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martes, 21 de abril de 2026

De cómo los turcos descubrieron América

 


Propone el brasileño Jorge Amado tres títulos posibles para esta obra. El primero es Los esponsales de Adma (que es el que, ciertamente, abre la narración); el segundo es De cómo los turcos descubrieron América (que figura en la cubierta del volumen); el tercero es De cómo el árabe Jamil Bichara, desbravador de selvas, de visita en la ciudad de Itabuna para aliviar tristezas, ganó allí fortuna y casamiento. Huelga decir que, con tan jocoso como desconcertante preámbulo, el lector se prepara para adentrarse en un relato donde el humor ocupe parte principal. Y así es. Pero (conviene advertirlo, en los tiempos actuales) también es un relato donde la “corrección política” brilla por su ausencia, porque se habla de hombres que salen de noche para frecuentar prostitutas, de la necesidad de mantener a las esposas a raya con un par de tortas a tiempo y de otras nociones que, lógicamente, no forman parte de lo más admirable del género humano. No obstante, insisto (como hace Jorge Amado) en la idea del humor como base de la narración: nos encontramos en un territorio alígero y bromista. Quien sea incapaz de aceptar ese punto de vista hará bien en no adentrarse en la obra.

Su eje argumental nos presenta a Raduan Murad, un fullero que llegó a Brasil en 1903 y que rehúye escrupulosamente toda actividad laboral, porque la base de su economía son los naipes (“No había trabajador más asiduo y puntual en mesas de póquer o de cualquier otro juego”, cap.2). Para ayudar a su amigo Ibrahim Jafet, dueño de un comercio que vive amargado por la destemplanza de su feísima hija Adma, planea convencer a su compadre Jamil Bichara para que acepte casarse con ella, a cambio de convertirse en el nuevo dueño del negocio de Jafet. Jamil, que es un hombre extremadamente aficionado a las mujeres con “tetas pequeñas, culos grandes, el pitisús prieto y cálido” (cap.3), se aviene a conocer a la muchacha, porque el negocio matrimonial puede resultar lucrativo. Y queda impactado negativamente por ella. “Feúcha, pero simpática, activa en el cuidado de la casa, gentil y atenta, de amena conversación; en definitiva: una solterona afable, cuyo único defecto fuera no ser bonita. Eso había pensado, pero se encontró con una estantigua, un adefesio de cara avinagrada y peores modos” (cap.12). Así que, para moderar tanto su amarga condición como su poca templanza, Jamil calibra que “Adma, para curarse, precisaba de inmediato los dos remedios, el rabo y una buena tunda, en dosis generosas” (cap.13). Aunque, viendo lo horrenda y áspera que es, quizá lo mejor sea aplicarle “poco badajo y mucho vergajo” (cap.14).

Imagino que, a estas alturas, ciertas personas que estén leyendo la reseña habrán fruncido el ceño y otras habrán sonreído. Les aconsejo que hagan lo segundo: es (lo repito y lo subrayo) un texto de humor, no un tratado de buenas costumbres. Jorge Amado no pretende aplaudir estos comportamientos, sino utilizarlos como base para un relato que, en su final, volverá a sorprendernos con más rizos de humor, hasta que todos los protagonistas (todos, sin faltar uno, se lo aseguro) queden felices y sonrientes.

miércoles, 17 de agosto de 2022

El ojo crítico

 


La vanidad que atesoramos los seres humanos nos engaña de continuo, sea cual sea el ámbito en el que ocupemos nuestro tiempo. Y uno de los mecanismos que utiliza para conseguir su propósito consiste en regalarnos petulancia: hacernos creer que nuestra verdad es la verdad. Y que, por tanto, podemos convertirnos en jueces “infalibles” de cuanto nos rodea, porque nuestra opinión estará esmaltada de sentido común, contundencia y espíritu axiomático. El editor Constantino Bértolo aplica esa idea al mundo de la crítica literaria, acopiando en su volumen El ojo crítico un catálogo de asertos que, emitidos con absoluta seriedad en su día, hoy resultan más bien risibles. Por ejemplo, las lamentaciones del padre Blanco García sobre las “porquerías, vulgarismos y cinismos” de La regenta; la consideración de Hamlet como “la obra de un salvaje borracho” (Voltaire); o la definición de Otelo como “puro melodrama” (G. B. Shaw).

