lunes, 20 de marzo de 2023

A cara de perro

 


Para quienes tuvieron el buen gusto de leer, para sí o para sus hijos, la refrescante y divertida novela El Club de las Cuatro Emes (que fue galardonada con el XXIX Premio Edebé de Literatura Infantil en 2021), las librerías ofrecen desde el mes de febrero una espléndida continuación: El Club de las Cuatro Emes: A cara de perro. En esta ocasión, el placentino Juan Ramón Santos nos conduce a través de una historia donde los animales se convierten en piedra angular del relato: desde que observan los curiosos parecidos entre los dueños de los perros y sus mascotas hasta que terminan saliendo en el periódico, por la resolución de un nuevo caso. Matilde, Manuel y las dos Marías contarán esta vez con la colaboración de varias personas de Pomares (Peluqui, Giménez y Jiménez, etc), pero quisiera llamar la atención de forma particular sobre una de ellas: el extraño profesor de instituto que ya aparecía en El síndrome de Diógenes, un magnífico relato con el que Juan Ramón Santos obtuvo el premio Felipe Trigo. Ahora, este personaje vuelve a aparecer con su asombrosa capacidad para entender el lenguaje de los perros; y desempeña un papel divertido y crucial en la narración.

Espero no equivocarme cuando auguro una larga vida a este grupo de inquietos investigadores urbanos. Y espero no hacerlo, sobre todo, porque el autor extremeño ha conseguido equilibrar en sus historias una mezcla fascinante de humor, reflexión y valores que, servida con una prosa muy agradable, logrará que muchísimos lectores iniciales se conviertan en lectores perennes. Es una facultad que se encuentra al alcance de un pequeño grupo de escritores, y que completa con su estupendo trabajo la ilustradora Lara Pickle.

Háganme caso y sumérjanse en estas páginas, para conocer el comercio “Leotardos da Vinci”, acercarse a la vida de su fundador (Exiquio Rupérez) y descubrir qué se esconde en el sótano mal iluminado de un antiguo almacén en ruinas. Me lo agradecerán.

sábado, 18 de marzo de 2023

Ana el once de marzo

 


Ana, Ana y Ana.

Ana se encuentra en una residencia para mayores, a la cual ha llegado la noticia del brutal atentado de la estación de Atocha. Ella sabe que su hijo Ángel utiliza diariamente ese servicio ferroviario, pero ignora si se encontraba a bordo de alguno de los vagones afectados. Hoy, además, se cumplen cuarenta años del día en que su marido, abandonado por la amante de turno, la dejó embarazada.

Ana, con la angustia pintada en el rostro y la tensión agarrotando sus músculos, espera noticias sobre Ángel, su esposo. Las autoridades le han entregado una bolsa de plástico con su chaqueta y le han pedido que tenga paciencia y aguarde novedades. Apenas tiene fuerzas para llorar. Su matrimonio está afectado por algunas grietas (sabe que Ángel se ve con una amante), pero ella continúa muy enamorada. En la bolsa suenan constantemente los mensajes que inundan el móvil de Ángel: debe de ser la otra, preocupada.

Ana, sin poder preguntar de forma directa por Ángel (no es familia), se desahoga enviando mensajes de voz a su móvil. Qué podría hacer, si no. Está inquieta y teme que la esposa legítima pueda escuchar esas comunicaciones, pero no acierta a descubrir otro modo de saber de él. La noche anterior se separaron enfadados y pretende que vuelvan a verse, para que un abrazo borre las lágrimas.

Tres mujeres de nombre idéntico, alrededor de un ángel de barro. Y Paloma Pedrero, dramaturga excelsa, logrando que la suma de sus voces construya una sinfonía triste, intensa, arácnida, por la que nos sentimos atrapados. Mujeres que aman y no son amadas con la misma nobleza; mujeres que suplican y no son escuchadas; mujeres que lloran en silencio.

