Mostrando entradas con la etiqueta Shakespeare William. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Shakespeare William. Mostrar todas las entradas

sábado, 7 de febrero de 2026

Otelo

 


Resultaría absurdo que intentase resumir la obra Otelo, de William Shakespeare: sus pormenores argumentales son tan conocidos que me vería obligado a incurrir en el ridículo. Resultaría igualmente absurdo que intentase decir algo original o innovador sobre ella, porque los ríos de tinta que ha suscitado desde 1600 conforman un auténtico Amazonas: mis pretenciosas gotitas ni serían advertidas. Pero resulta que he leído este drama por quinta vez (la primera, en 1987; la última, ayer) y no me canso de visitarla. Qué escalofríos. Qué trama inquietante. Qué telaraña pegajosa la que urde Yago, donde ningún hilo queda al albur. En principio, se escuda en el odio que siente por el general Otelo porque cree que “ha montado” a su esposa Emilia (rencor que amplía a Casio porque, según manifiesta en la escena I del acto II, juzga que también el teniente lo ha hecho), pero la manera en que desdeña a su mujer nos deja bien claro que se trata de otra cosa: nadie despliega tan macabra escenografía (todos parecen marionetas en sus manos) por una persona que, bien claro resulta en las escenas finales, le importa tres pitos. En su opinión, todas las mujeres son unas furcias, incluida la suya.

William Shakespeare, con la habilidad diabólica de quien conoce muy bien el espíritu humano, construye un ser demoníaco, jánico, inescrupuloso, que juzgo el más aterrador de los suyos, porque atesora tanta maldad como inteligencia, tanto veneno como astucia, tanta sagacidad como gelidez de ánimo. Yago dirige un circo con media docena de pistas, y en cada una de ellas organiza, diseña y manipula a un personaje. Es capaz de mantener todos los platillos girando, como un equilibrista maléfico e infalible. De ahí que, a pesar de su condición totalmente nauseabunda, fascine y encandile. Es el protagonista absoluto de la obra. El dios oscuro y taimado que susurra en los oídos de todos, que emponzoña todos los corazones; y que lo hace, además, fingiendo lealtad y cariño indesmayable.

No me cabe duda de que esta pieza se encuentra a la altura de Hamlet. Y tampoco me cabe duda de que volveré a leerla dentro de unos años, si sigo vivo.

jueves, 22 de enero de 2026

Antonio y Cleopatra

 


Vuelvo hasta las páginas de William Shakespeare, para que recree ante mí los tumultuosos amores entre Marco Antonio y la reina Cleopatra. Y, como siempre hago cuando me enfrento a una obra del Bardo, algunas secuencias las repito en voz alta, tras haberlas leído en silencio. La sonoridad que logra el profesor Ángel-Luis Pujante en su traducción, desde luego, ayuda mucho.

Ocioso resultaría detallar los pormenores históricos del drama, porque resultan sobradamente conocidos. Lo importante es la condición visceral y volcánica de estos amores, que Antonio alimenta en su corazón pese a que su cerebro lo lleve hasta la boda con la hermana de César (“Aunque esta boda me dé paz, mi placer está en Oriente”). Romano y egipcia se atraen, se inflaman, se buscan, se aman, se vuelcan; ambos se dejan llevar por la fogosidad de una pasión que los lleva al arrebato, a los celos, al incendio íntimo, incluso a la cólera (cuando se sospechan engañados por el otro). Y ese torrente de emociones, gracias al Cisne de Stratford, se convierte en unas secuencias dramáticas inolvidables, donde las palabras y la sangre se funden de manera prodigiosa.

Las escenas finales, en las que la soberana egipcia decide administrarse la muerte para no ser exhibida por César como botín de guerra, son de una belleza trágica conmovedora, que conviene leer en un silencio reverencial.

