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viernes, 17 de julio de 2026

El caso Kurílov


 

¿Qué nos cuenta Irène Némirovsky en su novela El informe Kurílov (que he leído en la traducción de José Antonio Soriano Marco para el sello Salamandra)? De forma muy resumida, la historia de León M., hijo de unos padres revolucionarios, que creció en su sanatorio para tuberculosos y que murió en Niza en 1932. Muy joven (en 1903), recibió del Comité el encargo de poner fin a la vida del ministro ruso de Instrucción Pública, Valerian Kurílov; y hacerlo, además, de forma bien visible, para que el pueblo compruebe el poder de los rebeldes antizaristas. El muchacho, un urbanita fervoroso (“Odio la naturaleza. No he sido feliz más que en las ciudades”), consigue que lo contraten como médico de Kurílov, y pronto se da cuenta de que un cáncer de hígado lo está matando. ¿Merece la pena matar a quien está condenado a morir en cuestión de meses? Esa es la pregunta que desde los primeros días atormenta al encendido revolucionario (oculto bajo la identidad de Mr. Legrand, médico suizo) quien, por su posición cercana al ministro, tiene ocasión de conocer a su segunda esposa (la antigua cantante Marguerite Eduardovna) y a sus hijos; pero también a los execrables adláteres que lo rodean: el codicioso Dahl, que ansía sorprendentemente su puesto (“Un ciudadano corriente tiene derecho a ser codicioso, porque sabe que de lo contrario morirá de hambre. Pero las personas que lo poseen todo, dinero, relaciones, tierras, jamás se dan por satisfechos. No puedo entenderlo”); el anacrónico zar (que llega a exigirle a Kurílov que abandone a la cabaretera, si desea seguir siendo ministro); e incluso los revolucionarios que mantienen la conexión Suiza-Rusia (tan rígidos y tan implacables como sus víctimas).

Pero lo que nos está contando realmente Irène Némirovsky es algo mucho más denso y más interesante que un mero relato de urdimbre política, porque nos habla de temas que, pareciendo locales o coyunturales, son universales, como la depredación y las intrigas que rodean siempre a quienes frecuentan el poder; las luchas intestinas (tan tenues como implacables) que se ponen en funcionamiento para medrar; y, por encima de todo, la rica y desconcertante ambigüedad que impregna a todos los seres humanos, capaces de las mayores bajezas y de los sacrificios más admirables. Aquí no hay “buenos” y “malos”, porque todos los actores participan de la luz y de las tinieblas a la vez: todos son (todos somos) sublimes y rastreros, excelsos y execrables, ángeles fieramente humanos (para decirlo con Blas de Otero). La escritora de origen ucraniano nos ayuda para que no olvidemos esa verdad. Léanla.

jueves, 26 de febrero de 2026

El ardor de la sangre

 


Quizá las personas no nos limitemos a envejecer con el paso de los años, sino que, de un modo misterioso, nos veamos sometidos a una metamorfosis más profunda y nos convirtamos en otra cosa más extraña: en seres distintos. ¿Es igual el joven alocado, fogoso y lleno de adrenalina y pasiones que el anciano calmo, macerado de silencios y de reacciones meditadas y lentas? Sylvestre (también conocido por Silvio), protagonista de esta novela de Irène Némirovsky, afirma que no: que son dos personas diferentes. Y ha llegado a ese convencimiento porque él mismo lo ha podido observar sin lugar a dudas: durante su juventud fue alguien inquieto, entregado a las pasiones de la bebida, del viaje y del amor, incapaz de detenerse ante los obstáculos; y ahora, cuando la vejez lo ha devuelto a su paisaje de origen y vive en una cabaña en medio de Francia, huraño y arruinado, todo se ha vuelto tranquilo. “Pienso” (susurra en el capítulo 2) “que he hecho mucho camino inútil para volver al punto de partida”. Y entiende que esa evolución afecta por igual a todos sus semejantes: “El penoso y vano trabajo con el que la juventud intenta adaptar el mundo a sus deseos ha quedado atrás. Han fracasado y ahora descansan. Dentro de unos años, volverá a agitarlos una sorda inquietud, que esta vez será la de la muerte”. Desde la atalaya solitaria de su sillón, el espectáculo de la juventud se le antoja punto menos que incomprensible (“Desde hace algún tiempo, la gente joven me produce algo muy parecido al asombro, como si estuviera ante una especie animal distinta de la mía, como si fuera un perro viejo viendo bailar a unos ratones”).

Pero el corazón de Silvio guarda secretos; y sus ojos, si permanecen vigilantes, captan o sospechan los secretos de quienes lo rodean: esa esposa presuntamente honorable, pero que se dejó arrebatar por la pasión cuando la sangre aún ardía por sus venas; esa muchacha que no puede evitar entregarse a la lujuria con un vecino; ese chico que, jurando fidelidad inquebrantable a su pareja, se deja llevar por la ignominia de la traición; esos vecinos que espían con ojos de buitre las flaquezas de los demás (sobre todo si son forasteros), para quedarse con sus propiedades a la menor oportunidad… Sí, las sangres arden. Pero no se trata solo de impulsos sexuales: eso constituye una pequeña parte del enigma, como bien refleja Irène Némirovsky en la página final de su narración (“No es tan simple. La carne se conforma con poco. Pero el corazón es insaciable; el corazón necesita amar, desesperarse, arder en cualquier fuego”). Eso implica envidias, y las hay en esta obra; eso implica venganzas, y también las hay; eso implica muertes, y no faltan en sus páginas.

