viernes, 31 de julio de 2026

El mensajero del Apocalipsis



Imaginen que estamos en el año 1936 y que John Maynard Keynes (profesor en Cambridge y uno de los economistas más influyentes del siglo XX) entra como una exhalación en la célebre galería Sotheby’s, donde van a ser subastados un buen número de manuscritos de Isaac Newton. Imaginemos que consigue hacerse con algunos lotes interesantes, entre los cuales descubre con sorpresa varios textos en los que el reputado científico detalla sus experimentos con la alquimia y algunas conclusiones sobre la posible fecha del final de la Humanidad (el Armagedón de los judíos o el Apocalipsis de los cristianos). Hasta aquí, todo bien; entre otras cosas, porque Peter Harris (supuesto novelista estadounidense cuya identidad aclararé más tarde) no inventa absolutamente nada: todo ocurrió así. Son hechos históricos. De tal forma que cuando la acción se desplaza hasta el siglo XVIII y asistimos al robo de esos documentos de la biblioteca personal de Newton, el lector se prepara para una trama (ahora sí novelesca) centrada en sociedades secretas, misterios ancestrales y personas que, con antifaces, nombres falsos y ausencia total de escrúpulos (varias muertes se irán sucediendo durante sus páginas), provocan continuas descargas de adrenalina. El problema es que “Peter Harris” utiliza ese anzuelo (tal vez legítimo, pero sin duda tramposo) y luego tira por otro camino absolutamente antagónico, centrado en la avaricia, la falsificación de moneda y los bajos fondos ingleses, con sus rufianes, sus putas andrajosas, sus borrachines pendencieros y sus callejones oscuros. Y a mí, que soy lector agradecido, pero que valoro mi tiempo, la estratagema no deja de incomodarme. No tanto porque juegue a esconderme la bolita, como un trilero experimentado (ese camino narrativo estoy dispuesto a admitirlo e incluso a aplaudirlo), sino porque no hay bolita. Yo adquirí esta novela y le dediqué horas de mi tiempo porque se me habló de profecías, documentos antiguos, organizaciones que se mueven en la sombra, dispuestas a hacerse con conocimientos que afectan al calendario de Dios. A cambio, he recibido una trama enredada, llena de nudos y de avance renco, en la que de vez en cuando se alude a la condición esotérica de los papeles newtonianos (se llega a indicar el año exacto en el que se producirá el fin del mundo)… para de inmediato apartar ese detalle y seguir guiándonos por una trama llena de clérigos indignos, tabernas apestosas, mugre ecuménica y personajes barriobajeros.

“Peter Harris” (seudónimo que, según la Wikipedia, esconde al historiador José Calvo Poyato) no ha escrito una mala novela, líbreme Dios de incurrir en esa falsedad, pero sí una novela que no responde a las fórmulas publicitarias con las que fue vendida. No sé si ese tipo de cosas hay que aplaudirlas.

miércoles, 29 de julio de 2026

Don de gentes


 

Como en todos los volúmenes donde se recopilan artículos de prensa, en este Don de gentes, de Elvira Lindo, se alinean infinidad de asuntos, tan heterogéneos como sugestivos: el nuevo modelo de masculinidad que emana de la serie Los Soprano; la admiración que siente por actores como Jeff Bridges, Rafaela Aparicio, Manuel Aleixandre o Katherine Hepburn; el aburrimiento de que las estrellas de cine o los políticos de renombre ya no acepten más entrevistas que las pactadas; su tristeza por la muerte de José Luis López Vázquez, al que Charles Chaplin consideraba el mejor actor del mundo (“El recuerdo que deja un viejo cómico está amarrado al de nuestra propia vida”); maravillas  irónicas en las que aboga por líneas de autobuses que vayan llevando a los opinadores profesionales de un plató a otro, porque “el verdadero contertulio es el que tiene tres tertulias de media al día. Con menos de eso eres un desgraciao”; su estupor irónico al ser considerada “favorita” para ganar un premio Planeta al que no se ha presentado; su entusiasmo por las novelas de Simenon; su rechazo a que se manipulen los cuentos infantiles tradicionales para adaptarlos a la “modernidad” ñoña y políticamente correcta (“Los cuentos clásicos están hechos de acero, han soportado el paso del tiempo, adiestran al niño en las emociones puras: el amor, el abandono, la pena, el ansia de superación y el triunfo del inteligente contra el bruto”); la emoción que la embargó cuando el profesor Maurer la lleva a visitar la casa donde Louisa May Alcott escribió la novela Mujercitas; su simpatía y su admiración por Miquel Barceló; su aversión a la sobreprotección de los niños, que los paraliza y anquilosa (“Están agilipollados de tanto estar en casa o en actividades extraescolares”); su repudio por los políticos corruptos y, sobre todo, por quienes les siguen aplaudiendo (“Ellos han actuado dentro de la lógica del sinvergüenza, han hecho su trabajo. Pero, ¿y la gente votándoles? Ahí sí que me rayo, ¿ves tú?”); o la carta abierta que dirige al anacrónico juez Ferrín Calamita, perpetrador de sentencias neandertales. Mil temas, como es lógico.

¿Qué me gusta especialmente de este volumen? Por supuesto, muchos de los asuntos que trata; pero, sobre todo, su forma de avanzar sinuosamente. Es decir, que la escritora gaditana no se dedique a desarrollar la idea de manera rectilínea, sino que baile, zigzaguee, dirija los ojos aquí o allá, meandree, nos invite a reparar en los detalles anexos: ese artículo científico o divulgativo que acaba de leer, esta vieja canción que relaciona con el asunto del que habla, aquella anécdota que ahora aporta su sonrisa... El punto de partida estaba claro; el punto de llegada es nítido; pero, gozosamente, la escritora nos ha hecho mirar el camino, nos ha hecho gozar del trayecto. Con el paso de los años, olvidaremos casi todo del viaje (de cualquier viaje, en realidad), pero la amnesia no diluirá el tono, la gracia, la luz de la persona que nos acompañó en él. Estoy convencido.

martes, 28 de julio de 2026

Elena sabe

 


Elena es una mujer que vive sola y que, a su edad avanzada, tiene que añadir el rigor inmisericorde de la enfermedad de Parkinson. Su médico le prescribió unas cápsulas de Levodopa, con las que consigue mitigar la rigidez de sus miembros, que la mayor parte de los días apenas la dejan caminar. Ese acto en apariencia sencillo para los demás (adelantar un pie y después el otro) se erige para ella en esfuerzo ímprobo. Pero un tenaz proyecto la impulsa a lanzarse a la calle: desea por encima de cualquier otra cosa esclarecer la muerte de su hija Rita, que el lluvioso día de Corpus Christi fue encontrada colgando de una cuerda en el campanario de la iglesia. Todo el mundo dio por hecho que se trataba de un claro suicidio, pero Elena sabe que su hija odiaba y temía las tormentas. ¿Cómo iba a encaminarse hacia la iglesia en medio de la lluvia? Todas las personas que rodean a Elena (el juez, el comisario, los vecinos, el sacerdote, los amigos, incluso el novio de Rita) aceptan la idea del suicidio, pero algo en su interior se rebela contra esa hipótesis. ¿Ha de resignarse a guardar silencio y dar por válida la versión oficial? Reacia al conformismo, Elena decide visitar a Isabel, una mujer a la que su hija auxilió veinte años atrás para pedirle que la ayude a esclarecer los hechos.

