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domingo, 19 de julio de 2026

Comelobos



 

Federico García Lorca, que lo tenía en alto grado, popularizó en su tiempo la noción de “duende”, esa magia insondable que consigue encandilar a las demás personas con el fulgor que emana del artista. No se puede explicar con palabras, ciertamente. Es un aura, un brillo, una energía que quizá ni el propio emisor sabe controlar, pero que sus oyentes o lectores perciben. Paco López Mengual lo tiene, en mi opinión: basta con abrir cualquiera de sus libros y, de inmediato, adviertes que el ritmo de sus palabras, la gracia de sus frases, el tono, quién sabe qué, te envuelve y embriaga. Es el más oral de nuestros escritores.

Con la publicación de Comelobos (Tirano Banderas, 2026), esa evidencia se pone otra vez de manifiesto. Para arrancar, nos pide que nos situemos en 1862 y que concentremos la mirada en la figura de Hans Christian Andersen, autor que triunfa en toda Europa con sus cuentos y que ha decidido visitar nuestro país. El resultado de aquel viaje (cualquier enciclopedia o buscador de Internet lo confirma) fue la publicación del tomo Viaje por España, que se puede encontrar en el Centro Virtual Cervantes para su lectura. Hasta aquí, todo bien. Pero de repente Paco sonríe y nos cuenta que el escritor danés no quiso incorporar al volumen una experiencia que vivió junto al bandolero Comelobos y su cuadrilla, porque durante aquellos días cometió varios delitos que, en caso de conocerse, le podrían haber deparado la cárcel e incluso la horca. Ahora, prescritos todos ellos, es el momento de darlos a la imprenta. ¿Ven qué fácil? ¿Ven qué recurso tan ingenioso, el de aprovechar las “grietas en lo real”, para que la atención de los lectores se exalte? Paco es un maestro en esas lides. Y de su teclado emergen bandoleros que se disfrazan de guardias civiles para robar carruajes, gitanas de intensos ojos negros que bailan de noche junto a la hoguera, ciegos fingidos que engatusan al público en la plaza de Santo Domingo de Murcia, gobernadores más simples que el mecanismo de un chupete, el cuerpo decapitado de un salteador de caminos (que, para sonrisa de todos, era conocido como El Marujo y nació en Molina de Segura) o la voz intuida de un recitador de romances que aparece en la página 24 y que se llama Emilio del Carmelo.

Paco tiene una coctelera mágica, donde deposita humor, sencillez, humanidad, talento narrativo e ingenio. Luego la agita. Y siempre salen historias maravillosas, como este Comelobos, que harían ustedes bien en leer.

viernes, 24 de abril de 2026

Paseo por la vida


 

Leo el libro Paseo por la vida, de Gabriel Vegara Gálvez, que me sorprende con sus versos cortos, rápidos, enigmáticos. Intuyo en ellos un buen número de claves personales (amorosas, vitales) que, como es lógico, no puedo desentrañar, porque pertenecen a la intimidad última del poeta. Pero su aroma me lanza sugerencias, me propone retos; y yo, como creo que hará cualquier lector del tomo, modelo mis conjeturas. Gabriel Vegara nos habla de mujeres que pertenecen a otro, y que apenas permiten la aproximación del extasiado; nos habla de nucas besadas y de abrazos conmovidos; de la juventud, con sus risas, músicas y paisajes que no podrán ser olvidados (“Elisabeth”); de la radiante luminosidad del sol (la palabra “sol” aparece en muchos de los sesenta poemas que tiene el libro); de la música de Leonard Cohen y el cine de Wim Wenders; de los homenajes que siente el impulso de dedicar a Rafael Alberti (“Quisiera ser…”), a la mitología grecolatina y san Juan de la Cruz (“Alma”), a María Cegarra y Miguel Hernández (“Luz de sur”).

En este juego poético de revelaciones parciales, pudorosas, incitantes, el poeta sugiere ámbitos en los que laten “profundidades que ocultan, que se abren y se cierran, que buscan y huyen”. Y me parece intuir casi siempre en sus versos una devoción juanrramoniana por decir la esencia, por acercarse al núcleo primordial del sentido, por ser exacto y apolíneo (aunque la lava palpite apenas se araña la tersa superficie de las palabras). De tal modo que leer este Paseo por la vida se convierte en un hermoso ejercicio de hermandad con el poeta; y, sobre todo, en un sugerente acercamiento a su muestrario de luces y sombras, a su abanico de sonrisas y lágrimas. Muy interesante.

lunes, 9 de marzo de 2026

Antídoto contra la locura

 


Sabía de la afición y del amor de Carmen Granero por la poesía, pero aún no había tenido la oportunidad de adentrarme en un libro suyo. Y ahora, gracias a la feliz intermediación de su sobrino Antonio, he podido hacerlo. La obra, publicada por el sello Tirano Banderas, se titula Antídoto contra la locura y nos muestra la plenitud sensorial y emocional de un corazón que mira, piensa y escribe; de un corazón que, sabio y reflexivo, contempla el mundo y absorbe sus perfiles; de un corazón que, pese a ser consciente de que somos “pequeños átomos”, también lo es de nuestra condición de seres “únicos e imprescindibles” (p.13).

Entregada al análisis de su entorno, Carmen (quien se reconoce “huérfana, aun teniendo padres”, porque todos atesoramos soledades que humillan nuestros hombros) construye poemas con delicadas asonancias (léase, por ejemplo, el titulado “Niebla”); nos habla de refugios interiores, en los que resguardarse de las asechanzas de la tristeza (“Ya no tengo lugar donde esconderme. El mundo está llorando. Solloza amargamente. Miro dentro de mí. Voy buscando un rincón”); se auxilia con versos entrañables de sus poetas favoritos (“Con ellos encontré el horizonte”); consigue líneas que toda madre querría haber escrito, pensando en sus hijos (“Los pasos que no vuelven”); se extasía con los acordes emanados de la guitarra de Carlos Piñana (“Solo del viento”); nos pasea por diversos puntos de Europa (Florencia, la Toscana, Burgos); nos regala preciosos textos primaverales (bellísimo resulta el titulado “Renacimiento”); o alcanza metáforas tan poderosas como la que puede encontrarse en la “Oda a la alegría”, donde nos habla del sol y nos dice que es “un caballo henchido de luciérnagas”.

