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domingo, 21 de diciembre de 2025

Mi planta de naranja lima

 


Hay libros (pocos, muy pocos) que, una vez leídos, me dejan con un escalofrío bajando por mi espalda y con la humedad subrayando mis ojos. Pero me adelanto a aclarar que no se trata de folletines lacrimógenos, sino de obras muy bien escritas, de honda humanidad, sin asomo de gazmoñería o de burdas concesiones a la lagrimita fácil. He vuelto a experimentar esa sensación, después de varios años, con Mi planta de naranja lima, de José Mauro de Vasconcelos, que he podido leer gracias a la traducción de Carlos Manzano para Libros del Asteroide. En esta novela se nos cuenta la historia de un niño muy pobre y muy cabra loca, Zezé, que no deja de realizar travesuras por todo su barrio porque, según nos dice, se encuentra bajo la influencia del Niño Diablo. Eso no impide que sea un chico tierno, dulce y cariñoso, que soporta con paciencia los golpes que le propinan todos (el padre, porque se encuentra sin empleo; sus hermanos, por considerarlo un rabo de lagartija; los vecinos, para ver si lo enderezan). Huérfano de afecto, el pequeño Zezé dispone solamente de tres asideros emocionales: su maestra, doña Cecília Paim, que lo juzga un espíritu noble; el portugués Manuel Valadares, que tiene el coche más bonito del pueblo y que se convierte en su mejor amigo; y su pequeño arbolito de naranja lima, con el que habla cuando están a solas.

El niño, que de mayor sueña con ser “poeta y sabio” (p.33), protagoniza algunas escenas conmovedoras: cuando lleva a su hermanito Luís a una entrega de regalos caritativos navideños, pero al llegar descubren que el reparto ha terminado (“¿Por qué no me quiere el Niño Jesús?”, p.48); cuando, avergonzado por haber dicho en voz alta que es muy triste tener un padre pobre, sale a limpiar zapatos para comprarle cigarrillos; o cuando roba todos los días una flor para regalársela a la profesora y que su jarrón de clase luzca más hermoso. Son tres momentos que entresaco del amplio ramillete que ofrece el libro.

Y, por favor, no me pidan que les cuente más. Sería un sacrilegio arrebatarles la alegría de descubrir esta novela por sí mismos. Les aseguro que puede resultar una de las experiencias más bellas y conmovedoras que hayan sentido en los últimos años.

domingo, 26 de octubre de 2025

Un hijo cualquiera

 


Este es el cuarto libro que leo de Eduardo Halfon y, como me ocurrió tras reseñar el segundo, y el tercero, me formulo la misma pregunta: ¿por qué no lo leo con más frecuencia, si sus páginas me parecen magníficas? ¿Por qué no reseño un par de libros suyos al año, si los tengo en la estantería? Imagino que la única respuesta atinada es encogerse de hombros, porque igual me ocurre con Shakespeare, o con Stevenson, o con García Márquez. Los libros están ahí. Los autores están ahí. Y sabemos de algunos a los que volveremos y de otros a los que hemos despedido para siempre. Halfon volverá pronto a mi blog, con una quinta reseña; y luego con una sexta; y a saber hasta dónde. Lo admiro y soy consciente de que visitaré sus obras, tarde o temprano.

En Un hijo cualquiera he tenido la dicha de encontrarme con secuencias bellas y conmovedoras, con tristezas y reflexiones que han conseguido emocionarme o hacerme pensar, con frases que he subrayado en el libro con emoción y gratitud. He leído sobre la circuncisión de su hijo recién nacido (“Un pequeño corte”); sobre sus alergias, que comenzaron a manifestarse en la infancia (“Historia de mis agujas”); sobre el suicidio como horizonte nebuloso (“La puerta abierta”); sobre la pantorrilla femenina que embriagó su atención a los veintiocho años en la capital francesa (“Unos segundos en París”); sobre la muerte por sobredosis de una chica de su juventud (“Primer beso”); sobre el primer desastroso cigarrillo que tuvo la mala idea de fumarse a los trece años (“Gefilte fish”); sobre la tristeza de tener que proteger a su hijo durante la epidemia de 2020 (“Wounda”); o (debo detener en algún punto el resumen) sobre la iniciación musical clásica de ese hijo (“Domingos en Iowa”).

¿Mis secuencias preferidas? Sería difícil destacar alguna, porque el libro en su conjunto me parece excelente y egregio; pero quizá optaría por “La nutria verde” (una preciosidad, de contenido lirismo y de vigorosa ternura) y por “El último tigre” (en la que somos invitados a agacharnos y leer unas placas del suelo, tan sencillas como emotivas).

