muerte en las nubes

 


Qué gusto me ha dado volver a un libro de Agatha Christie. No sé si alguna vez he llegado a contar en este blog que me inicié en el mundo de la novela con esta autora, a la que leí con fruición y con deslumbramiento entre los 12 y los 16 años (más o menos). El reto consistía siempre en adentrarme en una propuesta suya, tratar de seguir el hilo de la historia, acompañar al detective en sus pesquisas y, si ello fuera posible, adelantarme y descubrir al culpable antes que él. Huelga decir que, humillantemente, nunca lo logré. No porque Agatha Christie hiciese trampas (se jactaba con razón de no hacerlas), sino porque mi pasión por la lectura me impulsaba para que fuese demasiado deprisa y, así, obviaba detalles que luego se revelaban cruciales para esclarecer el final de la narración. Mea culpa. (O quizá no tanto: quizá la culpable fue en realidad la autora inglesa, que con su magnetismo narrativo me hacía despistarme).

En Muerte en las nubes (que leo en la traducción de Alfonso Nadal) viajamos en un avión muy curioso, porque reúne a una serie de personas harto variopintas: dos arqueólogos, una peluquera que ha ganado un premio y lo disfruta viajando, una prestamista, un dentista, dos camareros y, por supuesto, el inefable Hércules Poirot, quien se ve implicado en un nuevo asunto policial cuando la prestamista madame Giselle (cuyo nombre auténtico era Marie Morisot) encuentra la muerte por el presunto picotazo de una avispa que se había colado de forma extraña en la cabina. Como es habitual, el observador detective belga descubre en el suelo un detalle que desmiente esa explicación: un pequeño dardo untado en veneno, al que pronto acompañará una cerbatana, escondida bajo un asiento. ¿Cómo es posible que alguien haya disparado un dardo sin que los demás viajeros adviertan la maniobra? ¿Y quién ha podido ser?

Lentamente, irán brotando los mil pormenores de una trama endiabladamente compleja, con personalidades fingidas, falsos testimonios, acentos reveladores, cartas escondidas, disfraces y, en fin, toda la parafernalia de la que siempre hizo gala la socarrona, eficaz y convincente Agatha Christie.

Una jornada de nostalgia y literatura.

lunes, 1 de noviembre de 2021

La ratonera


Tiene algo Agatha Christie. Siempre lo ha tenido. Un embrujo especial. Un tipo de composición escénica. Un método arácnido para que los lectores queden casi desde el principio adheridos a la telaraña que urde con sonrisa leve. No sé. Lo que sea. Quizá si la descubres siendo adulto, con muchas lecturas a la espalda y con mucho cine devorado, el poder que ejerza sobre ti resulte menor. Es posible. Pero como te adentrases en sus libros cuando eras un niño o un preadolescente, ya estabas atrapado para siempre.

A mí me ocurrió. Yo accedí a mis primeras historias christianas (qué chocante el juego de palabras que brota ahí) cuando las piernas me colgaban de la silla, en la biblioteca de Blanca, y no tocaban el suelo. Negritos, trenes inquietantes, islas en las que moría gente, infusiones envenenadas, aristócratas ambiguos, escaleras que bajaban a sótanos, Hércules Poirot, gestos meditabundos… Y, claro, me dejé seducir de forma irremediable.

Ahora, cuarenta y cinco años después, vuelvo a leer una de las obras de la gran escritora: La ratonera, un texto teatral en el que juega endiabladamente bien con sus figuritas animadas, con los inquilinos que acuden una noche (de nieve, claro está) a la mansión Monkswell, justo después de que se haya producido en Londres un espantoso asesinato. Y pronto cunde la certeza de que uno de los personajes es el asesino. O la asesina. Y cuando la desagradable señora Boyle es estrangulada los temores y el pánico crecen. Sí, el asesino está entre ellos. O la asesina.

No les diré nada. Sería imperdonable.