domingo, 31 de octubre de 2021

El baile de los muertos

 


Hay novelistas que recurren a la Historia (anécdotas, documentos, personajes, fechas) y que utilizan todo el material recopilado para empedrar o asfaltar sus obras, impidiendo que por las grietas de esa costra emerjan las flores y logrando que el lector, más que admiración, experimente asfixia. O, al menos, se extenúe con los bostezos. Y hay otros novelistas que, empapados de esa misma Historia, se preocupan por ponerla al servicio de la imaginación, de la fantasía, de la más chispeante creatividad, para que quienes paseen por las veredas de su libro se sientan mágicamente transportados a una realidad paralela. Esta última apuesta la desarrolla Care Santos de forma espléndida en su reciente obra El baile de los muertos (editada por Cross Books).

En ella nos instala en el convulso siglo XIX que vivió la adolescente reina Isabel II, hija de Fernando VII, que está a punto de ser obligada a casarse con Francisco de Asís de Borbón. Reacia a aceptar este matrimonio (Isabel está enamorada de Antonio de Orleans), la reina solicita la ayuda de sor Patrocinio, una monja de oscuros poderes e intenciones, que comienza a orquestar un modo para evitarlo. En ese plan participarán, de un modo directo o indirecto, numerosos personajes fascinantes: el inteligente Diógenes, que recibe el encargo de exhumar varios cadáveres célebres de distintos cementerios (entre ellos, los del escritor Mariano José de Larra y el bandolero Luis Candelas); la joven Lilia, que también trata de librarse de un matrimonio que le repele; Fidel, un huérfano que está siempre acompañado por un extraño fantasma que muestra sus mismos rasgos faciales; y otros más, igual de fascinantes, que irán descubriendo los lectores de la obra. Además, observaremos perplejos (y espeluznados) el extraño viaje que una sortija maldita trazará, de mano en mano, hasta el final mismo de la novela.

Atrevida, sólida en el manejo de las voces narrativas, arquitecta eficaz de un argumento magnético (sociedades secretas, reliquias, milagros, truculencias, emboscadas, traiciones, sorpresas, sustos), Care Santos vuelve a entregarnos una novela de éxito garantizado.

jueves, 28 de octubre de 2021

Pequeñas sediciones

 


A pesar de que no llegue a las sesenta páginas, el libro Pequeñas sediciones, del madrileño Javier Vela, contiene un elevado número de ingredientes que salpican e impresionan al lector: meteoritos que caen en silencio sobre la Tierra y que no son localizados por parte alguna; personas que, después de asistir a una fiesta de disfraces, ven alterada toda su existencia de forma sorprendente; un indígena del Pacífico Sur que estuvo a punto de anticiparse a los descubrimientos científicos de Isaac Newton; un autoestopista aparentemente inofensivo, pero que termina sorprendiendo al conductor del vehículo que se ha detenido para recogerlo; el mendigo que solicita la ayuda de los viandantes, parapetado tras un cartel donde ha escrito “Una limosna para viajar en el tiempo. Máquina averiada. Hace siglos que no veo a mis hijos”; pálpitos inquietantes que pueden surgir de situaciones cotidianas (“En el colegio todos se mofan de él. A diario le increpan, le humillan, le chasquean. Sin levantar la vista el niño hace oídos sordos, mientras afila calladamente su lápiz”); e incluso pequeñas joyitas donde todo está condensado, escondido o posibilitado, para que los lectores interpreten (“Nuria me llama desde el hospital. Ya tiene los análisis. Dice que me relaje, que no es nada. La invito a casa para celebrarlo. Ella sonríe y acepta. Después, se echa a llorar”).

Escultor habilidoso de miniaturas, Javier Vela consigue entregarnos casi medio centenar de historias que se quedan vibrando en la memoria cuando terminas la lectura. No es un éxito pequeño.

martes, 26 de octubre de 2021

Obedece a la morsa


Recuerdo pocos libros que hayan llegado a mis manos de una forma más accidentada (el cartero, alegando que no cabía en el buzón, me lo dejó entre dos macetas de la entrada, sin dejarme ninguna nota. Tardé en descubrirlo más de una semana); pero una vez que me encontraba en mitad de la lectura comprendí que no podía ser de otro modo, porque Obedece a la morsa es un volumen tan atípico, tan especial, tan efervescente, tan… mórsico, que resulta impensable que me llegara por los cauces habituales.

