Mostrando entradas con la etiqueta Muñoz Molina Antonio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Muñoz Molina Antonio. Mostrar todas las entradas

martes, 8 de septiembre de 2026

Nada del otro mundo

 


Leí Nada del otro mundo en 1995, cuando vivía en otra ciudad, estaba casado con otra mujer, no tenía a mis cuatro hijos, trabajaba en un instituto diferente y aún no me había dejado crecer la barba. Ahora lo releo, con todas mis circunstancias cambiadas, salvo una: la fascinación que me sigue produciendo la prosa de Antonio Muñoz Molina. He comentado a veces que me leería hasta su lista de la compra, y salvo por parte de mis amigos (que saben que no exagero), la afirmación suele ser interpretada como hipérbole.

Los doce relatos que conforman el tomo vuelven a embriagarme, con su abanico variado de propuestas y, sobre todo, con la especial música de su sintaxis. “Nada del otro mundo” destila, dentro de una historia de inquietante aliento paranormal, un nítido aroma autobiográfico (el joven estudiante que, aunque termina cosechando éxito con sus libros, sufre cuando su antiguo compañero de piso le habla de que lo recuerda escribiendo “sus cosillas”); “Las aguas del olvido” nos traslada una historia de adulterio junto a cierto río andaluz de resonancia clásica; “La poseída” juega con la fantasía de un hombre  que equivoca el núcleo de su mirada; “Las otras vidas” nos sugiere que todos portamos en el corazón pasajes y zonas oscuras, que los demás nunca (o casi nunca) descubren; “El cuarto del fantasma” es quizá menos vigorosa, pero nos provoca una sonrisa cuando descubrimos que está protagonizada por Lorencito Quesada; y, como cierre del volumen, cinco maravillas sobre cráneos que surgen en una excavación; fantasmas cuyo corazón aún late; un hombre que se enamora sin esperanza de su compañera de trabajo; un periodista que sobrevive como autor de novelitas de quiosco; o un viejo profesor que se enamoró de una alumna adolescente y que, al final de sus días, se ve inmerso en una historia truculenta a la que asiste con estupor resignado.

Como sus demás libros, Nada del otro mundo puede ser abierto por cualquier página y anonada con el deslumbramiento de su exactitud verbal y su belleza. Gracias sean dadas.

miércoles, 5 de agosto de 2026

Entre Úbeda y Mágina

 


Mi hermano Luis, que conoce mi admiración sin límites por Antonio Muñoz Molina y que sabe moverse más rápido que una centella, compra y me presta el libro Entre Úbeda y Mágina, que devoro en menos tiempo del que tarda en persignarse un cura loco.

Descubro que su fecha de nacimiento es el 10 de enero de 1956, aunque su padre lo inscribiese por error en otra; que el parto (que se produjo en casa, en el cuarto de la viga) fue difícil, hasta el punto de que llegaron a temer por su vida; que su abuela Leonor, tan dulce y cariñosa con su nieto, era sumamente perspicaz a la hora de analizar sus primeros amores (“A mi nieto se le da muy bien enamorarse de las niñas guapas, pero ellas no lo quieren”, p.31); que las primeras letras las aprendió en la escuela de María de la Hoz, amiga de su abuela; que le entristece la forma en que se están perdiendo ciertas canciones infantiles (“Todo eso desapareció. Las canciones se perdieron igual que los cantos de especies extinguidas de pájaros. Y no lentamente, sino de la noche a la mañana, en unos pocos años, juegos y canciones que se habían transmitido de generación en generación durante no se sabe cuántos siglos”, p.43); que su padre tuvo siempre una noble vocación agrícola, aunque nunca consiguió contagiársela (“Ponía mucha paciencia y esmero en enseñarme cosas de la huerta que yo no tenía ningún interés en aprender”, p.64); que le produce una melancólica consternación la forma en que se extingue cierto vocabulario campesino (“Ir de una mata a otra recogiendo tomates, los pimientos, berenjenas, se dice ‘andar’, y es transitivo: “Andar los tomates”. Todos esos usos verbales desaparecerán cuando termine de extinguirse la generación de mis tíos”, p.75); o que consiguió seguir estudios después de los once años porque, frente a la oposición paterna, su maestro don Luis Molina se empeñó en ello. Además, como lector fervoroso del escritor de Úbeda, descubro detalles que me hacen sonreír sobre el general Orduña o sobre el comercio El Sistema Métrico, que aparecen en varias de sus novelas.

Afirma el volumen, en una de sus frases promocionales, que esta obra no versa sobre la vida de Antonio Muñoz Molina, sino que sobre todo plantea un dibujo de época, un cuadro para entender cierta España de hace unas décadas. Bien. No discutiré esa afirmación, pero me apresuro a matizar que yo no la necesito, ni lo entiendo como una virtud primordial: para mí es un gozo que el autor hable de sí mismo, de su familia y de sus primeros años en Úbeda. Y lo es porque, sin haber conocido en persona a Antonio Muñoz Molina y sin haber hablado nunca con él, lo admiro con una intensidad absoluta. Así que todos mis aplausos para el libro donde uno de mis dioses me habla de su infancia, de sus primeros maestros y de sus rubores amorosos adolescentes. Ya lo explica él mismo con palabras deliciosas, que no me resisto a reproducir, pese a su longitud: “La generación que ahora se extingue fue la última en España que vivió plenamente el mundo antes de la explosión del desarrollo, la última que ejerció los oficios inmemoriales de la agricultura y la artesanía, saberes populares muy sofisticados en los que se cimentaba su sustento y la dignidad de sus vidas. A mí ahora me remuerde la conciencia por no haber escuchado y preguntado todo lo que hubiera debido. Ahora nosotros, hijos y nietos de entonces, estamos a punto de ser otra última generación, la de los que escucharon, los que pasaron la niñez en aquel mundo perdido. Contar con veracidad lo que uno ha vivido me parece una obligación cívica. El pasado se inunda muy fácilmente de desconocimiento y de mentiras. Una comunidad civilizada se basa en gran medida en una conversación entre los vivos y los muertos. Nuestra tarea es atestiguar lo que hemos visto con nuestros propios ojos, incluso cuando parezca que nadie está interesado, y también contar lo que nuestros mayores nos contaron, lo que de otro modo no habría dejado huella en el relato de la Historia”. Imposible decirlo mejor.

sábado, 25 de julio de 2026

La realidad de la ficción

 


Cuatro fueron las “divagaciones” (así las califica el autor, Antonio Muñoz Molina) que el público de la Fundación Juan March, en Madrid, tuvo la oportunidad de escuchar durante el mes de enero de 1991. Y, dos años más tarde, quedaron fijadas en el volumen La realidad de la ficción, publicada por Renacimiento, con un cierto desaliño ortográfico. Anotaré unos pocos ejemplos, con menos saña que tristeza: “Billie Hiliday”, p.13; “convinándose”, p.25; “Frabrizio del Dongo”, p.35; “himnotice”, p.59; “pernuria”, p.60; etc. Por fortuna, la claridad y la belleza con las que el escritor andaluz nos va hablando de la construcción de la obra literaria, de los personajes, de la elección del punto de vista o del lector nos permiten olvidar o al menos equilibrar esos arañazos visuales que maltratan nuestras pupilas.