Definitivamente, no creo que acabe 2025 sin volver a visitar otro(s) libro(s) de Eduardo Halfon. Se lo merece. Me lo merezco.

martes, 24 de septiembre de 2024

A sangre y fuego

 


En épocas de horror (por ejemplo, en períodos de guerra), es natural que los seres humanos se escindan en dos bloques antagónicos, en dos bandos irreconciliables y extremos: de un lado, vociferan y matan quienes creen que la idea A es la única válida; del otro, se yerguen quienes acuden a idénticas vociferaciones y crímenes, pero para sustentar la idea B. Desde la lejanía (espacial o temporal), cuando ya no se escucha el griterío de las trincheras, ni vuelan los trozos de metralla, ni nos taladra los oídos la sirena que avisa del inminente bombardeo, todos podemos dictaminar, con razones más o menos templadas, qué bloque llevaba razón y qué bloque incurrió en la vileza y la inhumanidad. E incluso, si somos personas de más ecuanimidad, alcanzaremos a distinguir qué porciones del bando A y del bando B (insisto: porciones) ejecutaron indignidades o protagonizaron invisibles grandezas. Ahora bien, qué espíritu tan vigoroso y tan noble (si se me permite el adjetivo, diré que también tan inverosímil) muestran quienes, desde la cercanía (espacial y temporal), son capaces de adoptar la misma posición difícil, incómoda y desagradecida, mostrándose ecuánimes y señalando todo el horror de unos y otros, de tirios y troyanos, de fascistas y comunistas, de señoritos y proletarios, de nobles y de plebeyos. Es lo que hizo en este libro asombroso y atemporal el periodista Manuel Chaves Nogales, quien fue capaz de observar y registrar en estos relatos la condición cenagosa de un tiempo abyecto, que explotó en 1936. Lo sencillo hubiera sido alinearse con uno de los bandos en pugna y disfrutar del aplauso posterior y sectario; lo difícil, colocarse las gafas de la honestidad e ir anotando todo, incluido en ese todo las bondades de “los otros” y las bellaquerías de “los tuyos”. Hay que tener un espíritu muy recio para acometer esa tarea, y un corazón dispuesto a soportar los desdenes que, seguro, te lloverán desde ambos bandos, por “tibio”, por “traidor”, por Pepito Grillo.

Chaves Nogales nos habla aquí de señoritos hijos de puta y de obreros vengativos, a la vez que nos resume anécdotas de señoritos íntegros y de obreros cabales. En ese amplio abanico, imaginen a la mujer cuyo marido ha sido ejecutado, a la niña que no sabe si alzar la mano o el puño (porque ignora qué ademán la salvará o le regalará un balazo), al padre que se destroza las uñas intentando rescatar el cuerpo de su hijo tras un bombardeo, al soldado que intenta proteger obras artísticas antes de que pasen los enemigos y las destrocen, al herrero grandullón que intenta proteger a su familia o a la monja que trata de mantener su fe mientras todo a su alrededor se confabula para mostrarle la faceta más amarga y más despreciable de los seres humanos. Y, sobre todo, imaginen a ese español anónimo (pongan ustedes el nombre que quieran y la ideología que deseen) que, harto de la monstruosidad de la guerra, se descubre una mañana “sintiendo el asco y la vergüenza de vivir y de ser hombre”.

Entré en las páginas de A sangre y fuego animado por los elogios que había leído sobre la figura digna, honorable y pura del periodista sevillano, pero la lectura de la obra me ha estremecido mucho más hondamente de lo que preveía. Lo he leído sentado, pero lo aplaudo de pie.

martes, 26 de marzo de 2024

La uruguaya

 


“Guerra” es (nadie, desgraciadamente, necesita que le expliquen el significado de esa palabra) un conflicto violento, en el que se producen muertes y atrocidades. Pero el hecho de que el protagonista de esta historia (el escritor bonaerense Lucas) se despierte varios días y su esposa le comunique que ha pronunciado otra vez esa palabra durante la noche no indica que se trate de una persona obsesionada con el mundo militar, o que esté viendo demasiadas películas bélicas, o que se encuentre componiendo una novela con esa temática, sino que tiene, en secreto, una amante llamada Magalí Guerra, que vive al otro lado del río, ya en territorio uruguayo.

En realidad, si queremos ser rigurosos, llamarlos “amantes” quizá resulte un poco excesivo, porque nunca han hecho el amor: se conocieron durante una reunión literaria, se dieron algunos besos impulsados por el alcohol, se acariciaron con más pasión que premeditación… y han ido difiriendo la entrega total, porque él es un hombre casado, ella tiene novio y, además, siempre se les acercaba alguien cuando estaban a punto de entregarse al sexo. Ahora, por fin, aprovechando un viaje que Lucas tiene que realizar a Montevideo para cobrar allí una importante cantidad de dinero por sus libros (la gestión bancaria en su ciudad, por motivos fiscales, le resultaría mucho más gravosa), decide que es el momento de alquilar una buena habitación de hotel y reunirse allí con Magalí, quien acaba de romper con el novio.