Para empezar, se trata de una novela compuesta por cuatro autores (David Báez, Adriano Fortarezza, Manuel Jorques y Eduardo A. Vidal), que repletan más de setecientas páginas compuestas con letra más bien pequeñita. Ya aquí advertimos dos anomalías que la convierten en una rara avis. Pero es que, además, pronto se inicia la cabalgata de sorpresas argumentales, personajes curiosos y ambientes inesperados, que no dejan que el lector se relaje ni un solo minuto. Para ilustrarlo, puedo contarles cómo se inicia el libro: los hermanos Ariel, Roma y Azriela Lewitz están a punto de fichar a la famosa tuitera Paranoicaconreflex para impulsar su decaída editorial, que precisa de un empujón mediático que la reactive. El libro llevará un prólogo de Benjamín Prado. En el otro lado del Atlántico tenemos a don Pancho, un capo colombiano de la droga, quien adelanta una buena suma de dinero para la publicación del libro; pero viendo que no recibe ni la devolución ni los intereses del préstamo, envía a uno de sus hombres (Crespo loco) a Barcelona para reclamarlo. A partir de ahí (discúlpenme que no quiera adelantarles más), comienza un chisporroteo inagotable de bromas, situaciones inesperadas, escenas de sexo, brutalidades y mentiras, que irá enredando a innumerables personajes: las deposiciones dificultosas y asperjadas de Crespo, que padece unas dolorosas hemorroides; las prácticas sadomasoquistas extremas que protagoniza Efraín Lewitz con el gigantesco gitano Tonelada; los placeres transferidos que experimentan las hermanas gemelas Roma y Azriela; un “defensa guaperas del Barsa” que se llama Forqué y que participa en timbas clandestinas de póker; las muertes súbitas y truculentas de dos homosexuales relacionados con elevados niveles del independentismo catalán; un rockero indie llamado Nacho Bigas, cuyo libro está siendo despedazado por la crítica; Youssef, el poeta de la yihad; tiritos de droga como panacea para casi todos los problemas (como elemento enervador o bien adormecedor); y, en fin, un ambiente continuo de transgresiones, diálogos escatológicos e incluso páginas de más honda seriedad literaria (véase por ejemplo la página 454).

Obedece a la morsa es, de verdad y de principio a fin, un puro disparate, un texto juguetón, moderno e iconoclasta, escrito a cuatro manos (afirmar que lo ha sido a ocho implica una humorada ambidextra poco creíble), donde no queda títere con cabeza y con el que los lectores tenemos libro para deleitarnos y reír durante semanas. Éxito asegurado.

lunes, 25 de octubre de 2021

Diarios


Tras dos brillantes textos prologales de Marta Sanz y Fernando Valls (ella, acercándonos a los numerosos pliegues y recovecos anímicos del escritor, quien redactó este intenso volumen que se le antoja una “crisálida”; él, más profesoral pero no menos jugoso en su aproximación crítica, llena de ideas interesantes), los lectores gozamos del privilegio de poner sumergirnos en los cuadernos que, entre los años 1985 y 2005, fue completando el gran escritor valenciano Rafael Chirbes, fallecido en 2015. Y en este bello, sobrecogedor e intenso paseo, propiciado por la editorial Anagrama, descubrimos cómo el gran novelista de Tavernes revisa y desmenuza los pormenores de una vida (y una creación literaria) llena de dudas, momentos de luz, vacilaciones, esplendores y desatinos, que Chirbes detalla con extraordinaria sinceridad: la fisura que tiene en el ano y que le provoca dolores inaguantables;  la relación afiebrada (y la ruptura no menos cruda) que lo vinculó con el francés François; aquella aciaga inundación que le hizo perder centenares de libros, fotografías y manuscritos en su casa; los numerosos locales de ambiente homosexual a los que acudía en busca de parejas; sus adicciones (los excesos con el alcohol y el tabaco, el consumo ocasional de cocaína o popper); su impotencia y su desazón cuando el tono de una novela no terminaba de quedar claro en su mente… Y cuando hemos recorrido las 465 páginas del tomo comprobamos que, al modo borgiano, todos esos puntos conforman un retrato poderoso del escritor y del ser humano, un dibujo anímico de singular intensidad.

