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domingo, 12 de julio de 2026

Clarissa


 

Sigo con los libros de Stefan Zweig, de quien ahora recorro su novela inconclusa Clarissa, en la traducción de Marina Bornas Montaña para el sello Acantilado. Su protagonista es la hija de un militar austríaco que, huérfana de madre y criada en el colegio de un convento en Viena desde los ocho hasta los dieciocho años, tiene que enfrentarse sola al mundo cuando su progenitor, apartado del servicio, decide irse de la ciudad. Tanto su hermano como ella tendrán que abrirse camino en la vida de un modo autónomo: él, como militar; ella, como ayudante del psiquiatra Silberstein, quien no comparte con su colega Sigmund Freud la idea de que conocer el origen de las neurosis sea positivo para sanarlas: él prefiere aportar al paciente otra obsesión distinta, que le resulte inofensiva… y útil (“Más bien creo que se sienten mucho mejor los que no conocen sus puntos débiles. Es mejor no conocer jamás tus propias flaquezas”). Durante un congreso en Lucerna, al que asiste por indicación de Silberstein, conoce a Léonard, un profesor de instituto de Dijon, que cree en el poder de la educación, en el socialismo y en la importancia de la gente anónima (“¡Ah! Amo a la gente pequeña, a los no ambiciosos, a los que no hacen ruido, a los comedidos; son los fuertes y justos sobre los cuales, según la Biblia, se erige el mundo”), además de odiar la guerra y considerar las ideas nacionalistas como altamente peligrosas (“El nacionalismo lo corrompe todo. Es el mal que coloca una única patria por encima de todas las demás. Nos involucramos de lleno en las necedades que cometen nuestras naciones. En el patriotismo. ¿De qué nos sirve ser honrados y bienintencionados si encima de nosotros hay un puñado de personas que no quieren serlo? Ellos miran las banderas extranjeras con la hostilidad del toro que se abalanza sobre la tela roja. Tenemos que romper con el patriotismo. ¡Al diablo con las naciones!”). Fruto de esa relación, que se inicia como amistad y que culmina como amor, es el embarazo de Clarissa, que no descubrirá hasta que, unas semanas más tarde, se encuentren en plena Guerra Mundial, con él en Francia (su país de origen) y ella en Austria: el azar caprichoso de la geopolítica los ha convertido en enemigos.

Una novela excelente, como no podía ser de otro modo, llena de inteligentes reflexiones sobre el honor, la honradez, el amor, la fidelidad y la entereza; pero que deja un poso agridulce en los ojos cuando, al llegar a las páginas finales, comprendemos que la historia no terminaba ahí. Qué pena.

martes, 25 de marzo de 2025

Los milagros de la vida

 


Todo en la vida, si lo miramos con una cierta capacidad de asombro, bordea los límites del milagro o se adentra decididamente en él: la respiración, el amor, la amistad, la luz, la música, el sonido del mar, abrir los ojos por la mañana y seguir viviendo. Casi ninguno de esos asombros tiene una conexión directa con la religión, a pesar de que tradicionalmente se haya querido vincular el sustantivo “milagro” con ese ámbito del pensamiento.

Un viejo pintor que vive a mitad del siglo XVI en la actual zona de Amberes (“un hombre al que la vida había enseñado que en el estrato más profundo no hay más que transparencia y tranquilidad, un hombre con experiencia, al que los muchos días y años habían vuelto sencillo”) recibe el encargo de pintar un cuadro de la Virgen María para ornar una iglesia; y en su búsqueda de la mejor modelo para el rostro de la madre de Dios descubre a la joven Esther, una judía a la que su abuelo salvó de un pogromo entregándola a un tabernero flamenco para que la criase. Extasiado por las líneas de su rostro, el anciano artista se propone convertir a la muchacha al cristianismo, mostrándole imágenes religiosas y narrándole algunas historias bíblicas; pero pronto se da cuenta de la renuencia de Esther, y se concentra en la tarea de pintarla. Lo hace mientras ella sostiene un bebé en sus brazos, al modo de una Madonna.

Unas semanas más tarde, los acontecimientos se precipitan: el clima político de la ciudad se enrarece e impregna de violencia, Esther tiene su menarquía y el pintor, concluida la obra, la entrega al comerciante que se la encargó, para que sea expuesta en la iglesia. El problema vendrá cuando la turba, enardecida contra España, comience con su labor devastadora e iconoclasta. ¿De qué forma podrá salvarse el cuadro recién pintado, por el que Esther siente embeleso?

Una pequeña obra maestra de Stefan Zweig, que leo en la traducción de Berta Vias Mahou (publicada por el sello Acantilado), donde se nos invita a reflexionar sobre todos esos milagros cercanos y a veces invisibles que, como indicaba al comienzo, constituyen la médula de la existencia y nos obligan a meditar en silencio sobre el sentido de cuanto nos rodea.

jueves, 17 de agosto de 2023

El triunfo de la belleza

 


Vuelvo a la narrativa de Joseph Roth, quien en esta ocasión me entrega un relato que, traducido por Berta Vias Mahou, publica el sello Acantilado con el título de El triunfo de la belleza. En sus páginas encontramos la rotunda narración que el doctor Skowronnek, un afamado ginecólogo, expone ante una persona sin nombre, a la que exhorta en voz baja: “Escríbala algún día”. El protagonista de los hechos fue un amigo suyo, joven atractivo, de buena posición económica y reverencial discreción (“El plebeyo es ambicioso. El hombre verdaderamente noble es anónimo”), quien se enamoró de una hermosa joven llamada Gwendolin, con la que contrajo matrimonio al poco tiempo. Aunque todo parecía idílico en ese enlace, pronto las cosas comenzaron a enrarecerse cuando Skowronnek descubrió de forma accidental que la dama le estaba siendo infiel a su marido. ¿Cuál debía ser su actitud ante esta infamia? ¿Mantenerse en silencio, para proteger la inocencia y la felicidad de su amigo? ¿Descubrirle aquella atrocidad y exponerse a su dolor o su despecho? Posteriores infidelidades de Gwendolin fueron agravando el sentimiento de incertidumbre del doctor.

