Mostrando entradas con la etiqueta Martínez Robles Pedro Antonio. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Martínez Robles Pedro Antonio. Mostrar todas las entradas

martes, 14 de abril de 2026

Rimpianto

 


Un mismo destino une a los malos estudiantes y a los buenos novelistas: suspender. Los primeros, porque su escaso caudal de conocimientos no les permite alcanzar el éxito en los exámenes; los segundos, porque con la brillantez de su prosa son capaces de anular en la mente del lector la sensación de tiempo y, sacándolo de su circunstancia (como diría Ortega y Gasset), lo instalan en otro ámbito. Pedro Antonio Martínez Robles, viejo conocido para quienes se pasean por este blog, ha demostrado en Rimpianto que pertenece sin ningún género de dudas al segundo bloque y que es un maestro a la hora de suspender. Porque basta leer unas pocas páginas para que nos sintamos en un mundo perdido, a la vez lejano y cercano, que el escritor de Calasparra quiere recuperar a través de la especulación, de la memoria y del auxilio de unos manuscritos (reales) guardados por el protagonista, Antonio Arcadio de la Esperanza Robles Pérez, un tío suyo.

Volvemos a la guerra civil de 1936 y encontramos allí a un muchacho que opta por combatir al lado de la República y que, cuando el final de la contienda lo impregna de derrota, debe salir de España y queda confinado en diversos reductos de concentración en Francia. Nada excepcional en aquellos años. El chico (y esto tampoco resulta excepcional) está enamorado de una muchacha (Elena), con la que se comunica de forma dificultosa a través de cartas tangenciales y más bien crípticas, que consiguen burlar a medias los mecanismos de la censura postal. El aliento de ese amor lo mantiene vivo, le suministra fuerzas para seguir, cifrándolo todo en una ilusión: poder reencontrarse con ella y comenzar una vida juntos. Fíjense qué fácil. Fíjense qué humano. Fíjense qué comprensible. Pero la crudeza de la situación española incluía padres encarcelados, hermanos hambrientos y escasas posibilidades de salir adelante para una mujer joven y bonita, salvo que aceptase ciertas salpicaduras que implicaban la humillación y el bochorno, el descrédito y la ignominia. Si quiere que el brillante abogado don Emilio Pagán libre de la cárcel a su progenitor, Elena tendrá que aceptar miradas melosas, y manos en el hombro, y piropos interesados, y llaves que no querría haber cogido. Lógicamente, las noticias vuelan; y Antonio (quien sigue rodeado de alambradas en suelo francés) sentirá el desgarro de la traición y de las lágrimas.

La vida sigue, claro está, porque es su obligación terca, pero nada volverá a ser lo mismo en el alma de Antonio, que paseará su desolación a lo largo de países y décadas, incapaz de conseguir la dicha, hasta que su sobrino lo conozca en 1972, regresado de su exilio para morir en su casa natal, afectado por una cirrosis hepática. Ese narrador (que no es otro que Pedro Antonio Martínez Robles) dice que ha intentado con respecto a su tío “la reconstrucción de un puzle, no tanto la que fue su vida, sino la que pudo ser y no fue” (p.225). Exactamente es así. Dolorosamente es así. Porque la guerra civil (y también la larga y cruda postguerra) fue eso: un escenario de millones de vidas erosionadas, deshechas o heridas. Una larga y poliédrica humillación conformada por miles de pequeñas humillaciones. Un largo silencio poblado de silencios.