Ha sido una auténtica felicidad descubrir que la gran persona que es Carmen no se diferencia ni un ápice de la gran poeta que se descubre en estos versos. Les toca a ustedes descubrirlo.

martes, 27 de enero de 2026

Malditos tábanos

 


Hace ya varias décadas que la crítica literaria española tiene acuñada la etiqueta “tremendismo” para referirse a las novelas que, durante los años cuarenta del siglo XX, retrataron con crudeza el panorama social del país. El ejemplo que se aduce con más frecuencia (por su enorme calidad y por el impacto que produjo) es La familia de Pascual Duarte, del gallego Camilo José Cela. Pero he aquí que en Murcia tenemos, vivito y coleando, a un escritor llamado José Fernández Belmonte que, indagando una variante curiosa de ese sistema narrativo, acaba de publicar su obra Malditos tábanos, que me atrevería a rotular con el marbete de “tremendismo jocoso”. Es decir, que nos presenta unas situaciones y también unos personajes que anonadan por su textura, pero los envuelve en una saludable pátina de humor, convirtiéndolos en sonrientes motivos de aplauso.

Para empezar, el protagonista (Venancio Mulero Cabrales) se queda huérfano de padre y madre a la edad de catorce años porque el carro donde viajan se precipita por un acantilado. La escena es durísima… pero se origina porque el jumento que tiraba del carro enloquece de dolor “fruto del picotazo de un tábano en su cojón derecho” (p.15). El chico abandona entonces su Teruel natal y recala en la ciudad de Barcelona. Allí es contratado en un prostíbulo, donde de inmediato muere un cliente (nonagenario) como consecuencia de una alteración erótica; y cuando se procede a su entierro, el cura que dirige el oficio es picado en la nariz por un insecto, da un traspié, pisa un rastrillo (que le golpea dolorosamente en la delicada zona que podemos situar, grosso modo, ocho dedos por debajo del ombligo), cae a una fosa y se mata. ¿Será necesario que les siga detallando las barrabasadas que el autor va acumulando para hacernos sonreír?

Si deciden ustedes aventurarse por esta novela (y les recomiendo que lo hagan, porque se van a divertir muchísimo), descubrirán a un pintor catalán de curiosos bigotes y tocado con barretina que acude a un lupanar para excitarse mientras contempla desnudos ajenos; se quedarán boquiabiertos cuando lean cómo la gitana doña Carmen procede con Venancio a un curioso exorcismo genital; asistirán en primera fila a una pelea de soldados en el salón del lupanar; sentirán un escalofrío al imaginarse el sartenazo que aplana el rostro de uno de los personajes; o sofocarán una carcajada cuando se enteren de que la meretriz Luisa es retirada del oficio por un cliente dotado por natura con un mandado hiperbólico.

Pues eso: que lo lean, oigan. Van a pasar unas horas hilarantes mientras escuchan el zumbido de estos tábanos revoltosos.

domingo, 14 de septiembre de 2025

El color de los días

 



Siempre he sentido una especial fascinación por los héroes invisibles. Es decir, por aquellas personas a las que, pese a la importancia de su vivir o a la condición egregia de sus logros, rodea un aura de anonimato. Se llaman Juan, Carmen, Pepe, Rosa, Aquilino, Mercedes o José Ignacio. Y rara vez salen en la tele (si es que alguna vez lo hacen), porque no juegan en el Real Madrid, no trabajan como tertulianos sabelotodo, no protagonizan escándalos mediáticos y no posan en la prensa afirmando ser expertos en nada. Son la pura discreción; y eso, hoy, no se aplaude. Son médicos que salvan vidas en el quirófano; son veterinarios que emplean sus días, y a veces sus noches, en la tarea de cuidar a los animales; son barrenderos que cumplen con pundonor y orgullo su tarea higiénica; son policías que no quieren multar, sino ayudar y proteger. Los hay. Son más de los que parece.

Hoy quería hablarles de un tipo especial de esas personas: los viejos sindicalistas que, durante la dictadura, lucharon por libertades que ahora disfrutamos sin que, la mayor parte de las veces, les hayamos agradecido su entrega. La democracia no la trajo a España el rey Juan Carlos, ni la UCD. Previamente, hubo una lucha muy larga, muy ingrata, muy peligrosa, muy silenciada, de gentes que organizaron manifestaciones, recibieron porrazos de los grises, aguantaron bofetadas en la cárcel, imprimieron pasquines que tuvieron que proteger como si fueran alijos de droga, conformaron comités, protagonizaron huelgas terribles, discutieron sobre libros prohibidos y, en general, tuvieron que vivir (ellos y sus familias) mucho peor de lo que merecían. Esa vieja estirpe de luchadores es la que protagoniza las memorias que Juan Serrano publica bajo el título de El color de los días. En estas páginas, explicando su experiencia, el yeclano (que fue sacerdote, y luego pintor, y luego educador, y siempre sindicalista) nos retrata varias décadas de entrega, de amarguras, de oposición al franquismo, de lucha por las mejoras salariales de los trabajadores. Nos habla de su pertenencia a la USO (1970); de aquella breve manifestación en la que apenas pudieron caminar medio centenar de metros, antes de que cargara la policía (1972); de cómo celebró la muerte del dictador bebiendo vino y comiendo acelgas fritas (1975); y, en fin, de las mil asambleas, documentos, charlas y reivindicaciones en las que invirtió su tiempo, pensando siempre en cómo mejorar la vida de sus compañeros.

En ocasiones, el desánimo parece que está a punto de derrotarlo (“Hoy al ver tanto arribismo y cambio de chaquetas, me pregunto si mereció la pena tanto esfuerzo”, p.91); pero pronto se rehace, porque considera que algo quedará de su esfuerzo (“Como el granizo y la helada, que en un instante echan a perder el sudor del labriego, así tengo la sensación de que se han desperdiciado parte de aquellos esfuerzos de nuestra clandestinidad militante”, p.124). Sí, parte de aquello se perdió. Es lógico. Nunca hay victorias absolutas. Pero las personas como Juan Serrano y los amigos que cita en este libro dejaron plantadas unas semillas de luz que, quizá, no les hemos agradecido bastante. Una buena forma de hacerlo puede ser dedicar unos días a leer este libro, donde tantos esfuerzos, tantas lágrimas, tantas horas de entrega se resumen.

