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sábado, 13 de septiembre de 2025

La reliquia olvidada

 


Desplacémonos hacia atrás en el tiempo. Muy, muy atrás. No tengamos miedo, porque el viaje será tan mágico como fascinante. Concretamente, vayamos hasta el año 1105. Bajo las ruinas del templo de Jerusalén, los monjes Hugo de Payens y Juan de Vézelay han sido capaces de encontrar dos asombrosas reliquias del cristianismo: la lanza con la que Longinus atravesó el costado de Jesús de Nazaret cuando estaba siendo martirizado en la cruz y el Santo Grial. Esos dos objetos de incalculable poder religioso no podían caer en las manos equivocadas, sino que debían ser protegidos, custodiados, escondidos de nuevo. La copa sagrada fue enviada a un remoto paraje de Escocia; y la lanza, para poder trasladarla mejor, sufrió su fragmentación en dos partes. Una de ellas fue trasladada hasta una isla. La otra terminó siendo escondida en una iglesia de Molina de Segura (Murcia).

Así arranca la trepidante novela La reliquia olvidada, que el escritor Alberto Vicente Fernández nos propone desde las páginas del sello Malbec, y en la cual los lectores tienen garantizadas una buena porción de misterios, sorpresas y aventuras, que incluyen la traición (la forma inicua en que Jacques de Molay es eliminado como cabeza visible de la Orden del Temple en 1307), el soborno (ese pago que garantiza que cierta nave se desvíe de su plan marítimo inicial para que unos monjes puedan desembarcar en una isla misteriosa), el asesinato sacrílego (esa emboscada que nos espera en el interior de una iglesia, y que nos pondrá los pelos de punta), la navegación extrema (para llegar hasta un misterioso punto situado en medio del mar, que los cartógrafos no coinciden en identificar como auténtico), las tumbas que esconden secretos espeluznantes, la espeleología (esa inquietante gruta por la que tienen que adentrarse los protagonistas en el tramo final del libro) o los enfrentamientos contra fuerzas oscuras, tenebrosas, sobrenaturales.

En este viaje terrible, que Alberto Vicente Fernández dibuja con precisión de geómetra y que se desarrolla por tierra, por mar y por el subsuelo, nos las vemos con viejas profecías, con manuscritos polvorientos, con personajes que esconden pliegues inesperados y con algunas (con bastantes) sorpresas. Así que preparen bien sus mochilas, llenen sus cantimploras con agua fresquita, cálcense buenas botas y, sin tardanza, abran la primera página de la novela. Van a pasar unas horas muy entretenidas, zarandeados por una historia absorbente.

viernes, 16 de febrero de 2024

Bajo el iceberg

 


Un hombre de carácter más bien apocado (Gabriel) y una antigua enfermera de temperamento mucho más decidido (María) están protagonizando, en su viejo coche familiar, una huida de lo más angustiosa, después de haber raptado en un restaurante a un niño llamado Pedro. Podría tratarse del argumento de una road movie o de un thriller de sobremesa, porque los ingredientes no difieren de los que convencionalmente barajan los directores del género para construir sus productos. Pero lo impresionante de Bajo el iceberg es la forma en la que Manuel Nicolás Andreu adereza literaria y psicológicamente esos materiales para que la persona que está leyendo se vaya desazonando de manera lenta e imparable, hasta que llega a las últimas páginas con el estómago atorándole la garganta y con el corazón latiendo a velocidad de vértigo. No exagero un ápice. No recurro a un truco efectista para que ustedes se abalancen sobre el libro. De verdad que no. Con paciencia narrativa y con recursos sabiamente dosificados, el autor nos va introduciendo en el laberinto mental de María, donde anidan ciénagas profundas y misterios que nos van siendo revelados con calculada pericia. Gabriel, su pareja, no sabe por qué ha decidido raptar al niño; ni sabe tampoco qué se esconde en los abultados archivadores que la mujer transporta en el maletero. Le da miedo elaborar conjeturas, porque sospecha que rondaría el terreno de la insania. Le da miedo también preguntarle directamente a María, porque teme su furia e incluso su abandono (qué sería de él sin ella). En ocasiones, ella le deja escuchar algunas aristas de la verdad, pero nunca le permite contemplar el poliedro completo… Hasta que Gabriel, aprovechando un acceso febril que la deja atontada y más bien adormilada, se decide de una vez por todas a ojear los misteriosos papeles. Y le paraliza lo que descubre. Igual que paraliza a la persona que está leyendo, que siente la piel erizada cuando calibra las consecuencias de lo que en esos archivos se esconde.