Accedemos, nos dice, al mundo de la ficción desde la infancia, escuchando las historias orales que nos cuentan, y eso estimula nuestra imaginación y amplía nuestra curiosidad. Algunos adultos, después, desdeñan ese punto de partida; pero “curiosamente, estas personas que desconfían tanto de las historias imaginarias son las más proclives a embobarse con las formas más degradadas de la ficción, y por no haberse creído las aventuras de don Quijote y del capitán Nemo acaban tragándose no sólo los disparates de Rambo, sino los de los locutores de la televisión”. Y unos pocos de esos adultos, que han conseguido afilar su sentido de la observación (“Hay que saber mirar”) se convierten después en escritores. Todos los seres humanos “somos una mezcla inquietante de realidad y de ficción, de verdad y mentira, un precipitado de signos cuya fisonomía y carácter dependen no de su propia identidad, sino del modo en que los elabora nuestra mirada y nuestra imaginación”; y el escritor se esfuerza en destilar todos esos elementos para construir edificios verbales y emocionales que perduren en el corazón y la memoria de los demás.

Muñoz Molina, ilustrándolo con ejemplos de sus propias obras, nos habla del modo en que se elige el punto de vista, la voz del narrador, el nombre de los personajes o la estructura de la obra, y nos deja un volumen exquisito sobre la creación literaria, muy recomendable para escritores jóvenes, aunque cualquiera la pueda disfrutar con aplauso. Resulta imposible resumir una obra así: hay que subirse al bote y dejar que el remero nos vaya explicando el paisaje conforme nos desplazamos por el curso del río. Háganlo, por favor.

domingo, 21 de junio de 2026

Carlota Fainberg

 


Claudio, un profesor universitario de literatura que se dirige a Buenos Aires para dictar una conferencia, sufre en el aeropuerto de Pittsburgh la avasalladora conversación de Marcelo Abengoa, un empresario que viaja hacia Miami. Con su locuacidad hemorrágica, Marcelo le explica cómo conoció en el hotel Town Hall a “la mujer más guapa que he visto en mi vida” (p.57), con la que vivió un tórrido episodio sexual que se prolongó durante dos días, mientras esperaba la llegada de su esposa, Mariluz. Fascinado por el embrujo sensual de aquella mujer, Carlota Fainberg (de la que se separó, consciente de que “no voy a verla nunca más en mi vida”, p.82), Marcelo reconstruye para un aturdido Claudio los pormenores de su aventura, que el docente completará cuando, instalado ya en Buenos Aires, se acerque hasta el hotel Town Hall y descubra los detalles que su interlocutor no pudo (o supo) suministrarle.

Con su habitual maestría verbal, Antonio Muñoz Molina va esculpiendo ante los ojos del lector una novela corta de impecable factura, en la que los detalles eróticos se mezclan con agudas consideraciones sobre el temperamento del ser humano, sobre la irritante rapacidad con la que se fraguan los departamentos universitarios norteamericanos (más pendientes de las tendencias sexuales o las marcas raciales de su profesorado que de la pura competencia profesional), sobre el deseo y sobre la melancolía que nos regala la pérdida. Encandilado con la escritura del jienense, el único elemento que ha conseguido “sacarme” del ritmo narrativo es la constante utilización (cuyo sentido entiendo, pero cuyo manejo me distrae) de palabras en inglés por parte de Claudio. Comprendo que el profesor español las utilice, pero la proliferación en ciertos párrafos (“Tenía mucho más interés en la story de Abengoa que en su discourse, lo cual, en un profesor universitario, no deja de ser un poco childish: atrapado en una fugaz suspension of disbelief, yo abdicaba de todos mis escrúpulos narratológicos”, p.120) me enfría un tanto el placer de la lectura. Es mi única objeción a un libro admirable.

martes, 26 de mayo de 2026

La huerta del Edén

 


Hay muchos tipos de sueños literarios: hay quien fantasea con la posibilidad de alcanzar la gloria con sus libros; hay quien vendería su alma (a veces lo hacen) por un premio de resonancia; hay quien envidia la biblioteca de Andrés Trapiello o la de Umberto Eco. Mi sueño es más concreto y más sencillo: un mundo en el que no se agotasen los libros de Antonio Muñoz Molina porque, una vez leído uno, apareciesen otros dos. Una fantasía de libro de arena de Borges, que cada vez se me antoja más difícil de sostener, porque voy leyendo las obras del autor granadino a mayor velocidad de la que él utiliza, como es lógico, para escribir y publicar.

Ahora he terminado La huerta del Edén, un volumen de artículos centrados en la temática andaluza pero que, en realidad, nos hablan de muchas más cosas: de la concepción misma de la cultura, del ser humano y del mundo en que vivimos. En eso, la mirada de Antonio Muñoz Molina es proverbialmente admirable, porque su lucidez, su serenidad y su sentido común son capaces de embriagar a cualquiera que se acerque a sus páginas. Aquí, generoso y brillante, el ubetense nos sugiere la idea de que el auténtico paraíso es una huerta bien cuidada, que remite al solaz honorable y primigenio del ser humano. Y después, texto a texto, nos comunica la indignación (mesurada e irónica) a causa del absurdo de que un centro educativo andaluz no lleve el nombre de Miguel de Cervantes por no haber nacido en aquella zona de España; proclama la necesidad de preservar nuestros árboles y nuestra cultura (“Hay que practicar una beligerancia sin cuartel contra el arboricidio y contra el analfabetismo. Salvar el bosque de la Alhambra, igual que preservar una biblioteca, es entregar al porvenir la memoria práctica de lo mejor que somos”); reivindica la importancia modesta, casi litúrgica, de las cosas olvidadas (“Malbaratar el agua es como tirar y desperdiciar la vida, y el simple acto cotidiano de cortar a tiempo un grifo es un gesto valioso de rebeldía contra la sinrazón del despilfarro, una manera de no rendirse a la conspiración del desierto”); pregona la necesidad de la cultura, para que no nos manipulen de forma torticera (“La ignorancia es peligrosa sobre todo por las ocasiones de éxito que ofrece a la demagogia”); dispara su desdén contra las supersticiones, que ahora incluso se ven avaladas por periódicos, televisiones y hasta políticos oportunistas y avispados; exige austeridad a los gobernantes, por pura decencia institucional (se trata de dinero público); aconseja disciplinarse en el sentido común, la racionalidad y la cultura (“Hacerse una persona bien educada e instruida, atenta a disfrutar de la vida y de los saberes que nos permiten conocerla y juzgarla mejor, es un ejercicio de paciencia que dura todos los años que a cada uno le sean concedidos”); defiende a ultranza lo público y los viejos ideales de la izquierda (“Hay un motivo por el cual los liberales españoles, tan proclives a la melancolía, somos inmunes a la nostalgia: cómo vamos a añorar el pasado, si no llegamos a salir nunca de él”); o, entre muchos otros asuntos, se queja del andalucismo profesional, folclórico-religioso, fomentado por las autoridades, que ocultan así los seculares atrasos económicos y sociales de una tierra herida por la precariedad.