Magnífica analista de los pasillos interiores del alma, Claudia Piñeiro construye en Elena sabe una honda reflexión sobre el Parkinson, una enfermedad que la protagonista no tiene (“Ella lo padece, lo sufre, lo maldice, pero tenerlo no, tener implica voluntad de agarrar algo, de sostener, y ella no, eso sí que no”) y que, con sus desagradables tentáculos, condiciona y paraliza a todas las personas de su entorno. Y, como complemento, nos desliza un interrogante perturbador, tan áspero que raramente (o nunca) nos lo planteamos de forma voluntaria: ¿conocemos de verdad (sus angustias, sus miedos, sus esperanzas, sus zozobras) a quienes se encuentran a nuestro alrededor? Muy recomendable.

lunes, 27 de julio de 2026

La camarera de Bach


 

Siempre he mirado con desconfianza la expresión “a caballo entre…”, porque me parece tan rudimentaria como discutible: los cambios y las transiciones no se producen (en casi ningún ámbito de la vida o el arte) a gran velocidad, sino de forma lenta, tectónica, casi invisible. En ese sentido, Madlene Findelkind sería más bien (como también lo es La Celestina, por citar un ejemplo ilustre) una bisagra entre dos mundos: parte de ella pertenece al mundo antiguo; parte, al mundo moderno. Mas la historia de esta mujer no va “a caballo”, sino a doloroso paso de tortuga, porque nadie se lo va a poner fácil, ya que varias contrariedades pesan sobre ella: es huérfana, es una criada, es pobre, ha estado en la cárcel y ha sido madre soltera. Pero su voluntad es tan clara como firme: quiere salir de su condición. Quiere aprender a leer y escribir. Quiere liberarse de la tríada “criada, esposa o ramera”, porque esos estados se le antojan variantes de la preterición. Madlene anhela la dignidad de ser ella misma, sin someterse a los cánones rancios de un mundo que languidece con demasiada lentitud. Siendo niña, estuvo interna en un orfanato, del que la liberó un gran hombre, que luego la encomendó como sirvienta en el hogar de Johann Sebastian Bach, de donde salió un tiempo después, acusada injustamente de robo, portando en su seno un hijo del afamado compositor. Desde entonces, conoció innúmeras humillaciones (soportó miradas lascivas, fue violada, tragó saliva mientras era juzgada por quienes se sentían por encima de ella, escuchó insultos, padeció desdenes y exilios), pero su voluntad se mantuvo erguida, aferrándose a una idea tan revolucionaria como peligrosa en aquel siglo XVIII, y aun en la actualidad: ¿por qué tiene que resignarse la mujer a ser inferior? ¿Acaso no es igual que el hombre?

Rodeada de personajes tan ilustres como significativos (músicos como Bach o Scarlatti, filósofos como Voltaire, naturalistas como Buffon, mujeres poderosas como la marquesa de Pompadour), Madlene Findelkind se convierte en bandera y en metáfora de un tiempo complicado y de una idea feliz: que todos merecen una oportunidad, sean pobres o ricos, mujeres u hombres; que todos pueden aspirar a la educación y deben ser tratados con respeto; que todos merecen tocar las estrellas, aunque sea “alzándose sobre las puntas de unos zapatos prestados”. Antonio Gómez Rufo es el autor de esta interesante, documentada y educativa novela, que he leído con mucho agrado.

sábado, 25 de julio de 2026

La realidad de la ficción

 


Cuatro fueron las “divagaciones” (así las califica el autor, Antonio Muñoz Molina) que el público de la Fundación Juan March, en Madrid, tuvo la oportunidad de escuchar durante el mes de enero de 1991. Y, dos años más tarde, quedaron fijadas en el volumen La realidad de la ficción, publicada por Renacimiento, con un cierto desaliño ortográfico. Anotaré unos pocos ejemplos, con menos saña que tristeza: “Billie Hiliday”, p.13; “convinándose”, p.25; “Frabrizio del Dongo”, p.35; “himnotice”, p.59; “pernuria”, p.60; etc. Por fortuna, la claridad y la belleza con las que el escritor andaluz nos va hablando de la construcción de la obra literaria, de los personajes, de la elección del punto de vista o del lector nos permiten olvidar o al menos equilibrar esos arañazos visuales que maltratan nuestras pupilas.

Accedemos, nos dice, al mundo de la ficción desde la infancia, escuchando las historias orales que nos cuentan, y eso estimula nuestra imaginación y amplía nuestra curiosidad. Algunos adultos, después, desdeñan ese punto de partida; pero “curiosamente, estas personas que desconfían tanto de las historias imaginarias son las más proclives a embobarse con las formas más degradadas de la ficción, y por no haberse creído las aventuras de don Quijote y del capitán Nemo acaban tragándose no sólo los disparates de Rambo, sino los de los locutores de la televisión”. Y unos pocos de esos adultos, que han conseguido afilar su sentido de la observación (“Hay que saber mirar”) se convierten después en escritores. Todos los seres humanos “somos una mezcla inquietante de realidad y de ficción, de verdad y mentira, un precipitado de signos cuya fisonomía y carácter dependen no de su propia identidad, sino del modo en que los elabora nuestra mirada y nuestra imaginación”; y el escritor se esfuerza en destilar todos esos elementos para construir edificios verbales y emocionales que perduren en el corazón y la memoria de los demás.

Muñoz Molina, ilustrándolo con ejemplos de sus propias obras, nos habla del modo en que se elige el punto de vista, la voz del narrador, el nombre de los personajes o la estructura de la obra, y nos deja un volumen exquisito sobre la creación literaria, muy recomendable para escritores jóvenes, aunque cualquiera la pueda disfrutar con aplauso. Resulta imposible resumir una obra así: hay que subirse al bote y dejar que el remero nos vaya explicando el paisaje conforme nos desplazamos por el curso del río. Háganlo, por favor.

viernes, 24 de julio de 2026

El vigilante del salón recreativo

 