Como muestra, me voy a permitir recomendarles de forma especialmente intensa la anotación del 4 de marzo de 2012, donde Juan Serrano reflexiona (con fondo musical de “Te recuerdo, Amanda”) sobre la necesidad de no perder la memoria, de no dejar que nos arrebaten lo que sabemos que sucedió, y quiénes fueron los responsables, y cómo se humilló a quienes estaban en el “lado equivocado”. Si sienten la conmoción de ese texto (raro será que no sea así), acudan al resto del tomo.

Mi aplauso, puesto en pie, lo tiene.

martes, 2 de septiembre de 2025

Tres cucharadas de lentejas

 


Hace medio millón de años, leí un libro de Camilo José Cela (juraría que fue su Tobogán de hambrientos: lo tendría que releer para asegurarme) que se basaba en un procedimiento muy curioso: el narrador se fijaba en un personaje de la calle, lo describía, lo iba siguiendo y, cuando se cruzaba con otro, cambiaba de objetivo y se ponía a describir y seguir a esa nueva figura. El resultado era un zigzagueo ágil, simpático y que, a la postre, configuraba una estupenda metáfora de la ciudad. Ahora, el mercero y escritor Paco López Mengual se acerca a ese procedimiento en su último libro, titulado Tres cucharadas de lentejas, porque comienza a hablar de un tema, ese lo lleva a otro, que a su vez lo conduce a otro, y así sucesivamente, enhebrando un discurso seductor, autobiográfico, lleno de chispa y anécdotas, que entiendo que retrata de forma fabulosa al Paco íntimo, coloquial, dicharachero y cercanísimo, al que tanto gusto da escuchar en las distancias cortas.

Avanzando por sus páginas, entre sonrisas y asombros, descubrimos quién fue para él el mejor escritor español del siglo XX (lo dictamina en la página 47); que se inició en el mundo de la escritura ya pasados los cuarenta años; que prefiere los libros en papel frente a los modernos ebooks; que, siendo agnóstico, siente auténtico interés por la liturgia católica y por la vida y milagros de algunos santos (en especial, Ramón Nonato, Pascual Bailón y el insospechado san Genarín); que un conejo puede ser confundido con un fantasma, en la Noche de Ánimas; que su devoción por la sangre frita es absoluta (y que su menú preferido consiste en un pastel de carne, olivas de Cieza y una cerveza); que las Lagunas de Campotéjar contienen más secretos (literarios y ecológicos) de lo que parece; que conoció a Diego López, el artista que pintó una montaña de color azul para combatir al Maligno; que muy cerca de su casa vive Ángel Valero, vecino de Lorquí que llegó a ser rey entre los miembros de una tribu de caníbales en América del Sur; y que una vecina de Molina se quedó embarazada de un extraterrestre. Como se puede ver, todo un espectáculo de anécdotas, sonrisas y perplejidades, que brillan con la gracia oral insuperable que siempre exhibe el autor.

¿Qué es, entonces, Tres cucharadas de lentejas? Un crítico especialmente meticuloso podría vacilar a la hora de adherirle una etiqueta al tomo, que participa de muchos géneros a la vez. Pero el lector no experimentará dudas de ningún tipo: este libro es Paco. Pura y simplemente Paco. Ya está dicho todo. Y, por supuesto, al terminar la obra descubrimos con asombro que nos hemos terminado hasta la última lenteja del plato. Como debe ser.

sábado, 10 de mayo de 2025

Desventuras de un padre novato

 


Da igual que nos prevengan sobre determinadas situaciones porque, sonrientes u obcecados, nos empeñamos en incurrir en ellas. Lo que a “ti” te pasó (incluso lo que les pasó a millones de tis) nos parece fruto de la mala suerte, pero no algo que vaya a ocurrirme a “mí”, evidentemente. Esta fórmula puede aplicarse a la velocidad automovilística, al alpinismo, a los juegos de azar… o a la paternidad. El ojeroso amigo que nos explica los meses (o años) terribles que nos esperan si nos aventuramos a la reproducción y la crianza no se erige ante nuestros ojos en autoridad: lo más que le dispensamos es una sonrisa irónica. Gracias a esa inconsciencia sigue existiendo, menos mal, la raza humana.

José Antonio Jiménez-Barbero pone por escrito sus experiencias en el volumen Desventuras de un padre novato, donde desgrana todo el proceso que vivió desde que su esposa le anunció su más que probable embarazo. Y quienes hemos vivido ese proceso más de una vez podemos corroborar que no exagera ni un ápice (o, si lo hace, se lo disculpa porque lo hace con un envidiable sentido del humor): las náuseas femeninas; la sensación de habernos convertido como hombres en una especie de “mezcla de mayordomo inglés y enfermero particular” (p.15); la amazónica aventura pantanosa de cambiar pañales; el odio que se desarrolla por los malditos corchetes, que no hay forma de manipular con calma si la criatura se encuentra en “intensa agitación paroxística” (p.53); el abandono de toda actividad que no guarde relación directa o indirecta con tu nuevo cachorro, tan exigente como inflexible (con un terrorista se puede negociar, pero con una prima donna o con un bebé no)… Parafraseando a Lope de Vega, podríamos decir que esto es criar, y que quien lo probó lo sabe.