La diferencia con otros volúmenes de Antonio Muñoz Molina es que aquí se muestra como una voz, en mi opinión, más irónica y, en ocasiones, más cáustica, sobre todo a la hora de elegir ciertos vocablos, más agresivos de lo habitual en él (“En los cines andaluces se estrenan las mismas películas subnormales de Stallone, de Bruce Willis o de Disney que pueden verse en Estambul o en Iowa”). Y un detalle final, que traslado por si alguien quiere convertirlo en un número: no he contado el número de veces que Muñoz Molina repite el adjetivo “civil” en este libro, pero entiendo que se trata de uno de esos vocablos hondos y reveladores, que nos permiten conocer la entraña de su pensamiento. Admirable.

sábado, 9 de mayo de 2026

Escrito en un instante

 


Opino, como Antonio Muñoz Molina, que no existe desdoro en que un escritor trabaje “por encargo”, siempre que empeñe en la tarea todo su pundonor. En esa línea, nos explica que los textos que contiene el volumen Escrito en un instante proceden de dos fuentes: los textos brevísimos (quince líneas) que le contrató el rotativo Diario 16 en el año 1988 y los textos algo más largos (unas cuarenta) que le sugirió Radio Nacional en 1992. Como amante de este tipo de recopilaciones (sean de Javier Marías, de Arturo Pérez-Reverte o del propio escritor de Úbeda), he disfrutado mucho con este tomo.

Condensados en píldoras majestuosas, encontramos aquí los álbumes de cromos de la infancia, las canciones de la radio, la importancia del azar en nuestras vidas, la gente sin nombre que camina por las calles de la ciudad, la ignominia de un oficial nazi que quiso borrar infructuosamente su pasado, la languidez y la furia de los amores entre Elisabeth Taylor y Richard Burton, la sorprendente inanidad cósmica de cada muerte humana, el anticipo de su futuro libro Sefarad (“Noticias de Sión”), la vergüenza de haber sufrido la zafiedad bravucona del 23-F, el aroma decimonónico de la granadina Plaza de Bibrambla, su visión del Viaducto (al que define como “temeridad cubista de Madrid”), la fealdad inhóspita de los bares de carretera o la delicadísima pintura de su “Lisboa paseada”.

Y, por supuesto, la eterna elegancia expresiva de Antonio Muñoz Molina, tanto en la descripción de ambientes (“La luz de la mañana suscita o enaltece una disposición de transparencia”), de culpas (el bíblico Caín carga “una sorda joroba de vileza”), del sosiego de los parques (“Como no hacer nada es una tradición dominical y española de siglos el ejercicio de la pereza tiene la madurez de un arte”) o del hilarante ensimismamiento de los culturistas (“Parecen como arrobados por la perfección industrial de sus cuerpos”).

Sigo explorando los libros que aún no conocía del escritor de Úbeda e iré subiendo aquí mis opiniones. Lo adoro.

jueves, 9 de abril de 2026

Unas gafas de Pla


 

Nada más abrir este libro, nos dice el jienense Antonio Muñoz Molina que el ritmo de las películas de Eric Rhomer se caracteriza por su “lentitud vegetal” (p.11); y, en el último de sus textos, asegura que admira la “exactitud de cristalografía” (p.322) que tiene la prosa de Josep Pla. Creo que con esos ejemplos, que sirven como arranque y como conclusión de la obra, se entenderá perfectamente mi constante adoración por el escritor de Úbeda, quien busca y encuentra siempre el adjetivo, el sustantivo o el verbo más elegantes, lúcidos e inesperados, con el rigor de un tallista de diamantes. Lo puede comprobar cualquier persona que se adentre en sus libros: da igual que esté escribiendo relatos, novelas o artículos de prensa. Muñoz Molina no descuida jamás el estilo, la forma de la escritura, el léxico y la sintaxis. Eso lo convierte para mí en admirable ejemplo. Pero es que, además, comparto siempre el fondo de lo que dice: su moderación a la hora de juzgar, su templanza a la hora de definir, su disciplina de la gratitud (es un lector que guarda fidelidad amable a quienes lo han nutrido desde la infancia), su análisis calmado de todos los temas que aborda (desde el terrorismo hasta la envidia, desde el comercio de reliquias hasta la personalidad de los tiranos que han sembrado de muerte y barbarie el siglo XX). Y esa continencia prudente no la abandona ni siquiera cuando se defiende de los insultos que recibe o de las biliosas críticas que lo atacan por motivos extraliterarios (aquella penosa ocasión en que Camilo José Cela y sus palmeros lo atacaron con “mala leche profesional, conspiradora y bronquítica”, por creerse en posesión de todos los derechos para que nadie les hiciera sombra, Muñoz Molina se limita a responder: “Nos cabe la tranquilidad de que ninguno de nosotros es un genio, alivio grande en un país tan superpoblado de ellos”).

Añadamos un detalle más, para que se entienda lo agradable que ha sido leer Unas gafas de Pla (que me regaló Marta, mi mujer, con motivo de mi jubilación): es el libro más bello que he tenido nunca en las manos. Bello como objeto, quiero decir: ocho centímetros de alto, seis centímetros de ancho. Poco más que una caja antigua de cerillas. Pero qué caja, oigan. La tocaré de vez en cuando, por puro deleite sensual. Y le sugiero que se animen a hacer lo mismo.

jueves, 19 de febrero de 2026

El invierno en Lisboa

 


En 1986, un treintañero jienense llamado Antonio Muñoz Molina irrumpió en el panorama novelístico español con su obra Beatus ille, un texto exigente, inusualmente maduro y que revelaba un fascinante dominio de los resortes literarios. La concesión del premio Ícaro no hizo sino ratificar lo que los lectores más rápidos y sagaces descubrieron desde la primera de sus páginas: que un portentoso narrador había llegado a la literatura. En 1987, ese mismo treintañero publicó este libro, El invierno en Lisboa, un relato jazzístico-policial de impecable factura y prolongada perfección que fue sancionado con el premio de la Crítica y con el Nacional: la ansiada confirmación de su excelencia no había tardado ni un año en producirse.

Recordemos la historia que nos propuso en esta segunda entrega. Nos hallamos en San Sebastián, en un local nocturno conocido como Lady Bird, regentado por Floro Bloom. Allí toca el pianista Santiago Biralbo, que suele acompañar al saxofonista Billy Swann. Entre el público se encuentra Lucrecia, una hermosa mujer que acompaña a Malcolm, contrabandista de arte. Ella escucha fascinada a Biralbo, quien termina también por obsesionarse con ella, aunque sepa que su corazón (en apariencia) pertenece a otro hombre. Reparemos después en el más bien inquietante Toussaints Morton, que revolotea alrededor de Malcolm, al que lo unen turbios negocios relacionados con un cuadro de Cézanne. Unos años después, estando ya en Madrid bajo el nombre de Giacomo Dolphin, Biralbo le va contando fragmentos de su historia al narrador, que fue íntimo amigo suyo en la época del Lady Bird. Ahora, añadan ustedes la música proteica del jazz, el alcohol que las noches invitan a consumir, las nieblas de la ciudad de Lisboa, paseos por callejones tan inquietantes como amenazadores y bastantes (quizá demasiados) secretos, medias verdades y dolorosas mentiras. Pero, sobre todo, añadan la prosa más excepcional que es concebible componer en idioma castellano. Ya tienen El invierno en Lisboa. Ya tienen a Antonio Muñoz Molina.