“Soy un hombre modesto”. Con estas palabras se presenta Ventura, la persona que, tras la muerte de Esteban Amat, accedió al puesto de vigilante en los Billares Sanchís (que ahora reciben el nombre de Salón Recreativo Galaxia), donde lleva treinta años. Esteban era un ser despreciable, un pederasta que “sodomizaba con espasmos de remero a los chavales en el water” (p.8). Ventura, por el contrario, es un hombre sin deseos ni ambiciones (“Lo que más me gusta de mí mismo es la abulia”), que ha tenido alguna relación sexual más bien sórdida con una tal Emma; que disfruta con la lectura, entendida como otra forma de la laxitud (“Tengo que leer, así serán otros los que piensen por mí, leer me relaja”); que no muestra las mismas aficiones que sus congéneres (“No tengo televisión”) y que se desenvuelve con pocas pertenencias (“Mi casa apenas tiene muebles, ni electrodomésticos”). No juzga que su modo de vida, aislado y poco sociable, haya sido negativo (“El silencio ha servido para fortalecerme”), pese a saber que su jornada laboral es demasiado larga (“De diez de la mañana a nueve de la noche”) y que su vida, en sí misma, es insignificante (“Soy un documental en blanco y negro”). Los demás quizá sean más felices, pero él se limita a observarlos sin que la ambición o la envidia lo alteren (“Me comporto como los cautos espectadores de una obra teatral que no sé si por educación, prudencia o simple cobardía, no se atreven a abandonar la sala”), entre otras cosas porque es consciente de la flaqueza de su temperamento (“Soy extremadamente tímido”), circunstancia que con seguridad le facilita la existencia (“He aprendido algo fundamental para que a uno lo dejen vivir en paz: hay que respirar y callarse”).

Si desean conocer la historia completa de este singular personaje les sugiero que acudan hasta las páginas de El vigilante del salón recreativo, del malagueño José Antonio Garriga Vela. Creo que les puede llamar mucho la atención.

jueves, 23 de julio de 2026

El reino de los mil pájaros


 

Hace cinco generaciones, el rey y la reina de un lejano país de oriente optaron por separarse y, como consecuencia, también el territorio sobre el que mandaban quedó dividido en dos bloques (la parte amarilla y la parte azul), enfrentados de forma irreconciliable. Ciento cincuenta años después, la zona amarilla (que recibe el nombre de Tah-Ching) está gobernada por el Mandarín, un hombre belicoso que ha tomado la decisión trascendente de declarar la guerra inmediata para que sus vecinos de la zona azul (Tah-Chang) dejen de estar bajo el dominio de la Emperatriz y pasen a convertirse en súbditos suyos. Simétricamente, escuchamos que la citada Emperatriz, animada por su Consejera y su Ministra, ha tomado la misma decisión: enfrentarse a los rebeldes amarillos y unificar el reino bajo su femenino y autoritario mandato. ¿Es la guerra inevitable? ¿Nadie logrará impedir que se produzca ese desperdicio de vidas? La respuesta se encuentra en los hijos de tan ambiciosos dirigentes: el príncipe Yi-Jie, amante de los pájaros, el deporte, la poesía y la flauta (por la parte amarilla) y la princesa Xia-Mei, que adora el arpa, las flores y los gatos (por la parte azul). Casualmente, se encuentran en un prado sin reconocerse; y quedan extasiados al mirarse.

Con ese planteamiento y ese arranque, el valenciano Juan Ramón Barat elabora su obra El reino de los mil pájaros, una pieza teatral especialmente dirigida a los niños y jóvenes, donde florece la ingenuidad y donde menudean los juegos de palabras basados en la condición oriental del drama (“Lo estamos engañando como a un chino”, página 9; “Todo eso que dices me suena a chino”, página 16; “El bazar de los chinos”, página 19; “Si no queréis las dos que os castigue con una tortura china”, página 51; etc). Un alegato contra la guerra y a favor del amor que apela a los sentimientos más nobles del alma humana. Simpático.

miércoles, 22 de julio de 2026

El caso del artista cruel

 


Kurti Innauer es un artista plástico de Innsbruck tan petulante como exitoso: convive con una chica llamada Timna (que tiene la edad de su hija Klara), bebe como una auténtica esponja, se muestra desdeñoso con quienes le tributan su admiración, mantiene la relación con su esposa (Gundula) porque es su marchante y ha conseguido que sus cuadros, crueles, horrendos y desagradables (mezcla sangre, huesos, cristales y hasta cocaína con sus pigmentos) se vendan por auténticas fortunas (“Cada uno tiene un tipo de sensibilidad: yo veo lo cruel, lo repugnante del mundo y del ser humano, igual que otros ven solo lo rosa y lo cursi. Hay quien pinta gatitos blancos jugando con un ovillo de lana, hay quien retrata desnudos de mujer, hay quien pinta paisajes. Yo pinto cadáveres mutilados, drogadictos, torturas. Para todo hay mercado”).

Y, de pronto, un terremoto sacude su existencia y la pone patas arriba: su joven amante es encontrada muerta en el bosque. Klara, que podría ser sospechosa del crimen, se encontraba viajando en tren en ese momento. La esposa de Kurti, que podría ser también sospechosa del crimen por despecho, se encontraba a muchos kilómetros, con una sólida coartada. Y el propio Kurti, según testimonio de unos amigos que fueron a visitarlo esa tarde y de un vecino con el que mantuvo una agria discusión, estaba profundamente borracho, tirado en el sofá. Todos parecen quedar fuera de las sospechas iniciales… pero alguien tiene que haberla matado. Un collar exclusivo y carísimo que llevaba la víctima (y que ahora ostenta en su cuello la hija de Kurti), un cuadro presuntamente robado hace años (y que luce en el despacho del amante de Gundula) y una misteriosa cinta de audio que ha desaparecido se unirán al enredo para convertir El caso del artista cruel en una novela sinuosa, enigmática y justísima ganadora del premio Edebé de literatura juvenil. Si tienen oportunidad, les recomiendo que no se la pierdan: Elia Barceló nunca defrauda.

martes, 21 de julio de 2026

Los caminos del miedo

 


Cuatro propuestas nos ofrece Joan Manuel Gisbert en su libro Los caminos del miedo, y en todas se percibe, como no podía ser de otra manera, la solidez de un narrador curtido y polivalente que ha merecido galardones como el premio Lazarillo, el Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, el Barco de Vapor, el Gran Angular, el Edebé o el Cervantes Chico. Casi nada.

En la primera (“La obsesión de Amberes”), nos habla de Solange y de Jules, dos personas interesadas en el mundo del ocultismo que, sin conocerse, realizan la misma acción: visitar una fábrica abandonada en la cual, según los expertos, “se podía obtener una respuesta veraz a las incógnitas fundamentales de la vida”. Los dos desean formular una pregunta parecida, relacionada con su propia muerte, y muestran anhelo y a la vez pavor por el resultado de la consulta, que queda consignada en un sobre cerrado. ¿Querrán abrirlo? ¿Querrán leerlo? ¿Serán capaces de afrontar la brutal revelación que sus líneas contienen? Con una mezcla de terror gélido, metafísica y ciertas gotas de humor, Gisbert consigue un relato contundente y digno de aplauso, que sirve de primer plato en un menú que, además, contiene un duelo a muerte en Sevilla, acompañado de premoniciones macabras (“Los mensajeros de la muerte”); la angustia de una mujer cuando tiene que cuidar la inquietante caja que le deja en custodia su vecino, quien tiene un pavoroso ojo de cristal (“Pupilas de obsidiana”); o la paralizante gelidez que pone a Hans de Turingia al borde de la muerte mientras viaja, subido en su caballo, camino a Constanza (“En la llanura blanca”).