Como resultaba esperable, Rafael Chirbes nos ofrece también un resumen de sus fervores literarios, tan amplios como contundentes: santa Teresa de Jesús (“Una lectura imprescindible para alguien que quiera escribir en lengua castellana”, p.75), Marcel Proust (“Como párvulos de escuela, hacemos ejercicios prácticos de caligrafía sobre la plantilla que nos dio”, p.77), Honoré de Balzac (“¡Es un escritor tan grande, tan certero!”, p.81), Miguel Torga (“Está entre mis más queridos modelos”, p.260), Paul Auster, Roberto Bolaño, Carmen Martín Gaite. Pero nos da también cuenta de sus desafecciones y odios, no menos contundentes: Dalí y Gala (“farsantes sin escrúpulos”, p.104), Juan Benet (“Sin que le preguntes, te está diciendo todo el rato que tú nunca vas a llegar a su altura. Muy bien, tú ahí arriba y yo aquí abajo, ¿y ahora qué hacemos?”, p.119), Belén Gopegui (“No parece que sepa tanto como cree, así que al final resulta que enseña poco y no seduce nada”, p.398), Justo Navarro, Bernardo Atxaga, el libro Memoria de mis putas tristes de García Márquez (que le parece “patético”) o la novela Cabo Trafalgar de Pérez-Reverte (a la que le dedica un interesante análisis entre las páginas 440 y 444).

Algunos libros contienen respuestas (inteligentes, agudas, inquietantes, certeras) a preguntas que ni siquiera nos habíamos formulado explícitamente. Los Diarios de Rafael Chirbes, llenos de reflexiones literarias, filosóficas y vitales, son un buen ejemplo. Imprescindible.

domingo, 24 de octubre de 2021

Tantos lobos

 


Leer un libro de Lorenzo Silva siempre resulta, para mí, un placer; incluso cuando la obra (como en este caso sucede) es un producto evidentemente menor. Los cuatro relatos que componen Tantos lobos no esconden en ningún momento su condición de “historias veraniegas”, compuestas para su publicación en la prensa semidesértica del estío; pero hay que reconocer que, aun siendo eso y no más, el escritor madrileño las traza con elegancia, fluidez y oficio.

Nos habla de chicas que han sido estranguladas y abandonadas en el área de descanso de una autopista de peaje, después de haberse arriesgado en el siempre peligroso mundo del ciberespacio (“547 amigos”); de muchachas despeñadas y que presentan signos de arañazos y mordiscos (“Antes de los dieciséis”); de adolescentes poliamorosas que terminan encontrando la muerte antes de tiempo como consecuencia de su imprevisión (“Cuatro novios”); y de niñas de apenas cinco años a las que alguien, en el colmo del salvajismo, ha ahogado sin ningún tipo de escrúpulos (“La hija única”). Todas ellas, caperucitas ingenuas, han sido víctimas de los lobos que rondan por el mundo; y para las cuales Rubén Bevilacqua y Virginia Chamorro tratan, al menos, de conseguir justicia.

Una obra distraída, para entretener un par de tardes de fin de semana.

viernes, 22 de octubre de 2021

La Casa de las Palomas

 


“Describe tu aldea y serás universal”, declaraba Tolstoi. Era su sincrética forma de decir que cuando agudizas la mirada y la concentras sobre tu entorno estás abordando la más difícil (pero quizá la más luminosa) de las tareas literarias: la descripción de aquello que nos rodea a todos, pero que solamente algunos son capaces de percibir de una forma única y convertirlo en arañitas de tinta para la eternidad. Me da la impresión de que Teresa Vicente lo ha logrado en su libro La Casa de las Palomas, que supone una revisión (y una revisitación) de su infancia, en la que se ha detenido en mil pormenores, escrupulosamente dibujados: la portera cascarrabias del inmueble donde vivían, el trabajo de su padre en la Fábrica de la Seda, las procesiones de Semana Santa, los escondrijos donde sus progenitores escondían los regalos de Reyes, las aburridas misas del domingo en la catedral o en San Miguel (parroquia en la que fue bautizada bajo el nombre de María Teresa Miguela, según nos indica en la página 35), la ingenua felicidad expansiva con la que le contó a su amiga Llanos que ya le había venido la regla, el lejano parentesco que unía a la familia con el poeta oriolano Miguel Hernández, su paso anodino por un colegio de monjas, su milagroso aprobado en aquel examen en el que permitieron hablar del Segura (en lugar de hacerlo sobre el Guadiana, que era el tema que le tocó) o, en fin, los parientes y vecinos que su memoria ha sido capaz de retener y perfilar ante nuestros ojos con extraordinaria nitidez.