Ustedes podrían preguntarme: ¿Va a resultar todo tan sencillo, tan excitante y tan placentero como a primera vista parece? Mi respuesta tendría que ser negativa: a Lucas le esperan unos acontecimientos traumáticos que lo golpearán con saña, y que lo van a marcar para el resto de su vida. Ustedes podrían preguntarme también: ¿A quién le está contando Lucas esta historia, utilizando la primera persona narrativa? Mi respuesta quizá les sorprenda: a su esposa, Catalina. Permítanme que no les explique por qué: les dejo esa sorpresa lectora a ustedes.

Fluido, convincente y hábil, Pedro Mairal llega a mis ojos por primera vez con esta novela sobre las vacilaciones de la edad, los arrebatos imparables de la pasión amorosa y los despiadados laberintos del desengaño y la duda; y me ha dejado una gratísima impresión, que pronto buscaré corroborar en otros libros suyos.

jueves, 4 de mayo de 2017

Felicidad familiar



En ocasiones (por no incurrir en la exageración de afirmar que siempre), la felicidad es un envoltorio que apenas resiste un leve arañazo antes de revelar lo que realmente encubre: un contenido menos amable, menos sonriente, menos idílico del que los colores exteriores mentían. Sonreímos para protegernos. Disimulamos para apuntalarnos. Y con ese camuflaje quebradizo circulamos por la vida... Así le ocurre a la inteligente Polly Solo-Miller, una experta en técnicas de estimulación de la lectura que trabaja en un puesto de alto nivel y que está casada con el abogado Henry Demarest. Él es un hombre que goza de gran éxito en su profesión y que está acostumbrado a que su esposa ejerza de dulce ángel tutelar (“Polly tenía dos ocupaciones: la que desempeñaba a cambio de un salario y la consistente en iluminar el humor sombrío de su marido”, p.27). La pareja tiene hijos, un hogar lujoso, un nivel económico elevado y unas relaciones sociales animadas: cenas con amigos en locales distinguidos, asistencia a exposiciones, viajes y vacaciones donde nunca sufren imprevistos ni reveses... Pero Polly experimenta, de pronto, una perturbación en su vida emocional cuando conoce al pintor Lincoln Bennet, solitario y magnético, de quien acaba convirtiéndose en amante. Polly no está dispuesta a renunciar a las nuevas sensaciones que Lincoln le aporta, pero constata con sorpresa que continúa amando a su esposo (“Pensaba que su amor por él no había menguado. Se había establecido un equilibrio que hacía la vida más... La palabra era “soportable”, pero no se atrevía a pensar en ella”, p.69). En ese juego erótico que con tanto vigor ha irrumpido en su vida ambos tienen las cosas claras: ni ella quiere dejar a su marido, ni Lincoln se muestra partidario de renunciar al preciado don de la libertad. Se amarán y se encontrarán furtivamente cuando sus agendas se lo vayan permitiendo. Mentirán, cuando se encuentren en público, una cordialidad educada y huérfana de pasiones. En suma, tratarán de que la existencia de Polly siga pareciendo “honorable”... Pero lo que ella no puede evitar es sentirse confusa y triste por esta situación de encubrimiento en la que vive, que le hace plantearse muchas preguntas: “¿Dónde había fallado? Las cosas que deseaba, las cosas que tenía y las cosas por las que trabajaba no casaban entre sí. Se sentía una extraña en su propia vida, una forastera entre las cosas que había creado y una marginada de su propio corazón” (p.216). Estas tensiones, estas zozobras la conducen a una sensación creciente de inquietud, de autoexamen; y trata de replantearse su existencia (“De las terribles angustias que había pasado sentía surgir un nuevo yo. No sabía cómo iba a ser, pero sería por carácter y naturaleza exclusivamente suyo”, p.332)... Una novela llena de reflexiones sobre el amor, sobre la fidelidad, sobre el sentido de la vida y, ante todo, sobre los cauces que nos conducen hacia la dicha o el fracaso. Espléndida propuesta de Laurie Colwin, que Antonio-Prometeo Moya traduce para el exquisito sello editorial Libros del Asteroide.