Eric Clapton no lo sé, pero William Shakespeare sí que era Dios.

miércoles, 28 de abril de 2021

Historia de Cardenio

 


Intentemos recordar su título (Historia de Cardenio), porque como de forma muy atinada indica el editor José Esteban nos encontramos ante “uno de los últimos descubrimientos bibliográficos más apasionantes del siglo XX”. Se trata de una pieza literaria que, inspirada en la novela inmortal de Cervantes, fue estrenada en Inglaterra en 1613, firmada por William Shakespeare y uno de sus colaboradores más brillantes, John Fletcher. Durante muchísimo tiempo anduvo perdida, hasta que el profesor Charles David Ley logró recuperarla. ¿Y quién tuvo el acierto de publicar esa joya, justo después de que la Royal Shakespeare Company certificase su autenticidad? Pues el sello Rey Lear.

Para quienes no guarden memoria de la historia cervantina, recordaré que don Fernando, un noble aficionado en demasía a las mujeres, arrebata la virtud a Dorotea. Y, lejos de reparar el daño causado mediante el lenitivo del matrimonio, elige como nueva presa a Luscinda, la dama de uno de sus hombres de confianza, Cardenio. ¿Se arredrará el lascivo personaje ante tamaño impedimento? ¿Juzgará que bien vale la amistad de Cardenio un poco de prudencia y contención? ¿O se dejará guiar por sus apetitos sexuales y arrasará con todo: el honor de su padre, el duque don Ricardo de Aguilar; la tolerancia de su afligido hermano don Pedro; el respeto de quienes lo rodean?

Descúbralo el lector en estas páginas vibrantes y brillantes, donde lucen los rubíes de Shakespeare sobre el metal áureo de John Fletcher, sin que en ningún instante tengamos la sensación de estar leyendo una pieza menor.

domingo, 31 de marzo de 2019

Romeo y Julieta




Releo (por quinta vez) la tragedia Romeo y Julieta, de William Shakespeare, en la traducción de José María Valverde, y vuelvo a sentir que las líneas del Bardo me atraviesan y me impregnan. A la vez, me queda un poso melancólico, porque soy consciente de que no volveré a ella: a pesar de su bellísima factura, creo que cinco lecturas en treinta años es un homenaje más que suficiente. Me quedan tragedias y comedias de Shakespeare que he apurado con menos fruición y que esperan su turno.
Sigo encandilado (me ocurrió desde la primera lectura) con el príncipe Paris, “un caballero de noble familia, de buenas maneras, joven y bien educado, rebosante, como quien dice, de cualidades honorables, tan buena proporción como uno puede desear en un hombre” (acto III). Quizá resulte blasfemo afirmar que me parece más representativo del amor puro que el propio Romeo, a quien le cuesta un par de minutos desprenderse de la profunda pasión que sentía por Rosalina (“He olvidado ese nombre, y el dolor de ese nombre”, le espeta a fray Lorenzo al ser preguntado por la muchacha) y que apenas necesita otros dos para prendarse arrebatadamente de Julieta. Paris, en cambio, ofrece su corazón a la hija del Capuleto y se entrega emocionalmente a ella hasta el último de sus suspiros: es más fiel y más honesto.
Descubrimos en las páginas de esta obra lo que es el amor (“Es un humo que sale del vaho de los suspiros; al disiparse, un fuego que chispea en los ojos de los amantes; al ser sofocado, un mar nutrido por las lágrimas de los amantes, ¿qué más es? Una locura muy sensata, una hiel que ahoga, una dulzura que conserva” (acto I), lo inoportuna que puede llegar a ser la compasión (“La misericordia no hace más que asesinar al perdonar a los que matan”, acto III) y la ridiculez que puede observarse en un pedante (“Un caballero que gusta de oírse hablar y que habla en un minuto más de lo que escucha en un mes”, acto II).
Una vez más (y siempre), muchas gracias, Maestro.