No obstante, el marido termina por recibir la noticia y su reacción, tras la ira inicial, resulta sorprendente: decide consagrarse en cuerpo y alma a su esposa (que además ha sufrido una reacción psicosomática y se ha convertido en una enferma perpetua), para recuperar su corazón. Se inicia así un período de servidumbre bastante bochornosa, que terminará de forma abrupta cuando el pobre marido descubra que ella repite la actitud infiel con un enfermero. Convencido de la promiscuidad sensual de las mujeres, el doctor Skowronnek no se priva de rematar su historia con un párrafo de agria misoginia: “Sonreíd, pensé. Sonreíd. ¡Girad, meceos, compraos sombreritos, medias, baratijas! La vejez se os aproxima a toda velocidad. Un añito más o dos, y ningún cirujano del mundo podrá ayudaros, ningún fabricante de pelucas. Deformes, resentidas, amargadas, no tardaréis en iros a la tumba. Y más abajo aún, al infierno. Sonreíd. ¡Sonreíd!”.

Una historia ciertamente dura, que no se pierde en sutilezas, y donde la mujer no sale muy bien parada. Tan interesante como polémica.


miércoles, 16 de agosto de 2023

El valor desconocido

 


Me aproximo a mi primera novela de Hermann Broch, que se titula El valor desconocido y que traduce Isabel García Adánez para Sexto Piso. Es un libro bello y frío, cerebral y redondo, silencioso y lleno de estruendos. Me resulta difícil adherirle una etiqueta que pueda resumir lo que sobre él me gustaría indicar. Es como acariciar una esfera de acero.

De un lado, tenemos a los tres hermanos principales que protagonizan la acción: Richard (profesor de matemáticas, especializado en la teoría de grupos, que espera su hueco en el escalafón universitario, mientras sueña con realizar algún descubrimiento que haga avanzar la ciencia y sirva para explicar el mundo), Otto (pintor frustrado que se siente desplazado, en una sociedad en la que no termina de encontrar su sitio) y Susanne (fervorosa creyente, que tiene como objetivo más elevado el de ingresar en un convento). Del otro lado, tenemos a los personajes que rodean a esta tríada y que actúan como electrones que giran a su alrededor: la madre, viuda, que sigue buscando de forma inconsciente un amor que la haga sentir viva; el compañero docente que, llevado por el cinismo, ve en la ciencia un simple modo de trabajar; una becaria que se ilusiona con la proximidad erótica a Richard… Pero creo que lo más importante del volumen es el esfuerzo intelectual que Hermann Broch pone a la hora de codificar con un lenguaje necesariamente limitado el cosmos, poliédrico y confuso, de sus protagonistas. Y lo hace con una prosa que no es mediterránea, sino cerebral. Sin duda, me estoy explicando de un modo defectuoso; pero es que no me siento capacitado para decirlo de otra manera. Las reflexiones íntimas de los personajes, sus emociones, su modo de encarar la realidad o el amor, son frías, muy frías. No quiero decir desagradables o absurdas. En absoluto. Digo frías. Parece (y espero que se note mi admiración narrativa) como si por sus venas circulase mercurio, en lugar de sangre. De ahí que haya que estar tan atento para entender lo que se nos está queriendo decir sobre la fe, el desconcierto existencial, las ilusiones, el amor entendido como sorpresa y sobresalto o las ilusiones perdidas.

Un libro para leer con lentitud. Y para pensar.

domingo, 11 de junio de 2023

El Judas de Leonardo


 

El prior del convento de Santa Maria dell Grazie es un hombre que, a pesar de su bonhomía y lata paciencia, se encuentra irritado. Sabe que Leonardo da Vinci es un pintor que goza de gran crédito, respetable y posiblemente genial, pero el modo (a su entender inicuo) en que está posponiendo la conclusión de La Última Cena lo saca de sus casillas. ¿Se trata de un caso flagrante de apatía, de desprecio? El polímata florentino rechaza esas acusaciones y explica que, por el contrario, la causa de su lentitud hay que buscarla en una obsesión que lo corroe y lo paraliza: necesita encontrar una persona que, en su rostro y en su alma, atesore la vileza infinita de Judas, a quien Jesús “no perdonó” (p.23). Podría conformarse, como es natural, con cualquier cara, o incluso pintarla sin recurrir a un modelo real, pero eso lo convertiría a su entender en un mero retratista: Leonardo anhela pintar el alma de Judas, que emerja e impregne la imagen toda de la figura pintada.

Casualmente, se cruza en su camino la historia de Joachim Behaim, un mercader de Bohemia que ha acudido a Milán guiado por dos propósitos fundamentales: el primero, vender dos soberbios caballos a un acaudalado noble de la localidad; el segundo, recuperar los diecisiete ducados que su padre debería haber recibido mucho tiempo atrás de un miserable usurero que se apellida Boccetta. Después de varios encuentros, en los que resulta inútil el empleo del sentido común y la apelación a la justicia, Behaim ha comprendido que no recuperará su dinero de forma amigable: Boccetta no se aviene a súplicas, documentos firmados o razones. Es hora, pues, de decantarse por métodos más expeditivos.

