Es
probable que de todas las injusticias que han burbujeado en el mundo desde el
inicio de los tiempos (las diferencias entre ricos y pobres, blancos y negros,
etc.) ninguna resulte tan persistente y tan marmórea como la que se ha
establecido históricamente entre hombres y mujeres. Dueños del dinero, del
pensamiento y de las armas, los varones han conformado un modelo patriarcal
que, con pequeñas fisuras y evoluciones, se ha mantenido inmóvil durante siglos
y aun milenios. Ellas son las silenciadas, las invisibles, las torpes, las
sumisas, los ceros a la izquierda, las avasalladas, las insultadas, las
explotadas, las incapaces. En el ámbito religioso, actrices de segunda fila (en
el mejor de los casos); en el ámbito familiar, animales todoterreno que en la
cocina y en la sala de costura disponían de su espacio idóneo; en el ámbito
científico o artístico, anécdotas observadas con displicencia; en el ámbito
político o empresarial, viragos ante las que se sonreía tetánicamente.
Para
contribuir a la subsanación de esos errores, Eduardo Galeano compone este libro
(titulado precisamente Mujeres), que es un alegato recio, inflexible, en
favor de millones de mujeres famosas o anónimas, brillantes o discretas,
egregias o humildísimas, que nos fueron dejando sus ejemplos de altivez, de
dignidad, de esfuerzo valioso. Muchas veces son granitos (en el sentido de
“cosas pequeñas”), pero siempre son granitos (en el sentido de “rocas firmes”):
las narraciones sin fin de Sherezade; la premonición desatendida de Calpurnia;
la conciencia social de Florence Nightingale; el orgullo legítimo de la faraona
Hatshepsut; los avances científicos que nos legaron Marie Curie o Rita Levi
Montalcini; el hondo testimonio creativo de Frida Kahlo; los bailes libérrimos
de Josephine Baker… Pero también (en el platillo anónimo de la balanza, igual
de importante) la terca negativa de las cinco putas que se negaron a atender en
1922 a los soldados argentinos que estaban fusilando a sus compatriotas; la firme
dignidad inagotable de las Madres de la Plaza de Mayo; el aguerrido ejemplo
legendario de las amazonas; o (reconozco que esta historia me impresionado de
forma especial) la novelística historia de Elisa Sánchez y Marcela Gracia, dos
gallegas que lograron casarse en 1901 gracias a una argucia (una de ellas se
disfrazó de hombre) y que después se embarcaron hacia América, donde se les
perdió la pista.
Sin duda, una obra muy notable para hacernos pensar, para comprender un poco mejor las injusticias seculares que sobre las mujeres se han practicado y para intentar que enmendemos esos errores para el futuro.

