domingo, 31 de mayo de 2026

La Casa del Pánico


 

Creo que esta dilatada felicidad de leer por las noches a mis hijos pequeños está llegando a su fin, porque el menor está a punto de entrar en el instituto y antes de que pueda darme cuenta renegará de mis lecturas. Por ahora, sigo con mi tenaz difusión de la literatura oral con el libro La Casa del Pánico, de Carlos Guillermo Domínguez, que a despecho de su rótulo editorial no tiene nada de terror, sino más bien de ternura, de sorpresa y de sonrisas.

Siete niños cuya inicial es idéntica (Pilar, Paco, Pepe, Pedro, Pablo, Paloma y Paula) utilizan una vieja casa abandonada para, en compañía de su perro Bunting, reunirse, escuchar música, tomar refrescos, leer cómics y protegerse de la lluvia. En su jardín hay una fuente con una graciosa figura del dios Pan (de ahí proviene el nombre que han dado a la vivienda). Pero ese idílico panorama se vendrá abajo cuando una pareja alemana compre el inmueble y se instale allí, obligando a los chicos a que abandonen el lugar, llevándose todas sus pertenencias. ¿Se van a rendir tan fácilmente? En modo alguno. Han vivido tantos momentos felices entre aquellas paredes que les resulta doloroso renunciar a la casa así porque sí; e inician una campaña para recuperarla. La sorpresa vendrá cuando descubran que los “horrendos” alemanes son, en realidad, dos personas encantadoras, que están ahora en España porque… Y, como decía Mayra Gómez Kemp, “hasta aquí puedo leer”.

Háganse un favor, y háganselo también a sus hijos pequeños, leyendo la historia. Van a pasar unos ratitos encantadores.

sábado, 30 de mayo de 2026

Un hombre en el zoológico

 


Tras haber leído y reseñado, hace seis meses, la curiosa novela De dama a zorro, de David Garnett, en la traducción de Enrique Murillo (https://rubencastillo.blogspot.com/2025/11/de-dama-zorro.html), acudo ahora a Un hombre en el zoológico, del mismo autor y del mismo traductor. Me vuelve a cautivar su forma de escribir y, sobre todo, su asombrosa facilidad para desarrollar ante nuestros ojos historias anonadantes. En este caso, todo parece que se inicia de un modo tranquilo, pero de inmediato deriva hacia el delirio. El joven John Cromartie, tras pedirle infructuosamente matrimonio a Josephine Lackett (que lo considera un egoísta por pretender que se centre sólo en él, desdeñando al resto de seres humanos), escribe a los responsables de los Jardines de la Sociedad Zoológica, ofreciéndose para ser enjaulado y expuesto de cara al público. Su propuesta, sorprendentemente, es aceptada. Una vez dentro, suscita una enorme curiosidad (en las personas que visitan el recinto) y muchos celos (en los demás animales, que perciben con ira el modo en que acapara la atención). Mientras fuma su pipa con perfecta calma británica, lee libros de Frazer y de Goethe. Y se inicia un tira y afloja entre él y Josephine. Ella lo visita y, sintiendo un profundo asco por la situación, decide que no repetirá la experiencia (“Hubiera sido una cobardía dejar de ir, no hubiese estado de acuerdo con mi personalidad. Pero sería una cobardía por mi parte ir otra vez. Sería una debilidad”, p.116). Pero sí que vuelve: fundamentalmente, para decirle que está loco. Eso a él le hace concebir ciertas ilusiones: estima que Josephine no se molestaría en insultarlo si le resultara indiferente. De todos modos, le hace saber a la chica que prefiere que no vuelva a visitarlo, y ella responde con gran dureza: “¡Que tú me prohíbes que venga! ¿No comprendes que estás aquí para que la gente te vea? Tanto yo como cualquier persona que pague un chelín puede venir y quedarse todo el día mirándote” (p.137). Pero luego modera la acrimonia de su discurso: “¿Cómo puedes pensar que quiero hacerte daño cuando si he venido a esta desdichada prisión en la que estás metido es porque te amo, y porque no puedo olvidarte a pesar de todo lo que has hecho con el solo propósito de herirme?” (p.138). Como ven, un juego psicológico y amoroso de curiosa textura.

Pero permítanme que no les aporte más detalles de esta novela, cuya espiral delirante sigue creciendo hasta la última página, pues no quiero estropearles el disfrute individual que de ella sin duda obtendrán. Permítanme, también, que no emita ninguna opinión sobre las posibles lecturas metafóricas del texto o sobre las “intenciones” que pudo tener Garnett cuando lo escribió. Todo eso, como siempre, deben decidirlo ustedes, en su calidad de lectores soberanos de la obra. A mí me ha cautivado.

viernes, 29 de mayo de 2026

Yo nací con la bossa nova


 

Creo que es la tercera vez que leo esta obra. La primera fue en 2000-2001, para reseñarla en el periódico La Verdad, de Murcia; la segunda, en el verano de 2004, en unos días turbulentos de separación y reconstrucción; y la tercera, ahora, en estas primeras semanas de mi retiro. Sigue pareciéndome, como ya lo hizo en las dos ocasiones anteriores, una obra estupenda, donde se asiste al nacimiento y la evolución vital de una chica que, como bien advierte el título, nació casi a la vez que la bossa nova (me dan ganas de sumarme a la broma, diciendo que yo, que vine al mundo al comenzar 1966, lo hice anunciado por el Rubber Soul de los Beatles, aparecido poco antes). En su familia conoceremos a un padre locutor de radio (que firmó un férreo contrato por el que se negaba a dar noticias negativas) y una madre con tendencias depresivas: ambos contribuyeron con sus ideas ateas y progresistas a forjar una buena parte de su personalidad. Como contrapeso, una abuela tradicional y creyente, que conversa habitualmente con ella y que le dice a la narradora con absoluto convencimiento que su ángel de la guarda se llama Felipe. Al otro lado del océano Atlántico, unos tíos y primos que tuvieron que salir a causa de la guerra de 1936. A este lado, una dictadura que agoniza, pero que se empeña en seguir aferrando con puño de hierro las riendas del país. En medio, la chica que crece rodeada de música (“Yo deseaba tener talento musical como el tío Enrique, pero, a pesar de haber nacido con la bossa nova, no había nacido para la música. En el fondo le estoy agradecida a ese defecto constitucional mío, gracias a él la bossa nova no sale de mí hacia afuera, vaciándome, sino que viene de afuera a llenarme, a repararme, a confortarme, a cerrar como un bálsamo las heridas de la vida, con el dulce apósito de su enorme caudal de belleza”, p.53); que descubre la mezquindad política y cultural que la rodea (su padre se lamenta en la página 46 de que las autoridades no autoricen un homenaje a Machado en Baeza y algo después, en la 64, le produce rabia que no le dejen radiar Yerma); que accede al mundo de la sexualidad (sobre todo con su novio Carlos, aunque no elude un breve encuentro lésbico con su amiga Alicia); que concibe la fantasía de matar a Pinochet, aunque no concreta los detalles para cumplir ese ilusionado proyecto (“Para soñar, los matices sobran”, p.85); y, en fin, que va creciendo, por dentro y por fuera, en unos años complejos y decisivos.

¿Hay que leer a Lola López Mondéjar? Yo creo que sí. ¿Se disfruta con sus libros? Por supuesto. ¿Volveré a estas páginas dentro de unos años? Muy probablemente. No les digo más.

jueves, 28 de mayo de 2026

Algo sucede

 


Sigo explorando la obra poética de José Agustín Goytisolo y me detengo en las páginas de Algo sucede, donde encuentro admirables composiciones, llenas de ironía melancólica (como en “Por mi mala cabeza”, donde sugiere que quizá algún día lleguen a descabezarlo, por su torpeza), de humor triste (véase “Hombre de provecho”, que resulta imposible separar de la versión cantada por Paco Ibáñez y en cuyos versos nos habla de los consejos que le dieron siempre sus mayores para que se situase por encima de los demás y para que se alzase “sobre los pobres y mezquinos / que no han sabido descollar”), de homenajes literarios bellísimos (el que tributa a Rafael Alberti con motivo de su septuagésimo cumpleaños; o esos heptasílabos pareados con rima asonante que redacta tras la muerte de Carles Riba; o ese delicado recuerdo de la sonrisa eterna y generosa del malagueño Vicente Aleixandre) o de críticas al avispado oportunista que pretende vivir del cadáver del maestro, anhelando vindicarlo en exclusiva (“El discípulo”).