La primera novela de Manuel Nicolás Andreu no puede ser más asombrosa ni más llamativa, así que no les digo más: acudan cuanto antes hasta este volumen, publicado por Malbec y con una imagen muy sugerente de Dasier Navarro en la cubierta… Y ya me contarán.

sábado, 8 de agosto de 2020

Arteratura




Todos los relatos que se incluyen en este libro están vertebrados por un vínculo que los relaciona y que, juguetón, viene insinuado en el título del tomo: el mundo del arte. En ocasiones, nos encontraremos en el ámbito de la literatura (y los nombres de Antonio Muñoz Molina, Julio Cortázar, Lewis Carroll, García Lorca, Cervantes, Hemingway o Tolstoi impregnan y condicionan la realidad de los personajes); otras veces, será el universo armónico de la música el que se extienda por el relato (John Lennon, un anónimo guitarrista, Beethoven); y otras, en fin, será la magia insondable del cine (encarnada en las figuras famosas de Jack Lemmon, Clint Eatswood o Roberto Benigni) la que sirva como bastidor para que el cuentista jienense esculpa su propuesta.
El resultado es un libro espléndido, diamantino, en el que advertiremos brillos diferentes según la faceta sobre la que posemos los ojos: los secretos amorosos y virulentos que el corazón humano puede albergar (“El sol de los muertos”); la melancolía que a veces se esconde en las habitaciones cerradas de nuestro pasado (“Días de vino y rosas”); las turbulencias a las que puede conducir un ejercicio de deslealtad (“Strawberry fields forever”); la grandeza que anida en el corazón de los más nobles, que con un gesto minúsculo son capaces de aliviar el alma herida de otras personas (“Duelo al sol”); la venganza reversible que se desliza entre una emperatriz despechada y un genio musical soberbio (“Concierto de Año Nuevo”) o la denuncia del mundo bélico a través de un accidente y una novela de lectura inacabada (“Guerra y paz”).
No resulta extraño que casi todos los relatos de este volumen (que publica el sello Malbec) hayan obtenido aplausos y galardones en importantes certámenes de cuento por toda España: desde el Gerald Brenan o el Hucha de Oro hasta el Unicaja o el Encarna León.
Francamente bueno.

martes, 23 de abril de 2019

La tienda de figuras de porcelana




No estoy muy seguro de cuáles son (quizá el plural resulte hiperbólico) las virtudes que atesoro, pero una de ellas sí que creo poseerla en razonable medida: el buen gusto como lector. Docenas de miles de horas con los ojos metidos entre libros me han ayudado (eso espero) a conseguir un cierto criterio en materia literaria. Así que cuando llegaron a mis manos los primeros escritos de Salva Solano, a finales de 2017, tardé muy poco en darme cuenta de que poseía un notable talento para la construcción de historias breves, que ahora se materializa en el volumen titulado La tienda de figuras de porcelana, que el sello Malbec puso en circulación hace un mes.
El tomo se abre con un relato espléndido, de estirpe borgiana (“Dios mueve el jugador, y éste la pieza. ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza?”, escribía el argentino), sobre un domo de nieve tan inquietante como mágico; y se cierra con un divertimento onírico-demoníaco, en el que Salva Solano desarrolla con gran brillantez (y sin ningún desmayo) una trama tan fácil de explicar como compleja de mantener narrativamente. En medio, enjoyadas con buenas adjetivaciones, imágenes brillantes (“Una gaviota permanecía inmóvil, veinte peldaños de aire sobre su cabeza”) y metáforas muy atrevidas (en la página 134 llama “herradura sonora” a unos auriculares), nos entrega un plausible abanico de historias: un episodio de ira escolar, que se resuelve de un modo vergonzante contra un débil (“Las furias inoportunas”); el alborear de un cosquilleo amoroso durante los días de la preadolescencia (“Aicnegreme ed adilas”); la experiencia traumática que experimenta una joven limpiadora en la habitación de un hotel (“Dulce en tu boca, amargo en tu vientre”); o, en fin, relatos donde el escritor cartagenero se decanta por conducirnos hacia un final inesperado, que convierte su narración en la mecha encendida de una bomba (“El sabor de la sangre”, “Locura contagiosa” o “La línea circular”).
Un libro muy notable (leer en el prólogo la justificación del título es una auténtica gozada), que permite descubrir para el público a un nuevo escritor que tiene, lo sé de buena tinta, muchas y muy interesantes cosas dentro de la cabeza.