lunes, 4 de marzo de 2019

Julio César




Releo el drama Julio César de William Shakespeare, en la traducción de José María Valverde. No recuerdo si, hace veinte o veinticinco años, lo leí en la misma traducción. Quizá fue en otra. En todo caso, qué excepcional es siempre el cisne de Avon, qué majestad escénica, qué hervor de palabras y de emociones, de qué singulares recursos disponía. Te conmueve explicándote el modo en que Bruto se une a los conspiradores que desean acabar con la vida de César, sin necesidad de pactos verbales explícitos (“Que juren las personas de quienes no se fían los hombres, pero no manchéis la lisa virtud de nuestro empeño ni el incontenible valor de nuestro espíritu pensando que nuestra causa y nuestra ejecución necesitan un juramento”); te conmueve explicándote de qué forma decide Julio acudir al Senado, soslayando los temores de Calpurnia (“Los cobardes mueren muchas veces antes de su muerte, y los valientes jamás prueban la muerte más de una sola vez”); te conmueve explicando con pocas palabras la justificación asesina de sus victimarios (“El que te quita veinte años a la vida, quita otros tantos de temer a la muerte”); y te conmueve, sobre todo, con el increíble discurso funeral de Marco Antonio, modelo de oratoria y de convicción que puede (y debe) ser leído dos, tres, diez veces, en silencio y en voz alta.
Todo en Shakespeare es fulgor y maravilla. Todo es grandeza. Jamás sufrirá la mordedura del tiempo, porque él fue la Palabra.

miércoles, 8 de agosto de 2012

Mucho ruido y pocas nueces



Me resulta imposible, durante la relectura de Mucho ruido y pocas nueces, no ir superponiendo a cada parlamento de Benedicto, Beatriz, don Pedro o don Juan, los rostros de Kenneth Branagh, Emma Thompson, Denzel Washington o Keanu Reeves, porque la versión cinematográfica que se hizo de esta pieza en el año 1993 me produjo una impresión indeleble. En pocas ocasiones, creo, el espíritu de una comedia de Shakespeare ha sido tan bien entendido y tan deliciosamente respetado como ahí. Y en pocas ocasiones el dramaturgo inglés produjo una comedia más brillante y variada: amores espontáneos (como los de Claudio y Hero), amores inducidos (como los de Benedicto y Beatriz), rencor (el bilioso don Juan), muerte fingida, misoginia, juegos de palabras, lealtad, máscaras, música, bailes, traición... Todo un cosmos sutilmente orquestado, que se lee con un infinito gusto y con desbordante admiración.
Me quedo también con una frase que no aparece en la película pero que revela el talento de Shakespeare para construir palabras hermosas sobre ideas banales. Ante las confusas explicaciones que le están dando Claudio para justificar su amor por la casta Hero, el príncipe de Aragón sonríe y asevera: "¿Qué falta hace un puente más ancho que el río?" (Acto I, escena I). Por fortuna, William Shakespeare se tomó la molestia de construir, dramáticamente, los puentes más hermosos del mundo.

