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miércoles, 23 de octubre de 2019

Los evangelios gnósticos




Me leo un libro técnico, pero interesante, titulado Los evangelios gnósticos, del que es autora la profesora Elaine Pagels. Lo hago en la traducción de Jordi Beltrán (Crítica, Barcelona, 1990).
En este volumen se analiza con todo rigor y con toda profundidad la esencia de los escritos gnósticos aparecidos en una cueva de montaña de Nag Hammadi, en los cuales se encuentra la historia más que turbulenta de los inicios del cristianismo, con su lucha de facciones y su teológico combate (a veces, bastante virulento) para hacerse con el control y la primacía de la “ortodoxia”. Como ganaron los “actuales”, se ha motejado a estos textos gnósticos de “heréticos”; pero quizá hubiera ocurrido lo mismo, aunque en sentido contrario, si hubieran ganado “los otros”.
Vemos aquí, nítidamente explicada por la profesora Pagels, las posturas que los gnósticos adoptaban hacia la mujer, la oración, la búsqueda de la verdad en el interior de uno mismo (“gnosis”), etc. Y ese cúmulo de informaciones empapan de interés el tomo.
En suma, un libro sensacional, con el que he logrado aprender. Y que contiene un párrafo último de la autora que debería hacernos reflexionar: “De haber sido descubiertos 1000 años antes, es casi seguro que los textos gnósticos hubiesen sido quemados por su herejía”. Pero sobrevivieron a este destino aciago, y hoy podemos leer lo que fue la polémica (en el sentido etimológico de “lucha”) de aquellas facciones iniciales por hacerse con el control de un potente mecanismo religioso que aún estaba bostezando.

miércoles, 11 de mayo de 2016

Merlín



La fantasía es el reino donde todo puede suceder. Una zona sin leyes (o con leyes misteriosas e indescifrables) en la que surgen islas entre la niebla, el tiempo se vuelve elástico, el cosmos se convierte en caos (o al revés) y los seres que nunca existieron adquieren vida y se imponen a los dictámenes siempre secos de la realidad. Es lo que aparentemente ocurrió con Merlín, un extraño personaje que asociamos con el mítico rey Arturo y al que la imaginación secular de poetas, novelistas y dibujantes nos ha ido mostrando como un anciano de luenga barba, capirote estrambótico y unos poderes más allá de lo razonable, capaz de dominar las fuerzas de la naturaleza.
Ahora, en un volumen espléndido de erudición y de elegancia expositiva, el profesor Geoffrey Ashe ha resumido todas las historias y leyendas que rodean a esta controvertida figura en un libro titulado originariamente Merlín (El profeta y su historia), que la editorial Crítica ha sacado en España con el diferente rótulo de Merlín (Historia y leyenda de la Inglaterra del rey Arturo), y donde oficia de traductora Alejandra Chaparro. En este volumen se nos intenta fijar una cronología que nos ayuda a situar a Arturo (un monarca más bien nebuloso, si es que existió); y nos ofrece un buen caudal de sucesos históricos que se contradicen, se solapan o se emborronan entre sí, planteados con agudeza y con respetuoso rigor. Se nos habla también del monumento megalítico de Stonehenge (recinto mágico que muchos consideran obra del propio Merlín), de las tradiciones mitológicas grecolatinas, de los druidas, de los shamanes, de los hiperbóreos, de las sibilas, e incluso de los autores que han tratado en sus obras literarias algún aspecto de la vida de Merlín (y donde brillan genios como William Shakespeare, Walter Scott, Wordsworth, Tennyson, Mark Twain o John Steinbeck)... El recorrido no puede ser más ameno, ni tampoco más exhaustivo.

El libro de Geoffrey Ashe merece ser leído con atención y con  respeto, porque nos ofrece muchas informaciones útiles y curiosas acerca del mago más famoso de todos los tiempos.

