Mostrando entradas con la etiqueta Perú. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Perú. Mostrar todas las entradas

jueves, 17 de septiembre de 2026

Paco Yunque

 


Decía el peruano César Vallejo que hay golpes en la vida tan fuertes… Sí, los hay sin duda. Y los sufren, sobre todo, como lamentaba el mexicano Mariano Azuela, “los de abajo”. En esta historia, quien se ve obligado a agachar la cabeza, morderse los labios y llorar de impotencia es Paco Yunque, un chico pobre cuya madre trabaja como sirvienta para el inglés Dorian Grieve, gerente de los ferrocarriles de la The Peruvian Corporation y alcalde del pueblo. César Vallejo nos invita a que presenciemos el primer día de escuela de este pobre chico, aturullado por el jaleo de sus compañeros, intimidado por la presencia autoritaria del maestro, cohibido por la frialdad del recinto escolar y, sobre todo, paralizado ante los desafueros de Humberto, hijo de Dorian, quien lo considera “su muchacho” y entiende que puede abusar de él, pegarle y robarle los trabajos. ¿Alguien sale en su defensa? Sí, pero resulta inútil, porque el maestro, que siempre se encuentra casualmente de espaldas cuando el chico comete sus tropelías, se niega a castigar a Humberto (“Bueno. Yo creo en lo que usted dice. Yo sé que usted no miente nunca”). Los demás tienen claro que no lo castiga “porque su papá es rico”. Es el triunfo de la arrogancia hipócrita sobre la inocencia inerme.

El retrato que César Abraham Vallejo Mendoza nos facilita sobre la sociedad peruana (sobre cualquier sociedad) es tan duro como riguroso: la soberbia y la conciencia de ser superior se mama en casa. Humberto sabe que su padre tiene mucho dinero y mucho poder. Los demás, por tanto, están obligados a transigir con sus caprichos, a someterse a sus brutalidades, a callarse ante sus vilezas. Y Paco Yunque (simbólico apellido) es aún demasiado niño para rebelarse contra el martillo que lo golpea.

sábado, 22 de agosto de 2026

Medio siglo con Borges

 


Mario Vargas Llosa era un joven que, entusiasmado con las ideas de Jean-Paul Sartre sobre el compromiso del escritor, abominaba en público de las obras del “esteta” Jorge Luis Borges; pero que, a solas, como quien comete adulterio (son palabras suyas), las leía con fervor y quedaba prendado con su universo estilístico. Esa fascinación íntima, ese deslumbramiento, resulta evidente en el volumen Medio siglo con Borges, un homenaje al escritor que (habla don Mario) “nunca me decepcionó”, aunque no compartiesen ideología o mostrasen lealtades divergentes: a Borges le gustaba la literatura fantástica, que Vargas Llosa reconoce mirar con distancia; al peruano le fascinaban la política y el sexo, que el argentino soslayaba o incluso desdeñaba. Lo crucial es que (cito textualmente las palabras del premio Nobel) “la belleza e inteligencia del mundo que creó me ayudaron a descubrir las limitaciones del mío, y la perfección de su prosa me hizo tomar conciencia de las imperfecciones de la mía”.

Uno de los textos más conocidos de cuantos se incluyen en este volumen es la famosa entrevista que Vargas Llosa le hizo para la radiotelevisión francesa en la que, anotando lo pobre y precario de su vivienda, le dio a Borges la sensación de haber conocido a un agente inmobiliario (“Los muebles son pocos, están raídos y la humedad ha impreso ojeras oscuras en las paredes. Hay una gotera sobre la mesa del comedor […]. Su dormitorio parece una celda: angosto, estrecho, con un catre tan frágil que se diría de niño”). También nos da una fascinante nota sobre el carácter del argentino: “Igual que su modestia, sus buenas maneras son más un recurso literario que una virtud. En el fondo, sabe muy bien que es un genio, aunque, para un escéptico como él, esas cosas no tienen importancia”.

Rendido a su brillantez, Vargas Llosa enuncia que “no es arriesgado afirmar que Borges ha sido lo más importante que le ocurrió a la literatura en lengua española moderna”. Pero que conviene tener mucho cuidado con su estilo, porque intentar imitarlo es tan evidente como inútil (“La revolución de Borges es unipersonal; lo representa a él solo”). Su literatura, despojada de las retóricas ampulosas del español tradicional (“El estilo borgiano [escribió Vargas Llosa en 1999] es uno de los milagros estéticos del siglo que termina, un estilo que desinfló la lengua española de la elefantiasis retórica, del énfasis y la reiteración que la asfixiaban, que la depuró hasta casi la anorexia y obligó a ser luminosamente inteligente”), se lee “con interés hipnótico”, porque sin duda es “prosa hechicera”. Y está llena, como todo el mundo sabe, de erudiciones culturales, aunque no conviene perder de vista un elemento crucial: “Lo que da grandeza y originalidad a esos cuentos no son los materiales que él usó sino aquello en que los transformó”. Vargas Llosa, con su prosa también hechicera, nos regala un libro magnífico para los amantes del universo borgiano.

lunes, 1 de junio de 2026

Lituma en los Andes

 