Hasta aquí, todo bien.

Pero si evaluamos que a lo largo de la Historia se han emitido millones de opiniones sobre los libros que aparecen aquí convendremos en que el porcentaje de ridiculeces que Bértolo reúne es tan normal como insignificante. ¿Que resulta divertido comprobar lo torpe que fue Voltaire evaluando a Shakespeare? De acuerdo. ¿Que resulta asombroso que determinados críticos y editores no entendiesen la crucial importancia de tal o cual obra? Desde luego. Pero (y aquí el “pero” es básico) se trata de meras anécdotas, gotitas de agua en un océano.

Un trabajo gracioso, sí, pero más bien intrascendente.

miércoles, 24 de febrero de 2021

Cartas de amor a Ofelia

 


Me leo las Cartas de amor a Ofelia, de Fernando Pessoa, que traduce Ángel Crespo (Ediciones B). Y la verdad es que, más que cartas, me han parecido un horario de autobuses: constantemente está el escritor diciéndole a la chica que pasará por su calle a tal hora o a tal otra (con una exactitud maniática); y que se asome a la ventana para verlo. Es un detalle anecdótico, se me dirá, pero lo cierto es que cuando se repite docenas de veces fatiga al más pintado.

He sabido en estas páginas de algunos dolores de cabeza del portugués; he conocido su esperanza (trivial, pero sin duda humana) de ganar un concurso de charadas (con el seudónimo de Mr. Crosse); me ha horripilado la ridiculez balbuciente de la carta 24 (sí que es verdad que, repitiendo al propio Pessoa, todas las cartas de amor son ridículas, pero es que algunas ingresan de forma holgada en el esperpento); y también he alcanzado a vislumbrar la poesía de la misiva 45… Pero en conjunto ha sido un libro más bien decepcionante.

Subrayo en el tomo una frase: “Me gustaría darte un beso en la boca, con exactitud y golosina”.

viernes, 8 de enero de 2021

Las maletas del viajero

 


Existe una magia inexplicable que te une de manera invisible con los escritores. Y es una magia que se advierte por regla general desde las primeras páginas suyas que lees (o que, en casos excepcionales, se conquista con tenacidad y paciencia). Si esa magia no brilla, es inútil que te empecines en avanzar por libros y libros del escritor: jamás lograrás entusiasmarte con él. E incluso llegarás a alejarte de su obra para siempre. No se trata (es necesario aclararlo) de desprecio o animadversión, sino de algo más sencillo: que has comprendido de una forma diáfana que no eres compatible con él. Con el paso de los años y de las décadas, yo he llegado el convencimiento de que soy incompatible con Milan Kundera, con Ernest Hemingway, con Gloria Fuertes, con Saúl Yurkievich y con algunos más. Insisto en que no se trata de desdén, sino de haber llegado a la conclusión de que nada me dicen sus obras y, por tanto, lo más razonable es que no vuelva a aproximarme a ellas.

Acabo de descubrir que también me sucede con José Saramago. Hay algo casi de orden químico que nos separa. Cuando leí El evangelio según Jesucristo advertí que, salvo algunas escenas muy intensas, el resto me parecía bostezante. Cuando me sumergí en Todos los nombres no logré sentir emoción alguna. Cuando he tratado de bucear por su Cuaderno de Lanzarote (hace apenas una semana) me ha repelido su continuo exhibicionismo petulante, disfrazado de modestia (quebradiza e impostada). Y al entrar en Las maletas del viajero (que, por ser artículos de prensa, juzgué que podrían resultar diferentes) me he encontrado con el mismo vacío.

De ese viaje apenas rescataría dos breves citas (“La verdad es sólo medio camino, la otra mitad se llama credibilidad”, “Soy un buen hombre, con una sola y confesada flaqueza de mala vecindad: la ironía”); el resto sé que lo olvidaré muy pronto.

