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domingo, 28 de junio de 2026

La primavera en viaje hacia el invierno


 

Vuelvo al universo narrativo de Pedro García Montalvo con los relatos contenidos en el volumen La primavera en viaje hacia el invierno, en el que las secuencias parecen configurar su propio tempo musical. Los adjetivos, como pinceladas de color, y el ritmo de las frases, con su cadencia única, establecen la respiración que los lectores deben adoptar para comprender la esencia última de los cuentos. A veces, el narrador nos pedirá que asistamos a una excursión escolar a orillas del río Segura, donde una pícara broma hará posible que el tímido profesor don Toribio, un latinista cuarentón con muy poco don de gentes, quede como un héroe ante la joven Adela (“Divertimento”); otras, nos presentará a la bellísima condesa Ángela de Yeste, que habría de convertirse después en protagonista de su novela El intermediario, que consigné en este Librario íntimo hace pocos días (https://rubencastillo.blogspot.com/2026/06/el-intermediario.html); o nos presentará a una chica que, normalmente sensata y prudente, se atolondra cuando el amor prende en su pecho (“El rostro”); o nos dibuja asechanzas más bien equívocas, como la protagonizada por el musicólogo Tomás Tarazona (“La venta de la Virgen”); o, en fin, explora laberintos más oscuros del alma humana, que reconocemos como propios, con horror, cuando deslizamos los ojos por los párrafos del relato (“Un monólogo”).

No necesita muchas páginas García Montalvo para construir sus propuestas, y eso las vuelve tan sólidas, tan condensadas, tan admirables. Releerlas al cabo de cuarenta años ha supuesto un auténtico placer.

viernes, 27 de marzo de 2026

La espalda del fotógrafo


 

Cuatro libros de José Luis Martínez Valero estaban dormidos en mi biblioteca, esperando el momento de emerger y abrirse ante mis ojos; y esa ceremonia, que se habría iniciado en cualquier momento, ha tenido que acelerarse a causa de su muerte. Compartí charlas con él; lo escuché en el museo Ramón Gaya; le oí recitar dos o tres veces; nos vimos en una decena de presentaciones de libros; y hasta brindamos en una reunión de lectores y escritores que se produjo en Mula, en la casa del pintor Juanjo Ayllón. Pero solamente una de sus obras (qué bochorno) está reseñada en mi blog. Que nadie me pregunte la razón, porque no la hay; o yo, al menos, no acierto a encontrarla. Un puro y maldito azar desatento, que me avergüenza anotar.

Así que, durante una tarde de café, soledad y silencio, leo en voz alta (así me gusta la poesía) La espalda del fotógrafo, que es un volumen lleno de olas, de cielos (la idea de utilizar el color azul en la cubierta es admirable), de recuerdos de la infancia, de pájaros y de homenajes líricos (preciosos los que tributa a María Cegarra, Aurelio Guirao y Luis Cernuda). En cada texto, y son muy breves, vemos el reflejo de un rayo de sol, el aroma de una playa, la suavidad ondulada de una brisa. Leemos definiciones de sí mismo que nos embriagan por su sencillez y su hondura (“Soy sólo un hueco / donde anida la palabra”). Nos invaden imágenes de su Águilas natal que, expresadas en apenas seis vocablos, valen por toda una enciclopedia de nostalgias (“Huele a algas en mi memoria”). Asistimos a momentos de gozosa plenitud, casi guillenianos (“Alzas la mirada y todo es cielo. / En tu mano sostienes la copa / y todo es mar”). O sentimos el brío inenarrable de sus comparaciones (“Es pálida y transparente como la piel de una lágrima”) y sus metáforas (“El gorrión, piedra con alas”).

Todo contribuye al éxtasis de escuchar y de sentir, porque la voz de José Luis era pura, deleitosa, pausada. De tal manera que cuando escribe que sus versos quedarán “tendidos en la playa, como mansos cuerpos sobre la arena” nos damos cuenta de que sí, que así es y así será. De vez en cuando pasearemos por esa playa y creeremos escuchar sus palabras, traídas por el oleaje. El poeta ya es agua y sal, en las orillas agradecidas de Águilas.

sábado, 10 de enero de 2026

Antiguo y mate

 


Me acerco hasta los relatos que Dionisia García reunió bajo el título de Antiguo y mate y que fueron publicados en 1985 por parte de la Editora Regional de Murcia. Como siempre ocurre con esta autora, la belleza embriaga desde las primeras líneas, pero sobre todo me sorprende de forma especial en cada uno de los cuentos el “efecto aislante” que la mirada de Dionisia despliega sobre las vidas de sus protagonistas. Es como si lograra sorprenderlos (y dibujarlos) en el minuto preciso en que todo se aquilata y cobra significado, en el aleph de sus existencias diminutas o derrotadas o atormentadas: vemos a la mujer de Juan recapitulando el declive lánguido de su esposo (“Ahora es el silencio”); al detenido que mantiene la dignidad de su postura sedente mientras lo torturan (“Ángulo recto”); a la chica que pierde unos valiosos dibujos de la galería de arte donde trabaja (“Máscaras de papel”); al pintor que se obsesiona con la imagen de una mujer que parece implorar su auxilio en el metro parisino (“Montparnasse, andén uno”); al triste anticuario David Goldssenberg, que tras el horror del nazismo ha cambiado de identidad (“Mr. Thomas”). A todos ellos los observa Dionisia con piedad, cautela y delicadeza, para comunicarnos su intimidad atribulada. Y cuánto se agradece que nos lo cuente.

