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sábado, 10 de enero de 2026

Antiguo y mate

 


Me acerco hasta los relatos que Dionisia García reunió bajo el título de Antiguo y mate y que fueron publicados en 1985 por parte de la Editora Regional de Murcia. Como siempre ocurre con esta autora, la belleza embriaga desde las primeras líneas, pero sobre todo me sorprende de forma especial en cada uno de los cuentos el “efecto aislante” que la mirada de Dionisia despliega sobre las vidas de sus protagonistas. Es como si lograra sorprenderlos (y dibujarlos) en el minuto preciso en que todo se aquilata y cobra significado, en el aleph de sus existencias diminutas o derrotadas o atormentadas: vemos a la mujer de Juan recapitulando el declive lánguido de su esposo (“Ahora es el silencio”); al detenido que mantiene la dignidad de su postura sedente mientras lo torturan (“Ángulo recto”); a la chica que pierde unos valiosos dibujos de la galería de arte donde trabaja (“Máscaras de papel”); al pintor que se obsesiona con la imagen de una mujer que parece implorar su auxilio en el metro parisino (“Montparnasse, andén uno”); al triste anticuario David Goldssenberg, que tras el horror del nazismo ha cambiado de identidad (“Mr. Thomas”). A todos ellos los observa Dionisia con piedad, cautela y delicadeza, para comunicarnos su intimidad atribulada. Y cuánto se agradece que nos lo cuente.

Por eso, en estas propuestas narrativas el andamiaje argumental (tan tenue, tan revelador) se construye sobre imágenes, sobre luces, sobre silencios… Hay que estar muy pendientes, porque incluso el aire significa, incluso los silencios dicen, como en los mejores relatos de Onetti.

Busquen el libro y compruébenlo.

martes, 8 de octubre de 2024

Ecos

 


Basta con leer las primeras páginas de este diario de 1999 para comprender que la persona que dibujó sus letras es alguien especial. Y no lo digo porque se trate de mi admirada Dionisia García, sino porque cuando una persona, a sus setenta años, escribe con pesadumbre humilde una frase como “Queda tanto por saber…” (anotación de 23 de agosto) no queda sino descubrirse y sentir que la piel se eriza de admiración. A una edad en la que casi todos los escritores se encuentran “de vuelta”, concentrados más en su obra que en su curiosidad, la gran poeta Dionisia García seguía con su afán de conocer a los otros, a los poetas más jóvenes, a los pensadores y prosistas a quienes todavía no había frecuentado. Y en ese afán de saber se puede incluir su fe religiosa, tantas veces anotada en este libro, y que revela un alma anhelante, confiada y limpia.

Generosa en su valoración de quienes la rodean, Dionisia nos habla de la poesía de Pascual García, de la obra pictórica de Francisca Fe Montoya, de su amistad profunda por Clara Janés, Pedro García Montalvo, Miguel Espinosa, Sánchez Rosillo o Soren Peñalver, de la relación con su esposo o sus hijos, de su tristeza por la salud de un sacerdote muy cercano a su corazón… Y, de forma inevitable, palpita siempre en sus líneas la voz de la poeta, que traslada su música a la prosa. Aportaré un solo ejemplo: “La luz tiene color de otoño. Cuántos otoños ya. Sé que vivo los restos. Quisiera vivirlos en paz”. Heptasílabos y eneasílabos, con su rima asonante. Ahora comparemos esas felices palabras con el arranque del libro Asklepios, de su gran amigo Miguel Espinosa: “Me llamo Asklepios, y de tarde en tarde tomo la pluma para confesarme”. Seguro que se advierte la semejanza de música.

Ilusiona recorrer estas páginas, porque sirve para que escuchemos el alma de una de las poetas mejores que ha dado la literatura en los últimos tiempos. E ilusiona que la editorial MurciaLibro haya tenido la admirable idea de servírnoslas en un libro delicioso.

jueves, 4 de abril de 2024

Homenaje debido

 


Repetía a menudo mi madre aquello de que es de bien nacidos ser agradecidos. Y esa verdad, trasladada al mundo de la literatura, siempre la he respetado de forma escrupulosa: me alegra, me enorgullece, me nace ponerme en pie y tributar mi aplauso a los libros que traen enseñanza y emociones a mi espíritu. Observo que también lo hace Dionisia García en las páginas de Homenaje debido, un hermoso volumen que publica el sello Renacimiento y que se abre con un trabajo dedicado a Quinto Horacio Flaco (“Siempre he sentido preferencia por él”, p.18), un poeta sabio, hondo y equilibrado cuya influencia se ha extendido por el mundo de la literatura durante los últimos dos mil años. Después, nos propone un recuerdo para las figuras femeninas que burbujean en la obra cumbre de Cervantes, deteniéndose sobre todo en el ser jánico Dulcinea/Aldonza, explicándonos el delicado equilibrio que don Miguel establece entre las dos y cómo “ambas se necesitan, y el escudero Sancho Panza es el intermediario mayor entre lo imaginado y lo real” (p.29). También, en este segundo capítulo, nos lanza un leve (engañosamente leve) interrogante en la página 39, que dejo para reflexión de los lectores: “¿Besaba don Quijote?”.