Concentrada en recopilar los rostros y sucesos del pasado, Teresa Vicente logra tejer un fresco bellísimo, lleno de colores polvorientos, donde queda cobijado su ayer y, acaso, el de muchas otras personas. A ese prodigio, cuando se ejecuta con palabras atinadas, lo llamamos Literatura.

miércoles, 20 de octubre de 2021

Perdedores

 


La historia del capitán Manuel Sánchez no ha sido olvidada con el paso de las décadas porque sus ingredientes (refrescados por Vicente Aranda en 1985 para su versión cinematográfica) incorporan tal cantidad de atrocidades que resulta imposible olvidarse de ellos: el exmilitar embrutecido por el juego y el alcohol; su hija, forzada a la prostitución para suministrarle recursos económicos; el crudo asesinato a martillazos de uno de los hombres que se acercaban la chica; el juicio celebérrimo, que acabó con la muerte del capitán en el paredón y con la hija en la cárcel (1913)… Con la mitad de estas truculencias, cualquier novelista dispondría de materiales sobrados para poner ante nosotros una historia tan repulsiva como magnética.

La narradora que se ha propuesto refrescar y enriquecer este venero narrativo para el sello Dokusou se llama Anabel Rodríguez Sánchez, es abogada (su aproximación a los pormenores jurídicos del asunto está teñida de detalles técnicos que demuestra conocer) y reconstruye aquellos malhadados sucesos incorporándoles personajes nuevos, felices descripciones urbanas, indagaciones psicológicas de notable vigor y, sobre todo, una prosa convincente y madura, con la que envuelve a los lectores. La voz infantil de Virginia, la hija pequeña del capitán Sánchez, que enriquece muchos capítulos con su aportación en primera persona, supone un acierto emotivo y novelesco de primera magnitud.

De tal modo que, aunque conozcamos los detalles históricos de aquella cenagosa historia a través de la televisión o de la Wikipedia, la escritora nos sorprende y nos embriaga, porque despliega todas sus artes (que son muchas y buenas) para absorber nuestra atención y entregarnos una novela en la que todos los implicados en la trama (defensores y acusadores, jueces y testigos, periodistas y abogados, familias y curiosos) quedan salpicados por el barro innoble del horror. No se sale impune del buceo por las sentinas del alma.

martes, 19 de octubre de 2021

La conquista de la felicidad


No se puede decir con más exactitud: La conquista de la felicidad. Es la fórmula que Bertrand Russell esmaltó para explicarnos que la dicha no es una sensación que se obtenga por casualidad o por graciosa dádiva de los dioses, sino que es un fruto que se obtiene, en buena parte, gracias al esfuerzo y la predisposición del ser humano, que debe concentrarse para obtenerla. Obviamente, el profesor Russell se apresura a precisar que está refiriéndose a personas normales, con una salud normal y con unas circunstancias económicas normales. Es decir, el ciudadano medio, con una salud media y con unos ingresos medios. La persona golpeada por la ELA, erosionada por el desempleo pertinaz o sometida a la esclavitud no tendrá tan sencillo (o le resultará imposible) acceder al disfrute de esa felicidad. Pero los demás, sí. Será suficiente con despejar nuestro ánimo de escorias innecesarias, de pensamientos estúpidos o dañinos, de ambiciones frustrantes o de círculos viciosos que tan sólo sirven para hundirnos en la autocompasión.

Para conseguir avanzar en ese camino, deberemos evitar las soluciones rápidas, que solamente nos ofrecen una tregua de evidente falsedad (“La embriaguez, por ejemplo, es un suicidio temporal; la felicidad que aporta es puramente negativa, un cese momentáneo de la infelicidad”); y también deberemos asumir que, aunque parezca una paradoja, “una parte indispensable de la felicidad es carecer de algunas de las cosas que se desean”, porque eso nos estimula a seguir soñando y persiguiéndolas con ilusión.

¿Y qué indica Russell acerca del éxito? ¿Es razonable buscarlo de forma obsesiva? ¿Constituye una garantía de gozo? En su opinión, se trata tan sólo de un mero ingrediente de la felicidad, pero en seguida añade que “saldrá muy caro si para obtenerlo se sacrifican los demás ingredientes”. Y nos explicará que “el problema nace de la filosofía de la vida que todos han recibido, según la cual la vida es una contienda, una competición, en la que solo el vencedor merece respeto”. Porque es que, además (y el juicio de Russell se vuelve casi profético), “no es solo el trabajo lo que ha quedado envenenado por la filosofía de la competencia; igualmente envenenado ha quedado el ocio. El tipo de ocio tranquilo y restaurador de los nervios se considera aburrido. Tiene que haber una continua aceleración, cuyo desenlace natural serán las drogas y el colapso”.