Todas las mujeres, la mujer.

jueves, 16 de marzo de 2023

Simplemente perfecto

 


Descubrir que tu muerte está próxima y que el proceso que te llevará hasta ella no será amable, sino degenerativo, humillante y gravoso para quienes te rodean ha de ser un golpe cuyas dimensiones no me atrevo ni siquiera a imaginar. Pero Jostein Gaarder, realizando un esfuerzo y tragando saliva, impone ese destino a su personaje Albert, un profesor noruego de instituto que, mientras su esposa permanece en un congreso científico en Melbourne, es informado por su doctora del resultado final de las pruebas que se le han practicado en las últimas semanas: padece esclerosis lateral amiotrófica. Irá perdiendo movilidad, irá perdiendo el control de sus brazos y piernas, irá perdiendo el control de sus pulmones (será conectado a un respirador)… Encerrado en la pequeña cabaña que la familia posee junto a una laguna, Albert se ha dado un plazo de veinticuatro horas para poner por escrito sus emociones y para “decidir si voy a seguir vivo o no mañana por la noche” (p.49). Sabe que su organismo está “a punto de ser refundido” (p.90); sabe que en nuestra existencia cada rato de felicidad está “envuelto en una mortaja” (p.104); y sabe también que las personas creyentes “tienen, casi como los niños, una inteligencia que es simplemente perfecta para la alegría de vivir” (p.106). Por eso, mientras reflexiona sobre la vida y la muerte, sobre los códigos impenetrables que han originado el universo, sobre los enigmas del amor y de la finitud, sobre una traición amorosa que perpetró contra su mujer (y que ahora se le antoja ridículo seguir ocultando), Albert se dirige por escrito a los miembros de su familia y les pide “permiso para acabar mi vida con dignidad mientras aún sea capaz de ello” (p.109).

La idea de sumergirse en la laguna helada y no emerger lo tienta con una fuerza arrolladora, pero la inesperada visita de un personaje al que al principio no logra reconocer dará un vuelco a sus intenciones.

Una novela breve, dura y desasosegante, en la que Gaarder esquiva con notoria habilidad las tentaciones del melodrama, de la moraleja religiosa, del ternurismo y de las salidas previsibles. Se lee con tanta conmoción como respeto.


martes, 14 de marzo de 2023

Bruma sobre los cielos de Ítaca

 


Hay ocasiones (algunas, pocas, maravillosas) en las que el tiempo, el amor y la paciencia se alían para conformar un producto espléndido, que queda y brilla. Es el caso de Bruma sobre los cielos de Ítaca, una recopilación de poemas, dibujos y canciones donde José Antonio Abellán (Murcia, 1956) nos muestra una parte de su producción creativa. Nos habla de la forma dulce con la que sueña los besos aún no recibidos de su amada; de su convicción acerca de que “amanecer junto a ti es mi milagro” (p.25) y que es precisamente su esposa (Mercedes) quien le pone las cuerdas mejores a su guitarra (p.33). A ella le dedica, “desde el balcón del alma” (p.75), infinidad de versos a lo largo de varias décadas, demostrando que el amor puede ser una emoción longeva, purísima, que no se ve erosionada por el paso de los años y que mantiene la intensidad de su llama “después, siempre, ahora” (p.40). Pero también nos habla de las ilusiones que habitan fuera del amor, como ejes complementarios de la vida: el afán revolucionario de buscar un mundo mejor, el combate contra las injusticias, la observación meticulosa de los paisajes urbanos, la búsqueda de la amistad, los paraísos sucesivos que la vida nos va mostrando.

Y qué decir de las magníficas canciones de José Antonio Abellán, que en este tomo no solamente pueden ser leídas, sino también escuchadas, gracias a unos códigos QR que pueden ser convertidos, gracias al móvil, en deliciosas melodías.

Música, colores, fotografías (firmadas por Mercedes Abellán), versos que abarcan desde los años 70 del siglo XX hasta la actualidad… Estamos ante un compendio de belleza que embriaga los sentidos y nos permite sentirnos más cerca de un artista versátil al que les recomiendo que se acerquen.

domingo, 12 de marzo de 2023

El amor de lejos

 