Que no se engañe nadie con la etiqueta de “autor LIJ” que suele adherirse junto al nombre del autor catalán: Joan Manuel Gisbert es un magnífico narrador que convence y encandila, sea cual sea la edad de la persona que abra el libro. Hagan la prueba.

lunes, 20 de julio de 2026

Insolación

 


Durante siglos, los hombres han dispuesto la vida y las normas sociales a su plena satisfacción, dejando a las mujeres en un puesto ingrato, obligadas a la renuncia, la aquiescencia o la infelicidad, con rictus serios y corazones malbaratados. La viuda doña Francisca de Asís Taboada (quien, pese a lo áspero de su condición, apenas tiene treinta y dos años) vive en Madrid una existencia tan rancia, tan bostezante y tan previsible como de ella se espera: asistencia a los oficios religiosos, directrices morales rígidas (emanadas del padre Urdax, su confesor), visitas protocolarias a casas tan honorables y aburridas como la suya y, por supuesto, relaciones frías y acartonadas con cualquier varón de su entorno, tenga la edad que tenga. Y ella, que es de una “formalidad cantábrica” (la fórmula pertenece a su creadora, doña Emilia Pardo Bazán), se aviene incluso con sinceridad a estos parámetros. En momentos de duda, se permite alguna rebeldía interna (“¿Por qué no han de tener las mujeres derecho para encontrar guapos a los hombres que lo sean, y por qué ha de mirarse mal que lo manifiesten?”); pero, por regla general, responde perfectamente al canon de la dama intachable. Hasta que aparece en su vida un donjuán andaluz llamado Diego Pacheco, al que ella encuentra cada vez más irresistible (para sorpresa del lector, porque el jovenzuelo reconoce ser mujeriego, gandul, veleidoso, sin oficio ni beneficio, violento cuando se le contradice y bastante controlador). Cada vez que el mozo se va, ella recupera la sensatez (“Cuando se va, reflexiono y caigo en la cuenta; pero en viéndole… acabose, me perdí”), aunque la cordura se desvanece en el momento en que vuelve a hacer acto de presencia, con su desfachatez meridional y su gracia campechana. Asís, sabiendo que lo más razonable es poner distancia entre ellos, para evitar las habladurías (“De poco le sirve a una mujer pasarse la vida muy sobre aviso, si se descuida una hora”), se repite a sí misma una y otra vez que no caerá, que no caerá, que no caerá… hasta que se llega a las últimas páginas y descubrimos el asombroso desenlace de la historia.

Reivindicativa, gran observadora (y gran crítica) de los absurdos rituales sociales de su tiempo (probablemente no menos ridículos que los nuestros), la gallega Emilia Pardo Bazán nos ofrece en Insolación un análisis magnífico sobre los corsés que atenazaban a las mujeres en el siglo XIX. Y lo hace, sobre todo, con una novela estupenda, cuya lectura sigue siendo amena y educativa.

domingo, 19 de julio de 2026

Comelobos



 

Federico García Lorca, que lo tenía en alto grado, popularizó en su tiempo la noción de “duende”, esa magia insondable que consigue encandilar a las demás personas con el fulgor que emana del artista. No se puede explicar con palabras, ciertamente. Es un aura, un brillo, una energía que quizá ni el propio emisor sabe controlar, pero que sus oyentes o lectores perciben. Paco López Mengual lo tiene, en mi opinión: basta con abrir cualquiera de sus libros y, de inmediato, adviertes que el ritmo de sus palabras, la gracia de sus frases, el tono, quién sabe qué, te envuelve y embriaga. Es el más oral de nuestros escritores.

Con la publicación de Comelobos (Tirano Banderas, 2026), esa evidencia se pone otra vez de manifiesto. Para arrancar, nos pide que nos situemos en 1862 y que concentremos la mirada en la figura de Hans Christian Andersen, autor que triunfa en toda Europa con sus cuentos y que ha decidido visitar nuestro país. El resultado de aquel viaje (cualquier enciclopedia o buscador de Internet lo confirma) fue la publicación del tomo Viaje por España, que se puede encontrar en el Centro Virtual Cervantes para su lectura. Hasta aquí, todo bien. Pero de repente Paco sonríe y nos cuenta que el escritor danés no quiso incorporar al volumen una experiencia que vivió junto al bandolero Comelobos y su cuadrilla, porque durante aquellos días cometió varios delitos que, en caso de conocerse, le podrían haber deparado la cárcel e incluso la horca. Ahora, prescritos todos ellos, es el momento de darlos a la imprenta. ¿Ven qué fácil? ¿Ven qué recurso tan ingenioso, el de aprovechar las “grietas en lo real”, para que la atención de los lectores se exalte? Paco es un maestro en esas lides. Y de su teclado emergen bandoleros que se disfrazan de guardias civiles para robar carruajes, gitanas de intensos ojos negros que bailan de noche junto a la hoguera, ciegos fingidos que engatusan al público en la plaza de Santo Domingo de Murcia, gobernadores más simples que el mecanismo de un chupete, el cuerpo decapitado de un salteador de caminos (que, para sonrisa de todos, era conocido como El Marujo y nació en Molina de Segura) o la voz intuida de un recitador de romances que aparece en la página 24 y que se llama Emilio del Carmelo.

Paco tiene una coctelera mágica, donde deposita humor, sencillez, humanidad, talento narrativo e ingenio. Luego la agita. Y siempre salen historias maravillosas, como este Comelobos, que harían ustedes bien en leer.

sábado, 18 de julio de 2026

Las batallas en el desierto

 


Al bajar por la calle de Blanca donde me crie, casi al final, había un chico que se sentaba en la puerta de casa a coser alfombras de esparto. Un poco más allá vivía un policía, cuyo hijo (o él) se llamaba Ángel. A pocos metros estaba la pescadería de los hermanos Cano, donde yo compraba las sardinas que me encargaban mi abuela o mi tía Esperanza (detrás del mostrador había un bellísimo mural pintado por Pedro, el hermano pequeño, ahora reconocido internacionalmente). Muy cerca se podía ver el estanco, fabricado entero de madera, junto a las carteleras del cine, donde colocaban fotogramas del próximo estreno. Al lado, la peña, el pequeño casino al que mi padre acudió con los amigos durante un tiempo (conservo una fotografía de entonces). Después, la confitería de la Concha Parra (cuyo hijo Ricardo Candel terminaría siendo médico de renombre y amigo queridísimo de mi familia). Y, casi enfrente, el bar de Felicito. Soy capaz de recordar hasta los menores detalles de cada uno de esos sitios (incluido el mural de Pedro Cano, en el que me fascinaba la figura erguida de un hombre bigotudo, que sonreía con los brazos en cruz y sostenía pescados).