Reflexiones igual de brillantes y de intensas le dedica al papel de la envidia, de la ansiedad, del pecado (“que atenta contra el respeto a uno mismo”), de la opinión pública (“No tiene sentido burlarse deliberadamente de la opinión pública; eso es seguir bajo su dominio, aunque de un modo retorcido. Pero ser auténticamente indiferente a ella es una fuerza y una fuente de felicidad”), del ego (“Un ego demasiado fuerte es una prisión de la que el hombre debe escapar si quiere disfrutar plenamente del mundo”), del mundo laboral (“El hombre que se avergüenza de su trabajo difícilmente podrá respetarse a sí mismo”) o de la curiosidad por aprender (“Desaprovechar las oportunidades de conocimiento, por imperfectas que sean, es como ir al teatro y no escuchar la obra. El mundo está lleno de cosas, cosas trágicas o cómicas, heroicas, extravagantes o sorprendentes, y los que no encuentran interés en el espectáculo están renunciando a uno de los privilegios que nos ofrece la vida”).

Un libro denso, inteligente, razonado y razonable, lleno de ideas luminosas, que he leído con auténtica admiración.

domingo, 17 de octubre de 2021

El fin de los dinosaurios

 


Me adentro en El fin de los dinosaurios, un volumen de microrrelatos de Javier Tomeo que publica el sello Páginas de espuma. Y durante unas horas recupero las claves, señales, personajes, tics, humoradas y obsesiones del gran narrador de Quicena: un lobo que languidece sin “el olor de las hembras que en otro tiempo incendiaron mi vida”; la inquietante casa de una viuda, llena de muñecas ahorcadas; trenes que se pierden en el horizonte y explotan; una mermelada que hace llorar a una mujer, porque le recuerda la historia desgraciada de Píramo y Tisbe; la calma de un niño altiricón al que sus compañeros comparan con una jirafa; un gigante que tiene como oficio fabricar nubes soplando una caña de bambú; los cambios cromáticos que experimentan los vestidos de cuatro mujeres que discuten sobre el aborto; muñecas hinchables que, ingratas, abandonan a sus propietarios por no poder soportar sus silencios; plantas tristes que no aceptan en su interior la presencia de la clorofila; el saturado espectador que comete el primer televicidio de la Historia… E incluso frases que se quedan vibrando en la memoria, una vez leídas (“El tiempo es un tigre que se desliza en silencio, sin que nos demos cuenta, y nos sorprende por la espalda antes de que hayamos terminado de construir nuestra cabaña”, p.140).

Al final, cuando las sorpresas y las sonrisas ya han surtido su efecto en nuestro ánimo, cerramos el tomo y comprendemos que ha sido la última aventura; que Javier Tomeo murió y este volumen es el inédito que clausura su producción. Y adviene la melancolía. Me maravilló con su Amado monstruo en la universidad y desde entonces no he dejado de interesarme por sus libros, siempre originales, siempre mágicos y distintos. Tengo tanto que agradecerle…

viernes, 15 de octubre de 2021

Campamento de supervivencia


Imaginemos a una mujer que, llena de inquietudes sociales y de compromisos éticos (feminismo, ecologismo), ve cómo la maternidad se incorpora y adhiere a su catálogo de preocupaciones. La tentación de considerarla una superheroína se tambaleará, no obstante, cuando advirtamos que también es –y ante todo– una persona, con sus flaquezas, sus debilidades, sus vacilaciones y sus momentos de zozobra. Un ser humano que necesita la escritura para apuntalar siquiera provisionalmente su entorno (“Soy un pequeño país tropical / a la espera del gran tornado. / Quiero narrar adentro / mientras todo se derrumba”); que establece con su hija unos lazos de ternura y apoyo (“Cuando digo que nos entretenemos, / me refiero exactamente a eso: / Nos tenemos entre nosotras”); que evalúa las tareas domésticas desde un punto de vista que bordea los terrenos de la metafísica y que puede conducir a pensamientos abatidos (“Limpiar es ensuciar otro lugar. / Algún día, alguien dirá / que hice todo mal”); que desea avanzar hacia el futuro amparándose en costumbres que se nutren del pasado (“Completar cuadernos era mi juego / cuando era chica. / Ahora insisto”); que no convierte su nueva vida como madre en una excusa para abandonar sus vigorosos impulsos de justicia y cambio social (el poema “Articular el pensamiento” es ejemplar en ese sentido); que tiene claro cuál es siempre el punto de partida (“Hago lo más urgente: un paso”); y que, en fin, no se conforma con verdades mezquinas, ni con fórmulas de conformidad blanda, ni con subterfugios-placebo (“Quien nace para la tormenta / no soporta la llovizna”).

Hablo de la aguerrida poeta argentina Jimena Arnolfi Villarraza y hablo también del sello Liliputienses, no menos aguerrido, que ha convertido sus versos en un manual de luces, en un dietario de corajes, del que podemos disfrutar y, sobre todo, con el que podemos aprender.