“He vivido lo bastante para saber que no hay corazón sencillo”, afirma el viejo Sylvestre en el capítulo 16. Y la autora ucraniano-francesa, que algo sabía de bucear en el alma humana, nos deja en El ardor de la sangre un relato bello y terrible sobre los meandros pasionales, los secretos y el paso del tiempo.

lunes, 15 de diciembre de 2025

El matarife

 


Otto siempre ha sido un chico peculiar. Nació cuando sus padres, tras veinte años de intentos baldíos, ya no lo esperaban; y tuvo la mala fortuna de que su madre muriese en el parto. Durante su infancia fue torpe para los estudios y descubrió su vocación profesional en el momento más insospechado: viendo cómo un matarife mataba un buey utilizando un hacha. Perplejo pero resignado, su padre lo acompaña hasta Berlín, para buscarle colocación.

Acceden así a un mundo sórdido, de sangre, brutalidad y olores agrios, por el que pululan gentes pobres y embrutecidas. Otto, lejos de sentir repulsión, nota que lo que está viendo es lo suyo. Dos años después, muerto su padre, hereda y compra una carnicería, pero le llega la orden de que debe incorporarse al ejército y se le traslada al frente serbio, donde continúa haciendo lo mismo que en la vida civil, pero con una variante: ahora mata personas con la misma frialdad con la que mata reses. Y, con la lógica implacable de la guerra, se le condecora como héroe de la nación.

Permítanme que no les cuente nada más del argumento, aunque les advierto que la parte más inquietante, la más honda y cenagosa del relato comienza justo ahí, gracias al enorme poder fabulador y psicológico de Sándor Márai, quien nos va envolviendo, página a página, en las turbulencias anímicas de su protagonista.

Se lee en una tarde y se graba en la memoria para toda la vida.

sábado, 18 de octubre de 2025

La gran serpiente

 


Se llama Mathilde y conduce de una forma algo torpe. A sus 63 años, ha perdido totalmente la silueta (fue hermosa, pero ahora le sobran kilos de forma notoria) y se ha vuelto un poco más gruñona de lo habitual. Acaba de pasar todo el fin de semana con su hija y con su yerno (al que no soporta) en Normandía, y ahora se dirige hacia París, con su perro. Muy cerca de su destino, aparca tranquilamente y observa a un viandante que se aproxima al coche. Se miran, se sonríen. Es un hombre elegante, que también está acompañado por un perro y que se va acercando. Entonces Mathilde, con determinación, empuña un arma y le dispara en los testículos. Luego, con frialdad inaudita, lo remata disparándole también en la garganta (el agujero de la bala casi separa la cabeza del cuerpo).

Así empieza La gran serpiente, una sorprendente y atractiva novela negra escrita por Pierre Lemaitre y traducida por José Antonio Soriano Marco, en la que ejerce como protagonista suprema, fastuosa y letal, esta afable anciana que resulta ser una antigua heroína de la Resistencia francesa contra los nazis reconvertida en asesina a sueldo. Y como coprotagonista (parcial) el inspector René Vassiliev, un policía desmañado y altiricón (1’93) que, a la manera del televisivo Colombo, da la sensación de ir aproximándose a la solución de los crímenes de forma torpe, atropellada y casual.

En las cerca de doscientas páginas de la novela, el lector que haya decidido apostar por esta aventura no gozará de tregua, ni saldrá de su asombro: disparos a quemarropa, emboscadas perpetradas por profesionales, cadáveres escondidos en furgonetas, perros decapitados, vecinos insidiosos, puertas que se abren frente al cañón brutal de una pistola, venganzas implacables, víctimas colaterales, ancianos seniles a quienes nadie escucha, moquetas empapadas de sangre y también, pueden creerme, inteligentes dosis de sentido del humor, que van logrando que una trama de apariencia inverosímil se mantenga en pie y brille sin altibajos.

Me ha convencido mi segunda experiencia con Pierre Lemaitre, a quien conocí gracias a mi compañero Antonio Cascales, profesor de matemáticas y lector voraz. Muy feliz de haberle hecho caso. Seguiré explorando otras obras del autor.

domingo, 5 de octubre de 2025

La vida de Chéjov

 


Escribir una biografía está (y espero que mi afirmación no suene a burla o a irreverencia) al alcance de cualquier erudito: basta con reunir un millón de datos sobre el personaje, ordenarlos escrupulosamente y redactar con ellos un cierto número de páginas. Pero la proeza de convertir los datos en vida recreada, en vida palpitante, en narración mágica y seductora, está al alcance de muy pocas plumas. Hay que ser un alma grande para captar y transmitir el alma grande de otra persona. Por eso resultan tan conmovedoras y tan bellas las aproximaciones de Ian Gibson a Federico García Lorca, la de Antonio Rivero Taravillo a Luis Cernuda o, como ahora mismo acabo de comprobar, la de Irène Némirovsky a Antón Chéjov: la persona que ha reunido los datos no se limita a repetirlos, sino que los observa, los evalúa, los acaricia, los bruñe. Y el resultado es fastuoso.

En esta Vida de Chéjov (que he podido leer en la traducción de José Antonio Soriano Marco) he descubierto que su abuelo fue un mujik que, siendo siervo, compró la libertad (suya y de su familia); que su padre fue un hombre con la mano quizá demasiado suelta y que regentaba un comercio bastante pobre que era “colmado, herboristería y mercería, todo en uno” (cap.5); que, en su juventud, al inquieto Antón “le encantaba maquillarse, disfrazarse, dibujarse un bigote con carboncillo” (cap.8) y que a los quince años ya había decidido estudiar medicina; que la primera publicación importante que lo tomó en serio fue la revista Chispazos; y que su historia de amor con Olga Knipper fue tan dulce como triste, y estuvo marcada por la distancia que la enfermedad de Antón y el trabajo teatral de ella conformaron.