Versátil a la hora de componer sus estrofas (José Agustín Goytisolo maneja una asombrosa polimetría, que convierte el libro en un abanico de posibilidades rítmicas), el poeta rememora aquellas viejas habitaciones que habitó, durante la infancia, la juventud y la madurez, y que ahora parecen hablarle con sus espejos y sus muebles nunca olvidados; recuerda sueños que le hacen revivir antiguos traumas que, provocándole risa durante la vigilia, lo asaltan y torturan por las noches; denuncia la publicidad omnipresente, que llena el mundo de ruido, imágenes estúpidas o erotizadas; compone una declaración de amor tan delicada como la que lleva por título “Tú tiemblas”; fija con palabras los recuerdos hermosos de la ciudad de Santander (“Días de luz”); recuerda las luchas ideológicas para que la libertad volviera a España (que muchos quizá consideren baldías, aunque añade: “Y sin embargo os digo que tenemos razón”); nos provoca un estremecimiento con el sobrecogedor poema “Nadie está solo”, donde nos sumerge bajo la piel de una persona torturada; y, sobre todo (permítanme que subraye una flaqueza personal), nos regala una sentencia que, bajo su sencillez, quizá sea insuperable: “Juega a la vida si estás vivo”. Tal vez en esas siete palabras se esconda el mayor consejo que se puede imaginar.

miércoles, 27 de mayo de 2026

Diez minutos antes de la medianoche

 


Déjenme que los sitúe en la escena: nos hallamos en la lujosa terraza de una residencia de verano. Allí, el afamado ladrón Miguel, el Melancólico, ultima con su compinche Rufino los pormenores del robo que están a punto de perpetrar y que les suministrará un cuantioso botín. Todos sus colaboradores piensan que con su parte se podrán retirar, pero Miguel no participa de ese entusiasmo: él sólo se alejaría del mundo delictivo si encontrase a una mujer especial, que fuese hermosa, inocente (“Para que dejase de serlo a mi lado”) y también joven (“Para que me durase más tiempo”). Y una joven de esas características es, precisamente, la que sale a tomar el aire a la terraza: dice llamarse Herminia y, tras escuchar a Miguel con cierto hastío, le explica que su vida ha sido muy turbulenta: ha tenido tratos con delincuentes profesionales, ha estafado en partidas de cartas, contrajo matrimonio con un norteamericano, ha sufrido reveses de la Fortuna… Absorto y embriagado por sus palabras, Miguel piensa que ella podría sumarse a su plan de robo, pero le espera una sorpresa morrocotuda cuando salga también a la terraza doña Germana, la anfitriona de la fiesta.

Enrique Jardiel Poncela subtituló estas páginas “Novela para muchachas y para hombres tímidos”, pese a ser una obra teatral. ¿Por qué? Pues, esencialmente, porque le dio la gana. ¿Desde cuándo el genio se ha sujetado a las etiquetas de la tradición o de los críticos? Ustedes léanla y les aseguro que van a experimentar la fascinación más absoluta por el escritor madrileño. A mí me pasa con todas sus obras.

martes, 26 de mayo de 2026

La huerta del Edén

 


Hay muchos tipos de sueños literarios: hay quien fantasea con la posibilidad de alcanzar la gloria con sus libros; hay quien vendería su alma (a veces lo hacen) por un premio de resonancia; hay quien envidia la biblioteca de Andrés Trapiello o la de Umberto Eco. Mi sueño es más concreto y más sencillo: un mundo en el que no se agotasen los libros de Antonio Muñoz Molina porque, una vez leído uno, apareciesen otros dos. Una fantasía de libro de arena de Borges, que cada vez se me antoja más difícil de sostener, porque voy leyendo las obras del autor granadino a mayor velocidad de la que él utiliza, como es lógico, para escribir y publicar.

Ahora he terminado La huerta del Edén, un volumen de artículos centrados en la temática andaluza pero que, en realidad, nos hablan de muchas más cosas: de la concepción misma de la cultura, del ser humano y del mundo en que vivimos. En eso, la mirada de Antonio Muñoz Molina es proverbialmente admirable, porque su lucidez, su serenidad y su sentido común son capaces de embriagar a cualquiera que se acerque a sus páginas. Aquí, generoso y brillante, el ubetense nos sugiere la idea de que el auténtico paraíso es una huerta bien cuidada, que remite al solaz honorable y primigenio del ser humano. Y después, texto a texto, nos comunica la indignación (mesurada e irónica) a causa del absurdo de que un centro educativo andaluz no lleve el nombre de Miguel de Cervantes por no haber nacido en aquella zona de España; proclama la necesidad de preservar nuestros árboles y nuestra cultura (“Hay que practicar una beligerancia sin cuartel contra el arboricidio y contra el analfabetismo. Salvar el bosque de la Alhambra, igual que preservar una biblioteca, es entregar al porvenir la memoria práctica de lo mejor que somos”); reivindica la importancia modesta, casi litúrgica, de las cosas olvidadas (“Malbaratar el agua es como tirar y desperdiciar la vida, y el simple acto cotidiano de cortar a tiempo un grifo es un gesto valioso de rebeldía contra la sinrazón del despilfarro, una manera de no rendirse a la conspiración del desierto”); pregona la necesidad de la cultura, para que no nos manipulen de forma torticera (“La ignorancia es peligrosa sobre todo por las ocasiones de éxito que ofrece a la demagogia”); dispara su desdén contra las supersticiones, que ahora incluso se ven avaladas por periódicos, televisiones y hasta políticos oportunistas y avispados; exige austeridad a los gobernantes, por pura decencia institucional (se trata de dinero público); aconseja disciplinarse en el sentido común, la racionalidad y la cultura (“Hacerse una persona bien educada e instruida, atenta a disfrutar de la vida y de los saberes que nos permiten conocerla y juzgarla mejor, es un ejercicio de paciencia que dura todos los años que a cada uno le sean concedidos”); defiende a ultranza lo público y los viejos ideales de la izquierda (“Hay un motivo por el cual los liberales españoles, tan proclives a la melancolía, somos inmunes a la nostalgia: cómo vamos a añorar el pasado, si no llegamos a salir nunca de él”); o, entre muchos otros asuntos, se queja del andalucismo profesional, folclórico-religioso, fomentado por las autoridades, que ocultan así los seculares atrasos económicos y sociales de una tierra herida por la precariedad.

La diferencia con otros volúmenes de Antonio Muñoz Molina es que aquí se muestra como una voz, en mi opinión, más irónica y, en ocasiones, más cáustica, sobre todo a la hora de elegir ciertos vocablos, más agresivos de lo habitual en él (“En los cines andaluces se estrenan las mismas películas subnormales de Stallone, de Bruce Willis o de Disney que pueden verse en Estambul o en Iowa”). Y un detalle final, que traslado por si alguien quiere convertirlo en un número: no he contado el número de veces que Muñoz Molina repite el adjetivo “civil” en este libro, pero entiendo que se trata de uno de esos vocablos hondos y reveladores, que nos permiten conocer la entraña de su pensamiento. Admirable.

lunes, 25 de mayo de 2026

¡Increíble Kamo!

