lunes, 5 de octubre de 2026

Pero ¿qué será de este muchacho?

 


Durante las primeras páginas de este libro de Heinrich Böll (que traduce Joan Fontcuberta) confieso que la forma embarullada de su prosa estuvo a punto de derrotarme: frases truncas, con nombres y fechas que se mezclaban y creaban una niebla para mí ininteligible; alusiones crípticas; ritmo descoyuntado de la sintaxis; alusión a partidos políticos diminutos de la época, con sus porcentajes de voto… Llegué a plantearme abandonar el tomo (he perdido casi toda paciencia con los libros, habida cuenta de los millones que me quedan por leer). Por suerte, perseveré y me sumergí en un fresco que comprende cuatro años de la juventud bölliana, en los que mezcla algunos recuerdos de la escuela, la precaria situación familiar (agobiada por las deudas), el mefítico ambiente de los primeros rugidos del nazismo y la incertidumbre por el futuro.

Miembro de una congregación religiosa durante su etapa escolar (reconoce que faltaba a muchas clases), Heinrich admite que no tuvo problemas ideológicos en esta etapa (“Algunos desaprobaban mis ocasionales frívolas opiniones sobre Hitler y otros peces gordos del nazismo, pero a ninguno de ellos, ni siquiera al que era miembro de la SS, le pasó por la cabeza la idea de denunciarme”, p.26). De los doscientos alumnos del colegio, solamente tres (uno de ellos, Böll) no ingresaron en las Juventudes Hitlerianas. Uno de los que sí ingresaron murió, es curioso, en la guerra civil española de 1936 (“probablemente volando sobre Guernica”, p.40). Heinrich pronto aprendió a evadirse pedaleando en su bicicleta por los alrededores de la ciudad. No podía evitar ser “alérgico a los nazis” (p.54), a alguno de los cuales (Baldur von Schirach) llega a tildar de “botijo”.

En realidad, la escuela se convierte en una especie de hilo conductor que une otros detalles más significativos, sobre los cuales se detiene con más fruición. El novelista encabeza de hecho algunos capítulos de la obra con un procedimiento anafórico de gran ironía (“Sí, ya lo sé, la escuela, vuelvo a ello”, cap.4; “¡Oh sí, la escuela, claro, pero primero…”, cap.5; “¿La escuela? Sí, también”, cap.6; “Sí, la escuela”, cap.7; etc.) para, de inmediato, ponerse a hablar de cuanto ocurría fuera de las aulas. Quizá porque ha descubierto (lo dice en el capítulo 3) que “tal vez no es en la escuela, sino en el camino a la escuela donde aprendemos la vida”.

Unas memorias valiosas, en las cuales solamente encuentro dos elementos menos dignos de aplauso. El primero, como he indicado, la forma balbuciente en que el tomo arranca; el segundo, la sorpresa y el desagrado que me produce encontrarme con múltiples tildes (tercas y erróneas) en los pronombres neutros: “éso” (47), “ésto” (49), “aquéllo” (63). No sé a quién atribuir la torpeza, que chirría incluso para una persona de mediana formación gramatical.

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