Con una prosa fluida y simpática, en la que a veces se dirige a nosotros en plural (“Si me permitís”) y a veces en singular (te interpela con fórmulas irónicas, del tipo “Compañero de armas”), José Antonio Jiménez-Barbero nos entrega unas páginas llenas de humor, cotidianidad y sabios consejos, coloreadas también con inevitables referencias coyunturales: los gallifantes (p.53), las canciones de Parchís (p.55), Frozen y sus posibilidades etílicas (p.68), Peppa Pig (p.93), los bollycaos (p.137)…

Léanlo si se disponen a ser padres o regálenlo a quien planee serlo. Triunfarán.

miércoles, 25 de septiembre de 2024

A propósito de tu hijo

 


Están ahí, a nuestro lado. Viven en nuestro edificio, estudian en nuestro colegio, pasean por nuestra calle, compran con sus familias en nuestro supermercado. Y, sin embargo, realizamos en ocasiones un deliberado esfuerzo para no verlos, y atenuar así la sensación de incomodidad que frente a ellos nos aflige. Son los discapacitados intelectuales, cuyas etiquetas identificativas (Asperger, autismo, inteligencia límite, etc) nos hacen tragar saliva y nos ponen, por qué mentir, en tensión. En algunos casos (espero que en muy pocos, y que cada vez sean menos), porque se les desprecia o se les juzga prescindibles; en la mayor parte de las ocasiones, porque su rareza (y quiero que el sustantivo suene tan respetuoso como suena en mi cerebro) nos inquieta, nos perturba, nos descoloca: sus ojos huidizos o penetrantes, sus silencios o sus gestos, su forma de actuar, sus palabras se salen de lo canónico y nos obligan a medir cuanto hacemos o decimos, porque no queremos alterarlos con nuestra ignorancia.

José Antonio Jiménez-Barbero, en las páginas de A propósito de tu hijo, que es una novela respaldada por el Ilustre Colegio Oficial de Enfermería de la Región de Murcia, se atreve a poner ante nosotros un relato muy directo, muy firme y muy respetuoso sobre esas personas distintas, sobre las emociones que laten en su interior, sobre sus necesidades y derechos, sobre el modo en que los demás debemos relacionarnos con su diferencia. Y el resultado, créanme, es tan bello como educativo. De un lado, tenemos a Santiago, un adolescente que “no es autista. Tiene autismo”, como explica su padre en la página 27. Del otro, tenemos a Alicia, con un leve retraso cognitivo. Ambos cursan estudios en el colegio público Campo Verde y, refugiándose entre sí, hacen frente a la incomprensión o la agresividad de sus compañeros, que los ven como una “pareja de atontaos” (p.34), un “par de gilipollas” (p.84) o unos “puñeteros retrasados” (p.197). Y esa amistad, que se establece sobre todo gracias a la ternura candorosa de Alicia, se convertirá en la gran energía que sirva para que los demás, poco a poco, lleguen a comprender su singularidad y los acepten como son.

Navegando con sabiduría por el mundo de las emociones, José Antonio Jiménez-Barbero construye una novela noble y bien organizada, que esquiva todo tipo de clichés almibarados y que nos invita a pensar cómo reaccionaríamos nosotros si tuviéramos al lado un Santiago o una Alicia. Sin duda, una obra necesaria.

miércoles, 22 de mayo de 2024

Yo maté al caudillo

 


Cuando los lectores nos sumergimos, alborozados, en un nuevo libro de Paco López Mengual, sabemos con bastante precisión lo que vamos a encontrarnos en él: una prosa encantadora, personajes fascinantes y gran sentido del humor en muchas de las páginas. Pero, sobre todo, lo que domina (quizá se trate de una sensación especial, que no sé si el resto de lectores comparten) es una tremenda sugestión de oralidad. Algo así como si el propio autor se encontrara a mi lado, leyéndome los textos. Es una sensación muy agradable y, para mí, constituye la marca de la casa. Lo oigo hablándome de las cartas del doctor Mengele, aquel nazi nauseabundo; lo oigo contándome las anonadantes profecías del difunto primito Serafín; lo oigo relatándome la historia de los pollitos que nacieron en la nevera, tras adquirir unos huevos de dudosa frescura; lo oigo resumiéndome la memoria del escritor Salvador Cuesta, que quizá asesinó al dictador Francisco Franco, sin que la Historia haya recogido tal magnicidio en sus anales; lo oigo, en fin, cuando deja en mis ojos sus relatos sobre hombres con cuernos, abuelos exploradores, sirenas inesperadas o mujeres barbudas. Algunos de estos relatos los he leído por cuarta o quinta vez y, pueden creerme, siguen siendo muy agradables y dignos de visita, porque el autor domina el arte de la seducción narrativa.

Paco se ha convertido, lenta y gozosamente, en el bardo de Molina de Segura, en el juglar de la Vega Media, en el hombre que pone voz a bandoleros, tumbas de personajes olvidados, calles con historia silenciosa, leyendas a las que él retira el polvo con sus dedos hábiles y gusanos que mantienen la vieja tradición de la sed y las metamorfosis.

Léanlo, escúchenlo, acompáñenlo. Es un gozo de la literatura viva.

miércoles, 7 de febrero de 2024

Réquiem por un guerrillero olvidado

 


Yo no sé si puede escribirse una novela relacionada con la guerra civil española de 1936 que esté basada en “hechos reales” o si, por su misma condición de atrocidad histórica, sería mucho más razonable y mucho más exacto afirmar que está basada en hechos irreales. Pero la duda sí que florece en la mente del narrador de este libro, quien escucha, embelesado, al anciano Rodolfo Antúnez. Y es que la historia que le está contando resulta cautivadora y magnética desde sus primeras líneas: un maquis llamado Pedro Morán, que se refugia desde hace años en la aldea abandonada de Valdepiedras y que acaba de enterrar en el monte a su último compañero, decide abandonar su escondite y trasladarse hasta Fuente Caballeros. Allí se encuentra el cuartel contra el que debían haber atentado, tras la masacre que los militares franquistas perpetraron contra los guerrilleros de la Operación Reconquista, a finales de 1944. Docenas de sus amigos perdieron la vida en aquella emboscada sangrienta y, ahora, cuando quizá ya no lo esperan, ha llegado el momento de devolver el golpe. Lo pide la dignidad. Lo pide el rugido de la memoria.