Imagino que, a estas alturas, cualquier persona que esté leyendo con amable paciencia mi reseña se preguntará a qué demonios viene esta rememoración, tan personal como en apariencia incongruente, y la respuesta es sencilla: en Las batallas en el desierto, el mexicano José Emilio Pacheco dedica el primer tercio de la obra a dibujar la acuarela del recuerdo: las calles de la infancia, los juguetes, los olores, el trazado polvoriento de las calles, todos los perfiles de un mundo ya perdido, en el que los protagonistas de la novela se desenvolverán.

El resto, siendo hermoso (no seré yo quien lo niegue), se limita a ser una “historia”: el modo en que el niño protagonista se enamora de Mariana, la madre de su mejor amigo, y vive los tormentos derivados de esa debilidad: que sus padres monten en cólera por la “perversión” del chico, que lo obliguen a acudir a la iglesia para confesarse (el cura le hace las típicas preguntas pervertidas que tan usuales eran -no sé si siguen siendo- entre los sacerdotes de la época) y que finalmente lo lleven al psiquiatra (un despacho donde le hacen tests de lo más ridículos, para llegar a conclusiones también ridículas). Para el narrador, todo este circo resulta incomprensible: ¿dónde está la maldad en el hecho de haberse enamorado? ¿Qué hay de sucio o de pecaminoso en algo tan natural? (“El amor es una enfermedad en un mundo en que lo único natural es el odio”, anota en el capítulo XI). Una obra breve, quizá no memorable, que me ha gustado más en su plano evocador que en el narrativo y que me ha devuelto por unas horas a mi propia infancia.

viernes, 17 de julio de 2026

El caso Kurílov


 

¿Qué nos cuenta Irène Némirovsky en su novela El informe Kurílov (que he leído en la traducción de José Antonio Soriano Marco para el sello Salamandra)? De forma muy resumida, la historia de León M., hijo de unos padres revolucionarios, que creció en su sanatorio para tuberculosos y que murió en Niza en 1932. Muy joven (en 1903), recibió del Comité el encargo de poner fin a la vida del ministro ruso de Instrucción Pública, Valerian Kurílov; y hacerlo, además, de forma bien visible, para que el pueblo compruebe el poder de los rebeldes antizaristas. El muchacho, un urbanita fervoroso (“Odio la naturaleza. No he sido feliz más que en las ciudades”), consigue que lo contraten como médico de Kurílov, y pronto se da cuenta de que un cáncer de hígado lo está matando. ¿Merece la pena matar a quien está condenado a morir en cuestión de meses? Esa es la pregunta que desde los primeros días atormenta al encendido revolucionario (oculto bajo la identidad de Mr. Legrand, médico suizo) quien, por su posición cercana al ministro, tiene ocasión de conocer a su segunda esposa (la antigua cantante Marguerite Eduardovna) y a sus hijos; pero también a los execrables adláteres que lo rodean: el codicioso Dahl, que ansía sorprendentemente su puesto (“Un ciudadano corriente tiene derecho a ser codicioso, porque sabe que de lo contrario morirá de hambre. Pero las personas que lo poseen todo, dinero, relaciones, tierras, jamás se dan por satisfechos. No puedo entenderlo”); el anacrónico zar (que llega a exigirle a Kurílov que abandone a la cabaretera, si desea seguir siendo ministro); e incluso los revolucionarios que mantienen la conexión Suiza-Rusia (tan rígidos y tan implacables como sus víctimas).

Pero lo que nos está contando realmente Irène Némirovsky es algo mucho más denso y más interesante que un mero relato de urdimbre política, porque nos habla de temas que, pareciendo locales o coyunturales, son universales, como la depredación y las intrigas que rodean siempre a quienes frecuentan el poder; las luchas intestinas (tan tenues como implacables) que se ponen en funcionamiento para medrar; y, por encima de todo, la rica y desconcertante ambigüedad que impregna a todos los seres humanos, capaces de las mayores bajezas y de los sacrificios más admirables. Aquí no hay “buenos” y “malos”, porque todos los actores participan de la luz y de las tinieblas a la vez: todos son (todos somos) sublimes y rastreros, excelsos y execrables, ángeles fieramente humanos (para decirlo con Blas de Otero). La escritora de origen ucraniano nos ayuda para que no olvidemos esa verdad. Léanla.

jueves, 16 de julio de 2026

Cartas a Leonor


 

Recuerdo perfectamente (creo que muchos recordamos perfectamente) los días de la pandemia del covid. Aquella sensación de claustrofobia, de ansiedad, de temor, de incertidumbre, de zozobra. Aquellos números terribles de víctimas, que crecían a diario en las pantallas de la tele y el ordenador. Aquella desolación de calles vacías, vistas desde una ventana. Aquel silencio.

Lola también lo recordará, porque el confinamiento la alejó de su grupo de vóley, de sus amigas y del chico que le gustaba (Lucas), para encerrarla en un hogar pequeño, con sus padres (con quienes mantiene una relación fría y cortante) y con su abuela Leonor (a la que acogieron unos días antes, por sus problemas graves de memoria). Harta de aquella cárcel incómoda, su carácter se vuelve más irascible y responde a todos con acrimonia. Por fortuna, el temperamento dulce, calmado y conciliador de su abuela servirá para que todo se desarrolle con menos tensión, sobre todo desde el momento en que la anciana empiece a contarle a su nieta sus recuerdos de juventud, donde reinó la figura de Antonio, un muchacho de Soria… que no fue el abuelo de Lola. Los poemas de Campos de Castilla y una vieja carta del chico (la última que le envió) servirán para que Lola empiece a entender lo que realmente deberá hacer cuando terminen los días del coronavirus, guiada por una frase de Leonor, que se convierte en columna vertebral del relato: “La historia de esta familia continuará contigo: tú eres la memoria viva de tus abuelos, de tus padres, de todos los que se fueron y de los que no están. Mi historia personal desaparecerá conmigo porque nadie más la conoce”.