 


Daniel Pennac, el autor de textos tan hermosos como Mal de escuela (https://rubencastillo.blogspot.com/2023/06/mal-de-escuela.html) o el famoso decálogo sobre los derechos del lector (aunque, si nos atenemos a las estadísticas, habría que decir más bien “de la lectora”), nos cuenta aquí dos fascinantes aventuras del adolescente Kamo, que me ha gustado conocer. En la primera, la madre del muchacho consigue que este se interese por la lengua inglesa haciendo que se cartee con Catherine Earnshaw, una chica con la que conecta gracias a la agencia Babel. Ella, solitaria y romántica, le escribe en papel antiguo, usando un lenguaje arcaico y enviando sus líneas en sobres cerrados con lacre, detalles que estimulan la curiosidad y provocan la fascinación de Kamo. Solamente al final, cuando el narrador de la historia (el mejor amigo del protagonista) decida investigar sobre la misteriosa agencia y sobre la identidad de Catherine se descubrirá lo que ambos enigmas esconden. En la segunda aventura, todo es más terrible y más inquietante: víctima de un accidente automovilístico, Kamo se encuentra en coma en el hospital, y dos amigos (entre ellos nuevamente el narrador) lucharán para seguir manteniendo el hilo de la esperanza, mientras escuchan sus delirios y se preocupan de pensar en él continuamente, ilusionados e impotentes a partes iguales.

El escritor francés (nacido en Casablanca, Marruecos, en 1944) demuestra una enorme habilidad para captar la psicología adolescente y, también, a la hora de plasmar las emociones de sus personajes mediante unos diálogos convincentes y líricos, que enamoran desde las primeras páginas. Pongan este libro en manos del adolescente que tengan más cerca. Acertarán.

domingo, 24 de mayo de 2026

El Club Fungoide

 


Ignoro si conocen ustedes el relato Enoch Soames, escrito por Max Beerbohm, del que hablaban maravillas Roberto Bolaño y, antes, Jorge Luis Borges. Si es así, la lectura de El Club Fungoide les va a provocar unas enormes ganas de volver a él, porque en estas páginas del gaditano Salva Menéndez todo gira alrededor de la fascinación y del embrujo generados por el cuento del londinense. Resumamos en pocas líneas, sin incurrir en la grosería del destripe: el protagonista descubre, en una librería de segunda mano, un ejemplar del texto de Beerbohm y, después de leerlo, implica a sus amigos en el proyecto de escribir un volumen de unas cien páginas donde se reúnan sus poemas de admiración y aplauso, para abrillantar la gloria, algo olvidada, de Soames. Pero el asunto cobrará otras dimensiones, entre el humor y el pavor, cuando reciban una oferta del Diablo para volver al siglo XIX y poder conocer personalmente al escritor y caricaturista británico. No les digo más. No puedo decirles más, sin estropear las peripecias, fantasías, sonrisas y estremecimientos de este volumen editado por el sello Aliar. Pero eso sí, estoy en condiciones de asegurar que pocas veces (acaso ninguna) he leído tan amplias y detalladas reflexiones sobre la incomunicación de los seres humanos, sobre el secreto de la auténtica felicidad, sobre el éxito y el fracaso literarios o sobre la ambición humana, sobre el poder de la familia y la amistad, como en este libro.

Salva Menéndez sabe bien (sabe muy bien) lo que está haciendo, y lo condensa en palabras tan poéticas como exactas, así que elegir El Club Fungoide implica optar por la sensibilidad, la inteligencia y la sensatez narrativa. Uno de los personajes que adquieren más volumen en la zona final de la novela (María), nos dice esto en la página 118: “Leer lo que todos leen es popular. No me gusta esa idea de limitar la lectura a lo conocido, aunque tenga garantía de buena. Me gusta el riesgo de lo raro. La exploración de quienes no tienen notoriedad. Se encuentran algunas joyas”. ¿Por qué no prueban con este libro? Quizá sea para ustedes una de esas joyas.

sábado, 23 de mayo de 2026

La máquina del tiempo

 


Mi recuerdo de La máquina del tiempo, de H. G. Wells, no es literario, sino que se relaciona con el mundo del cine. En concreto, con la versión del libro que se estrenó en 1960, protagonizada por el apolíneo y eficaz Rod Taylor y por la bella y candorosa Yvette Mimieux. Me consta que hay otra de 2002, pero no he querido verla: los recuerdos de infancia tienen que ser protegidos. Ahora, medio siglo después de haberla visto en imágenes, la recorro en las letras originales de Wells, y descubro que existen muchos elementos de la obra que, en su transformación hacia el mundo de la imagen, cambiaron, se edulcoraron.

El protagonista, después de explicar a sus amigos con una metáfora sencilla el concepto de la cuarta dimensión (“He aquí el retrato de un hombre a los ocho años, otro a los quince, otro a los diecisiete, otro a los veintitrés, y así sucesivamente. Todas estas son sin duda secciones, por decirlo así, representaciones tridimensionales de su ser de cuatro dimensiones”), les explica que ha construido un prototipo que le permitirá explorar el pasado o el futuro, a su antojo; pero sus amigos se muestran renuentes a creerle (“Era uno de esos hombres demasiado inteligentes para ser creídos”). Este punto de partida será suficiente para imaginar o recordar lo que viene después: el inventor inglés se desplaza hasta el año 802.701, donde descubre que la especie humana se ha dividido en dos bloques: en la superficie terrestre viven los Eloi, seres delgados, sonrosados, que visten con túnicas de color púrpura y que siempre sonríen, más bien indolentes, alimentándose con frutas y durmiendo en casas colectivas (el narrador piensa que puede tratarse de comunismo… o de decadencia, porque una civilización que haya dominado enfermedades y contratiempos tendería a la relajación o la consunción); pero también están los Morlocks, que viven en la zona del subsuelo y que parecen corresponder a una degeneración negativa de la especie: su lenguaje se antoja inarticulado, se mueven con torpeza, carecen de todo tipo de arte y se alimentan exclusivamente de carne.

Detalle curioso, que conecta película y libro: cuando el protagonista descubre la biblioteca de los Eloi y constata que los volúmenes se desmenuzan en polvo, fruto de la ignorancia y el desdén, en la cinta de 1960 estalla indignado, proclamando el valor universal de la cultura; en la novela, en cambio, se pregunta qué destino habrán sufrido “mis propios diecisiete trabajos sobre física óptica”. Un baño de realismo narcisista muy atinado por parte de Herbert George Wells.

Y no, no teman: no voy a contarles nada más, salvo que deberían adentrarse en la novela si ya han visto alguna versión cinematográfica, porque, lejos del simplismo de las imágenes, van a sorprenderse con su densidad filosófica, con sus análisis políticos y psicológicos sobre el ser humano e, incluso, con sus predicciones sobre el futuro de la humanidad, que solamente conseguirá salvarse gracias a los habitantes de… Huy, perdón, he dicho que no iba a desvelarles nada más. No me tiren de la lengua.

viernes, 22 de mayo de 2026

Mileuristas

 


Todos sabemos quiénes son, porque la etiqueta de mileuristas alcanzó pronto una gran difusión en España: esa franja generacional de gente joven que, con preparación universitaria, hablando idiomas y manejando ordenadores, apenas consiguen sobrevivir a base de trabajos temporales, con un sueldo reducido y pocas ilusiones de mejora. Ese dinero (que en ocasiones no llega ni siquiera a los mil euros) los obliga en muchos casos a permanecer en el hogar de sus padres. Si quieren adquirir una vivienda, necesitan el sueldo íntegro de más de una década para lograr su propósito. Es la generación que, inaudita y dolorosamente, vive peor que sus progenitores. A ellos dedica Espido Freire este largo y documentado libro, que explora todos los ingredientes y características del tiempo en que surgió esta generación: la convergencia con Europa, la implantación del euro, las olimpiadas, las sucesivas reformas de la educación, el inglés y la informática como nuevos “abridores de puertas”, las titulaciones inútiles, la aparición de lucrativas universidades privadas, el desencanto de verse sin futuro, la inmigración, el recurso de intentar acceder al funcionariado, los contratos basura, la deriva preocupante (¿tal vez la quiebra?) del sistema capitalista, la perpetua conectividad a través del móvil y las redes sociales, los centros comerciales y sus asfixiantes propuestas de consumo, la fabricación de mentiras flagrantes en los medios de comunicación, los festivales de música (“Se organizan como botellones a lo grande, a lo largo de varios días, con la aprobación y el presupuesto de los ayuntamientos y con zonas vips delimitadas”), la búsqueda de caminos religiosos que no resulten exigentes (espiritualismo new age)... ¿Hace falta que siga enumerando?