Por eso, en estas propuestas narrativas el andamiaje argumental (tan tenue, tan revelador) se construye sobre imágenes, sobre luces, sobre silencios… Hay que estar muy pendientes, porque incluso el aire significa, incluso los silencios dicen, como en los mejores relatos de Onetti.

Busquen el libro y compruébenlo.

jueves, 22 de mayo de 2025

La cuarta persona del singular

 


Después de muchos años (no especificaré cuántos, porque ciertas aritméticas empujan eficazmente hacia la depresión), recupero los versos de Andrés García Cerdán, que desde mi primera aproximación me parecieron muy atractivos, con su infrecuente mezcla de juventud, sabiduría, desparpajo, aplomo y multiculturalismo, que me hacía gastar lápices rojos, subrayando en los márgenes y poniendo crucecitas, signos de exclamación o asteriscos.

Abramos el libro y leamos el arranque: “¿Escribir? Sé que no importa cuanto escribo / y juego, sin embargo, apostando el corazón”. Acudamos a la última página y leamos el cierre: “En la carretera de los días”. En medio, un hermoso búcaro donde junto a las flores reposan músicas (Smashing Pumpkins, Rosendo, Janis Joplin, Joey Ramone) o literatura (Catulo, Garcilaso, Pound, Breton, Borges, Cortázar), pero también aventuras llenas de imaginación en las que se riega los geranios con ginebra, se nos habla de la felicidad “de las monjas y los maniquíes”, se aquilatan con palabras nuevas los viejos tópicos antiguos (“Aprovecha las horas y deja que las horas / se aprovechen de ti. Como un pájaro, canta”), caracolea poemas en los que todos los versos terminan con la misma palabra (“Como una flor”), juega con personajes shakespeareanos para titular con gracejo una composición (“Yorickeando”), rinde homenaje al autor del Quijote (“Me encomiendo al licenciado Vidriera”) o nos sorprende con un poema, que titula “Avaricia” y que cobija un solo verso: “Lo guardo todo para ti”.

Andrés García Cerdán, versátil, convincente y maduro (por este libro recibió el XVI premio de poesía Antonio Oliver Belmás), me recuerda que tengo que visitar otra vez sus obras anteriores, que me esperan en la estantería.

domingo, 16 de marzo de 2025

Tríbada

 


Leí Tríbada por primera vez en 1987-1988, cuando me encontraba a mitad de mis estudios de Filología, y recuerdo que aquellas páginas me parecieron asombrosas. No por la historia en sí (aunque también), sino sobre todo por el lenguaje, por la sintaxis, por la escritura disidente y extravagante (dos adjetivos admirables, etimológicamente) del caravaqueño. Volví a abordarla en 1993, en la época en que me encontraba en Lorca cumpliendo mi servicio militar. Y ahora, en 2025, he retornado a su frecuentación de una forma calmada (diez páginas diarias), dedicándole dos meses de visita. Si en 2030 o en 2040 continúo vivo y me vuelvo a acercar al volumen, estoy seguro de que experimentaré una sensación idéntica a la actual: la obra será nueva. No la habré leído antes. Advertiré frases, esquinas, sombras, luces, sentidos que me resultaron invisibles en las anteriores visitas. Tríbada es un aleph, y un caleidoscopio, y un cosmos.

Los acontecimientos que en ella se narran son escuetos: una mujer llamada Damiana Palacios, “boticaria de cuarenta años”, que es amante de Daniel, ha descubierto que le atrae la idea de acercarse sexualmente a Lucía, “mujer de treinta y cinco años, modista o cortadora”. Esa inesperada apetencia sorprende y perturba a Daniel, quien queda tan desconcertado como dolido. Juana, antigua amada suya, le escribe cartas comentando los hechos y sus reacciones ante ellos. En síntesis, a eso queda reducido el “argumento” de la primera parte (La tríbada falsaria). La segunda entrega (La tríbada confusa) arranca tres años y cuatro meses después de iniciados los sucesos. Juana continúa escribiéndole a Daniel e incorporando documentos redactados sobre el asunto, entre otros, por José López Martí, Carmen Barberá o el propio Miguel Espinosa. En esta deliciosa continuación descubrimos la evolución de una Damiana “ya desesposada y desnuda de concubina” (carta 37), que se diluye hacia la podredumbre o la insignificancia, fétidamente desnortada. Ese derrumbe se antoja definitivo, hasta el punto de que anula cualquier posibilidad de expansión narrativa (“Podrá escribir aquel Miguel Espinosa, con mucho esfuerzo y cuidado, una segunda historia de la mujer, pero ya no escribirá otra tercera”, carta 53).

