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viernes, 11 de enero de 2019

El vuelo de las termitas




Antes de que Luis Leante fuera el fenómeno editorial Luis Leante (reflejado en los mejores suplementos literarios del país y celebrado en varios países e idiomas) ya había escrito y publicado libros absolutamente espectaculares. Uno de ellos fue El vuelo de las termitas, que primero impulsó la Editora Regional de Murcia y después volvió a lanzar Gollarín.
Y lo cierto es que esta novela lo tiene todo para conseguir convencer a todo tipo de lectores: una historia seductora y llena de aventuras, donde se nos relatan las peripecias de Felipe de Lyon; unos personajes tan interesantes como el hermano Lorenzo, tan enigmáticos como Eximio de Poitiers o tan dulces como Inés; sodomías protagonizadas por monjes; búsquedas de reliquias misteriosas, que sólo tras muchas páginas identificamos; templarios violentos que persiguen oscuros objetivos; máquinas voladoras tan sorprendentes como la que construye Asbag Ben Mansur; descripción de las mazmorras medievales; y un buen caudal de anécdotas perfectamente documentadas sobre Cehegín, Mula, Bullas o la propia Caravaca de la Cruz. Y, por encima de todos los demás atributos de la novela, uno que la convierte en una obra digna de elogio, y que hará las delicias de todos los lectores que se acerquen hasta ella: la perfección de su prosa, el modo mayestático en que Luis Leante construye sus capítulos para que todos quedemos atrapados y seducidos de la primera hasta la última de sus frases.
Desde las terribles pesadillas que asaltan a Felipe de Lyon en el capítulo primero hasta las felices noticias que se reciben en el trigésimo cuarto (con el que se cierra el volumen), no hay tregua para quien se adentra en sus hojas: acompasando su lectura a los avatares del protagonista, y viviendo con él sus múltiples aventuras, se peleará, sufrirá frío, sobrevivirá a incendios, padecerá engaños, se enamorará, temblará de miedo, descubrirá el valor de la amistad, será encarcelado, atravesará los caminos de España, llorará, experimentará los latigazos de la traición, reirá, correrá el riesgo de contraer pulmonías, dormirá a la intemperie o en lugares inhóspitos, será novicio y comerciante, comerá lo que encuentre por los caminos... Y, por encima de todo, irá transformándose en otra persona, como el propio Felipe de Lyon se transformó, encontrando el amor de su vida y cumpliendo su destino. ¿Hay alguien que se pueda resistir a esta propuesta?

martes, 30 de mayo de 2017

Salvación



Quizá la gran pregunta que recorre invisible todos los libros de Miguel Sánchez Robles (Caravaca de la Cruz, 1957) sea tan sencilla como trascendente: ¿tiene la literatura una misión salvífica? Y en caso de que la respuesta resulte ser que sí, ¿de qué nos salva? ¿De la decepción, del dolor, de la amargura de ir caminando hacia la muerte, del vacío, de los atardeceres sin nadie al lado, de sentir por dentro la carcoma de una tristeza que no podemos exteriorizar, de las miradas que se quedan perdidas y no encuentran el camino de retorno, de las amistades que el tiempo erosiona y destruye?
Quienes llevamos años leyendo y admirando a este magnífico escritor (repetiré una vez más que en España hay varios poetas a su altura, pero ninguno por encima) hemos comprobado, en prosa y en verso, que esa interrogación palpita en todas sus páginas. Y también lo hace, de forma muy especial, en Salvación, el texto que le acaba de publicar la editorial Gollarín. ¿Es una novela? ¿Es un largo poema en prosa? ¿Es un caleidoscopio de metáforas? ¿Es la más hermosa carta de amor que una madre ha recibido jamás de su hijo? ¿Es una sucesión de diapositivas emocionales que revelan la temperatura de un alma? A todas esas preguntas hay que responder que sí, porque el volumen se acoge a la amplia definición que usaba el también caravaqueño Miguel Espinosa cuando hablaba de sus obras y las definía como “libros”, sin más etiquetas castradoras.
Miguel Sánchez Robles nos acaba de entregar todo el lenguaje de su corazón. O todo su corazón hecho lenguaje. Y en las casi trescientas páginas del tomo palpitan dolores, lágrimas, añoranzas, descripciones de paisajes (internos y externos), reflexiones filosóficas, corolarios de vida y sentencias que, firmadas por Horacio o Montaigne, encontraríamos consagradas en un buen número de manuales. Que nadie busque aquí una “línea argumental” a la antigua usanza, porque la literatura de este autor no se ciñe a ese tipo de reduccionismos. Miguel Sánchez Robles no quiere contarnos una historia, sino que prefiere dejar que el lenguaje burbujee y construya a base de explosiones, colores, metáforas bizarras y perlas adjetivas un fluir lírico que va envolviendo a los lectores y los instala en un universo paralelo, compuesto de memoria, poesía y reflexión.
“Estoy aprendiendo a vivir despacio”, nos indica el autor al principio de la obra. Y el consejo, por sabio y por útil, convendría aplicarlo también a la lectura de Salvación: entremos despacio y sin inhibiciones en sus páginas, dejemos que su oleaje de palabras nos humedezca la piel del corazón y, al final, quedaremos tan asombrados como conmovidos.
Gracias, Miguel. Por tus libros, por tu lucidez, por tu constante enseñanza, por tu fecundidad, por tu brillantez incontestable. Nunca ha sido más atinado el verso de Bécquer: poesía eres tú.

