jueves, 18 de junio de 2020

Cuadernos de tierra




Hacia la mitad de Cuadernos de tierra, el volumen que Manuel Moyano acaba de editar con el sello Menoscuarto, nos habla el autor de Camilo José Cela, “cuyos libros de viajes por España había leído con fruición durante mi adolescencia” (p.101). Y no resulta ociosa esta aclaración, porque en cada una de las páginas de este espléndido trabajo se respira aquella voluntad de “andar y ver” que el Nobel gallego se impuso como norma para sus caminatas y que compromete muchos ingredientes heterogéneos: moverse con una planificación sucinta, estar abierto a las sorpresas y, ante todo, comprender que la libertad del viajero implica reorganización constante y zigzagueos caprichosos.
Durante varios veranos, mientras sintió “ese estímulo —nacido en no sé qué recoveco de mi cerebro— que me impulsaba a emprender largas caminatas sin objeto” (p.161), el narrador cordobés se lanzó a aventuras como remontar a pie el curso del río Segura, o el curso del río Mula, o las sierras de Albacete, dejándose impregnar por un vagabundeo que lo hacía dormir al raso, bañarse desnudo en acequias o alcanzar los límites del cansancio o la deshidratación por carreteras, senderos y trochas vapuleados por un sol indiferente. Provisto de unas botellas de agua, una manta, una gorra, algo de dinero y poco más, fue atravesando una buena cantidad de kilómetros. Cierto parroquiano le preguntó una vez, con una mezcla de admiración y curiosidad, si realizaba ese viaje por gusto. “Por gusto no, por cabezonería”, le contesta en la página 29. Otro parroquiano le replicó que hay muchos tipos de locura cuando Moyano le explicó que el motivo de sus caminatas era “una locura que me ha dado” (p.61)… Al final, se trataba tan sólo de perderse por paisajes desconocidos, por taludes resecos, por vegas húmedas, por arboledas acogedoras que protegen de la lluvia; y descubrir que “mientras se camina, la vida parece tener algún sentido” (p.94).
En Cuadernos de tierra encontramos paisajes admirables y paisajes anodinos; gentes bondadosas y chulescas; comidas memorables y pitanzas mezquinas; animales hermosos y bestezuelas repelentes. Y ocurre así porque el autor ha decidido que su crónica no esté impregnada de prejuicios, ni mediatizada por condicionantes de ningún tipo, sino que se erija sobre la simple mirada. Esto he visto, esto os relato. Son páginas escritas con los pies en el suelo (nunca mejor dicho), con el polvo de los caminos y el sudor colonizando la ropa, como quería el 98 que se conociese el país: pateándolo.
Además, en este libro quedan recogidas varias historias que, por su singularidad y su potencial narrativo (recomiendo especialmente fijar la atención en la historia macabra de unos fusilados en la guerra civil y en el enigma de un presunto nazi que vivió escondido durante muchos años en un pueblecillo de montaña), podrían convertirse dentro de un tiempo en novelas o cuentos. ¿Qué mayor placer que descubrir, en un libro delicioso, el germen de otros posibles libros deliciosos?
Manuel Moyano. He aquí a otro de los autores de quienes deseo leerme hasta la lista de la compra. Y por ahora estoy cumpliendo, para mi fortuna.

2 comentarios:

Juan Carlos dijo...

Me apetece un montón leerlo. No soy fanático de los camninos pero sí me gusta hacerlo de vez en cuando. me aprece un libro apetecible para mí y me parece muy buen regalo para amigos andariegos que dicen no tienen tiempo de leer debido a su afición desmedida a las caminatas.

Otra cosa, Rubén: No sé si sabes que mi blog ya va por los 10 años de vida. Tengo abierto un Sorteo de libros para celebrarlo. Te invito a participar en él. Pásate por mi blog y te apuntas.

Un fuerte abrazo

La Pelipequirroja del Gato Trotero dijo...

¿Acaba el autor de inventar la Running Lit? Running Movie, lo veo 😉💋