En esta segunda entrega (de una densidad inaudita, intelectual y léxicamente) las miradas se aglutinan y se anudan; convergen y diseccionan. Quienes saben del caso lo estudian desde todas las perspectivas posibles, en una especie de cónclave centrípeto, de Big Crunch psicológico o de Sanedrín implacable (y que conste que la elección de este último adjetivo no tiene nada de censoria, como se podría suponer, sino que aspira a ser puramente espinosiana: recordemos que en las páginas iniciales de Asklepios, el último griego, Miguel nos explicó la importancia que concedía a “enjuiciar desde principios y concluir implacablemente”). Todos conocen y aspiran a desentrañar, a entender, a saber. Cada pormenor concentra su atención, cada matiz es valorado con exhaustividad, cada detalle concita su interés y sus palabras. De tal forma que las decisiones, las ansias, las voliciones, los errores del ser humano son colocados en el cristal del microscopio, y de ellos se estudia el color, la forma, las mutaciones. No hay complacencia, sino pasmo. No hay desdén, sino anatomía. Se empieza con miradas humanas (sorpresa, furor, incluso violencia), las cuales luego devienen entomológicas y, por fin, concluyen teológicas.

Pero, sobre todo, el prodigio anida en el lenguaje y en la sintaxis, que despliegan su musculosa rareza intencionada, que no persigue la exhibición, sino el rigor del acero, la exactitud destilada y meditadísima. La única forma de entenderlo pasa por adentrarse en esta selva amazónica de inteligencia y palabras. Si lo hacen, nada volverá a ser lo mismo en sus corazones lectores.

lunes, 6 de enero de 2025

El oriente y más relatos


 

Que un libro goce de la presentación de una carta de la académica Carmen Conde y de un prólogo de Dionisia García ya nos adelanta que tenemos que interesarnos por él: es imposible que dos figuras egregias se unan para bautizar una nadería. Y, en efecto, las veintiséis narraciones que pueden encontrarse (y degustarse) en el interior de El oriente y más relatos, de la maravillosa Marisa López Soria, son tan breves como deliciosas. Las ilustraciones de Isidro Juan Ferrer Soria ayudan también a la configuración de esa atmósfera imaginativa.

Marisa nos propone un chisporroteo de juegos visuales y de anécdotas sonrientes que te mantienen adherido a las líneas de la obra. Así, por ejemplo, nos dice que “los humanos tendréis entre ciento cincuenta y trescientas pestañas en el párpado superior y aproximadamente ciento treinta en el inferior” (p.35). Casi dan ganas de ponerse delante del espejo y constatar (si nos lo permite la risa) lo acertado o erróneo de dichas cifras. Pero que nadie se llame a engaño, esperando solamente cuentos amables, divertidos o infantiles: historias tan duras como la titulada “De corazón”, protagonizada por un cardiólogo en crisis que sufre una brutal paliza, vulneran ese estereotipo.

El lenguaje de la autora, siempre tan eficaz, es aquí asombrosamente sencillo y, a la vez, está cruzado por hallazgos estilísticos de primera magnitud, que permiten realizar lecturas con distintos niveles de profundidad. Es el privilegio de quienes escriben como los ángeles.

miércoles, 19 de octubre de 2022

Museo de cera



No hacía muchos meses que acababa de desembarcar en la universidad de Murcia para estudiar Filología y, escrupuloso y lleno de avaricia, dedicaba el ochenta por ciento del tiempo a leer. Me interesaban los clásicos y los modernos, los locales y los foráneos, los prosistas y los poetas, los hombres y las mujeres. Una vez alcanzado el sueño de ingresar en la carrera que me permitiría ser profesor de literatura, tenía la ambición de leerlo todo, de empaparme de novelas, de llenar mis ojos con poemas, de tapizar mi corazón con cuentos. Y en 1986 llegué hasta una obra de la que había escuchado maravillas, y que había sido escrita por un tal José María Álvarez. Era mastodóntica y extraña. Era sorprendente y proteica. Yo nunca había leído nada que se pareciese, ni siquiera de forma lejana, a aquello. Llené el tomo (lo recuerdo bien, porque lo conservo) de subrayados, signos de exclamación, signos de interrogación y flechitas. Me embriagó.

Luego, cuando conocí la imagen borgiana del Aleph, volví a pensar en este tomo y comprendí que un volumen que contuviese todos los vinos del sur, todos los paisajes del mundo, todos los idiomas, toda la belleza femenina, toda la música de Mozart, todo el fulgor sherezádico, todas las cargas de caballería, todos los paraísos perdidos y todos los puertos de mar, podía ser considerado también un Aleph literario. Y, desde luego, Museo de cera era el más perfecto que yo conocía por entonces.

