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viernes, 28 de septiembre de 2018

Me casé por alegría




Pietro y Giuliana, tras coincidir más bien borrachos en una fiesta, se han casado de una forma absurda y precipitada. Ni se conocían antes, ni se conocen tampoco ahora. Simplemente, charlaron unas horas y, por sorpresa, tomaron la decisión de contraer matrimonio. Ahora, la convivencia entre ellos es más bien singular, con un elemento que los une como bisagra (la sirvienta Vittoria) y con otro elemento que actúa como crítica negativa de la relación (la madre de Pietro). Poco se puede advertir que los cónyuges tengan en común: él trabaja como abogado y pertenece a una buena familia; ella, tras sobrevivir como buenamente ha podido a la pobreza, ha trabajado en un comercio, del que fue despedida. ¿Qué les ha impulsado, entonces, a vincularse mediante matrimonio? Pietro sostiene que lo ha hecho por lástima; Giuliana no tiene problemas en reconocer que el dinero ha sido una de las razones fundamentales. En esta situación, ¿cuál es el futuro que les espera?
Con ese nudo argumental, Natalia Ginzburg (traducida por Andrés Barba para el sello Acantilado) desarrolla ante nuestros ojos una historia con puntos de humor, de crítica social y familiar y, sobre todo, con numerosas secuencias en las que los diálogos se vuelven zigzagueantes y casi “codorniceros” (por la revista que fundó y dirigió Miguel Mihura).
¿Puede ser considerada una pieza clave dentro de la producción de la escritora italiana o de la historia del teatro? De ninguna forma. Mentiríamos si tratáramos de sostener tal afirmación. Me casé por alegría es un simple divertimento. Pero dentro de su condición discreta, es una obra que se lee con algunas sonrisas, lo que no resulta desdeñable.

jueves, 25 de junio de 2015

Las pequeñas virtudes



Se llamaba Natalia Levi, pero la conocemos en el mundo de la literatura como Natalia Ginzburg desde que contrajera matrimonio con Leone Ginzburg, un intelectual de izquierdas que sufrió destierro y torturas hasta que lo mataron en 1944. Fue una escritora magnífica, de la que hoy traigo a esta página su volumen Las pequeñas virtudes, traducido por Celia Filipetto para el sello Acantilado. Se trata de una colección de escritos autobiográficos donde la novelista y dramaturga italiana nos habla del tiempo que pasó exiliada con su marido en una localidad rural (“Invierno en los Abruzos”), de la poca atención que siempre le prestó a las cosas no esenciales de la vida (“Los zapatos rotos”), de ciertas personas singulares de las que se rodeó (“Retrato de un amigo”), de las curiosas costumbres y rasgos de los británicos (“Elogio y lamento de Inglaterra”) o del modo en que afrontaba su tarea como escritora (“Mi oficio”).
Dentro de este volumen, delicioso en su conjunto, me han seducido de una forma especial los escritos “Él y yo” (un precioso relato contrapuntístico de su marido y ella, tan diferentes, tan compenetrados) y “Las relaciones humanas” (que es un análisis del modo en que los seres humanos nos sentimos solos o acompañados, comprendidos o vilipendiados... basándose en situaciones presuntamente personales).
Mención aparte hay que dedicar al escrito que da título al volumen, donde nos habla maravillosamente de la necesidad de inculcar a los hijos las grandes virtudes, y no las pequeñas (“No el ahorro, sino la generosidad y la indiferencia hacia el dinero; no la prudencia, sino el coraje y el desprecio por el peligro; no la astucia, sino la franqueza y el amor por la verdad; no la diplomacia, sino el amor al prójimo y la abnegación; no el deseo del éxito, sino el deseo de saber y de saber”, p.145). Afirma que debemos educarlos en el valor inmediato del dinero, y no en su condición sucia, acumulativa o “premiatoria”; educarlos en los ideales puros, aunque no puedan ser justificados (“Es mejor que nuestros hijos sepan desde la infancia que el bien no recibe recompensa y el mal no recibe castigo, y que, sin embargo, es preciso amar el bien y odiar el mal, y no es posible dar una explicación lógica de esto”, p.157); y, sobre todo, hacerles saber de nuestra plena disponibilidad amorosa (“Nuestros hijos deben saber que no nos pertenecen, pero que nosotros sí les pertenecemos, siempre disponibles”, pp.162-163).

Un libro que me ha encantado conocer y leer.