De forma desorganizada y algo caótica, Rodolfo va proporcionando detalles de la aventura al narrador, quien se esfuerza en poner orden en sus rememoraciones y que, a la postre, estas condensen la verdad de los hechos. No quiere inventarse nada: desea ceñirse al espíritu auténtico del pasado. Y entonces acude hasta su cerebro la gran duda: ¿morirá el anciano Rodolfo antes de concluir su narración? Y, de forma inmediata, la gran pregunta: ¿Pedro Morán y Rodolfo Antúnez son la misma persona?

Sólido en la construcción de la trama e inteligente a la hora de irnos facilitando informaciones sobre sus protagonistas, José Fernández Belmonte nos entrega un libro realmente hermoso, donde reflexiona sobre la dignidad de los derrotados, sobre la soberbia de los triunfadores, sobre la mugre de un tiempo indigno, sobre el poder reconfortante del amor; y donde también se pronuncia sobre temas tan espinosos como el papel de la Iglesia durante la postguerra o sobre la eutanasia (“Tendría que existir alguna ley que prohibiera este tipo de agonías contra natura. Pero seguro que los curas y la extrema derecha se pondrían en contra y sacarían a sus acólitos a protestar a las calles o a recoger firmas; a ellos les gusta vernos bien jodidos, por la gracia de Dios”, páginas 193-194).

Les recomiendo que no se la pierdan.

martes, 14 de marzo de 2023

Bruma sobre los cielos de Ítaca

 


Hay ocasiones (algunas, pocas, maravillosas) en las que el tiempo, el amor y la paciencia se alían para conformar un producto espléndido, que queda y brilla. Es el caso de Bruma sobre los cielos de Ítaca, una recopilación de poemas, dibujos y canciones donde José Antonio Abellán (Murcia, 1956) nos muestra una parte de su producción creativa. Nos habla de la forma dulce con la que sueña los besos aún no recibidos de su amada; de su convicción acerca de que “amanecer junto a ti es mi milagro” (p.25) y que es precisamente su esposa (Mercedes) quien le pone las cuerdas mejores a su guitarra (p.33). A ella le dedica, “desde el balcón del alma” (p.75), infinidad de versos a lo largo de varias décadas, demostrando que el amor puede ser una emoción longeva, purísima, que no se ve erosionada por el paso de los años y que mantiene la intensidad de su llama “después, siempre, ahora” (p.40). Pero también nos habla de las ilusiones que habitan fuera del amor, como ejes complementarios de la vida: el afán revolucionario de buscar un mundo mejor, el combate contra las injusticias, la observación meticulosa de los paisajes urbanos, la búsqueda de la amistad, los paraísos sucesivos que la vida nos va mostrando.

Y qué decir de las magníficas canciones de José Antonio Abellán, que en este tomo no solamente pueden ser leídas, sino también escuchadas, gracias a unos códigos QR que pueden ser convertidos, gracias al móvil, en deliciosas melodías.

Música, colores, fotografías (firmadas por Mercedes Abellán), versos que abarcan desde los años 70 del siglo XX hasta la actualidad… Estamos ante un compendio de belleza que embriaga los sentidos y nos permite sentirnos más cerca de un artista versátil al que les recomiendo que se acerquen.

viernes, 14 de octubre de 2022

Cuentos de un infante sabio e interesante

 


Afirmaba Friedrich Nietzsche que quien vuelve a los orígenes encuentra siempre principios nuevos. Y yo he recordado esa sentencia mientras leía los poemas que acaba de publicar Isabel Soler Luján en su libro Cuentos de un infante sabio e interesante. Porque la autora, lejos de perseguir una originalidad convencional, ha querido lograrla por un camino más curioso: el de enfrentarse a diez historias de don Juan Manuel (contenidas en su obra El conde Lucanor) y recrearlas en versos actuales, frescos, juguetones, que permitan a los lectores más jóvenes acceder a las enseñanzas del viejo texto. Y ese vertido en odres nuevos lo lleva a cabo no solamente por escrito, sino también de forma oral, porque al finalizar la redacción de cada poema incluye un código QR para que los lectores la puedan ver y escuchar recitando los versos. ¿Se puede concebir un espectáculo más completo, más variado, más seductor? Pues sí: las ilustraciones espléndidas con las que María Torres Signes enriquece y completa el tomo.

El resultado final, que ha salido a la luz en el sello Tirano Banderas, contiene las célebres historias del padre y el hijo que se montaron en un burro, del cuervo que fue engañado por un zorro para que soltase el queso que llevaba en el pico, del lazarillo ciego, de la esposa levantisca y de condición brava o del traje nuevo del emperador, entre otras. Es decir, episodios que don Juan Manuel inmortalizó en el siglo XIV y que ahora la poeta y especialista en cuentoterapia Isabel Soler vierte en moldes renovados, idóneos para utilizar en colegios e institutos.

Estoy convencido de que pueden convertirse en un instrumento didáctico de primer orden para acercar la literatura medieval a los lectores que comienzan su aventura por el mundo de los libros.

martes, 2 de agosto de 2022

Susurros de la Muralla

 


El colectivo El Retén Literario, que desde hace años burbujea y se agita en Molina de Segura, acaba de hacer público su volumen colectivo Susurros de la Muralla, que edita el sello Tirano Banderas, donde encontramos una quincena de narraciones llenas de imaginación, creatividad y belleza, marcadas por los estilos (individuales, pero complementarios) de sus autores.

Victoriano García Guillén nos deja en los ojos las historias de la esclava Luna y de su hija Nasila, llenas de una belleza lánguida y terrible y salpicadas por una férrea maldición (“Una muralla de historias”).

José Miguel García Avilés logra que un viejo narrador nos encandile con la huida subterránea de varias personas, que terminan llegando a una playa e iniciando un azaroso viaje por mar (“Ibrahim, el cuentacuentos”).

Irel Faustina Bermejo dibuja con sus palabras la lírica relación imposible entre una muchacha criada como varón y el poderoso Ibn Mardanix, que se enamora de sus ojos oscuros (“El destino de una heroína”).

Conchi Andrés Ortega construye una historia (de final moderno y sorprendente) que tiene como protagonista a una muchacha que pierde a sus padres y que terminará viviendo bajo un disfraz masculino, hasta que el Destino le revele su auténtico futuro (“Zaida, la huérfana”).