martes, 12 de junio de 2012

Años fugitivos




Quinientas páginas hablando de Moratalla y de la infancia del autor. Ése es, reducido a caricatura o amenaza, el asunto de Años fugitivos, la nueva obra de Pascual García, editada por Gollarín. Dicho así, con la brutalidad de la sinopsis, muchos lectores se podrían inhibir a la hora de escogerla como lectura; pero errará quien la juzgue un libro intrascendente, destinado a un público reducido, familiar o moratallero. La condición intrínseca de la literatura auténtica es hablar siempre del ser humano, de lo hondo del ser humano, de la médula de sus miedos, esperanzas, nostalgias y alegrías; y ahí radica la grandeza descomunal de este volumen. En el silencio de su despacho, componiendo semana a semana las 127 piezas que integran este mosaico emocional y telúrico, Pascual García acomete la generosa tarea de hablarnos de un tiempo, de un lugar y de unos tipos humanos, que él exonera del olvido gracias a la memoria. No lo hace, desde luego, porque añore el ayer («Nunca es mejor el tiempo pasado, porque ni fuimos más felices ni tuvimos más. La nostalgia es una trampa», p.19) o porque sueñe con su imposible retorno («Aquel tiempo lejano que ya no volverá nunca, por fortuna», p.225), sino porque el recuerdo es una facultad recuperadora y a la vez creativa, donde el niño y el hombre se reconcilian y hermanan. El premio de buscarse es siempre entenderse.
Para ello, Pascual García nos deja conocer, y es un regalo maravilloso para los lectores, buena parte de su numismática vital: las largas campañas de trabajo en la vendimia, con el frío invadiendo su cuerpo de niño; la ayuda al padre o al abuelo, en las tareas del campo; el cine como refugio para la fantasía; la reivindicación de la mujer, que se ha deslomado siempre sin exigir nada a cambio y sin enarbolar bandera alguna («Deberíamos convenir en que el feminismo es un asunto burgués, propio de señoras acomodadas, instruidas y alejadas casi siempre de los ambientes rurales», p.39); los lutos ancestrales de aquella infancia moteada de muertes; el frío de Moratalla, como decorado y alma de sus primeros años de vida; su incapacidad para el baile, que no le impide valorarlo en otros; el sabroso aroma del potaje de acelgas que elabora su mujer, el cual obró un prodigio: su hija Elisa Fe, «inapetente desde la cuna, comenzó a comer, tras docenas de intentonas fallidas, con un milagroso apetito el día en que su madre le dio a probar una cucharada de aquel potaje» (p.104); la asunción de ciertos principios elementales de urbanidad, que los tiempos modernos se empeñan en desdibujarnos («Si mis hijos no se portan bien en clase o en la calle, la culpa es mía y de su madre, y somos nosotros los que debemos dar debida cuenta de sus incorrecciones» (p.133); aquel maestro represaliado del que el autor del libro tomó lecciones y que le dejó una honda huella humana y moral; el convencimiento casi filosófico de que la esencia de la literatura acaso sea, paradójicamente, «escribir para no perder el tiempo» (p.244); ese reloj de bolsillo fabricado por uno de sus abuelos y vendido al otro, y que ahora se encuentra en el despacho del escritor (p.314); etc.
Fiel a su estilo de siempre, enamorado de la pulcritud semántica y de la música íntima de la frase, Pascual García nos entrega con este libro elegante, duro, tierno, contundente y sobrio, un hermoso prontuario de imágenes donde el tiempo queda fijado merced al formol de la escritura. Sumergiéndose en los recovecos de su memoria y desbrozándolos convenientemente para que los lectores seamos capaces de acompañarlo en ese viaje a la semilla (como hubiera dicho el cubano Alejo Carpentier), el escritor nos descubre una nueva vertiente de su personalidad creadora que quizá debería inquietar, por lo que tiene de competencia, a su esposa, la artista plástica Francisca Fe Montoya: su enorme valor como acuarelista. Y es que, en efecto, cada una de las rememoraciones, viñetas o estampas que componen este libro, tienen mucho de acuarela: carácter evocador, gran poder de sugerencia, suavidad enérgica... Me enorgullece haber leído todos los libros de Pascual García. Soy mucho más rico desde entonces.