A partir de ahí, plural y sugerente, Dionisia García nos habla de las dos mujeres amadas por Antonio Machado (ambas mucho más jóvenes que él y ambas tristes en su brevedad); de su fervor por la obra poliédrica del francés André Maurois (“Junto a su excelencia creadora, era un gran buscador, no solo de lo trascendente, sino del mundo todo”, p.64); de su admiración por la poeta Anna Ajmátova, gran voz golpeada por el salvajismo estalinista; de Edith Stein, Simone Weil y Etty Hillesum, que estaban “unificadas por su espiritualidad” y que “vivieron tiempos difíciles y oscuros” (p.86); del príncipe de Lampedusa, autor de la inolvidable novela El gatopardo; y, por fin, de la filósofa malagueña María Zambrano, quien a pesar de la dificultad que presenta siempre su lectura (“Discípula de Ortega, no heredó María Zambrano de su maestro la claridad que tanto se agradece”, p.143) nos entregó obras de auténtica valía, como la que centra este escrito, dedicado a la vigencia de la filosofía de Séneca, “recuperada de nuevo para las épocas” (p.156).

Una obra llena de inteligencia, reflexión y buena literatura, que aconsejo leer en completo silencio y con un lápiz en la mano, para subrayar y tomar notas.

lunes, 6 de febrero de 2023

Vuelo hacia dentro

 


Resulta difícil imaginar que pueda llegarse a la senectud (vital y literaria) con una majestad superior a la que despliega entre nosotros Dionisia García. Cada libro suyo es un pequeño diamante, bruñido y espléndido, que los lectores tenemos la inmensa suerte de disfrutar y conservar en nuestras estanterías. Da igual que sea en prosa o en verso; da igual que sean estrofas o máximas. Su palabra es siempre luz y agua fresca, sabiduría y novedad, columna jónica. Esta evidencia vuelve a quedar de manifiesto en Vuelo hacia dentro (Libros del Aire, 2022), volumen de aforismos que, como todos los suyos, procede de una larga acumulación y una larga decantación (las reflexiones que aquí se alinean comenzaron a fraguarse en marzo de 1999 y se prolongan hasta noviembre de 2018). Aquí se habla del ser humano, de Dios, de la libertad, de la muerte, de la necesidad de amar a nuestros semejantes, de los encuentros gozosos con poetas queridos, de voces que alegran desde el otro lado del teléfono, de la terca insensatez de las guerras, de la memoria, de Gutenberg y Steinbeck, de Borges y Montaigne, de música y de política, de la mentira y la verdad. La mirada ecuménica de Dionisia García planea sobre todo lo humano y lo divino, extrayendo para nosotros su gota pura de opinión o de saber, que deposita en nuestras pupilas.

Condensarlo es inútil, además de imposible, porque ningún color es más importante que otro en el arco iris. Pero no me resisto a dejar anotadas algunas de sus líneas, para que ustedes se hagan una idea de lo que encontrarán a raudales en este volumen mayestático: “Lo inquebrantable puede hacerse añicos”. “Vivimos de milagro y nos parece poco”. “Ruego: Quien sepa qué está pasando que ponga precio a su verdad”. “El no entender por qué estamos aquí es una penitencia de por vida”. “Quienes van a morir, buscan una mirada que los acoja”. “El lado triste de nuestra existencia lo vendemos, y tiene muchos compradores”. “Los poetas no mueren, se relevan”. “Para un ratito que estamos en este planeta, vaya revuelo que armamos”. “Los eminentes están arrinconados por tanto ruido”. “Cervantes, a la luz de una vela, creó un mundo perdurable. Quizá en esta época sobren resplandores”. “Cada noche me despido de mí, por si acaso”. “El último día no lo podremos contar…”.

jueves, 29 de diciembre de 2022

Voces detenidas

 


Me apetecía enriquecer las lecturas navideñas con Dionisia García y he acudido a los aforismos que concibió durante el período comprendido entre 1993 y 2003 y que se encuentran reunidos en el volumen Voces detenidas. Aquí descubro las alígeras ramas de un árbol frondoso y lúcido, en el que crecen todo tipo de hojas, flores y frutos, que han embriagado mi vista y mi paladar. Con pocas pero recortadas palabras, la escritora reflexiona sobre la insensatez de la violencia humana (“La guerra debería ser impedimento para seguir hablando de otras cosas”); las aritméticas accesorias que nos hemos impuesto como especie (“Qué obsesión de estadística, cuando sólo importa que somos uno”); la ceguera avariciosa de nuestro espíritu, siempre insatisfecho con las posesiones de las que disfruta (“Vivimos de milagro, y todavía nos parece poco”); o el secreto misterioso que escondemos en nuestro interior, y que solamente con paciencia y silencio descubrimos (“A pesar de las dificultades para conseguirlo, ya sé cómo soy, pero no piensen ustedes que lo voy a contar”).

