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lunes, 25 de mayo de 2026

¡Increíble Kamo!

 


Daniel Pennac, el autor de textos tan hermosos como Mal de escuela (https://rubencastillo.blogspot.com/2023/06/mal-de-escuela.html) o el famoso decálogo sobre los derechos del lector (aunque, si nos atenemos a las estadísticas, habría que decir más bien “de la lectora”), nos cuenta aquí dos fascinantes aventuras del adolescente Kamo, que me ha gustado conocer. En la primera, la madre del muchacho consigue que este se interese por la lengua inglesa haciendo que se cartee con Catherine Earnshaw, una chica con la que conecta gracias a la agencia Babel. Ella, solitaria y romántica, le escribe en papel antiguo, usando un lenguaje arcaico y enviando sus líneas en sobres cerrados con lacre, detalles que estimulan la curiosidad y provocan la fascinación de Kamo. Solamente al final, cuando el narrador de la historia (el mejor amigo del protagonista) decida investigar sobre la misteriosa agencia y sobre la identidad de Catherine se descubrirá lo que ambos enigmas esconden. En la segunda aventura, todo es más terrible y más inquietante: víctima de un accidente automovilístico, Kamo se encuentra en coma en el hospital, y dos amigos (entre ellos nuevamente el narrador) lucharán para seguir manteniendo el hilo de la esperanza, mientras escuchan sus delirios y se preocupan de pensar en él continuamente, ilusionados e impotentes a partes iguales.

El escritor francés (nacido en Casablanca, Marruecos, en 1944) demuestra una enorme habilidad para captar la psicología adolescente y, también, a la hora de plasmar las emociones de sus personajes mediante unos diálogos convincentes y líricos, que enamoran desde las primeras páginas. Pongan este libro en manos del adolescente que tengan más cerca. Acertarán.

domingo, 4 de junio de 2023

Mal de escuela

 


Por interés literario, y también profesional, he leído bastantes libros donde se abordaba el mundo de la educación desde diferentes perspectivas: desde visiones noveladas (Josefina Aldecoa, Salvador García Jiménez o Ernst Jünger) o poéticas (Antonio Machado, Gerardo Diego) hasta ensayísticas (Ken Robinson o Andreu Navarra). He sopesado las ideas vertidas en esas obras y creo haber aprendido bastante con esa rica pluralidad de enfoques, que se unían a mi propio bagaje como profesor, tarea fervorosa que llevo más de treinta años intentando cumplir de la mejor forma posible… En esta ocasión, he querido sumergirme en las páginas de un autor al que conocí a través de Como una novela y al que deseaba volver a frecuentar. He optado por Mal de escuela; y creo haber acertado en mi elección.

Porque Daniel Pennac (nacido Pennacchioni) se propone un abordaje del mundo escolar desde la mirada del zoquete. Es decir, no del alumno brillante y que alcanza notas espectaculares en todas las materias; no del alumno que se esfuerza y consigue sus objetivos, con tenacidad digna de aplauso; no del alumno que abomina del sistema y escupe su desprecio sobre él. No. Pennac declara que todos esos alumnos existen, y que cada uno merece respeto y cariño por una cosa. Pero él desea que miremos desde los ojos del alumno que no entiende, que no alcanza, que se queda fuera, que se convence de su nulidad, que se bloquea ante cualquier tipo de enseñanza, por considerar que no logrará la asimilación de ningún contenido. Y lo hace porque, según propia confesión, él fue un zoquete: un chico de aprendizaje dificultoso, lentísimo, exasperante, al que sacaron del agujero dos o tres profesores con tan buena voluntad como paciencia. Dejemos que nos lo diga él mismo: “De modo que yo era un mal alumno. Cada anochecer de mi infancia, regresaba a casa perseguido por la escuela. Mis boletines hablaban de la reprobación de mis maestros. Cuando no era el último de la clase, era el penúltimo (¡Hurra!). Negado para la aritmética primero, para las matemáticas luego, profundamente disortográfico, reticente a la memorización de las fechas y a la localización de los puntos geográficos, incapaz de aprender lenguas extranjeras, con fama de perezoso (lecciones no sabidas, deberes no hechos), llevaba a casa unos resultados tan lamentables que no eran compensados por la música, ni por el deporte, ni, en definitiva, por actividad extraescolar alguna” (p.17).