sábado, 22 de octubre de 2016

De noche, bajo el puente de piedra



Hay narradores que no pertenecen a la categoría de los “famosos” (es decir, a esa reducida nómina mitificada a la que se recurre como si fuera un mantra de buen tono: Kundera, Borges, Roth, etc) pero que, de un modo incontestable, ofrecen en sus obras una calidad extraordinaria, que se mantiene, como una joya envuelva en paño, durante décadas o siglos. Es el caso, en mi opinión, del checo Leo Perutz (1882-1957), orfebre delicadísimo que logra crear en sus páginas una música llena de dulzura y elegancia, refractaria a la erosión. La traductora Cristina García Ohlrich nos ofrece ahora, gracias al sello Libros del Asteroide, su volumen De noche, bajo el puente de piedra, donde catorce textos y un epílogo nos ofrecen una urdimbre narrativa que se acerca a la idea de novela y que posiblemente la amplían y mejoran.
Lo que sin duda más llama la atención de estos cuadros es el conjunto de personajes que van apareciendo y desapareciendo en ellos, con distinto grado de importancia y con edades diferentes: dos músicos que unen a su pobreza su condición ambulante, y que lo mismo presencian varios fenómenos extraños en un cementerio como escuchan profecías sobre su propia muerte; el veleidoso emperador Rodolfo II, enamorado de manera instantánea de una mujer casada a la que vislumbra fugazmente y que pasa a convertirse en una obsesión para él; el riquísimo judío Mordejai Meisl, que vive rodeado por la riqueza pero que soporta en silencio a una alimaña triste royéndole el corazón; el astrónomo Kepler, que no percibe su sueldo en los plazos convenidos y que tiene que sobrevivir elaborando calendarios astrológicos para quienes acepten pagárselos; un alquimista que, inoperante a la hora de conseguir la esperada transmutación de los metales en oro, sufre la amargura de la postergación cuando su señor contrata a otro para que le haga olvidar sus fracasos... Mezclándose en distintas situaciones históricas y ambientales, construyen entre todos el sustrato de la ciudad de Praga, a la postre la gran protagonista del volumen.
Pero hay algo más. Una especie de silencio armónico o de música tenue que va uniendo todas estas historias hasta conformar un mosaico elegante donde late la vida pretérita. Los lectores que abrimos las páginas de este libro prodigioso somos invitados a entrar en tabernas antiguas donde se sirven asados grasientos y vinos infectos, nos vemos deambulando por calles mal iluminadas, olemos el humo acre de las hogueras encendidas en medio del campo o participamos en discusiones políticas o religiosas que perdieron su vigor y su sentido hace siglos. En suma, nos vemos afectados por la magia de la mejor literatura, que logra situarnos en pleno siglo XVI en el centro de Europa, rodeados por judíos, alquimistas, ferias donde se venden lanas, sastres remendones que trabajan a orillas del río Moldava, redobles de tambores que acompañan a los presos que se dirigen al cadalso o bueyes de Hungría cuya carne se usa para alimentos a las fieras del emperador.
Leo Perutz nos entrega en este volumen, editado originalmente en el año 1953, una delicada flor narrativa llena de belleza y de magia, que conviene leer con lentitud y que resulta suficiente para consagrar su nombre en la historia de la literatura.

viernes, 13 de mayo de 2016

La hoja plegada



Sucede en ocasiones que un escritor genial puede pasar inadvertido para el gran público. Es, me parece, el caso del norteamericano William Maxwell. Durante la mayor parte de su vida (y para la mayor parte de sus contemporáneos) fue sólo el editor del mítico The New Yorker, y el consejero literario de novelistas de la talla de Salinger o John Updike, quienes lo escuchaban con respeto y reverencia. Pero mientras desarrollaba esa silenciosa tarea encomiable componía su propia obra de creación, donde se incluyen novelas, cuentos y ensayos.
El sello Libros del Asteroide, que está contribuyendo decisivamente a la difusión en España de este fabulador, nos ofrece, en traducción de Miguel Temprano, su magnífico volumen La hoja plegada, una novela que gira alrededor de tres personajes dibujados con maestría, densidad psicológica y buen pulso narrativo: de un lado tenemos a Spud Latham, que procede de una familia pobre de Wisconsin y que basa la mayor parte de su magnetismo personal en la fuerza física, que canaliza a través del boxeo y de otros alardes hormonales; del otro lado tenemos a Lymie Peters, un muchacho más bien endeble pero de alta sensibilidad, que experimenta una fascinación insondable por Spud y que se convierte en su perrillo faldero; y, en medio, una chica hermosa, Sally Forbes, que aparece cuando ambos abandonan el instituto y entran a estudiar en la universidad de Indiana. ¿Será necesario que expliquemos que los dos amigos comienzan a distanciarse por culpa de la joven?
Pero existe otro conflicto mucho más hondo en el alma de Lymie Peters, que enriquece y complica la línea argumental de la obra: él experimenta por Spud Latham, quizá sin ser del todo consciente, una atracción que roza las fronteras de la homosexualidad: admira sus músculos, le gusta acompañarlo al gimnasio (y hasta anudarle los guantes y las botas), se siente muy feliz cuando duermen juntos en la misma cama de la residencia de estudiantes, es azotado por una “punzada de celos” (p.183) cuando Spud se enamora de Sally, etc. Y la situación emocional es tan evidente que la muchacha, cuando acude a decirle que Spud está muy raro con ella, le explica que se lo está contando porque “sé que sientes por él casi lo mismo que yo” (p.284). Pero es que Spud, al final de la obra, doblegado por un impulso irrefrenable, llega a besar en la boca a Lymie, aunque al instante se matice su reacción (“Nunca lo había hecho antes y nunca volvió a sentir la necesidad de hacerlo”, p.338).

