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sábado, 1 de agosto de 2026

Vida de un piojo llamado Matías

 


Dejando aparte la gracieta del subtítulo (“Un relato para jóvenes de 8 a 88 años”), que incurre en un procedimiento ya tan sobado como cansino (y que espero que no fuera sugerido por el propio autor), diré que me lo he pasado bien leyendo las páginas de Vida de un piojo llamado Matías, del donostiarra Fernando Aramburu. Nos cuenta la historia de un parásito que nace en la nuca de un maquinista y que, desde sus primeros días, debe sobreponerse a un sinfín de peligros: las arduas exploraciones de las uñas o el peine; el ímpetu de la ducha o la furia huracanada del secador (“En ambos casos logré salvarme por un pelo, al que me mantuve agarrado lo mejor que pude”); o la incertidumbre por descubrir que está solo en un territorio amplísimo. Pero lo verdaderamente interesante llega cuando el diminuto tiráptero empieza a relacionarse con otros seres: una pioja dicharachera (con la que descubre un vínculo familiar muy tierno), una pulga (que será amable con él) o una peligrosa cuadrilla de enemigos que, siervos del Rey de la Caspa y muy celosos de sus límites territoriales, lo esclavizan. Con ingenio, Aramburu nos invita a reflexionar sobre la xenofobia, la importancia de la bondad o el hedonismo, en una novela que gustará más a los pequeños que a los grandes. Idónea para una tarde de café granizado y ventilador.

sábado, 18 de julio de 2026

Las batallas en el desierto

 


Al bajar por la calle de Blanca donde me crie, casi al final, había un chico que se sentaba en la puerta de casa a coser alfombras de esparto. Un poco más allá vivía un policía, cuyo hijo (o él) se llamaba Ángel. A pocos metros estaba la pescadería de los hermanos Cano, donde yo compraba las sardinas que me encargaban mi abuela o mi tía Esperanza (detrás del mostrador había un bellísimo mural pintado por Pedro, el hermano pequeño, ahora reconocido internacionalmente). Muy cerca se podía ver el estanco, fabricado entero de madera, junto a las carteleras del cine, donde colocaban fotogramas del próximo estreno. Al lado, la peña, el pequeño casino al que mi padre acudió con los amigos durante un tiempo (conservo una fotografía de entonces). Después, la confitería de la Concha Parra (cuyo hijo Ricardo Candel terminaría siendo médico de renombre y amigo queridísimo de mi familia). Y, casi enfrente, el bar de Felicito. Soy capaz de recordar hasta los menores detalles de cada uno de esos sitios (incluido el mural de Pedro Cano, en el que me fascinaba la figura erguida de un hombre bigotudo, que sonreía con los brazos en cruz y sostenía pescados).

Imagino que, a estas alturas, cualquier persona que esté leyendo con amable paciencia mi reseña se preguntará a qué demonios viene esta rememoración, tan personal como en apariencia incongruente, y la respuesta es sencilla: en Las batallas en el desierto, el mexicano José Emilio Pacheco dedica el primer tercio de la obra a dibujar la acuarela del recuerdo: las calles de la infancia, los juguetes, los olores, el trazado polvoriento de las calles, todos los perfiles de un mundo ya perdido, en el que los protagonistas de la novela se desenvolverán.

El resto, siendo hermoso (no seré yo quien lo niegue), se limita a ser una “historia”: el modo en que el niño protagonista se enamora de Mariana, la madre de su mejor amigo, y vive los tormentos derivados de esa debilidad: que sus padres monten en cólera por la “perversión” del chico, que lo obliguen a acudir a la iglesia para confesarse (el cura le hace las típicas preguntas pervertidas que tan usuales eran -no sé si siguen siendo- entre los sacerdotes de la época) y que finalmente lo lleven al psiquiatra (un despacho donde le hacen tests de lo más ridículos, para llegar a conclusiones también ridículas). Para el narrador, todo este circo resulta incomprensible: ¿dónde está la maldad en el hecho de haberse enamorado? ¿Qué hay de sucio o de pecaminoso en algo tan natural? (“El amor es una enfermedad en un mundo en que lo único natural es el odio”, anota en el capítulo XI). Una obra breve, quizá no memorable, que me ha gustado más en su plano evocador que en el narrativo y que me ha devuelto por unas horas a mi propia infancia.

martes, 19 de mayo de 2026

El lugar

 


Si tu padre ha sido un héroe de guerra, un torturador nazi, el descubridor de una vacuna, un futbolista de élite, un presidente de gobierno o el primer hombre en pisar la Luna, escribir sobre su vida resulta una tarea extremadamente simple: sus propias acciones lo han convertido en “material novelesco” de primer orden y tan solo hay que colocarlas por orden para que los lectores accedan a ellas. Pero si ha sido una persona gris, sin más brillo aparente que el derivado de la normalidad, el asunto se complica. ¿A quién puede interesarle que hizo la mili en Bétera, que le gustaban las alubias estofadas o que jamás perdonó una siesta? De tan banales como resultan sus ingredientes, el guiso deviene rancho de cuartel.

Pero Annie Ernaux se arriesga y nos cuenta que su progenitor abandonó los estudios primarios sin acabarlos, porque tenía que trabajar; que su adolescencia fue dura; que trabajó con poco entusiasmo, pero con aplicación, en una cordelería; que luego reparó tejados (hasta que una caída lo alejó de ese horizonte laboral) y que, finalmente, montó con su esposa un café-colmado en el que logró estabilizar su vida económica. Nos habla también de sus complejos lingüísticos (tenía pánico a quedar en evidencia hablando de forma inadecuada); de que jamás visitó un museo; de que se sentía orgulloso por los estudios de su hija, pero le preocupaba que se concentrara demasiado en ellos; y de que a los sesenta años su salud comenzó a deteriorarse: le descubrieron problemas en el estómago.