Permítanme que calle aquí, y que les deje a ustedes adentrarse por sí mismos en esta brillante y cautivadora novela que los llevará hasta Labécède-Lauregais, hasta Castelnaudary, hasta Agde, hasta Céret; que los llevará a conocer a doña Úrsula (la Vieja Loba), a don Rómulo Vergara, a Panadés, a Marcela, a Renée; que los moverá a la rabia, la compasión, la tristeza y la melancolía; que les permitirá sentir frío, bajar por silenciosas escaleras de caracol, leer viejos cuadernos y respetar el silencio de ancianas que recuerdan. Verán ustedes el modo en que muchas personas y familias pasaron en aquel tiempo “de la promesa de una incipiente felicidad a la atrocidad desoladora de ver el futuro teñido del negro más absoluto” (p.286); y comprenderán por qué el autor dice que lleva años sintiendo con respecto a esta historia “una sensación de deuda familiar y afectiva que me creo en la obligación de saldar” (p.379). Rimpianto es un libro majestuoso e inolvidable, que nos reconcilia con las historias terribles, verdaderas y amargas que tienen que ser contadas y que tienen que ser leídas.

sábado, 16 de enero de 2021

Memoria de una obsesión

 


Existe un momento en nuestra vida (al menos uno) en que detenemos el paso, reflexionamos sobre nosotros mismos, tragamos saliva y nos asaltan las preguntas terribles: ¿es esto lo que de verdad quería? ¿Este camino por el que avanzo es el que soñaba recorrer? ¿Debo continuar por inercia o sería más inteligente cambiar de horizonte, de brújula o de zapatos? Los protagonistas de esta novela de Pedro Antonio Martínez Robles se ven atravesados también por esos interrogantes, que erosionan su presente y comprometen su porvenir: Segundo Ayala, que ha sido durante años un discreto funcionario municipal y un fiel marido y padre de familia, se verá asaltado por el deseo hacia una mujer que no es la suya; Adolfo, un peluquero homosexual al borde de la jubilación, vive condicionado por el recuerdo de un amargo error de su pasado, que regresa cíclicamente en sus pesadillas; Emilia Villalba, propietaria de un gimnasio y aherrojada en un hogar acre e insatisfactorio, descubrirá una rendija por la que entrará nueva luz a su existencia... Pero también podrían ser recordados el iracundo Benito, el misterioso JB, el inquietante Tomás o el frágil Matías. Todos ellos constituyen los puntos que, unidos por finas líneas invisibles, trazan el universo narrativo de San Valentín, una pequeña localidad murciana que está salpicada de rumores, hipocresías y vigilancias vecinales, que asfixian la vida de los espíritus más libres.

Si con Luz de cobre, el escritor ya nos había demostrado su maravilloso dominio de la prosa, en Memoria de una obsesión corrobora esa línea y nos ofrece una narración espléndida, aliñada con dos atroces sucesos en sus últimas páginas, que nos aporta agudas reflexiones sobre el ser humano, el sentido de la vida, los dulzores y amarguras del amor o la manera más sensata de afrontar nuestras propias incoherencias. Un libro muy recomendable.

viernes, 31 de enero de 2020

Tu voz, que ahora importa




Los grandes novelistas suelen hacer mucho ruido con sus libros, al igual que los grandes ensayistas: los reclaman desde las pantallas de la televisión, les dedican la zona preferente de los suplementos literarios y procuran incorporarlos a su elenco de charlistas las universidades veraniegas. Pero es privilegio de los grandes poetas hacer mucho sonido cuando nos entregan una nueva obra. Quizá no trepen como Edmund Hillary por el Everest de los bestsellers, mas su huella se instala en el corazón de los lectores de un modo quizá más duradero.
Pedro Antonio Martínez Robles, después de haber obtenido en diciembre de 2018 el máximo galardón en la XXII Bienal de Poesía Provincia de León, ve ahora cómo su exquisito trabajo Tu voz, que ahora importa sale a la luz y puede ser disfrutado por los amantes del verso.
En sus finísimas páginas, de una musicalidad tenue, descubrimos al padre que mira en silencio la cabellera vertical de las llamas; y a la madre, que arropa en la cama a su hijo para preservarlo de los helores del invierno; y descubrimos también la mesa donde el poeta escribe, que quizá será tocada por otras manos (¿cuáles?) en un futuro en el que él ya no exista; y sentimos cómo los rayos del sol acarician los visillos de la ventana y nos hacen pensar en la fugacidad del tiempo y en el avance inexorable de la extinción; y leemos las emociones que impregnan al autor cuando retorna a la vieja casa de su infancia y nota sus perfumes nunca olvidados.
Todo en este volumen es tiempo, reflexión y delicadeza. Todo es silencio lánguido de quien recorre con sus ojos los paisajes de la infancia. Todo es recuerdo melancólico de lo que fue, disfrute emocionado de lo que es (el amor, la amistad, la luz) y aceptación estoica de lo que vendrá. Todo es sabiduría. Y todo es, sobre todo, poesía.