Una tensión, pues, exquisitamente manejada por William Maxwell, que en ningún momento se permite la procacidad, la explicitud o la sal gorda, y que durante las 349 páginas de la novela envuelve a los lectores con la perfección apolínea de su prosa, absolutamente magistral.

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Signor Hoffman



Desde hace ya varios años, los libros del guatemalteco Eduardo Halfon están imprimiendo un sello de renovación importante a la literatura que nos viene desde el otro lado del Atlántico. Y no porque se trate de un nuevo representante exitoso del post-boom, ni del post-post-boom, ni de ninguna de esas tontunas que los críticos más desocupados inventan con periodicidad. Se trata de que, simplemente, Eduardo Halfon es un formidable narrador. Lo ha demostrado con libros como El boxeador polaco o Monasterio, y lo ratifica una vez más con los seis relatos que componen Signor Hoffman, publicado por la editorial Libros del Asteroide. En ellos continúa desarrollando y ampliando en matices la fórmula que ya había desplegado en obras anteriores: historias empapadas por detalles autobiográficos, una cuidadosa selección de perspectivas y de secuencias, unos personajes dibujados con pinceladas breves pero hondas y un estilo literario que incorpora el sello inequívoco del autor. De este modo, los lectores siempre se encuentran en una zona difusa, donde no saben qué porcentaje de lo narrado corresponde a hechos “reales” (perdón por las comillas) y qué porcentaje hay que etiquetar como hechos “ficticios” (nuevamente perdón por las comillas). Pero lo que cuenta al final es que las seis piezas se ensamblan entre sí formando una especie de gran retrato que deslumbra por su belleza y entristece por la dosis de dolor que muestra... En “Signor Hoffman” nos habla de un antiguo campo de concentración en la zona de Calabria, al que Eduardo Halfon acude para impartir una charla; en “Bambú” lo acompañaremos en su coche en viaje hacia la costa, para disfrutar de un día de baño que termina agriándose por lo que allí observa; en “Han vuelto las aves” nos acercaremos al mundo cafetero de Guatemala, con sus estafas, sus grandezas y sus miserias; en “Arena blanca, piedra negra” tendremos que orientar los ojos hacia Belice, lugar donde Halfon realizará una lectura en su universidad (si se lo permiten los inconvenientes que irá encontrando por el camino); en “Sobrevivir los domingos” conoceremos a Marjorie Eliot, que regala audiciones como homenaje a un ser que ya no está; y en “Oh gueto mi amor” cerraremos el círculo volviendo a un paisaje relacionado con la persecución de los judíos (el autor lo es)... En resumen, seis facetas de un diamante purísimo, hermoso, extraordinario, que conviene leer en consonancia con los libros anteriores de Halfon, y que seguro que tendrá continuación en los que vengan a partir de ahora. Estamos ante uno de los grandes.

jueves, 25 de diciembre de 2014

Monasterio



Saber quiénes somos es un ejercicio de aprendizaje más complicado de lo que parece. ¿Somos quienes nos dictan que somos? ¿Somos aquellos que fuimos al nacer? ¿Nos sentimos confortables en la religión, la lengua, la nacionalidad o la familia que el azar nos impuso desde el momento en que vinimos al mundo? ¿O quizá nos sentiríamos mejor (y en qué medida) liberándonos de esos corsés? ¿Hacia qué espacios nos conduciría la nueva luz?
El escritor guatemalteco Eduardo Halfon (1971) acaba de publicar en Libros del Asteroide su obra Monasterio, donde los elementos autobiográficos y narrativos se mezclan en una fértil combinación literaria que sobrecoge a los lectores. Nos habla de dos hermanos que acuden a Israel para asistir a la boda de su hermana, que se ha convertido en una judía recta y ultraortodoxa; y uno de ellos, llamado Eduardo (aunque su nombre judío es Nissim), vive en la constante duda de su propia identidad religiosa. ¿Se siente judío o dejó de experimentar esa pulsión hace ya años? ¿Salir de esa etiqueta es una traición o un modo de liberarse? El choque con el ambiente que ve en Israel (con su hermana y su futuro cuñado absortos en un mundo de ritos mecánicos y absorbentes; con el ambiente duro y amurallado de la ciudad; con su tensión armada; con sus inquinas difícilmente disimulables) sólo se verá atemperado por el reencuentro con Tamara, una chica hippie a la que conoció en Guatemala en un bar escocés y que ahora trabaja como azafata en Lufthansa. Ante ella tendrá también que reflexionar sobre su pensamiento religioso y sobre su esencia misma. Toda la tristeza del desarraigo, del disimulo, de la incomodidad y el fingimiento, flotan en las historias que van apareciendo por estas páginas, sobre todo en la zona final del libro, donde se nos desgranan las existencias malbaratadas de unos seres que tuvieron que mentir o camuflarse para salvar sus vidas: el hombre que suplantó una identidad que no era la suya para escapar del horror de un campo de concentración; el niño que fue disfrazado de niña por sus padres y recluido en un monasterio católico, con su nombre auténtico escrito en la palma de la mano (nombre que se borró tras muchos días de mantener la mano cerrada y apretada)... Tantas lágrimas. Tanta valentía forzosa. Tanta melancolía.