Espido Freire dibuja en estas páginas el panorama de las sucesivas generaciones españolas desde una fecha muy concreta (“El mileurista de 2006 se encuentra con sueldos estancados, un espectacular aumento de precios en los bienes de consumo, especialmente de la vivienda, y con informaciones contradictorias sobre el futuro”) y, utilizando una gran profusión de datos y una encomiable sensibilidad, nos habla de los orígenes del problema, su desarrollo e, incluso, las posibilidades de rectificar el rumbo en los años siguientes. Un espléndido resumen del mundo que yo he conocido durante el último medio siglo y que me ha permitido reflexionar sobre algunas cuestiones (y sobre algunos ángulos de esas cuestiones) que descubro bajo una nueva luz.

jueves, 21 de mayo de 2026

La bicicleta de Sumji

 


Solamente había leído hasta ahora un libro de Amos Oz: los ensayos sobre el mundo de literatura que quedaron reunidos en el tomo La historia comienza (https://rubencastillo.blogspot.com/2017/10/la-historia-comienza.html), así que me adentro en esta novela de temática juvenil que lleva por título La bicicleta de Sumji para comprobar si su talento narrativo me interesa.

La obra está ambientada en Israel y su protagonista es un chico tímido, enamorado de Esti y que pertenece a una familia con recursos no muy boyantes. Con motivo de su cumpleaños, el tío Zémaj le regala una bicicleta de segunda mano. Y, pese a su precariedad (no tiene barra y sus amigos piensan que es un vehículo de chica), él se siente feliz con su nueva posesión. Eso no impide que, ante la visión del maravilloso tren de hojalata que tiene su amigo Aldo, acepte el cambio por ella; y, algo después, se verá obligado a cambiar ese tren por un perro (el canje resulta una imposición chantajista del bruto Goel). Esa cadena de trueques lo dejará, de noche, en medio de la calle, sin ánimo de volver a casa. Tiene la sensación de haber acumulado decisiones erróneas, y tendrá que aceptar la hospitalidad de la familia de Esti, mientras medita sobre su situación y sobre los enredos que acechan su vida.

Novela corta, de lectura rápida, que contiene algunas reflexiones interesantes sobre la etapa de tránsito entre la niñez y la adolescencia. Amable.

miércoles, 20 de mayo de 2026

Los carros vacíos


 

No estamos en el Londres victoriano, ni tampoco en las verdes campiñas de Gran Bretaña, ni siquiera a finales del siglo XIX. No tenemos delante a Sherlock Holmes y su ayudante el doctor Watson. Estamos en La Mancha, en un pueblo de Ciudad Real llamado Tomelloso, en pleno siglo XX. Allí trabaja como jefe de la guardia municipal Manuel González, al que todos conocen con el sobrenombre de Plinio, quien se encuentra realmente en apuros porque, tras el asesinato de dos meloneros en el otoño pasado, aparece en pleno agosto otra víctima. En todos los casos, el modus operandi es idéntico: un navajazo firme y rotundo, dado por la espalda, cerca del corazón. No hay sospechosos. El criminal no deja pistas que permitan conducir a su detención. Las fuerzas vivas de la localidad (el alcalde, el sargento de la guardia civil) presionan a Plinio para que resuelva cuanto antes esa oleada de asesinatos; y él se devana los sesos con la ayuda de su particular doctor Watson: el veterinario don Lotario. Para más inri, aparece un cuarto cadáver, que presenta más navajazos de los habituales. ¿Está el escurridizo asesino variando su método o quizá se trata de un imitador? Mientras reflexiona y pasea por el pueblo, agobiado por la falta de pistas, Plinio recibe la noticia de que el juez ha pedido ayuda a Ciudad Real, para que envíen a la policía secreta. ¿Podrá resolver el caso, antes de que su profesionalidad y su buen nombre sufran ese oprobio?

Con esta primera novela dedicada al personaje de Plinio (publicada en 1965), el escritor Francisco García Pavón iniciaba una serie de relatos que alcanzaría grandes éxitos de público y también de crítica (el premio de la Crítica o el Nadal recayeron en sendas aventuras del personaje), convirtiéndose en un icono de nuestras letras. Muy agradable primer paso, al que seguirán otros en este blog, no me cabe duda.

martes, 19 de mayo de 2026

El lugar

 


Si tu padre ha sido un héroe de guerra, un torturador nazi, el descubridor de una vacuna, un futbolista de élite, un presidente de gobierno o el primer hombre en pisar la Luna, escribir sobre su vida resulta una tarea extremadamente simple: sus propias acciones lo han convertido en “material novelesco” de primer orden y tan solo hay que colocarlas por orden para que los lectores accedan a ellas. Pero si ha sido una persona gris, sin más brillo aparente que el derivado de la normalidad, el asunto se complica. ¿A quién puede interesarle que hizo la mili en Bétera, que le gustaban las alubias estofadas o que jamás perdonó una siesta? De tan banales como resultan sus ingredientes, el guiso deviene rancho de cuartel.

Pero Annie Ernaux se arriesga y nos cuenta que su progenitor abandonó los estudios primarios sin acabarlos, porque tenía que trabajar; que su adolescencia fue dura; que trabajó con poco entusiasmo, pero con aplicación, en una cordelería; que luego reparó tejados (hasta que una caída lo alejó de ese horizonte laboral) y que, finalmente, montó con su esposa un café-colmado en el que logró estabilizar su vida económica. Nos habla también de sus complejos lingüísticos (tenía pánico a quedar en evidencia hablando de forma inadecuada); de que jamás visitó un museo; de que se sentía orgulloso por los estudios de su hija, pero le preocupaba que se concentrara demasiado en ellos; y de que a los sesenta años su salud comenzó a deteriorarse: le descubrieron problemas en el estómago.

Quizá se estén ustedes preguntando a dónde nos lleva todo esto, y la respuesta es tan sencilla como universal: no nos lleva a ningún sitio. Pero no por defecto de la autora, sino porque la normalidad de la vida es así: una hilera de pasos sobre la duna de un desierto que, de pronto, se cancela. Un día, Annie volvió a casa y el padre recayó de su grave enfermedad estomacal. Ella, que se quedó a su lado durante unos días, se encontraba leyendo la novela Los mandarines, de Simone de Beauvoir, pero no conseguía concentrarse. Y nos deja una confesión tan sencilla como conmovedora: sabe que “al llegar a alguna página de ese libro mi padre ya no viviría”. Eso es todo y así ocurrió. Como siempre. Como nos ha pasado o nos pasará a nosotros. La vida.

lunes, 18 de mayo de 2026

Voces de piedra


 

Se ha dicho muchas veces, pero no importa repetir las verdades, con la ilusión de que más personas las escuchen: pasamos por delante de muchos sitios (e incluso, ay, de muchas personas), pero no solemos tener la curiosidad de mirarlos; es decir, de preguntarnos por su íntima entraña, por sus detalles, por su origen, por su sentido. Devienen bultos, y nuestra indiferencia los cosifica todavía más, convirtiéndolos en magma gris. Hasta que llegan unas pupilas afectuosas y nos piden que atendamos, porque van a insuflar vida en ese paisaje aparentemente anodino. Lo hizo Ramón Gómez de la Serna con infinitos cachivaches menores; lo hizo Azorín, paseándose por diminutos lugares de Castilla; lo hace Andrés Trapiello, informándonos sobre el Rastro madrileño; y, más recientemente, lo ha hecho Santiago Delgado con el trabajo Voces de piedra, donde se concentra en la catedral de Murcia y en sus tallas (retratadas bellamente por Ana Bernal), a las que dota de vida mediante monólogos que dibujan lo más notable o llamativo de cada vida. Así, Tomás de Aquino, el Doctor Angélico, recuerda que escribió al monarca Alfonso “para que fundase universidad en esa tierra”; Teresa de Ávila manifiesta su preferencia por ser recordada “como una mujer en oficio de las cosas cotidianas”; san José lamenta que los calendarios acostumbren a designarlo como “padre putativo” de Jesús (“que no es afortunada añadidura; sí lo fue en cambio su lectura abreviada, que yo celebro: Pepe”); san Leandro subraya sus aportaciones al III Concilio de Toledo (que se celebró en el año 589); santa Ana exhibe orgullosa el rótulo con el cual se la designa en esta ciudad del sureste español (“La agüelica, que dicen en Murcia”); san Basileo añora la paloma que, posada sobre su mano derecha, ahora ya no existe; san Petronio, fundador de la universidad de Bolonia, porta desde hace siglos la cruz de su fe; y san Pablo (por no agotar los cincuenta y cinco monólogos) pone de manifiesto su importancia en la cristalización de la religión cristiana (“Acaso el resto completo de mis compañeros, discípulos de Jesús, sintieron mejor su carisma, y primaron a las razones de su corazón para asumir la doctrina del Maestro. Yo apuntalé las palabras y los hechos”).