Mario Vargas Llosa es un maestro de la novela. Y la rabia que me acongoja es haber tardado tanto en acercarme a sus obras: ocupado con Borges, con García Márquez, con Rulfo y con Cortázar (que tantísimas alegrías me dieron), dejé que pasaran los años sin sentir que los libros del peruano me llamaban. Ahora, para remediar esa torpeza, estoy acelerando mi proceso de absorción de todos sus volúmenes. Y eso me ha colocado ante Lituma en los Andes, un relato poderoso y magnético protagonizado por el cabo Lituma y el guardia Tomás Carreño, que trabajan en el puesto de la guardia civil en Naccos (una localidad inventada que se sitúa en la sierra central andina de Junín). Tres son ya las personas que han desaparecido misteriosamente, sin que nadie haya podido aportar detalles que esclarezcan su evaporación. ¿Los habrá secuestrado Sendero Luminoso? ¿O la explicación hay que buscarla en otro sitio? Lituma y Carreño, pese a lo magro de su salario y lo escaso del reconocimiento social que el pueblo les tributa (“Hay que tener poco cacumen para hacerse guardia civil. Ganas miserias, nadie te traga y estás en primera fila para que te vuelen a dinamitazos”, se nos dice en el capítulo III), se empeñan en descubrir qué ha pasado. La atmósfera en la que viven es sofocante: obreros taciturnos que pasan sus horas libres emborrachándose y que los miran con suspicacia; acciones violentas de los senderistas, que matan con brutalidad incluso a extranjeros, como la pareja francesa formada por Albert y Michèle, y que tampoco respetan a los ecologistas que han acudido a Perú por amor a sus paisajes, como la señora D’Harcourt; supersticiones sangrientas, relacionadas con los apus (dioses de las montañas); derrumbamientos geológicos tremebundos, como el que está a punto de costarle la vida a Lituma en las páginas finales… Pero también podemos hallar en estas páginas algunas secuencias de humor (les aconsejo que no se pierdan la hilarante forma en que Timoteo Fajardo, después de matar a un sangriento pishtaco, logró salir de la enrevesada galería de grutas donde moraba el engendro gracias a un recurso inspirado en Teseo, pero mucho más escatológico) y, sobre todo, la intensa, atormentada y preciosa historia de amor que une al guardia Tomás Carreño con la prostituta Mercedes, que nos lleva en volandas durante más de doscientas páginas.

Y un detalle que no quiero dejar de apuntar: me ha encantado la forma en que Vargas Llosa trabaja los diálogos, sobre todo en aquellas secuencias en las que se mezclan, sin marcas textuales convencionales (uso de cursivas, por ejemplo), ámbitos temporales distintos (uno que ocurre en el presente y el otro en el pasado): es endiabladamente atrayente y sitúa la mente del lector en dos épocas distintas, como si sus ojos contemplaran dos escenas simultáneas. Lo dicho: un auténtico maestro.

miércoles, 29 de abril de 2026

El sueño del celta

 


Qué fácil, qué terrible e inquietantemente fácil se pasa de ser héroe a ser villano. Y al revés. Impulsados por arrebatos subjetivos (a veces viscerales), los seres humanos tendemos a etiquetar a nuestros semejantes con una liviandad que no suele resistir con galanura el paso del tiempo o la reflexión pausada. Podríamos aducir (y no será necesario) innúmeros ejemplos a lo largo de la historia. Mario Vargas Llosa se detiene en su obra El sueño del celta en uno que oscila entre los dos polos de manera constante: el irlandés Roger Casement. Fue un héroe para quienes descubrieron gracias a él las atrocidades que el gobierno belga perpetraba en el Congo: abusos de poder por parte de las fuerzas coloniales, esclavitud de los indígenas, torturas, amputaciones, miles de asesinatos, vejaciones. Fue un traidor para quienes, creyendo la versión del rey Leopoldo II y su corte de mercaderes avariciosos, juzgaban que se ponía de parte de unos salvajes mentirosos. Volvió a ser un héroe para todos aquellos indígenas del Putumayo ecuatoriano que, sometidos al despotismo brutal de la Peruvian Amazon Company, fueron escuchados y defendidos por Roger Casement (sir Roger), quien, con un informe valiente que elevó al Foreign Office, destapó el mundo abominable de crímenes y corrupción que Julio César Arana había instaurado en aquella zona del mundo. Volvió a convertirse en un traidor, nuevamente, para todos aquellos europeos que vieron en sus denuncias un golpe inesperado al espíritu empresarial capitalista. Por fin, volvió al estatus de héroe cuando decidió convertirse en adalid de la lucha por la independencia de Irlanda, aplastada por la bota inglesa y necesitada de un retorno a sus orígenes (la lengua gaélica, sus viejas canciones, su gobierno propio, su religión católica). Y se cerró el círculo de los vaivenes cuando, fracasada la sublevación armada en 1916, Inglaterra decidió recluirlo en la cárcel y, después, ahorcarlo. El descubrimiento de sus presuntos diarios, donde confesaba algunas escabrosas aventuras homosexuales, no ayudó demasiado a su defensa.

Aproximándose a su figura con una abundante documentación y con una prosa fascinante que recurre con brillantez a la analepsis, Vargas Llosa reconstruye la vida de Roger Casement desde el final de la misma (sus últimas semanas, que transcurrieron en Pentonville Prison) y nos va desgranando sus grandezas y sus flaquezas, sus perplejidades y sus convicciones: desde descubrir en África que no todos los seres humanos son admirables, porque se dejan arrastrar por la avaricia (“¿Cómo era posible que la colonización se hubiera convertido en esta horrible rapiña, en esta crueldad vertiginosa en que gentes que se decían cristianas torturaran, mutilaran, mataran a seres indefensos y los sometieran a crueldades tan atroces, incluidos niños, ancianos? ¿No habíamos venido aquí los europeos a acabar con la trata y a traer la religión de la caridad y la justicia?”, pp.106-107) hasta aplicar su análisis humanitario a su propio país (“¿No era también Irlanda una colonia, como el Congo? […] ¿No habían invadido los ingleses a Eire? ¿No la habían incorporado al Imperio mediante la fuerza, sin consultar a los invadidos y ocupados, tal como los belgas a los congoleses?”, p.110), en una deriva política que no siempre fue entendida o compartida por sus amigos.

En un momento de esta caudalosa y perturbadora narración, el protagonista se formula un interrogante crucial: “¿Estaban justificados los sacrificios de esos veinte años africanos, los siete años en América del Sur, el año y pico en el corazón de las selvas amazónicas, el año y medio de soledad, enfermedad y frustraciones en Alemania?”. La respuesta es fácil y doble: la dignidad del ser humano (por un lado) y esta novela de Mario Vargas Llosa (por el otro) nos impulsan a responder que sí. Plenamente justificados.

domingo, 28 de diciembre de 2025

¿Quién mató a Palomino Molero?

 


Ya sé que va a sonar a estupidez, pero me siento en deuda con Mario Vargas Llosa. A él, que nunca llegó a conocerme y que, de haberlo hecho, ni siquiera me recordaría, quizá la frase le provocaría una sonrisa. Pero puedo asegurar que no es petulancia, ni pose, ni aserto paradójico para llamar la atención: es puramente que me siento en deuda con él. ¿Por qué? Resulta fácil de aclarar: porque durante años (muchos años, demasiados años) he ido aplazando su lectura, diciéndome que alguna vez la emprendería, y no animándome nunca con demasiado vigor a cumplirla. Ahora bien, si se me preguntase por qué he actuado así, juro que no sabría contestar. No le “tengo manía” al peruano; no he quedado decepcionado con su lectura; no lo creo inferior a García Márquez o Cortázar. Es solamente que, por lo que sea, estoy a punto de cumplir sesenta años y apenas hay dos reseñas suyas en mi blog. Me comprometo a enmendar ese yerro durante 2026.