Pero, insisto, lo crucial de este libro sobre un hombre agotado y melancólico, que “amaba la vida como hay que amarla, por las pequeñas y fugaces alegrías que nos da” (cap.28), es el modo tierno, cercano, conmovido, casi susurrante, en que Irène Némirovsky nos va depositando en los ojos su relato, lleno de ternura y de proximidad. Gracias a él, Antón Chéjov vuelve a estar presente y vivo. Realmente memorable.

viernes, 5 de septiembre de 2025

La investigación

 


Todo parece muy claro cuando se inicia la novela La investigación, de Philippe Claudel (que leo en la traducción de José Antonio Soriano para el sello barcelonés Salamandra): un personaje llega hasta una lejana localidad con la delicada misión administrativa de averiguar qué está pasando en la Empresa, donde una veintena de trabajadores han optado por el suicidio. Ese arranque parece situarnos ante un planteamiento policial, pero pronto el relato se va oscureciendo, porque el Investigador comienza a verse sometido a todo tipo de situaciones extrañas: el guardia de vigilancia no le deja pasar, porque carece de una “Autorización Excepcional”; en el hotel donde se hospeda le requisan sus documentos y lo instalan en un cuarto lamentable (es diminuto, no funcionan los grifos, carece de suministro eléctrico); lo importunan con llamadas telefónicas angustiosas… Aturdido con estas trabas, pronto lo estará mucho más, cuando todos los tipos con los que se cruza (un Policía, un Responsable de la Empresa, un Guía) parezcan tener una única misión en la vida: someterlo a interrogatorios absurdos, amedrentarlo, provocarle todo tipo de desorientaciones. En suma, impedirle que cumpla con su misión. En un crescendo delirante (que no detallaré, para que cada lector pueda disfrutar y sufrir personalmente con el trayecto de la novela), el Investigador terminará por dudar de todo y de todos; incluso de sí mismo.

Estas atmósferas de pesadilla, que adquieren ropajes y formulaciones variadas a lo largo de la obra, se van sucediendo con implacable sofoco y se desarrollan de noche o a la luz del día, en el cuarto del hotel o en la oficina donde lo han dejado solo, ante la garita del guardia bajo la lluvia o rodeado por un desierto asfixiante al final, en el comedor o en un cuarto de baño tan fastuoso como demencial. El Investigador es sometido, de forma continua, a una auténtica tortura medieval, que va cambiando de modos y de estrategias. Ahora bien, ¿por qué? ¿Quién o qué está empeñándose en perturbarlo y amargarle la vida? ¿Se trata de una vigilancia consciente o responde a supuestos más delirantes y surrealistas? “Todo lo que le estaba pasando desde que había llegado a aquella ciudad era una absoluta pesadilla. Sólo podía ser eso. ¿Qué si no? Nada. Una pesadilla. Una pesadilla que parecía no terminar y de un realismo diabólicamente refinado, complejo y retorcido”, se lee en el capítulo 24. Quizá por eso los comentaristas que se han ocupado de esta obra han hablado insistentemente de Kafka, de Alfred Jarry o de Jean-Paul Sartre. Son referencias bien fundadas. Pero igualmente podríamos recordar las geometrías desoladas de Giorgio de Chirico o ciertas narraciones claustrofóbicas de Javier Tomeo.

Me convence mi segunda aproximación a Philippe Claudel. Volveré.

lunes, 18 de agosto de 2025

La nieta del señor Linh

 


Cantaba el maravilloso Joan Manuel Serrat que, de vez en cuando, la vida nos besa en la boca y a colores se despliega como un atlas. También sucede con el mundo de los libros. Algunos son como los días negros del calendario: normales. Otros están teñidos de rojo, y te provocan una gran alegría, convirtiéndote en devoto de ese autor o autora. Y un pequeñísimo porcentaje (los milagros no pueden ser tumultuosos) se convierten en hitos mágicos: te emocionan, te llenan el corazón y subrayan de lágrimas tus ojos (no por tristeza, sino por una enorme gratitud, por una inabarcable felicidad). Me acaba de ocurrir con esta novela de Philippe Claudel, que traduce José Antonio Soriano Marco y que publica el sello Salamandra bajo el título de La nieta del señor Linh. ¿Experimentará la misma embriaguez cualquier persona que se acerque a este libro? Indudablemente, no, porque el mundo de la lectura está sujeto a infinidad de variables subjetivas: lo que para una persona es prodigioso, para otra ingresa en el fastidio más insufrible. Creo que está bien que así sea.

