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miércoles, 31 de julio de 2019

El relevo




Llegando a divertirme con algunas de sus páginas, acabo de leer El relevo, obra teatral de Gabriel Celaya (Escelicer, 1972), que juzgo entretenida pero banal. Es el típico juego onírico, surrealista e iconoclasta que, creyendo actuar como una bomba devastadora contra el Sistema y la conciencia humana, sólo sirve en verdad como inoperante cosquilla en la axila lectora. Obviamente, no me burlo ni de la persona Gabriel Celaya ni del escritor (al que siempre he admirado), sino de la candidez infantil de la propuesta: hacer una revolución repartiendo chucherías se me antoja una simple pose, que solamente sirve para enriquecer a los vendedores de pósters y de camisetas.
El autor guipuzcoano juega aquí a la fantasía, y me parece bien; pero siempre que no pretendiese nada más con sus páginas. Las propuestas lírico-oníricas no sirven nunca de nada: la Historia lo demuestra continuamente.
Pero luego, claro, nos encontramos con el humor de Celaya (“¡Qué bien hablas, Máximo! Casi no se te entiende”), con su ironía lúcida (“El amor es una cosa muy seria. Debemos aburrirnos como Dios manda”), con la belleza de sus disparates (“Te quiero porque dos y dos son cinco”) y con su seriedad psicológica (“El que a uno le crean feliz ayuda a serlo de verdad”). Y no renunciamos a aplaudir a este gran mago incomprendido de nuestras letras.

domingo, 28 de mayo de 2017

Las cartas boca arriba



Me di anoche un paseíto por la poesía, de la mano de Gabriel Celaya, releyendo su breve libro Las cartas boca arriba (Laia, Barcelona, 1978). Es un tomo bien perfilado, con versos de puro fuego, que arden entre la fantasía y el rigor, mezclando lo urgente con lo eterno, y donde brilla el estilo de un poeta único, versátil, rocoso. El libro me ha gustado mucho (como me gustó cuando lo leí, allá por los años 90) y me ha permitido recordar algunas líneas de intensísima belleza. Celaya tiene manos ferreteras, agropecuarias, mineras, le pega puñetazos a los vocablos, los acaricia, los mima, los estruja, les extrae su caudal de luz y de verdad. De tal manera que sus composiciones y sus libros tienen una condición humana que palpita. No hay en ellos alambique o manierismo, sino estruendo, tierra mojada, calles de ciudad, gentes que pasan. Al cerrar las páginas de sus libros, siempre, me formulo idéntica pregunta. ¿Por qué se ha olvidado tanto a este escritor? No es desdeñable; ni siquiera es mediano. Yo entiendo que tiene una musculación literaria muy sólida. Además, habla del amor, de la muerte, de los grandes temas. ¿Dónde está la causa del vacío que a su alrededor se hace? No lo entiendo, de verdad que no lo entiendo.

“Porque tú y yo y el mundo nos estamos muriendo”. “Nos estamos muriendo por los cuatro costados, / y también por el quinto de un Dios que no entendemos”. “Nuestra pena es tan vieja que quizá no sea humana”. “Soy el agua sin forma que cambiando se irisa”. “Ser hombre no es ser hombre. Ser hombre es otra cosa”. “Lo real me resulta increíble y remoto”. “El siempre primer día que hoy estreno”. “Así toda mi vida fue un fallido / esfuerzo por ponerlo todo en claro”. “Debemos ser formales, solemnes, decorosos; / siguiendo los carriles, crear libros y cuadros, / retratos que se pagan, poemas publicables; / disimular con formas sabias que estamos locos”. “Dios es lo más simple”. “El ibero que peca / de estar mal educado”. “No hay dignidad posible cuando uno ha visto tanto / y está triste, está triste, sencillamente triste”. “Te impones la alegría como un deber heroico”. “Hay músicas que invaden los repliegues secretos”. “Cualquier cosa que hagamos se carga de sentido”. “Vivimos de morirnos”. “Mi infancia me cuenta su mitología”.