Quizá se estén ustedes preguntando a dónde nos lleva todo esto, y la respuesta es tan sencilla como universal: no nos lleva a ningún sitio. Pero no por defecto de la autora, sino porque la normalidad de la vida es así: una hilera de pasos sobre la duna de un desierto que, de pronto, se cancela. Un día, Annie volvió a casa y el padre recayó de su grave enfermedad estomacal. Ella, que se quedó a su lado durante unos días, se encontraba leyendo la novela Los mandarines, de Simone de Beauvoir, pero no conseguía concentrarse. Y nos deja una confesión tan sencilla como conmovedora: sabe que “al llegar a alguna página de ese libro mi padre ya no viviría”. Eso es todo y así ocurrió. Como siempre. Como nos ha pasado o nos pasará a nosotros. La vida.

martes, 7 de abril de 2026

Coloquio de invierno

 


Traten de situarse en el inicio del año 2021. Si su memoria es buena, recordarán que muy pocas horas después del día de Reyes, una borrasca descomunal (a la que tuvieron la ocurrencia o la pachorra de ponerle el nombre de Filomena) penetró en la península ibérica y ocasionó fortísimas nevadas. Lo que no sé si saben es que un grupo de personas quedó aislado en un hotel rural y, para distraer el paso de las horas, decidieron contarse historias las unas a las otras. Así arranca el último libro de Luis Landero, que se titula Coloquio de invierno y que reconoce desde sus primeras líneas el entronque y la deuda con el Decamerón de Giovanni Boccaccio, pero que se diferencia del modelo italiano en la cohesión que los diálogos de los personajes generan, hasta convertir el conjunto en una novela, y no en meros relatos con marco.

Algunos de los protagonistas se adscriben al juego con más entusiasmo; otros, con más renuencia. Unos son más verbosos; otros se decantan por el laconismo. Pero la magia del buen narrar (esa que siempre exhibe Landero) preside todas las páginas y nos encandila. El doctor León nos deleita con la tormentosa relación entre Monroy y don Claudio, en medio de los cuales se encuentra Valeria. El ferroviario Orozco nos explica con detalle cómo, el mismo día de su boda, se vio inmerso en una situación extrañísima, a la que se aferró para no contraer matrimonio. Tomás, periodista, nos cuenta cómo conoció a un hombre que, tras años de “normalidad” (social, laboral, doméstica), dio en la inesperada idea de abandonarlo todo e instalarse en un banco público, con un perro, al modo de los mendigos urbanos. Otro de los narradores provocará nuestras carcajadas cuando nos ofrezca el relato de aquel hombre que, sentado en su lecho nupcial tras la celebración de sus esponsales, emitió para sorpresa de su esposa tan estruendoso y desgarrador pedo que, abochornado, provocó su huida hacia La India.

El personaje de Santos lo resume muy bien, casi al final de la obra: “Todas las historias que hemos contado, sean o no de amor, tratan de lo mismo, de la entrecana zona media y de cómo la vida está hecha de momentos”. Es verdad. La conclusión es esa: que nuestras vidas se vertebran sobre dos o tres episodios (el número puede ser mayor) que nos conformaron como somos y que determinan nuestro carácter, nuestro destino. Esos puntos de inflexión pueden ser gozosos o lamentables, tristes o alegres, dignos o viles, voluntarios o inconscientes; pero constituyen jalones en nuestro vivir. Landero, vertiginosamente brillante en su prosa, también demuestra serlo en su percepción sobre el ser humano.

viernes, 2 de enero de 2026

Tsugumi

 


Leo mi tercer libro de la japonesa Banana Yoshimoto, que se titula Tsugumi y que traducen Albert Nolla y Bibiana Morante. Y, como en mis dos aproximaciones anteriores, vuelvo a sentir la fascinación de una atmósfera: la que crea la autora con sus personajes, con sus diálogos, con sus paisajes. Desde el principio puede escucharse la voz (tan cristalina, tan delicada) de Maria Shirakawa, quien conoce desde niña a Tsugumi, hija de los dueños del hostal Yamamoto. Sabe muy bien que su amiga es “mala, deslenguada, egoísta, consentida y retorcida” (p.11), pero también es consciente de que “fuera de casa, era otra persona” (p.14). Quizá la razón de ese temperamento agresivo, burlón, descarado y hasta insolente haya que buscarla en la quebradiza salud de la muchacha, que siempre parece estar al borde de la muerte, con fiebres, temblores y achaques. Es como si, sabiéndose tan débil en lo físico, Tsugumi buscara acorazarse, protegerse, impedir que nadie se le acerque demasiado.

Pero cuando, un tiempo después, Maria vuelve a pasar el verano junto a su amiga (la familia va a desprenderse de su hostal en unas semanas), un tercer personaje irrumpirá con fuerza entre ellos: el joven, educado y simpático Ryoichi, del que Tsugumi cree enamorarse.