Conocemos desde el principio al anciano señor Linh, quien tras haber sido testigo de la muerte de su esposa, su hijo y su nuera coge en brazos a su pequeña nieta Sang Diu y abandona para siempre su triste país destrozado por la guerra. Está aturdido. Está confuso. Pero sabe que tiene que seguir luchando por la pequeña. De ahí que, cuando desembarca en un país cuyo idioma no conoce y se le ubica en un centro de refugiados, sigue esforzándose por sacarla adelante. Apenas come, apenas le quedan fuerzas, pero “la lleva en brazos como se lleva un tesoro” (p.61). Un día, se sienta junto a él en un banco público un hombre gordo, que fuma muchísimo y que le habla con amabilidad, recordando sobre todo a su esposa. El señor Linh no lo entiende. El señor Bark tampoco lo entiende a él. Pero sus soledades se acompasan y van fraguando una deliciosa relación. Gracias a los gestos, a las fotos que se enseñan el uno al otro, al tono pausado en que se hablan, ambos sienten que se han convertido en amigos, hasta el punto de que el señor Linh, pensando en la esposa de Bark, se plantea una hermosa hipótesis: “Puede que haya muerto. Está en el país de los muertos, como la suya, y quizá, se dice, quizá en ese lejano país su mujer y la mujer del hombre gordo se han encontrado, como se han encontrado ellos. La idea lo emociona. Lo reconforta. Espera que haya ocurrido así”, pp.63-64). El señor Bark, agradecido por la forma amable en que el señor Linh escucha sus penas, le regala un pequeño vestido para su nieta. Pero esa felicidad se torcerá cuando las autoridades decidan recluir al señor Linh en otro sitio de la ciudad, sin que le dé tiempo a avisar (¿y cómo hacerlo, si no conoce su idioma?) a su amigo.

Lo dejo aquí. Busquen ustedes el libro y paseen por las páginas conmovedoras y entrañables de esta historia que a mí, honestamente, me ha tocado el corazón.

jueves, 17 de abril de 2025

Divorcio en Buda

 


El juez Kristóf Kömives, de Budapest, siempre ha sido un hombre de mentalidad tradicional, recta y severa.  Está casado con Hertha Weismeyer, bella hija de un general, y tienen un hijo y una hija. Aunque su labor consiste en separar a las parejas que lo solicitan, él “creía en la santidad del matrimonio” (p.60) y juzga que la culpa de los divorcios hay que buscarla en la impaciencia, los nervios o la imperfección moral de los seres humanos. Así que su tarea como juez es tan triste como abrumadora: “Maridos y mujeres pasaban ante Kristóf en una fila india demencial, mentían y juraban que decían la verdad, no se miraban a los ojos ni dirigían el rostro hacia el juez, se inventaban virtudes y vicios, asumían las mayores vilezas, se cubrían de vergüenza porque no querían sino huir, huir de aquella esclavitud, de aquella miseria insoportable. Se presentaban ante el juez como paralizados, y él desataba y separaba conforme a las disposiciones legales, pero también bajaba la cabeza al dictar sentencia porque sabía que sus palabras sólo transmitían disposiciones humanas y era consciente de que todo lo que decía estaba en contra de las leyes divinas” (p.61).

Ahora, cuando comienza la narración, llega a su mesa el expediente en virtud del cual su antiguo amigo Imre Greiner y su esposa Anna Fazekas (de la que Kristóf estuvo, tal vez, enamorado en su juventud) solicitan el divorcio. Ciertos recuerdos y ciertas palpitaciones comienzan a sucederse en la cabeza y el corazón del juez. Y cuando reciba la visita de Imre durante la noche anterior a la vista del proceso, todo comenzará a enredarse mucho más, porque escuchará de labios de su viejo amigo algunas revelaciones que pondrán patas arriba su calma interior.

Como siempre, Sándor Márai consigue una narración sólida, profundamente bien construida en sus aspectos psicológicos (los retratos de los personajes son dignos de ser leídos varias veces y subrayados con lápiz rojo) y que nos obliga a pensar en las motivaciones más oscuras del ser humano, en sus miedos, en sus flaquezas y en sus zonas de luz. Así, la hermana de Kristóf (quien “se comportaba siempre como si acabara de despertarse de un sueño aburrido y no esperara nada especial del día que empezaba”) o el padre Norbert (cuyo dibujo anímico ocupa todo el capítulo 4). ¿Qué lugar ocupan en nuestras vidas los sueños que no se cumplieron o que dejamos de lado? ¿Qué latidos siguen palpitando, sin que seamos del todo conscientes, en nuestro corazón? ¿Qué observaríamos si fuéramos capaces de enfrentarnos, sin camuflajes, con el espejo de nuestro cuarto de baño? En Divorcio en Buda (que leo gracias a la traducción de Judit Xantus Szarvas), estas preguntas quedan formuladas en cada página y se nos invita a reflexionar sobre ellas.

Siempre me asombra el húngaro Sándor Márai, otro de esos narradores a los que tengo que disfrutar más intensamente en los próximos años.

domingo, 23 de marzo de 2025

El niño con el pijama de rayas

 


No sabría calcular cuántas horas de mi vida le he dedicado a la lectura de libros o a la visualización de documentales sobre el mundo nazi: al principio, lo hice para conocer la realidad de aquel horror inhumano, inconcebible, paralizante, que supuso la irrupción de aquella nauseabunda ideología en la desprevenida Europa; después, para elaborar una novela que publiqué allá por 2011; siempre, para evitar el olvido (que, en el mejor de los casos, resulta una torpeza; y, en el peor, un rasgo de idiotez o de complicidad). Ahora, con la distancia adecuada (la obra supuso un bombazo editorial y prefiero leer ese tipo de libros años después), me acerco hasta las páginas de El niño con el pijama de rayas, de John Boyne, traducido por Gemma Rovira Ortega. Allí me encuentro con Bruno, hijo de un militar de alta graduación del ejército alemán, que conoce levemente al “Furias” (ha cenado una noche en su casa, con su acompañante Eva) y que termina yéndose a vivir con su familia a “Auchviz”, donde el padre ha sido destinado forzosamente en su nuevo puesto como comandante. El chiquillo tiene nueve años y encaja mal ese traslado, que lo separa de sus abuelos y de sus tres mejores amigos. Durante semanas, su estancia allí se le vuelve irritante y claustrofóbica, porque no entiende qué ocurre al otro lado de las alambradas, donde todo el mundo parece pasarse el día en pijama. Pero un día conoce a un niño, llamado Shmuel, con el que empieza a charlar y con el que inicia una amistad (secreta) cada vez más luminosa.