miércoles, 9 de enero de 2019

La llaga presentida




La trayectoria de Pedro Antonio Martínez Robles (Calasparra, 1959) es tan dilatada como exitosa. Obtuvo en 1983 el premio Enrique Ríus por su obra Voces de la espera; se le concedió un accésit en el concurso de poesía Albacara a su trabajo La réplica de las sombras (1985); y le otorgaron una mención honorífica en el certamen de poesía de Miranda de Ebro en el año 1996 por Las manos transparentes. Con el libro que hoy comento, La llaga presentida, confirmó la solidez y la plenitud de ese camino lírico, que desde entonces no ha dejado de crecer y de ramificarse incluso hacia la novela.
Sus poemas nos hablan en este volumen de la juventud, de su familia, de soledad y de meditaciones. Y, sobre todo, nos hablan del paso del tiempo, a través de un territorio de palabras, imágenes y metáforas que sorprenden al lector por su riqueza y densidad. Sirva como ejemplo el poema que cierra el volumen, titulado “La herencia”: el escritor golpea, en un momento de rabia, a su perro; y observa consternado y meditabundo cómo sus hijos lo están mirando mientras acomete esa indignidad. Entonces Pedro Antonio recuerda que, en su niñez, él vio a su padre golpear también a un perro, y comprende que sus nietos verán a sus hijos hacer lo mismo. Adviértase qué sencilla metáfora para ilustrar el viejo tema del carácter cíclico del tiempo y del eterno retorno, que concibieron los griegos e inmortalizó Nietzsche. Si Azorín analizaba en su obra Castilla la imagen de un Calisto que, cercano a la vejez, veía a su hija repetir sus errores de juventud, Martínez Robles redefine el leitmotiv utilizando a su perro y a sus hijos como actualizadores.
Formalmente, este poemario juega habilidosamente con las asonancias, con los endecasílabos (algunos de ellos, majestuosos) y con los encabalgamientos (donde alcanza a los mejores orfebres de este recurso).
Dice nuestro escritor en la página 60 que cada poema que se inicia es un intento de “averiguar quién soy”. Y es probable que no se pueda decir de más atinada manera. Pedro Antonio Martínez Robles se busca en su familia, en los paisajes que lo rodean, en la contemplación ensimismada de huertos y casas, en la tensión herida de los calendarios. El poeta mira, reflexiona y aprende. O, al menos, va curtiendo su alma en esa forja de lágrimas que es siempre el paso del tiempo. Pero no sólo de esas tristezas se nutre este poemario, sino también de poemas lúcidos y estremecedores (como el que dedica a su hijo en “Amado corazón que nos despeñas”) o de emocionadas declaraciones de amor (como la que contiene “Herido barro”). Un libro, sin duda, muy hermoso.