No me seduce Saramago. No me embriaga Saramago. En esas condiciones, se me antoja muy improbable que repita la operación de abrir de nuevo alguno de sus libros. Lo he intentado y no ha podido ser. Quizá la culpa sea mía, por qué no: lo admito, sonrío y cierro esta carpeta, quizá para siempre.

martes, 28 de noviembre de 2017

Correspondencia íntima



Durante varias semanas he ido releyendo a rachas la Correspondencia íntima, de Gustave Flaubert, que me traduce Emma Calatayud (Ediciones B, Barcelona, 1988), un volumen de extraordinario interés donde el novelista galo muestra sus sentimientos y sus pensamientos a Louise Colet, su amada casi platónica durante años. (Y digo “casi platónica” porque, por lo que puede deducirse de las cartas, se vieron pocas veces y siempre de modo trompicado). Me fascinan las revelaciones espirituales de esta correspondencia, en la cual he visto a un Flaubert analítico, fríamente amoroso, más preocupado por el estilo de sus cartas que por la efusión verdadera. Él se defiende diciendo que ama a Louise, pero pone cien mil excusas a la hora de ir a verla (¡todo un adulto justificándose con frases del estilo de “cómo le digo a mamá que tengo que ausentarme”!); y, cuando ella le dice que no la ama con pasión suficiente, él responde que el amor no ocupa el primer lugar de sus prioridades vitales, pero que sí es amor lo que siente. Qué curioso, este personaje, y qué juego el amor en sus manos: un sentimiento confortable, que nunca debe estorbar al usuario, y que se reduce a verse dos veces al año (siempre que no haya otra cosa por medio), escribirse largas cartas melancólicas y hablar de Arte. Es obvio que la razón la tiene Louise, al quejarse; pero la hipocresía y la puerilidad de las explicaciones del autor de madame Bovary están tan bellamente expresadas que dan ganas de disculparlo, sólo por el placer estilístico que nos proporciona. En estas cartas he encontrado a un auténtico monstruo: del corazón (negativo) y de la literatura (positivo).

“Los niños a quienes se acarició demasiado cuando eran pequeños mueren jóvenes”. “He asistido ya a mil funerales interiores”. “Viajo por dentro de mí como por un país desconocido”. “Siempre se continúa amando a quienes no creemos amar ya”. “La pasión por lo perfecto nos hace aborrecer incluso aquello que se le aproxima”. “Lo superfluo es la primera de las necesidades”. “No temo a los leones, ni a las heridas que puede hacerme un sable, sino a las ratas y a los pinchazos de los alfileres”. “No desprecio la gloria: no se desprecia lo que no se puede alcanzar”. “Negar la existencia de los sentimientos tibios sólo porque son tibios es como negar la existencia del sol mientras no es mediodía”. “Le pusieron una venda al amor, porque sus ojos son difíciles de reproducir”. “Hazte vieja para mi vejez”. “La Musa es una virgen que tiene un virgo de bronce, y hay que ser un barbián para...”

miércoles, 27 de septiembre de 2017

Disciplina sin lágrimas



Educar a los hijos. Son apenas cuatro palabras, pero constituyen un quebradero de cabeza para millones de personas, que no terminan de encontrar el método más adecuado para hacerlo. Seguir un patrón autoritario supone convertirse en una figura ríspida, gruñona y tensa. Elegir un modelo demasiado blando nos provoca vacilaciones, porque se nos antoja inoperante para imponer auténtica disciplina. ¿Qué hacer, entonces? ¿Por qué opción decidirse? ¿Por quién dejarse aconsejar? ¿Qué camino elegir?
Los terapeutas Daniel J. Siegel y Tina Payne Bryson nos proponen, en este tomo que traduce Joan Soler Chic para Ediciones B, un sistema basado en la escucha, la serenidad, la interacción y el respeto. Desde el principio del volumen nos dicen algo que sabemos de sobra quienes formamos parte del colectivo (“Los padres están cansados de chillar tanto, de ver malhumorados a sus hijos, de que estos sigan portándose mal. Saben qué clase de disciplina no quieren utilizar, pero no saben qué alternativa elegir”) y luego, poniendo ejemplos prácticos, esmaltan consejos para evitar las tormentas emocionales, o al menos para reducir y reconducir las mismas.
Se trata, en suma, de mantener una posición reflexiva y mesurada la mayor cantidad de veces que sea posible, para construir esquemas reguladores propios en el cerebro del niño; porque los “combates” de gritos o de malos gestos no son en el fondo más que batallas de amígdalas, donde nadie consigue alzarse con la victoria: ambas partes sufren la erosión de la ira, que siempre es una derrota entre seres que se aman.
Lo mejor de la obra: la gran cantidad de casos prácticos que nos propone, incluidas muchas “muletillas verbales” que ofrece como auxilio para situaciones de estrés.