Una narración muy eficaz, donde la inocencia y la crudeza se unen para formar un tejido agridulce, cuyo final (por Dios santo, qué final) conmueve e inquieta. Allí donde las palabras se detienen se inicia el pensamiento, firme e inmaculado: nunca más.

domingo, 28 de julio de 2024

Háblame de ti

 


Un anciano que ha entrado en la décima década de su existencia decide dictar (sus ojos ya no le permiten escribir por sí mismo) una larga carta dirigida a su bisnieta Matilda. En ella, le resume su vida con la voluntad tierna de que cuando sea adulta (y él ya no exista) lo conozca mejor. Y Carlos Mayor traduce la obra del italiano, para que quienes ignoramos esa lengua la podamos leer.

Le explica el anciano, por ejemplo, que a los diez años estaba fascinado con la figura de Mussolini; pero que después “poco a poco, empecé a hacerme comunista en pleno régimen fascista” (p.25), ideología que ha mantenido siempre, a pesar del desconsuelo que le produjo descubrir “el daño y el horror provocados por el comunismo estaliniano” (p.53). Le explica que ha sido siempre una persona terca y hasta cierto punto lenguaraz, lo que le deparó no pocos disgustos (“Sentirme sometido a una disciplina cualquiera, quedarme callado cuando tenía algo que decir o no rebelarme ante lo que me parecía un sistema erróneo eran cosas que me resultaban imposibles, no formaban parte de mi naturaleza”, p.44). Le explica que el día de su boda, por culpa de un exabrupto que le dirigió a su pareja, esta le propinó la primera y última bofetada de su vida, causando una carcajada general entre todos los asistentes a la ceremonia. Le explica que disfrutaba mucho cuando sus nietas se metían debajo de la mesa de su despacho y no lo dejaban trabajar (“Tú no eres escritor, tú eres corresponsal de guerra”, p.71). Le explica su tristeza por haber asistido al “fracaso, o el fracaso relativo, de la Unión Europea” (p.96). Le explica, en fin, que estuvo a punto de morir en una balacera organizada por la mafia… Y después, para finalizar su carta, el nonagenario le pide a su bisnieta que viva con honestidad su propia vida, que se refugie siempre en la valentía y en la verdad, y que tenga ideales que la sostengan.

“Y ahora háblame de ti”: con esas palabras termina la carta, cuyo autor (se me ha olvidado comentarlo antes) es el famosísimo Andrea Camilleri.

miércoles, 1 de noviembre de 2023

El vestido rojo

 


Que el argumento de una novela dé un giro espectacular y sorprenda en un tramo importante al lector no es suceso infrecuente; pero que, cuando ese lector ya se ha confiado, vuelva a dar otro giro y lo descoloque nuevamente ya no es tan habitual. Ocurre, sí, en novelas policiales y de misterio, pues el mecanismo de sus argumentos lo facilita y aun requiere; mas no en otro tipo de narraciones. Robert Alexis ejecuta esa doble pirueta con prodigiosa habilidad en El vestido rojo, una obra que traduce Teresa Clavel y edita Salamandra. Me ha encantado.

Situémonos para comenzar: aparece en escena un teniente que está esperando, junto a sus compañeros, el inicio de un conflicto bélico. No se nos dice cuál, ni se nos facilitan detalles sobre la época en que los hechos ocurren. Es la primera (y fértil) ambigüedad del relato. Pronto conocemos también al soldado Alvinczy, quien confiesa gustoso a sus camaradas que conoce a una bellísima mujer que le ha permitido acceder a una experiencia sexual tan turbadora como única. Atraído por la posibilidad de lograr sus favores, el teniente pide que se la presente, cosa que él hace gustoso. Desde ese instante, el teniente y la irresistible Rosetta se transmutan en amantes. Hasta aquí, digamos, nada excepcional: una historia de corte galante, con pinceladas sexuales y ciertos aromas claramente inspirados en el Relato soñado de Arthur Schnitzler. Pero entonces sobreviene la maravilla, porque Robert Alexis nos muestra al teniente paseando por una calle solitaria de la ciudad y, de pronto, un vestido encarnado llama su atención desde el otro lado del escaparate (la novela se titula, originalmente, El vestido). Sus ojos observan la prenda y el vendedor, cuando se la muestra, coincide en la idea de que se trataría de un excelente regalo. Y ahí comienza la parte más maravillosa, tierna, valiente e inesperada de la narración, sobre la cual (lo siento muchísimo) no voy a dar ni el menor de los detalles.

Si deciden ustedes bucear en estas páginas se encontrarán con diálogos de gran belleza, con un duelo a espada, con varios desmayos, con venganzas, con burlas y, sobre todo, con una prosa delicada y atinadísima, que nos invita a avanzar por una historia que, se lo aseguro, no olvidarán nunca.

Hagan la prueba.

lunes, 14 de noviembre de 2022

La herencia de Eszter

 


¿Cuáles son los límites interiores de una persona que ha hecho de la mentira su forma de vivir? ¿Dónde están las fronteras, las barreras invisibles, que resultan imposibles de franquear? ¿Existen? Si no lo hacen, qué atrocidad vertiginosa. Y si lo hacen, ¿qué abismo insondable palpita al otro lado? Cuando abrí la primera página de la novela La herencia de Eszter, de Sándor Márai (que traduce Judit Xantus Szarvas para el sello Salamandra), estaba muy lejos de imaginar hasta qué punto su argumento iba a perturbarme. Ha resultado, de principio a fin (sobre todo en su tramo último), una lectura desasosegante, en la que notaba cómo mi corazón se aceleraba y cómo mi indignación crecía, enfadándome con Eszter y despreciando a Lajos, ese embustero profesional, ese farsante ventajista, ese encantador melifluo.