Una obra hermosa y culta, editada con primor por la Real Academia Alfonso X el Sabio en el año 2025.

domingo, 17 de mayo de 2026

La niña lectora


 

Puede parecer una historia infantil, pero su cargamento de lágrimas, de tesón y de denuncia social la convierten en algo más. En mucho más. Estamos en los meses posteriores a la Semana Trágica de 1909 y nos encontramos en la costa cantábrica, concretamente en los alrededores de una fábrica de tabaco de A Coruña. Allí trabaja, en condiciones insalubres, la cerillera Leonor, casada con el trapero Helenio y madre, entre otros, de Liberto y Nonó. Él es un muchacho que tiene ingenio, iniciativa y ganas de aprender. De hecho, acostumbra a leer en voz alta para su familia (“Las palabras estaban contentas en su boca”). También es reivindicativo: protesta públicamente contra la guerra de Marruecos, lo que ocasiona un intento de detención por parte de las autoridades. Ella es una niña despierta, que ha aprendido a leer y que, cortándose el pelo como un chico, logra asistir a la escuela. Muerta la madre por culpa de la tisis, Nonó decide superar el dolor acudiendo a la fábrica de tabaco. Y allí encuentra su destino.

Delicado en las descripciones, firme en la denuncia de las miserables condiciones de trabajo de las cigarreras, Manuel Rivas nos entrega una historia lírica, robusta y conmovedora (bellamente ilustrada por Susana Suniaga), que puede (y debe) ser leída en voz alta. A ser posible, mientras tus hijos escuchan.

sábado, 16 de mayo de 2026

El aprendiz

 


De las manos delicadas de Ana María Matute brotó, en 1972, la obra El aprendiz, que leo ahora en la edición de 2013. En ella nos pide que imaginemos un pequeño pueblecito cuyos habitantes viven dominados por la avaricia implacable del viejo Ezequiel, un usurero cuyos préstamos abusivos lo han convertido en el personaje más temido de la localidad. Todos sus congéneres (el panadero, el carnicero, el lechero, el carbonero, el huevero) lo miran con auténtico terror, hasta el día en que aparece en la aldea un niño, que logra convencer al prestamista para que lo contrate como sirviente: apenas le pide un lugar para dormir y poco más. Astuto y taimado, este accede, sin saber que la presencia del muchacho (y sobre todo de su escoba) van a poner patas arriba su mundo y el de quienes lo rodean.

Con un aroma dickensiano y con pinceladas fabulísticas, la escritora barcelonesa nos entrega una historia conmovedora y educativa sobre el valor de la bondad y sobre la redención del espíritu humano, que cautivará a los más pequeños y que tocará también el corazón a los mayores. Hermosa.

viernes, 15 de mayo de 2026

La cueva del cíclope

 


Si a usted no le interesa lo que Arturo Pérez-Reverte opina sobre las cosas y las personas (escritores, libros, política, etc) se puede ahorrar este tomo. Si le interesa, adelante. Es legítimo no abrirlo, pero no es legítimo (porque revela sandez) abrirlo para denigrarlo. A mí no se me ocurriría consultar un volumen con los tuiteos de José Luis Martín Vigil, Fernando Vizcaíno Casas o Corín Tellado, pero tampoco se me ocurriría hacerlo para despotricar contra sus personas o sus opiniones. Temo que hayamos perdido buena parte de las hermosas virtudes que rodean y adornan el respeto. En este volumen se habla de autores que adoro, de autores que considero banales y de autores que ignoro (lógicamente); de libros que me fascinan y de libros que me provocan aburrición (lógicamente)… Pero si he aceptado gustoso el ejercicio de adentrarme en estas páginas es porque muchas del autor cartagenero me han acompañado en los últimos años y siento admiración por él. A despecho de quienes se apuntan a etiquetas o aceptan criterios ajenos, yo prefiero leer al escritor X (sea quien sea) para saber lo que opino sobre el escritor X.

Entiendo que muchas de las páginas les puedan parecer, porque lo son, repetitivas (consultas sobre la literatura relacionada con la guerra civil, gustos literarios del autor, preguntas sobre sus obras), pero les animo a que se adentren y sean perseverantes en la lectura; porque, cuando empiecen a pensar que sería conveniente saltarse alguna página (o varias, porque el libro supera las mil cuatrocientas), de pronto aparece la sorpresa de una fórmula curiosa (“A Góngora la fuerza se le iba en perífrasis. Estilo sonajero”), o se descubre un trallazo tan legítimo como contundente (“Amélie Nothomb me parece la quintaesencia de lo inane en versión cursi”), o sonreirán con un tirabuzón simpático (“Henry Miller a mí me gustó. Pero tampoco le pondría un piso”), o saltará ante sus pupilas un desafecto literario (cuando habla de Los detectives salvajes, del argentino Roberto Bolaño, utiliza este endecasílabo demoledor: “Me aburrí como una cigala hervida”), o verán que emite una opinión política con filo de bisturí (“Bruselas es una casta de golfos autosatisfechos”).

Verán muchísima educación en las respuestas de Arturo Pérez-Reverte (quienes lo consideran desdeñoso, soberbio o brusco se van a llevar una sorpresa), leerán excelentes recomendaciones literarias (que les sugiero que apunten) y conocerán algunos detalles preciosos sobre el escritor (su afición por Tintín, la biblioteca familiar, su infancia o su hija). Preguntado por la vigencia y modernidad de los clásicos, el escritor responde: “Los grandes siempre son. Nunca fueron. Eso los diferencia de nosotros, los juntaletras provisionales. Servimos para ir tirando”. Para quitarse el sombrero, no me lo negarán. Anímense a quitárselo, como yo, durante el millar y medio de páginas del tomo. No se van a arrepentir.

jueves, 14 de mayo de 2026

Lunes


 

Un libro es plenamente eficaz cuando consigue el objetivo que el autor o autora se había marcado. Este reciente volumen de Care Santos (titulado Lunes y que sirve como arranque de la saga “Laberinto”) lo es, porque durante su lectura sientes que las palabras de la escritora barcelonesa, el desarrollo de la historia y las reacciones de los personajes que en ella actúan te provocan incomodidad. Es tan llano como contundente: te dejan muy mal cuerpo. Y puesto que el objetivo consiste precisamente en eso, el éxito es absoluto.

Nos encontramos en el hogar (a punto de ser vendido) donde viven Nayara y su hermano Ferran, junto a su madre y el perro Gorro. El padre está en la cárcel, por estafa. Desde el viernes (han pasado tres días), Nayara está más silenciosa de lo habitual, más hosca de lo habitual, más reconcentrada y triste de lo habitual. Al principio, parece el típico bache adolescente, ocasionado por cualquier minucia, y que el tremendismo de la edad magnifica hasta dimensiones catastróficas. Pero cuando empieza a insistir en la idea de considerarse un estorbo, de sentir ganas de vomitar y de anhelar la muerte, se eriza la piel. ¿Qué ocurrió realmente antes del fin de semana? ¿Por qué está tan amargada, tan hundida? Todo comenzará a aclararse (en realidad, a enturbiarse) cuando en el instituto empiece a circular un vídeo asqueroso en el que cinco mastuerzos (capitaneados por Enzo, el “novio” de Nayara) abusan de ella de un modo nauseabundo. Ahí comenzamos a entender todo lo que burbujea en el corazón y en el cerebro de la chica. Y también sentimos ganas de vomitar. Y también nos quedamos hundidos, hasta el punto de no saber qué sentir con exactitud cuando se produce una muerte a mitad de la obra.