viernes, 3 de agosto de 2012

El mercader de Venecia



Siguiendo el consejo de Pedro Quílez, me releo esta pieza de Shakespeare, que siempre ha estado entre mis favoritas. La leí por primera vez cuando Ernesto Sabato me hizo reflexionar sobre su título. ¿Por qué la siguen traduciendo (se preguntaba el maestro argentino) por El mercader de Venecia, en lugar de elegir la forma más sencilla El comerciante de Venecia? Pues eso.
Y me perdonarán los bienpensantes, pero a mí es que Shylock me cae hasta bien. Cierto que peca de rigor, y que William Shakespeare se ve obligado a cargar las tintas ridiculizando su amor al dinero, pero creo que en el fondo la razón le asiste. En varias ocasiones (como en la primera escena del tercer acto) defiende que un judío y un cristiano no son diferentes entre sí, ni humana, ni psicológica, ni socialmente. Y si el segundo exige siempre que los contratos mercantiles se cumplan y que la ley se aplique, ¿por qué no debería hacerlo el primero? Antonio ha firmado motu proprio un contrato de préstamo en el que pone como garantía una libra de su carne. Nadie lo obligaba. Ha firmado por su propia voluntad. Y lo ha hecho ante Shylock, al que lleva años insultando en público, llamándole infiel y perro judío. Ahora, el usurero tiene los ases en su mano... y los aprovecha ("Tú me llamaste perro sin motivo, pero ya que soy perro, alerta a mis colmillos", acto III, escena III). ¿Quién se lo podría reprochar? Él no empezó la lucha. Y parece chocante que, siendo víctima de burlas e insultos, ahora se le pida amnesia y bonhomía. A mí, ya digo, me sale darle la razón. Pedirle a la víctima que perdone siempre se me ha antojado oportunista, hipócrita y sospechoso.
Por lo demás, la brillantez shakespeareana de siempre: sentencias donde el rigor y el humor se aúnan ("Si la Fortuna es mujer, debe de ser una buena puta"), interesantes afirmaciones ("Las cosas de este mundo con más brío se buscan que se gozan"), aseveraciones para detenerse a pensar ("En la religión, ¿no hay herejías que alguna mente seria bendice y ratifica con un texto, escondiendo la infamia con adornos?") y, empapando todas las páginas de la comedia, la lengua bellísima del autor inglés, que sube al cielo de la perfección con una frecuencia anonadante. Una de sus mejores producciones, sin duda.

miércoles, 1 de agosto de 2012

La doma de la fiera



Nadie sabe qué pensarán de nosotros, de nuestras actitudes y de nuestros valores, las generaciones futuras. Y es que si alguna lección se puede extraer del devenir de la Historia es que nada resulta eterno o perfecto en las conductas humanas. Quienes creían que la esclavitud era legítima chapotean hoy en el descrédito; quienes pregonaban la necesidad de que los religiosos gobernasen el pensamiento social hoy son fósiles risibles; y quienes se sumaban a la idea de que la mujer era criatura inferior al hombre y que, por tanto, le debía obediencia y sumisión no se nos antojan sino tarugos anticuados, retrógrados y dignos de mofa.
En este último bloque habría que incluir al William Shakespeare que escribió La doma de la fiera, un divertimento cómico de larga tradición medieval (recordemos al infante don Juan Manuel y su obra El conde Lucanor) en el que se nos presenta la operación de "adiestramiento" que Petrucho ejercita sobre la bella pero temperamental Catalina, hasta "suavizarla" y reconducirla al redil canónico. La que comenzó como dama lenguaraz, misándrica y violenta, acaba por encontrar en el veronés Petrucho la horma de su zapato, hasta el punto de que en la escena V del cuarto acto accederá a admitir que es la luna lo que está viendo brillar (siendo el sol) o que tiene ante sus ojos a una linda señorita (cuando se trata de un anciano), sólo porque su esposo así lo afirma. Y de sus labios se escucha al final de la obra uno de los discursos más bovinamente machistas que el cisne de Stratford-upon-Avon urdiese.
Es muy complicado leer hoy en día esta pieza sin sentir la enorme carga del prejuicio sobre los hombros. Quizá sea imposible pedirle más a un drama de finales del siglo XVI que, además, debía ganarse el favor del público de la época.