Elegante en el trazado de sus escenas, Yoshimoto consigue una historia hermosa (y, por instantes, terrible), que me sirve para inaugurar el año literario 2026.

lunes, 29 de diciembre de 2025

Modelos de mujer

 


No sé en qué año comencé a leer a Almudena Grandes. Calculo que sería cuando estaba terminando mis estudios en la universidad de Murcia: fue la época en que la autora madrileña obtuvo el premio La sonrisa vertical y empezó a aparecer con asiduidad en la prensa. Digamos, pues, que 1990. Luego seguí leyendo sus obras (no todas), y he continuado con esa tendencia desde que tengo este blog, cuyas puertas le abrí encantado con títulos como Los aires difíciles, Castillos de cartón, Mercado de Barceló, Las edades de Lulú, Estaciones de paso, Inés y la alegría, El lector de Julio Verne, ¡Adiós, Martínez! y La herida perpetua (tienen ustedes las nueve reseñas en este mismo blog). Ahora completo otra aproximación: los relatos contenidos en Modelos de mujer, que me fascina.

Los personajes de Migue (que tiene retraso cognitivo y que se enamora de un fantasma relacionado con la guerra civil), de la química Malena (que mantiene un duro combate contra la comida, dada su tendencia a engordar), de la niña Bárbara (que se enfrenta al horror de la muerte a través de las palabras de una monja con la cabeza perdida), de la absorbente y turbadora madre que retiene a su hija con procedimientos químicos, de la mujer que encuentra en los balcones su sistema de comunicación con el primer hombre que la rondó sentimentalmente, de la joven doctoranda que consigue conquistar el corazón de un director de cine (sin que la fascinante belleza de una bellísima modelo sirva de nada para desviar su atención) y de la matemática Berta (la buena hija que ha vivido esclavizada por una madre distante y ahora impedida en cama) se convierten página a página en poderosos imanes que te mantienen adherido a sus historias, donde siempre se nos pide que escuchemos a una mujer que sufre. Y qué placer hacerlo, porque el modo de narrar de la madrileña es sublime.

Lo he dicho y escrito varias veces, pero no me importa repetirme: quiero leer una tras otra todas las producciones de Almudena e irlas subiendo a mi blog. En 2026 continuaré con el proyecto.

jueves, 18 de diciembre de 2025

Lo que no se ve

 


Consignemos, aunque sea levemente, las líneas argumentales de las seis historias que Cristina Fernández Cubas recopila en su reciente volumen Lo que no se ve (Tusquets, 2025): dos hermanas que han invertido sus vidas en la obsesiva imitación de la película ¿Qué fue de Baby Jane? (“Tú Joan, yo Bette”); una mujer que recuerda con bochorno la forma en que malbarató la amistad de una poco agraciada compañera de instituto (“¿De qué se habla en las fiestas?”); cinco estudiantes universitarios, tan engreídos como vulnerables, que decidieron jugar a las invocaciones demoníacas, iniciando de ese modo una larga cadena de desgracias (“Momonio”); una muchacha que ha sufrido durante años la enojosa comparación con su bella y angelical hermana adoptada (“La hermana china”); un hombre que, inmerso en una relación sentimental no muy dichosa, recuerda un amor de juventud (“Il Buco”); y una mujer que, en el arrabal de la senectud, comprende la importancia de realizar un recuento de su vida, un balance (“Candela Viva”). Ahora bien, ¿existe algún nexo que vincule esta media docena de narraciones, algún leitmotiv que las hilvane? Si tuviera que decantarme por uno elegiría el poder que, sobre el presente, ejercen los ayeres infelices; la sentina de lágrimas que lastra nuestro barco; la espalda dolorosa de nuestro pecho optimista. Porque Cristina Fernández Cubas, además de una prodigiosa escritora, es una admirable analista del espíritu humano, que coloca ante los lectores seis maravillosos cuadros emocionales que, en algún caso, funcionan como espejos, donde podemos ver reflejados nuestros miedos, nuestros errores, nuestros arrepentimientos, nuestros fracasos.

Apostar por un libro de la catalana siempre es una buena idea. Lo digo por si están pensando en regalar (o regalarse) algo por Navidad: van a acertar seguro.

viernes, 24 de octubre de 2025

Un viejo que leía novelas de amor

 


Releo, treinta años después de mi anterior visita, la deliciosa obra Un viejo que leía novelas de amor, del chileno Luis Sepúlveda. Y encuentro en sus páginas el mismo exotismo seductor, la misma magia literaria, el mismo deslumbramiento que descubrí en aquella primera lectura, cuando la visita semestral del dentista Rubicundo Loachamín a El Idilio me permitió conocer a Antonio José Bolívar, que recibía siempre las novelas que el galeno le facilitaba para entretener sus horas de viudo (su pobre esposa Dolores Encarnación del Santísimo Sacramento Estupiñán Otavalo sucumbió años atrás a la malaria). Y han vuelto también a maravillarme las enseñanzas que extrajo de su estancia con los shuar (a quienes conocemos más comúnmente como “jíbaros”). Y he sonreído viéndolo comer y, luego, sacándose la dentadura para que no se estropee en la boca fuera de su tiempo de servicio. Y he notado un estremecimiento emocional cuando he vuelto a asistir a su enfrentamiento con la hembra felina que anda merodeando por el poblado, por culpa de un yanqui imbécil que mató a su pareja y sus cachorros. Y, sobre todo, he sentido una profunda admiración por el hombre viejo, sereno, sabio, que ha vivido mucho y que ha aprendido a respetar las normas del territorio que lo rodea, acompasando su respiración a ellas para lograr un equilibrio tan armónico como envidiable.