Convincente en la construcción de la trama, sólido en el dibujo de los caracteres y, sobre todo, espléndido en los diálogos, el austriaco Leo Perutz terminó esta novela apenas unas semanas antes de morir, a causa de un edema pulmonar. Sin duda, un gran texto, que se lee con profunda admiración.

viernes, 13 de enero de 2023

Los ojos del hermano eterno

 


Es difícil acertar con el auténtico camino de la sabiduría, porque su secreto es oscuro y sus cauces desconocidos. Quienes leímos durante la juventud el libro Siddhartha, de Hermann Hesse, lo recordamos perfectamente. Y ahora, cuando me adentro en la novela Los ojos del hermano eterno, de Stefan Zweig (que traducen del alemán J. Fontcuberta y A. Orzeszek para el sello Acantilado), puedo refrescar esa sensación con la historia de Virata. Este personaje glorioso y de rica textura es un noble que adquiere fama cuando se pone al frente de las tropas leales al rey, quien ha sufrido una rebelión que amenaza con derrocarlo. Heroico hasta lo inverosímil, Virata se alza con la victoria, pero mata involuntariamente a su hermano mayor. Esa desgracia lo impele a alejarse para siempre de las armas y aceptar el cargo de juez real. A partir de ese momento, Virata irá descubriendo que las decisiones de su cargo afectan a la vida de otras personas, y también opta por retirarse de esa función. Lenta, pero inexorablemente, pasa de ser “El Rayo de la Espada” (guerrero) a ser “La Fuente de la Justicia” (juez); y de ahí evoluciona hasta convertirse en “El Campo del Buen Consejo” y después en “La Estrella de la Soledad”. Cada escalón supone una bajada social y una subida espiritual, que le sirve para purificar su espíritu e ir acercándose a la divinidad. No siempre quienes lo rodean entenderán sus decisiones (ni siquiera sus hijos), pero Virata acaba por convertirse en un anciano feliz, que ocupa un puesto misérrimo en su sociedad y que, tras su muerte, es olvidado de forma unánime.

La fábula de Zweig (claramente ligada a la de Hesse y a ciertas páginas de Tagore) requiere que los lectores escuchen en silencio las enseñanzas espirituales que su protagonista obtiene y que han de ser meditadas de forma serena y respetuosa.

Absténgase los lectores demasiado materialistas o superficiales.

viernes, 6 de enero de 2023

Miedo

 


“El miedo es peor que el castigo, porque éste es algo determinado y, duro o blando, no se puede comparar con el temor que despierta en nosotros lo incierto, una tensión espantosa que no conoce límite”. Quien habla es un famoso abogado, que acaba de reprender a sus hijos de una forma severa, pero ecuánime. Quien escucha, aterrada y culpable, es su esposa Irene, que le está siendo infiel con un pianista y que ahora, víctima de un chantaje por parte de la novia del músico, no sabe cómo salir del enredo en que se encuentra metida. Querría confesárselo todo a su marido, por el que siente un gran amor y respeto… pero no se atreve. ¿Cómo reaccionará él? ¿Se mostrará indulgente o inflexible? Todo el mundo familiar que Irene disfruta (y que ahora valora mucho más, cuando está a punto de perderlo) se puede venir abajo si confiesa su adulterio. Al principio, la extorsionadora se ha conformado con un par de billetes; luego, ha exigido cien coronas; después, doscientas; y, finalmente, se ha atrevido a presentarse en casa del matrimonio, con la exigencia de cuatrocientas. Como no dispone de esa cantidad, Irene se ve forzada a entregarle su anillo de compromiso, para que lo empeñe y obtenga la cantidad requerida. El sendero es cada vez más angustioso; y la infeliz esposa sólo acierta con una solución: envenenarse con morfina.

Con una prosa enérgicamente eficaz (los diálogos entre Irene y la chantajista llegan a provocar taquicardia en el lector: doy fe), Stefan Zweig urde una novela no muy extensa, que recorro en la traducción de Roberto Bravo de la Varga para el sello Acantilado y que me permite redescubrir la excelente capacidad que el escritor desplegaba siempre para ahondar en el corazón de sus criaturas, que son retratadas a través de sus miedos, esperanzas, temblores, ilusiones y alegrías.

Un absoluto maestro.

lunes, 12 de diciembre de 2022

El regreso de Casanova

 


Giacomo Casanova, seductor impetuoso e infalible que puso en jaque a las mujeres de toda Europa. Giacomo Casanova, aventurero intrépido que logró fugarse de las emboscadas más inverosímiles e incluso de su prisión veneciana. Giacomo Casanova, farsante, vividor, jugador, diplomático, escritor y músico (aparte de otras ocupaciones, casi siempre ocasionales o espurias), fue uno de los personajes más famosos de su tiempo. Pero cuando el austríaco Arthur Schnitzler se aproxima a su figura es ya un hombre otoñal, que languidece hacia la senectud sin remedio, aunque su orgullo lo impele a resistirse. De ahí que esta novela (esta deliciosa novela) quede perfumada de una cierta melancolía, de un cierto aire de derrota, de un aroma inequívoco a erosión. Hospedado por su antiguo amigo Olivo, al que ayudó económicamente con ciento cincuenta ducados de oro cuando decidió casarse (Casanova había probado antes las mieles sexuales de la novia), descubre en su casa a la joven Marcolina, tan bella como inaccesible (la chica no piensa más que en el estudio de las matemáticas); y se ilusiona (se obceca, sería más exacto decir) con la idea de convertirla en su última amante. Al mismo tiempo, una carta que le llega desde su ciudad natal, le informa de la condición que deberá cumplir si quiere regresar a ella, para pasar allí sus últimos años: convertirse en espía a las órdenes del Gran Consejo. Si desea alcanzar el éxito en ambos propósitos (la seducción de la angelical Marcolina y el retorno impune a su patria), Casanova no tendrá más remedio que plegarse a dos inicuas bajezas, cuyos detalles estremecen al lector.