Un año más tarde (quizá dos, no sabría precisarlo), un amigo también aficionado a la lectura, me dijo que encontraba en esa obra un exceso de pedantería, por las citas continuas que, en varios idiomas, salpican el texto. Yo discrepé con aquel análisis y le comenté mi impresión: que las citas me parecían un reflejo de todo lo que Álvarez había encontrado en su navegación por el mundo de la cultura, mientras que sus propios versos eran lo que había buscado (o creado). Y que la conexión entre ambos territorios (hilos de oro o de niebla) bien podría ser su vida, o su espíritu, o la luz (primera y última) que lo justificaría para la posteridad.

Treinta y seis años después, dedico las noches de dos semanas a releer los poemas prodigiosos de Museo de cera y vuelvo a encontrarme con el éxtasis juvenil de entonces. Degusto con infinito deleite, una vez más, el universo de José María Álvarez, su dedicación extasiada y plena al arte, el alcohol, la belleza y el mundo, convertidos en versos asombrosos, versátiles, mudables y llenos de plenitud. Ningún óxido ha atacado sus páginas, ninguna humedad las ha rebajado o herido, ninguna sombra las enturbia. Durante esas dos semanas he visitado lupanares, he contemplado ocasos, he bebido vino, he escuchado el color del mar, he olido la fragancia tenue de los imperios desaparecidos, he afrontado espejos, he sentido a mi alrededor la majestad de las viejas alamedas y, cuando he sentido la vanidosa tentación de juzgar que estaba entendiendo al poeta, la sospecha de que quizá aún no del todo me ha obligado a un compromiso: releer la obra dentro de diez años.

Añadiré una curiosidad: al pasar una de las páginas del libro, he advertido que era un poco más gruesa que las demás… y entonces he comprobado que se trataba de dos hojas pegadas. Eso significa que he tenido acceso a dos páginas nuevas, que en 1986 ignoré involuntariamente. O quizá es que Museo de cera (otra vez Borges me auxilia) sea siempre una hoja que infinitamente se abre en dos más, y que por tanto su lectura y su belleza son inabarcables. Ojalá.

martes, 27 de abril de 2021

El Apocalipsis

 


De vez en cuando (muy de vez en cuando) aparecen libros que se salen de la norma, y que conmueven los cimientos mentales del lector, obligándolo a mirar las cosas de otro modo, a sentirlas de otro modo. Así ocurre con este delgado volumen que en 2007 le publicó la Editora Regional de Murcia a Antonio Llorente Abellán. El tomo se concibe (según nos pregona la contraportada) como las “memorias de un recluso”. Y sin duda es verdad, pero siempre que entendamos que los barrotes de esa celda son los huesos mismos del autor, que mira de forma implacable el mundo que lo rodea y que lo analiza con lucidez y desgarro, llegando a dibujarle interrogaciones a todas las presuntas certezas de un entorno que nos cerca ebrio de satisfacciones espurias marcadas con código de barras (“La alegría la venden en cualquier supermercado”, p.32).

Quizá –piensa el narrador– sea necesaria una demolición de todos los asideros, porque todos nos deslizan conformismos sedantes. Quizá nuestro alrededor no sea otra cosa que un oficio de tinieblas, y que sólo cuando apagamos la luz (esa luz externa y mentirosa) descubrimos el artificio y sentimos el impulso de llorar, de emprenderla a golpes contra la Gran Impostura. Apenas arañamos la superficie de las cosas, salta su pintura tenue y vislumbramos el óxido profundo, latente, áspero, frío, existencial, que se pudre debajo, como cuando Jean-Paul Sartre constataba en su novela La náusea que el auténtico mar no es verde, ni azul, sino que es negro y está habitado por animales repulsivos. Y en esta aventura, el narrador (y todo aquel que desee enfrentarse con rigor y con valentía a los huracanes) sabe que tiene que mantenerse firme, sin permitir que los cantos engañosos de las sirenas le hagan torcer el rumbo. La pátina coloreada que observamos puede ser hermosa, sin duda, pero esconde un fingimiento que no debe calar en nosotros (“Quisiera creer en la verdad de las máscaras, pero sólo creo en la cera que se derrite, en la vela que se apaga”, p.46).