A diferencia de otros volúmenes de aforismos que he tenido la oportunidad de leer, en este de Dionisia García no creo que la búsqueda de la brillantez formal o de las paradojas se encuentre en la primera línea de sus intereses. Por el contrario, late de continuo en sus páginas la sensación de que la escritora persigue las grandes verdades sencillas, decantadas por la observación y el tiempo: la memoria tranquila del ayer, que más que contemplado con melancolía amarga parece observado con serena placidez (“¿Quién recuerda la última noche de la juventud?”); las reflexiones sobre Dios, el universo, la amistad o la vida humana; o la inclusión de pequeñas secuencias que, en mi opinión, participan del espíritu de los microrrelatos (“La bailarina salió del teatro al amanecer con una sola zapatilla”).

Anota la escritora, en el aforismo 86 de la sección “La mirada insistente”, estas palabras luminosas: “A pesar de los infortunios, antes de morir aplaudiré por haber vivido”. Sus lectores, sin duda, aplaudiremos también porque Dionisia García haya vivido y porque haya tenido la generosidad de mostrarnos sus obras.

sábado, 3 de diciembre de 2022

Antífonas

 


Decido volver a caminar por los paisajes que Dionisia García me dio a conocer, hace treinta años, en su volumen Antífonas. En aquel paseo, lo recuerdo bien, descubrí innumerables flores que ahora, sin haber perdido ni un solo pétalo y sin haber visto ajado su color o su aroma, vuelven a ofrecerse ante mis ojos. Permítanme que recoja algunas, mientras camino… Descubro primero a un hombre que se encuentra en un banco, abatido por una fatiga polvorienta, y la autora nos habla de su “bostezo quebrado”. En una fuente cercana, el agua nos muestra su “tacto indócil”, mientras que la tarde, al declinar, es un ejemplo de cómo “hierve la hermosura”. No tardará en acudir la lluvia. O, dicho con las palabras de Dionisia, “el río vertical hizo presencia”. En lo alto, cruzando el cielo con majestad y ojos implacables, los halcones son “espaciales geómetras”, en tanto que el relente se manifiesta con sus “garfios fríos”. Y la noria, humilde y altiva, mueve de continuo “su garganta acuática”.

Poeta siempre, poeta ante todo, Dionisia García destila con el alambique de su mirada la realidad exterior, transmutándola y convirtiéndola en el oro de sus versos, que no alcanzan su plenitud solamente cuando hablan de parterres o de viejas ciudades, de arpas o de cajones antiguos, de las murallas de Jericó o de mariposas, sino que extienden su manto lírico hasta la figura de Charlot, el pan recién hecho, un circo, una soga basta e incluso el mundo de la guerra, donde nos logra estremecer hablando de aquellos caídos que “no sabrán quién perforó su piel inútilmente, / quién quiso que cedieran el cuerpo, cedro joven, / al olvido del tiempo”.

He sido muy feliz reencontrándome, una vez más, con estos poemas antiguos de la gran Dionisia García.

domingo, 1 de mayo de 2022

El vaho en los espejos

 


Tenía Dionisia García una edad bastante infrecuente (47 años) cuando decidió entregar a la imprenta su primer poemario, titulado El vaho en los espejos, que le publicó el Patronato de Cultura de la Diputación Provincial. En un mundo de prisas y arrebatos, lo cierto es que se agradece bastante la humildad paciente de quien desea depurar su lenguaje poético hasta llegar a un modo digno de pasar a los lectores; y El vaho en los espejos pertenece sin duda a esa estirpe de libros. Desde el maravilloso poema inicial, que comienza con la palabra “Tiemblo” y que nos habla de la perturbadora contemplación del tiempo que huye y nos erosiona, arrebatándonos los paisajes, las emociones y a las personas (“Habrá lilas”) hasta el soneto que cierra el volumen, donde realiza un hermosísimo homenaje a Antonio Machado, todo en esta obra parece estar equilibrado, medido, bordado con primor meticuloso.