Siempre admirable, Arthur Schnitzler nos invita a navegar por los territorios de la claudicación, del bochorno y de la ruindad, que el decrépito libertino asumirá con sencillez, pero que terminarán acongojándolo cuando se tumbe en su cama, ya instalado en Venecia, y el silencio de la noche no le permita seguir mintiéndose.

Otra maravilla narrativa del vienés Schnitzler, que no se convertirá en mi última aproximación a sus libros.

lunes, 28 de noviembre de 2022

Tardía fama

 


La sala donde se va a desarrollar el recital de la asociación literaria Entusiasmo se encuentra llena. Pueden oírse carraspeos, ruidos de sillas y alguna tos. El humo del tabaco se extiende por el local. Los jóvenes que conforman el grupo (en los que quizá priman más la vanidad y el egocentrismo que la perfección de su arte) se preparan para su gran noche de presentación, con la que esperan conseguir un éxito resonante, que sin duda se verá reflejado en la prensa vienesa del siguiente día. Pero no dejemos que sus poses melodramáticas y ambiciosas nos despisten y fijemos la mirada en el anciano Eduard Saxberger, que se encuentra entre ellos. Lleva casi cuarenta años trabajando como gris oficinista, y frecuenta una cafetería donde sus amigos juegan al billar, beben cerveza y lo tratan con campechanía. Pero esos amigos ignoran que, en su lejana juventud, Saxberger publicó un libro de versos titulado Andanzas, que pasó dolorosamente inadvertido para los lectores. Decepcionado, abandonó los caminos de la literatura. Ahora, los jóvenes del grupo Entusiasmo lo acaban de redescubrir y han optado por convertirlo en su maestro, en su guía, en su líder y abanderado. Así que el viejo Saxberger está viviendo los instantes previos a la que puede ser su primera (aunque tardía) noche de gloria. Pero, tras la recitación de sus versos (y justo cuando se encuentra ante el público para saludar y agradecer sus aplausos), escucha dos palabras que se clavan en su corazón y lo dejan paralizado. Dos simples y demoledoras palabras.

El austríaco Arthur Schnitzler nos entrega en Tardía fama (que leo gracias a la traducción de Adan Kovacsics en el sello Acantilado) una colección de retratos psicológicos de gran plasticidad y solidez (cada miembro del grupo Entusiasmo es dibujado con rasgos acertadísimos); y, sobre todo, una triste y melancólica reflexión sobre los trenes a los que resulta insensato querer subirse cuando el huracán de los calendarios ya ha desmantelado la esperanza.

miércoles, 23 de noviembre de 2022

Nuevos momentos estelares de la Humanidad

 


En el mundo de la literatura, si no dispones del don no es previsible que dejes huella. Puedes rimar con tino o ser un excelente medidor de sílabas, pero no eres poeta. Puedes disponer de un ingente vocabulario o ser un soberbio escultor de caracteres, pero no eres narrador. Hablamos de otra cosa: del duende, de la magia, del esplendor, del (vuelvo a escribirlo) don. Stefan Zweig disponía, creo, de ese atributo inasible, especial, único. Y lo demuestra en todos sus libros, haciendo que las palabras, la sintaxis y la estructura del texto se alíen para conformar volúmenes que, pareciendo paralelepípedos, son en realidad esferas: puras superficies inmaculadas, que brillan como gotas de rocío y se deslizan como seda por nuestros ojos, hasta invadirnos y empaparnos.

En Nuevos momentos estelares de la Humanidad (que traduce Alfredo Cahn para la colección Austral de Espasa-Calpe) nos encontramos otra vez con ese fulgor indesmayable, que irradia desde las cinco historias del tomo: vemos a Händel, atosigado por las deudas y malherido por las secuelas de una apoplejía, quien durante tres semanas prodigiosas compone El Mesías; vemos a Rouget de Lisle, el oscuro militar francés al que, por una noche (la que emplea en concebir La marsellesa), le es concedido “ser hermano de la inmortalidad”; vemos a Núñez de Balboa, quien se embarca en expediciones legendarias y casi suicidas, tras las cuales descubre para Europa el océano Pacífico; vemos a Mahomet II, disfrazado de cordero (“Cuando los déspotas preparan una guerra, hablan abundantemente de paz mientras no se han armado del todo”) y preparando la brutal toma y saqueo de Bizancio; vemos a Cyrus W. Field, el intrépido visionario que tuvo la idea de cablear el fondo del Atlántico para comunicar telegráficamente América con el Viejo Continente.

