Sigo
enriqueciendo mi blog con los libros de Santiago Delgado que, esta vez, nos
amplía su repertorio de aires populares con estas Seguidillas del 2025,
donde el vigoroso escritor murciano canta a las cosas (ese caballito de bronce
que compró en Atenas, esa figurita que salió en el roscón de Reyes, las rosas
que exhiben su efímero esplendor en el mes de abril, una puerta injuriada por
los grafiteros, las moras que pespuntean el suelo en mayo, la humilde endivia
refrescante, la flor que emerge en una grieta del asfalto), a las obras de arte
(un dibujo costero de Carpe, un retrato funerario de Palmaroli, unos limones
vistos desde el pincel de Pedro Cano, el retrato de Walt Whitman que trazó
Gregorio Prieto), a los paisajes urbanos (ese azahar que la lluvia disemina por
el asfalto, ese balcón mínimo de la catedral) y a las personas (los sanitarios
que nos cuidan con abnegación y eficacia, los amigos de la promoción de
Filología 70/75, los maestros que tuvo durante el bachillerato y la universidad,
las mujeres maltratadas por sus parejas).
Son
composiciones que bailan ante nuestros ojos, moviéndose como brisas, y en ellas
descubrimos con alegría muchos hallazgos de alta belleza (nos dice, por
ejemplo, que el tronco de la higuera “sueña cansancio”, o que la luna tiene
“color de sueños”). Algunas de ellas nos conmueven de forma especial, como la
que dedica al asesinato de Federico García Lorca (“Lloradme poco y poco, / pues
poco muero. / Leedme, en cambio, mucho, / que es cuanto quiero”); o la que
tributa a los también asesinados (en el otro bando) Pedro Muñoz Seca (“Gran
Señor de la Risa”) y Ramiro de Maeztu (“Campeón de lo Hispano”). Y algunas, en
fin, alcanzan un elevado rango melancólico, como ese poema donde nos explica que
ve alejarse la época en que subía a sus nietos en el tiovivo (“Nostalgias del
abuelo”).
“Y ninguno sabemos / quién es poeta, / entre tanto escritor / que sale a escena”, nos dice Santiago Delgado en la página 22. Esa afirmación podemos enlazarla con el poema que aparece treinta páginas después, donde se pregunta sobre el motivo que impulsa a escribir, que no es el triunfo (esa “inmadurez perenne del artista”), sino el afán de asir y plasmar con palabras la Belleza. Él, en este libro, lo consigue de sobra.