Monasterio es, en mi opinión, uno de los libros más líricos, emocionantes y cuajados de 2014.

jueves, 13 de noviembre de 2014

El vaso de plata



Antoni Marí (Ibiza, 1944) pertenece a esa estirpe de escritores cuyos libros han circulado durante mucho tiempo de mano en mano por cauces minoritarios. A mí me lo dio a conocer hace ya muchos años mi amigo Pepe Colomer, hombre de plurales sabidurías y de fervorosa generosidad proselitista, que también me ha ido “presentando” con entusiasmo a José Carlos Llop, Enric Soria y otros talentosos escritores, no habituales en las listas de los libros más vendidos. Y el volumen con el que me abrió las puertas de Antoni Marí fue, precisamente, El vaso de plata, que leí con reverencia en la vieja edición de 1992.
Más tarde, el sello Libros del Asteroide volvió a lanzar la obra, con un prólogo breve y atinado de Ignacio Martínez de Pisón. Y no creo que ningún lector interesado en la Belleza deba perder la ocasión de incorporar estos catorce cuentos a las baldas de su biblioteca, porque estamos ante una obra de exquisita factura, interna y externa. Interna, porque cada uno de los relatos está construido con inusitada perfección formal (invisible, pero poderosa); y externa, porque ha tenido la sagacidad de insertarlos dentro de una estructura orgánica: las obras de misericordia (corporales y espirituales) de la religión católica. De tal modo que los relatos se titulan “Dar de beber al sediento”, “Dar de comer al hambriento”, “Vestir al desnudo”... y así hasta “Rogar a Dios por los vivos y por los muertos”, que completa el tomo.
Ese hilo vertebrador (argumental) se completa con la figura de Miguel, que va apareciendo en los cuentos, y del que poco a poco se nos van facilitando datos biográficos y psicológicos, que lo convierten en protagonista de lo que, en el fondo (Martínez de Pisón acierta a verlo), no es sino una novela de aprendizaje: hijo de un registrador de la propiedad, con amplios estudios universitarios, andarín (por obligación), navegante (por devoción), que veraneó durante su infancia en la finca del abuelo Juan, que tomó clases de piano y de solfeo con doña Herminia, que se fue a preparar un proyecto de investigación en el extranjero, etc. Pinceladas que la imaginación de los lectores irá uniendo en un retrato profundo y nítido, revelador y perfecto.

Jorge Luis Borges, siempre tan plástico, dijo una vez que una obra literaria no es sino una ocasión para la belleza. Y acertó con la fórmula. El vaso de plata es una de las formas que ha elegido lo Espléndido para volverse tinta.