Lo peor: los dibujos que acompañan al volumen (horrendamente infantiloides) y la excesiva repetición de consignas, que fatigan por asfixia. Con ochenta páginas menos se habría dicho lo mismo, más concentradamente.

viernes, 4 de diciembre de 2015

Los perezosos



Resulta muy complicado que cuatro manos y dos cerebros sean capaces de trabajar de forma coordinada para hilvanar una novela y que ésta, al final, se mantenga en pie con galanura. Los ingleses Charles Dickens y Wilkie Collins (que fueron grandes amigos y grandes narradores) lo intentaron más de una vez con resultados dispares. Uno de esos proyectos fue la novela que hoy traigo a la página. La titularon The lazy tour of two idle apprentices, aunque la traducción castellana más común ha sido Los perezosos, como ésta que facilita Jordi Gubern para el sello catalán Ediciones B. En síntesis, nos cuenta cómo dos jóvenes holgazanes deciden acometer un viaje sumamente anómalo, en el cual “no tenían intención de dirigirse a ningún sitio en particular, no querían ver nada, no querían conocer nada, no querían aprender nada, no querían hacer nada. Lo único que querían era permanecer ociosos” (p.18). Desde el punto de vista racional, lo más razonable hubiera sido, habida cuenta de su vagancia congénita, mantenerse quietecitos en sus casas; pero un raro impulso los lanza a los caminos... Y en ese deambular van a verse envueltos en algunas aventuras de difícil resumen: escalan una montaña en medio de la niebla, con el consiguiente riesgo de partirse la crisma (de hecho, mister Idle sufre un aparatoso esguince de tobillo a causa de una caída); escuchan la historia de un muchacho que, de un modo fortuito, tiene que hospedarse en una pensión donde lo colocan junto a un cadáver (que luego no es tal, porque acaba reponiéndose de su estado de muerte aparente); visitan un sanatorio mental, donde observan con estupor a un tipo que evalúa muy concentrado el entramado de hilos de una estera; etc. Como es lógico suponer, este molde de “viaje entretenido” era el único capaz de recibir las aportaciones de dos narradores distintos, sin que la estructura se resintiese. Con todo, el resultado es sólo medianamente aceptable. Lo mejor, sin duda, los capítulos donde se observa la huella de Wilkie Collins, que tiende más a la narración pura, sin divagaciones filosóficas que distraigan a los lectores. Y, por encima de cualquier otro aspecto, los fogonazos de humor que se advierten aquí y allá, y que convierten la obra en una apuesta distraída y sonriente. Sirva un único ejemplo para ilustrar tal afirmación: entre las páginas 115 y 123 podemos encontrar la hilarante secuencia en la que mister Idle nos detalla los tres momentos de su vida en que pagó “el error de haber pretendido ser activo” (119): cuando estudió aplicadamente y le dieron un premio (lo que le sirvió para convertirse en un marginado entre sus compañeros); cuando tuvo la ocurrencia de realizar una actividad deportiva y el sudor, al enfriarse, lo hizo tener fiebre; y cuando optó por elegir un oficio adecuado a sus aptitudes (“Dado que la Iglesia no le interesaba, seleccionó adecuadamente la segunda mejor profesión para un holgazán en Inglaterra: la abogacía”, pp.119-120). Un libro que, sin ser brillante, aportará ratos muy amenos a quienes lo frecuenten.

