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viernes, 15 de noviembre de 2019

La isla de Nim




Un niño es siempre una isla, un espacio virgen que se defiende del mundo rodeándose de un agua especial, aislante. De ahí que los niños sean los grandes imaginativos, los grandes constructores de mundos paralelos; y de ahí también que los autores que se han ocupado de escribir para ese público (Tolkien, Lewis, Rowling) hayan intentado convertir en protagonistas de sus historias a niños que, con la fuerza de su mente, con el músculo de su fantasía, han edificado grandes aventuras. Narnia o la escuela mágica de Harry Potter pueden ser dos ejemplos bien conocidos.
En La isla de Nim, de Wendy Orr, que publica Edelvives en la traducción de Herminia Bevia y con ilustraciones de Kerry Millard, se repite el procedimiento. Su protagonista es una niña que vive en una isla (no metafórica, sino real) con su padre, un investigador que, a causa de una tormenta, acaba perdido en el mar. Entonces la muchacha, auxiliada por tres amigos muy especiales (un león marino, una iguana y una tortuga), decide que no va a rendirse, y que pondrá todo de su parte para rescatar a su padre. ¿El modo de lograrlo? Pues su única idea pasa por el correo electrónico, mediante el cual se comunica con Alex Rover, un intrépido protagonista de novelas de aventuras… que en realidad es una escritora de éxito, huraña e introvertida.
Cuando Nim consigue que Alex Rover se interese por su situación y se implique en ella comienzan a suceder las auténticas aventuras de este libro, que se puede completar con la versión cinematográfica protagonizada por Jodie Foster.

martes, 21 de abril de 2015

El laberinto de la rosa



Cualquiera que coja en sus manos el libro El laberinto de la rosa, de Titania Hardie, publicado por Suma de Letras en la traducción de Luisa Borovsky, podrá pensar tres cosas diferentes: si se deja influenciar por el color de la portada y las flores que adornan la parte superior del volumen, creerá que tiene entre las manos una novela rosa, como las de Barbara Cartland; si se fija en la parte inferior y observa el laberinto que hay dibujado pensará que se enfrenta a la típica historia de esoterismo barato (de las que tanto abundan en las dos últimas décadas, no se sabe muy bien por qué); y si lee las dos líneas promocionales que subrayan el nombre de la autora (“Un enigma por descifrar, un legado por desenterrar, un corazón por curar”) enarcará las cejas, sospechando que está a punto de tragarse una narración grandilocuente y más bien pastelosa. Pero se equivocará si deja el tomo.
Y se equivocará porque la novela de Titania Hardie es francamente buena. Hay en ella, no puede negarse, recursos de novela efectista: muertes para las que al principio no se encuentra explicación, misterios que se camuflan en laberintos, especulaciones sobre personajes enigmáticos (como la “dama oscura” de los sonetos de Shakespeare, cuya posible identidad se analiza en la página 356)... Pero también hay interesantes y profundas reflexiones sobre la condición humana (es delicioso el personaje de Lucy, la joven a quien han trasplantado un corazón y experimenta la doble zozobra de enamorarse de su médico y de comenzar a sentir cosas extrañas en su organismo y en su mente), citas de Coleridge, aproximaciones documentadas a las actividades alquímicas de John Dee, cábalas sobre el Tetragrama (YHVH, las cuatro letras que esconden o acaso revelan el nombre auténtico de Dios), estupendos diálogos de amor, saltos temporales que nos llevan desde el siglo XVII hasta el siglo XXI, reflexiones sobre mitología o sobre las aportaciones científicas de sir Isaac Newton... Un arsenal de imanes narrativos que, al contrario de lo que ocurre en otras novelas del género, están bien conjuntados, sabiamente armonizados y, sobre todo, muy bien escritos.

Así que cuando nada más abrir el libro nos enteramos de que una madre lega en su testamento a su hijo Will un misterioso documento y una pequeña llave de plata; y cuando descubrimos que Will muere en un súbito accidente; y cuando vemos que su hermano Alex, médico inmunólogo, toma las riendas del asunto (no acaba de creerse el carácter accidental de la muerte de Will)... no nos resistamos al hechizo. Dejémonos llevar por el flujo de la narración y demos la mano a sus protagonistas para que nos conduzcan por un mundo de fantasía, arcanos misteriosos y claves ocultas. Quien lo haga gozará como un auténtico crío. ¿Y qué se espera de una novela de aventuras sino eso?