La historia nuclear es sencilla: hace veinte años, Lajos (quien afirmaba estar enamorado de Eszter, aunque se casó con su hermana Vilma) se quedó viudo; y, rodeado de deudas, acreedores y estafas, se fue para no volver nunca. Pero el caso es que, transcurridas las dos décadas, ha decidido regresar. Nadie sabe el motivo de ese retorno. Nadie sabe qué pretende. Nadie sabe qué impulsos puedan traerlo al lugar donde solamente dejó inquinas, fraudes y engaños. La expectación es inaudita, sobre todo en el alma de Eszter, que anhela el reencuentro a la vez que tiembla pensando en él. Así que, cuando el personaje finalmente ejecuta su teatral reaparición, los lectores nos quedamos con la boca abierta cuando nos enteramos del motivo de su vuelta. Y ese asombro crecerá hasta la incredulidad, hasta el sofoco, hasta la ira, cuando la propia Eszter explica cuáles son sus intenciones al respecto. ¿Cómo es posible que actúe de esa forma? ¿Acaso ha perdido el juicio?

Sándor Márai, habilidoso e implacable, nos muestra a la araña Lajos moviendo sus quelíceros y al insecto Eszter inmovilizado por sus invisibles hilos pegajosos. Y nos invita a asistir a un espectáculo en el que no podemos (aunque quisiéramos) intervenir. Desde esa posición paralizada debemos resignarnos a avanzar por las páginas, cada vez más tensos, cada vez más enfadados. Y el escritor sólo nos pide una cosa: que intentemos entender a Eszter, como la entiende Nunu. Que nos adentremos en su corazón y seamos capaces de admitir la coherencia, o la justicia, o la sensatez, o el sentido (resulta difícil elegir la palabra) de su decisión.

Un libro que te obliga a enajenarte, a dominar tu impaciencia y a poner entre paréntesis tus códigos morales.

jueves, 21 de febrero de 2019

Diarios 1984-1989




Resulta sumamente doloroso imaginarse a Sándor Márai, con 84 años y viviendo lejos de su patria, desengañado del mundo y observando cómo su esposa Lola (compañía fiel durante más de seis décadas) es devorada por un cáncer. Quizá por eso el tono general de este volumen (que traducen del húngaro Eva Cserhati y A. M. Fuentes Gaviño para el sello Salamandra) está impregnado de tristeza, de melancolía, de abatimiento, de desolación. La muerte es aquí contemplada con serenidad, aunque atemorice el camino que puede conducir hasta ella (“Quietud si pienso en la muerte. Inquietud si pienso en el morir”, p.37); la trascendencia es puesta entre paréntesis (“Muy de mayor he llegado a no creer en nada, aunque tampoco descarto nada”, p.46); los calendarios y las agendas se revisten de un tono amenazante (“Soy el último de mis coetáneos, y ahora me toca a mí”, p.171); y la vida, en fin, se convierte en un gelatinoso laberinto gris en el que apenas se vislumbran brillos o ilusiones.
Pero el segmento más duro se inicia cuando Lola comienza su declive físico y mental. Ella, que lo ha supuesto todo para Sándor (“Ha sido un ser maravilloso, la mujer completa, el compendio de todo lo humano, de las virtudes femeninas, el sentido de mi vida, y sigue siéndolo. Si se va, ya nada tendrá sentido”), entra en la cuesta abajo: se inician los mareos, desvanecimientos y caídas; requiere una atención médica continua y especializada; y, en la esclavitud del deterioro, exclama unas palabras que al escritor lo perseguirán hasta el último de sus días: “Qué lento muero”. La crónica, tan detallada como conmovida, que Márai va componiendo en estas hojas estremece por su hondura, por su temblor, por su orfandad de anciano que se va quedando solo y lo sabe. Hasta que, por fin, el 4 de enero de 1986 escribe “L. ha muerto”; y luego anota el 14 de enero “Ha sido incinerada”; y continúa el 4 de febrero “Hoy hace cuatro semanas que murió”. Ese mes de atroz silencio, de silencio retumbante, conmueve más que todo lo escrito antes y después. ¿Qué sintió durante esos treinta días? ¿Qué lágrimas lo anegaron? ¿Qué acantilados se abrieron ante sus pies?
Tres años más tarde, el 15 de enero de 1989, leemos como cierre del tomo: “Estoy esperando el llamamiento a filas; no me doy prisa, pero tampoco quiero aplazar nada por culpa de mis dudas. Ha llegado la hora”. Un mes más tarde, sin haber escrito más en el diario, apoyó en su cabeza el arma que había adquirido meses antes. Y apretó el gatillo.
Obra impresionante. Quizá sólo en la senectud la entendamos del todo.