Con el desarrollo de una doble línea narrativa muy interesante (el ayer de la abuela y el hoy de la nieta), la novelista madrileña nos va guiando a los lectores hacia el mañana de todos los personajes, que se iniciará en un cementerio, donde tres lápidas se convierten en culminación y protagonistas de un relato magnífico, emotivo y admirable, en el que literatura, amor y vida enlazan sus dedos. ¿Un libro para jóvenes? Por supuesto. ¿Un libro para enamorados de la poesía? Que nadie lo ponga en duda. Pero, sobre todo, una novela profundamente humana, en la que se exploran las dudas juveniles (la amistad, el amor, las relaciones con los padres), la quebradiza condición de la “normalidad” (que puede verse alterada por algo tan asombroso como un virus) y la fortaleza que podemos extraer, si somos capaces de buscarla, dentro de nuestro espíritu. Un libro para llorar, para aprender y para aplaudir.

miércoles, 15 de julio de 2026

La muerte ajena

 


Los hechos son terribles: una chica de veintitrés años, llamada Juliana Gutiérrez, ha caído desde el quinto piso de un edificio del barrio de la Recoleta (Buenos Aires) y se encuentra en un hospital, debatiéndose entre la vida y la muerte. Pero son los detalles los que enturbian pronto la historia: la chica estaba drogada; la chica estaba desnuda; la chica estaba en el apartamento del empresario Santiago Sánchez Pardo; la chica trabajaba como escort (acompañante vip con derecho a prestaciones sexuales). De inmediato, surgen las dudas y las hipótesis: ¿se trata de un accidente, de un suicidio o de un asesinato? Añadamos más condimentos al plato principal: Juliana compartía padre con Verónica Balda, famosa periodista radiofónica, quien pronto comienza a interesarse por el caso, sobre todo porque los rumores crecen y se enredan de una forma imparable. Se habla de prostitución de lujo, se habla de empresarios que controlan el poder de forma secreta, se habla de intervención de los servicios secretos argentinos. Añadamos un segundo plato al menú: Juliana tenía grabaciones de audio, documentos fotografiados y todo tipo de pruebas que incriminaban a su sugar daddy (Santiago Sánchez) en tramas tan oscuras como inquietantes; y quería que esas pruebas llegaran a las manos de Verónica, para que las utilizase como base de una investigación y de un proceso legal.

Esos mimbres argumentales, que podría haber servido para construir una novela sencilla, rectilínea y comercial, sirven a Claudia Piñeiro para conformar un relato poliédrico, donde varios personajes se erigen sucesiva y complementariamente en narradores: Leticia Zambrano (quien trabaja con Verónica y compartió con ella el premio Rey de España de periodismo), Pablo Ferrer (pareja de Verónica) y, por supuesto, las revelaciones parciales, pero muy significativas, de Juliana, Santiago o la propia Verónica. A ese mosaico laberíntico es invitada a sumarse la persona que está leyendo, quien tendrá que unir las piezas y restablecer, en la medida de lo posible, lo que realmente ocurrió en este “entramado de sexo, poder, política y servicios secretos” que se parece, triste y certeramente, al mundo en que vivimos. La propia narradora bonaerense lo dice: “Estamos parados sobre el juego de la oca más siniestro, dando pasos hacia atrás. Es evidente que una ola ultraconservadora se esparce por el mundo entero, no sólo por nuestro país. Lo que parecía superado, regresa. Los consensos se rompen, los derechos que parecían adquiridos para siempre se ponen en cuestión y peligran. Lo que se callaba porque era vergonzante, ahora se grita a los cuatro vientos. Muy triste”. ¿Les suena ese análisis? ¿Están conformes con él? Frente a los novelistas que se atascan en una visión férrea o que nos invitan a aceptarla sin más vacilaciones, Piñeiro nos propone la duda (“La verdad no es lo que cuenta Pablo. La verdad no es lo que cuenta Zambrano. Tampoco es lo que cuento yo”). La realidad es un territorio cenagoso, donde el poder, los traumas familiares, el dinero, la prostitución, la libertad, la mentira y el crimen campean, y donde no cabe asumir posturas ingenuas o unilaterales: con esa zozobra, casi cuántica, debemos afrontar la lectura.

martes, 14 de julio de 2026

El viaje a ninguna parte

 


Ha habido, por fortuna, muchos libros con cuyo final me he emocionado, pero poquísimos con los que haya llorado (literalmente) mientras recorría sus últimas páginas, teniendo que pararme porque las lágrimas me empañaban los párrafos. Ahora me ha vuelto a ocurrir con El viaje a ninguna parte, de Fernando Fernán-Gómez. No soy palabrotero, como bien saben quienes me conocen, pero qué puta maravilla. Qué jodida genialidad. Qué impagable e irrepetible retrato sobre una profesión arrastrada y ambulante como fue la de los cómicos, aplaudidos durante el ratito de la representación y despreciados como perros durante las veintitrés horas restantes del día. Viviendo de mendrugos, soportando pedradas y expulsiones, mirados con suspicacia en tabernas y fondas, extranjeros en todos los pueblos de España e incluso enterrados fuera del espacio sagrado.

En esta obra escuchamos la voz de Carlos Galván, un viejo actor que está ingresado en la Residencia de Ancianos San Carlos Borromeo y que resume para el doctor Arencibia muchos detalles de su trayectoria. Le habla de sus difíciles inicios, cuando la compañía actuaba en bares, plazas y cuchitriles inmundos, sin más pago que algunas monedas lanzadas casi con desdén; de la  competencia que mantenían (tan desigual) con el cine (ah, el personaje de Solís), los seriales de la radio y el fútbol; de la desoladora tristeza de no comer todos los días, porque la recaudación no daba para esos dispendios (su hijo Carlitos juega partidos de fútbol porque le dan la merienda; y alguna chica de la compañía abandona para trabajar en un bar “de camareras” o se muestra dispuesta “a todo” a cambio del sustento); de la búsqueda constante de pueblecillos donde se les acepten dos o tres días de función, para saber que se comerá caliente esas jornadas. Uno de los personajes de la obra, mirando a la vez con desdén y con pena a los actores, les dicen que ellos son ya fantasmas, personajes anacrónicos a los que barrerá muy pronto el viento de la historia; y, aunque son conscientes de esa amarga verdad (“Yo sé que el teatro no morirá nunca. También es teatro lo que hacen por la radio. Y lo que echa el jodío Solís en su cine. Pero este nuestro de los caminos se ha acabado, está dando las boqueadas”), siguen dibujándose bigotes y declamando con sus voces gangosas, para provocar los aplausos y las carcajadas del público.

Al final, justo al final, descubrimos la última fantasía consoladora de Galván, que tiene un brillo inigualable y que les ruego que visiten, antes de ver la película. Les aseguro que aplaudirán, puestos en pie, al viejo cómico Fernando Fernán-Gómez.

lunes, 13 de julio de 2026

El gran gigante bonachón


 

Siempre me he sentido en deuda con aquellos autores y autoras cuyos libros me han emocionado, enseñado o distraído a lo largo de mi vida. Medio siglo como lector dan, es evidente, para muchas gratitudes. Pero desde hace veinte años, me siento particularmente deudor de aquellas autoras y autores cuyos libros han provocado sonrisas o caras de asombro a mis hijos. Es una felicidad especial, que cualquier padre o madre que haya leído para sus cachorros a la hora de dormir compartirá conmigo. Ver sus ojos brillantes, escuchar sus suspiros de alivio o responder a su petición de “una página más” no tiene precio.