Para activar ese protocolo dedico un par de días a leer ¿Quién mató a Palomino Molero? Y salgo con un estupendo sabor de boca. Quizá no se trate de su obra maestra (es evidente), pero qué bien hecha está, qué sinuosidad de diálogos más bien llevados, qué construcción novelesca más sólida y convincente, qué espléndida combinación de tragedia y humor, de sencillez y de profundidad. Recordemos su arranque: Lituma, un guardia que está destinado en el puesto de Talara, es avisado por un pastor sobre el descubrimiento de un cadáver. Pero no se trata de un crimen sin más: alguien se ha ensañado brutalmente con el pobre chico, no solamente ahorcándolo, sino también quemándolo con cigarrillos, ensartándole un palo por el recto y tratando de seccionar sus genitales. La escena es tan agria que resulta imposible asistir a la misma sin sentir el vómito acercándose a los labios. ¿Quién se ha mostrado tan sañudo con el pobre Palomino Molero, un chico de la zona que, además de cantar boleros y ser querido por todo el mundo, estaba destinado en la base aérea? Ese será el interrogante al que Lituma y su superior, el teniente Silva, deberán encontrar respuesta durante las próximas semanas.

Para esclarecer los hechos, tendrán que interrogar a algunas personas de la citada base militar (el coronel Mindreau y su hija Alicia, el teniente Dufó) y enfrentarse a las habladurías de todo el pueblo, que oscilan entre la indignación y los rumores. Qué asombroso el personaje del teniente Silva (perspicaz y meticuloso en las investigaciones, pero ridículo en su cortejo sexual desaforado alrededor de doña Adriana); qué densos los perfiles psicológicos de los Mindreau (cada lector tendrá que decidir a cuál de los dos, padre o hija, cree); y, sobre todo, qué sensación de relato, clásico, solvente y cautivador. Como mandan los cánones. Como a mí me gusta. Me quito el cráneo.

viernes, 15 de agosto de 2025

El amante uruguayo

 


Consignaré su nombre (Enrique Amorim), aunque de inmediato reconoceré no haber leído nada suyo, además de no recordar ni siquiera las menciones que, sobre él, incluyeron libros que sí he leído (como, por ejemplo, de Jorge Luis Borges). Es curioso: parece que su apellido, siendo tan poco habitual, tendiese a diluirse en la memoria. Era uruguayo. Y fue autor de unos cuarenta libros, que no han conseguido convertirse en volúmenes demasiado populares. Pero su figura incorpora tantos disfraces, viajes, imposturas y zonas de sombra que el peruano Santiago Roncagliolo lo convierte en protagonista de su obra El amante uruguayo, deslizando la posibilidad de que fuese él la persona con la que Federico García Lorca vivió una breve experiencia amorosa durante su estancia en Argentina. De hecho, el núcleo más misterioso de estas páginas se encuentra en el monumento que Amorim erigió en la localidad de Salto en diciembre de 1953 (el primero que se dedicaba en el mundo a la figura del granadino), a cuyo lado enterró una extraña caja que “contenía” al poeta y cuyo interior jamás ha sido revelado: quizá cartas íntimas, quizá imágenes fotográficas… o quizá los huesos del propio Federico, que nunca han sido hallados.

No obstante, conviene declarar de inmediato que no estamos ante un libro que fomente el sensacionalismo o que busque la polémica formulando hipótesis descabelladas. De ninguna manera. Este novensayo (podría ser una etiqueta del libro, que mezcla narración novelesca y espíritu de biografía) brilla en realidad por muchos otros aspectos, que nada tienen que ver con ese detalle. De hecho, juzgo que la posible tumba lorquiana puede funcionar como “anzuelo” (eso sí) para atraer a ciertos lectores, pero que el valor central del volumen hay que buscarlo en las magníficas semblanzas de los personajes que se van cruzando en la vida de Amorim (o, mejor dicho, de los personajes a quienes se arrimó para rodearse de gente célebre): Pablo Picasso, Charles Chaplin, Louis Aragon, Rafael Alberti, Margarita Xirgu, Jorge Luis Borges, Oliverio Girondo, Lola Membrives, Pablo Neruda… El modo en que Roncagliolo ensambla todas esas piezas produce un relato brillante, dinámico, absorbente, donde el humor, el misterio, la política, la hipocresía, la amistad, la traición, el deseo o los rencores (más una dosis enorme, pero inteligentemente camuflada, de erudición) mantienen la atención lectora de forma insuperable.

El hombre que “nunca había considerado necesario ajustarse a los hechos” se sentiría muy orgulloso de haber inspirado esta maravilla narrativa. Léanla. Creo que puede gustarles.

domingo, 4 de mayo de 2025

Los cachorros

 


Todos los amigos de la vieja pandilla (Mañuco, Choto, Chingolo, Lalo) son ahora hombres casados, con hijos. Empiezan a aceptar la curva de sus barrigas y el asalto inmisericorde de las canas, junto a ciertos alifafes propios de la edad. Pero uno de ellos ha seguido una trayectoria diferente. Se apellida Cuéllar y, cuando los conoció en el colegio Champagnat, era un chico educado, que siempre sacaba buenas notas y que estableció con ellos desde el principio una camaradería muy hermosa, fraternal. Los cinco formaban parte del equipo de fútbol, hasta que un desgraciado accidente en el que interviene un perro danés llamado Judas provocó un vuelco en su relación: Cuéllar comenzó a flojear en los estudios, se concentró más en las exhibiciones espectaculares (era el que más se arriesgaba en la playa, jugando con olas altísimas) y se volvió evasivo. Incluso cuando llegó la época de ennoviarse se mantuvo al margen de la tendencia general: él prefería los billares, la cerveza y la velocidad de los coches. ¿Acaso es que no siente la necesidad de disfrutar del amor, como todos sus amigos? Su férrea negativa se mantuvo hasta que apareció en el horizonte Teresita Arrarte.