Meri Martínez nos acerca hasta la antigua venganza de un marido musulmán, magníficamente descrita, que termina repercutiendo en los tiempos actuales mediante una serie de apariciones fantasmales (“La leyenda de la Muralla”).

José Gómez Larrosa, en la narración más larga del volumen, nos relata cómo   Ozmán desgrana para sus oyentes la historia de Muley, que atraviesa la peligrosa zona que controla el bandido Hakem con el objetivo de llegar hasta Mursiya, donde espera encontrar a Wali el Lisiado.

Anto Gambín reflexiona con inteligencia sobre la insensatez y el horror que fomentan todos los muros, que secan el aire y destruyen el espíritu humano allí donde se erigen (“Las otras murallas”).

María de la O Guillén compone un epistolario elegantemente arcaizante, que se extiende entre 1758 y 1804 y que nos cuenta desde varios puntos de vista una historia estrechamente relacionada con Molina la Seca (“La memoria del papel”).

Pilar García López nos habla de un misterioso túnel subterráneo, en cuyo interior no se esconde tanto un misterio ancestral como un peligro terrible, que está a punto de costar la vida a sus descubridores (“El pasadizo”).

Jose Moreno nos invita a participar en un delirante viaje en el tiempo, fruto de la imaginación o del Vega Sicilia, que nos permite conocer la situación inestable de la localidad en el pasado (“La muralla de Hins Mulina”).

Y Adelaida Romero Rodríguez, para completar el ciclo, deja que sea la propia muralla quien tome la palabra y nos cuente detalles sobre sus misterios y su construcción, con gracia sinóptica (“Mi destino”).

Y todavía quedan otras historias, que dejo para que los lectores las descubran por sí solos, si deciden (ojalá que sí) adentrarse en los laberintos de esta obra, llena de ilusión y de propuestas interesantes.

viernes, 3 de junio de 2022

El ladrón del cementerio

 


A un narrador avezado le basta en ocasiones una pequeña anécdota para que la imaginación se lance a dibujar arabescos sobre los papeles y consolide una historia novelesca llena de meandros e interés. Es lo que ocurre con José María López Conesa, quien tuvo acceso a una de esas anécdotas (un chico que robaba huesos de un camposanto) y dejó que germinase durante largo tiempo hasta que ahora se ha convertido en El ladrón del cementerio, la novela que acaba de publicar el sello Tirano Banderas.

Partiendo de un grupo de tres personajes protagonistas (Antonio, un profesor que ya está jubilado, y su esposa Yaiza, a quienes se une su médico de cabecera, Jacinto Castillo) se nos invita a viajar hacia atrás en el tiempo, para conocer cómo el pasado del doctor es mucho más extraño y turbulento de lo que su situación actual nos permitiría deducir: una novia que le dejó profundísima huella y que se separó de él por motivos dramáticos; una hermana (la Nena) que decidió asumir todos los gastos de su enseñanza universitaria; unos hermanos más pusilánimes o desdibujados, pero que terminarán adquiriendo en la narración un papel crucial; y un inquietante profesor llamado don Diego, del que Javier recibe lecciones y del que terminará descubriendo una faceta sacrílega que lo llevará por el camino erróneo.

Cualquier lector que se sumerja en esta historia descubrirá, sobre todo, un sentimiento que late con poderosa fuerza en el volumen: el amor. Y ese amor, por vías diferentes, conducirá a los protagonistas hacia desvaríos asombrosos: a Jacinto lo llevará hasta los arrabales de la locura, hasta el borde del abismo, hasta la cárcel; a don Juan lo llevará hasta la confianza irracional, hasta el más absurdo despojamiento; a la Nena la conducirá hasta el rencor, hasta la venganza, hasta el crimen. Ese lector (que puedes ser tú) descubrirá también emociones de elevada intensidad en este libro, como la muerte, la ambición, la debilidad y el azar, que se mezclarán de explosivos modos para que su respiración se vea de continuo alterada.

El resultado es una novela (undécima publicación del autor) de aire elegante y gran soltura en los diálogos, que merece la pena leer.

jueves, 30 de diciembre de 2021

Crónicas y romances de Murcia

 


Contadores y recitadores de historias los ha habido siempre; y siempre han sido admirados y seguidos por el pueblo, que encontraba en ellos una fuente de distracción, de información y de aplauso. Eran las personas que, con su verbo fácil y sus admirables recursos narrativos, lograban que los espectadores se quedaran embobados, o lloraran de emoción, o temblaran de miedo, mientras les desgranaban los pormenores de su relato.

En Crónicas y romances de Murcia, Paco López Mengual y Emilio del Carmelo Tomás Loba emulan a aquellos precursores y se proponen imitar sus técnicas (el suspense, el humor, la dosificación intrigante de datos) en una serie de historias que, en prosa y en verso, se centren en episodios, personajes y lugares de la región de Murcia. La parte lírica queda en las manos de Emilio del Carmelo Tomás Loba, quien nos resumirá algunos momentos de la vida de Preciosa, la célebre gitanilla cervantina; nos glosará la figura elevadísima de Alfonso X el Sabio; nos hará sonreír con los testículos bochornosos de Patiño; nos hablará de los cuatro santos cartageneros (Florentina, Fulgencio, Leandro e Isidoro); o nos inquietará con los espeluznantes sucesos protagonizados por Josefa La Perla. De la parte narrativa se ocupa Paco López Mengual, explicándonos los terribles envenenamientos que ejecutó una niña de 12 años llamada Piedad, a quien se le terminó perdiendo la pista y que quizá continúe viva por las calles de Murcia; trasladándonos la crónica, vívida y sugerente, de la riada de Santa Teresa, que convirtió Murcia en un infierno de agua y cadáveres en octubre de 1879; resumiéndonos la inaudita historia de la Dama de las basuras, que luego resultó ser una millonaria real; y, en fin, capturando nuestra atención con la pericia que siempre despliega en sus libros. Por ejemplo, después de contarnos la manera absorbente que tiene de narrar un personaje del siglo XIX, que lo hace acompañado por su hijo, Paco nos indica: “El hijo de Juan de Dios el de los Romances, que creció rodeado de libros, escuchando versos, coplas y relatos, años después se convertiría en el famoso poeta…”. Y nos revela el asombroso y famosísimo nombre, que ustedes pueden descubrir leyendo la obra.

miércoles, 14 de abril de 2021

Historias de mostrador

 


De igual modo que la “realidad” no existe de forma objetiva, las historias tampoco lo hacen: requieren el concurso de un observador que las perciba, atestigüe y dé cuenta de sus perfiles y detalles. Locos que emprendan aventuras desquiciadas los ha habido siempre; Cervantes sólo hay uno. Los enamorados que sueñen con la amada muerta y anhelen el reencuentro pueden ser contados por millones a lo largo de la Historia; Dante Alighieri es único. La “historia” es algo que flota y que espera a su intérprete, a su admirador, a su amanuense.