Y esas cinco narraciones, que en otras manos hubieran ofrecido un aspecto simplemente informativo, en Zweig se transforman en canto europeo, en himno sobre las proezas humanas, en Belleza. Sin duda, uno de los narradores más brillantes que ha dado la literatura en el siglo XX.

domingo, 28 de agosto de 2022

Mendel el de los libros


Para refugiarse de la lluvia que ha comenzado a caer sobre Viena, el narrador se refugia en el café Gluck; y sólo cuando está dentro recuerda que allí conoció al viejo Mendel, un librero que “leía como otros rezan, como juegan los jugadores, tal y como los borrachos, aturdidos, se quedan con la mirada perdida en el vacío. Leía con un ensimismamiento tan impresionante que desde entonces cualquier otra persona a la que yo haya visto leyendo me ha parecido siempre un profano”. A él recurrió cuando, años atrás, necesitó libros para su investigación sobre Mesmer. Descubrió a un sacerdote de los libros, un anacoreta que no vivía más que para la letra impresa, al que incluso la universidad de Princeton había intentado en vano contratar como consejero para la adquisición de obras. Aquel hombre le hizo comprender que “todo lo que de extraordinario y más poderoso se produce en nuestra existencia se logra sólo a través de la concentración interior, a través de una monomanía sublime, sagradamente emparentada con la locura”. Por sorpresa, Mendel ya no está (como estuvo durante décadas) en su mesa, leyendo con sus gafas pobres. ¿Qué ha ocurrido con él? ¿Dónde se encuentra? ¿Continúa vivo? El narrador de la historia experimenta una sensación desagradable con esa ignorancia (“Sentí un regusto amargo en los labios. El regusto de la fugacidad. ¿Para qué vivimos, si el viento tras nuestros zapatos ya se está llevando nuestras últimas huellas?”), pero pronto encontrará a la única persona que tiene contestación para esos interrogantes: la vieja señora Sporschil, que se ocupaba de la limpieza de los aseos del café.

Bellísima narración triste (traducida por Berta Vias Mahou para Acantilado) donde Stefan Zweig reflexiona sobre la pureza de las almas, sobre la dedicación absoluta a una vocación, sobre la ingratitud y, también, sobre la crueldad que los seres humanos somos capaces de desarrollar en circunstancias aciagas.

Delicatessen.

sábado, 11 de junio de 2022

El candelabro enterrado

 


Es solamente un niño judío de 7 años, que se llama Benjamín y está durmiendo. Pero su vida se verá alterada cuando las manos de su abuelo lo despierten y le indiquen que se levante sin hacer ruido: el anciano rabino Eleazar, que acaba de organizar una comitiva de ancianos, necesita que los siga en plena madrugada camino del puerto, donde los vándalos están a punto de partir con todos aquellos tesoros que han saqueado en Roma. Incluido el candelabro sagrado de Moisés, el único símbolo que a los hebreos les queda: la menorá. Corre el año 455.

Así empieza esta novela, magnífica, redonda, emocionante, de Stefan Zweig, que traduce Joan Fontcuberta para el sello Acantilado. En ella nos encontramos con un relato subyugador, lleno de fe y ternura, de esperanza y sorpresas, que se inicia cuando el niño Benjamín, intentando que no embarquen la menorá, sufre una brutal fractura de brazo, que lo acompañará el resto de su vida. Por ello, todos los conocen desde ese momento como Benjamín Marnefesh, el sometido a amarga prueba.

Saltemos ahora hasta la ancianidad del protagonista, porque cuando bordea los 87 años le llega la noticia de que la menorá ha sido trasladada a Bizancio. Es la oportunidad de presentarse ante el basileo Justiniano y solicitar que devuelva al pueblo judío su símbolo sagrado, gracia a la que el emperador se niega, con tanta crueldad como regodeo. La desazón y la tristeza invaden a Benjamín, que pide a Dios la muerte, ya que no le quiere conceder la felicidad de recuperar el milenario candelabro de Moisés. No obstante, su petición no es atendida, porque el Señor tiene otros planes para el venerable anciano; y los descubrirá cuando aparezca ante sus ojos el orfebre Zacarías.

Dueño de una capacidad narrativa envidiable, Stefan Zweig deja en esta novela varios momentos de altísima calidad: la descripción del saqueo de Roma por los invasores vándalos; el discurso que Eleazar pronuncia ante el niño Benjamín, que lo guarda en su memoria, aunque no lo entiende bien; o el instante en que el anciano emisario judío se presenta ante el emperador de Bizancio, que se dibuja con elementos casi hollywoodienses. Y, por supuesto, el final de la novela, con el que reconozco haber llorado: tanta es su belleza.

Adoro a Stefan Zweig.

domingo, 26 de diciembre de 2021

Relato soñado

 


Nada más iniciar la lectura del libro Relato soñado, de Arthur Schnitzler (en la traducción de Miguel Sáenz), me pareció advertir ciertos aromas y ciertas frases que me llevaban hasta los fotogramas de la película Eyes Wide Shut. Por ejemplo, cuando la esposa del doctor Fridolin le habla a su esposo del misterioso hombre por el que sintió excitación onírica la noche anterior: “Si me hubiera llamado, no hubiera podido resistirme. Me creía dispuesta a todo; creía estar prácticamente decidida a renunciar a ti, a la niña y a mi futuro, y al mismo tiempo (¿puedes comprenderlo?) me eras más querido que nunca” (página 11). Son palabras muy similares a las que pronuncia Nicole Kidman, para desconcierto de Tom Cruise. Como es natural, me fui hasta Internet y descubrí que la obra cinematográfica está basada en este relato del autor vienés.