domingo, 19 de agosto de 2012

Stephen Hawking. Su vida y obra



Durante muchos años, en el imaginario colectivo, el hombre de la silla de ruedas fue Ironside, aquel investigador corpulento, poco expresivo y siempre con el traje puesto, que interpretaba Raymond Burr. Pero desde entonces la imagen ha sido suplantada por una otra radicalmente distinta: la de un tipo escuchimizado, muy expresivo y con la ropa casi siempre hecha un gurruño. Hablamos, como es lógico, de Stephen William Hawking, el físico teórico nacido en Oxford en enero de 1942 y que se ha convertido desde los años 80 en un auténtico icono mediático. No sólo por padecer esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y haber sobrevivido durante décadas a la enfermedad, contra todo pronóstico; sino porque existe un consenso más o menos generalizado a la hora de considerar que es una de las mentes más luminosas, privilegiadas y enérgicas que ha dado el siglo XX en el ámbito de la ciencia.
Kitty Ferguson, autora de esta biografía que ahora traducen Julia Alquézar y Ana Guelbenzu para la editorial Crítica, afirma en la página 33 que Hawking es «uno de los gigantes intelectuales de nuestro mundo moderno, y una de sus figuras más heroicas», y seguramente no le falta razón. Para concedérsela sólo tenemos que imaginar a un hombre que lleva décadas postrado en una silla de ruedas y que se comunica mediante un ordenador porque ya no atesora la capacidad del habla. Pero esas monstruosas limitaciones no le han impedido convertirse en uno de los teóricos más brillantes de las matemáticas y la astrofísica. Ésa es, podríamos decir, la parte que todos conocemos de Stephen Hawking, porque ha aparecido docenas de veces en periódicos y televisiones. Pero la investigadora Kitty Ferguson nos acerca a muchos otros aspectos del científico oxoniense que resultarán chocantes a la gran mayoría del público. Por ejemplo, que Hawking fue un estudiante perezoso y gamberro; que colaboraba como timonel en el club de remo de su universidad; que cuando ya era un genio reconocido internacionalmente, el Departamento de Salud del Reino Unido le negó la subvención necesaria para comprarse una silla de ruedas eléctrica (año 1975); que siempre ha conducido su silla «como un bólido imprudente dando por supuesto que tenía prioridad. Sus conocidos pensaban que era más probable que muriera arrollado por un camión que de la ELA» (página 193); que tras una noche de fiesta cantó Yellow submarine, de los Beatles, en un karaoke, utilizando su sintetizador de voz (páginas 205-206); que en una ocasión pisó con su silla al príncipe Carlos de Inglaterra y se difundió el rumor de que deseaba hacer lo mismo con Margaret Thatcher (Hawking declaró al respecto: «Se trata sólo de un rumor malicioso. Pisaré con la silla a cualquiera que lo repita», página 111); que tuvieron que hospitalizarlo a causa de un accidente “sillístico” («Tuve un enfrentamiento con una pared unos días antes de Navidad, y ganó ella», nos dice el físico en la página 249); o que se le concedió el capricho de aparecer en un capítulo de su serie favorita, Star Trek.
Pero todas estas jugosas anécdotas, que pueblan una de las mitades de este libro, no deben oscurecer la otra sección: aquella que resume y explica algunas de sus aportaciones colosales al mundo de la ciencia actual. Vemos ahí lo que Stephen Hawking piensa acerca de los agujeros negros, la materia oscura del universo, la teoría de las supercuerdas, la gravedad N=8, los agujeros de gusano o la curvatura del espaciotiempo. Y ahí, me temo, serán pocos los lectores que conseguirán seguir los razonamientos del volumen. No porque Kitty Ferguson no se explique con toda la claridad posible (que lo intenta), sino porque la materia en sí es tan abstrusa y tan coloidal que se escurre entre las neuronas de un lector medio. Yo aconsejaría, de todas formas, que se intentase. Hace tiempo que sabemos que la ciencia avanza desde hace décadas por senderos cada vez más anonadantes y no parece muy inteligente dejar que se nos escape ese tren de conocimiento (la noticia que ha saltado a los medios últimamente acerca del bosón de Higgins formaría parte de esa ruta). Para estar en el camino de entenderlos, es probable que estas páginas resulten un documento muy valioso.

domingo, 29 de enero de 2012

Federico García Lorca



Pocas veces un escritor y un estudioso habrán estado, en la Historia, tan unidos como el granadino Federico García Lorca y el dublinés Ian Gibson. Y es de justicia que así sea porque, desde principios de los años 70, una gran porción de la labor investigadora de este hispanista se ha centrado en los avatares biográficos y literarios del más famoso de los poetas españoles del siglo XX. Ahora, la editorial Crítica nos ofrece, revisada y actualizada, la monumental propuesta en un volumen enorme de casi 1400 páginas donde podremos encontrar todos los datos que Gibson consiguió recabar a base de lecturas de libros, consulta de diarios personales, análisis de cartas, vaciado de periódicos de toda España, entrevistas a las personas relacionadas con su vida y con su muerte (en ocasiones, utilizando una grabadora oculta para que la fluidez de las revelaciones no se viera mediatizada por la cortapisa del pudor o el miedo), etc.