domingo, 19 de febrero de 2012

El frente ruso




Recuerdo que, hará cosa de quince o veinte años, leí un singular libro firmado por Pablo Huneeus y cuyo título era Homo burocraticus (la Real Academia Española exigiría hoy una tilde en la segunda palabra). Allí, con humor, desparpajo y prosa fácil, se nos caracterizaba a aquellas personas que, instaladas en el seno de la Administración Pública, chapotean en labores más o menos nebulosas, más o menos rutinarias, más o menos inútiles. Ahora, el francés Jean-Claude Lalumière (Burdeos, 1970) nos da su versión de ese espíritu burocrático, circunscribiéndolo a la diplomacia gala. La obra, que apareció en 2010, ha sido traducida por Paula Cifuentes para el sello barcelonés Libros del Asteroide y es, sin duda, un libro espléndido.
Su protagonista es un joven que consigue aprobar unas oposiciones como funcionario y que, después de cinco años de desempeño laboral, está destinado en el Ministerio de Asuntos Exteriores francés. Desde pequeño era un fervoroso lector de la revista Geo y eso le hizo enamorarse de países y paisajes que ahora, en su edad adulta, está deseando conocer. Para ello (pensó), nada más atinado que entrar en la carrera diplomática. Es una profesión que te permite ver mundo, conocer sus peculiaridades, desempeñar tu labor entre gentes diversas, conocer idiomas, tener trato con culturas distintas... Pero la realidad ha venido a golpearlo con la maza de lo anodino: su trabajo es de una grisura y de una inanidad lamentables. Para más inri, ni siquiera lo destinan a un lugar exótico, sino a las misteriosas oficinas a las que se conoce como “El frente ruso”, donde se estudian y pulen las relaciones con los países de la Europa del Este y Siberia. Descubrirá allí de inmediato que los sueños se oxidan rápidamente cuando resultan expuestos al aire de la realidad: sus viajes serán rancios, acelerados o infructuosos; sus gestiones, más folclóricas que importantes; y sus relaciones con los compañeros, tan falsas como precarias. Muy pronto aprenderá los absurdos de su oficio («El valor de un funcionario se mide por la cantidad de expedientes que tiene a su cargo, incluso si alguno no sirve más que para sostener a los otros en la estantería», p.75) y la enorme cantidad de gente rara a la que puede conocerse por ahí (como esa pareja que sólo viaja a destinos turísticos que han sido azotados por una catástrofe reciente, porque así obtienen unos precios baratísimos: «Visitamos Nueva York en 2001, Bali en 2002 y Madrid tras los atentados de Atocha. Sin olvidar Tailandia en 2006, justo después del tsunami», p.105).
Pero lo interesante de la narración no radica únicamente en este retrato sarcástico o desmitificador de la diplomacia, sino también en el humor que a veces impregna las páginas de la novela. Basta recordar, por ejemplo, aquella secuencia retrospectiva de las páginas 50-51 donde, tras haber escuchado en labios de su padre la palabra Homosexual, el protagonista, con apenas ocho años, se enredó a buscar en el diccionario y llegó a la hilarante conclusión de que era «alguien al que le gustaban los animales y plantas y que no dudaba en regalarlos a aquellos que tenían el mismo sexo que él»; o el delirante episodio de la paloma (que se desarrolla entre las páginas 63 y 74 a base de correos electrónicos y que supone una inmejorable sátira de los métodos administrativos); o cuando el narrador explica que, durante su niñez, las pastillas contra el mareo no le servían para nada durante los viajes que la familia llevaba a cabo («Para mí tenían el mismo efecto que una fricción de Vicks Vaporub sobre una mesa de madera», p.170). Y, sobre todo, recomiendo fervientemente a los lectores que se detengan con especial lentitud y con especial atención en el excelente final lánguido de la obra, semejante en belleza y eficacia narrativa a los de La tempestad (Juan Manuel de Prada) o El dueño del secreto (Antonio Muñoz Molina). Por múltiples razones (las enumeradas, pero también las que han tenido que quedar fuera, por simple cuestión de espacio), El frente ruso, de Jean-Claude Lalumière, es una novela altamente recomendable, que el público español haría muy bien en no dejar de lado: se sonríe, se aprende y se disfruta muchísimo con ella.

jueves, 17 de noviembre de 2011

De profundis



Acudamos a una fórmula célebre, emitida por el genial adolescente Arthur Rimbaud: Yo es otro. Tan perspicaz como enigmática sentencia puede definir (y de hecho define) al poeta, al ser que habla en ocasiones con una voz tan sublime que ni él mismo la reconoce como suya. Pero también puede designar a la persona que, zarandeada por un contratiempo neuronal o genético (derrame, alzheimer), se convierte en alguien distinto, enajenado. El gran escritor portugués José Cardoso Pires padeció uno de esos atroces reveses (una isquemia cerebral) en 1995 y, tras recuperarse, compuso la obra De profundis para intentar explicarnos cómo se siente uno cuando, golpeado por la amnesia, percibe su propio ser como un territorio extranjero, y a sus amigos y familiares como actores anónimos en una obra teatral cuyo argumento no comprende.
Se nos cuenta en estas líneas cómo el escritor quedó tan profundamente alterado por la enfermedad que olvidó las coordenadas más elementales de la vida, llegando a olvidarse de que tenía hijas (página 22) o considerando que los cepillos de dientes sirve, en realidad, para peinarse (página 9).
Este libro, duro, dulce e insólito, que lleva un prólogo espléndido de Lobo Antunes, ha sido publicado en España por Libros del Asteroide, gracias a la traducción de Carlos Manzano. Y nos ofrece el testimonio sereno de alguien que estuvo "paseando con el alma ausente por el anochecer de la memoria" (página 17) y descubrió que "había quedado analfabeto de mí y de la vida" (página 45).

viernes, 18 de marzo de 2011

El Pentateuco de Isaac



Guionista y realizador cinematográfico, Angel Wagenstein (nacido en la ciudad búlgara de Plovdiv en 1922) ha desarrollado también una interesante labor como novelista que comenzó, sorprendentemente, a la avanzada edad de 70 años. Su primer fruto fue El Pentateuco de Isaac, que en España publica con acierto Libros del Asteroide gracias a la traducción de Liliana Tabákova, y que lleva el largo subtítulo de "Sobre la vida de Isaac Jacob Blumenfeld durante dos guerras, en tres campos de concentración y en cinco patrias".