El resto se compone del silencio en que ustedes deben leer la obra, para no dejar que los ruidos exteriores los distraigan del fluir armónico de su sintaxis, de su léxico intenso, melancólico y exacto, de sus retratos anímicos inigualables. Les aseguro que la recompensa la degustarán en cada página, en cada párrafo, en cada frase. Y se convertirán (a mí me ocurrió) en seguidores y creyentes de esta religión llamada Antonio Muñoz Molina.

martes, 15 de julio de 2025

El verano de Cervantes

 


Hay libros que se recorren y se olvidan. Son la mayoría y, desde luego, no lo digo con desprecio o burla. Me he pasado la vida leyéndolos y les tributo una enorme gratitud. No pertenezco (nunca lo he hecho) a la cofradía de quienes postulan que solamente hay que leer los libros egregios o sancionados por el aplauso de las generaciones. En modo alguno. Qué esnobismo. Leo con infinito agrado a muchos de mis contemporáneos y a todo tipo de escritores de siglos pretéritos, sin importarme el idioma en que codificaron sus obras, su ideología política o sus opiniones sexuales. Llevo medio siglo leyendo y cruzo los dedos anhelando que aún me queden un par de décadas de seguir con esa misma inquietud vital.

Pero sé que también hay libros que se recorren y se quedan en la memoria. Y que esa memoria (contra lo que pudiera pensarse) no es firme, sino que va variando conforme volvemos a ellos y les descubrimos nuevos perfiles, nuevas aristas, nuevos esplendores: ese adjetivo que se nos pasó hace años, esa frase que quizá no supimos entender del todo (por juventud o por excesiva velocidad lectora), ese personaje por el que de pronto experimentamos mayor ternura o hacia el que nos volcamos con más admiración. No se trata de que tú elijas qué libros van a gozar de esa vida poliédrica dentro de tu corazón: es, probablemente, al contrario. Quizá cada libro elige a quién impregnar, a quién invadir, a quién retener.

Para Antonio Muñoz Molina, una de esas obras es Don Quijote de la Mancha; y en este reciente libro, que se titula El verano de Cervantes y que ha aparecido en el sello Seix Barral, explica los pormenores de su amor: primero, contándonos de qué manera descubrió la novela en su infancia; luego, glosando los detalles que ha ido descubriendo en cada nueva visita, en épocas y países distintos; al fin, explorando la influencia que la obra cervantina ejerció sobre escritores de todo tipo (Faulkner, Mann, Twain, Joyce). En ese juego polifónico, Antonio Muñoz Molina nos conduce por un camino que ocupa 444 páginas, lleno de brillantez y de magia, en el que descubrimos con fascinación que, a pesar de que hayamos leído la obra de Cervantes, la mirada afiladísima del ubetense nos invita a descubrir multitud de detalles que se nos escaparon y que, mirados con sus pupilas, nos revelan importantes detalles estilísticos. Aportaré un único ejemplo, que se encuentra en la página 187: “En las más de mil páginas de Don Quijote siempre es verano y llueve una sola vez”. Yo, que he leído dos veces la obra (y creo que no de forma desatenta), jamás había reparado en esos detalles.

En la brillantez estilística de Muñoz Molina, en su fascinante poder de seducción y en el embobamiento que su lectura me depara no será preciso que me detenga, porque son sabidos. A ningún escritor, vivo o muerto, admiro más que a él.

miércoles, 7 de mayo de 2025

El viento de la Luna

 


Podría alinear muchas palabras para describir lo que siento cuando recorro las páginas de Antonio Muñoz Molina: asombro, aplauso, felicidad, fascinación, reverencia, gratitud, éxtasis. No me atrevería a eliminar ninguna de ellas, ni tampoco a estipular un orden: todas me asaltan en diferentes grados, línea a línea. Y me ocurre también cuando releo El viento de la Luna, que devoré antes de 2008 y que, por tanto, no figuraba en mi blog. No sabría explicar por qué me embriaga tanto su escritura, y créanme que no tengo, a estas alturas, el menor interés en encontrar explicación a esa magia: simplemente la disfruto. El ritmo de su prosa, su vocabulario, sus temas, obran en mí con el embrujo magnético de un imán. Y me produce una enorme dicha que así suceda, porque la sensación se repite sin mengua (acabo de comprobarlo) en las relecturas, circunstancia que me garantiza disfrute inagotable para el resto de mi vida.

En esta ocasión me encuentro con un chico que vive en Mágina y que en el verano de 1969 “tenía doce años y había terminado el curso con un suspenso vergonzoso en Gimnasia”. Su existencia gira alrededor de varios focos: el despertar de su libido (donde desempeña un papel crucial la actriz Faye Dunaway), las charlas con el padre Peter (al que termina reconociendo que es agnóstico), su afición por la lectura (que comienza con Verne, Salgari o Wells y se extiende pronto a obras antropológicas o científicas), la voluntad de no incorporarse en el futuro a los trabajos hortelanos (de los que vive su familia) y, sobre todo, su extraordinario interés por el viaje que están protagonizando Collins, Aldrin y Armstrong a bordo del Apolo XI (metáfora de los nuevos tiempos y también del despegue vital y del racionalismo con los que el protagonista sueña). A su alrededor, transcurre un mundo cuyo pasado sigue contaminado por la guerra civil, de la cual se sigue hablando con prudencia temerosa (obsérvese sobre todo la figura del rico vecino Baltasar, que medró gracias a engaños como el que perpetró sobre el padre del protagonista), y cuyo presente incluye limitaciones económicas (carecen de agua corriente y de casi todos los adelantos electrodomésticos).

Mientras su padre y su abuelo pretenden adiestrarlo en los trabajos ancestrales de la familia (recogida de la oliva, trato con los animales), él experimenta otros anhelos: los libros, los microscopios, el seguimiento de la misión espacial por la radio y la tele… o la lectura del periódico Singladura, donde el sin par Lorenzo Quesada (dependiente de El Sistema Métrico) colabora como redactor.

Súmese a la elegancia expresiva la intensidad melancólica del final y se entenderá por qué, para mí, Antonio Muñoz Molina trasciende los límites del escritor admirado para aproximarse a los sitiales de la divinidad.

martes, 12 de septiembre de 2023

No te veré morir

 


“Pasan los años y la vida tiene el color de los sueños incumplidos”. Lo escribió el gran poeta Pascual García, pero podría haberlo escrito el gran novelista Antonio Muñoz Molina como pórtico o como epílogo de su novela No te veré morir, de reciente publicación en Seix Barral. Porque, en esencia, la propuesta que nos regala esta vez el narrador jienense se articula alrededor de aquellas ilusiones o de aquellos paraísos que abandonamos o nos arrebatan, y que sólo logramos recuperar (si tenemos suerte) al final del camino, aunque sea de forma vicaria, melancólica o incompleta.