Algunos lectores que encuentren esta obra en las librerías pensarán que se trata de un volumen accesorio, porque todo lo esencial acerca de Federico García Lorca ya está dicho, publicado y repetido infinidad de veces. Pero les aseguro que no es así. En este millar largo de páginas pueden encontrarse, en la amena prosa de Ian Gibson, multitud de detalles acerca del poeta granadino que seguirán llamando la atención de quienes se decidan a visitar sus líneas. Que parte de su familia materna procedía de Totana (p.29); que Federico jamás pudo correr, porque tenía los pies planos y una pierna algo más larga que la otra (p.35); que sus compañeros de bachillerato lo ridiculizaban llamándole Federica (p.87); que fue amigo íntimo de Manuel de Falla, con quien llegó a acariciar la idea de escribir una ópera cómica conjunta (p.350); que el futuro cineasta Luis Buñuel se quedó noqueado cuando le llegaron rumores de la homosexualidad de Federico, que él quiso aclarar de una forma más bien abrupta (p.374); que hubo un joven escultor llamado Emilio Aladrén que, en 1928, provocó una desilusión amorosa de tal envergadura en el poeta granadino que lo impulsó a marcharse a América (p.564); que Federico llegó a salir como penitente enmascarado en la procesión que organizaba, en 1929, la cofradía de Santa María de la Alhambra (p.618); que entregó 50 folios manuscritos a Philip Cummings dónde explicaba lo que pensaba de las traiciones de algunos de sus antiguos amigos, como Salvador Dalí, indicándole que diez años después los destruyera si no se los había pedido antes (p.674); que colaboró con el murciano Ramón Gaya durante los años de la compañía teatral La Barraca (p.805); que aún no se ha estudiado del todo la relación que mantuvo con Rafael Rodríguez Rapún, «quizá el más hondo amor de Lorca» (p.884); que Federico cantó para Carlos Gardel, unos meses antes de la muerte del inmortal tanguista (p.919); que llegó a mantener una cierta relación con José Antonio Primo de Rivera, quien admiraba su labor como poeta, y que éste último llegó a coincidir con él en un restaurante, enviándole una notita escrita en una servilleta (p.971); o que, cuando el poeta ya había sido ejecutado, un fascista se presentó en la casa familiar granadina con una nota escrita por Federico donde se indicaba: “Te ruego, papá, que a este señor le entregues 1.000 pesetas como donativo para las fuerzas armadas”, chantaje indigno que revela muy bien el talante de cierta gentuza (p.1144). Que un escritor, fundamentalmente, ha de ser recordado por sus obras no es algo que deba ser repetido, por evidente; ni constituye sorpresa para nadie. Pero tampoco debería constituirla el hecho incontestable de que la biografía de algunos escritores de rango universal (Pablo Neruda, Ezra Pound, Antonio Machado) merece también un estudio detenido, porque los descubrimientos que se llevan a cabo en ella sirven (o pueden servir) para iluminar aspectos cruciales de la obra que el creador nos entregó a los lectores. Esta obra descomunal, minuciosa y diría que insuperable (en matices, quizá; en hondura, imposible) es un texto que no debemos dejar de leer. Aunque nunca se aclare dónde está el cuerpo de García Lorca, volúmenes como éste de Ian Gibson nos permiten conocer mucho mejor el alma del poeta.