Antonio Llorente (Cartagena, 1969) lanza zarpazos y exige respuestas. Éste es un libro para seres pensantes.

viernes, 26 de junio de 2020

Manual del adúltero




Avanzaba el año 2004 cuando Gregorio León (Balsicas, 1971) obtuvo una de las subvenciones que otorgaba la Consejería de Educación y Cultura de Murcia, y publicó con ella el volumen Manual del adúltero, doce cuentos que, auxiliándonos con el célebre título de Gabriel García Márquez, podríamos definir como “peregrinos”, en el sentido de que han viajado por toda España, obteniendo galardones y reconocimientos en Elda, Mieres, Madrid o Sevilla.
El autor, teniendo en cuenta el título de la obra, decide astutamente colocarle una cubierta de color verde (color erótico y también simbólico) e incluye una fotografía donde se observa a través del agujero de una cerradura el cuerpo de una mujer neumática, que fuma un puro mientras posa con lencería negra. La estética de esta presentación es, ocioso resultará aclararlo, deudora de la colección “La sonrisa vertical” de Tusquets. ¿Y qué encontramos dentro? Pues, principalmente, que el autor tiene un dominio de los resortes narrativos bastante notorio. Crea personajes de auténtico calado, como Bolarín, un mindango cazurro, hijo de Valentina la cabrera; o como ese vecino aficionado a la carpintería nocturna, que elabora de madrugada un misterioso ataúd; o como el fontanero que se enamora de una chica mirando una foto; o como el pobre padre de Verónica, que le cuenta sus penas a una rana.
Aparte de la dureza de algunos de sus argumentos, no faltan dosis de humor (el cura borracho que hablaba con “las sílabas practicando patinaje artístico en su boca”, p.35; o la mujer que, a lo largo de su existencia, “tuvo dos novios y un orgasmo”, p.151), así como relatos enteros que se construyen sobre un supuesto jocoso (es memorable la historia de los cónyuges que, por separado, se enamoran del mismo conductor de coche fúnebre en el cuento “La oyente y el policía”).
En suma, un libro cuajado de aciertos estilísticos, que produce muchas alegrías en el lector.

martes, 9 de junio de 2020

Historias de Chacón




La influencia que Julio Cortázar ejerce sobre la obra de José Cantabella, amplia y bien asimilada, persiste en su segundo libro, Historias de Chacón, una carpeta de apuntes, reflexiones, humoradas, pequeños relatos y fragmentos, que tienen el encanto de la variedad y la frescura de una prosa ágil. El escritor se adentra con igual pericia en los territorios de la cachaza (“Cuando por fin Chacón encontró el punto G, Angélica Brown llevaba ya dormida un buen rato”, p.44), de los giros inesperados (“No podía creer Chacón que su jefe, un hombre tan cabal, engañara a la querida con su propia esposa”, p.129) o del mundo onírico desbordado hacia la vigilia (“Cuando Chacón llegó a la oficina y vio la cara demacrada de su compañera, se acordó que había soñado con ella y hacían el amor toda la noche”, p.61).
Los restantes homenajes del libro se orientan en dos direcciones muy claras: bien se exponen de manera explícita, con nombre y apellido, para que cualquier lector conozca al destinatario del aplauso (Manuel Puig, Eloy Sánchez Rosillo, Gabriel García Márquez); bien se edifican sobre la composición de textos que, por su tema o su aroma literario, invitan a los lectores más curtidos a descubrir por sí solos la fuente de inspiración. Como ejemplos más destacados de esta última fórmula se podrían anotar el breve apunte titulado “El comensal” (que nos remite al inicio de la novela 62, modelo para armar, de Julio Cortázar) o “El fin del fin del mundo” (inspirado en una anécdota que Juan Bonilla incluyó en su obra Nadie conoce a nadie).
Literatura, pues, para enamorados de la literatura. Como siempre lo fue José Cantabella.

domingo, 7 de junio de 2020

El cuervo y las rosas




El profesor Edgard Burne ha logrado perfeccionar un método científico con el que clonar el cuerpo y la mente de una persona, e invita a Anthony Claridge (premio Nobel de Literatura) a que se preste a protagonizar un ensayo. Le dice, astuto, que de esa manera podrá hablar con su clon, que es lo más parecido a hablar con un “otro yo”. Halagado en su vanidad de artista, Claridge accede; y el experimento culmina con éxito… desde el punto de vista científico. Otra cosa será cuando el escritor tenga que enfrentarse con su alter ego, y éste vomite sobre él su pasado, sus miedos ocultos, sus miserias, sus mezquindades, hasta lograr que se tambalee su identidad: renunciará al premio Nobel, abandonará sus clases en la universidad de Cambridge, dejará su casa y se irá a vivir muy lejos…
Carlos Alonso Monreal (nacido en Callosa de Segura) es el autor de esta historia, que titula El cuervo y las rosas y que le publicó hace más de una década la Editora Regional de Murcia en su colección “Textos centrales”. La novela, pulcra y con secuencias de gran interés, adolece en su primera parte de un notable exceso de tecnicismos, que estorban la lectura; pero tiene la prudencia o la sagacidad de reducirlos en las páginas finales, con lo que la propuesta novelística queda, en su conjunto, si no brillante, sí al menos razonablemente amena.
Si Jorge Luis Borges dialogó consigo mismo en un célebre relato, Carlos Alonso Monreal nos entrega también una reflexión de la misma estirpe, que nos dejará meditabundos: si pudiéramos desdoblarnos, mirarnos y hablarnos, ¿qué es lo que aprenderíamos de nosotros mismos? ¿Qué nos podríamos decir? ¿Qué tendríamos que escuchar?