Gabriel Aristu ha tenido una vida, sin duda, exitosa: gracias a la esmerada educación que le pagaron sus padres, realizando muchos sacrificios (en el British Council de Madrid), ha podido alcanzar un elevado estatus económico en Estados Unidos. Tiene una esposa (Constance), un exquisito círculo de amigos (donde se integran personajes del mundo de las finanzas, la política, el arte y la banca) y un hogar lujoso, de los que ahora podría disfrutar plenamente gracias a la llegada de su jubilación. Pero una charla casual con Julio Máiquez, experto en arte que ha venido también de Madrid y que se convierte pronto en una especie de protegido suyo, vuelve a colocar en sus oídos un nombre: Adriana Zuber. Ella fue el gran amor de su juventud, aunque Gabriel prefirió desoír las llamadas de su corazón y trasladarse a California, con el fin de cumplir el destino de bonanza que sus padres habían diseñado con mimo para él. Quizá hizo bien; quizá se equivocó. Quién puede conocer con certeza la respuesta más adecuada, en este tipo de situaciones de bifurcación. Durante cuarenta y siete años no ha sabido nada de Adriana Zuber, pero la melancolía de su senectud (matizada por la superación de un cáncer) lo impulsa a subirse a un avión, tras mentir a su esposa sobre el destino de su viaje, que lo conducirá hasta su viejo Madrid, donde Adriana continúa viviendo en la misma casa.

Dividida en cuatro partes (que incluso parecen dotadas de cuatro respiraciones diferentes), la narración nos surte lentamente de detalles sobre la longitud de un amor dulce y quebrado, que ha nutrido de forma invisible toda la existencia de Gabriel, aunque sólo en la vejez haya sido consciente de las dimensiones reales de la herida que aquella ruptura trazó en su alma. En el mundo de los sueños sí que ha persistido la memoria de Adriana, pero en la realidad (en su universo de inviernos nevados, calefacción confortable, viajes continuos, contactos con gentes de elevado poder y restaurantes de precio prohibitivo) ha intentado mantenerla sepultada, neutralizada, invisible. Al rebasar la frontera de los setenta años, por fin, Gabriel ha tomado la decisión de enfrentarse a su ayer y reencontrarse con Adriana, aunque nunca hubiera podido imaginarse la sorpresa que le aguardaba en aquel salón donde ella lo estaba aguardando.

Escrita con la prodigiosa habilidad de siempre, No te veré morir se erige en una de las obras más melancólicas y perfectas de Antonio Muñoz Molina, quien, como pedía Baudelaire, es un novelista sublime sin interrupción.

domingo, 18 de junio de 2023

El miedo de los niños

 


Pocas cosas hay más terribles, más sofocantes, más tenaces y más angustiosas que los miedos infantiles: esos pánicos y esas obsesiones que, como estigmas, se clavan en el corazón y en el alma. Todos (miente o tiene mala memoria quien se excluya de la nómina) sufrimos alguno, que nos dejó huella. En este relato, que ilustra María Rosa Aránega, redacta Antonio Muñoz Molina y publica el sello Seix Barral, se nos habla de uno de aquellos viejos miedos, centrándose en dos primos llamados Bernardo y Esteban. El primero lleva un aparato ortopédico, desde que sufrió poliomielitis, y dispone de una imaginación siempre activa, que puebla con macabras historias de tísicos que se desplazan en coches oscuros a la caza y captura de niños incautos, a los que extraerán su sangre para entregársela a los enfermos que pueda pagarse ese sanador comercio clandestino; el segundo es su fiel acompañante, que vivirá siempre atenazado por el terror que su primo le inocula con sus historias y que tragará saliva cuando algún indeseable se siente a su lado en el cine y, con paralizante frialdad, deposite su mano adulta sobre los muslos y la bragueta infantil.

Ese universo de pánicos adquirirá unas dimensiones espantosas cuando, hallándose Esteban enfermo en su cama, su primo Bernardo desaparezca a la salida del colegio y sea encontrado, con fiebre y agitadísimo, muchas horas después. Una vez a solas, le dirá a un asombrado Esteban que tuvo un encuentro feroz con un hombre y que, por fortuna, logró golpearlo hasta darle muerte. ¿Qué ha ocurrido, en realidad? ¿Es cierto que Bernardo ha cometido un crimen? ¿O se trata de una mentira que esconde hechos más tristes y bochornosos?

Con la pericia a la que nos tiene acostumbrados, Antonio Muñoz Molina esculpe para nosotros una historia ancestral sobre la congoja, el desconcierto y la extrema vulnerabilidad del ser humano durante su infancia, ese tiempo de canicas, sombras amenazantes, mochilas viejas, noches de pesadilla y vergüenza, que en sus manos se convierte en una joya lánguida, melancólica y memorable.

jueves, 30 de septiembre de 2021

Volver a dónde


Antonio Muñoz Molina recuerda en la página 302 de este libro la frase que musitó su abuelo, tras observar cómo redactaba unas líneas en la máquina de escribir: “Se ve que esto se le da mejor que coger higos”. Por fortuna para quienes amamos las obras de este escritor, aquel niño sin sangre que nació y vivió su infancia en Úbeda, no mostró nunca demasiada aptitud para las labores agrícolas, ganaderas o mercantiles; y fue en el amplio territorio de las letras donde encontró el cauce que le permitió encontrarse a sí mismo y revelársenos a los demás.

Volver a dónde (Seix Barral, 2021), su obra de más reciente publicación, fluye y se detiene en varios tiempos a la vez: el mundo de la infancia (burbujeante de recuerdos), las semanas durísimas de la pandemia covid (cuando las anomalías del silencio, el temor y el aislamiento se trenzaron dentro de cada corazón y cada ánimo) y la secuencia final del año 2020 (en la que esperanzas y decepciones jugaron a alternarse). Se trata —y a la vez no se trata— de un diario, porque el concepto íntimo del que parte y sobre el que se sustenta la obra es mucho más ambicioso: cuando se vuelven confusas las formas del presente, e impredecibles las del futuro, la memoria se concentra en la claridad recuperada del pasado. Por eso Muñoz Molina, situado en su balcón con media copa de vino y rodeado por todas las plantas que ha comenzado a cultivar con especial ternura, dirige su mirada hacia el exterior (por donde pululan gentes con mascarillas, pero también idiotas que han abdicado de la prudencia y la sensatez) y hacia el interior (que se condensa en los recuerdos tibios de su casa infantil, de su familia numerosa, de sus parientes reales o imaginarios). El título del tomo nos sugiere de esa manera dos interpretaciones distintas pero compatibles: volver a la normalidad social (que no se sabe cómo resultará: de ahí la incertidumbre del adverbio) y volver al territorio dormido o muerto del ayer (que queda rodeado por la niebla: de ahí, otra vez, la incertidumbre del adverbio). “Este raro presente” (susurra el escritor en la página 221) “alumbra para mí zonas perdidas del pasado”.