Acaba de salir editado en Tirano Banderas el libro Historias de mostrador, en el que Paco López Mengual reúne un buen ramillete de anécdotas que lo asaltaron cuando se encontraba despachando botones, cremalleras, escapularios y lanas en su mercería. Él nos dice en la contraportada del volumen que su mostrador es “el balcón desde donde miro el mundo, el lugar que me sirve de trinchera para observar el comportamiento humano”, y no tengo problemas para aceptar con una sonrisa la primera de las afirmaciones, pero no la segunda. Una trinchera es (y copio la definición del diccionario de la Real Academia Española) una “zanja defensiva que permite disparar a cubierto del enemigo”, y me parece a mí que Paco ni se defiende, ni dispara, ni considera enemigo a nadie: Paco es un pescador de caña que deposita anzuelos en la boca de sus clientes (con gracejo, se define como “oliscón”) y que tira del sedal para que ellos le depositen en los oídos historias de su pasado, sueños que han tenido, anécdotas que han protagonizado o chismes que solicitan la inmortalidad de la tinta. Él mismo lo reconoce en la página 43: “Las familias están llenas de historias, sólo hace falta rascar un poco y escuchar”. Ese es el espíritu que preside su audición; y el que rige su escritura.

Desde la atalaya cordial de Las Marujas, Paco López Mengual (el “Mostrador de historias”) recibe y atiende a la clienta que quería un pañuelo para llorar o a la que, algo corta de vista, compró una blusa cuyo estampado no fue capaz de identificar hasta que su hija y su nieta le explicaron que eran ataúdes; charla con Mariano, ganador de un accésit del Adonais, que acabó malbaratado por la esquizofrenia y las sustancias tóxicas, del que guarda muchos poemas manuscritos; nos resume historias que hacen tragar saliva o que los ojos se agüen (“Dolor”, “Alada”); nos explica cuál es la sílaba infame que lo ha apartado de la condición de millonario (“Amancio Ortega”); nos asombra con el peculiar uso que las agujas de ganchillo del número 15 tienen entre ciertos jóvenes (“Ganchillo”); nos hace reír hablándonos de la foto de una estrella juvenil del pop que es confundida con la Virgen del Carmen por una clienta; y, en fin, nos llena los ojos de punkis irredentos, magrebíes que estornudan, embarazadas que desean gusanos de seda, borrachos que compran calcetines, velcros para sustituir a las esposas de metal en determinados juegos eróticos o preciosas estampas de añoranza lírica (“Lluvia”).

Habilidoso, cercano, entrañable, el nuevo libro de Paco López Mengual constituye otro acierto del mercero que mejores historias teje y que más cenefas sonrientes coloca en nuestra imaginación. Bendito sea.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Yo, don Juan Manuel




Don Juan Manuel, uno de los más notables escritores medievales y, sin duda, el visitante más célebre que ha tenido la localidad murciana de Molina de Segura (con el permiso del Cid), toma la palabra en estas páginas que acaba de publicar Paco López Mengual con el sello Tirano Banderas y nos cuenta muchos de los pormenores de su ajetreada vida: cargos políticos que ostentó, conflictos bélicos en los que se vio envuelto, los nombres y orígenes de sus esposas, sus aficiones literarias, sus amistades y enemistades…
Pero esa enumeración, que podría haber convertido el volumen en algo plúmbeo, queda convertida en un relato ameno por la maestría narrativa del novelista, que introduce frecuentes giros populares en sus líneas y, sobre todo, grandes dosis de humor, que se manifiestan en varias ramas temáticas: la coquetería (“No me gustaría que la gente diga al verme pasar: ¡por ahí viene ese vejestorio de 737 años!”), el despliegue nobiliario (“Soy Señor, Duque y Príncipe de Villena, que se dice pronto; y también Señor de Escalona, Peñafiel, Cuéllar, Elche, Cartagena, Lorca, Alcocer, Salmerón, Valdeolivas y Almenara (y seguro que se me olvida algún título); pero también Mayordomo Mayor de los reyes Fernando IV y Alfonso XI y Adelantado Mayor de Andalucía. ¿Cómo se les ha quedado el cuerpo?”) o el anacronismo (“De haber vivido en este siglo, mi abuelo siempre hubiese llevado colocados sus cascos, escuchando spotify”).
Añadamos los varios intentos de asesinato que consiguió evitar (con daga y con flechas), el insomnio que lo torturó durante buena parte de su existencia y la inclusión de varios relatos “lucanorescos” en el transcurso de la obra y como resultado obtendremos un libro sabio y educativo, bellamente ilustrado por Diana Escribano y que permitirá a los más jóvenes (y no sólo a ellos) descubrir mil y una anécdotas sobre esta singular figura histórica y literaria.

lunes, 15 de julio de 2019

Acompáñame



Contaba Jorge Luis Borges que cuando una de sus abuelas estaba agonizando en su lecho convocó a los miembros de la familia y les dijo: “Soy una mujer muy vieja, que está muriéndose muy despacio. Que nadie se alborote por una cosa tan común y corriente”. Pese a esa sentencia valerosa o estoica, la muerte sí que comporta para la inmensa mayoría de los seres humanos unos tintes de zozobra, ansiedad, desconcierto o pánico que convierten la situación en un trance de difícil acometido. La certidumbre de que un día cerraremos los ojos y no los volveremos a abrir deviene losa emocional que, queramos o no, actúa sobre nuestro ánimo de un modo determinante.