Roald Dahl, merecedor siempre de mis aplausos, me regala otros momentos inolvidables con El gran gigante bonachón, la historia de un ser de apariencia monstruosa (ocho metros de altura, orejas descomunales, vestido de negro) que, descubierto por la huérfana Sofía, decide raptarla y llevársela a su lejano país, para que no denuncie su presencia a las autoridades. Pronto, la niña descubrirá que GGB es inofensivo, aunque no se pueda predicar otro tanto de sus nueve compañeros, antropófagos, brutales y el doble de altos que él, quienes realizan incursiones nocturnas por todos los países del mundo para llenar sus andorgas. ¿Existirá alguna forma de detenerlos? La única habilidad que GGB domina es ser capaz de inspirar sueños en los seres humanos. Pero esa destreza, ¿será útil para neutralizar a sus desagradables congéneres? Sofía, tan pizpireta como ingeniosa, comienza a poner en marcha su cerebro; y traza un plan en el que será necesaria la ayuda de la mismísima reina de Inglaterra.

Roald Dahl combina aquí los escalofríos con el sentido del humor (en especial, en las secuencias donde habla del gasipum, una bebida cuyas burbujas bajan en lugar de subir y provoca popotraques (pedos) tan aparatosos como risibles). Y, en un plano más trascendente, invita a sus jóvenes lectores a reflexionar sobre las contradicciones del ser humano. Es verdad que resulta horroroso ser comido por seres más fuertes, pero quizá los corderos, los cerdos o los patos piensen lo mismo de nosotros. La lección es dura, aunque inevitable: también los seres humanos fabricamos las normas, ay, a nuestra medida.

domingo, 12 de julio de 2026

Clarissa


 

Sigo con los libros de Stefan Zweig, de quien ahora recorro su novela inconclusa Clarissa, en la traducción de Marina Bornas Montaña para el sello Acantilado. Su protagonista es la hija de un militar austríaco que, huérfana de madre y criada en el colegio de un convento en Viena desde los ocho hasta los dieciocho años, tiene que enfrentarse sola al mundo cuando su progenitor, apartado del servicio, decide irse de la ciudad. Tanto su hermano como ella tendrán que abrirse camino en la vida de un modo autónomo: él, como militar; ella, como ayudante del psiquiatra Silberstein, quien no comparte con su colega Sigmund Freud la idea de que conocer el origen de las neurosis sea positivo para sanarlas: él prefiere aportar al paciente otra obsesión distinta, que le resulte inofensiva… y útil (“Más bien creo que se sienten mucho mejor los que no conocen sus puntos débiles. Es mejor no conocer jamás tus propias flaquezas”). Durante un congreso en Lucerna, al que asiste por indicación de Silberstein, conoce a Léonard, un profesor de instituto de Dijon, que cree en el poder de la educación, en el socialismo y en la importancia de la gente anónima (“¡Ah! Amo a la gente pequeña, a los no ambiciosos, a los que no hacen ruido, a los comedidos; son los fuertes y justos sobre los cuales, según la Biblia, se erige el mundo”), además de odiar la guerra y considerar las ideas nacionalistas como altamente peligrosas (“El nacionalismo lo corrompe todo. Es el mal que coloca una única patria por encima de todas las demás. Nos involucramos de lleno en las necedades que cometen nuestras naciones. En el patriotismo. ¿De qué nos sirve ser honrados y bienintencionados si encima de nosotros hay un puñado de personas que no quieren serlo? Ellos miran las banderas extranjeras con la hostilidad del toro que se abalanza sobre la tela roja. Tenemos que romper con el patriotismo. ¡Al diablo con las naciones!”). Fruto de esa relación, que se inicia como amistad y que culmina como amor, es el embarazo de Clarissa, que no descubrirá hasta que, unas semanas más tarde, se encuentren en plena Guerra Mundial, con él en Francia (su país de origen) y ella en Austria: el azar caprichoso de la geopolítica los ha convertido en enemigos.

Una novela excelente, como no podía ser de otro modo, llena de inteligentes reflexiones sobre el honor, la honradez, el amor, la fidelidad y la entereza; pero que deja un poso agridulce en los ojos cuando, al llegar a las páginas finales, comprendemos que la historia no terminaba ahí. Qué pena.

sábado, 11 de julio de 2026

Amores en fuga


 

Cada amor, como cada muerte y cada vida, crece y se dibuja con ropajes distintos. Es cierto que hay patrones, repeticiones y recurrencias; pero también es verdad que los matices (que pueden llegar a ser millonarios) convierten en única cada experiencia. El inteligente y brillante narrador alemán Bernhard Schlink, que lo sabe muy bien, nos entrega en Amores en fuga una serie de relatos que, traducidos por Joan Parra Contreras, leo con auténtico placer. Y en ellos descubro obsesiones, liturgias, decepciones, esplendores y lágrimas que, en proporciones variables, jalonan siete experiencias de gran intensidad: el hombre que ha crecido junto a un cuadro misterioso que su padre ha querido proteger y ocultar, sin que hasta sus años adultos se formule preguntas y extraiga conclusiones sobre el mismo (“La niña de la lagartija”); una amistad surgida entre personas del Berlín Este y el Berlín Oeste, en los años que rodean a la inminente destrucción (mal llamada “caída”) del Muro (“El salto”); el viudo que, en pleno dolor por la pérdida de su mujer, descubre de forma triste y azarosa que ella mantuvo una aventura con otro hombre durante años (“El otro”); el exitoso arquitecto que, voluble y sin someterse a cortapisas morales, mantiene vínculos sexuales con dos amantes, a la vez que sigue casado con Jutta (“Guisantes”); el joven alemán que, enamorado de una chica judía y consciente de que pertenecen a mundos antagónicos, decide acometer un acto simbólico para merecer su amor (“La circuncisión”); la tristeza de un enviado de paz que, tarde (casi siempre es tarde cuando se descubren las cosas importantes), comprende que no ha sido demasiado cariñoso con la persona a la que más quiere (“El hijo”); o el hombre que, perseguido por un sueño recurrente, se descubre atrapado por él mientras viaja con su esposa por los Estados Unidos (“La mujer de la gasolinera”).

