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lunes, 15 de octubre de 2018

Las brujas de Salem




La historia de las brujas de Salem nos ha llegado a casi todos, bien a través del cine, bien a través de la televisión, más de una vez. Así que el proyecto teatral que se planteó el norteamericano Arthur Miller en esta pieza de 1952 no podía centrarse sin bostezo en los ángulos más planamente argumentales: aquellos que nos hablan de una pequeña población puritana de Massachusetts que, a finales del siglo XVII, pareció enloquecer con un brote de acusaciones generalizadas de brujería.
Las informaciones históricas son muy claras: desde que comenzaron a circular los rumores a través de Betty y Abigail (hija y sobrina, respectivamente, del oscuro reverendo Parris) todo se fue llenando de fango en aquel entorno rural: vecinos que se acusaban entre sí por cuestiones personales (envidias, avaricias o rencores), tribunales poco preparados y propensos a la credulidad, sensación generalizada de pánico, supersticiones, intransigencias religiosas… Al fin, hubo diecinueve personas ahorcadas, una que murió mientras era torturada para que confesase y otros varios que fallecieron en calabozos inmundos. Un balance sin duda aterrador.
Miller nos retrata con su habitual maestría aquel ambiente enrarecido, en el que la hipocresía, las delaciones, el histerismo, la astucia rencorosa y las venganzas solapadas se van superponiendo para asfixiar a los lectores, quienes notan cómo los hilos de la trama se enredan de forma inextricable hasta formar una malla tan tupida como pegajosa.
“La ley que lleva al sacrificio es una ley equivocada”, indica con amargura uno de los personajes, justo antes de que la soga oprima su cuello. Y ésa es la conclusión que se nos instala en la mente, mientras avanzamos por las páginas del libro: las atrocidades que se cometen en nombre de la religión cuando ésta, inflexible y bárbara, se convierte en dueña e intérprete de Dios y en juez inmisericorde de los seres humanos.

martes, 18 de septiembre de 2018

Todos eran mis hijos




Una madre (Kate) que se niega a aceptar que su hijo, desaparecido en una acción de guerra, esté realmente muerto; y que se aferra con ilusión a la idea de que el día menos pensado sus nudillos golpearán en la madera de la puerta. Ése es, en síntesis, el núcleo germinal de Todos eran mis hijos, del norteamericano Arthur Miller. Sobre esa base, el genial dramaturgo va añadiendo ingredientes de forma paulatina, que intensificarán el drama y la angustia de los personajes: un esposo (Joe Keller) que preferiría pasar página sobre aquellos luctuosos sucesos, un hermano (Chris) que ha decidido rehacer su vida casándose con la antigua novia de su hermano (Ann); el padre de Ann, antiguo socio de Joe, que se encuentra en la cárcel; George, hijo de éste, que decide acercarse a la casa de los Keller para impedir la boda…
Lentamente, Miller pone en movimiento a sus protagonistas y nos enreda en sus peripecias, que pronto irán revelando su envés de amargura, de resentimiento, de oscuridad. Casi nada es lo que parece al principio. Casi nadie es tan limpio como se obstina en pregonar. Todos esconden en el fondo de sus corazones una zona de sombra que enturbiará el futuro y que lo salpicará de barro: el honrado y eficaz empresario de éxito, que ha amasado una ingente fortuna y es admirado por sus conciudadanos; el mendaz exsocio, que se pudre en prisión por haber fabricado piezas armamentísticas defectuosas, que causaron un alto número de accidentes en primera línea de combate; el irreprochable soldado que desapareció (¿murió?) mientras pilotaba un avión de guerra; la chica frágil que espera (¿o que no espera ya?) el retorno de su prometido… Todos inocentes, todos culpables, todos llenos de heridas visibles e invisibles.
De uno de los dramaturgos norteamericanos más brillantes del siglo XX no se podía esperar sino una pieza tan sobrecogedora como ésta.

sábado, 10 de octubre de 2015

Muerte de un viajante



“¡Yo no soy un don nadie! ¡Soy Willy Loman!”. Con esas palabras se enfrenta (o se camufla) el viajante otoñal que protagoniza esta pieza de Arthur Miller a su hijo Biff, que pretende abrirle los ojos ante la realidad de su existencia: que tras varias décadas sirviendo a su empresa con fervor, devorando miles y miles de kilómetros en su coche, sonriendo a todos, ilusionándose con la posibilidad de llegar a ser socio y esperando mejoras de sueldo, ahora es un anciano al que le han retirado la confianza, que sobrevive de las comisiones y del que todos quieren desembarazarse como sea. Pero él se niega a aceptarlo. Se aferra a la ilusión de que tiene centenares de amigos y clientes en varios estados del país y que si muriese el funeral sería todo un espectáculo de lágrimas y gratitud. Él es alguien importante. Alguien querido. No es un fracasado.
Los tres seres que forman su familia inmediata son Linda (su abnegada mujer, que lo protege y cuida con una entrega casi religiosa), su hijo Happy (que vive en la casa con ellos y que adora a su hermano) y Biff (antigua promesa deportiva a la que las cosas no le fueron como su padre soñaba, y que ha terminado por convertirse en un muchacho sin un trabajo estable y con un comportamiento social más que discutible).
Willy Loman soñó con que su hijo Biff llegase a ser un ídolo deportivo con un sueldo astronómico y a ello subordinó todo: le reía siempre las gracias cuando éste faltaba a clase en el instituto o parodiaba a sus profesores; tildaba de chiquilladas sus pequeños hurtos; o despreciaba a su sobrino Bernard porque era un empollón, en lugar de ser un atleta como su retoño… Ahora, muchos años después, Biff es un fracasado con motas de rencor (“Nunca he llegado a ninguna parte porque me llenaste tanto la cabeza de pájaros que no puedo aceptar órdenes de nadie”); Willy Loman reconoce ante su jefe que no tiene dónde caerse muerto (“He trabajado treinta y seis años para esta empresa, Howard, ¡y ahora no puedo pagar mi seguro! No puedes comerte la naranja y tirar la piel”); y Linda se mantiene en medio de esta tempestad, ocultando que sabe cosas para no amargar a su esposo, aunque se las exponga con claridad a sus hijos (“Viaja más de mil kilómetros, y cuando llega a su destino nadie le conoce, nadie le da la bien­venida. ¿Y qué pasa por la cabeza de un hombre que recorre mil kilómetros sin ganar un centavo? ¿Por qué no habría de hablar consigo mismo? ¿Por qué no? ¡Tiene que recurrir a Charley, pe­dirle prestados cincuenta dólares a la semana y fingir delante de mí que eso es lo que ha ganado! ¿Hasta cuándo podrá seguir así? ¿Hasta cuándo? ¿Comprendéis qué es lo que estoy esperando aquí sentada? ¿Y me decís que no tiene carácter? ¿Un hombre que no ha dejado de trabajar un solo día por vosotros? ¿Cuándo le van a poner una meda­lla por eso? ¿Es ésta la recompensa?”).
Un oscuro secreto del pasado, que solamente conocen Willy y su hijo Biff y que no comentan jamás con nadie, empaña sus relaciones desde la adolescencia.
Pocas obras teatrales me han conmocionado en mi vida como esta pieza de Arthur Miller, que ya he leído tres o cuatro veces y que he visto en su versión cinematográfica otras tantas.

Para no perdérsela.