Subrayé en 1995 una frase de la página 60 (“Los colonos destrozaban la selva construyendo la obra maestra del hombre civilizado: el desierto”). Subrayé otra de la página 62 (“Sabía leer. Era poseedor del antídoto contra el ponzoñoso veneno de la vejez”). Subrayé otra de la página 66 (“El animal de la soledad. Bicho astuto”). Hoy, treinta años después, creo que subrayaría con rotulador rojo todo el libro. Maravilloso.

martes, 23 de septiembre de 2025

La herida perpetua

 


Almudena Grandes, que nunca se escondió para exponer sus ideas, tampoco lo hace en estos artículos que, publicados en el diario El País, quedaron reunidos en el volumen La herida perpetua (Tusquets), el cual lleva el significativo subtítulo de “El problema de España y la regeneración del presente”. Porque, en efecto, esa es la temática nuclear del tomo: las miradas que esta escritora (que se define como republicana, feminista y del Atleti) deslizó sobre la situación política, social y económica de la España contemporánea. Semana a semana, fue mirando y pensando su entorno, y convirtió sus reflexiones en estas breves columnas, donde la actualidad va marcando la hoja de ruta de sus análisis: la cerrilidad de un PP que jamás ha condenado la dictadura franquista (“Para la normalización de nuestro país es imprescindible una derecha democrática y responsable, que renuncie al revanchismo”); la vuelta atrás en ciertos logros conseguidos tras décadas de insistencia (como el derecho al aborto); la necesidad de que todo el mundo tome conciencia de la importancia de una educación y una sanidad públicas sólidas y estables; la amarga situación en que España dejó en su momento al pueblo saharahui; la hipocresía del sistema bancario que, después de haber ganado miles de millones, culpa a los ciudadanos de la crisis del sistema y exige ser rescatado con dinero público; los manejos innobles de las cúpulas financieras, que parecen obstinadas en derribar la estabilidad del sistema (“Creo que no vivimos una crisis económica, sino un proceso sistemático de destrucción del Estado del bienestar”); su preocupación por “el invencible rodillo del neoliberalismo erigido en único pensamiento planetario”; la tristeza y la rabia de que sigan sin ser reivindicados y honrados todos los muertos que continúan, anónimos, en las cunetas españolas; o su estupefacción ante el hecho de que la política se haya convertido en “la profesión de unos señores que nunca se sienten obligados a reconocer que se han equivocado. Y esa es la mayor de las equivocaciones”. Y ojo también con la capacidad de la escritora madrileña para anticiparse a los acontecimientos de la política nacional: en su artículo “La ultraderecha enseña la oreja por primera vez” ya avisa sobre el peligro de un fascismo, el de VOX, que pronto se iba a convertir en peligrosa realidad.

Contundentes, arriesgados y polémicos, estos textos de Almudena Grandes nos permiten seguir escuchándola e incluso discutir respetuosamente con ella: es la gran magia de la literatura.

jueves, 15 de mayo de 2025

Soldados de Salamina

 


Leo por tercera vez Soldados de Salamina, de Javier Cercas, para incorporar el libro a mi blog (en las dos primeras lecturas aún no lo había creado). Y vuelvo a sentir la embriaguez de una historia espléndidamente contada, que se vertebra alrededor de una traumática experiencia sufrida por Rafael Sánchez Mazas en 1939: tras ser sometido en Cataluña a un fusilamiento imperfecto (discúlpese la adjetivación, que no es burlona, sino descriptiva), huyó al cercano bosque y, allí, el miliciano que lo descubrió prefirió perdonarle la vida y no denunciarlo ante sus camaradas. Horas más tarde, unos lugareños se encontraron con él y lo cuidaron. Tras acabar la contienda, Sánchez Mazas terminó convirtiéndose en gerifalte destacado (incluso llegó a ministro) del primer régimen franquista. Medio siglo después, un periodista con impulsos literarios (que se llama Javier Cercas y que es autor de las novelas El inquilino y El móvil) se pregunta cuánto hubo de verdad en estos sucesos y cuánto de recuerdo elaborado con posterioridad. Y, sobre todo, se pregunta por la identidad de aquel anónimo miliciano que lo dejó con vida. ¿Qué pensó, mientras lo miraba a los ojos y fingía no verlo, para que sus compañeros no lo mataran? Poco a poco, Javier Cercas va entrevistándose con los protagonistas de entonces (o con sus hijos) para reconstruir la historia y nos ofrece los resultados en este texto, que participa de la fantasía y de la realidad, de la historia y de la novela.

Esa es la sustancia de Soldados de Salamina, en la que desde su primera página nos sentimos absorbidos por aquel mundo horrendo de las postrimerías de la guerra civil y, sobre todo, por la experiencia sufrida por Sánchez Mazas, cuyas convicciones políticas, “rebajadas a la categoría de ornamento ideológico por el militarote gordezuelo, afeminado, incompetente, astuto y conservador que las usurpó, acabarían convertidas en la parafernalia cada vez más podrida y huérfana de significado con la que un puñado de patanes luchó durante cuarenta años de pesadumbre por justificar su régimen de mierda” (p.86). Imposible decirlo de una forma más contundente.

Pero, sobre todo, lo que queda después de la lectura en los ojos, en el cerebro y en el corazón es la sensación de haber paladeado un libro excepcional, rotundo, firme, bello y de final melancólico (qué final, qué final: de los más brillantes que pueden leerse en la literatura española de las últimas décadas), que tributa un homenaje más que merecido a quienes en un tiempo aciago combatieron con honestidad por sus ideas y que, en las décadas siguientes, fueron languideciendo entre la desmemoria ingrata de sus compatriotas.

viernes, 18 de abril de 2025

La casa de Matriona

 


Ignatich, un profesor de matemáticas que ha pasado un largo tiempo en la cárcel, solicita plaza en 1953 para trabajar en algún pueblecito ruso que esté apartado de las grandes ciudades e incluso de las vías del tren. Y después de algunos enredos burocráticos se le destina a Torfoprodukt, donde busca inútilmente un lugar de hospedaje hasta que alguien le sugiere que acuda a Matriona Vasilievna, una mujer pobre y enferma que posee una isba paupérrima (“Aparte de Matriona y de mí, en la isba vivían un gato, ratones y cucarachas”). La convivencia con ella es muy fácil, porque ambos saben adaptarse a la precariedad y desconocen el afán de lujo, pero todo comenzará a enrarecerse cuando unos parientes codiciosos (la pobreza suele activar los mecanismos más lamentables de la avaricia) planeen alrededor de la anciana para apoderarse de algunas de sus tristes pertenencias. Cuando al fin se produzcan varias muertes por un accidente, algunas personas susurrarán reflexiones (“Dos misterios hay en el mundo: cómo nací no lo recuerdo; cómo moriré, no lo sé”, cap.3) y las demás se aprestarán al reparto de los despojos.