No se lo pierdan.

miércoles, 13 de octubre de 2021

Los colores del tiempo

 


Conocía a Ana Alonso por El secreto de If y por la serie La llave del tiempo (obras que leí con admiración y que, ahora lo observo con perplejidad, no reseñé en mi blog: pronto subsanaré ese incomprensible desliz), así que cuando ha aterrizado en mis manos la novela Los colores del tiempo, editada por Espasa, me adentré en sus páginas con prontitud. Y no me arrepiento ni un ápice de esa rapidez: me ha parecido una obra magnífica, una aventura de supervivencia y reconstrucción protagonizada por Adela, una maestra que perteneció a la CNT y que ha tenido que buscar empleo en plena dictadura franquista. En ese mundo de estraperlo, miradas suspicaces, pasados maquillados o directamente omitidos, temor ante los vecinos y represalias crudas, Adela deberá tragarse su orgullo y sus ansias de libertad porque tiene que sacar adelante a su hija Lucía, el único recuerdo firme que le queda de Enrique, su pareja durante la guerra civil. Para cumplir ese destino tendrá que admitir servidumbres que la abochornan (fingir mansedumbre ante inspectoras ríspidas, aceptar con calma aparente todos los desplazamientos laborales que le inflijan, rezar al inicio de las clases y entonar cánticos fascistas que le empañan los ojos y el corazón), pensando siempre en un futuro digno para su hija, a quien desea criar en un ambiente de cultura, libertad y plenitud. Pero no lo tendrá fácil, porque a su alrededor encontrará tentaciones de orden social (Mercedes), de orden político (Fanny) y de orden sentimental (Marcos) que intentarán desviarla de su proyecto. Por fortuna, también dispondrá de ayudas, como la que le brinda el editor Antonio Rejas, quien servirá de conexión con un par de personas de su pasado, inesperadamente vivas.

Una novela emotiva, vigorosa, con algunos personajes reales (Camilo José Cela, Pertegaz, Gloria Fuertes, Federica Montseny), bien documentada y bien trenzada, donde se nos ofrece un burbujeo de maquis, represiones, mentiras, hipocresías, fingimientos y crímenes apenas camuflados con la etiqueta del deber; donde se nos traslada la radiografía anímica impagable de una luchadora (“Todavía es posible la revolución”, asegura Adela en la página 120); y donde también se eleva una limpia reivindicación de las novelas “femeninas” anteriores a la guerra civil, que suministraron ilusiones, horizontes y modelos para miles de lectoras con escaso acceso a la Gran Literatura. Muy buena propuesta de Espasa y de Ana Alonso.

lunes, 11 de octubre de 2021

El aviso telefónico

 


Dos hombres, atribulados cada uno por un padecimiento especial, viven en dos casas no muy lejanas entre sí, en las cumbres de los Alpes. Uno se llama Adriano Spoleto y, tras vivir una turbulenta historia pasional con la celosísima tiple María Laureni, recibió de ella el lanzamiento en pleno rostro de ácido sulfúrico, que lo convierte en un hombre con la cara deforme, que apenas disfruta de la compañía de su perro Lenz; el otro se llama Pablo Miluzzo, y su desgracia le sobrevino cuando un balazo recibido en la Primera Guerra Mundial deformó su cabeza y lo llevó a refugiarse en un local del Instituto Meteorológico del Estado, donde vive en absoluta soledad.

Una noche, en la casa de Spoleto suena el teléfono y, al descolgar, escucha una voz que pide auxilio desde la casa de Miluzzo. Impelido por la amistad, se abriga adecuadamente, se calza unos esquíes y sale hacia la casa de su compañero. Pero al llegar allí le abre la puerta el propio Pablo, quien afirma que él no ha hecho ninguna llamada en tres días. Minutos después, con ambos sumidos en el mayor de los estupores, vuelve a sonar el teléfono: alguien pide ayuda desde la casa de Spoleto.

Con esos mimbres inquietantes, el madrileño Enrique Jardiel Poncela traza el camino que los lectores tendremos que recorrer en su novela corta El aviso telefónico, original de 1922 que republica el sello Dokusou casi un siglo después. Yo les aconsejo que, si tienen la posibilidad, se adentren en sus páginas: quedarán admirados con el ingenio del autor.

sábado, 9 de octubre de 2021

Ilíada

 


Sería tan absurdo que intentara, en esta relectura de La Ilíada hecha treinta y dos años después de mi primer acercamiento, elaborar una reseña sobre este volumen inmortal que ni voy a molestarme. Qué decir de un clásico entre los clásicos, de un tomo que ha generado millones de comentarios, opiniones, interpretaciones y obras de arte a lo largo de más de dos milenios. Propósito inútil.