domingo, 22 de septiembre de 2013

Mi papá me mima



Tener un hijo es, quién lo duda, una de las experiencias más hermosas, pero también más desasosegantes, que pueda vivirse. Madrugadas de sueño guadiánico, cambios de pañales en los momentos y lugares más inoportunos, llantos sin explicación, erupciones cutáneas, percentiles, intolerancias, fiebres altísimas en un día en el que no puedes faltar al trabajo de ninguna manera... Y para nada de todo esto disponemos de un manual adecuado de instrucciones, de un plano que nos oriente, de un bálsamo que nos reconforte.
Patxi Irurzun, padre doble que visitó esta página hace bien poco con su libro de relatos La tristeza de las tiendas de pelucas, vuelve ahora con este tomo de artículos que iban siendo publicados mensualmente en la revista Guía del niño y que ahora tenemos reunidos gracias a Ediciones B. Después de definirse con varias fórmulas simpáticas (padre becario, padre con la letra L) y de admitir que lo más importante de este estado es la disposición constante a aprender y a rectificar, el autor nos va comunicando todo tipo de experiencias con sus hijos, que a muchos otros padres les resultarán conocidas: ese niño estreñido que, en la mismísima la consulta del pediatra (a donde se le ha llevado en el límite de la preocupación), decide poner fin a su retención intestinal de forma oceánica y estruendosa; la curiosa afición cromática de H, el hijo de Patxi Irurzun, que es capaz de otorgar colores distintos a sus ventosidades («Uno peo verde, uno peo azul»); los singulares apuros que pasa un padre cuando no tiene a mano, en el más casto de los sentidos, la teta de su esposa, mientras el hijo la pide en medio de una rabieta descomunal, porque necesita suministro lácteo; la crónica de un viaje familiar a Port Aventura, con su recuento de incidencias: «H ha pedido agua en diez ocasiones, hemos parado a hacer pis cuatro y otra para cambiarle de ropa porque finalmente ha preferido mearse encima, todo ello sin contar que además ha jugado tres veces al Gran Houdini, dos a Full Monty, y otra a convertir en confeti un mapa de carreteras» (p.35); o ese desafortunado golpe en los testículos del autor, que  lo convirtió, mientras estaba guardando cola junto a una barandilla en Eurodisney, en un padre volador durante cuatro metros, con el resultado de varias contusiones y una costilla astillada.

Los dos grandes protagonistas de esta obra son, sin dudarlo, el humor y la ternura. Porque al final, después de enfermedades, agobios, traspiés, apuros en la cartera, alteraciones de horario y sueño omnipresente, lo que queda es hermoso e impagable. Queda la sensación de haber erigido una vida (en este caso, dos), de haber estado ahí para alimentar, limpiar, vestir, proteger, alegrar y educar a unos locos bajitos (como decía Joan Manuel Serrat) que tarde o temprano emprenderán su propio camino sin nosotros. De ahí que Mi papá me mima se convierta en un hermoso tarro de formol hecho con tinta, donde las palabras retienen la magia y la dulzura de anécdotas, risas, chichones, bochornos, abrazos, aprendizajes y besos. Tanto para las criaturas como para los padres. «Me pregunto qué recordará H de mí, cuando sea mayor», escribe Patxi Irurzun en la página 135. La respuesta es sencilla: recordará el amor. Y este libro rebosa de él.