viernes, 11 de julio de 2014

Inquietud



Cuando están heridas, cuando se ven incapaces de soportar por más tiempo el dolor que transportan en el alma, muchas personas entienden que la familia se puede convertir en un mecanismo de curación. O, al menos, en un refugio en el que recuperar fuerzas. Un pequeño palacete en la campiña francesa, donde vive su anciana madre, es el hogar al que vuelven los dos hijos de la propietaria, que han sufrido angustias indecibles en los últimos tiempos. Olivia se presenta con un brazo escayolado y sus dos hijos, un niño y una niña. Tiene, después de haber convivido durante años con su marido, “la blanca planicie de su espalda cubierta de viejas contusiones ya amarillentas” (p.16). Su madre siempre sospechó que aquel hombre no le convenía, pero ella no escuchó sus recomendaciones. Ahora lo reconoce: “Me he casado con un animal” (p.22). Por el otro lado tenemos a su hermano Marcus, casado con Sophie y que, después de muchos intentos para tener descendencia, han conseguido que les nazca una niña, Alice. Pero ha nacido muerta y ambos están destrozados. Sobre todo la madre, que parece haber enloquecido y no quiere que entierren el cuerpo de su pequeña (lo lleva encima todo el día y lo guarda por las noches en el congelador).
Durante unas jornadas, todos convivirán en el palacete en medio de miradas de extrañamiento, viejos rencores nunca oxidados, habitaciones antiguas y algunas palabras que se callan pero suenan en las cabezas. También aflorarán no pocos secretos (la preocupación que tiene Olivia de que su madre no desherede a sus hijos, aunque a ella la odie; la existencia de una amante de Marcus, con la que se comunica por teléfono; etc), que irán matizando y complicando las horas de la convivencia... Por fin, cuando los hijos de Olivia se suban en un bote y, en medio del lago, descubran que éste hace aguas y comienza a hundirse, todo cobrará un sentido nuevo.

Con menos de un centenar de páginas, esta novela de la joven australiana Julia Leigh (que traduce Cruz Rodríguez Juiz para el sello Mondadori) ejerce sobre el lector un hechizo casi magnético, que la vuelve inolvidable.

sábado, 19 de abril de 2014

La habitación de invitados



La vida, nuestra vida, toda vida, puede dar un vuelco radical sin que nos demos cuenta. Es lo que le ocurre a una escritora llamada Helen cuando, sin pensar en las consecuencias que tendría su decisión, admite hospedar en su casa durante tres semanas a su amiga Nicola, que está enferma de cáncer y que viene a Melbourne para someterse a una terapia alternativa contra la enfermedad. Su aspecto físico es terrible, y las secuelas del absurdo tratamiento (inyecciones de vitamina C, ventosas, enemas con café ecológico) no hacen sido erosionar su organismo y sumirla en temblores, fiebres y oleadas de sudor. Helen acepta el reto con estoicismo y abnegación, cambiando las sábanas de su amiga, actuando de sirvienta, preparando sus comidas y limpiando sus residuos. Pero poco a poco la situación se va volviendo insostenible: Nicola se niega a admitir que los métodos del Instituto Theodore son tan fraudulentos como carísimos, y desea que su amiga participe de su entusiasmo (“A mediados de la semana que viene la vitamina C habrá expulsado esta maldita enfermedad. De verdad, necesito que tú también lo creas”, p.53); pero Helen, más pragmática y menos ilusa, roza la desesperación, llegando a increpar a su amiga por su egoísmo (“Quieres seguir adelante con esta farsa, por eso me echas tu mierda encima. Estoy harta. No puedo respirar”, p.112).
En esta novela deliciosa y terrible asistiremos al choque de dos personalidades muy distintas, aunque obligadas a convivir en el espacio claustrofóbico de una casa con un invitado abrupto: el cáncer. ¿Cómo reaccionaríamos nosotros si nos viésemos en el trance de tener que ayudar a una persona cuyas ideas chocan con las nuestras? ¿Admitiríamos que tiene derecho a entusiasmarse con algo que a nosotros nos parece una falacia y un timo? ¿O, por el contrario, querríamos a toda costa imponerle nuestras opiniones e ideas?

Esta magistral novela de la australiana Helen Garner (Geelong, 1942) ha sido traducida al español por Isabel Ferrer Marrades y, según consta en la solapa, es la primera muestra novelística de su autora que aparece en España. Qué feliz decisión ha tenido la editorial Salamandra de incorporarla a su catálogo.