Acabada la lectura, compruebo que las conexiones son evidentes entre libro y película, pero que el novelista explora mucho más en el desgarro íntimo de sus personajes, cifrado en sus obsesiones sensuales. Arthur Schnitzler nos coloca ante las torturas íntimas de los dos miembros del matrimonio, que se ven zarandeados por inquietudes que los perturban: Albertine, en forma de sueños (siempre un hombre que se interpone entre su marido y ella, y que la sitúa en el borde de un acantilado de deseo); Fridolin, en varias experiencias reales, que no terminan de concretarse en infidelidad alguna (la huérfana que le declara su pasión de forma casi suplicante, con el cuerpo aún caliente de su progenitor en la cama; la joven prostituta que lo invita a subir a su casa; la mujer enmascarada que, en la fiesta secreta a la que acude, se presta como valedora para que lo liberen). En ese doble burbujeo de sexo reprimido, tanto el marido como la esposa sienten que quizá estén vulnerando el contrato amoroso, y se plantean una posible separación. Pero en las páginas finales conseguirán hablarlo sinceramente, tumbados en la cama, y pondrán sus cartas a la vista de la otra persona, para encontrar una solución a sus traumas.

Con una prosa de fina penetración psicológica, con la cual Schnitzler consigue que el lector abra mucho los ojos y trague saliva (recordando que alguna vez ha sentido esas mismas perturbadoras emociones), esta novela breve se convierte en una historia tan inquietante como imposible de olvidar.

martes, 11 de agosto de 2020

Encuentros con libros




Siento una fuerte inclinación por este tipo de libros, y reconozco que resulta muy peculiar. ¿Qué me lleva a leer una serie de textos donde se habla de Paul Claudel, Richard Friedenthal, Albert Ehrenstein, Friedrich Gundolf o Rudolf Kassner (autores a quienes no he leído y a quienes, presumiblemente, tampoco leeré en el futuro)? Y la respuesta es cristalina: el hecho de que sean páginas compuestas por Stefan Zweig. Más claro, el agua. Siempre me han gustado los libros de este genio vienés, que procuro frecuentar periódicamente para no alejarme demasiado tiempo del aroma de su prosa.
Así que cuando mi suegro, a principios del mes de julio, me regaló Encuentros con libros (traducido por Roberto Bravo de la Varga) y me puse con él, resulta fácil comprender que de inmediato quedé seducido por sus análisis. Entendí y valoré mucho más, obviamente, aquellos que dedicaba a Rainer Maria Rilke, Walt Whitman, Thomas Mann, Flaubert o Balzac; pero en cada una de sus doscientas cincuenta páginas disfruté de algún giro, de alguna metáfora, de algún aforismo, de alguna adjetivación. Acercarse a Zweig es acercarse a una sensibilidad con la que, en ocasiones, entras en desacuerdo, pero frente a la que siempre mantienes una posición de respeto y de admiración, pues la intuyes sincera. Igual que aplaudes frases como la que desliza en la página 8: “Desde que existe el libro nadie está ya completamente solo”.
En su abordaje a la obra de Goethe o de Rilke, el vienés insiste en que convendría leer la obra completa de ambos, para hacerse una idea orgánica de su aportación al mundo de la literatura. No sería disparatado afirmar lo mismo del propio Zweig, cuyos trabajos dibujan un firmamento de atractivos cuerpos celestes.
Admirable.

lunes, 24 de febrero de 2020

Novela de ajedrez




En el barco que viaja hacia Buenos Aires, el narrador de la historia coincide con Mirko Czentovic, brillante campeón mundial de ajedrez. Deseoso de acercarse a él, aunque no sea un gran aficionado (nos dice de sí mismo: “Juego al ajedrez en el sentido más acabado de la palabra, mientras los demás, los auténticos jugadores, serian al ajedrez, para introducir una nueva palabra atrevida en el idioma alemán que Hitler me ha vedado”), se pone a jugar con otras personas, intentando atraer la atención de Czentovic. Lo logra haciendo que un orgulloso rico contrate los servicios del campeón para que celebre con él una partida. El campeón, huraño y desdeñoso, vence; y el millonario, herido en su orgullo, le pide una revancha. Viendo la oportunidad de conseguir más dinero con aquel botarate, Czentovic se la concede. No obstante, la intervención de un anónimo viajero les hace conseguir tablas con el campeón, quien queda desconcertado y sugiere una tercera partida.
A partir de ese momento, Zweig consigue que los lectores nos centremos mental y argumentalmente en el anciano caballero, que ha conseguido plantar cara al campeón del mundo; y comenzará a contarnos su historia: la de un hombre que, retenido por los nazis, convirtió este juego en un arma contra la rendición anímica.
Novela sobre la fortaleza de la mente, sobre las obsesiones y sobre la complejidad íntima del ser humano, esta pequeña obra maestra fue publicada por el escritor vienés en el año 1941 y se ha convertido en una de sus narraciones más famosas.

martes, 3 de diciembre de 2019

Correspondencia (1912-1942)