domingo, 24 de marzo de 2013

El caso del mago ruso




Encontrarse en los escaparates de las librerías un nuevo libro de Patrick Ericson siempre es una felicidad, porque podemos estar seguros (yo diría que convencidos) de que su lectura resultará fascinante y nos deparará días enteros de emociones. Pero descubrir que en la portada de la obra no se reproduce el nombre literario del autor, sino el auténtico (José María Fernández-Luna), requiere una pequeña explicación... Esta vez, Patrick no nos habla de muertes misteriosas, ni de escalas masónicas, ni de rituales rosacrucianos, ni de conspiraciones donde queden mezcladas política y religión, sino de un personaje real: Ramón Fernández-Luna, famoso jefe de la Brigada de Investigación Criminal de Madrid y antepasado suyo. La detención de Eduardo Arcos, conocido en la prensa internacional como Le Fantôme, o la resolución del crimen del capitán Sánchez, aureoló a este policía con el sobrenombre de El Sherlock Holmes español. Se entiende entonces que, por el hecho de tratarse de un pariente lejano del novelista, éste haya decidido firmar la obra con su apellido, como homenaje.
¿Y qué se van a encontrar los lectores en estas apretadas cuatrocientas páginas? Pues les aseguro que un grupo de personajes realmente sorprendentes: un mago ruso llamado el Gran Kaspar, que se fuga de forma misteriosa de la cárcel Modelo de Barcelona, sin que nadie acierte a explicarse cómo lo ha logrado; una espectacular bailarina cubana llamada María Duminy, que utiliza su cuerpo como arma y moneda, dentro y fuera del escenario; una bella vedette colombiana (Luisa Rodrigo) que no esconde demasiado su condición bisexual; un anarquista que ha matado a varias personas y que tiene que esconderse de las fuerzas del orden hasta que se apacigüen los ánimos; un enigmático tipo llamado Agamenón, que maneja las voluntades de dos mujeres a cambio de drogas; el escapista más famoso de todos los tiempos, que ayudará a Ramón Fernández-Luna a entender algunos de los pormenores de un truco de magia; el comisario Manuel Bravo Portillo, cuyas brutalidades asquean tanto a los maleantes como a sus compañeros policías; una criada que intenta hacerle la vida imposible a su señorita... Y a todo ese grupo de personajes (que no es sino un resumen de los muchos que aparecen), sumen charlas políticas y sindicales, reuniones en casa de Antonio Gaudí, asistencia a una sesión de espiritismo, tesoros escondidos en algún lugar misterioso, un submarino alemán que aparece en las proximidades de Barcelona, un plan meticuloso para matar al zar Nicolás II de Rusia, excelentes retratos de época (ropas, carruajes, etc), truculencias carcelarias...
Con esta historia, que sucede en la Ciudad Condal pero que tiene notables ramificaciones en Madrid, Cuba y Petrogrado, Patrick Ericson vuelve a demostrar que es un novelista portentoso capaz de documentarse con una minucia extrema para cualquier detalle de su obra, pero que luego camufla esos datos y los entrega al lector de una forma novelesca, natural, fluida.
La gran pregunta que acude de inmediato a la mente es ésta: ¿habrá más casos del policía Ramón Fernández-Luna en el futuro? El título abierto de esta obra que acabamos de terminar parece indicar que sí, y el final que Patrick Ericson dibuja en la página 401 entiendo que camina en la misma dirección. Ojalá sea así. Leer a novelistas como él es siempre un gozo. Cuanto más se repita la experiencia, mejor.