lunes, 25 de mayo de 2020

Memoria intacta como el ámbar




En el año 2003, la jumillana Ana María Tomás publicó su trabajo Memoria intacta como el ámbar, donde se sumergió en abundantes revelaciones de rango autobiográfico.
Son unos poemas breves, airosos, que muestran cómo cada imagen queda, gracias al mecanismo de la memoria, “inmune en su miel eternizada a los desprecios del tiempo” (p.15). Nos habla en estas páginas de una infancia sin lujos (“No había chocolate, no, pero las tardes eran de almíbar”, p.18), iluminada por días de colegio y rayuelas en las aceras, por madres protectoras, comuniones inmaculadas y meses que transcurrían lentos hacia la pubertad. Al fin, ejecutado su balance, la poeta descubre que está “en paz con la sombra del trastero” (p.43) y que no debemos perder nunca “la niñacidad de los días” (p.48).
Verdaderamente, la memoria es “déspota selectiva” (p.70), pero el hecho de tender la mirada hacia atrás no tiene por qué convertirnos en estatuas de sal (como le sucedió a la imprudente mujer de Lot). Más bien nos otorga la pureza de una contemplación con la que “se consiguen las fuerzas para seguir el viaje” (p.71).

martes, 12 de mayo de 2020

Lucía




Lucía es una muchacha que vive bajo el tormento de la muerte de su padre, un martirizada y descompuesta. Se encuentra ingresada en un hospital psiquiátrico y tiene alucinaciones (“¿Por qué nadie se cree que soy normal?”, p.27), que son contempladas con preocupación por las personas de su entorno. Su madre, Cristina, y su nuevo amor, Eduardo, la visitan con solicitud.
Es evidente que nos encontramos ante un asfixiante ejercicio de inmersión en los entresijos mentales de la chica, que no ha aceptado la muerte de su progenitor (ni tampoco la de su hermano Carlos) y que vive con el corazón herido por la nueva relación sentimental de su madre, que juzga invasiva e impropia.
En la pieza encontramos ecos clásicos evidentes, que la autora no solamente no oculta, sino que subraya y adapta a la perfección. En este caso, no hay que realizar muchos esfuerzos imaginativos para relacionar esta historia con la de Orestes (al que se cita explícitamente en la p.51), hijo de Agamenón y Clitemnestra, que mató a su madre y al amante de ésta.
Diana de Paco vuelve a demostrar en estas páginas que la cultura clásica sigue viva entre nosotros, porque, en realidad, hablaba de nosotros hace ya más de dos mil años. Y vuelve a demostrar también que su sólida trayectoria en el mundo de la dramaturgia no es fruto de una casualidad, sino de un enorme talento para la creación de personajes y espacios escénicos.

martes, 5 de mayo de 2020

La antesala




En la obra teatral La antesala, Diana de Paco Serrano nos plantea una situación muy curiosa. En escena tenemos a un montón de personas que están situadas ante lo que parecen ser las ventanillas de una administración pública. Todos estos seres están tensos, nerviosos, hacen cola de forma incómoda, discuten por las nimiedades más asombrosas, se pelean por el sitio que ostentaban o que desean lograr, cogen y rellenan formularios, etc. Pepe, que acaba de llegar, está bastante desconcertado, como si no supiera dónde se encuentra. Está vestido con ropa de noche (un absurdo pijama) y mira con perplejidad a su alrededor. Su esposa, tan desconcertada como él, llega muy pronto. Un señor servicial les explica lo que ha ocurrido, y la causa que los ha llevado a esa “antesala de la sala” (p.105).
A partir de ese momento, ambos tratarán de actuar conforme exige el decoro de la situación, tan inquietante como previsible, tan asombroso como terrible. Y el lector (o el espectador), que comprende muy bien la metáfora que la autora murciana le está trasladando, traga saliva mientras espera el desarrollo de los acontecimientos, para saber qué ocurrirá finalmente con todos los personajes que se mueven por la escena.
Es una obra de trazado ágil, elegante y sólidamente llevada, que hubiera hecho las delicias de Jean-Paul Sartre (por las conexiones que podemos establecer con Huis clos), y donde Diana de Paco demuestra una soltura realmente notable en los diálogos, en el manejo del sentido del humor y en la profundización psicológica de los personajes.