Narrada con una sencilla y demoledora eficacia, La casa de Matriona nos acerca a la realidad miserable y atenazada del mundo soviético, contada desde abajo. No hay apenas referencias políticas, ni tampoco críticas directas hacia el gobierno: Solzhenitsyn se limita a dejarnos ver cómo sus personajes chapotean entre la miseria y, como natural consecuencia, incurren en la mezquindad (salvo Matriona, de la cual nos comenta el narrador que “fue ese ser justo sin el cual, según dice el proverbio, no hay aldea que exista. Ni ciudad. Ni nuestra tierra entera”). Con su ejemplo de vida, la anciana representa, en su isba, una isla de dignidad, nobleza y humanidad que constituye, a la postre, lo más hermoso de la novela.

sábado, 1 de marzo de 2025

Tokio blues (Norwegian Wood)


 

He escuchado mucho sobre Haruki Murakami (declaraciones, opiniones sobre la idoneidad o inconveniencia de concederle el premio Nobel de Literatura, etc), pero reconozco haber leído muy poco de su obra. La razón no hay que buscarla en otro sitio que en el azar y en el misterio: hay autores que me provocan enorme interés y autores que, por la misma inexistente razón objetiva, no me atraen (o no lo hacen de forma inmediata). Haruki Murakami siempre se ha encontrado en la segunda zona. Por lo que sea (insisto: soy incapaz de explicar objetivamente la causa), he ido demorando y demorando cualquier aproximación a sus libros, salvo un leve conato en el año 2013, que no me animó a seguir explorando (tengo que ser sincero) más obras suyas inmediatamente (https://rubencastillo.blogspot.com/2013/04/despues-del-terremoto.html).

Y ahora, por un impulso igual de inexplicable, he dedicado unos días a leerme las páginas de su novela Tokio blues (Norwegian Wood), que me ha parecido fascinante. Me han impresionado todos sus personajes (Toru Watanabe, Naoko, Midori, Reiko, incluso los laterales Nagasawa o Kizuki); me ha dejado absorto con el lirismo tenue de sus diálogos; me ha convencido con la forma en que ha ido desarrollando la historia (analepsis y prolepsis muy bien conducidas); y tanto sus secuencias reflexivas como las sexuales son, en mi opinión, para quitarse el sombrero. Es decir, que la considero una espléndida novela. (Además, como admirador absoluto de los Beatles, qué voy a decir de un libro que los incluye).

Una curiosidad: si se acercan hasta la página 328 verán que allí la vida es comparada con una caja de galletas, en la que nunca sabes lo que te va a tocar (quizá recuerden esa frase de la película “Forrest Gump”, que se estrenó siete años después de la publicación de la novela).

El modo en que Murakami nos conduce por los pasillos mentales de algunos de sus protagonistas es prodigioso y, aunque no compartas sus formas de pensar o de afrontar los problemas, porque se apartan de tus propias concepciones sobre la vida, los entiendes: eres capaz de comprender los dolores, las lágrimas, las traiciones, las peleas, las borracheras, los suicidios. Solamente un excelente pintor y un excelente director de orquesta puede conseguir que florezcan esos colores, esos sonidos, en el corazón de los lectores. Murakami, ahora comienzo a darme cuenta, es ambas cosas: un gran pintor y un gran director de orquesta. Quizá me aproxime pronto a otra de sus obras: no me extrañaría.

miércoles, 26 de febrero de 2025

Arde ya la yedra

 


Hace ya varios años (juraría que fue a mediados de 2011), mi entrañable amigo Pepe Colomer me preguntó si había leído algún libro de Gonzalo Hidalgo Bayal y, contrito, tuve que reconocerle que no. Su consejo fue contundente: no lo dejes para más tarde. Y yo, como siempre he confiado en su buen juicio lector, me apresté a hacerle caso y me sumergí en las páginas de Conversación (https://rubencastillo.blogspot.com/2011/11/conversacion.html). En efecto, qué poderoso estilista descubrí en aquellas páginas. Luego abordé su pequeño libro de relatos Un artista del billar (https://rubencastillo.blogspot.com/2015/05/un-artista-del-billar.html), su delicioso Campo de amapolas blancas (https://rubencastillo.blogspot.com/2015/06/campo-de-amapolas-blancas.html), su rotunda Hervaciana (https://rubencastillo.blogspot.com/2022/01/hervaciana.html) y, por fin, La escapada (https://rubencastillo.blogspot.com/2022/12/la-escapada.html). En ese momento, opté por detenerme, tomar un respiro y aplazar mis siguientes lecturas del cacereño, para no agotarlas demasiado deprisa.