miércoles, 6 de febrero de 2013

Si tú supieras



Nunca he sido tibio en mis opiniones literarias, ni he ocultado lo que realmente pensaba de los libros que iba comentando, así que ahora, a punto de cumplir los 47 (el mes que viene), no voy a cambiar mi modo de hacer reseñas. Comenzaré, pues, afirmando que las obras de Antonio Gómez Rufo me encantan. Desde que lo leí por primera vez allá por 1992 no he dejado de acercarme a sus libros con curiosidad, gratitud y alegría. Es un autor que, además, me sorprende por su tremenda versatilidad brillantísima: ha frecuentado con éxito la novela, el ensayo, los cuentos, los artículos periodísticos, la biografía y hasta los libros de corte infantil. Y en todos los terrenos ha demostrado una soltura envidiable en el manejo de la lengua y sus resortes, siempre misteriosos y proteicos.
Hoy traigo a la pantalla una propuesta sencillamente monumental: la novela Si tú supieras, una obra fresca, intimista y bellísima donde se nos cuenta una preciosa historia de amor que se desarrolla entre dos mujeres, Andrea y Carmen, salpicada de infortunios, ternura y besos. No es una novela de amor anormal, sino una anormal novela de amor. Y si la adjetivo así es porque lo esperable sería una cierta dosis de morbo, una recreación turbulenta que Gómez Rufo, con inteligente y exquisito criterio, se niega a darnos. No hay conmiseración en estas páginas, más que la justa; no hay tampoco asiduidad en las descripciones sexuales, salvo también la justa; y no hay lirismo meloso, excepto el que toda buena historia de amor, por su misma entraña, requiere. De ahí que el resultado final pueda calificarse de extraordinario. Domina el corazón sobre los genitales, y el alma sobre el aleteo de las manos. Andrea admirará en Carmen “el aroma a hierbabuena de su risa”; y ésta, casada y con hijos, encontrará en la joven Andrea un boquete de luz por el que mirar el mundo de distinta manera.
Andrea se ha pasado media vida disimulando sus gustos sexuales (“Vivir en el engaño ha sido su modo de sobrevivir”), y Carmen, agazapada en las redes de un matrimonio anodino y gris, siempre se ha negado a aceptar que, verdaderamente, le gustaban las mujeres. Era una ruptura demasiado brutal con su propio código de valores, y por eso ha tenido que luchar lo indecible para acariciar la piel de su nueva amiga con la pasión y el gozo que ambas anhelaban. Por eso esta novela alcanza tan elevadas cotas de introspección y de auténtica espeleología erótica. Quizá tengamos en las manos (yo así lo creo) uno de los mejores libros de amor de los últimos tiempos. 

miércoles, 23 de enero de 2013

El último Don



Convenientemente traducida por Antonia Menini, aún puede encontrarse en algunas librerías (y desde luego en muchísimas bibliotecas) la novela El último Don, de Mario Puzo, el más reconocido escritor de Manhattan. Y llama mucho la atención el esfuerzo que hace durante las primeras doscientas páginas para que el lector se sitúe con nitidez ante el universo mafioso, bien conocido por anteriores entregas del propio Puzo y por el cine de Hollywood: su carácter, sus vendettas, su frío cómputo de ganancias, su omertà (obligación de resolver todos los problemas internos con el auxilio de la familia, sin acudir jamás a la policía), etc. Pero júzguese bien, porque todo esto que apunto es un mérito. En realidad, bien poco sabemos los ciudadanos normales sobre los manejos o los procedimientos de la Mafia, sobre sus modos de hablar o de reunirse: todo es una fabulación que proviene de los folios de Mario Puzo y del rostro impenetrable de Marlon Brando. Y en esa línea prosigue y ahonda esta novela.
La gran diferencia con la primera entrega de la serie es que ahora Mario Puzo aprovecha al máximo sus conocimientos sobre el complicado y envilecido mundo del cine (no en vano el autor es guionista de Hollywood y ha ganado dos Oscars con su trabajo), y lo enfrenta y mezcla con el de la Mafia. Así, nos encontramos en una de las partes al Padrino, don Doménico Clericuzio, rector de un universo frío, perfectamente organizado y cuajado de normas inquebrantables, y obsesionado con la idea de que sus hijos y nietos ingresen en la normalidad social, se legalicen en negocios multimillonarios y accedan a la honorabilidad, tras muchas décadas de permanecer en el lado oscuro. Y en la otra parte encontramos a los Estudios LoddStone, envueltos en una carísima superproducción llamada Messalina, dispuestos a culminarla a toda costa, aunque para ello tengan que enfangarse en mil vilezas. El filósofo alemán Friedrich Nietzsche decía, en su obra Más allá del bien y del mal, que no se ha visto bien la vida cuando no se ha visto la mano que mata de forma cortés. Pues algo así sucede en estos dos ámbitos (la Mafia y el cine): nadie respeta a nadie, y todo se basa en un delicado y cruel juego de equilibrios. Lo peculiar es que Mario Puzo reconoce mayor honradez, en este sentido, a la Mafia que a la propia industria hollywoodense: entre los mafiosos, dar tu palabra es comprometerte a cumplir, mientras que los personajes inmersos en el mundo del cine viven en un caos de farándula, hipocresía y mentira.
Aparte de esta feroz crítica al mundo del celuloide (Puzo dice que el cine es “un arte que no exige talento” en la página 351), hay en esta novela una convincente capacidad para dibujar situaciones y personajes, destacando entre ellos los de Athena Aquitane (bellísima estrella cinematográfica que escapa a la vulgaridad y la falsía de su mundo) y Cross de Lena (pariente del Don, que lleva a efecto finalmente su propósito de hacer que una parte de la familia ingrese en la honorabilidad). Y, aparte de todo esto, buenos instantes de humor (como cuando Mario Puzo enumera en la página 146 “los deportes femeninos: golf, tenis, baloncesto y natación”), impecables escenas de sexo y violencia, reflexiones seudofilosóficas gobernadas por la majestad del poder y de la astucia (“Es peligroso ser razonable con las personas estúpidas”), etc.
En suma, todos los ingredientes necesarios para disfrutar con una novela que brilla por su amenidad, su interés y, sobre todo, por una inmensa sorpresa final, impactante, que me guardaré mucho de referir, por el bien de los lectores.