La Historia (también la Historia de la Literatura) está llena de episodios amorosos que, reales o ficticios, han alcanzado la fortuna de quedar en la memoria de los seres humanos, generación tras generación. Bastará con invocar los nombres de Romeo y Julieta, Dante y Beatriz, Paris y Helena, Hamlet y Ofelia o Elisabeth y Darcy. Pero existe una historia que, no menos impresionante (aunque sí algo menos célebre), conmocionó al escritor libanés Amin Maalouf y lo llevó a escribir El amor de lejos. Se trata del amor legendario y purísimo que prendió en el pecho del trovador medieval Jaufré Rudel de Blaye y que tenía como objeto de su adoración a la condesa de Trípoli, de la cual se enamoró sin haberla visto nunca: tan sólo por las descripciones que sobre ella le habían llegado. Preso de un éxtasis idealizado, compuso en su honor los más encendidos y platónicos poemas; y, alborotado por la posibilidad de contemplar su rostro antes de morir, partió hacia Tierra Santa con el objetivo de postrarse ante ella.

En esta delicada recreación de Maalouf, la dama es “graciosa y modesta y virtuosa y dulce, valerosa y tímida, resistente y frágil” (p.31); además de “hermosa, sin la arrogancia de la hermosura; noble, sin la arrogancia de la nobleza; piadosa, sin la arrogancia de la piedad” (p.33). Y Jaufré, rendido a la ensoñación, construye con esos elementos imaginarios el dibujo de una mujer insuperable, que constituye su “amor de lejos” y a la que rinde honores de diosa. Pero, ay, una debilidad de rango humano le sugerirá la conveniencia de embarcarse para ir a conocerla; y en ese instante comienza a abrirse la semilla de su desgracia, porque a los ideales no conviene contemplarlos de cerca, porque la realidad siempre es menos grata que la fantasía; y porque el corazón, cuando es sometido a tensiones demasiado altas, termina por quebrarse.

Un libro elegante, de aroma teatral y color lírico, que se lee con emoción y que me confirma la elevadísima estatura literaria de Maalouf.

viernes, 10 de marzo de 2023

Cuentos a los cuarenta

 


Termino en un par de días el volumen de relatos Cuentos a los cuarenta, de Laura Freixas (Destino, 2001), que me ha dejado unas sensaciones contradictorias. El arranque (ese humor agridulce que impregna “Las puertas”; esa honda reflexión sobre la deriva de escritores y críticos que nutre “La entrevista”; esa meditación sobre el paso del tiempo, sus erosiones y renuncias que se encuentra en la raíz de “La visita”) me hizo sonreír y respirar complacido, porque pensaba que había encontrado a una nueva autora de mi gusto. Pero, después, esa sensación (ay) se fue desinflando a toda prisa, con relatos donde se intenta el humor y no siempre se consigue, donde se inyecta un batiburrillo de imágenes que desconcierta a los lectores y donde los finales quedan, en mi opinión, desvaídos, malogrados, torpes. Quizá se podría salvar, ya casi al final del libro, “Las ventanas”, cuyo espíritu es espléndido; pero no muchas páginas más.

No sé.

Ni quiero ensañarme, ni quiero detallar los elementos que me han parecido inhábiles o flojos. Tal vez sería injusto si procediese de esa manera. Nunca me ha gustado que mis juicios terminen convirtiéndose en hachas. Quién soy yo para arrogarse los atributos de un juez. He ido avanzando por la obra (les doy mi palabra) queriendo que me gustase; pero no ha podido ser.

No descarto acudir dentro de un tiempo a otra obra de Laura Freixas. Ojalá tenga mejor suerte.

miércoles, 8 de marzo de 2023

Helena de Esparta

 


Creo que no será necesario explicar con demasiados detalles quién fue Helena de Troya. O, dicho con más rigor, Helena de Esparta. Será suficiente con mencionar que fue la esposa de Menelao, la cual, seducida o raptada por Paris, pasó años en la ciudad amurallada de Troya. En La Ilíada se nos detalla el proceso. Y si he anotado la fórmula “seducida o raptada” es porque los estudiosos de la literatura y de la mitología no se han puesto nunca de acuerdo en ese punto. ¿Se enamoró Helena de Paris y decidió acompañarlo a su ciudad dorada, para vivir allí la intensidad de su pasión? ¿O quizá fue tan sólo secuestrada por su extrema belleza o por motivos políticos?

La escritora Loreta Minutilli ha tenido la feliz idea de recrear la historia, dejando que sea la propia Helena quien nos cuente lo sucedido; y, traducido por Ramón Buenaventura, el libro lo publica el sello Alianza (2020).