Hoy, volviendo con entusiasmo a la carga, me deleito con Arde ya la yedra, que desde el título nos sugiere los juegos palindrómicos que, en efecto, cruzan e impregnan la obra. ¿Y por qué lo hacen? Ah, pues porque un joven de veinticuatro años (que acaba de ser abandonado por la chica de sus sueños y que tiene como horizonte cultural las novelas del oeste que consigue en los quioscos) da en la peregrina idea, tan risible como inquebrantable, de escribir una novela durante un mes y presentarla a un premio que acaba de ser convocado. Lo de menos es que nos vaya explicando cómo la compone, o que resulte finalista, o que Hidalgo Bayal aproveche su asistencia al acto cultural para destripar la hipocresía y los trapicheos de ayuntamientos, jurados y responsables políticos: lo crucial es que todo ese festín nos es servido con una prosa excepcional, rotunda, elegante hasta el mármol, rica hasta el asombro, donde la persona que está leyendo, si aguza un poco los sentidos, podrá detectar guiños inequívocos que nos conducen hasta Garcilaso, la Biblia, Salinger, Rubén Darío, Homero, Descartes, Wittgenstein, Kant, María Moliner, Stendhal, Cervantes, Fernando de Rojas, don Juan Manuel, Horacio, Clarín, Cortázar, Aristóteles, Delibes, Moratín, Miguel Hernández o Gabriel García Márquez (por citar unos pocos); donde aborda un impresionante ejercicio de análisis del alma humana (la envidia, el amor, la ingenuidad, la ira, los celos, la decepción, la melancolía); y donde continuamente nos asaltan juegos de palabras como el que rescato de la página 239, en la que nos dice que los no premiados en el certamen quedarán “condenados a galeras”, mientras que el ganador quedará “condenado a galeradas”.

Libro ingenioso, maduro y sonriente, que podría ser etiquetado como novela-degustación (en el sentido de que contiene todos los primores de la prosa hidalgobayaliana, condensados en trescientas páginas), Arde ya la yedra es una obra que, como pedía Baudelaire, se me antoja, por vocabulario, por sintaxis y por técnica compositiva, sublime sin interrupción.

Un auténtico maestro.

martes, 24 de diciembre de 2024

Un pez que va por el jardín

 


Ignoro qué cosa pueda ser la poesía. Ignoro también si alguien lo sabe. Quizá no sea más (ni menos) que un efluvio tenue, inaprehensible que, cuando quiere, se manifiesta a través de las palabras de alguien. Por eso, de vez en cuando, acudo a libros de versos para intentar descubrir ese hálito en las páginas de personas distintas. Hoy he querido acercarme a José Corredor-Matheos. En concreto, a su delicado volumen Un pez que va por el jardín, lleno de poemas breves, alígeros, impregnados de un silencio oriental (si se me permite la fórmula). Allí, perros, gaviotas, pájaros, copos de nieve, cuadros de Miró o de Hopper o incluso calcetines que yacen en medio de la calle, son convocados para incorporarse a las líneas del poeta castellano y que dibujen figuras de aire y música.

“Escribes porque sí. / El ruido de la pluma / en el papel, / el rumor que va entrando / por la abierta ventana / y el silencio, / sobre todo el silencio, / te dictan lo que escribes”, anota, justo unas páginas antes de susurrarnos que solamente habría que escribir en otoño. Continuamente, sin que pueda explicar la razón de un modo objetivo, he experimentado la sensación de seguir al poeta por unos senderos estrechos, silentes, sabios, cubiertos de hojas secas. Y que los giros de su cabeza, las señales de sus manos y el ruido tenue de sus pisadas me iban enseñando cosas, revelando emociones, despertando asombros.

Ha sido muy especial.

miércoles, 11 de diciembre de 2024

La última función

 


Vuelvo a sumergirme en una propuesta de Luis Landero y vuelvo a encontrar al narrador delicioso, convincente y lleno de melancolía que me ha cautivado tantas veces, en tantos de sus libros. Es verdad que en otros volúmenes suyos he tenido que suspirar y decirme “En el próximo será”, con una leve decepción (quizá porque esperaba demasiado de sus páginas); pero esta vez sí que sí. Y es que creo que el terreno temático en el que Landero brilla con más eficacia y con más esplendor es, precisamente, este que aquí se aborda: el relato de las vidas fracasadas (o que merodean el fracaso en su declinación, como un paseante que recorriera llorando el borde de un precipicio). Pocos narran ese delta con más tino que él. Y por eso su crónica sobre Ernesto Gil resulta tan conmovedora.

Hablamos de un personaje que, dotado desde la niñez de una voz extraordinaria, inoculó en los demás (sobre todo en su maestro, don Ángel) la certeza de que lo aguardaba un futuro espléndido en el mundo del teatro o la televisión. Así que, pese al empeño que puso su padre en que estudiara Derecho y trabajase con él en la gestoría familiar, la farándula terminó atrayéndolo de forma irremisible, ideando un espectáculo lorquiano que paseó, con más pena que gloria, por todo el país, hasta que la resignación o la amargura lo convirtieron en un hombre con peso de más, desaliño de más y tristeza de más.

Tampoco las cosas le han ido bien a Paula, que se ha enamorado siempre de los hombres equivocados, y que ha terminado casándose con uno de ellos, por el cual ya no siente sino indiferencia. Su trabajo, gris y sin futuro, en una cadena de embalaje no se puede decir que ayude a la mejoría de su ánimo, que languidece entre resignaciones y lágrimas escondidas.

Pero el azar, que en ocasiones puede conceder una última sonrisa a sus criaturas, ha decidido reunirlos en el pueblecillo de San Albín, donde Gil pretende montar una función dramática sobre la santa Niña Rosalba, en la que quiere otorgar papel a todos los habitantes del pueblecito y en la que actuará estelarmente la novata Paula, a la que todos confunden con una actriz veterana llamada Claudia.