Hablo de cuando se refiere al mar y nos deja en los ojos “su belleza mojada: / cuando tiembla de verdes o cabalga de espuma, / o se asoma mordiendo los bordes de la tierra”. Hablo de cuando nos enumera, con voz entrecortada, todo lo que dejaremos a este lado cuando la muerte, con su fría eficacia, nos capture y neutralice (“No estaremos”). Hablo de cuando se coloca, emocionada, ante la tumba de Miguel Hernández y le tributa dieciséis versos memorables. Hablo de cuando reconstruye la figura de José María Párraga, soñador de palomas y de mujeres que miraban el viento (“El pintor”).

Un poemario lleno de serenidad, lucidez e imágenes hermosas, que consigue que, mientras lees, el silencio se vaya adueñando de ti. Pocos autores lo logran.

miércoles, 6 de octubre de 2021

El caracol dorado

 


Pasear entre aforismos obliga, casi siempre, a que el lector mantenga la tensión constante de la mirada y de la inteligencia, para intentar no perderse nada de cuanto en ellos se encierra de ingenio, de brillo, de humor, de sabiduría. Es un ejercicio de concentración que, en ocasiones, puede resultar agotador a las pocas páginas. Por eso la primera sorpresa que me depara El caracol dorado, que la editorial Renacimiento publicó a Dionisia García en el año 2011, es precisamente lo contrario: la condición leve, alígera, casi petálica de sus propuestas. Cada uno de los pensamientos o aforismos genera a su alrededor un silencio tenue, un aura de serenidad que se traslada al ánimo de quien lee y le facilita la audición íntima (digámoslo así).

Formalmente, el breve tomo se estructura en dos secciones. La primera lleva por título “Confidencias” y se compone de 241 aforismos, en los cuales la prestigiosa poeta nos invita a reconocer la humildad esencial de los verdaderamente grandes (“Un honorable no suele hablar de sí”), nos certifica un convencimiento sociológico que muchos compartimos (“Tantas encuestas para concluir: somos ingobernables”), reflexiona sobre la condición paradójica de nuestros medios de comunicación (“No es mediático informar sobre las injusticias remediadas”), nos ofrece su opinión sobre la decadencia de los tiempos actuales (“No hay líderes ni genios”) y les dedica apuntes llenos de cariño a algunos de sus amigos predilectos (Soren Peñalver, Ana Cárceles, Antonio de Hoyos, José María Álvarez, Francisco Alemán Sainz o Diego Marín). La segunda sección, bajo el rótulo de “Artificios”, nos deja en los ojos 481 aforismos más, en los que Dionisia García incorpora una gotita de humor a cuestiones trascendentes (“Al despertar aplaudo, porque no era la muerte”), despliega con todo esplendor su mirada de poeta (“Hojecen despacio los árboles y se desnudan precipitadamente”) e incluso se acerca a posturas filosóficas de rango casi oriental (“La contemplación de un árbol requiere toda una vida”).

En síntesis (aunque este tipo de libros no admiten síntesis), un delicado volumen que se atesora para leer y releer de forma continua.

domingo, 29 de septiembre de 2019

Ideario de otoño




Dionisia García es una escritora polifacética y constante que, durante décadas, ha ido poblando el mundo de los libros con decantados volúmenes que van desde el relato hasta el aforismo, desde el artículo hasta el ensayo, pero que ha alcanzado especial significación en el mundo de la lírica.
Para conmemorar el final del verano, he decidido recorrer las hojas de su Ideario de otoño, un tomo de aforismos del que he subrayado con profusión un buen número, entre signos de admiración, aplausos y cabeceos afirmativos. Glosarlos o pretender clasificarlos por temas incurriría en la petulancia y en el alarde accesorio, porque lo que realmente importa aquí es la brillantez visionaria de la autora, su penetración abisal en las bodegas del alma humana y, por supuesto, la apolínea elegancia de su escritura, que condensa y cifra el pensamiento en líneas imborrables.
Ofrezco aquí algunas, como argucia para atraer a otros lectores hacia los libros de la escritora albaceteña: “En esta época, la guerra es acontecimiento desgraciado que ocurre a otros”. “El simio resucita siempre, con ello hay que contar, y no habrá desilusiones”. “Notamos el cuerpo cuando comienza a resquebrajarse”. “Suele confundirse el orden con la orden”. “Algunos filósofos actuales se manifiestan quisquillosos, y entretenidos en minucias, con lo mucho que resta por pensar”. “Admirables las personas que, viviendo solas, son elegantes con ellas mismas”. “Se ha hablado, en todas las épocas, de la destrucción del mundo, y seguimos insistiendo”. “Lo importante es avanzar, aunque no entendamos nada”. “No nos engañemos, nadie nos quiere como nosotros mismos”. “Ante cualquier catástrofe, patentes los sentimientos humanitarios. ¿No sería posible constituirnos en adelantados?”. “¿Qué pasaría si el pueblo se negara a presenciar las bodas reales?”.
Niéguenme, si pueden, el atractivo de un volumen plagado de frases así.