En este ejercicio de introspección, la autora tenía que moverse con cautela, porque era evidente que el volumen iba a caminar por el borde de un acantilado: tanta es la literatura urdida alrededor de Helena, tantos los riesgos que corría (convertirla en un personaje increíble: en una pelandusca o en una feminista avant la lettre), tanto el cuidado que tenía que aplicar al vocabulario y las ideas esgrimidas por la protagonista, que cualquier resbalón, por mínimo que fuese, la precipitaría sin remedio al abismo. Pero la jovencísima autora barinesa sale muy bien parada del experimento y consigue una narración sólida, convincente y de espléndido desarrollo, en la que Helena nos explica que la gran inquietud de su vida siempre ha sido afirmarse, descubrir dónde estaban los límites, calibrar qué actuaciones se le permitían (y cuáles no) por el simple hecho de ser mujer en un mundo dominado por los varones. “Quería elegir, quería arriesgar, quería ver qué ocurriría si hacía un movimiento distinto del que se esperaba de mí como esposa, como mujer, como madre”, nos dice en la página 63. “Vine a Troya porque sentía curiosidad. Curiosidad, sí, por este extraño pueblo que vivía en un mundo de ensueño en que las mujeres podían escoger marido y los países no entraban en guerra porque una muchacha decidiera marcharse de casa”, añade en la página 166. Y luego, mirando a los ojos a su marido Menelao, que la ha “rescatado” del cautiverio, terminará de perfilar su postura: “Quería [viajar] sin tener que pedirte permiso. Quería sentir a otro hombre dentro de mí y descubrir si era culpa tuya el hecho de que no lograse experimentar el menor placer en la cama, y no es así. Quería sentir remordimiento, angustia, miedo, soledad, quería estar desorientada, sentirme perdida, estudiar lenguas, costumbres, personas, pensar en un modo de sobrevivir sola. Quería esperar y temblar y beberme cada momento de mi vida de modo caótico y desordenado, y no había otra manera de hacerlo, ¿comprendes? […] Decidí que tenía necesidad de experimentar también la otra mitad de mi vida, y lo hice” (p.182). No se puede añadir más.

Helena de Esparta es una inteligente, honda y satisfactoria aproximación a los pasillos interiores de una de las almas femeninas más famosas de la Historia.

lunes, 6 de marzo de 2023

La aventura secreta de Cervantes

 


Cuando se encontraba trabajando con documentos antiguos para documentar su tesis doctoral, Leandro Sagristà tuvo la fortuna de toparse con las memorias de un personaje harto significativo: Antonio del Rincón, al que el célebre don Miguel de Cervantes inmortalizó en su novela corta Rinconete y Cortadillo. Una vez que hubo comprobado y ratificado su autenticidad, procede ahora a verter ese texto (actualizando un poco el lenguaje en algunos tramos) para que podamos leerlo los lectores actuales. A partir de ese punto, el escritor barcelonés compone una agradable novela juvenil, en la que no falta una buena porción de detalles sobre la vida de Cervantes, sobre la Hermandad de la Garduña (sobre la cual no existe unanimidad entre los historiadores: se ignora si existió o no) y sobre los usos del siglo XVII (vestimenta, comida, distribución urbana, etc). En ella se nos explica cómo dos pilluelos extremeños (Antonio del Rincón y Diego Velázquez), hartos de los malos tratos que les infligen sus padres y bien adiestrados en el manejo fraudulento de los naipes, emprenden viaje hacia Andalucía, donde esperan ser capaces de ganarse la vida gracias a sus trampas, fullerías e intrepidez. Tras un par de aventuras harto curiosas (Sagristà maneja con habilidad el recurso de las narraciones interpoladas, al modo quijotesco), terminan encontrando en Sevilla a un extraño personaje que los contrata para que roben a un comisario real de abastos que, provisto de buena bolsa, repite todos los días la misma rutina de movimientos, porque lo que resulta presa fácil. Incautos, aceptan el trabajo; y de esa forma terminan por conocer al maduro funcionario, que ha publicado algunas obras literarias y que recibe el nombre de Miguel de Cervantes Saavedra.