Libro, como digo, incómodo, enervante, que Care Santos maneja con buen pulso y del que pronto conoceremos más entregas de estructura analéptica: sus títulos (Domingo, Sábado y Viernes) así invitan a imaginarlo. Les contaré entonces, pero me temo lo mejor. Y lo peor.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Como yo los he visto


 

Supe de la existencia de este libro póstumo de Josefina Carabias hace bastante tiempo, pero es ahora cuando el azar lo pone entre mis manos. Y reconozco que recorrer sus páginas me ha resultado muy agradable, tanto por la forma sencilla y eficaz con que está escrito como por el caudal de anécdotas y opiniones que vierte sobre los protagonistas que lo pueblan. Buen oído y buena muñeca: dos excelentes adornos para una periodista.

Comienza el volumen hablándonos de Pío Baroja (“El hombre a quien considero el primer novelista español contemporáneo”). Nos explica que lo conoció la noche del 14 de abril de 1931. Y que, “contra lo que se cree en general, don Pío era muy risueño, sobre todo en la intimidad, y se le podía provocar la risa con cualquier bobada”. Quién lo diría, si nos atenemos a las imágenes fotográficas que de él se pueden localizar en libros o Internet. Como nota especialmente simpática, yo destacaría la gratitud que siempre manifestó el escritor vasco por un detalle que tuvo Josefina Carabias con él: gracias a un contacto de la periodista, Baroja gozó en su casa, durante épocas de escasez, de un buen suministro de carbón (era muy friolero).

Del inigualable gallego Valle-Inclán afirma igualmente que “era simpatiquísimo y además decía frases con las que siempre se podía hacer un buen reportaje”; y también que “caerle en gracia a don Ramón era una de las cosas más fáciles que podía haber en el mundo”. En septiembre de 1930, el escritor la acompañó a un mitin donde se empezaba a gestar el gobierno de la república, que ganaría las elecciones al año siguiente, y a punto estuvo de provocar un escándalo con sus disensiones, expresadas con vehemencia en medio de un público hostil. Y otro detalle digno de ser subrayado: Valle opina sobre el levantino Gabriel Miró y lo define con ternura y cierta maldad rebajada: “Como persona creo que había pocas mejores, pero como escritor resultaba lo más parecido a una monja haciendo dulces”.

Gregorio Marañón era un trabajador infatigable, que apenas dormía cinco horas diarias y que fue el médico de cabecera de Benito Pérez Galdós. “La bondad es su rasgo más saliente”, nos dice Carabias; de ahí que no sea extraña “la unanimidad con que suscita las alabanzas”. Ramiro de Maeztu era partidario de la monarquía y enemigo de la república. Cuando estalló la guerra civil no huyó, sino que esperó la detención de los milicianos: “Tengo más de sesenta años, he hecho ya cuanto tenía que hacer en la vida y estoy a bien con Dios. ¡Podéis matarme cuando queráis!”, fueron las palabras que les dijo, según testimonio de su hijo. A Pastora Imperio la entrevistó cuando volvió a los escenarios, y también acudió a ella varias veces “para formar parte de una de esas sandeces que solemos hacer en los periódicos y a las que damos el nombre de encuestas”. Llamaba la atención por sus ojos verdes con puntitos dorados. Su nombre real era Pastora Rojas, pero el empresario lo cambió por un comentario de Jacinto Benavente, quien dijo que la niña valía un imperio. Su generosidad era tal que, en opinión de Carabias, las tres cuartas partes de todo lo que ganó en su carrera profesional lo destinó a remediar desgracias ajenas. Del torero Juan Belmonte le impresionó la forma en que asumió su destino (“Se había hecho torero por la fuerza de su triste situación y por influjo del ambiente, igual que los chiquillos de Sigüenza se hacen curas, los de Bilbao marineros y los de Barcelona viajantes de comercio”) y su reconocido miedo a los toros (afirmaba que se acercaba tanto a ellos para no ver de lejos su envergadura). De Miguel de Unamuno no lo cautivaron su condición misógina y polemista (aseguraba que “concebir, gestar, parir y amamantar” eran, en su opinión, las tareas propias de la mujer), pero sí la belleza cruda de su poesía, tan huérfana de música (“Yo soy un poeta, pero lo que no soy es un tamborilero”). Lástima que, poseyendo una mente tan culta y extraordinaria, se dilapidase tantas veces en asuntos menores (“Don Miguel era un águila y por eso perdió el tiempo cuando se puso a cazar moscas”).

Un libro para disfrutar, para aprender y, sobre todo, para tributar un aplauso en pie a Josefina Carabias: nadando a contracorriente, conquistó para la mujer un puesto merecido y justo dentro del periodismo español.

martes, 12 de mayo de 2026

Claridad

 


Ilumino una mañana de mayo leyendo en voz alta el poemario Claridad, con el que José Agustín Goytisolo obtuvo el premio Ausias March en el año 1959. Ha sido una excelente decisión sacar este libro de la estantería y dejar que sus hojas vayan pasando lentamente por mis ojos. Comienza la obra con una ensoñación de plenitud y felicidad, a la sombra de un almendro (“Cinco años”), pero pronto irrumpe en ella la guerra de 1936, que trajo “un polvo de odio y una / tristísima ceniza / que caía y caía / sobre la tierra y sigue / cayendo en mi memoria / en mi pecho; en las hojas / del papel en que escribo” (“Queda el polvo”). Recordando en silencio, el poeta vuelve a ser como un niño aturdido, atropellado por unos años angustiosos y difíciles, con los bombardeos alrededor y, después, con aquellos maestros agrios, la sensación de estar en un pozo del que resultaba casi imposible salir, la tristeza infinita de haber perdido a su madre, quien fue asesinada en un bombardeo de la aviación golpista en 1938 (a ella le tributa composiciones como “Un día estabas cantando” o “La nana de Julia”). Pero también, afortunadamente, estaban los amigos de niñez, que fueron importantes y a quienes no ha olvidado.

Con este poemario de gran agilidad (los poemas son breves y sus asonancias los llenan de una sonoridad vigorosa: véase, por ejemplo, “Tal morder una manzana”); lleno de nostalgia, melancolía y emociones tenues; lleno de guiños admirativos a Rosalía de Castro (“Mar de ayer”), Antonio Machado (“Homenaje en Colliure”), Miguel Hernández (“Historia conocida”) o Federico García Lorca (“Me cuentan cómo fue”); y lleno de poemas que parecen música (en algún caso, la música la pone Paco Ibáñez con su guitarra, como ocurre en “El lobito bueno”); José Agustín Goytisolo continúa entusiasmándome.

lunes, 11 de mayo de 2026

Fantasmas de luz

 


Damián trabaja desde muy niño como operador en el cine Soñadores, donde tuvo como maestro y guía al señor Alfredo (ah, ese homenaje a Cinema Paradiso). Al cumplirse los treinta y cinco años en la empresa, se le comunica que todos los que trabajan en los cines de la empresa van a ser despedidos, porque el propietario ha tomado la decisión de vender los locales. Marga, la esposa de Damián, también fue prejubilada en su trabajo hace un tiempo. Así que, de pronto, sus vidas van a experimentar un giro asombroso, que tendrá una consecuencia inesperada: sus cuerpos se van volviendo transparentes (“Él y Marga parecían ir disolviéndose lentamente en el aire”, cap.7); y, por fin, llegan a la invisibilidad. Superado el estupor de los primeros días, Damián aprovecha la coyuntura para robar prendas de ropa y películas en algunos comercios; pero en seguida llega el momento de enfrentarse a la realidad: ¿cómo vivir siendo invisibles? ¿Cómo relacionarse con los demás? ¿Cómo comprar alimentos y medicinas?