He leído bastantes colecciones de cartas durante las últimas tres décadas, pero no me cabe la menor duda de que esta edición que han preparado Jeffrey B. Berlin y Gert Kerschbaumer, que traduce Joan Fontcuberta y que publica Acantilado (2018) es una de las más completas, fascinantes y seductoras que me ha sido dado encontrar, sobre todo por las explicaciones que entre carta y carta van uniendo e hilvanando éstas, para que entendamos bien los detalles biográficos que alientan en sus líneas. No se trata solamente de que conozcamos qué pensaba Stefan Zweig de este o aquel escritor, o del nazismo, o de determinados editores, sino que nos sumerge bajo su piel y bajo la piel de su esposa Friderike para que sintamos con ellos.
Por supuesto, abundan los detalles pintorescos e íntimos en estas cartas: los largos trámites que debieron cumplir para obtener la dispensa que permitiera a la divorciada Friderike casarse con Stefan; los continuos viajes que emprende el escritor para dar conferencias por varios países (de las cuales informa con orgullo a su esposa, a la vez que lamenta con cierta hipocresía su vida ambulante); todos los detalles de cómo instalaron gas en su casa o las reformas que en ella se iban proyectando (y que el escritor encarga indefectiblemente a Friderike, que se ocupa de supervisar y ejecutar, mientras él permanece fuera); los suicidios de algunos de sus amigos durante la Segunda Guerra Mundial (preludio de su propio suicidio en febrero de 1942, junto a su nueva esposa Lotte); etc.
En particular, me han llamado mucho la atención las continuas referencias del escritor a sus devaneos eróticos con otras mujeres… y la aceptación sumisa por parte de Friderike. Por ejemplo, cuando ella descubre que él le está siendo infiel con la joven Marcelle y le escribe: “Mientras sientas que puedes compensarme (como siempre has hecho hasta ahora) tus enredos con otras mujeres, no hay necesidad de que te escondas” (p.63). Por ejemplo, cuando Zweig está dispuesto a cancelar una conferencia sobre Dostoievski y se encuentra con un problema: “He tropezado con la secretaria, una muchacha de belleza escultural, y toda mi fuerza de voluntad se ha ido al traste” (p.146). Por ejemplo, cuando le comunica a su esposa que está hospedado en un hotel “con una cama peligrosamente grande” (p.153). Por ejemplo, cuando su esposa le indica en junio de 1923: “Tráeme una foto de ella para que yo vea hacia dónde se encaminan tus gustos” (p.170). Por ejemplo, cuando Stefan le habla de unas muchachas danesas “con quienes me he estado reuniendo inocentemente (bueno, sólo a medias)” (p.172). Por ejemplo, cuando le habla de dos jóvenes alemanas “que están dispuestas a compartir la ancha cama conmigo” (p.192).
También descubrimos los momentos más decaídos de Zweig (“No me engaño con sueños de inmortalidad y conozco el valor relativo que tiene toda la literatura que yo puedo hacer. No creo en la humanidad y muy pocas cosas me alegran”, p.203); sus relaciones con Freud, Einstein, Thomas Mann o Schrödinger; las quejas dolidas de Friderike cuando se siente minusvalorada (“Desde que estás conmigo, querido, tu trabajo ha ido progresando siguiendo una cadena ininterrumpida, y yo, aunque no sea taquimecanógrafa, te he dado cuanto necesita un artista para trabajar en un ambiente de tranquilidad. Eso es cosa que no viene sola. No la subestimes por el hecho de que preferirías hacer de mí una taquimecanógrafa precisamente ahora que me empiezan a blanquear los cabellos”, pp.300-301); sus petulancias jactanciosas, disfrazadas de sencillez (se queja de una gira de charlas con esta frase: “Por desgracia tengo que firmar a diario quinientos libros y casi tengo calambres”, p.366); o de cómo conoció al catalán Salvador Dalí (“personaje singular”, lo define en la p.296).
Un epistolario abrumadoramente revelador sobre el escritor vienés.

martes, 29 de octubre de 2019

El Leviatán




He aquí una preciosa novela sobre la integridad de una persona. Se trata de El Leviatán, de Joseph Roth, que traduce Miguel Sáenz (Siruela, Madrid, 1992).
Nos traslada la historia de Nissen Piczenik, un comerciante de corales que los tiene por el ideal máximo de la belleza, y que sueña con el mar donde anidan y se desarrollan. Cuando el negocio decae por la incursión en el mercado de los corales artificiales (superchería que no está dispuesto a tolerar y que le parece un signo espantoso de la decadencia de los tiempos), se embarca hacia las tierras de Canadá para empezar una nueva vida. Pero el barco en que viaja se hunde, y él se ve engullido por las aguas incluso con gozo. Va, feliz, hacia el país de los corales.
Creo que es un hermoso libro.
Cada vez me gustan más las obras donde se retrata el interior de un ser humano que vive en función de sus quimeras, y que es extravagante frente al mundo anodino que lo circunda. Ese individualismo preserva quizá lo mejor de la persona, la esencia del corazón, la marca que nos distingue a unos de otros y que nos garantiza la solitaria felicidad.
Una frase para enmarcar: “La pobreza es la más irresistible inductora al pecado”.