Con una habilidad endiablada para mezclar diálogos y fundir planos narrativos, Mario Vargas Llosa consigue en Los cachorros (que yo he contado desde el final para no estropear el disfrute del misterio a los lectores) un relato espléndido, en el cual los miedos y las barrabasadas, las borracheras y los flirteos, el compañerismo y las peleas, conforman un emotivo dibujo sobre la infancia, la adolescencia y el inicio de la madurez de un grupo de chicos de la calle. Muy aconsejable para quienes deseen sumergirse en los libros del Nobel peruano y no sepan por dónde empezar.

viernes, 8 de septiembre de 2023

Retratos familiares

 


Vuelvo a pasearme, veinte años después de mi primera visita, por los Retratos familiares de Ricardo Sumalavia, donde redescubro las interesantes historias que el volumen cobija, y que sirven para adentrarse por los pasillos menos luminosos y menos complacientes del alma humana. Vemos a Marcelo, que convive con Sandra y que decide instalar en casa a su hermano, que acaba de salir de un sanatorio mental (“Retorno”); acompañamos a un padre y su hijo, que se encaminan a la casa de una mujer para comunicarle la dolorosa noticia de que su marido acaba de morir en un atropello (“Puertas marrones”); conocemos a la joven Olenka, cuyo padre ha fallecido y que tiene que compartir domicilio con su madrastra Marina (“La ofrenda”); leemos la historia del joven periodista que, embriagado por la belleza de su vecina Isabel, termina manteniendo relaciones sexuales con ella y con su amiga Marcia (“Los climas”); viajamos junto a Mirna, que regresa en avión de un largo viaje y que experimenta en el aeropuerto una escena de reunión familiar (“La herida”); o nos sentamos con Maribel y su padre en un restaurante donde se produce una riña poco agradable en la mesa próxima (“Familia”).

El narrador peruano dibuja con pincel muy fino, y con él construye escenas de una delicada textura, que los lectores debemos completar concentrando nuestra atención en todos los pliegues del lenguaje, en todas las luces y sombras del comportamiento de sus personajes. De esa forma, se consigue penetrar con la hondura necesaria en el pozo del relato.

Créanme que merece la pena.

miércoles, 17 de mayo de 2023

Y de repente, un ángel

 


Hay dolores y secretos y traumas que nos acompañan desde hace muchos años y que, de forma indeleble, se han adherido a la piel de nuestro corazón. Quizá no seamos conscientes de su poder erosivo, pero esas improntas se han colado como topos en nuestro espíritu y nos agrían y nos perturban de forma devastadora: nos convierten en un rencor o una herida que, misteriosamente, aún conserva forma de persona. Es lo que le sucede a Julián Beltrán, un escritor no muy afortunado que vive alejado de sus padres, en una casa que no asea y con la única compañía lunática (perdóneseme la broma: se ven los lunes) de Andrea, dependienta de una librería. Muy pronto, los lectores descubrimos que el origen de su desdicha se encuentra en una disputa familiar bastante grave y bastante mezquina: cuando falleció su abuelo, Julián no recibió la herencia que le correspondía, porque su padre manipuló los papeles para quedarse con ella. Ese comportamiento inicuo fracturó la relación entre ambos y los colocó en posiciones irreconciliables… hasta que en la vida de Julián se instala una asistenta doméstica llamada Mercedes, que con su forma de actuar y ver las cosas terminará haciéndole que abra los ojos y se replantee la posibilidad de la reconciliación con su padre. Y más ahora, cuando el anciano se encuentra en sus últimos días, afectado por un cáncer.

Utilizando con inteligencia las secuencias de humor y las dramáticas, los diálogos tensos y los distendidos, el peruano Jaime Bayly perfila en las páginas de Y de repente, un ángel una novela sencilla, en la cual los temas espinosos (el abuso sexual, las diferencias de clases, la corrupción policial, los odios enquistados, la muerte, la fe religiosa, la infidelidad) reciben un tratamiento liviano y de fácil digestión, que convierte la obra en un artefacto nada dificultoso, accesible para todos los públicos.

sábado, 29 de abril de 2023

Los genios



Quizá conozcan ustedes la célebre imagen de Gabriel García Márquez, con un ojo a la funerala, fruto del derechazo espectacular que le propinó su hasta entonces íntimo amigo Mario Vargas Llosa, al grito de “¡Esto es por lo que le hiciste a Patricia!”. Y quizá sepan que ambos escritores optaron en el futuro por no aclarar el sentido de aquella frase y de aquel puñetazo, que fracturó el vínculo cordial que los unía.

Ahora, Jaime Bayly ha publicado la novela Los genios (Galaxia Gutenberg), en la cual reconstruye (o fabula) aquellos días terribles, trasladándonos un Niágara de anécdotas, detalles y personajes que giraron alrededor de la historia, hasta lograr un fresco impagable sobre la idiosincrasia y la biografía de varios monstruos sagrados de las letras del siglo XX. Para hacerse una idea aproximada (la única idea completa pasa por la lectura de la obra), vayan ustedes metiendo todos estos ingredientes en una coctelera (a ser posible, de tamaño gigante): Julio Cortázar, obsesionado con su vergonzosa condición lampiña, inyectándose hormonas que le provocaron el crecimiento no solamente de bigote y barba, sino también del pene; Cristina Peri Rossi, echando ojeadas eróticamente admirativas a Patricia, mujer de Mario Vargas Llosa; Gabriel García Márquez, supersticioso hasta la médula (cree en la “pava”) y gran frecuentador de prostitutas (con quienes no se acuesta, sino que conversa), bebiendo como una esponja, cantando vallenatos y conduciendo un BMW que se pagó con los derechos de autor de Cien años de soledad; Juan Marsé, bajito y con nariz de boxeador, bailando en Bocaccio con las mujeres más hermosas de la noche catalana; Joaquín Sabina (entonces aún Joaquín Martínez), joven y desconocido cantante español que se encandila con el reloj de Gabo, que este le regala en Londres, firmando así un pacto de amistad perpetua; Mario Vargas Llosa, en cuclillas, depilando con unas tijeras (para una película) el vello púbico de la actriz Katy Jurado, mientras la amante del escritor, de pronto, los sorprende; Carmen Balcells, Mamá Grande de las letras, haciendo topless en una playa de la Ciudad Condal; el dictador peruano Velasco Alvarado organizando un funeral (con la asistencia de Mario Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro) en el que fue enterrada la pierna que le amputaron en el quirófano para salvarle la vida; otra vez Vargas Llosa, entregándole a su padre (que trabaja como camarero y al que odia por el modo en que trata a su madre) unos billetes para que se compre un buen desodorante, porque huele fatal; Kiko Ledgard, célebre presentador del Un, dos, tres, responda otra vez, consiguiendo con su verborrea que Patricia Llosa se duerma en un avión…