miércoles, 14 de septiembre de 2011

El andar del borracho



A quien se le diga que un libro destinado a explicar los mecanismos que rigen el azar desde el punto de vista matemático y estadístico puede ser ameno, divertido y absorbente, pensará que le están tomando el pelo. Pero no es así. El andar del borracho es el título de esa obra, que publica en España el sello Crítica. Y Leonard Mlodinow (doctor en física por la universidad de Berkeley y guionista de éxito para la serie Star Trek) es su autor.
El proyecto que se marcó Mlodinow fue el de "ilustrar el papel del azar en el mundo que nos rodea, y mostrar cómo podemos reconocerlo en el funcionamiento de los asuntos humanos" (p.10), que es precisamente donde con más ahínco nos empeñamos en no verlo y en no reconocer su influencia. En efecto, como bien dice Mlodinow, nos gusta pensar que nuestros éxitos y nuestros fracasos obedecen a una especie de matemática exacta, que podemos controlar de alguna manera. Un buen equipo de fútbol obtendrá más victorias si contrata a los mejores jugadores; una empresa aumentará sus beneficios si está dirigida por un ejecutivo responsable; una película tendrá tirón comercial si su trama y actores son escogidos de manera escrupulosa... Pero aparece entonces Leonard Mlodinow y nos explica, desconcertantemente, que no es así. Que el azar interviene en cada parte del proceso a base de casualidades, imprevistos, giros inesperados, albures o chambas, y puede dar al traste con toda la organización racional que planifiquemos sobre el asunto. Y que por lo tanto el Barça o el Real Madrid no ganarán la Liga, Kevin Costner fracasará en su próximo largometraje o Bill Gates será desbancado de su trono en virtud de esos inesperados reveses aleatorios. O, para decirlo con una fórmula más literaria que técnica, esmaltada por el investigador: "La cuerda que ata la aptitud con el éxito es tan floja como elástica" (p.236).
Para explicar y convencer a los escépticos, Mlodinow aporta gráficos de todo tipo, razonamientos basados en teorías matemáticas y, sobre todo, disecciona un auténtico aluvión de casos concretos cuyas características desmienten lo que 'científicamente' confiaríamos que pasara. Además, nos cuenta la teoría estadística de que cuantos más fracasos acumulemos más cerca estaremos, paradójicamente, del éxito. Puro cálculo de probabilidades. Para ilustrarlo nos refiere que el primer manuscrito de Harry Potter sufrió nueve negativas de editores, que no consiguieron vencer la tenacidad de J. K. Rowling; o que un texto de John Grisham (Tiempo de matar) fue rechazado hasta por veintiséis editores, antes de ver la luz. Un buen caudal de anécdotas protagonizadas por Bruce Willis, la marca Coca-Cola, las obras completas de Shakespeare en serbio, la presentadora Oprah Winfrey o Marilyn vos Savant (la persona con el coeficiente intelectual más alto de la Historia) aumenta más aún los atractivos de este volumen que enriquece a sus lectores.

lunes, 20 de junio de 2011

Gabinete de curiosidades romanas



Constituye un buen motivo de reflexión, me parece, preguntarnos en qué medida las minucias o detalles residuales de la vida cotidiana pueden servir para hacernos una idea del mundo que las rodea. O dicho de un modo más directo: ¿puedo, conociendo anécdotas de la época napoleónica o del medievo burgalés, llegar a comprender mejor la Francia del siglo XIX o la España del siglo XIV? La pregunta, pese a lo que pudiera pensarse a bote pronto, no tiene una contestación demasiado fácil. Algunos historiadores consideran que hasta el hilo más insignificante sirve para entender el tapiz; otros, en cambio, juzgan la domesticidad como una fruslería prescindible, que estorba para la contemplación y la comprensión de los grandes dibujos sociales. Yo, que no soy historiador, reconozco que experimento un gran placer con la lectura de los libros anecdóticos de la Historia; es decir, con aquellos volúmenes que me aportan colores, truculencias, sonrisas, pasmos y esquirlas probablemente menores. Aprendo mucho de la sencillez. Más que de las mayúsculas.
Estos días he acabado de leer la obra Gabinete de curiosidades romanas, de James C. McKeown, que han traducido Juan Rabasseda y Teófilo de Lozoya para la editorial Crítica (Barcelona, 2011), y diré sin rodeos que he disfrutado lo indecible con ella, tanto por el rico anecdotario del que hace gala como por la amenidad peatonal que el autor ha elegido para comunicarse con sus lectores. Agrupadas en veintitrés capítulos temáticos (la educación, la medicina, los esclavos, el ejército, las letrinas, etc), las erudiciones se vertebran de un modo orgánico y transparente, ofreciendo a quienes visitan el tomo un espectáculo iluminador sobre diversos aspectos de la vida en Roma, algunos de los cuales sorprenden de una forma muy impactante.
Anotemos, como demostración, algunos de ellos... Para proceder al divorcio de su esposa, un ciudadano imperial tenía que limitarse a decir, en voz alta y ante testigos, la fórmula Tuas res tibi habeto («Quédate con tus cosas»). Para calmar el llanto o la desazón de los bebés inquietos era costumbre (lo atestigua Plinio) colocar estiércol de cabra en sus pañales. Para que los personajes eminentes que circulaban por la calle pudieran recordar siempre el nombre de las personas con las que se cruzaban por la calle, iban acompañados de un nomenclator, un esclavo de memoria prodigiosa que se los susurraba al oído. Para calibrar la valentía de un soldado se computaba el número de heridas y cicatrices que ostentaba en su pecho... o en su espalda. Para darse publicidad en época de elecciones, los candidatos ya fijaban carteles en los muros (en Pompeya se han conservado restos de más de tres mil). Para designar a una flor cuya raíz estaba formada por dos bolas, acudieron a la palabra orchís (testículo) y la llamaron orquídea. Para recoger los cereales de algunos latifundios inventaron una máquina cosechadora muy similar a las actuales, pero desecharon su uso casi desde el principio: les salía más rentable utilizar esclavos... Y así sucesivamente.También se nos explica en las documentadas páginas de este volumen que, según Artemidoro de Daldis (siglo II d.C.), «soñar que está uno muerto o que es crucificado anuncia al soltero que va a casarse» (el austríaco Sigmund Freud se hubiera asombrado con la simbología cazurra de esta imagen); o que no está muy claro que la suerte negativa para un gladiador se ejecutase con el pulgar hacia abajo; o que la medicina romana era capaz de ejecutar rudimentarias liposucciones (como la que alivió la extremada gordura del hijo de Lucio Apronio Cesiano, cónsul de Calígula); o que llevamos siglos refiriéndonos equivocadamente a Virgilio, pues su verdadero nombre era Publio Vergilio Marón... Un buen caudal de fotografías completa el tomo y nos permite formarnos una imagen mucho más completa de la romanidad, de la cual venimos: la asombrosa forma que le daban a los frascos de perfume (p.25); la existencia de bikinis entre las mujeres del siglo III d.C. (p.105); el manejo de muñequitos en los que ensartar agujas, al modo vudú (p.122); la impúdica disposición de sus letrinas públicas colectivas (p.257)... Con libros como el que hoy comento no sólo se aprende, sino que también se disfruta. ¿Y no es ése, en esencia, el espíritu de la divulgación?