sábado, 25 de agosto de 2012

El desfile de la victoria




En aquel exquisito diccionario de su alma que Ernesto Sabato publicó en 1945 con el título de Uno y el universo, escribía este argentino imborrable: “La gloria se equivoca casi siempre y rara vez se adquiere por motivos que podrían justificarla”. Hoy quería recordar tan atinada sentencia para aplicarla a uno de los más rotundos, talentosos y brillantes narradores de nuestro país: Antonio Gómez Rufo. Y recupero para ello mis notas de lectura acerca de El desfile de la victoria, espléndida muestra de su genio como fabulador.
Imaginen que estamos en el mes de mayo de 1953; imaginen que un hombre se baja del tren en la madrileña estación de Atocha; imaginen que la justificación de su viaje es sólo una: matar al general Franco; imaginen que su plan es perfecto, y que tanto el procedimiento de la ejecución como el meticuloso trazado de la huida están diseñados milimétricamente para que el pistolero vuelva a Francia sin problemas. ¿Lo tienen ya? De acuerdo. Ahora hagan el favor de desviar la vista hacia una destartalada pensión donde se hospeda la joven y hermosa prostituta Marcelina Bacigalupe (Violeta Imperio, en el oficio), que resulta ser hija de nuestro anarquista investido con los ropajes de verdugo. Y, si tienen la amabilidad, asómense ahora por una de las ventanas que desde la pensión dan a la calle: ¿no ven un extraño coche aparcado en la acera de enfrente, y cuyos ocupantes no salen para nada del vehículo ni apartan sus ojos de la hostería? Pues ahí tienen ustedes una de las líneas de arranque (no me pidan que les cuente más) de la novela.
Pero no piensen, de todas formas, que ésta es una obra policial o de superficiales trazos. Lo que les acabo de referir es sólo una hebra del fino estambre de esta narración, pues Gómez Rufo tiene la habilidad y el saber literario de no empobrecer su novela reduciéndola al esqueleto fabulístico. Antes bien, se preocupa por introducir en ella unos personajes densos, bien urdidos, creíbles, matizados: el indeciso opositor Evelio, asediado por los requerimientos matrimoniales de dos mujeres; la vieja tonadillera Dolores Carmona, que sueña con su inmediata reaparición; el capitán Castejón y sus inesperados redobles de conciencia; Ernesto Bacigalupe y su purísimo anhelo de una España más libre; la viuda doña Amelia, que sobrevive regentando una pensión de mediano pasar... Cada personaje tiene su historia, y todas nos las cuenta el autor. Pero no para rellenar la novela (artificio que Antonio Gómez Rufo no necesita), sino para que los sintamos como seres auténticos, vivos, reales. Y la verdad es que lo consigue siempre.
Si a todo lo expuesto se le une que esta novela contiene una de las mejores descripciones de una muerte que yo recuerdo haber leído jamás (la de don Jesús, huésped de la pensión de doña Amelia), y que se remata con uno de los finales más sobrecogedores de la novelística española, se deduce que este libro magnífico se une a ese particular desfile de la victoria que es la producción entera de Antonio Gómez Rufo. No duden en descubrirlo: me darán la razón.