Intenso y lúcido, Muñoz Molina abomina en estas páginas bellas e inteligentes de las irresponsabilidades botarates y cainitas de los políticos, más preocupados de vapulearse entre sí que de resolver problemas; insiste en la bochornosa erosión calculada que han sufrido en España los servicios públicos (Enseñanza y Sanidad, sobre todo); se indigna con el comportamiento incívico de una juventud majadera que cifra su libertad en la convocatoria de botellones (“Los sanitarios se ven desbordados otra vez por la multiplicación del número de enfermos, millones de personas trabajadoras se ven arrojadas al paro y a la pobreza; pero estos miles de idiotas a los que entre todos les pagamos sus carreras universitarias no tienen la madurez mínima ni la decencia de cumplir las normas y dejar de emborracharse en manada un fin de semana”, p.313); relee a Benito Pérez Galdós para intentar comprender mejor el país en que vive, donde los necios y los extremistas suelen prevalecer sobre los honestos y laboriosos; y, a la postre, nos deja un poso resignado o melancólico cuando nos hace reflexionar sobre qué imagen tendrán de nosotros en el futuro.

Un libro duro, comprometido, sensato y lleno de silencios reflexivos, que vuelve a colocar en nuestras manos la prosa de uno de los más admirables escritores de la actualidad.

sábado, 23 de enero de 2021

La vida por delante

 


Es difícil explicar por qué me gusta tanto la literatura de Antonio Muñoz Molina. Podría decir que es un estilista maravilloso, o que sus temas me seducen, o que los diálogos de sus personajes me encantan; y todo eso sería verdad, pero no me serviría para justificar por qué está, en mi corazón, por encima de otros escritores en quienes también reconozco esas virtudes. La única certeza es que lo seguiré leyendo hasta mi muerte, suceda este año o dentro de treinta y cinco.

En esta ocasión, me he acercado hasta las páginas de La vida por delante, una colección de los artículos que fue publicando en prensa y que en 2002 quedaron reunidos en este volumen que publica Alfaguara. En él encuentro su desprecio por la intolerancia, su convicción de que todo es inestable en la vida humana, su fervor por las enciclopedias y los perseguidos, su amor por la lentitud, su largo afecto por Portugal, su estupor ante el culto a las armas que se advierte en los Estados Unidos, su defensa de Francisco Ayala y Max Aub frente a los insultos y ataques que les dirigió Umbral o su tajante repulsa de la violencia machista. En todos los casos, me he encontrado conforme con sus juicios.

Me ha gustado también la forma en que el escritor jienense define nuestras costas veraniegas (“Muladares de hormigón en los que va a abrevar cada mes de agosto la peor chusma de Europa”, p.162); me ha conmovido su petición para que se deje en paz a Federico García Lorca, tanto de un lado como del otro: que simplemente se le lea, se le sienta y se le deje “residir en la posteridad y en la muerte con la soberanía que tanto deseó y tan pocas veces tuvo durante su vida” (p.65); me ha hecho tragar saliva cuando recordaba los destinos tristísimos de Antonio Machado, Walter Benjamin, Victor Klemperer o los niños españoles trasladados a la URSS durante la guerra civil de 1936; y he compartido su escaso interés por Hemingway o Alberti (“Ni su persona ni su obra me atrajeron nunca demasiado”, p.190).

Apunto algunas de las frases que he subrayado en el tomo, para que no consiga desgastarlas el olvido: “En una taza de café o en un vaso de vino puede estar contenida una fracción del paraíso terrenal”. “Si hay un rasgo infalible para distinguir a un imbécil es la suficiencia”. “Cuando las culturas o las colectividades se ponen por encima de las personas concretas, más vale sospechar”.

lunes, 13 de abril de 2020

La noche de los tiempos




Ningún buen libro puede ser condensado en una reseña, por larga y meticulosa que ésta se plantee ser. Y menos aún cuando el libro contiene tantos primores y tanta belleza como La noche de los tiempos, la descomunal novela de casi mil páginas que Antonio Muñoz Molina publicó en 2009 en el sello Seix Barral.
Describamos la semilla: el arquitecto Ignacio Abel, casado y con dos hijos, conoce a pocos meses del inicio de la guerra civil de 1936 a la joven estudiante americana Judith Biely. Víctima de un matrimonio infeliz, se enamora de ella y comienzan una relación adulterina, que queda desbaratada cuando la esposa de Ignacio descubre la existencia de Judith; y, casi de forma simultánea, estalla la guerra. Hay una separación de los amantes y, por avatares del conflicto bélico, Ignacio termina pasando a Francia, y de allí a los Estados Unidos, donde seguirá trabajando como arquitecto a las órdenes de un multimillonario, buen amigo de Judith.
Ese leve núcleo temático se enriquece con la aparición de numerosos personajes reales del mundo de la política (Negrín, Azaña, Largo Caballero) y de la literatura (Rafael Alberti, José Moreno Villa, José Bergamín), así como con la meticulosa descripción de la vida madrileña antes y después del estallido de la sublevación militar. Pero, sobre todo, con el despliegue de una de las mejores virtudes del escritor de Úbeda: su capacidad para adentrarse en el alma de sus protagonistas y trasladarnos todos los pliegues de sus emociones: la melancolía, la decepción, el desasosiego, el fervor, la decrepitud, la nobleza, el idealismo.
Con saltos continuos en el tiempo; dejándonos en las manos, con infinito mimo, las piezas sucesivas del rompecabezas; dibujándonos la acuarela de un tiempo infame, vengativo, turbio e iracundo, Antonio Muñoz Molina construye un relato espiral, que se va agrandando como las ondas provocadas por una piedra que se sumerge en el lago y que, pese a sus numerosas repeticiones (el texto insiste en determinadas zonas emocionales o argumentales varias veces, para que queden mejor impresas en el ánimo del lector), no se hace fatigosa en ningún momento.
No me cansaría de enumerar las maravillas que este volumen me ha deparado: el increíble retrato melancólico del escritor y pintor sin éxito José Moreno Villa, desbordado por la arrolladora energía y ambición de sus colegas del 27; la lenta pero inexorable degradación moral del hermano de Adela, que evoluciona desde la estupidez hasta el fascismo; la dignidad imperturbable del profesor Rossman, perseguido por el totalitarismo comunista y por el totalitarismo fascista; la silente tristeza de la esposa de Ignacio, víctima inocente del amor impetuoso que su marido experimenta por Judith; la engreída petulancia de Van Doren, dios subalterno que observa con altanería a los demás seres humanos… Cada uno de los personajes (da igual su importancia argumental o el caudal de páginas que protagonice) es presentado con exquisita pasión de orfebre: lleno de luces y de sombras; con pasado, presente y futuro; admirablemente vivo y real.
Novela prodigiosa, que quizá no admita relecturas (su densidad y su longitud mastodónticas exigen muchísimas horas de dedicación atenta), pero que siempre enriquecerá cuando volvamos a acercarnos para leer tres o cuatro páginas, aleatoriamente escogidas. En cada pétalo está la rosa.