Una y otra vez, Pennac (que terminó siendo profesor, pese a los augurios de sus maestros, que prácticamente lo condenaban al fracaso; y que terminó también convirtiéndose en un reconocido escritor, pese a las previsiones catastrofistas de su maestro de gramática) insiste en la necesidad de ser flexibles, de comprender cada caso de forma individual, de ser respetuoso con los ritmos de cada alumno. Y, sobre todo, asegura que “es necesario dejar de blandir el pasado como una vergüenza y el porvenir como un castigo” (p.61), porque lo único que se consigue con esos métodos es amedrentar y paralizar más aún al chico que nos está mirando desde su lado del pupitre. Y porque “en resumen, se llega” (p.89): quizá tu alumno de matemáticas sea un desastre, pero es probable que termines descubriendo unos años después que es el maravilloso enfermero que te cuida en el hospital o el simpático y feliz empleado de la gasolinera donde llenas el depósito de tu coche. Se llega.

Libro luminoso, vitamínico, muy adecuado para docentes que necesiten recargar sus pilas emocionales y profesionales.

martes, 29 de diciembre de 2020

El señor Malaussène

 


Tras haber triunfado en España con aquel cautivador ensayo que tituló Como una novela, Daniel Pennac volvió a las librerías de nuestro país con El señor Malaussène, una larga historia (superaba las 500 páginas) traducida por Manuel Serrat donde nos contaba las peripecias de una singular tribu formada por una monja policía, un asesino múltiple que despelleja a las prostitutas, detectives sagacísimos, un prestidigitador e incluso un perro epiléptico llamado Julius, que muerde el aire cada tres minutos.

La novela (que en determinadas secuencias roza lo caótico) hace gala también de un irónico sentido del humor, presente por ejemplo en la extravagante cata de vinos que tiene lugar en el capítulo 29; o en la hilarante crítica al mundo de la abogacía que leemos en el capítulo 52.

Quien haya leído La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, y recuerde a su estrafalario protagonista Ignatius J. Reilly, se hará una certera idea de esta narración: es la historia de una tropa de Reillys. Pero, ante todo, Pennac nos entrega una novela donde los sentimientos parecen regidos por la alucinación, el delirio y la extravagancia; y donde un barrio, Belleville, se antoja el auténtico protagonista, con sus calles viejas, sus cines clausurados y sus fachadas enmohecidas por el paso de los tiempos.

Larga, poliédrica y extraña, El señor Malaussène es una historia que difícilmente admite ser condensada en pocas líneas, como advierte el propio autor: “Una novela digna de ese nombre no se deja resumir”.

jueves, 17 de septiembre de 2009

Gracias



Tiene que ser maravilloso acceder a la cúspide de la fama literaria, porque eso permite escribir bazofias y, firmándolas con tu nombre egregio, ser publicado en tu país y fuera de él, sin problemas, cartas de rechazo ni demoras. El ejemplo más cristalino que me ha sido dado encontrar en los últimos meses se titula Gracias, y el pergeñador de tan solemne patata no es otro que Daniel Pennac. Y digo “patata” por no recurrir, como quizá sería justo, a otras comparaciones más olorosas. En síntesis, se nos cuenta en este pequeño timo encuadernado en tapa dura la historia de un señor al que se ha galardonado por sus méritos artísticos y que, encima del escenario, agradece el premio. Lo hace, eso sí, con una irritante acumulación de frases truncas, balbuceos y puntos suspensivos, en una especie de prosa cangrejera y tartamuda, que no engañará a ningún lector razonable. Fin. Eso es todo. Extiéndase esa insufrible nimiedad con una tipografía gorda, achátense las páginas para que este folleto adquiera dimensiones de “libro” (¿se escucha mi risa al otro lado de la pantalla?) y tendremos la tontería que El Aleph Editores nos ha esclafado nada más empezar el verano de 2009, quizá con el peculiar objetivo de fastidiarnos las vacaciones. Por fortuna, han cuidado muchísimo la presentación de la obra, y salvo las tildes evaporadas (“agradecermelo”, página 33), los nombres equivocados (“Le Corbousier”, página 42), los disparates de orden numérico (“Doceava ciudad”, página 49) y otras lindezas de parecido cuño que me permitiré la elegancia de no añadir, el resto puede ser leído por niños de Primaria, aunque quizá lo encuentren demasiado infantil. ¿Y es que la obra no tiene acaso ningún párrafo salvable? Pues si hay que ser justos, sí que lo tiene: el que los sagaces editores han puesto como reclamo, anzuelo o trampantojo en la contraportada del volumen. Quienes deseen conocer esas líneas, que le den la vuelta al libro y, sin comprárselo (se me ocurren medio millón de obras más interesantes en las que invertir el dinero), empleen minuto y medio de su vida en leerlo. Dedicarle más sería un desperdicio.