¿Qué porcentaje de estas anécdotas, diálogos y sorpresas pertenece al mundo de la realidad y cuál al mundo de la ficción? Créanme si les digo que no me voy a molestar en documentarme o comprobarlo, porque entiendo que sería como arrebatarle al volumen una buena dosis de su magia narrativa: Jaime Bayly ha conseguido que su prosa y su construcción novelística (realmente agradables y de sólida factura) atrapen al lector; de tal modo que adherir una etiqueta de “verdad” o de “mentira” a los diferentes episodios resultaría tan torpe como baladí. Quede esa tarea para los historiadores, los biógrafos o las personas que, implicadas en estos acontecimientos, continúan vivas. Yo me limitaré, como lector agradecido, a aplaudir por las horas de sonrisas que el tomo me ha deparado.

Hace muchos años leí La noche es virgen, de Bayly, y no recuerdo que me dejase una impronta significativa. Quizá la explicación es que era demasiado joven (me refiero a él, o a mí, o a los dos). Volveré a otras páginas suyas.

domingo, 16 de enero de 2022

Prosas apátridas

 


Me aproximo por primera vez a un libro de Julio Ramón Ribeyro y me alegra la decisión de haber elegido estas Prosas apátridas, un conjunto de anotaciones que suponen reflexiones interesantísimas sobre la vida, la literatura, el ser humano, la música, el amor o el fracaso. Textos que el autor reunió en este tomo para “salvarlos del aislamiento, dotarlos de un espacio común y permitirles existir gracias a la contigüidad y al número”. Me encanta poder decir que buceando en ellos me he encontrado con un hombre inteligente, de gran agudeza filosófica y de fino trazo estilístico, que ha conseguido que alborote los márgenes de las páginas con asteriscos, exclamaciones y flechas laudatorias. Peruano y parisino, intelectual y esposo, paseante y empleado, melómano y ser abatido, fumador y padre, Ribeyro me ha convencido de la necesidad de acudir a otros volúmenes suyos, para ver si en sus cuentos y novelas despliega el mismo encanto que he podido encontrar en este tomo delicioso.

Y como más obran quintaesencias que fárragos (Gracián dixit), me ahorraré la tarea de ir explicando sus reflexiones y dejaré que, simplemente (brillantemente), sea su voz la que llene esta reseña: es el mejor modo de rendirle homenaje. Si se encuentran dispuestos a soportar una avalancha torrencial de inteligencia, pasen a la enumeración:

“¿Por qué dentro de cien años se seguirá leyendo a Quevedo y no a Jean-Paul Sartre? ¿Por qué a François Villon y no a Carlos Fuentes? ¿Qué cosa hay que poner en una obra para durar? Diríase que la obra literaria es una lotería y la perduración artística un enigma. Y a pesar de ello se sigue escribiendo, publicando, leyendo, glosando”. “Conocer el cuerpo de una mujer es una tarea tan lenta y encomiable como aprender una lengua muerta”. “El cuerpo de una mujer no tiene puertas, como el mar”. “La locura en muchos casos no consiste en carecer de razón, sino en querer llevar la razón que uno tiene hasta sus últimas consecuencias”. “Lo terrible sería que después de tantas búsquedas se llegue a la conclusión de que la historia es un juego sin reglas o, lo que sería peor, un juego cuyas reglas se inventan a medida que se juega y que al final son impuestas por el vencedor”. “La cultura no es un almacén de autores leídos, sino una forma de razonar. Un hombre culto que cita mucho es un incivilizado”. “Cada amigo es dueño de una gaveta escondida de nuestro ser, de la cual sólo él tiene llave e, ido el amigo, la gaveta queda para siempre cerrada”. “La muerte de un niño es un despilfarro de la naturaleza, la de un adulto el precio que se paga por un bien que se disfrutó”. “Para un padre, el calendario más veraz es su propio hijo. En él, más que en espejos o almanaques, tomamos conciencia de nuestro transcurrir y registramos los síntomas de nuestro deterioro”. “La información no tiene ningún sentido si no está gobernada por la formación”. “Nunca sabremos qué música era la que guardábamos”. “Las grandes obras de la creación humana, sean libros sagrados, poemas épicos, catedrales o ciudades, son anónimas. Lo importante no es que Leonardo haya producido La Gioconda sino que la especie haya producido a Leonardo”. “Nada me incomoda más que el ser tomado alguna vez como modelo de estoicismo. O como modelo de cualquier cosa”. “La mayor parte de nuestros actos son inútiles, estériles. Nuestra vida está tejida con esa trama gris y sin relieve y sólo aquí y allá surge de pronto una flor, una figura. Quizás nuestros únicos actos valiosos y fecundos han sido las palabras tiernas que alguna vez pronunciamos, algún gesto de arrojo que tuvimos, una caricia distraída, las horas empleadas en leer o escribir un libro. Y nada más”. “Vivir habrá sido para mí enfrentarme a un juego cuyas reglas se me escaparon y en consecuencia no haber encontrado la solución del acertijo. Por ello, lo que he escrito ha sido una tentativa para ordenar la vida y explicármela, tentativa vana que culminó en la elaboración de un inventario de enigmas”.

viernes, 2 de abril de 2021

Helarte de amar

 


Cada vez que abro un libro de Fernando Iwasaki (Lima, 1961) me ilusiono con la idea de que voy a encontrar en él auténticas maravillas: me pasó con España, aparta de mí estos premios, con Una declaración de humor y, sobre todo, con Ajuar funerario. Pero en esta cuarta obra que incluyo en mi Librario íntimo creo que la nota dominante ha sido la irregularidad: relatos magníficos y relatos que, sin pena ni gloria, olvidaré en cuestión de días o quizá ya he olvidado. Entre los segundos destacaría “Las memorias de madame Quiñónez”, “Entre las piernas de Luciana” y “Travesía estelar” (en este último caso, bostecé varias veces durante la lectura y estaba deseando terminar). Son tres propuestas que considero fallidas y que resultan indignas del indiscutible talento de Iwasaki: un humor chato, una estructura endeble, un desarrollo quebradizo.