Diré que cuando la leí con veintipoquísimos se me hicieron ásperos algunos de sus cantos y que no llegué a entender del todo (estoy seguro) la grandeza de esta obra, pero que al revisitarla tres décadas después (en la traducción de Emilio Crespo Güemes para Gredos), maduro y con tres o cuatro mil libros en los ojos y en el corazón, he sentido con más densidad y profundidad las figuras de Héctor, Aquiles y Príamo (sobre todo, ellos tres); que he vuelto a encontrarme con el respeto y la fiereza, con la altanería y el abatimiento, con la brutalidad y la cortesía, con los dioses que juegan con sus marionetas humanas, con las armas primorosas elaboradas por Hefesto… Son tantos los detalles, tantos los primores que me han sorprendido a lo largo de la lectura que, probablemente, vuelva a ella cuando la vejez me aceche, para poder decir que he leído la obra en las tres edades (juventud, madurez, senectud) y que quizá lo que extraiga de ella sea distinto en cada una de esas aproximaciones.

“No debe dormir toda la noche el varón que tiene las decisiones”, leo en el Canto II. “Los aqueos iban respirando furor en silencio”, leo en el III. “Así era yo, si este pasado alguna vez ocurrió”, leo en el XI. “Según hables, así oirás hablar de ti seguramente”, leo en el XX… Y conforme repaso las citas que he ido marcando en rojo, las secuencias junto a las que he colocado unas palabras (“Grande Héctor”, “Qué increíble descripción”, “Uf”) o los versos que me he señalado con un asterisco por parecerme más memorables, comprendo que no he releído La Ilíada sino que me he impregnado de ella.

Un clásico (dice mi amigo Pascual García) es la obra que puedes releer sin fatiga y con constante sorpresa. Me parece una definición exacta.

viernes, 8 de octubre de 2021

Los caballos azules

 


Por fortuna, el libro Los caballos azules, del asturiano Ricardo Menéndez Salmón, publicado por Ediciones Trea en el año 2005, apenas tiene ochenta páginas. Si tuviera el doble, sería absolutamente insoportable por su densidad de belleza y por su bombardeo de esplendores sintácticos, brillantez de estilo y fulgor de vocabulario. Con cien páginas más, sentiríamos tal síndrome de Stendhal que costaría terminar el libro.

En sus ocho relatos, el escritor gijonés nos habla de bandas de música que provocan el éxtasis de un grupo de caballos; de personas que cambian de nombre y de destino, pero que siguen portando en sus corazones el estupor lacerante del pasado; de ancianos jugadores de ajedrez en cuyas almas duerme un secreto cenagoso; de historias donde se inmiscuyen el cráneo perdido de Rasputín y unos iconos bizantinos falsos; de un músico que elige aislarse para no escuchar el ruido que sus semejantes (y acaso él mismo) infligen al mundo; de una maestra efímera, lánguida e inolvidable; o de las memorias de un contemporáneo de Leonardo da Vinci, al que le aguardaba un destino tan inmortal como insatisfactorio.

Todos esos cuentos, trazados por unas manos menos habilidosas que las de Menéndez Salmón, serían artefactos interesantes o plausibles. Pero compuestos por él son Belleza. Así de fácil. Así de difícil.

Impresionante.

miércoles, 6 de octubre de 2021

El caracol dorado

 


Pasear entre aforismos obliga, casi siempre, a que el lector mantenga la tensión constante de la mirada y de la inteligencia, para intentar no perderse nada de cuanto en ellos se encierra de ingenio, de brillo, de humor, de sabiduría. Es un ejercicio de concentración que, en ocasiones, puede resultar agotador a las pocas páginas. Por eso la primera sorpresa que me depara El caracol dorado, que la editorial Renacimiento publicó a Dionisia García en el año 2011, es precisamente lo contrario: la condición leve, alígera, casi petálica de sus propuestas. Cada uno de los pensamientos o aforismos genera a su alrededor un silencio tenue, un aura de serenidad que se traslada al ánimo de quien lee y le facilita la audición íntima (digámoslo así).