jueves, 13 de julio de 2017

La acabadora



Estamos, siempre, rodeados de misterios, de zonas oscuras, de oquedades. Las podemos ignorar (es estrategia tan frecuente como útil) o podemos fingir que, conociéndolas, las desdeñamos o que somos capaces de seguir caminando con ellas alrededor. Para vivir sin más lágrimas de las inevitables, nada mejor que ser un poco miope o un poco amnésico.
Maria es una niña italiana que ha nacido en una familia pobre e inescrupulosa. Es la cuarta hija de Anna Teresa Listru, la cual, ante la oferta que le realiza la tía Bonaria, una modista con buena situación económica, se la cede como “hija de alma”. Es decir, que la niña vivirá en un nuevo hogar, con una nueva madre, sin que tal cesión se vea regulada por un contrato jurídico convencional. Tras unas semanas de adaptación, Maria encaja perfectamente con su nueva progenitora, que la trata con respeto y que insiste en que acuda a la escuela para continuar su formación, aspecto que su madre biológica descuidaba por considerarlo algo innecesario para una cría sin más destino que casarse y formar un hogar. Por primera vez en su vida, Maria siente que no es invisible o que no estorba, lo cual la hace sentirse bien. No ha perdido el vínculo con su familia carnal (acude a ayudar en momentos especiales, relacionados con las labores del campo o con las festividades), pero lo ha ampliado su horizonte de vida.
No obstante, una serie de acontecimientos (algunas salidas nocturnas de la anciana, los rumores que llegan hasta su oído, la inesperada muerte de Nicola Bastíu) la ponen sobre alerta. ¿Qué esconde, en realidad, la tía Bonaria? ¿Qué recodos de sombra descubriría en ella si hurgase un poco? Cuando por fin se decide a dar el paso de preguntarle y de corroborar sus sospechas, Maria descubrirá que no siempre es agradable descubrir la zona oscura de quienes nos rodean.

Esta novela es la primera que publicó Michela Murgia (Cerdeña, 1972) y que traduce Teresa Clavel Lledó para la editorial Salamandra. Un relato interesante, denso, magníficamente contado, y donde los pequeños saltos temporales nos van conduciendo hasta su terrible y bellísimo final.

martes, 28 de abril de 2015

La intrusa



Nuestro hogar es nuestra fortaleza inviolada, nuestro refugio inexpugnable. En él nos sentimos plenamente a salvo. Entre sus paredes nos encontramos a nuestras anchas: calzamos zapatillas, vestimos de forma desaliñada, bebemos o comemos como nos apetece... y mil desafueros más, cuya mera enunciación casi produce vergüenza. Por eso mismo, la gran pregunta es: ¿qué ocurriría si un día descubrimos que en un pequeño armario-habitación que no abrimos jamás se ha instalado una persona ajena a nosotros, que vive a nuestro lado durante meses sin que realmente nos enteremos? ¿Cómo nos sentiríamos al comprobar que hemos sido observados, contemplados, espiados, dentro de nuestra propia casa?
Éric Faye (Limoges, 1963) tuvo la idea de novelar sobre ese asunto, después de que una noticia periodística de ese tono apareciese en la prensa en 2008; y el resultado es La intrusa (Gran Premio de la Academia Francesa en 2010), que José Antonio Soriano Marco traduce para el sello Salamandra. Su protagonista es el meteorólogo Shimura Kobo, un hombre de 56 años que vive solo y que es extremadamente minucioso y repetitivo en todos los aspectos de su vida. Un día constata con estupor que se están produciendo algunos cambios en su hábitat (un alimento que desaparece del frigorífico, una botella que no se encuentra en la misma y exacta posición en que él la dejó), y decide instalar una cámara de vigilancia, que luego controla desde su despacho. Así, logra ver lo que está ocurriendo: una figura femenina avanza por su cocina y se prepara con calma una infusión. Tras llamar a los agentes de policía, se queda mudo. ¿Quién es esa persona? ¿Qué hace en su casa? ¿Cómo ha entrado? ¿Qué pretende? Y lo que es más desasosegante, ¿cuánto tiempo lleva allí? Tras el juicio, en el que la mujer es condenada por allanamiento, Shimura comprende que la aparición de esta mujer le ha revelado lo absurdo de su vida e intenta acceder por fin al olvido (“Pero el olvido no de aquella pobre mujer, que no era nada mío, sino de mi vida entera, que aparecía ante mí en toda su irreparable futilidad. Hacía mucho tiempo que no crecía en ella ninguna ambición, ninguna esperanza. Me dieron ganas de maldecir a la intrusa. Por su culpa, la niebla se había disipado”, p. 71). No obstante, en las páginas finales de la novela nos espera a los lectores una sorpresa más que notable, tan lírica como perturbadora.

Excelente la propuesta de Éric Faye. Uno de esos textos con los que, cada año, la Literatura nos reconforta y nos convence de su Belleza.

jueves, 16 de octubre de 2014

El baile



Su nombre (Irène Némirovsky) se me había aparecido en algunas librerías y en un par de bibliotecas, pero nunca me animaba a coger una de sus obras y leerla con detenimiento. Mas he aquí que de pronto me topo con El baile, observo que tiene pocas páginas (menos de cien) y pienso que quizá merezca la pena conocer a esta escritora rusa. No creo que hubiese hecho la prueba si el volumen hubiera tenido las dimensiones de Los hermanos Karamazov, pero animarse con algo liviano es menos inquietante; y puede deparar más de una sorpresa.
La conclusión del experimento ha sido satisfactoria: el modo sencillo que tiene Némirovsky de contar su historia se combina con la aproximación psicológica a sus personajes, conformando un relato de gran poder seductor y lleno de magia.
La protagonista absoluta es Antoinette, una adolescente de 14 años que vive en el seno de una familia de nuevos ricos, empeñados más en aparentar que en ser felices. Gracias a una hábil operación de Bolsa se han convertido en millonarios, y la madre no tiene más obsesión que ser admitida y reconocida en los círculos selectos de la ciudad. Para lograrlo, deciden celebrar una fiesta megalómana a la que invitan a dos centenares de personas (la confección de la lista nos permite descubrir que la inmensa mayoría son detritus humanos, aupados a lo alto de la “consideración social” en virtud de su dinero o de las circunstancias). Allí habrá de todo: una orquesta de finos intérpretes, caviar servido con derroche, jarrones orientales distribuidos por la estancia, criados impolutos, centenares de flores... Pero la decepción destrozará el alma de Antoinette cuando descubra que sus padres no van a permitirle asistir a ese evento, ni siquiera “un cuarto de hora” (es la moderada petición de la chica). Irritada, inconsolable y vengativa, la joven llevará a cabo una venganza inaudita, que teñirá de patetismo el final de la obra y la conducirá por un sendero inesperado.

