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martes, 13 de enero de 2026

39 escritores y medio


 

Disfruto enormemente el libro 39 escritores y medio, de Jesús Marchamalo, que contiene semblanzas de una serie de autores magníficos, a muchos de los cuales he tenido la felicidad de leer. Hay, desde luego, centenares de obras que insisten en este procedimiento (incluso con la sonrisa que se desprende del título: recordemos Los 38 asesinatos y medio del castillo de Hull, del brillante Enrique Jardiel Poncela), así que tendré que aclarar de inmediato por qué me ha fascinado tanto la apuesta marchamálica: creo que la clave, el núcleo, está en su capacidad para elegir (y elegir muy bien, además) un detalle y hacer que todo el retrato anímico gire alrededor de ese diamante. Así, nos habla de las gorras marineras de Alberti, de la penumbra en la que solía estar Baroja por no encender la luz, del escrúpulo de Cernuda con su segundo apellido, de aquella pirámide de cristal de la que se encaprichó Cortázar, del sumamente friolero Macedonio, de la exquisitez indumentaria de Gil-Albert, de la hiperacusia hiperbólica de Juan Ramón Jiménez, de la maleta perdida de Antonio Machado, de la orgullosa panza abacial de Neruda, del peculiar nombre de un escritor (“Claro que es una excentricidad llamarse Aub y ser valenciano, algo que ni siquiera se arregla con el segundo apellido, Mohrenwitch, que suena más a duque austrohúngaro, a coronel de dragones o húsares”), de los libros perdidos por Onetti (“Se casó y se separó cuatro veces, y por lo tanto perdió cuatro bibliotecas gananciales”), de la fervorosa bibliofilia de Alfonso Reyes (“Se construyó una casa con biblioteca que acabó siendo una biblioteca con casa”), de las aficiones cocotológicas de Unamuno o de la gatofilia de María Zambrano.

Y cómo no aludir a los magníficos dibujos de Damián Flores, que captan con una admirable eficacia los rasgos faciales de los protagonistas. Memorables.

Un libro hermoso y lleno de anécdotas curiosas, de perfiles llamativos, de vida, que les recomiendo que busquen.

jueves, 1 de diciembre de 2022

Los reinos de papel

 


Nunca somos plenamente conscientes de en qué detalles o ambientes dejamos una huella de nuestra propia alma. Imagino que cada ser humano, como es lógico, dispondrá de su propio sistema para manifestarse o para abonarse a la eternidad. Por convención, podríamos admitir que los escritores lo hacen internamente en sus libros y externamente en sus bibliotecas: acaso esa afirmación no constituya una idea insensata. De ahí que una obra como Los reinos de papel, del madrileño Jesús Marchamalo (Siruela), que cuenta con el apoyo de la Fundación Miguel Delibes, se erija en mostración ejemplar de cómo algunos creadores han dibujado y compuesto en sus hogares ese espacio de libertad, belleza y cultura al que llamamos “biblioteca”.

De tal forma que, con el respaldo visual de unas preciosas imágenes, caminamos por los salones, buhardillas y gabinetes de gigantes de las letras como Bernardo Atxaga, Manuel Vicent, Antonio Colinas, Manuel Longares, Lorenzo Silva, Luis García Montero o el propio Miguel Delibes. Y nos enteramos de un impagable caudal de anécdotas, que complementan y mejoran nuestro conocimiento de todos ellos: que Julio Llamazares se inició en el mundo de la lectura devorando y cambiando novelitas del Oeste en los quioscos; que la Antagonía de Luis Goytisolo se gestó durante el confinamiento al que fue condenado en una cárcel franquista; que Félix de Azúa tomó prestado un ejemplar de Tristam Shandy en la casa de Juan Benet (quien se irritó, pensando que se lo había robado); que Luis Antonio de Villena ideó un truco para colocar tres franjas de libros en cada balda; que Vicente Molina Foix fue una de las personas que portaron el féretro de Vicente Aleixandre y que ama tanto los libros que “les ha puesto un piso”; o que Rosa Montero dispone de un autógrafo que Picasso le dedicó al padre de la escritora, que era torero.

Describiendo con cámaras y fotografiando con palabras, Jesús Marchamalo nos sigue ofreciendo una imagen cercana y distinta (detallada siempre, hermosa siempre) de muchos escritores a quienes leemos con admiración desde hace años.

sábado, 12 de septiembre de 2020

Delibes en bicicleta

 



En ocasiones, un pequeño detalle vital puede servir (si los ojos que lo contemplan son inteligentes y sensibles) para ofrecer una imagen significativa del talante de una persona. Esa técnica vertebradora es la que maneja Jesús Marchamalo en su reciente libro Delibes en bicicleta (publicado por Nórdica e ilustrado por Antonio Santos) para acercarnos hasta la figura del narrador vallisoletano, tan querido como admirable, tan austero como inmortal. Y el objeto elegido, como el mismo título del volumen declara, es una bicicleta. La bicicleta con la que el temeroso niño Miguel aprendió a moverse sobre dos ruedas; la bicicleta con la que recorrió cien kilómetros para ver a su novia; la bicicleta que usan sus descendientes para recordar al gran patriarca familiar a través de paseos constantes.

Un genio en bicicleta (llámese Albert Einstein, León Tolstoi o Sylvia Plath) es un ser humano dejándose acariciar por el viento y haciendo gala de su sencillez. Posiblemente por eso resulte una imagen tan adecuada para representar a Miguel Delibes, cazador a rabo, andariego impenitente y magnífico escritor.