¿Quién es el misterioso personaje y por qué parece empeñado en terminar con la vida del inofensivo don Miguel? Eso, evidentemente, tendrá que descubrirlo cada persona acercándose a estas páginas, muy agradables de leer.

sábado, 4 de marzo de 2023

Lo que no se ve

 


Las manos de la abuela haciendo la cama, envueltas en el olor de un suavizante único. La anciana enferma de cáncer que encuentra su sosiego y su sentido dando de comer a los gatos callejeros, anónima y llena de amor. Un abuelo que cultiva su huerto con unción casi sacerdotal, con silencios y ternura, con dignidad. La “avería tozuda” que erosiona la mente de los locos, quienes son la piedra angular de su barrio, de su pueblo. El cáncer del hijo mayor, que obliga a la familia a vivir en la planta de oncología infantil durante dos años. La pandemia y su horroroso zarpazo sobre las relaciones humanas. Esa persona anciana que vive sus últimos tiempos, ignorando cuándo pasará “a la otra orilla de la respiración”. El desvío estúpido de nuestro mundo, que ha olvidado nuestra insoslayable caducidad y la esconde con gimnasios y teléfonos móviles, mientras expulsa la finitud hacia los hospitales y los tanatorios, para camuflarla o negarla (“Hace falta enseñar la mortalidad, devolver la agonía a un lecho rodeado de familiares”). El infarto de la abuela a los noventa y un años, que indica el final de un camino, el cambio de ciclo, un amanecer distinto.

Con frases cortas, musicales, sobrias y perfectas, el granadino Jesús Montiel conjuga todos esos elementos y los enhebra en un texto delicado, leve, que parece tejido con alas de mariposa o copos de nieve, en el que reflexiona sobre la vida y la muerte, sobre los errores de nuestro tiempo, sobre la dignidad de los ancianos y la plenitud pura de los niños, sobre el silencio.

Pocas veces me he sentido tan impresionado por un libro.

jueves, 2 de marzo de 2023

Cuando todos sean sombra

 


Mi sentido arácnido de lector (que no juzgo infalible, pero que me permito creer que tampoco es flojo) ya se disparó cuando leí las primeras páginas de Manuel Susarte, en el verano de 2021 (Atropia, se llamaba el libro). Me pareció detectar en ellas a un escritor sólido, notable y digno de atención, cuyos méritos corroboré recientemente en su trabajo Literatura mínima. Y ahora, después de pasearme durante una semana por el interior de Cuando todos sean sombra (Cosecha Negra Ediciones), amplío y asiento mi juicio: es un escritor muy sólido, muy notable y muy digno de atención. Ya lo tengo absolutamente claro: no fue una impresión equivocada.

El planteamiento de arranque de esta novela es perturbador: la policía comienza a descubrir cuerpos de suicidas que, pocas horas antes de poner fin a sus vidas, se tatuaron una imagen relacionada con el modo de su muerte: un faro (quien se ahoga en el mar), una locomotora (quien se lanza al paso de un tren), etc. ¿Qué diablos está ocurriendo? ¿Qué macabra conexión existe los dibujos y la manera de escapar del mundo? Y, sobre todo, ¿qué protocolos nauseabundos vinculan al tatuador responsable de las imágenes con el deseo de morir de sus clientes? El inspector Imanol Ugarte, que se encarga del caso, está tan confundido como nosotros; pero no dejará que la perplejidad lo bloquee. Ni siquiera cuando descubra que en 1943 ya se produjeron unos hechos similares en la ciudad (siete suicidas, tatuados con imágenes relacionadas con su muerte). Ni siquiera cuando descubra que en 1903 también se produjeron siete suicidios con el mismo e inquietante leitmotiv. ¿Un imitador? ¿Una cadena de homicidas que proceden según un ritual cíclico y truculento? Permítanme que no les dé más pistas: la genialidad de Manuel Susarte no merece que destripe su ingeniería novelesca. Pero les aseguro que si acometen la lectura de esta obra no la olvidarán fácilmente: ni por su lenguaje, ni por su estructura, ni por la sobrecogedora explicación final, ni por lo que ocurrirá años después de que acabe la novela.

No lo duden: Cuando todos sean sombra, de Manuel Susarte (Cosecha Negra). Están tardando.