Muy bien Irène Némirovsky, sin duda. Esta novela, editada por Salamandra y traducida por Gema Moral, me ha convencido. Alguien que escribe como esta malograda autora rusa (la gasearon los nazis en Auschwitz en 1942, cuando tenía tan sólo 39 años) no puede ser ignorada tan fácilmente. No se consigue un estilo así por casualidad. Tendré que acudir a otro libro suyo más pronto que tarde, lo tengo claro.

miércoles, 6 de agosto de 2014

Los jardines de la memoria



Agotadas hace tiempo las posibilidades heroicas o militares de la novelística que trata sobre la Segunda Guerra Mundial o la guerra civil española de 1936, sigue abierto el inmenso caudal de las posibilidades humanas de esos conflictos. De ese venero fértil y en apariencia inagotable han brotado en los últimos años auténticas perlas, como Soldados de Salamina (Javier Cercas), Los girasoles ciegos (Alberto Méndez), La ladrona de libros (Markus Zusak), La llave de Sarah (Tatiana de Rosnay) o varias producciones recientes de Almudena Grandes.
En el año 2000 se editó en Francia un pequeño librito de Michel Quint que luego Ignacio Pérez Fernández tradujo para el sello Salamandra con el título de Los jardines de la memoria y que tiene como protagonista a un niño. Ese chaval se muestra en todo momento avergonzado de que su padre, que es maestro de profesión, emplee sus horas libres en amenizar fiestas, gratuitamente, vestido de payaso. Porque, además, sus actuaciones son tan patéticas y tan faltas de gracia que provocan un bochorno insufrible en su hijo. Un día, cuando menos lo puede esperar, un pariente de su padre llamado Gaston le explica que ambos se vieron involucrados en una operación de la Resistencia contra la invasión nazi en Francia y que, tras haber saboteado un transformador, fueron capturados por los alemanes como rehenes (sin saber que eran culpables del atentado). Fue entonces cuando conocieron a Bernhard Wiki, un soldado que tenía como tarea la de custodiarlos y que, en la vida civil, trabajaba como payaso. Sólo entonces entenderá el narrador por qué su padre comenzó, años después, a disfrazarse también de payaso. Y el propio narrador, por sorpresa, también lo hará para asistir a un juicio especialmente importante: el de Maurice Papon, un célebre colaboracionista francés.

Un libro discreto, más pirotécnico que brillante, pero con el que se puede pasar una buena tarde de lectura.

sábado, 19 de abril de 2014

La habitación de invitados



La vida, nuestra vida, toda vida, puede dar un vuelco radical sin que nos demos cuenta. Es lo que le ocurre a una escritora llamada Helen cuando, sin pensar en las consecuencias que tendría su decisión, admite hospedar en su casa durante tres semanas a su amiga Nicola, que está enferma de cáncer y que viene a Melbourne para someterse a una terapia alternativa contra la enfermedad. Su aspecto físico es terrible, y las secuelas del absurdo tratamiento (inyecciones de vitamina C, ventosas, enemas con café ecológico) no hacen sido erosionar su organismo y sumirla en temblores, fiebres y oleadas de sudor. Helen acepta el reto con estoicismo y abnegación, cambiando las sábanas de su amiga, actuando de sirvienta, preparando sus comidas y limpiando sus residuos. Pero poco a poco la situación se va volviendo insostenible: Nicola se niega a admitir que los métodos del Instituto Theodore son tan fraudulentos como carísimos, y desea que su amiga participe de su entusiasmo (“A mediados de la semana que viene la vitamina C habrá expulsado esta maldita enfermedad. De verdad, necesito que tú también lo creas”, p.53); pero Helen, más pragmática y menos ilusa, roza la desesperación, llegando a increpar a su amiga por su egoísmo (“Quieres seguir adelante con esta farsa, por eso me echas tu mierda encima. Estoy harta. No puedo respirar”, p.112).
En esta novela deliciosa y terrible asistiremos al choque de dos personalidades muy distintas, aunque obligadas a convivir en el espacio claustrofóbico de una casa con un invitado abrupto: el cáncer. ¿Cómo reaccionaríamos nosotros si nos viésemos en el trance de tener que ayudar a una persona cuyas ideas chocan con las nuestras? ¿Admitiríamos que tiene derecho a entusiasmarse con algo que a nosotros nos parece una falacia y un timo? ¿O, por el contrario, querríamos a toda costa imponerle nuestras opiniones e ideas?

Esta magistral novela de la australiana Helen Garner (Geelong, 1942) ha sido traducida al español por Isabel Ferrer Marrades y, según consta en la solapa, es la primera muestra novelística de su autora que aparece en España. Qué feliz decisión ha tenido la editorial Salamandra de incorporarla a su catálogo.