Los relatos son de una belleza y una perfección formal muy notables, pero quizá su mayor atractivo resida en la manera en que capturan y convierten en tinta las decepciones, los yerros, las congojas irremediables que asaltan al ser humano cuando mira hacia atrás y comprende que, en cierta bifurcación que la vida le puso delante, optó por el camino equivocado.

viernes, 10 de julio de 2026

Fervor de Buenos Aires

 


Con dos poemas muy significativos comienza Jorge Luis Borges (un veinteañero cuando el libro fue publicado) su obra Fervor de Buenos Aires. En el primero nos habla de las calles de la capital argentina, los cuales “ya son mi entraña”; en el segundo se detiene a comentarnos sus impresiones sobre la Recoleta, el famoso cementerio donde descansan Eva Perón o Domingo Faustino Sarmiento (un recinto al que etiqueta como “El lugar de mi ceniza”). No se puede definir un espacio emocional con más exactitud: las calles de los vivos y las calles de los muertos. O, dicho de otro modo, el Buenos Aires de los ojos abiertos y el Buenos Aires de los ojos cerrados. Su Buenos Aires. A partir de ese momento, todo el fervor pregonado desde el título, todo el amor y la exaltación que Borges sentía en su pecho se va expandiendo por ciertas luces que declinan en los atardeceres (“Calle desconocida”); largas horas donde los naipes parecen detener el tiempo y establecer su propio ritmo (“El truco”); homenajes a su abuelo, el coronel Isidoro Suárez (quien “dilató su valor sobre los Andes” y del que pregona que “la audacia fue costumbre de su espada”); la constatación de que incluso el ser más infame queda, con el paso del tiempo, reducido a la sombra de la insignificancia (“Rosas”); el núcleo urbano como condensador o amalgama de todos los tiempos del poeta (“Esta ciudad que yo creí mi pasado / es mi porvenir, mi presente”); la presencia triste de algún mendigo, que “agrava la tristeza de la tarde”; e incluso algún homenaje literario, como el que rinde a “Walt Whitman, cuyo nombre es el universo”.

Poco más de veinte años tenía, sí, pero qué voz tan depurada y tan brillante se advierte en estos poemas, que prefiguran ya lo que vendría a continuación. Pocos escritores maduros están ya en el escritor inicial. En el caso de Borges, entiendo que sí se produce en buena medida ese milagro venturoso.

jueves, 9 de julio de 2026

Prohibido suicidarse en primavera

 


Prohibido suicidarse en primavera. Podría ser el título de una comedia, en la que burbujeasen bromas, brillasen los juegos de palabras y flamearan las banderas del optimismo y el buen humor. Podría ser también el título de un drama amargo, donde se desnudara el alma de unos personajes heridos, que buscan en la muerte el alivio eficaz y último para sus desventuras. Entonces aparecen la mirada triste y la pluma inigualable de Alejandro Casona, y nos lanza un interrogante: ¿Y por qué no ambas cosas? Para construir esa gloriosa mezcla nos invita a imaginarnos “en el Hogar del Suicida, sanatorio de almas del doctor Ariel”, un lugar donde las personas desesperadas pueden hospedarse mientras piensan en el mejor modo de quitarse la vida. En realidad, se trata de un centro dirigido por el doctor Roda (discípulo y admirador de Ariel, un benefactor que pertenecía a una familia de suicidas y que logró evitar para sí mismo ese destino deprimente fundando este espacio); y el objetivo de su trabajo es lograr que sus usuarios desechen la idea de la muerte gracias a la belleza del entorno y el trato con los demás. En este Hogar casi surrealista encontraremos a un doctor que, sabiéndose gravemente enfermo, dio muerte a su hija paralítica para que no se quedara sola tras su desaparición; a un enamorado hiperbólico que no ha conseguido el amor de la cantante de ópera Cora Yako; a Hans, que ha perdido todo cuanto tenía y que percibe este centro como su destino final; a Chole, quien sabiéndose querida por dos hermanos (Fernando y Juan), estima que el suicidio es la forma de liberarlos de su presencia (Borges, en su cuento “La intrusa”, eligió una conclusión no menos drástica). Son personas atribuladas, heridas por el desamor, huérfanas de brújulas, a quienes Alejandro Casona nos presenta con infinita ternura y con infinita bondad, y con los que se permite, además de una mirada compasiva, algunos instantes de humor para aliviar su zozobra. Sirva como ejemplo la secuencia en que una mujer llena de entusiasmo, le dice a su amado: “Yo te imaginaba vibrante, apasionado… ¡Subiéndote por las paredes al verme, arrancando las retamas al correr, saltándome a los hombros!”. El chico, avasallado por su facundia, le replica con ingenio: “Tú te imaginabas un cruce de jabalí y orangután”.

Ese es Alejandro Casona: el dramaturgo delicado, respetuoso y sensible, que dibuja sus obras con una enorme dosis de humanidad y que nos invita en todo momento a mirar con cariño y con piedad a sus criaturas. Porque podríamos ser nosotros.

miércoles, 8 de julio de 2026

Yo que fui un perro


 

Leo el libro Yo que fui un perro, de Antonio Soler, y me produce unas sensaciones intensas y contradictorias, de atracción (literaria) y de rechazo (íntimo). El protagonista es un estudiante de medicina, Carlos, que vive con su madre (el padre murió) y cuya mente parece estar sometida a un continuo oleaje de rarezas: se concentra en limpiar con un paño húmedo las hojas de las aspidistras de su casa; imagina tragedias tan aparatosas como inquietantes (“Mi madre había ido a un pueblo con su amiga Carmen. Tardó. Pensé que había tenido un accidente de coche y que tendría que ir al hospital o al cementerio. Reconocer el cadáver. Lo imaginé en una de las mesas de la sala de Prácticas de Anatomía. Casi busco en los cajones para mirar lo del seguro de defunción”); observa su entorno con unas pupilas siempre negativas y macabras (“La noche lo convierte todo en un pozo. He sentido ganas de llorar. Me ha dado miedo asomarme a la ventana y ver los edificios como lápidas flotando en la oscuridad”); se obsesiona por las relaciones sentimentales que haya podido tener su novia (Yolanda) y que lo hieren como si fueran bisturíes (es un celoso patológico), además de pretender regular sus acciones, sus simpatías y su horario (“Le comenté las cosas que no debe hacer. Tampoco me agrada la amistad tan estrecha que ha alcanzado con Verónica. No le dije nada sobre eso. Mejor dosificar. Como se hace con los medicamentos”); y que, en ocasiones, incluso llega a ser consciente de lo arduo y conflictivo de su carácter (“A veces pienso que quien hace esas cosas es otro. Alguien que nada tiene que ver conmigo. Alguien que incluso se burla de mí. O por lo menos que me sabotea. No voy a saber quién soy hasta dentro de no sé cuánto tiempo. Y tampoco hace falta porque así soy más libre”).

Alrededor de este personaje controlador y egocéntrico, que no se considera amigo de nadie (él es superior), que se masturba cada dos por tres pensando en amigas o en madres de amigos y que se muestra refractario incluso a la hora de expresar dolor por la muerte de un compañero, todo parece quedar cenagosamente turbio. Como ejemplo, sus continuas rupturas y reconciliaciones con Yolanda, que se repiten de forma irritantemente tediosa; o la manera infame (pero reveladora desde el punto de vista freudiano) en que espía a su propia madre, porque un simple número de teléfono le hace pensar que tiene un amante o porque su amistad con Carmen le parece “sospechosa” de lesbianismo. Con ese dibujo anímico, a nadie le resultará extraño que Carlos vigile a Yolanda, que cronometre sus entradas y salidas, que la coja “demasiado fuerte” del brazo o que, en los párrafos últimos, incurra en violencias más execrables.

Novela incómoda, contundente y ríspida, cuya lectura provoca malestar y que probablemente no sea adecuada, por su dureza, para todos los públicos.