domingo, 4 de enero de 2009

Lenguas vivas



Lola López Mondéjar nos ha facilitado a los lectores, durante el año 2008, un par de sorpresas literarias. La primera fue El pensamiento mudo de los peces, un notable volumen de cuentos que publicó en la editorial Páginas de Espuma, donde demostraba que también se mueve con elegancia y solidez en las distancias narrativas cortas; la segunda ha sido la novela que hoy comentaré: Lenguas vivas, que unos inquietos editores de Caravaca han puesto en las mesas de novedades de las librerías hace pocas semanas.
Dos colecciones lleva en marcha la editorial Gollarín: la primera se llama Bigornia, y en ella han publicado a Luis Leante, Miguel Sánchez Robles, Gregorio Javier y Josune Intxauspe (la discreción me impide revelar el nombre de otro autor que se guardan en la recámara, y que supondrá un auténtico bombazo, si cuajan las negociaciones para editarlo); la segunda colección se llama Adarme y se abre con esta novela de Lola.
Sin duda, lo más ilusionante del volumen es descubrir que Lola ha liberado su pluma hacia el humor, hacia la flexibilidad temática, hacia el coloquialismo expresivo. Y me parece que es una maravillosa noticia. Las anteriores producciones de esta escritora murciana, siendo estupendas (he dejado fe de mi admiración en reseñas anteriores), resultaban demasiado “serias”, demasiado “psicoanalíticas”. Y un importante sector del público podía quedarse fuera de ellas por su densidad orgánica (terminológica y argumental). Ahora, gozosamente, no es así. Lola ha realizado un admirable esfuerzo para ser directa y clara, para ponerse en la piel y en la voz de su personaje (un ama de casa que, por avatares de la vida, se ha visto abocada al ejercicio de la prostitución) y para construir con él una historia donde combina seriedad, humor, tragedia y emociones humanas con eficaz soltura. Así, nos hablará de sus clientes (un catedrático de universidad, un profesor de árabe, un ejecutivo inmobiliario, un ex-dominico libidinoso e iconoclasta... o Enrique, que “tiene la cuca más pequeña del mundo”, como dice en la página 119), pero también nos introducirá reflexiones sobre la existencia (“Todo está relacionado en esta vida, todo, lo que pasa es que no vivimos lo suficiente para encontrar la relación entre las cosas”, pág.88) o sobre la pedagogía (“Los que no tienen hijos dicen cosas preciosas sobre cómo hay que educar a los hijos. Ellos, si se dan cuenta, se sitúan todavía del lado de los hijos, son reivindicativos. En el fondo les están pasando factura a sus propios padres”, pág.134). Añadan a eso los abundantes juegos de palabras que este volumen atesora (por ejemplo, esa consideración de que la palabra “envergadura” es la más erótica de nuestra lengua, como dice en la página 51), la densidad sexual de algunas de sus descripciones (el número lésbico entre la protagonista y Zaida quizá sea el mejor) y la frescura de sus párrafos, y deducirán que Lenguas vivas es un libro para que el lector sonría, disfrute y goce. En todos los sentidos.