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viernes, 18 de septiembre de 2020

Examen de ingenios

 



Reconozco que siento una enorme atracción por aquellos libros en los cuales un escritor o intelectual reúne y redacta sus impresiones sobre las personas notables que ha conocido durante su existencia. Me fascinan (creo que se trata del verbo más adecuado para resumir mi postura) esos volúmenes y los persigo con fervor, con avaricia, con denuedo. A veces, no estoy conforme con los juicios que se vierten en sus hojas, pero me permite apreciar a los personajes desde otro ángulo; o bajo la luz de algunas informaciones que no se encontraban a mi alcance antes de visitar estas páginas.

Mi acercamiento hasta el Examen de ingenios, de José Manuel Caballero Bonald, participa de esa fascinación. Además, sus casi quinientas páginas me prometían un abultado caudal de anécdotas y perspectivas que serpenteaban por los mundos de la literatura, el cine, la música, la política o la historia. Todas mis esperanzas (el tomo es denso y bellísimo) se han visto cumplidas holgadamente, hasta el punto de que intentar ofrecer un resumen de su contenido se antoja empresa tan inabarcable como empobrecedora.

Con todo, me arriesgaré a llamar la atención sobre algunos instantes del volumen, que ni condensan su esplendor ni resumen su contenido. Son sólo algunas frases u opiniones que he subrayado con mi rotulador rojo. O, por decirlo de una manera más arquitectónica, peldaños de una escalera colosal que conviene subir hasta su cima.

Por ejemplo, cuando alude a la escasa belleza física de José Bergamín y, con una fórmula tan simpática como demoledora, lo define como “Feo de frente y de perfil”. O cuando se burla con ironía de la solemnidad de Américo Castro (“Lo que decía iba a misa. A una misa naturalmente oficiada, según el rito copto, por su yerno Xavier Zubiri”). O cuando provoca nuestra sonrisa al comentarnos la singular receta con la que Francisco Ayala prolongaba su existencia (“Una vez, durante un viaje en tren, me dijo que su longevidad se debía a lo frugal de sus cenas; sólo tomaba dos whiskies y una manzana. Lo de la manzana no lo cuentes, añadió”). O cuando enjuicia El viejo y el mar, de Ernest Hemingway (“Fue quizá su mejor novela, que tampoco es decir mucho”). O cuando retrata a Camilo José Cela, con el que colaboró durante años y al que adornó la frente (“Autoritario y megalómano, sus objetivos no consistían en ser el mejor sino en ser el único”. “Despilfarró su talento en bagatelas y sucumbió paso a paso al mercadeo de la banalidad”).

Un libro donde Paco de Lucía toca la guitarra, donde Víctor García de la Concha acompaña al autor a visitar al rey Juan Carlos I, donde Pepa Flores sonríe, donde Gabriel Celaya se pelea a gritos con su esposa, y donde casi todos los personajes censados son tumultuosos bebedores y juerguistas nocturnos.

¿Fidedigno? No lo sé. ¿Equilibrado? Ni lo sé ni me preocupa… Lo único que puedo decir es que he disfrutado de muchas horas de distracción mientras nadaba entre sus páginas y que ésa me parece, a la postre, la gran virtud del libro. Ningún ejercicio de memoria es inocente. Ningún balance personal es justo. Ningún autor es inmaculado en sus apreciaciones. Tampoco es razonable pedirlo.

martes, 27 de mayo de 2014

Las adivinaciones



De vez en cuando me apetece coger un libro de poesía, sentarme en un sillón cómodo, rodearme de todo el silencio posible, tener a mano una taza humeante de café y, simplemente, leer. Sin tomar notas, sin pensar que podría hacerle una reseña en un periódico o en una revista. Leer en silencio porque sí, por el gusto de recuperar al adolescente que cogía sus primeros volúmenes en la biblioteca de Blanca o en su cama y dejaba que las horas pasaran con lentitud invisible. Y si digo que me gusta realizar esos experimentos con la poesía es porque cuando cojo una novela me siento siempre tentado de ir resumiendo su argumento, ir trazando el perfil de sus protagonistas... La poesía es más pura, más despojada, más autónoma. Burbujas de palabras y de pensamiento, que te emocionan o te dejan indiferente.

Esta vez he pactado esa tregua con José Manuel Caballero Bonald y su libro Las adivinaciones (Adonais, 1952). Y me ha llevado una tarde entera. Ahora, puesto delante del teclado, podría recurrir a cuanto sé sobre el poeta gaditano, sobre sus premios e influencia en la literatura española, pero no haré nada por el estilo. Diré simplemente que durante muchos instantes de esta lectura me ha asaltado la Belleza y que con algunos de sus versos me he quedado flotando, con la mirada perdida en el vacío. Entiendo, pues, que el mejor comentario que le puedo tributar a este conjunto de poemas es copiar aquí esas líneas y que quede constancia de mi admiración. El resto sería manchar unas horas de gran pureza con palabras bastardas. Y no me apetece. Quedémonos, tan sólo, con esos versos de Caballero Bonald: “El pecho inextinguible de la muchacha amada”. “Entra la noche como un trueno / por los rompientes de la vida”. “Reúno en mi memoria las vidas que he amado, / los sitios donde estuve, los libros que habité, / toda la realidad y sueño en que consisto”. “Eso es vivir: ir olvidando”. “Soy lo que he sido”. “Nada me pertenece / sino aquello que perdí”.