lunes, 15 de diciembre de 2008

Las conversaciones privadas de Hitler



Dice el gallego Camilo José Cela en uno de sus libros que cuando Dios quiere que un hombre pierda el rumbo y camine a la deriva le regala confianza. Y la cita no puede ser más oportuna si hablamos de Adolf Hitler, aquel desquiciado que, aupado por la confianza loca e irresponsable de millones de alemanes (aunque escueza reconocerlo, es evidente que los genocidas necesitan anuencias y auxilios en su entorno), llenó Europa de sangre y terror.
Lo que mucha gente no sabe es que el austríaco Adolf Hitler fue, durante varios años, objeto de una curiosa experiencia psicológico-documental: se tomaban de forma taquigráfica todas las conversaciones informales que mantenía con sus allegados y luego, bajo la supervisión personal de su secretario Martin Bormann, esos folios (que llegaron a superar el millar) se depositaban en un lugar seguro con el fin de que los avatares de la guerra no los mancillaran. Son las que ahora se conocen como «Bormann-Vermerke», que acaba de editar en España la editorial Crítica gracias al esfuerzo conjunto de cuatro traductores: Alfredo Nieto, Alberto Vilá, Renato Lavergne y Alberto Clavería. En este mastodóntico volumen podemos ver cómo Hitler no deja títere con cabeza: de los suizos opina que «en el mejor de los casos podremos utilizarlos como hoteleros»; de los rusos afirma que «más vale no enseñarles a leer»; de los norteamericanos marmoliza que «no hay nada más tonto» que ellos; a los españoles nos juzga «una banda de andrajosos»; y así sucesivamente. Nada le parece admirable en pueblo alguno, salvo en el alemán. Y cuando encuentra algo que le parece digno de ser reseñado en un personaje ajeno a la tradición germánica, no tarda en asimilarlo, a despecho de cualquier rigor histórico («Jesucristo era ario», afirma en la página 115).
El historiador Hugh Trevor-Hoper, en la página XXVII del prefacio con el que se abre el tomo, lo resume a la perfección: «Inglaterra, América, India, el arte, la música, la arquitectura, la astronomía, la medicina, san Pablo, los faraones, los macabeos, Juliano el Apóstata, el rey Faruk, el vegetarianismo de los vikingos, el sistema de Ptolomeo, la edad de hielo, el shintoísmo, los perros prehistóricos, la sopa espartana; no había materia sobre la que, aunque ignorante, Hitler no estuviera dispuesto a dogmatizar». Es cierto. Y no sólo sobre esos temas: también lo hace sobre la inutilidad de las mujeres en política (página 200), sobre la beatería de la mujer de Franco (página 552) y sobre mil asuntos más, tan variopintos como curiosos. Los lectores de este copioso volumen podrán comprobarlo cuando se acerquen a sus páginas.En resumen, estamos ante un cúmulo de rencores, disparates y soflamas que revelan de forma cristalina el cieno mental de este desequilibrado que controló la vida y la muerte de millones de personas. Para no perdérselo.