domingo, 26 de abril de 2020

Bienvenida la noche




En el año 1991, Ángel Paniagua publicó en la Editora Regional de Murcia un libro de poemas con el título de Si la ilusión persiste; pero todo parecía indicar (y las declaraciones posteriores del autor así lo confirmaron de forma explícita) que no se hallaba muy feliz con la publicación del tomo, por antojársele que su ciclo creativo no estaba terminado. Doce años tardaría en pulir y clausurar esa etapa poética. Y lo hizo con el volumen Bienvenida la noche.
Se ha hablado en muchas ocasiones de la majestad con que Eloy Sánchez Rosillo encabalga sus versos y de la sonoridad manifiesta que con este procedimiento les extrae: pues no es menor la belleza que obtiene de este mismo recurso Ángel Paniagua. “El tema de la vida” (poema que se encuentra entre las páginas 27 y 28) puede servir como ejemplo. Nos encontramos indudablemente ante un libro de amor y desamor, de intensas pasiones melancólicas, de cataclismos de piel y ausencias, en el que nuestro poeta accede a una madurez desencantada, de emociones provisionales, porque está claro para él “que aquellas luces álgidas / que pusieron su brillo en nuestros ojos / se han perdido de modo irremediable: / no somos tan mayores, / pero estamos cansados de esta danza” (p.37).
Tras muchos versos escritos y un buen ramo de palabras publicadas, Ángel había conseguido comprender que un poema no es más (ni menos) que “un fragmento de vida en que el poeta, / hablando de sí mismo, habla de todos” (p.16); y que un libro es “el resultado final de tanto esfuerzo / por hablarle a la vida con coraje” (p.107).
Voz imprescindible de la lírica contemporánea, Ángel Paniagua nos regala aquí unas páginas delicadas, lánguidas y sabias, que conviene releer de vez en cuando.

miércoles, 1 de abril de 2020

¿Dónde andará la vida?




Avalado por el premio Antonio Oliver Belmás de 1992 pudo ver la luz en el año 1993 el volumen ¿Dónde andará la vida? Lucidez, desgarro y tristeza vuelven a ser los sentimientos dominantes en sus páginas. La vida, según Sánchez Robles, es un mercurio que ha bailado entre nuestros dedos y finalmente ha optado por irse. El ayer cobijó la dicha (“Con frecuencia era sábado”, nos dice en la p.16), pero aquella plenitud luminosa se ha desvanecido y ahora el vértigo nos anonada (“Todo pasó muy rápido delante de nosotros”, p.22).
Probablemente, el único refugio que nos quede para superar la desesperación sea el ejercicio de la literatura, entendida como válvula de escape o como religión laica (“A veces duele el tiempo y lo escribimos”, p.36), porque ni siquiera mirando a nuestro alrededor encontraremos alicientes. La ciudad es un campamento de zombis, que ignoran (o que prefieren ignorar) su condición de cadáveres andantes: oficinistas con corbatas estúpidas; niños que no saben jugar o que ignoran la forma de reír; jóvenes ricos que se refugian en un snack-bar y que acodados allí consumen sin pausa alcoholes que los narcoticen; obreros con tarteras donde se entibia su almuerzo; transeúntes sin memoria y sin ilusión; árboles que se resignan a tener flores de color gris.
Es todo tan absurdo, tan desesperante, tan grotesco, que produce una aflicción insuperable en el poeta. “No hay rumbo”, declara en la página 64. Y por tanto debemos aceptar que “somos el sobrante numérico de cero” (p.83). No se puede llegar más lejos, aparentemente, por el camino de la negación y del nihilismo poético.

domingo, 29 de marzo de 2020

El otoño encarnado de Ives de la Roca




El mismo año en que había obtenido uno de los accésits del premio García Lorca de poesía (1997), Antonio Aguilar obtuvo también el premio Antonio Oliver Belmás en Cartagena por su trabajo El otoño encarnado de Ives de la Roca, que le publicaría casi de inmediato la Editora Regional de Murcia, en 1998.
Como ya indiqué en la reseña de El amor y los días, en la página 21 de aquel libro ya anticipaba el nombre de este alter ego o figura lírica extrapolada, que ahora se convierte en eje vertebral de su nuevo trabajo, y a quien otorga incluso una breve biografía: nos dice que nació en 1929 en la ciudad de Buenos Aires, hija de una francesa y un argentino, que fue traductor de Verlaine y que también se ejercitó como poeta (para extremar y perfeccionar la gracia del artificio, el autor murciano añade al término del volumen una pequeña antología de sus versos más sonoros y celebrados).
¿Y qué cambios experimentan (o qué evolución sugieren) las páginas de este nuevo libro? Lo principal es que los poemas se han comprimido y quintaesenciado. La palabra del autor se ha hecho más alígera, más flexible, más cimbreante; los versos se reducen de tamaño; disminuye la importancia de la adjetivación; y el conjunto queda dotado de más vuelo. Aumentan también de forma notable las referencias culturales (César Vallejo, Rimbaud, Eliot, Ovidio, Flaubert, García Lorca, Shakespeare, etc); y aumenta también el poder conceptual de algunas de sus líneas, entregándose a meditaciones vitalistas (“Este poema será breve, / la vida es demasiado corta”, p.13) e incluso filosóficas (“¿Te das cuenta de qué manera / vivir es ir abriendo / las puertas que luego / alguien nos cerrará?”, p.50).
Es evidente que ya estaba madura la primera madurez del poeta.