miércoles, 26 de julio de 2017

Luz de cobre



Una de las exigencias más viles que ha acometido siempre el Poder ha sido el de exhortar a las víctimas para que abandonen el ejercicio de la memoria. Que no recuerden las atrocidades padecidas, que no realicen la contabilidad de los oprobios, que no mantengan viva la llama del recuerdo. Porque eso, les dicen, constituye pecado de rencor. Si tu abuelo recibió desdenes, soportó humillaciones, experimentó hambre o descansa en una cuneta, sonríe a los victimarios y no les exijas explicaciones; si tu padre fue torturado o sufrió prisión injusta, atribúyelo al signo de los tiempos y sepulta el recuerdo con paletadas de amnesia. De lo contrario, incurrirás en el abominable defecto de la buena memoria.
Pedro Antonio Martínez Robles (Calasparra, 1959) acaba de novelar en Luz de cobre sobre la postguerra civil española situando a sus personajes en un tiempo aciago (1945-1952) y en un entorno rural perfectamente reconocible (el noroeste de la región de Murcia), donde los cereales, el río Argos, el frío invernal, las abacerías, el áspero vino pobre, las cabras ordeñadas, las hachas pineras y el silencio devienen trazos de un paisaje desgarrador. En él podemos observar cómo los vencedores de aquella sangría nacional que estalló en 1936 han perpetuado un modelo de servidumbres, explotación y revanchismo que tiene en la Casa del Comendador su mejor síntesis: un lugar donde se encarcela, se golpea, se veja y se asesina sin ninguna garantía jurídica. Allí retendrán abusivamente al padre de Marcos (el narrador de la historia) por un problema con la cosecha de trigo; allí se encuentra el padre del Pelao, gran amigo de Marcos; allí torturarán inicuamente a Sebastián Valero, al que se acusa sin pruebas de un crimen de sangre… Pero, sobre todo, en esta novela se nos habla de un tiempo de penurias, registrado en los ojos de los niños que lo padecieron: la caza de pájaros con cepo, la ingestión de cáscaras de naranjas para llenar el estómago, los pantalones viejos sujetos con un trozo de guita, la ausencia de luz eléctrica o de agua corriente en las casas.

A esta suma de virtudes hay que añadir, al menos, una más: haber creado las figuras del Pardico y de Camila Olivenza, que ya pertenecen, sin exageración, al grupo de personajes imborrables de la literatura murciana de todos los tiempos. ¿Se necesitan más incentivos para buscar este libro y leerlo? Muy recomendable.

jueves, 22 de octubre de 2015

El ámbito de la luz



Hay muchos modos de escribir poesía y varios de ellos los frecuento con asiduidad, pero reconozco que siempre acabo por volver al sendero con el que más me identifico y del que más reflexiones extraigo: a los versos que hablan del Tiempo, de la melancolía que el paso de las horas depara al ser humano. Más de una vez se ha dicho que los grandes temas de la literatura, los grandes misterios, son el amor y la muerte. Pudiera ser verdad. Y en ambos se corre siempre el peligro de incurrir en el lugar común, en la ñoñería o el tremendismo, en lo risible o lo patético. Salvo, claro está, que nos encontremos ante un poeta que sabe lo que está haciendo, que se instala ante el folio o la pantalla de ordenador y se queda en silencio, pensando, adentrándose en sí mismo, escuchándose.
Pedro Antonio Martínez Robles es uno de estos seres excepcionales, un artesano, un músico tenue de la palabra. La demostración más reciente se titula El ámbito de la luz, fue laureado con el II Premio Internacional José Zorrilla y lo tenemos en nuestras manos gracias a los buenos oficios del sello Algaida, que lo edita exquisitamente. En sus versos, el poeta de Calasparra nos habla de vasos de bourbon bebidos al calor de una barra, de retornos a los paisajes de la niñez, de personas que ya partieron y que dejaron su huella en el alma de quienes los rodeaban, de tardes oscuras de septiembre, de casas familiares a las que se vuelve con un punto de tristeza, de pasillos zaheridos por el polvo, de huertos donde colores y aromas se alían para provocar ensoñaciones en el vate y de calles con herrumbre.
Pero el gran prodigio de estas páginas, como he dicho antes, es que Pedro Antonio Martínez Robles consigue moldear una música impecable en sus versos, convirtiéndolos en notas de una sinfonía emocional que te rodea desde que inicias la lectura. Recorrer estos poemas implica dejarse empapar por su sonido íntimo, que jamás es machacón ni estridente, sino elegante y profundo, dulce y elevado. Es como si metieras la mano en el agua y la movieras sin hacer ruido. O como si, sentado al pie de un árbol, mirases en silencio hacia el horizonte mientras el sol declina.

Un excelente poeta y unos versos rotundamente aquilatados. Dos razones de peso para sumergirse en El ámbito de la luz y disfrutar con sus propuestas.