Pero, obviamente, también están los aciertos, que son esplendorosos: el jugueteo con las perspectivas que anida en “La española cuando besa”, las fulgurantes y diminutas historias que se recopilan en el bloque “Fantasías textuales”, el candor sonriente que impregna “En el batimóvil, con miss Graciela”, el lirismo amargo de “La mujer de arena” y, por encima y a mucha distancia, el perfecto relato (casi una novela corta) que lleva por título “Mírame cuando te ame”, que nos traslada una historia de iniciación sexual pero también de despedida lánguida.

Súmese a ese panorama un buen número de homenajes literarios implícitos en el volumen, como el dedicado a Julio Cortázar en la página 57 (“No llega al gustirrinín, al límite, a la jadehollante embocapluvia del orgumio y a los esproemios del merpasmo”) o el que tributa a Jorge Luis Borges en la página 127 (“Un poeta descifró el universo gracias a un disco mágico que habitaba en el decimonoveno escalón de un lóbrego sótano”), y tendremos un tomo ciertamente irregular, para qué negarlo, pero con la suficiente cantidad de brillos como para seguir leyendo en el futuro las obras del espléndido narrador peruano.

viernes, 20 de septiembre de 2019

A trancas y barrancas



Termino con gusto el volumen de artículos A trancas y barrancas, que el peruano Alfredo Bryce Echenique compuso y publicó a finales del siglo XX. En este trabajo encuentro páginas deliciosas, como las que conforman la “Historia peruana de la capital del mundo”, un texto magnífico que había sido antes publicado en el diario ABC y donde el escritor latinoamericano realizaba su particular y nada rencoroso “ajuste de cuentas” con Madrid. También encuentro páginas que complementan a las de El pez en el agua, de Mario Vargas Llosa, tanto en el análisis de las elecciones peruanas como en el apartado sociológico del país: Sendero Luminoso, la crisis política, la economía a punto de quebrarse, el narcotráfico, etc.
Me entero en este libro de un dato curioso: que el Banco de Inglaterra se fundó con dinero robado por el pirata Francis Drake.
De Murcia cita con elogio a Miguel Espinosa, y de Cartagena se limita a decir que el submarino de Isaac Peral es feo.
En suma, un recorrido placentero por páginas que no merecen el oprobio del olvido.

Frases que escojo de la lectura: “Si las cosas siguen como están, habrá que elevar la neurosis a la categoría de ideología”. “La historia no acusa ni absuelve. Eso sólo lo hacen los vencedores”. “Un hombre distraído está pensando siempre en algo más”. “Soy amigo de unos cuantos muertos, todos inmortales”.

sábado, 7 de septiembre de 2019

Cartas a un joven novelista




Leer a Mario Vargas Llosa es placentero, esto no habré de negarlo (aunque no figure entre mis narradores predilectos). Pero no conviene incurrir en mitomanías divinizadoras, ni en éxtasis que traten de hacernos ver oro en todo lo que sale de la pluma (o del ordenador) de algunos escritores.
El librito Cartas a un joven novelista (1997) es una solemnísima tontuna. Para qué vamos a engañarnos con fórmulas de disculpa, elogios mendaces o genuflexiones hacia quien es (no cabe negarlo) uno de los grandes de la narrativa hispana del siglo XX. Ciento cincuenta paginitas, ampliamente engordadas con los trucos de la tipografía para decirnos que existe una forma de escribir novelas, y es fijándose mucho en cómo las han hecho otros, y tratando uno mismo de escribirlas. Para ese viaje no hacían falta alforjas de ningún tipo, ni peruanas ni españolas.
El volumen se lee, eso sí, con interés; y explica con gracia algunos pormenores técnicos de la novela. Pero poco más. Es como si un carpintero tratase de enseñar a un aprendiz el oficio explicándole lo que son un martillo, una gubia y un destornillador.
Un libro perfectamente bello y perfectamente inútil.

viernes, 20 de abril de 2018

EP (Poemas de Salinger)




El peruano Roberto Valdivia (Lima, 1995) acaba de ver publicada en el sello Liliputienses su obra EP (Poemas de Salinger), que contiene todos los elementos esperables en un libro de autor tan joven: intrepidez en la forma, autobiografismo (real o ficticio), modernidad temática… Nos explicará, por ejemplo, que su habitación “será el gran hermano / yo instalé las cámaras”, que desea escribir “poemas que no se parezcan a absolutamente nada”, que está contemplando una nube que se parece a Freddy Mercury, que acaricia junto a su amada la idea de elaborar “una lista larga de escenas de películas clásicas que hemos perdido mientras nos besábamos” o que a veces siente que se le va a caer la cabeza y que tendrá que recogerla “como un niño de cuatro años intentando recoger sus canicas del suelo antes que acaben de rebotar”.
Es decir, que aquí parece estar habitando un poeta potencialmente interesante.
Pero (y el “pero” también hay que indicarlo, porque es justo) aún deberá pulir ciertas carencias gramaticales y ortográficas, que emborronan sus líneas. Acudir a la fórmula “en base a” (p.20); anotar que “mi cabeza no tiene porque vestirme” (p.25); equivocar manejos verbales (“pensé que si tú estarías a mi costado”, p.53); o, en fin, referirse a “nieztche” (p.39) o “sartre y simone beauvier” (p.58), constituyen chirridos demasiado aparatosos para ser aceptados como rupturas vanguardistas.
En todo caso, es evidente que Liliputienses ha realizado una apuesta literaria, y eso siempre resulta un hecho admirable en el mundo cultural que nos rodea, tan conservador y tan centrado en las figuras consagradas. Es un detalle que les honra.