Formalmente, el breve tomo se estructura en dos secciones. La primera lleva por título “Confidencias” y se compone de 241 aforismos, en los cuales la prestigiosa poeta nos invita a reconocer la humildad esencial de los verdaderamente grandes (“Un honorable no suele hablar de sí”), nos certifica un convencimiento sociológico que muchos compartimos (“Tantas encuestas para concluir: somos ingobernables”), reflexiona sobre la condición paradójica de nuestros medios de comunicación (“No es mediático informar sobre las injusticias remediadas”), nos ofrece su opinión sobre la decadencia de los tiempos actuales (“No hay líderes ni genios”) y les dedica apuntes llenos de cariño a algunos de sus amigos predilectos (Soren Peñalver, Ana Cárceles, Antonio de Hoyos, José María Álvarez, Francisco Alemán Sainz o Diego Marín). La segunda sección, bajo el rótulo de “Artificios”, nos deja en los ojos 481 aforismos más, en los que Dionisia García incorpora una gotita de humor a cuestiones trascendentes (“Al despertar aplaudo, porque no era la muerte”), despliega con todo esplendor su mirada de poeta (“Hojecen despacio los árboles y se desnudan precipitadamente”) e incluso se acerca a posturas filosóficas de rango casi oriental (“La contemplación de un árbol requiere toda una vida”).

En síntesis (aunque este tipo de libros no admiten síntesis), un delicado volumen que se atesora para leer y releer de forma continua.

martes, 5 de octubre de 2021

El silencio

 



Nadie sabe a ciencia cierta quién es o de dónde procede el hombre rubio. Los más observadores del casino apenas pueden asegurar que sus ojos son claros, que el mutismo preside sus actuaciones, que la soledad le acompaña inseparable y que despierta tanta curiosidad entre las mujeres como recelo entre los hombres (salvo entre los camareros, cuyas generosas propinas le han granjeado amplias simpatías). Por lo demás, misterio absoluto. Así que cuando los protagonistas de la historia (Wilson, Santín y Flores) se enteran de que ha sido visto besando apasionadamente a una mujer en el jardín y que dicha mujer lleva muerta varios años, el escalofrío comienza a adueñarse de los lectores. Y se intensificará cuando el enigmático personaje se escabulla a toda velocidad en un potente automóvil… acompañado por la novia de uno de los tres protagonistas. ¿Cómo es posible que el hombre rubio goce de la imposible compañía de la fallecida Márgara? ¿Y qué poderosa atracción ha provocado que Hortensia se suba imprudentemente en su Cadillac y lo acompañe con rumbo desconocido? Intrigados, desazonados y con un arma en el bolsillo, nuestros tres protagonistas van a intentar por todos los medios desentrañar la cenagosa textura de este misterio.

Ambientada en un mundo alto burgués (casinos, playas de moda, teatros, incluso el Congreso) y coqueteando con sucesos de ultratumba, esta propuesta breve de Enrique Jardiel Poncela nos invita a que entremos en una novela de desarrollo fantástico y solución realista, que se publicó originalmente en 1922 y que ahora recupera el sello Dokusou, con la revisión de Enrique Gallud.

Una lectura amena.

sábado, 2 de octubre de 2021

Tres domingos de otoño

 


No ha pasado (y sospecho que no pasará) a los anales del teatro español esta pieza de Juan Más Barlam, que se titula Tres domingos de otoño y que alterna de forma poco armoniosa los momentos de humor y los dramáticos, sin que ni unos ni otros resulten especialmente memorables.

Nos cuenta, en síntesis, el enredo que surge en torno a dos núcleos temáticos: por una parte, la relación sentimental que está fraguando la simpática Charito con el joven Andrés, que ocasiona la reunión de las dos familias para conocerse; por otra parte, el gozoso evento de que Pablo y Pepita (los padres de Charito) estén a punto de celebrar sus bodas de plata. Esa doble armonía, en apariencia inmaculada, se trizará pronto cuando Pablo descubra que la madre de Andrés es Clotilde, su antiguo y nunca olvidado amor de juventud, a la que tributó una devoción rayana en la locura y de cuyo abandono pretendió curarse contrayendo matrimonio con Pepita, a quien nunca ha sido capaz de amar de la misma arrebatada manera.

Descubierto ese conflicto, que ninguno de los dos actores consigue ocultar, los hechos aciagos comienzan a sucederse en cadena: Charito se verá obligada a abandonar a Andrés, para no provocar un dolor innecesario con la unificación de las familias; Pepita se sentirá amargada y frustrada al descubrir que ha sido durante veinticinco años la protagonista de una farsa; Pablo advertirá cómo su matrimonio se tambalea de súbito…

Ese conjunto de emociones, mezclado con un exceso de religiosidad, toques de resignación difíciles de creer y unos parlamentos huecos, sirve de base para una obrita de teatro más agradable que meritoria.