La muerte, contradiciendo a la venerable abuela del genio argentino, sí que es algo extraordinario. Más extraordinario incluso que el nacimiento, porque de éste no somos conscientes, pero de la muerte sí: sabemos (gradualmente o de súbito) que nos estamos yendo. Y tragamos saliva porque ignoramos si hay algo que nos espera al otro lado; y qué es; y cómo va a ocurrir. Le tememos al dolor. Le tememos a la incertidumbre.

La autora de este decálogo que hoy aparece en la página (editado por el sello Tirano Banderas) nos ofrece un utensilio auxiliar para que seamos capaces de acompañar de forma más adecuada a quienes se están yendo; para que sepamos qué decirles y cómo actuar; para que estemos a su lado en el proceso terrible y melancólico del adiós. Con palabras sencillas, que se deslizan ante los ojos de un modo fluido, la escritora nos va recomendando modos, palabras y gestos que su larga experiencia profesional en el mundo de la enfermería le ha permitido reunir e ir decantando, de tal modo que los lectores accedemos a una sabiduría fiable y confortadora.

Estamos señalados de forma unánime por la muerte. Y casi todos, también, vamos a enfrentarnos tarde o temprano a una situación terrible de permanencia junto a una persona agonizante, así que conviene leer este decálogo, que resultará útil para creyentes y descreídos, porque sus enseñanzas y consejos contienen tanta lucidez, tanta serenidad y tanto sentido común que resultaría imposible mejorarlo.

martes, 29 de agosto de 2017

El grafiti del Cid



No creo que exista ningún pueblo en España (las ciudades escapan a veces, por la frialdad de su volumen, a esta norma) donde no circule, desde tiempo inmemorial, alguna leyenda que se repite de padres a hijos y que mantiene viva la imaginación de sus habitantes. En Blanca, donde yo nací, se rumoreaba sobre la existencia de un antiquísimo e inencontrado túnel que comunicaba el castillo con el cauce del río; y en Molina de Segura, donde ahora vivo, burbujea el recuerdo del rey al-Samiz III, que mantuvo siempre una buena relación con el monarca castellano Alfonso VI y que, hostigado al final de sus días por la invasión de los almorávides, se vio obligado a huir sin poder llevarse su descomunal tesoro, que escondió en un lugar indeterminado. A esa seductora historia se le une el hecho de que el Cid Campeador visitó un día la localidad en el año 1089, sin que se conozcan demasiados detalles sobre los motivos profundos de ese viaje.
El narrador Paco López Mengual, que tiene una fantasía desbordante y cuyo olfato para detectar historias seductoras empieza a ser legendario, no necesita mucho más para componer una novela, tras añadir a esas dos líneas mencionadas un buen número de detalles intrigantes: pañuelos de la Edad Media que aparecen de pronto en la habitación de una adolescente, enigmáticos personajes vestidos de árabes del siglo XI, pasadizos misteriosos, un cilindro de metal donde se oculta un mapa… El público juvenil, destinatario natural de esta novela, quedará fascinado por la trama que el autor ha compuesto para él, donde no faltan el sentido del humor, las referencias al mundo actual, el lenguaje fresco de sus protagonistas, el amor a la literatura, la osadía del argumento… y hasta algunos sustos, perfectamente dosificados y colocados en el lugar idóneo.

Después de haber convencido a centenares de lectores con sus novelas (El último barco a América, Maldito chino, La memoria del barro), con sus relatos cortos (La pistola de Hilarito) y con sus anecdotarios urbanos (Un paseo literario por calles de Murcia), Paco López Mengual ha dedicado sus últimas publicaciones al público infantil y juvenil, con títulos como ¿Te cuento un cuento? o, ahora, con El grafiti del Cid. Esta sorprendente versatilidad evidencia que nos encontramos ante un creador en estado de gracia. Y sus lectores sonreímos, felices por el placer que siempre obtenemos de sus obras.

domingo, 27 de agosto de 2017

El incesto y otros relatos



Diez libros lleva publicados en trece años: una cifra más que respetable, que habla con claridad de la infatigable labor escritora de José María López Conesa (1945). Su última entrega se titula El incesto y otros relatos, la publica la editorial Tirano Banderas y está formada por la asombrosa cantidad de treinta y ocho historias, que cubren un amplio abanico temático y que, desde la sencillez expresiva, tratan de alcanzar el corazón de sus lectores.
Unas veces nos encontraremos con vidas grises y fracasadas (tanto doméstica como laboralmente) que desembocan en una conclusión explosiva (“El cerrador de botes”); otras, con ingenuas fábulas protagonizadas por niños, que nos instalan en un espacio narrativo de extremo candor (“El guardián del bosque”); otras, en acosos escolares que terminarán sacudiendo a la sociedad (“El negrito de Siria”); otras, con músicos del este que vienen a España para tratar de ganarse la vida con su instrumento y que, entre otras cosas, encuentran aquí el amor (“El violinista callejero”).
En este arco iris de argumentos, José María López Conesa introduce bastantes veces el humor, en distintos grados y con distintas intenciones: desde el recluta gitano que realiza funciones inesperadas en el cuartel (“El soldado calé”) hasta el sacerdote terco que odia la presencia de flores en las bodas que oficia (“Aniceto, el cura endiosado”). Estas gotas de hilaridad contribuyen a que los relatos generen más de una sonrisa en los lectores.
Entre todos ellos me voy a permitir llamar la atención especialmente sobre dos. El primero destaca por su dulzura, está situado en la zona central del volumen, se titula “La abuelidad” y es difícil salir de él sin sentir un nudo en la garganta. El segundo es un relato de intensa calidez humana y, aunque su título ya avanza parte del espíritu que lo anima (“Mi amigo marroquí”), prefiero dejar en sus manos el descubrimiento de la historia que cobija.

Tras cuatro años de silencio editorial, López Conesa vuelve a los escaparates de las librerías. Es una hermosa noticia.