Ya disponen ustedes de todos los elementos “argumentales” de esta novela bella, delicada, emotiva y crepuscular, en la cual se plantea y desarrolla “el caso singular de un vano intento, de un sueño que, tras un gran momento de esplendor, acaba desembocando en la inmisericorde realidad” (cap.7). El resto lo rellena el gran Luis Landero con su mayestática prosa. Y, perdónenme, no les digo más. Yo de ustedes la buscaría sin tardanza.

lunes, 19 de agosto de 2024

Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar

 


Que una gaviota vuele por el firmamento con sus compañeras, buscando un lugar donde instalar e incubar sus huevos, no es suceso prodigioso. Que una gaviota, por culpa de un despiste, se vea impregnada por una ola de petróleo y comprenda que sus horas están contadas, tampoco es (por desgracia) suceso prodigioso. Pero que dicha ave consiga llegar hasta un balcón, aterrice allí de forma abrupta y convenza a un gato que vive en la casa para que cuide a su futuro polluelo y lo enseñe a volar, ya pertenece, gloriosamente, al ámbito de la maravilla. Ese es el juego narrativo que nos propone el chileno Luis Sepúlveda en el libro Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar, que edita el sello Tusquets y está adornado con ilustraciones de Miles Hyman.

Cómo no sentir compasión por la pobre gaviota Kengah, víctima de los crímenes contaminadores del ser humano, que vive inmerso en la ceguera de convertir los mares en su basurero. Cómo no experimentar simpatía por el entrañable gato Zorbas, que se ha quedado solo en casa después de que sus dueños salgan para unas vacaciones que durarán un mes. Cómo no sonreír una y otra vez con las divertidas ocurrencias de los gatos Sabelotodo, Secretario y Colonello (o con las maldiciones rocambolescas de Barlovento, el gato marino). Cómo no sucumbir a la tentación de pensar que el Poeta que ayuda a los gatos (y que lee a Bernardo Atxaga) no es otro que el propio Sepúlveda.

Al final, enternecidos por la historia y embriagados por su tratamiento literario, llegamos a la página 136 y, cuando apenas faltan diez líneas para terminar el libro, escuchamos que “sólo vuela el que se atreve a hacerlo”. Volemos, pues.

domingo, 23 de junio de 2024

El año de Gracia

 


Pudiera ser que mi admiración estruendosa por los cuentos de Cristina Fernández Cubas me haya impedido gozar con justicia (o con edénica felicidad) de su novela El año de Gracia, que me ha interesado (para qué negarlo) bastante menos que sus propuestas breves. No, desde luego, por la brillantez de su escritura, que es para mí indiscutible; pero sí por la inverosimilitud que adorna la historia y por la precipitación con que queda rematada.

Admití en las primeras páginas que el seminarista Daniel, experto en traducir de las lenguas latina y griega, abandonase tras la muerte de su padre (junio de 1980) el ámbito religioso en el que profesaba y que, de pronto, se convirtiese en un hombre entregado a la mundanidad, el alcohol y el amor de una mujer (la fotógrafa Yasmine). Aceptado. Me costó más trabajo entender que, de súbito, se interesase por el mundo de la navegación y se enrolara en un decrépito barco, a las órdenes del inquietante capitán Jean, de quien nada sabe. Pero cuando la embarcación naufraga y él llega a una isla neblinosa, donde descubre al primitivo, brutal y semiafásico Grock, quien domina un rebaño de ovejas sanguinarias que se destripan entre sí, mi credulidad llegó a su límite. ¿A dónde demonios se dirigía la historia? ¿Qué se suponía que me estaba contando? Concentré al máximo mi atención, para comprobar si era capaz de entender la ruta narrativa que me estaba proponiendo mi admiradísima escritora catalana… pero no. Y el final, cogido con alfileres y sometido a un cúmulo de “explicaciones” forzadas, me dejó totalmente fuera de juego.

En resumen: ni me he creído la historia, ni me he creído el final, ni me he creído a los personajes. Lo siento, pero esta vez no. Y mira que me da rabia. Decepción.

sábado, 16 de marzo de 2024

Sueño profundo

 


Una sensación incómoda me ha acechado mientras avanzaba por las páginas de Sueño profundo, de Banana Yoshimoto (que traduce Lourdes Porta para el sello Tusquets): la de considerar, casi en cada párrafo, que ninguno de sus personajes actuaba de forma “comprensible”. Cuando yo esperaba una explosión de ira, ellos se hundían en un silencio profundo; cuando me parecía perfectamente lógico que experimentasen celos o que fueran asaltados por las lágrimas, perdían la mirada en un ventanal, casi hieráticos; cuando se imponía (o eso pensaba yo) abrazar la almohada, salían a pasear en medio de la madrugada. Esos detalles comenzaron a agruparse en órbitas giratorias y, de súbito, notaba que me alejaban del núcleo de la lectura, que no me dejaban disfrutarla en plenitud. Hasta que comprendí dónde residía la causa de mi error: en no advertir su condición nipona. Es decir, en empeñarme en mirar las tramas, las reacciones, los sentimientos, incluso los diálogos como si se tratara de personajes españoles. Y no lo son. De hecho, hacia la página 50 me detuve y comencé de nuevo. Entonces, sí, pude disfrutar de estos tres magníficos relatos.