martes, 10 de marzo de 2020

El camino del aire




La yeclana Pura Azorín volvió, en el año 2005, al camino de la novela breve, que tantos reconocimientos (el Castillo-Puche, el Gabriel Sijé o el Leer es vivir) le había otorgado. El nuevo título era El camino del aire, que le publicó la Editora Regional de Murcia.
Nos cuenta aquí la historia de Violeta, una funambulista de 15 años que, frente al mundo mezquino y gris de las gentes que pueblan el circo, “se alegra de estar aquí arriba, donde nada le alcanza” (p.8). Es una niña triste, huérfana y desamparada, rodeada por una asombrosa serie de personajes más bien sórdidos (como el enano Rocco, que la ha manoseado lúbricamente desde la infancia) o amargados (como la giganta Lilí, vieja amiga de la madre de Violeta) o directamente untados por el fracaso (como El Mago, un tipo que podría haber coronado la ruta del éxito y que, en cambio, ha acabado realizando sus trucos en un circo de mala muerte).
Esa vida mediocre y sin esperanza que impregna a todos los protagonistas de su mundo (“Vamos y venimos como si tuviéramos que llegar a algún sitio cuando en realidad no vamos a ninguna parte, sólo viajamos en círculos perdidos en la nada”, p.48) termina por contagiar también a Violeta, que encuentra en el camino del aire (el alambre) la forma de caminar ajena a todo, tal vez buscando el olvido o el futuro. Su alma, a pesar de la juventud de su piel, está empapada por “una extraña mezcla de melancolía y esperanza” (p.85).
Otra gran producción breve de Pura Azorín, escritora más que estimable.

miércoles, 19 de febrero de 2020

Anales de la casa subterránea



Muy poco después de haber publicado Mediodía en la otra orilla (Universidad de Murcia, 2000), Ángel Manuel Gómez Espada ofreció a sus lectores el volumen de relatos Anales de la casa subterránea (Editora Regional, 2002), donde reunía doce narraciones cortas de inteligente factura y perfecta ejecución.
El lenguaje se utiliza en ellos con una divertida frescura adolescente, y las finuras del estilo comparten habitación en sus páginas con instantes de bien dosificado coloquialismo (registro en el que desde siempre el autor ha brillado de manera especial) y hasta con vocablos que los manuales de retórica observarían con rancio gesto de prevención (carajo, joder, hostia, puñetero, cojones, putada, coño, etc). Dentro del volumen resultan también muy llamativas las frecuentes muestras de humor, que van desde el tono negro de “Felpudo maldito” hasta el tinte agridulce de “La chica del póster”, pasando por la socarronería carcajeante de “Obra narrativa completa de Lucas Yerbabuena” o los matices macabros de “Una antología”. Los cuentos titulados “A orillas del Oise” (elegante y con un espléndido final melancólico) y “Pérdidas” (bellamente breve) podrían figurar en cualquier antología del relato murciano, por la forma perfecta en que han sido resueltos.
Repite mucho un amigo mío que lo que se va a ser, se va siendo. El formidable escritor al que actualmente conocemos ya alboreaba en estas páginas.

sábado, 8 de febrero de 2020

Mixtura



Después de haber publicado La celada fuente (1986) y Onégeses. Los despojos de un sueño (1988) se produjo un largo silencio editorial en torno al nombre de Fuensanta Muñoz Clares, que quedó felizmente clausurado en 2004 cuando la Editora Regional de Murcia tuvo el notorio acierto de publicarle el volumen de relatos Mixtura, compuesto por veintiuna piezas en las que la escritora mostraba que podía desenvolverse con la misma eficacia cuando abordaba temas amorosos (“Primavera en la Isla”), memorialísticos (ese orinal obtenido en la feria, en “Falsa palangana”) o costumbristas (“Travesti en el estanco”).
Todos los cuentos del volumen, por unas razones o por otras (temáticas, estilísticas, psicológicas) atesoran virtudes más que suficientes para que el lector les otorgue su aplauso; pero si tuviera que decantarme por algunos de ellos, mi elección es clara: “La llave” (donde se aborda el espinoso y dolorosísimo tema del maltrato femenino, que nunca deja por desgracia de estar de actualidad), “Hugo el portugués” (donde la voz y las trenzas de una niña, ya transformada en mujer, nos invitan a reflexionar sobre los azares de la vida) y “La visita” (una amarga meditación sobre la marginalidad).
Llama la atención el modo en que el personaje de Felicitas aparece, como una especie de Guadiana protagonista, en varios relatos del volumen: “El zapatero”, “Travesti en el estanco”, “Una caja blanca”, “Falsa palangana”, etc. ¿Se esconderá ahí algún personaje real o algún guiño autobiográfico? ¿Y lo habrá en esa profesora irónica que, tras leernos una redacción quinceañera refractaria a la ortografía, cierra con sus comentarios eruditos el cuento “Oveja mía, oveja mía”?
Háganse el favor de leer esta obra. Les va a gustar.