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jueves, 30 de agosto de 2018

Edad roja




Leí por primera vez a Joan Margarit hará cosa de quince años, por consejo de mi amigo Pepe Colomer, que además me prestó aquella delicada edición bilingüe, cuyo título lamento no recordar; y me subyugó su dicción lírica, la forma serena, fluida, eficaz y hermosa en que trasladaba emociones a mi mente. Hoy lo incorporo a mi blog gracias al tomo Edad roja, que está lleno de árboles que se deshojan, de restos de lluvia, de músicas de John Coltrane y de Chet Baker, de sonidos producidos por “la sonora senectud del mar”, de serenidades lánguidas, de reflexiones sobre el paso del tiempo y de amor. Pero no de un amor exaltado, febril o palpitante, sino un amor reposado, sereno y sabio, que da sentido a la vida y la completa de matices.
Llegamos a la edad roja en que el tobogán de la vida se vuelve vertiginoso, y saber que los versos hermosísimos de Margarit nos acompañan es todo un lujo.
“Nos vamos adentrando en la edad roja / y, mientras tanto, avanza por las horas / la sombra silenciosa de una vida / que nunca habremos vivido”, dice el poeta de Sanahuja, quien en estas páginas reflexiona lentamente sobre el paso de esas horas (“Amor y tiempo: el tiempo nos habita / como arena del río que, despacio, / va cambiando la forma de la costa”), sobre la imposibilidad del retorno (“Sólo un fugitivo vuelve al lugar / donde ya nunca le esperará nadie”) o sobre la poesía que se esconde en las cosas cotidianas (“el resplandor de joya falsa que tienen los semáforos”). Y lo hace en unos versos que se mecen con lentitud de barcas y que susurran en los oídos del lector una música tenue, tranquila, melancólica.
Leer a Margarit es como estar sentado en un sillón cómodo y contemplar la lluvia al otro lado de los cristales.

lunes, 11 de agosto de 2014

Reversos



El único tema que siempre me ha gustado en poesía es el que habla del paso del tiempo, y su repercusión sobre el espíritu de la persona que escribe. Los demás (el amor, la muerte, la amistad, el compromiso político, etc) me han llamado la atención durante un tiempo y luego me he distanciado de sus cauces, unas veces de forma suave y otras de manera abrupta. Quizá por eso me ha gustado tanto el volumen Reversos, de Diego Reche, que es un hermoso libro con el que su autor obtuvo el premio andaluz de poesía Villa de Peligros en el año 2012.
Me han gustado los poemas rimados del tomo (“La casa”, “Cines de domingo” o “El unicornio azul”, donde rinde un homenaje a Silvio Rodríguez) y me han gustado también aquellos en los cuales la rima la pone la añoranza, la tristeza, la melancolía por el paso de los años. Por ejemplo, aquel conjunto de versos en los que se detiene en una fotografía, que es siempre un “instante fugaz / que se salva del óxido del tiempo”. Diego Reche siente las fotografías como cuajarones de tiempo, como minutos fosilizados en papel, como trozos de vida que uno agarrase entre las manos y se negase a soltar, para que el tiempo no los marchite o aniquile. Y por eso las contempla con tanto fervor y con tanto respeto. Ahí está para demostrarlo la hermosa “Fotografía del diván”, donde nos explica que los personajes que aparecen en ella (sus padres) se han ido consumiendo con el paso de los años, pero que el diván, polvoriento y ajado, aún existe, mostrando de forma fehaciente que casi siempre nos sobreviven los objetos que nos rodean y acompañan.
El tiempo, también, puede sumirnos en una ceremonia cíclica, como la que nos resume en “Imagen del padre ausente”: cuando él era niño observaba a su padre mirando y retocando fotos durante la tarde de los domingos, y le asombraba su actitud; ahora, él emplea esas mismas tardes en mirar y retocar versos, y quizá sus hijos experimenten sensaciones parecidas a las que él protagonizó.

Pero no se agota el poemario en estas consideraciones, sino que también emplea un buen número de versos en hablarnos de su condición de profesor alejado de su esposa durante las jornadas laborales o convirtiéndola en protagonista de sus explicaciones poéticas en el aula. En ese sentido, me han parecido deliciosos los diez versos con los que cierra el libro, y que quiero utilizar también para cerrar este comentario, a la vez que recomiendo su lectura: “Te llamas Melibea / en el primer trimestre; / Beatriz, Lisi, Julieta, / Elisa o Galatea en el segundo; / en el tercero Laura, / doña Inés o Leonor. / Mis alumnos no saben / que tienes tantos nombres, / y tú, pensando, mientras, / que te llamas María”.