Un delicado homenaje que se lee con una sonrisa en los labios.

martes, 28 de marzo de 2017

El bolso de Blixen



Afirmaba Baltasar Gracián que “más obran quintaesencias que fárragos”, pero ese inteligente dictamen no ha sido seguido (ni en España ni en ningún lugar del mundo, que yo sepa) por los compositores de biografías, mucho más afanosos a la hora de acopiar detalles que a la hora de seducir a los lectores eligiendo los más rutilantes. Por fortuna, he aquí ante nuestros ojos una excepción: las páginas que Jesús Marchamalo le dedica a la baronesa Karen Christence Blixen, más conocida en el mundo de las letras como Isak Dinesen, autora de Memorias de África. Con una extensión mínima (si las trasvasamos a folios, las 48 páginas de este volumen se convierten en poco más de 15), el periodista madrileño logra una semblanza deliciosa, lírica, sinóptica, diamantina, donde se nos presenta a esta mujer nacida cerca de Copenhague, flaquísima desde la infancia, cuyo padre se ahorcó sin motivo conocido y que, casada con su primo Bror, fue propietaria de una explotación cafetera en el continente africano.
Jesús Marchamalo selecciona elegantemente los datos biográficos de la escritora y los une a pinceladas paisajísticas, fotografías donde aparece junto a Marilyn Monroe, anécdotas despóticas, informaciones curiosas sobre su alimentación o enfermedades que la aquejaron. Y el conjunto, lejos de convertirse en un texto snob o superficial, alcanza una categoría casi borgiana, donde los detalles cuajan hasta convertirse en un delicioso retrato puntillista.

Se entra en este pequeño volumen identificando a Isak Dinesen con la frase “Yo tenía una granja en África” (palabras que popularizó el cine con el apoyo de los actores Meryl Streep y Robert Redford) y se sale con una imagen mucho más completa de ella, gracias al minucioso ramillete de diapositivas vitales que Marchamalo ha cribado, abrillantado y reunido para nosotros. Sin duda, una lectura hermosa, que las ilustraciones de Antonio Santos redondean para el sello Nórdica.

lunes, 6 de enero de 2014

Cortázar y los libros



Un viejo proverbio que leí hace años, no sé dónde, afirmaba que no se puede juzgar a nadie hasta que has caminado un buen trecho llevando puestos en los pies sus zapatos. Es una forma de decir que cada uno está dibujado (o delimitado) por sus circunstancias, como bien intuyó el filósofo español José Ortega y Gasset. En la obra que hoy traigo a esta página (titulada Cortázar y los libros, escrita por Jesús Marchamalo y publicada por el sello Fórcola) se juega con un concepto parecido: ¿puede concebirse una imagen fiable de una persona, observando los libros que ha leído, las frases que ha subrayado en ellos, qué autores no aparecen en su biblioteca, qué géneros desdeña o ignora? Tras la muerte del escritor argentino Julio Cortázar en 1984, su antigua esposa Aurora Bernárdez decidió que los libros que éste había acopiado en su vivienda de la parisina calle Martel pasasen a la Fundación March, de Madrid, quedando a disposición de los estudiosos. Ahí fue donde los encontró, escrupulosamente ordenados, el investigador Jesús Marchamalo, que decidió convertirlos (bendito sea) en objeto de análisis. La intención del observador era tan peculiar como fértil: explorar las páginas de esos numerosos volúmenes y descubrir las huellas dactilares de la lectura; comprender qué libros ha manejado y glosado con más frecuencia el narrador argentino; y tratar de extraer conclusiones de esos datos. ¿Por qué no hay obras de Camilo José Cela, ni Ana María Matute, ni Miguel Delibes en los anaqueles? ¿Cuál es la opinión real que Julio Cortázar tenía de su compatriota Jorge Luis Borges, que lo ayudó en sus comienzos pero del que se distanciaba cada vez más desde el punto de vista ideológico? Nos dice el investigador madrileño que el autor de Rayuela “polemiza con frecuencia con los autores a quienes lee, y a través de sus notas establece con ellos un diálogo en el que expresa su conformidad o, lo que es más frecuente, su discrepancia” (p.21). En ese diálogo fluido, antirretórico, visceral y auténtico (en esas curiosas marginalia Julio Cortázar no tenía por qué mentir) descubrimos el profundo afecto que le unía a la obra de Octavio Paz, Federico García Lorca, Pedro Salinas, Edgar Allan Poe, Pablo Neruda o Carlos Fuentes, así como las lúcidas matizaciones que anota en los márgenes de sus obras... Es muy famosa aquella frase escrita por Borges donde afirmaba que un escritor se concentra durante toda su vida en escribir sobre tigres, amaneceres, ríos, sonrisas, libros, árboles, pistolas, nubes y cofres; y que solamente al final, cuando está a punto de morir, descubre que todo ese cúmulo de elementos dibuja la imagen de su cara. ¿Quién nos dice que los subrayados que hacemos en los libros, las notas de lectura que imprimimos en ellos, no constituyen en el fondo nuestra mejor radiografía espiritual? Jesús Marchamalo, acercándose a los libros de Cortázar, nos ofrece un documento curioso y lleno de informaciones pequeñas y deliciosas sobre el Cronopio Mayor del Reino. Interesa leerlo.