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miércoles, 30 de enero de 2013

Chulas y famosas



Cuando realmente quería ser malo y resultar vitriólico, no hay más remedio que reconocer que el catalán Terenci Moix desplegaba unas garras de astracán de las que convenía mantenerse alejado, pues eran en verdad mortales. Con su sonrisa picarona de enfant terrible y con aquellos ojitos de no haber roto nunca un plato, el prolífico autor barcelonés comenzaba este libro (donde se reproduce parte del diario de Miranda Boronat) con esta secuencia demoledora: “Hallábame yo pía y contrita en el entierro del honorable Jordi Pujol, presidente que fue de la Généralité de Catalogne, y no salía de maravilla al apreciar el estado de la momia, tan linda como lo fue en otro tiempo la de Evita Perón”. A partir de ahí, como resulta fácil de sospechar, Moix no se permitió la cortesía de dejar títere con cabeza. Nadie es perdonado, ni goza de inmunidad (salvo Jaime Gil de Biedma), en este festival satírico, en este festín carnívoro de mordacidades.
¿Argumento de la obra? Pues podríamos decir que no lo tiene, en puridad, salvo ese leve hilo que supone la historia de los amores entre Myrna Lamour (Mar Flores) y el noble Flavio Fabiolo (Cayetano Martínez de Irujo), que a punto está de ser torpedeada por unas cartas que pone en venta el inecrupuloso barón Parbleu (Alessandro Lecquio). A Terenci Moix parece interesarle en estas páginas, más que el consabido argumento rectilíneo y cerrado, el retrato caótico, cáustico, diagonal, irónico, mordaz y chispeante de la clase snob española de finales del siglo XX, cuyos nombres reales resultan facilísimos de descubrir, bajo la hojarasca de sus burlas. Así, nos habla de “esa presentadora tan mona y menudita que da sorpresas a los menesterosos de televisión” (Isabel Gemio); de una modelo repelente y ñoña llamada Truchi Pelacanes (Sofía Mazagatos); de la modelo del betún (Naomi Campbell); de la hija de la folclórica y su marido bombero (Rociíto y Antonio David Flores); del futurólogo Críspulo Saturnal, “uno de los peores cuerpos celulíticos que se hayan visto en cualquier geriátrico” (Rappel) o de la famosa adivina Satanaza Bernal, quien “ya es definitivamente una drag queen” (Aramís Fuster). Y no menores insolencias (aunque subiendo muchísimo el nivel social) reserva Terenci Moix para la soberana inglesa (“La reina petarda”) y para las peculiaridades excretoras de Juan Pablo II (“Es dogma que un ano tan excelso sólo puede soltar tocinillos de cielo”). Y tampoco se libran de la quema algunos representantes del gremio de la pluma, sobre todo cuando Terenci habla de “la última novela de Mario Xavi, Después del cricket piensa en mi abuela de Oxford, que me han dicho que es el no va más de la penetración psicológica”. Es evidente que lanza una flecha envenenada contra la novela Mañana en la batalla piensa en mí, de Javier Marías... Pero tampoco desdeña la autocrítica cuando se refiere a sí mismo definiéndose como “un mariquita barcelonés que presume de escritor” y que se erige en “Robespierre de las letras patrias”. En ese tono ácido continúa, disparando a diestro y siniestro, durante más de cuatrocientas páginas.
En suma, un despliegue frondosísimo de pullas escrito con una prosa divertida, fresca, delirante y cuajada de aciertos expresivos. No sólo fue uno de los más completos escritores de su generación sino, sin lugar a dudas, el más temible y deslenguado.

jueves, 27 de septiembre de 2012

El arpista ciego



Pocas veces habrá escrito Terenci Moix una novela tan notoriamente fabulística como ésta; y pocas veces habrá tenido que padecer un prólogo tan pedante, tan chirle y tan esclafado con prosa tan áspera como el que le perpetra Pere Gimferrer bajo el infuloso título de Frontis. Pero Moix, prosista notable, consigue superar esos escollos y nos entrega una historia lúdica, desenfadada y llena de graciosos anacronismos conscientes, en la que los dioses egipcios hablan en latín (Osiris utiliza el giro rara avis en la página 21); las chicas casquivanas son definidas como “la alegría de la huerta” (p.226); Tutankamón dice “releche” cuando se enfada (p.255) o es llamado “mamón” por su arpista favorito (p.375); y el dios Tiempo proyecta para el flautista homosexual Jonet una secuencia cinematográfica muy conocida (p.381). Juegos, en suma; sanas diversiones de un Terenci “que soñó Egipto en el vientre materno” y que ahora, disfrazado de rapsoda o juglar, edifica una historia liviana y llena de sexo y de humor.
Pero no nos engañemos ni nos dejemos embaucar por el hábil Terenci. Por debajo de esa aparente frivolidad hay una propuesta bastante seria, que roza los límites de la melancolía y del dolor de alma: Nebjeperure Tutankamón, dios encarnado, ha nacido en la Ciudad del Sol (Amarna) y en ella ha sido educado en la estricta observancia del culto a Atón. De súbito, niño expulsado de su paraíso, es obligado por las circunstancias a convertirse en faraón, y debe cambiar de dioses, de familia, de lugar de residencia, etc. Todo a su alrededor se resquebraja; y su corazón se ve asaltado por la angustia, la niebla y el desconcierto. Comienza entonces a obsesionarse por la lucha contra el olvido, que ha engullido su vida pasada y que amenaza con cubrir de polvo su futuro. Ése es (no dejemos que las anécdotas argumentales de Ipi, Jonet, Seshat o Merit nos desvíen de la realidad) el núcleo del libro, y ésa es la lección narrativa y espiritual que Terenci Moix quiere transmitirnos. Una fantasía jocosa, sí, pero llena de mensaje y de profundidad.