martes, 1 de enero de 2019

Las apariencias




Una forma de mirar y una forma de contarnos lo que se observa o se deduce de ese ejercicio de la mirada. Quizá nos encontremos ante las dos claves que nos permiten identificar a un escritor distinto, valioso, imperecedero, como me parece que es el caso de Antonio Muñoz Molina. Otros autores, más impacientes o aparatosos, se obstinan en encontrar su signo distintivo en los aspectos verbales y sintácticos, o en la trepidación del argumento, o en la novedad de su temática, pero tales rasgos suelen ser devorados por el vértigo del tiempo, que muestra tanta inmisericordia como exactitud.
En Las apariencias nos encontramos con un hermoso ramillete de artículos de prensa que, prologados por Elvira Lindo y reunidos casi cronológicamente, conforman un volumen hermoso, emotivo, rebosante de amor a la literatura, el arte, al cine, a las gentes, a la vida. Nos habla de un ladrón de libros, que se dejó embriagar por el ansia acumulativa de sus robos y que jamás cometió el exceso de leer ninguno de los tomos; del afán que ciertos políticos españoles exhiben a la hora de preterir el examen riguroso de cuanto aconteció durante la guerra civil y durante los aciagos años que siguieron (“La memoria española es un campo minado en el que nadie quiere internarse. […] Conviene que los muertos sigan siendo convictos para que los verdugos guarden a salvo su inocencia”); de su inmenso amor por Miguel de Cervantes (al que tributa el antológico texto “Aniversario íntimo”); del incomprensible desdén que las instituciones educativas muestran hacia el estudio de la literatura en los centros de enseñanza (“Los bomberos pirómanos”); del escaso interés personal que muestra por el éxito (“El éxito es un malentendido incómodo y fugaz y un pretexto para el canibalismo de quienes sólo saben vivir a expensas de la vida o de la muerte de otros”); y, por supuesto, de sus autores predilectos, que brotan en casi todos sus libros de forma explícita o implícita: Faulkner, Onetti, Aub...
A esas delicias (que constituyen un resumen mínimo, telegramático, de los placeres intelectuales que esta obra ofrece oceánicamente al lector) podemos añadir los retratos de enorme brillantez literaria (“Por influjo de los libros, el hidalgo Alonso Quijano malbarata su hacienda y entrega su dignidad al escarnio”), las fórmulas metafóricas más inesperadas (alude a la “dignidad insular” de un vientre abultado) o el lirismo que nos aguarda, agazapado, en docenas de estas páginas (por ejemplo, cuando se refiere a “la luz de una estrella que ha cruzado el universo para herir durante unas décimas de segundo la pupila de un hombre”). 
Antonio Muñoz Molina consigue cumplir en Las apariencias el difícil reto de hacer arte en cada uno de los artículos, y en cada una de las páginas, y en cada uno de los párrafos, y en cada una de las oraciones. Es privilegio de los clásicos.

domingo, 2 de diciembre de 2018

En ausencia de Blanca




En un melancólico artículo de prensa que el autor jienense publicó en el año 1988 bajo el título de “El ladrón de libros” se nos hablaba con delicada exactitud de “esos amantes que no piden ni desean otra cosa que el privilegio estático de la contemplación”; idéntico sentimiento al que experimentaba aquel monarca que, tras ser concebido por Rabindranath Tagore, pasaba sus días encandilado con la belleza y las gratas perfecciones de su esposa, llegando a mostrarse dispuesto a desatender las tareas del gobierno con tal de permanecer siempre a su lado para alimentarse con su visión… 
Mario pertenece a esa estirpe de personas. Su trabajo como delineante en la Diputación Provincial de Jaén no comporta ningún tipo de brillo, pero a él le resulta suficiente: obtiene unos ingresos menguados pero seguros, no soporta sobre sus hombros ningún tipo de exigencia administrativa y dispone de tiempo libre para estar en su casa y dedicarse a la actividad que le depara la única felicidad de su vida: gozar de la cercanía de Blanca, su esposa. “Qué pérdida de tiempo, no estar siempre con ella, tenerla cerca y poder mirarla”, nos confiesa el protagonista en una de las primeras páginas de su relato. Pero ella no comparte esa reducida visión del mundo, sino que nota bullir en su interior otras pulsiones: adora la pintura de Frida Kahlo (le pide a su esposo que vayan a Madrid para deleitarse con una exposición antológica suya que se ha instalado en la capital), el cosmopolitismo, la sofisticación, la modernidad. El equilibrio entre ambos temperamentos disímiles comenzará a erosionarse cuando aparezca en su mundo el artista conceptual Lluís Onésimo, que fascina a la impresionable Blanca y que generará desconfianza y celos en el pusilánime Mario… Lluís se convierte de sospecha en amenaza, y de amenaza en termita, lo cual despierta en Mario el recuerdo de Jaime Naranjo, el pintor con el que Blanca mantenía unas relaciones muy tóxicas antes de irse con el modesto delineante, que no dudó en someterse a situaciones vejatorias, bochornosas, casi lacayunas, para merecer la atención de la hermosa muchacha…
Una novela sobre la timidez, sobre el amor acomplejado y absoluto, sobre las parejas que se mantienen con los alfileres que uno de los miembros se obstina en colocar.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Un andar solitario entre la gente




Las ciudades (lo escribió Francisco Umbral) tienen como idioma el ruido. Y esa afirmación puede ser entendida de dos modos muy diferentes: como repulsa y como magnetismo. En el primer caso, el escritor se refugia en su torre de marfil (Sainte-Beuve dixit) y, desde sus balcones y ventanas, desdeña altaneramente el bullicio exterior, motejándolo de insoportable o pueblerino. En el segundo, se deja atrapar por su estruendo multicolor y festeja la algarabía con entusiasmo.
La última entrega literaria de Antonio Muñoz Molina (Un andar solitario entre la gente) sitúa el centro narrativo precisamente en la ciudad, en el núcleo urbano, en sus calles, escaparates, letreros luminosos, personas que hablan o gritan, folletos publicitarios, teléfonos móviles, carteles cinematográficos, marquesinas o pantallas. Todo burbujeando, todo lanzando sus reclamos sobre las personas que caminan. La ciudad como bombardeo y como aleph, que sirve de paisaje y de estímulo tanto a personajes anónimos (el hombre que va recorriéndola mientras recopila papeles de todo tipo, y luego los recorta y los va archivando en sobres y carpetas) como a figuras de la intelectualidad pretérita (Thomas de Quincey, Virginia Woolf, Edgar Allan Poe, Charles Baudelaire, Oscar Wilde, Herman Melville, Fernando Pessoa o Walter Benjamin), cuyos paseos quedan registrados en este lírico y tumultuoso tratado de Deambulología.
“Soy todo oídos”, dice la primera frase del libro. “El gran poema de este siglo solo podrá ser escrito con materiales de desecho”, se escucha en la página 83. Y todo el material (variopinto y sintomático) que sus ojos y sus orejas van recogiendo se adhiere aquí, en un ejercicio de filatelia ambiciosa que tiene no poco de vademécum y de retrato de una época… Encontramos en este medio millar de páginas algunas ironías (“Una chica alta y seria lee un libro de Paulo Coelho. Esa lectura desacredita su belleza”, p.15), adjetivaciones envidiables (“Hay un clamor ornitológico de niños que juegan en el patio de un colegio”, p.93; “se oye un clamor cóncavo de pájaros”, p.157), una prosa excepcional y, también, algunas consideraciones muy sensatas sobre el mundo de la escritura (“A cada momento suceden cosas terribles en el mundo. La desgracia de que a un escritor o un artista no le hagan caso es irrisoria”, p.473).
Que los lectores no busquen una novela en este libro, porque no la hallarán. Pero sí un experimento lúcido, moderno, líquido sobre los cauces y fragores del mundo en que habitamos, donde también nos desliza algunas interesantes confesiones personales, literarias o amorosas. Antonio Muñoz Molina, como siempre, nos entrega un trabajo excepcional.