lunes, 29 de octubre de 2018

Ocaso de un corazón




¿Qué siente un padre cuando descubre que su hija está comenzando a tener relaciones sexuales con un joven a escondidas y que, por tanto, se quiebra la condición pura y virginal que él le atribuía confiadamente hasta entonces? El acaudalado empresario Salomonsohn lo descubrirá cuando disfrute de unos días de descanso en un hotel, con su esposa y su hija Erna, de 19 años. Y el maravilloso narrador austríaco Stefan Zweig será el encargado de resumirnos los detalles de esa historia.
En ella descubriremos a un hombre que ha empleado buena parte de su vida (se encuentra ahora en los 65 años) en ganar dinero para satisfacer todos los caprichos de las dos mujeres que constituyen su universo. Y ahora, de una forma abrupta, acaba de descubrir que ambas viven en un universo paralelo al suyo: su esposa, pendiente de las fiestas, del lujo, del buen vestir, de las relaciones sociales llenas de glamour; su hija, dejándose llevar por la pasión y entregándose de noche a un muchacho cuya identidad Salomonsohn desconoce, pero al que odia de un modo profundo. Su tristeza crece conforme reflexiona sobre el asunto (“Ahora tendré que estar pensándolo siempre, en casa, en mi despacho, y a la noche en la cama. ¿Dónde está ahora? ¿Dónde ha estado? ¿Qué ha hecho?... Jamás podré volver a casa tranquilo, y hallarla sentada, y ver que salta a mi encuentro, y sentir que mi corazón se ensancha viéndola joven y bella. Ahora, cuando me bese, me preguntaré quién poseyó ayer aquellos labios… Tendré que vivir atemorizado cuando esté lejos de mí, y avergonzarme cuando vea sus ojos. No, así no se puede vivir”, páginas 168-169).
El empresario se siente abrumado por estas revelaciones e inquietudes, que lo abaten y que desmenuzan su sosiego: ni gusta de participar en la atrafagada vida social de su mujer, ni (sobre todo) puede digerir sin acidez el despertar sexual de su hija. El único recurso que contempla para aliviar sus dolores es recluirse dentro de sí mismo, tornarse silencioso y huraño, refugiarse en los cuarteles de invierno de la soledad.
Ocaso de un corazón es otra pieza magistral de Stefan Zweig, que ni siquiera los brutales errores ortográficos de la edición (“despaviló”, en la p.178; “absorver”, en la p.198; etc) pueden mancillar.

miércoles, 17 de octubre de 2018

Historia en el crepúsculo




Sensualidad. No se me ocurre mejor palabra para condensar las mil emociones que asaltan durante la lectura de Historia en el crepúsculo, de Stefan Zweig, que traduce J. Ferrán y Mayoral para Ediciones Ulises. Y digo bien: sensualidad. Que no es erotismo, ni sexualidad, ni ñoñería. Sólo un talento como el del escritor austríaco podía alcanzar y mantener durante toda la narración un equilibrio tan delicado, tan exquisito, tan tenue, tan seductor.
El argumento es fácil de resumir: Bob, un chico de 15 años que está invitado en el castillo de su hermana, es asaltado en la oscuridad de las noches por una dama cuya identidad no acierta a descubrir, que lo abraza y lo cubre de ardientes besos. ¿Quién es la misteriosa mujer? Tras observar detenidamente a las tres candidatas más cercanas, las hermanas Margot, Kitty e Isabel, llega a la conclusión de que se trata de la primera; y busca la forma de encontrarse con ella a solas, para lograr que lo ame también a la luz del día. Pero Margot no abandona ni un solo instante su frialdad y su actitud desdeñosa, ni siquiera cuando el muchacho, presa de un ardiente frenesí, suba hasta la rama de un árbol para aproximarse a su ventana y caiga de la misma, fracturándose un hueso. La convalecencia le servirá para descubrir cuán equivocado estaba en sus suposiciones.
Pero Stefan Zweig, lejos de limitarse a la composición de una historia romántica, costumbrista o jocosa, adorna los senderos novelísticos con un exuberante abanico de matices, donde tienen cabida el pudor, el sufrimiento, la soberbia, la ingenuidad, el desengaño, las lágrimas o la melancolía, hasta conformar una propuesta de elevado interés literario. Lástima que la editorial no haya cuidado un poquito más, tipográficamente, el volumen.

miércoles, 22 de agosto de 2018

Cartas a un joven poeta




Son apenas diez pequeñas cartas, que se extienden entre 1903 y 1904 (salvo la última, que está fechada en 1908), pero el hecho de que el autor de las mismas fuese Rainer Maria Rilke las ha convertido en un documento memorable. El destinatario era Franz Xaver Kappus, cadete de la escuela militar austrohúngara y joven compositor de versos, que sometió al criterio del maestro.
En estas páginas delicadas, respetuosas y sinceras, Rilke va trasladando a Kappus todo tipo de opiniones: sobre el concepto mismo de creador (“El creador debe ser un mundo para sí mismo, y encontrarlo todo en sí y en la naturaleza a que se ha adherido”), sobre la necesidad de la escritura (“Basta, como he dicho, sentir que se podría vivir sin escribir para no deber hacerlo en absoluto”), sobre el coraje que es preciso desarrollar durante la vida (“En las cosas más profundas e importantes estamos indeciblemente solos”), sobre la opinión que tenía sobre los críticos literarios (“Las obras de arte son de una infinita soledad, y con nada se pueden alcanzar menos que con la crítica. Sólo el amor puede captarlas y retenerlas”), sobre las vacilaciones terribles que sacuden el espíritu de todo creador y la actitud que conviene desplegar ante ellas, sobre los roles masculino y femenino (“La gran renovación del mundo quizá consista en que el hombre y la muchacha, liberados de todos los sentires erróneos y las desganas, no se buscarán como opuestos, sino como hermanos y vecinos, y se reunirán como personas, para llevar simplemente en común, serios y pacientes, el pesado sexo que les está impuesto”) o sobre la mujer del futuro (“Un día existirá la muchacha y la mujer cuyo nombre no signifique meramente una oposición a lo masculino, sino algo por sí, algo que no se piense como un completamiento y un límite, sino sólo vida y existencia: la persona femenina”).
Un volumen delgado y delicado, que conviene tener a mano para releer cada cierto tiempo y recordar a Rainer Maria Rilke, el otro gran escritor de Praga.