En esta obra excepcional seguimos el relato en primera persona que nos dirige un pobre infeliz, hijo de un sastre judío, que desde los 18 años ha visto cómo su existencia, por el capricho de los políticos, los militares y los visionarios, ha estado sometida al albur de los combates, los campos de concentración, las persecuciones, los cambios de nacionalidad y la pérdida de sus seres queridos (entre ellos, su esposa e hijos). Eso no le impide contarnos su peripecia con serenidad y con altas dosis de humor (hay bastantes chistes sobre judíos en esta novela). Entre lágrimas, persecuciones, estupor, hambre, azares que le han salvado la vida y un sinfín de pormenores que dejo al libre descubrimiento de quienes lean la obra, la narración de Isaac constituye un fresco inigualable de la Europa del siglo XX. Sabe que le ha sido asignada una vida compleja ("No he sido la piedra del molino, ni el agua que la hace girar: he sido la harina", nos dice en la página 17), y que lo fácil hubiera sido acusar a Dios de sus desventuras ("Si Dios tuviera ventanas, hace tiempo que le habrían roto los cristales", página 62), pero también nos explica que lo importante es contar el dolor y luego seguir caminando, llenos de esperanza ("Hay tiempos para arrojar piedras y tiempos para recogerlas y construir con ellas", página 251).

Sin duda, una de las novelas más lúcidas, estremecedoras y completas que se pueden leer sobre la Segunda Guerra Mundial, desde el punto de vista literario y desde el punto de vista humano.

miércoles, 4 de febrero de 2009

Vida de Manolo



La gran virtud de un biógrafo (la más sabia y hermosa virtud de un biógrafo) consiste en situarse ante su protagonista... y dejarlo hablar. No conducir sus respuestas, no frenar sus digresiones, no limitar su tiempo, no sugerirle ningún tipo de contestación: dejarlo hablar. Así de fácil y así de difícil. En ese sentido, podríamos afirmar que el mejor biógrafo es siempre un auditor; es decir, alguien que escucha lo que el aire tiene que decir y lo que hace con la cometa, cómo la mueve, hacia dónde la conduce. El biógrafo y el entrevistador son observadores, oyentes (o espectadores, para decirlo con la fórmula de Ortega y Gasset). Por eso Fernando Sánchez Dragó es tan penoso entrevistando, y en cambio Joaquín Soler Serrano fue un auténtico e irrepetible maestro.
Josep Pla, aquel genio que nació en Palafrugell, publicó hace ocho décadas un libro biográfico sobre el artista Manuel Hugué que está considerado una de las piezas más exquisitas del género. Y ahora la editorial Libros del Asteroide lo vuelve a publicar (traducido por Jordi Amat) con la finura a la que ya nos tiene acostumbrados este sello barcelonés.
Pla escuchó y Hugué habló. Habló sin cesar y sin cortapisas. Y de esa charla surgió un torrente de palabras, de opiniones, de vivencias, que nos permite acercarnos no sólo a la existencia, sino al alma misma de Manolo Hugué, aquel ser que comenzó siendo «un pinta absoluto» (pág.14), capaz de retratarse como «un hombre triste, de una tristeza que nunca se acaba» (pág.39), manirroto (pág.57) y frecuentador de la bohemia más estílica y disparatada. Pero que fue también un inteligente analista del ser humano, como se puede observar en algunos de sus juicios: «Cuando se encuentra gente interesada en hacer agradable la vida de los demás es que realmente se ha entrado en un país civilizado» (pág.48), «Lo primero que me interesa de un hombre es saber si ha sido probado. Creo que lo más grande que puede hacer un hombre en este mundo es aguantar los golpes de la vida en nombre de una idea abstracta, de un ideal si quieres» (pág.63), «Todo el mundo intenta, para decirlo en una palabra, contar a los demás lo extraordinario que es» (pág.98), «Los intelectuales pueden demostrarlo todo. Esta habilidad les da la posibilidad abyecta de poder demostrar que lo blanco es negro» (pág.121)...
Frases como éstas abundan aquí y allá en Vida de Manolo, y constituyen uno de los alicientes de la obra de Josep Pla. El otro, obviamente, es el estilo; pero sobre él no podemos hablar. Hay que degustarlo, dejar que nos acaricie los ojos y la mente, permitir que nos inunde y sorprenda. Gracias a Libros del Asteroide, puede afirmarse que una de las mejores obras del genial Josep Pla está, por fin, al alcance de todos en una cuidadísima edición.