En “Sueño profundo” acompañé a Terako, amante de un hombre cuya esposa se encuentra en estado vegetativo; en “La noche y los viajeros de la noche” descubrí el modo en que una chica encaja la muerte de su hermano Yoshihiro y cómo esta defunción impregna también sus relaciones con Sarah y Marie, las dos mujeres que lo amaron; y en “Una experiencia” me asombró la manera en que una chica que ha comenzado a beber demasiado es visitada (o eso cree) por el fantasma de Haru, una muchacha con la que mantuvo una relación difícil en el pasado.

Qué elegante es Banana Yoshimoto y qué deliciosa puede ser su narrativa, cuando uno no comete el error (mea culpa) de juzgarla con ojos eurocéntricos. Volveré a sus libros, estoy seguro.

jueves, 15 de febrero de 2024

Lagartija

 


Realizo, con auténtico placer, mi primera aproximación a la narrativa de la autora japonesa Banana Yoshimoto, cuyo libro Lagartija traduce Gabriel Álvarez para el sello Tusquets. Son seis historias en las cuales, con un lirismo fascinante, nos coloca ante personas jóvenes que buscan su sitio en el mundo y que jamás están muy seguros de haberlo encontrado o de que vaya a durarles: un muchacho que ha contraído matrimonio hace un mes con Atsuko y que, mientras regresa de noche en el tren hacia casa, bastante borracho, tiene un encuentro extrañísimo con un viejo más bien andrajoso (“Recién casados”); un terapeuta que atiende a niños autistas mantiene un vínculo sentimental con una chica silenciosa, que arrastra un misterio infantil (“Lagartija”); una joven, cuyos padres han decidido instalarse en el seno de una secta religiosa, se traslada a Tokio y convive con el artesano Akira (“Sangre y agua”); una fervorosa adicta al sexo abandona su vida de orgías y opta por casarse con el hijo de un empresario (“Una curiosa historia a orillas de un gran río”)…

En realidad, los argumentos de estas fabulaciones son débiles y prescindibles, en el sentido de que Yoshimoto carga todo el peso literario (que es mucho y muy brillante) en el buceo por las almas de sus protagonistas, que pasean en silencio por las calles japonesas, se ensimisman mientras se acodan en ventanas o que deambulan buscando (y buscándose) de una forma tan evidente como tenue. No hay modo de evadirse de sus atmósferas, que te empapan desde el momento en que recorres dos o tres párrafos.

“No hay nadie que crezca y salga indemne de ello”, afirma la escritora en la página 146. Y quizá resulte un interesante resumen sobre la evolución anímica de sus criaturas, que buscan paraísos y, al fin, no saben si existen o si los han encontrado.

Un espléndido libro.

martes, 9 de enero de 2024

El hombre de la guerra

 


Entró como un purasangre en la literatura española (premio Nadal y premio de la Crítica en 1960; finalista del Planeta en 1971), pero luego su nombre y el fulgor de su prosa se diluyeron en un extraño olvido (si con el nombre de “olvido” es justo o razonable designar la anécdota de que sus lectores fueran pocos), hasta que la llegada del siglo XXI volvió a colocarlo en una posición visible, de la mano de la editorial Tusquets. Su nombre me ha rondado durante años, aunque por razones que no obedecen a ninguna voluntad consciente, sino a las volubilidades del azar, he ido demorando la aproximación a sus novelas. Desbaratada ya esa circunstancia con El hombre de la guerra, he de decir que el veredicto de mi lectura es inapelable: magnífico.

Desde que conocemos a Urko Pínaga en las líneas iniciales de la narración resulta imposible separarse de él. Y así vamos conformando a base de pinceladas el lienzo de su vida. Fue un niño al que se envió al exilio en el año 1937, para librarlo de las atrocidades de la guerra civil, y que ahora vuelve en 1973, tras recibir una carta angustiosa de su tía Flora, quien parece necesitarlo para un cometido urgente. El problema es que cuando golpea la puerta de la casona familiar en Getxo (Mallatu) su pobre tía ha dejado de respirar y Urko se siente desconcertado. ¿Para qué lo quería, de forma tan abrupta y perentoria? Todo a su alrededor parece conspirar para aturdirlo: su prima Regina (que fue adoptada por Flora y su hermana, la madre de Urko, tras recogerla de las monjas), el sacerdote don Pedro (que habla con frases enigmáticas y no para de repetirle que nunca se meta a cura), el alcalde de la localidad (empeñado en derribar Mallatu para incorporar el terreno a un ambicioso plan urbanístico)… Urko, que lleva años dedicándose al mundo de la escritura en Inglaterra, no puede evitar ir “reconstruyendo al impulso de sus narraciones policiacas” (p.248) todo el entramado de enigmas que impregnan la casa y a sus frecuentadores; y la situación adquiere tonos inquietantes cuando explora el piso de arriba y descubre una habitación clausurada, en la que su tía organizó un auténtico santuario, presidido por la foto de un hombre. Un hombre que, por el color de la imagen, perteneció al mundo de la guerra.

Durante casi trescientas páginas, y absorbidos por la prosa mágica de Ramiro Pinilla, vamos comprobando cómo su protagonista desvela o imagina las claves de un tenebroso enigma del pasado. Y aunque por fin parece que la realidad le concede la razón, plegándose a sus deducciones, no queda tan claro que todos los pasos intermedios ocurriesen como él sospecha. Cada persona que lo acompaña con su lectura tendrá que fraguar, con los minúsculos pero infinitos detalles que le van siendo suministrados durante la novela, su propia hipótesis.

¿Cuándo acaban las guerras? ¿De qué forma nos dejan su estigma sobre la piel del corazón, indeleblemente? ¿Cuántas lagunas de silencio rodean el ayer? ¿Cuántas mentiras han quedado, por ignorancia, convertidas en verdades?

Simplemente espectacular.