miércoles, 18 de enero de 2017

El quinto mandamiento



Eric Frattini es un autor bastante peculiar: experto reconocido en la política vaticana y en el terrorismo islámico, corresponsal periodístico en varios países, autor de polémicos trabajos sobre Ben Laden, la mafia o la ONU... y, desde su publicación en 2008, autor de una obra que tenía voluntad de best-seller. Hablo de El quinto mandamiento, una novela trepidante donde se ven implicados en una telaraña de conexiones la NASA, el Vaticano, algún periodista del Boston Globe, un obispo que se termina suicidando, misteriosas cuentas bancarias y otros ingredientes tan efectivos como efectistas, que se maceran en su mortero narrativo con la intención clarísima de mantener a los lectores con los ojos clavados en el libro hasta que la última de sus páginas sea devorada.
Todo comienza cuando Aaron Avner, un anciano bibliotecario húngaro de origen judío (en cuyo brazo aún se distingue el número que los nazis le infligieron en el campo de concentración de Auschwitz), que trabaja como experto en códices medievales en Estados Unidos, está a punto de encontrarle traducción y sentido al “Manuscrito Voynich”, una pieza atribuida por algunos a Roger Bacon y que ha llevado de cabeza a los especialistas en los últimos cuatrocientos años, en los que nadie ha logrado (ni manual ni informáticamente) darle traducción. Y aparece entonces en escena el expeditivo cardenal August Lienart, que trata de impedir por todos los medios el descifrado final del volumen, considerado “la Gioconda de los libros” (p.24). Para conseguir su propósito pone en marcha a los sangrientos integrantes del Círculo Octogonus, unos implacables depredadores que desde hace varios siglos no han dudado en realizar todo tipo de operaciones alrededor del manuscrito, con tal de que “nadie pudiese dar a conocer sus secretos” (p.115).
Aaron Avner contará con el auxilio de cuatro personas, que le ayudarán en su tarea: el informático Peter Hazil, el codicólogo Petrus Rees, el archivista Marcelo Giannini y el experto en carbono-14 Matteus Planch.
Esta división maniquea de coadyuvantes y oponentes (que tan eficaz se ha revelado en la narrativa de los últimos tiempos) adquiere picos vertiginosos en varios momentos de la obra y garantiza el tono general de tensión, tan adecuado para este tipo de libros.

El quinto mandamiento no pasará a formar parte de la primera línea de la Historia de la Literatura, pero dudo que tal aspiración figurase en la mente de Eric Frattini cuando componía este volumen. Ya va siendo hora de que aceptemos como algo natural y legítimo que determinados autores u obras no tengan más interés que el de entretener a sus lectores. Eric Frattini juega a ese juego. Y lo hace bien.

miércoles, 1 de enero de 2014

Ajuar funerario



No es la primera vez que incorporo a este Librario íntimo un volumen del peruano Fernando Iwasaki, y sospecho gozosamente (también golosamente) que no será la última. Es un escritor al que admiro. Este nutrido catálogo de microrrelatos salió hace casi una década (abril de 2004) en la editorial Páginas de Espuma, y no ha perdido ni un ápice de frescura, elegancia, contundencia ni brillantez. Manejándose con escalofriante habilidad en el terreno literario (o con habilidad literaria en el terreno escalofriante), Iwasaki nos suministra aquí ochenta y nueve pequeñas maravillas donde exhibe su musculación estilística hasta límites anonadantes y donde nos sorprende con argumentos que dejan al lector con la boca literalmente abierta: de asombro o de pánico.
Nos cuenta acerca de piezas de hotel donde nos esperan el espeluzno y la más atroz condena (“La habitación maldita”); sobre el urinario estrecho, sucio y oscuro de una gasolinera de carretera, donde nos puede estar esperando un horror que carece de forma (“W.C.”); sobre niños que explotan la cama de sus padres metiéndose bajo la colcha y encuentran bajo sus pliegues una inquietante aventura infinita (“La cueva”); sobre chiquillos que, hartos de ser receptores del desdén o las trompadas de sus compañeros, se inventan para sus padres una biografía espuria (“Peter Pan”); sobre monjas que se convierten en crueles perros guardianes que devoran a los intrusos cuando éstos escalan las tapias de su patio (“Dulces de convento”); sobre juguetes en miniatura que se pueden transformar en inquietantes pesadillas (“La casa de muñecas”); sobre unas fotografías de niños muertos que pueden adquirir una dimensión más bien inquietante (“Los ángeles dormidos”); sobre ascensores donde un atasco que se produce un viernes de agosto puede transformarse en un desasosiego (“Familia numerosa”); sobre el cruce y la simbiosis entre el humor y la infidelidad (“A mail in the life”); o, en fin, sobre un padre que, tras depositar a sus hijos en los asientos posteriores del coche, se demora demasiado en preparar el desayuno, mientras la calefacción y el dióxido de carbono realizan su tarea (“Vamos al colegio”).

Fernando Iwasaki consigue que cada relato de este libro alcance la sonoridad perfecta, el equilibrio perfecto, el vocabulario perfecto, el perfecto cierre. Las más importantes pesadillas del ser humano aparecen aquí, dibujadas por un maestro de la literatura.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Una declaración de humor