lunes, 1 de octubre de 2018

Beatus Ille




Mixing memory and desire. Con esas palabras de Thomas Stearns Eliot se abre la primera novela que publicó el jienense Antonio Muñoz Molina, en el año 1986. Mezclando memoria y deseo. Sería difícil encontrar una fórmula que condensase con mayor brillantez y con más delicado escrúpulo el espíritu de esta narración tormentosa, lenta, intensísima, melancólica y seductora.
En ella conocimos a Minaya, un joven estudiante que, después de haber pasado unos días detenido en 1969 en los calabozos franquistas, decide volver a su pueblo de origen, Mágina, para visitar a su tío Manuel, quien fue el mejor amigo del poeta Jacinto Solana, figura olvidada de la generación del 27 sobre la que Minaya pretende escribir una tesis doctoral. Al llegar, descubre que Manuel es un hombre de salud frágil (una vieja herida de la guerra civil erosionó el equilibrio de su corazón) pero de alma generosa: le abre las puertas de su casa y trata de facilitarle el trabajo, ilusionado con la idea de que Solana sea reivindicado universitariamente. Pero las relaciones que Minaya establece con el resto de personajes no serán tan abiertas ni tan sencillas: Inés, una joven criada cuya hermosura es tan intensa como los silencios que despliega a su alrededor; Utrera, un escultor en las postrimerías de su vida, que gozó de una efímera gloria durante los primeros años de la dictadura y que luego fue languideciendo; Medina, el médico que atiende a Manuel de su dolencia cardíaca y que comparte con él sus ideales políticos de izquierda y su descreencia religiosa; y, finalmente, doña Elvira, la madre de Manuel, que parece vigilarlo todo desde la atalaya de su habitación y que se muestra suspicaz con la llegada de Minaya…
Poco a poco, sabremos que las figuras de Manuel y de Jacinto se vieron unidas por la presencia de una mujer, Mariana, que mantuvo un delicado equilibrio sensual entre ambos y que, a las pocas horas de casarse con el primero, fue abatida por una bala perdida mientras se encontraba asomada a una ventana, en el año 1937. ¿Qué se esconde tras el misterio de su muerte súbita? ¿Quién fue realmente el culpable de aquel disparo? Minaya descubrirá, paulatinamente, que una de las esculturas de Utrera conserva los rasgos faciales de Mariana; que doña Elvira no vio jamás con buenos ojos el enlace de su hijo con una mujer de izquierdas; y, sobre todo, que Jacinto Solana dejó algunos escritos ocultos en el forro de una chaqueta y una bala envuelta en papel de periódico. Poco a poco, todas las piezas irán encajando con diabólica maestría narrativa.
Retrato de un mundo y de una época malhadada, Beatus Ille exige una lectura lenta, silenciosa y atenta a los detalles, porque cada cristal del caleidoscopio tiene su función primordial en el conjunto y lo dota, al fin, de sentido. Todo puede ser una pista. Todo puede ser un embeleco. Todo es, a la postre, una mezcla de memoria y deseo, en las exactas proporciones… Con aquella primera novela, Antonio Muñoz Molina no sólo inauguró una carrera deslumbrante en el mundo de la creación, sino que conformó un estilo, un modo de escribir que ha sido infructuosamente imitado por docenas de escritores.

sábado, 1 de septiembre de 2018

Pura alegría




Lamentaba Jorge Luis Borges, en una de sus páginas memorables, que la historia de don Quijote se hubiera convertido en una ocasión de brindis patriótico, en un objeto de análisis textual, en una pieza de enseñanza arquitectónica. Y recordaba lo que Miguel de Cervantes quiso hacer con su libro: contar una aventura, llena de meandros, filigranas, sonrisas, lágrimas, alborozos y decepciones. Esto es: una novela. Y concluía el argentino que leer no debería ser una obligación, sino una hermosa ocasión para alcanzar la felicidad. Cuando éramos niños nos sumergíamos en las aventuras de los tebeos, en los pasadizos misteriosos donde Los Cinco o Los Siete Secretos descubrían la solución al enigma. Luego nos dejamos ganar por el espeluzno o por la ansiedad en los volúmenes de Agatha Christie, Lovecraft o Edgar Allan Poe. Nos erizamos de pasión y de suspiros en los poemas de Pablo Neruda. Nos hicimos amantes del jazz en las líneas de Cortázar. Nos sentimos cultos y cómplices en los relatos de Jorge Luis Borges. Llenamos los pulmones con la emoción de Kavafis, Antonio Colinas o Brines. Disfrutamos como energúmenos con los parlamentos de Mihura o Laiglesia. Fruncimos el ceño mientras reflexionábamos a Unamuno, Cioran, Nietzsche o Fernando Savater. Teníamos clara la idea más importante de los libros: que uno ha de bañarse en ellos para sentir emociones, para ser, para estar, para vivir…
Antonio Muñoz Molina recupera esa reivindicación de plenitud en esta obra, formada por conferencias, disertaciones y escritos cuyo espíritu se ajusta a la idea central, enunciada arriba: leer es gozar. En esa órbita de íntima celebración, el escritor de Úbeda se dirige a “los que padecemos la dolencia […] de la imaginación” y nos deja ante los ojos sus experiencias con los libros y con la realidad que nos rodea: personas que terminan convirtiéndose en personajes, miradas que aprenden a roturar el alma de las cosas, volúmenes que lo marcaron, autores que se alzan hasta la categoría de imprescindibles... Todo aquí burbujea de amor a la literatura, de sacerdocio lector consagrado a autores predilectos (como Nabokov u Onetti, pero sobre todo a Max Aub, a quien homenajeó en su discurso de ingreso en la Real Academia) y a autores no tan amados (define a Milan Kundera como “un escritor que no me resulta particularmente simpático”), de éxtasis frente a la letra impresa. Cada página está empapada de nombres y de títulos, pero en ningún momento sentimos que se trate de una obra erudita, porque lo que en ella late de extremo a extremo es el fervor, la dicha de haber encontrado durante el camino tantas novelas conmovedoras, tantos relatos emocionantes, tantos versos inolvidables.
Este volumen respira gratitud; y los lectores nos sentimos desde la primera página identificados con el modo en que Antonio Muñoz Molina se prosterna respetuoso ante quienes han llenado su vida de felicidad de tinta. Un libro para celebrar los libros.