Mientras se encuentra en un parque, Damián escucha una voz: dice llamarse Luis (es otro invisible) y le explica que pertenece a un Grupo de Rescate, cuya misión es localizar a todas las personas invisibles, para hacerles saber que pueden organizarse y, cuando sean miles o millones por todo el planeta, “construir un mundo nuevo. Un mundo mejor y más justo, que nunca más condenase a nadie a vivir en la invisibilidad”. No resultará necesario detenernos mucho en el tinte metafórico de esta propuesta.

Pero hay una segunda parte en el libro que, en forma de recortes de película, nos va facilitando otras informaciones sobre los protagonistas: que Damián siente fascinación por la actriz Julianne Moore; que Marisa, una de las trabajadoras del cine Soñadores, siempre ha estado enamorada en secreto de él; que el dueño de la empresa, desde el principio, maniobró astutamente para vender todos los cines y convertirlos en un boyante negocio inmobiliario; que Ismael, el hijo de Damián y Marga, mientras prepara su doctorado en Berlín ha encontrado a la mujer de su vida; que Marga se juntó con una compañera de trabajo para crear una floristería y convertirse (aunque no tuvieron éxito) en empresarias… Lo más valioso de estos “recortes”, a mi entender, es la forma en que enriquecen la visión que tenemos de la pareja protagonista, que ahora nos son revelados de otra manera: como un hombre reconcentrado en sí mismo y en su pasión cinéfila y como una mujer que, víctima de esa obsesión, no llegó a ser feliz del todo en su matrimonio, porque se sintió siempre en segundo plano. Estupendo relato sobre las pasiones (en este caso, el cine) y cómo pueden convertirse en insatisfacción o vacío para quienes comparten vida con la persona absorbida por ellas.

domingo, 10 de mayo de 2026

Un día de fiebre


 

Teniendo aún relativamente cercana mi lectura del libro de relatos Los ojos de los peces, de Rubén Abella (https://rubencastillo.blogspot.com/2025/05/los-ojos-de-los-peces.html), me acerco hasta las páginas de su novela Un día de fiebre. Y salgo totalmente deslumbrado. Qué maravilla. Por la densidad y la musculación de cada historia, podríamos decir, sin temor a equivocarnos, que estamos ante varias novelas dentro de esta novela. No hablo de “cuentos conectados” (lo cual también sería legítimo), sino de algo mucho más denso: un poderío de narraciones que se sostienen novelescamente por sí mismas, como las admirables pistas de un circo modélico, pero que multiplican su esplendor al unirse.

Como es natural, no les voy a resumir las líneas de esas historias, porque resultaría mezquino privarles de ese placer. Bastará decirles que la acción se centra en un día en el que la ciudad de Madrid es zarandeada por un pequeño terremoto y, a partir de ese punto, el escritor vallisoletano nos va mostrando las líneas que trazan por la ciudad un bombero que está convaleciente de una caída; otro bombero, que está a punto de ser padre y que vive sofocado por las amenazas de un rufián al que debe dinero; una anciana que fallece mientras estaba subida a una escalera; una chica que sufre las consecuencias de una novatada brutal perpetrada en el colegio mayor; un juez que rehúye todo compromiso sentimental y que vive un azar de amantes superpuestas; el propietario de un restaurante al que todavía escuece una durísima herida sufrida años atrás; o (y la enumeración no es exhaustiva) una profesora universitaria que lamenta el deterioro de su labor, en un mundo de jóvenes caprichosos y reacios al esfuerzo. Y es que Un día de fiebre se yergue no solamente como una egregia narración, ya les digo, sino también como una espléndida radiografía del ser humano, porque Rubén Abella indaga en los corazones y las mentes de sus personajes con una exactitud que asombra y maravilla, consiguiendo dibujarnos un cuadro inmejorable de los miedos, las flaquezas, las ilusiones, las miserias y las decepciones que cada uno de ellos (cada uno de nosotros) almacena en el sótano del alma.

Grandísima, preciosa novela. Que puede (y eso la hace más grande) ser releída con placer renovado, porque no importa tanto el argumento como el dibujo dulce y hermoso de sus personajes, los cruces (y conexiones, y divergencias) que la vida opera con ellos, al modo de un perfecto mecanismo de relojería. Créanme: memorable.

sábado, 9 de mayo de 2026

Escrito en un instante

 


Opino, como Antonio Muñoz Molina, que no existe desdoro en que un escritor trabaje “por encargo”, siempre que empeñe en la tarea todo su pundonor. En esa línea, nos explica que los textos que contiene el volumen Escrito en un instante proceden de dos fuentes: los textos brevísimos (quince líneas) que le contrató el rotativo Diario 16 en el año 1988 y los textos algo más largos (unas cuarenta) que le sugirió Radio Nacional en 1992. Como amante de este tipo de recopilaciones (sean de Javier Marías, de Arturo Pérez-Reverte o del propio escritor de Úbeda), he disfrutado mucho con este tomo.

Condensados en píldoras majestuosas, encontramos aquí los álbumes de cromos de la infancia, las canciones de la radio, la importancia del azar en nuestras vidas, la gente sin nombre que camina por las calles de la ciudad, la ignominia de un oficial nazi que quiso borrar infructuosamente su pasado, la languidez y la furia de los amores entre Elisabeth Taylor y Richard Burton, la sorprendente inanidad cósmica de cada muerte humana, el anticipo de su futuro libro Sefarad (“Noticias de Sión”), la vergüenza de haber sufrido la zafiedad bravucona del 23-F, el aroma decimonónico de la granadina Plaza de Bibrambla, su visión del Viaducto (al que define como “temeridad cubista de Madrid”), la fealdad inhóspita de los bares de carretera o la delicadísima pintura de su “Lisboa paseada”.

Y, por supuesto, la eterna elegancia expresiva de Antonio Muñoz Molina, tanto en la descripción de ambientes (“La luz de la mañana suscita o enaltece una disposición de transparencia”), de culpas (el bíblico Caín carga “una sorda joroba de vileza”), del sosiego de los parques (“Como no hacer nada es una tradición dominical y española de siglos el ejercicio de la pereza tiene la madurez de un arte”) o del hilarante ensimismamiento de los culturistas (“Parecen como arrobados por la perfección industrial de sus cuerpos”).

Sigo explorando los libros que aún no conocía del escritor de Úbeda e iré subiendo aquí mis opiniones. Lo adoro.

viernes, 8 de mayo de 2026

Tuerto, maldito y enamorado


 

Deliciosa. Una novela deliciosa. Una novela magnífica. Vaya esta conclusión por delante para quienes tengan prisa o prefieran la rotundidad. Tuerto, maldito y enamorado, de Rosa Huertas, es un libro para enamorarse de la literatura (la de Lope de Vega y la de la autora). Y lo es por muchas razones: por la forma en que la escritora nos pasea por el Madrid del siglo XVII; por su fascinante modo de hacernos entrar en la vida (literaria y doméstica) del Fénix de los Ingenios; por el desarrollo de una trama magnética, que incluye fantasmas, anécdotas curiosas, sustos, amor, magia y amistad; por el retrato estupendo de sus protagonistas, que adquieren vida (incluidos los fantasmas) ante nuestros ojos.