Ya no debería quedar un solo crítico, un solo editor e incluso un solo lector que se dejara llevar por ese tópico tan manido como falso: la literatura de humor no es un subgénero. Pero resulta curioso que mientras que la modernidad ha ido reivindicando uno tras otro los diferentes cajones menores de la literatura (véanse los zombis, los vampiros, la novela rosa o la gótica), se sigue dispensando al humor la suave indulgencia del paternalismo, relegándolo al segundo escalón de mérito, sin más raciocinio. Quizá se trate del mismo mecanismo que nos lleva a pensar que un buen drama es una película excelente, mientras que una buena comedia es una cosita divertida para pasar el rato y echarse, sin más, unas risas.
Fernando Iwasaki, que es un espléndido escritor, sabe de estos manejos y no se arredra. De ahí que en el preámbulo de su obra Una declaración de humor (que fue galardonada con el premio Bodegas Olarra – Café Bretón, y que ahora le publica Pepitas de Calabaza, en un manejable y elegante formato) elabore toda una declaración de intenciones sobre la posibilidad de escribir buenos textos con esa temática e invoque los magisterios de Enrique Jardiel Poncela, Francisco de Quevedo, Julio Camba, Ramón Gómez de la Serna e incluso Jorge Luis Borges... Y luego nos muestra una selección de artículos de prensa que ha ido publicando en los últimos años y que tienen como hilo conector la ironía, la humorada, la filigrana zumbona o la retranca. Así, por ejemplo, provocará nuestras carcajadas cuando nos hable de los avatares auditivos que ha de soportar un hombre que liga menos que los gases nobles, pero que tiene como vecino a un fornicador incansable: como las paredes de su vivienda son de diseño, no tiene más remedio que empaparse los oídos con los ruidos, jadeos y restregones de su rijoso vecino (El amante pasivo); o nos alegrará el espíritu cuando nos explique la durísima cura de humildad que sufre un hombre cuyo clon tiene una vida más brillante, exitosa y mujeriega que la suya (Soy el clown de mi clon); o nos deslumbrará con una larga y desternillante disertación sobre los numerosos factores (pantalones ajustados, contaminación, pesticidas, sedentarismo, etc) que van empobreciendo el semen de los varones en el mundo, según atestiguan los andrólogos más reputados (A más polución menos polución); o cómo se recrea destripando las instrucciones de todos los electrodomésticos que tiene en su hogar, que parecen redactadas por un «pobre búlgaro que trabaja sin diccionario y que tiene que traducir al castellano de un manual francés traducido del árabe por un panameño residente en Moscú» (p.69).
Y para quienes aprecien más la fulguración del detalle (los diamantes estilísticos, podríamos decir) hay fantásticos juegos de palabras en este tomo. Por ejemplo, cuando se detiene a hablarnos de los bancos genéticos y se inventa este breve diálogo entre una madre y su hija: «-Niña, ¿tú quieres tener un hijo del Brad Pitt? / -Sí, pero con su Pitt» (p.26). O cuando elabora una feroz diatriba contra el exceso de peso que han de soportar las espaldas de los alumnos españoles, que sólo sirve (en opinión de Iwasaki) para jorobar a éstos.
Dos precisiones para finalizar. La primera: ¿tienen una botella de Anís del Mono cerca? Realicen la comprobación que propone Fernando Iwasaki («Las ideas darwinianas le sentaron muy mal al mundo católico en general y al catolicismo español en particular, y por eso el macaco que aparece en la botella del Anís del Mono tiene la cara del naturalista inglés», p.27). La segunda: ¿conocen a alguna chica que se llame Vanessa? Pues el escritor explica en la página 91 del volumen que dicho nombre se lo inventó Jonathan Swift para encubrir a su amante Esther Vanhomrigh y así poder dedicarle poemas amorosos... sin que su esposa legítima se enterara.
Para quienes hayan tenido la curiosidad y la suerte de leer alguna obra anterior de Fernando Iwasaki (es mi caso) Una declaración de humor servirá como nuevo peldaño para admirar más intensamente a este prosista. Y para quienes no un consejo de amigo: háganse con esta obra en su librería porque disfrutarán como enanos. Y además se empaparán de buena literatura.

lunes, 19 de octubre de 2009

España, aparta de mí estos premios





Muchos lectores (y críticos literarios, y profesores) de España almacenan, enquistado en sus mentes, un difuso prejuicio contra el humor, al que son capaces de tolerar, aplaudir o incluso buscar en libros y revistas, pero al que niegan con vehemencia todo atisbo de profundidad. Así, maravillosos escritores como Hipólito G. Navarro o Juan José Millás son tildados de ingeniosos, lúdicos, chispeantes o rateros (“autores para pasar el rato”); pero cuesta muchísimo que se les reconozca la genialidad o la brillantez que se regala casi al instante a todos aquellos que, llenando folios con cara de vinagre o mostrándose renuentes a los peines, se instalan en la zona noble de los suplementos literarios. El sello Páginas de Espuma, lejos de transigir con esta tendencia general, se rebela de forma ostensible contra ella en una de sus últimas publicaciones: el tomo España, aparta de mí estos premios, una colección de relatos que firma Fernando Iwasaki (Lima, 1961) y que tienen en común el hecho de haber sido “premiados” en una serie de certámenes a cuál más extravagante, donde los escritores deben idear cuentos que glorifiquen al Sevilla F.C., ensalcen la gastronomía vasca, transcurran en la cueva de la Pileta, glosen el papel de la nueva mujer catalana o aludan a los héroes del Alcázar de Toledo (en un singular concurso patrocinado al alimón por Izquierda Unida Los Verdes y Falange Auténtica, ahí es nada). Situándose en estos disparatados cauces, el escritor que quiera conquistar premios literarios (indica Iwasaki) tendrá que amañar sus relatos con sutiles retoques para que el mismo texto, “refrito varias bases según las veces y viceversa” (p.13), tenga opciones de alzarse con el triunfo. Así, nos encontraremos con Makino Yoneyama, un brigadista nipón que sale de una cueva e interrumpe un programa televisivo, sin saber que la guerra civil acabó hace 70 años; o con Makoto Komatsubara, quien emerge de las catacumbas del Alcázar de Toledo, ignorando la misma circunstancia; o con Michiko Arakaki, una antigua lanzadora de cuchillos y amante de Picasso, quien lleva décadas viviendo de incógnito como trabajadora en el ayuntamiento de Barcelona; o con... No creo que haga falta añadir más nombres para que los lectores se hagan una idea del contenido de este volumen. Un relato que actúa como “célula madre” es clonado con sutiles diferencias, para adaptarse a las exigencias más peregrinas de los ayuntamientos, cajas de ahorros y demás organismos convocantes de concursos de cuentos. Zumbón como él solo, didáctico, explosivo, iconoclasta, irreverente y disparatado, Fernando Iwasaki construye siete cuentos que son siete mecanos, siete estrategias, siete carcajadas, siete provocaciones, siete desplantes con los que todos los lectores disfrutarán. Y, como colofón para el libro, incluye un "Decálogo del concursante consuetudinario", en el que, entre otras cosas, aconseja a los novatos que firmen con seudónimos femeninos, que no aborden jamás el tema de los templarios (que funciona en las novelas, pero no en relatos cortos) y que, en la medida de lo posible, ambienten sus creaciones en Nueva York, porque “nunca falla”. En suma, una obra irónica, muy bien escrita y que garantiza sonrientes horas de lectura a sus usuarios.