miércoles, 26 de septiembre de 2018

La ira de los mansos




Imaginemos a un publicista de 39 años llamado Lázaro. Su vida no podría ser calificada de feliz, porque varios factores se alían con eficacia para erosionarla: el snobismo desdeñoso que muestra hacia él su familia política, la decadencia que advierte en la relación sexual y sentimental con su esposa, el temperamento insufrible de su jefe… Pero la puntilla que ha venido a desmoronar su existencia es el accidente que lo ha dejado en estado de coma en la UCI de un hospital. Curiosamente, y aunque nadie lo sospecha observando sus ojos cerrados y sus constantes vitales bajo mínimos, Lázaro es capaz de escuchar todo lo que está ocurriendo a su alrededor.
De esa manera tan poco ortodoxa va a enterarse de los tejemanejes de sus cuñadas, del odio africano que le dedica su suegra, de las singulares aficiones de algunas enfermeras y de otros detalles mucho más inquietantes relacionados con su hijo, con médicos que se suman a prácticas ilegales o con al accidente que lo ha postrado en cama. Del mismo modo, leeremos con admiración el candoroso monólogo que un niño llamado Jesús pronuncia ante Lázaro, en el que tendrán un tierno protagonista los componentes de La patrulla canina.
El versátil y siempre eficaz Víctor M. Mirete nos ofrece en este relato una historia terrible y humorística, fluida e interesante, en la que las constantes variaciones del rumbo narrativo aseguran en todo momento la amenidad de la novela, que Malbec Ediciones publica con buen criterio, añadiéndole unos anexos jocosos que actúan como eficaz epílogo. Un buen antídoto contra el aburrimiento.

domingo, 29 de julio de 2018

Que la ciudad se acabe de pronto



Cuando se lee en la contraportada de un libro que nos encontramos ante la ópera prima de un autor pueden suceder dos cosas: la más habitual, que nos hallemos ante un volumen imperfecto y titubeante, que casi implora perdón con el recurso a esa fórmula; la menos frecuente, que se trate de una obra cuajada, rotunda y alejada de los caminos trillados. El libro de relatos Que la ciudad se acabe de pronto, del que es autor Trifón Abad y que ha sido publicado por el sello Malbec, pertenece sin vacilaciones al segundo bloque: es un volumen admirable.
Y lo es por varias razones: una elección de temas que se salen de lo corriente (cocheros que encuentran cadáveres que luego venden a anatomistas, distopías futuristas basadas en la exaltación del silencio, niños entusiasmados con las moscas, venganzas indígenas que se prolongan en el tiempo), una construcción textual que asombra por su perfección, ritmos narrativos que tienen un aroma clásico y, en fin, unos personajes que, con apenas tres o cuatro pinceladas, quedan impresos en la mente del lector.
Trifón Abad sabe lo que se hace, esto no admite dudas. No incurre en aspavientos culturalistas, ni adopta una pose de iconoclasta, ni se dedica a torpedear nuestros ojos con relatos “provocadores”. Tampoco elabora una solapa pretendidamente graciosa, ni aporta una foto epatante de sí mismo. Lo normal cuando nos topamos con ese tipo de exhibiciones es deducir que el autor no está demasiado convencido de que su literatura sea capaz de defenderse sin apoyos. Pero él no. Trifón Abad (a quien no tengo el gusto de conocer, por cierto: que nadie piense en alabanzas amistosas) lleva a cabo lo más arduo, lo más ingrato, lo más difícil: se preocupa de escribir unos textos maduros, serenos, aquilatados; unas catedrales que tienen hermosa fachada, pero también una arquitectura solemne y duradera. Y luego los pone en nuestras manos.
A mí esta propuesta me parece muy convincente, y estoy seguro de que no me perderé su siguiente obra. Les recomiendo que hagan lo mismo.