Conoceremos en sus páginas a Elisa Velasco, adolescente más bien tímida y con tendencia a asustarse por todo; y a su hermana pequeña Carmen, que abomina de la literatura y que tiene (simpáticamente) más cara que espalda; y a Ricardo, el novio de Elisa (en sus días buenos, Rico; en los demás, Cardo); y a Lina, una pobre loca que desvaría a gritos por las noches en el edificio de enfrente; y al padre de Elisa, que sobrelleva como puede la separación de su esposa; y al anónimo fantasma que se encuentra enclaustrado en una biblioteca, víctima de una terrible maldición, y que solamente recuperará su nombre al final de la obra. A partir de ahí, ocúpense ustedes de seguir indagando: estoy seguro de que no me perdonarían más indiscreciones. Encontrarán ternura, encontrarán lágrimas, encontrarán rituales de invocación, encontrarán amores eternos, encontrarán sorpresas continuas, encontrarán memorables descargas de adrenalina. Y, sobre todo, encontrarán (o volverán a encontrar, como en mi caso) a una escritora auténticamente lujosa para nuestro país. No se priven de ese placer.

jueves, 7 de mayo de 2026

Antología y Poemas del suburbio

 


Yo tenía ocho años. Tal vez nueve. Y en televisión veía a una mujer que recitaba versos y ponía voces peculiares en el programa Un globo, dos globos, tres globos. Luego, cuando tenía unos veinte años, vi a los humoristas de Martes y Trece imitando a esa misma mujer y la hacían referirse de forma jocosa a su gata Chundarata. Posiblemente por esas escenas coloqué durante mucho tiempo (demasiado tiempo) a la madrileña Gloria Fuertes en el grupo de la “literatura infantil”. Tampoco contribuyó a variar la imagen una antología de poemas que compré para mis hijos pequeños, donde la mayor parte de las composiciones se centraban en rimas facilonas y tontucias, levemente apayasadas.

Pero como el niño no dicta lo que tiene que pensar el adulto, he aquí que recorro con felicidad y aplauso las páginas de Antología y Poemas del suburbio. En el primer bloque descubro preciosos textos donde nos habla de su infancia (“Nota biográfica” o “Nací en una buhardilla”); reflexiones sobre la mejor forma (y el mejor sitio) para encontrar a Dios (“Un hombre pregunta”); un bonito homenaje a la ciudad de Guadalajara; un estupendo padrenuestro laico, que recuerdo haber leído en alguna antología (“Oración”); o una composición donde define con bellas fórmulas cada mes del año (“Los meses”). Cómo no subrayar de forma enérgica esa composición (“No perdamos el tiempo”) en la que pide que el poeta se deje ya de lirios y amaneceres y se implique con quienes sufren (“No decir lo íntimo, sino cantar al corro, / no cantar a la luz, no cantar a la novia, / no escribir unas décimas, no fabricar sonetos. / Debemos, pues sabemos, gritar al poderoso, / gritar eso que digo, que hay bastantes viviendo / debajo de las latas con lo puesto y aullando, / y madres que a sus hijos no peinan a diario, / y padres que madrugan y no van al teatro”); o esa otra donde reivindica la necesidad de la alegría (“¿Quién dijo que la melancolía es elegante? / Quitaos esa máscara de tristeza, / siempre hay motivo para cantar, / para alabar el santísimo misterio / no seamos cobardes, / corramos a decírselo a quien sea, / siempre hay alguien que amamos y nos ama”).

Poeta interesante, hija de un bedel y una costurera (que jamás alentaron su afición por la literatura), Gloria Fuertes se ha ganado mi admiración con estas páginas. Mi cariño de niño “globero” ya lo tenía desde hace décadas. Buscaré más obras suyas.

miércoles, 6 de mayo de 2026

Conspiración en Versalles


 

No solamente el inquietante Jean-Baptiste Grenouille estaba capacitado para la creación de asombrosos perfumes: también lo está la ingenua adolescente Marion Dutilleul, que, huérfana de madre e hija única de un jardinero del palacio de Versalles, resulta admitida como sirvienta por la marquesa de Montespan, amante del rey Luis XIV. Ese giro en su vida le permite acercarse al mundo del poder, el lujo, el despilfarro y la vanidad; pero también descubre que se trata de una mera fachada tras la que se esconden la vileza, la falta de higiene, el más turbio oscurantismo (misas negras, sangrías absurdas, ejecución de niños para utilizar su sangre) y, sobre todo, la ambición sin límites que lleva a los personajes a urdir crímenes, derrochar dinero y pisotear a los de abajo como si fuera escoria. Por fortuna, la muchacha encuentra la amistad de algunas personas que le servirán como escudo para protegerse de tanta ignominia y, después de utilizar su asombroso olfato para ayudar a la pareja real, se ganará el respeto y una mejora en su vida.

Aunque originalmente se titulaba Los naranjos de Versalles, la traducción que se publica en Alfaguara adopta el rótulo, más comercial pero no más poético, de Conspiración en Versalles. La autora es Annie Pietri y el libro, indudablemente, traslada una historia agradable para lectores juveniles.

martes, 5 de mayo de 2026

Noción de patria

 


Repito la experiencia de leer un libro de Mario Benedetti en voz alta (en alguno de los poemas, como el titulado “Entre estatuas”, resulta inevitable recordar la voz en off que aparecía en la película El lado oscuro del corazón); y, por supuesto, salgo encantado. Me cautiva la honda sencillez con la que, después de narrar experiencias por todo el mundo, el escritor nos diga cómo aletea su corazón de una forma distinta al volver a casa, donde se siente entre los suyos (“Quizá mi única noción de patria / sea esta urgencia de decir Nosotros”). Me subleva la forma en que constata verdades de difícil explicación, que no han perdido ni un ápice de su frescura (“Es increíble lo que está pasando. / Los proletarios votan a los ricos”). Me produce agradables cosquillas en el oído el juego asonantado del poema “Falsa oposición” y me hace sonreír la broma idiomática de “Pesadilla”. Y llego a la convicción de que la felicidad, o quizá la poesía, sea ese momento mágico y especial “en que uno olvida que hay la muerte”.

Breve y hermoso, este libro me ha regalado emociones y reflexiones. Qué más se le puede pedir a un autor.

lunes, 4 de mayo de 2026

La intriga del funeral inconveniente


 

Pueden ustedes pasar a la sala donde está expuesto el cadáver, porque hay mucho sitio disponible. No teman apreturas ni sofocos. Se encontrarán allí con el encargado del tanatorio, con una mujer que llora aparatosamente, con un extraño personaje envuelto en una gabardina, con un expolicía y, sobre todo, con Ramoncito Valenzuela, que ha recibido el encargo de cubrir el funeral para su periódico, porque el muerto fue, al parecer, víctima de un crimen. Pero pronto comenzarán las sorpresas cuando Ramoncito sea amonestado acremente por el director del rotativo y, de inmediato, se le expulse del medio de comunicación. A partir de ese momento, toda su obsesión consistirá en descubrir por qué. ¿Quién es el muerto, cuya situación no convenía airear? ¿Quién lo asesinó? ¿Quién era el misterioso hombre de la gabardina? Hábil y zumbón, Eduardo Mendoza nos propone en La intriga del funeral inconveniente una trama surrealista, llena de meandros y sorpresas, donde se nos lleva por un laberinto lleno de niebla, que poco a poco se irá disipando (gracias al manejo de distintos puntos de vista narrativos y al uso de la analepsis) para dejarnos ver las motivaciones de los personajes.

¿Que van a disfrutar mucho con la historia? Por supuesto. ¿Que se van a reír con los disparates que el autor catalán maneja? Denlo por descontado. Les pongo solamente algunos ejemplos: esa chica que reconoce sus limitaciones físicas (“Soy un poco cegata y nunca llevo gafas en público, por coquetería. Sólo las uso para leer, y como soy analfabeta, pues no tengo gafas”); ese exinspector Rodríguez Jarana que explica a los testigos cómo va a actuar para resolver el caso (“Les tomaré declaración y a continuación se procederá al levantamiento del cadáver, que no es un deporte, como su nombre parece indicar, sino un trámite previsto en nuestro ordenamiento”); esa escena digna de los hermanos Marx que reúne en una habitación a un policía, un representante del obispado y un comercial telefónico llamado Winston; o esa Cándida que rechaza un pastel rancio que le ofrece don Moisés diciendo “Soy cirílica y no tolero a los lactantes”.

Un delirio narrativo de estas dimensiones solamente lo pueden mantener unos pocos novelistas. Y, desde luego, Eduardo Mendoza se encuentra entre ellos. Unas horas de diversión garantizadas.