sábado, 26 de mayo de 2018

El orden de la vida




Onofre no es un hombre resuelto, ni atractivo, ni bien dotado para las relaciones sociales. Así que cuando abandonó Los Olmos y se fue hacia el sur, en dirección a Las Arenas, su equipaje emocional era tan precario como modestas sus esperanzas: encontrar un trabajo que le permitiese volver a su lugar de origen con algo de dinero y una cierta aureola de triunfo y, si fuera posible, encontrar también a una mujer con la que compartir su existencia. Un día, en el almacén donde trabajaba, alzó la vista y pudo ver a Irene, una chica de pasado tumultuoso por la que de inmediato se sintió atraído. Onofre, que a su timidez le añade un notorio exceso de kilos y un carácter pusilánime, imaginó que alguien como Irene jamás le prestaría atención. Para su sorpresa la muchacha le autorizó una cierta proximidad amistosa, que él maquilló con los afeites de la esperanza.
La relación, sí, se consolidó en forma de matrimonio. Onofre, sí, creyó que el arco iris comenzaba a brillar a su alrededor. Y la felicidad, sí, pareció durante un tiempo posible. Pero los paraísos no admiten en su seno más que a unos pocos afortunados, y el muchacho irá enfangándose en el barro de muchos errores y de muchas tristezas: primero, cuando acepta llevar en su furgoneta unos transportes irregulares, que lo colocan al margen de la ley (todo el dinero se le antoja poco para construir su sueño, que ahora contiene a Irene); segundo, cuando comprueba que la chica lo desdeña carnalmente (“El sexo no lo es todo, créeme. En ocasiones destruye a las parejas y emponzoña la amistad”); tercero, cuando comprende que haber tenido una hija no es suficiente anclaje para su mujer, quien, pasados unos años, opta por buscar fuera del hogar la pasión que en él no obtiene. Sometido a la injuria de la lástima y golpeado por la inmisericordia del desdén, además de asustado con las dimensiones que alcanza su compromiso con los narcotraficantes de la zona, Onofre toma una decisión durísima, que termina afectando a todas las personas de su entorno.
Pascual García nos traslada en estas páginas no sólo un argumento novelístico maravillosamente trenzado (con saltos hacia atrás y hacia adelante, con hilos de diferentes grosores y colores que se van combinando para formar el dibujo de la obra) sino también y sobre todo un sobrecogedor viaje por la mente de unos seres a quienes el Destino o el Azar ha arrojado a existencias infelices, bien porque no consiguen sentirse amados (Onofre), bien porque no consiguen amar (Irene), bien porque se quedan sin posibilidad de amar (Antonia). En ese viaje, la pluma de Pascual García se nos antoja a veces un microscopio y a veces un bisturí, pero siempre advertimos en ella una indesmayable brillantez, que aletea en todos sus libros y que en éste alcanza niveles de clásico.

viernes, 20 de octubre de 2017

Los niños de Belzéc



Hace ya bastante tiempo que procuro no leer, por la saturación que me produjo atiborrarme de libros, películas, memorias y documentales para la escritura de mi novela El globo de Hitler, obras relacionadas con la Segunda Guerra Mundial o con el nazismo. Pero cuando llegó a mis manos el libro Los niños de Belzéc, de Víctor M. Mirete (Malbec Ediciones) entendí que no resultaba descabellado aceptar una excepción y me sumergí en sus páginas.
Tuve acceso entonces a la agencia FMP Investigadores, formada por Miguel, Patrick, Pascal y, sobre todo, Frédéric Poison. En esta ocasión (se trata de la segunda entrega de la saga, según indica la cubierta), el asunto que los pone en movimiento no puede ser más inquietante: tras la derrota de Hitler y el inicio del juicio de Nuremberg se están produciendo secuestros de antiguos nazis que tienen un nexo en común: todos estuvieron vinculados al campo de exterminio de Belzéc (situado al sudeste de Varsovia), donde más de cuatrocientos mil prisioneros encontraron la muerte. Pero a estos secuestros se unen los secuestros de sus hijos, que siembran de perplejidad a los investigadores. ¿Qué personas están ejecutando estas acciones? ¿Por qué dirigen su odio hacia unos niños que, en principio, ninguna culpa atesoran? ¿Quién es el misterioso “Juez” que parece encontrarse detrás de la operación?

Me van a permitir que lo deje en ese punto y que les invite a viajar hacia el período histórico que va desde 1942 hasta 1948, donde todas las hebras del relato se desarrollan y van relacionándose entre sí, para que lo descubran por ustedes mismos. Ya me dirán qué opinan, tras la lectura.