domingo, 29 de julio de 2012

La comedia de los errores




El tema de los gemelos, de los dobles, de las confusiones de identidad, ha dado un productivo juego tanto en el mundo del cine y la televisión como en el mundo del teatro, desde Plauto para acá. William Shakespeare, que para Samuel Johnson era ante todo un escritor de comedias, no se resistió a ensayar su propia versión del asunto y nos presenta en La comedia de los errores (o de las equivocaciones, que de ambas formas se suele traducir) un doble equívoco: dos hermanos gemelos de noble linaje (Antífolo de Éfeso y Antífolo de Siracusa) que, con sus respectivos criados, igualmente gemenos (Dromio de Éfeso y Dromio de Siracusa), resultan separados en la infancia y se reencuentran en la madurez, originándose una serie de divertidas confusiones matrimoniales, amistosas y económicas que, aderezadas con algunas palizas jocosas, hacen las delicias del lector o el espectador.
También lo hacen algunas hipérboles tan estrafalarias como simpáticas. Estoy pensando especialmente en la segunda escena del acto tercero, cuando Dromio de Siracusa retrata las excesivas carnes de una mujer y asegura que "es esférica, como un globo. He descubierto en ella países". Pero Shakespeare, que para eso era un genio, tampoco se olvida de incluir en la pieza algunos segmentos mucho más trascendentes, como esa conversación que mantienen Adriana y Luciana al comienzo del segundo acto (que debería ser lectura predilecta para feministas y hombres reflexivos), en la cual se cuestiona la legitimidad de que los varones gocen siempre de más libertad y prerrogativas que las mujeres. Inteligencia, humor, reflexión y amenidad unen sus dedos en esta comedia memorable.

miércoles, 18 de julio de 2012

Los dos caballeros de Verona




Escrita en 1592-1593, esta pieza de amores cruzados, traiciones súbitas y amistades inquebrantables revela que William Shakespeare aún no dominaba, con la solvencia que desplegaría en años posteriores, las sutilezas de los cambios psicológicos. Sirva un ejemplo: a los treinta segundos de conocer a Silvia, Proteo declara ígneamente que ya no ama a su prometida Julia, sino a ella (acto II). Sirva otro más: cuando Valentín descubre que Proteo ha recurrido al engaño, la vileza y la traición para arrebatarle a Silvia le afea su conducta, él le pide perdón y Valentín concluye: “Entonces, todo está olvidado y confío nuevamente en ti” (Acto V). Giros demasiado bruscos que, salvo que seamos unos lectores de tragaderas muy anchas o unos espectadores de elástica indulgencia, no habremos de creer.
Pero luego, obviamente, está el lenguaje shakespeareano, la maravilla de su música verbal, sus deliciosas imágenes (Valentín declara que, por haber merecido el amor de su dama, se siente “tan rico como si poseyera veinte mares”, acto II), y todo queda empapado de hermosura, y los matices más torpes son perdonados, y se aplaude. En Los dos caballeros de Verona aún no está todo Shakespeare, pero empieza a vislumbrárselo. Y eso, hablando del mayor genio literario de todos los tiempos, ya es mucho.

domingo, 4 de marzo de 2012

Sueño de una noche de verano




Resulta curioso e ilustrativo preguntarse de quién nos enamoramos. ¿De la persona que exactamente estaba destinada para unirse a nosotros? ¿De alguien a quien conocemos de un modo casual y que se convierte en imprescindible en virtud de azares concatenados? Hay quien sostiene que la ceremonia del amor tiene mucho de mágica y poco de estratégica, pero no está de más formularse este interrogante a modo de ejemplo: si soy de Cuenca, ¿qué posibilidades hay de que el amor de mi vida sea de Melbourne; y cuántas de que sea conquense? O formulado de un modo más directo: ¿nos enamoramos o elegimos? ¿Se van nuestros ojos detrás de la persona única, perfecta y predestinada; o más bien escogemos la mejor opción, lo más seductor y apetecible... de cuanto vemos y nos rodea?
El inmenso, el genial, el prodigioso William Shakespeare, que algo sabía de amores y algo sabía también del espíritu humano, nos entregó en las páginas de Sueño de una noche de verano una interesante reflexión sobre estas cuestiones, que ahora refrescamos en la edición que el sello Cátedra acaba de publicar, en un magnífico volumen bilingüe que traducen con interesante aparato de notas los profesores Vicente Forés López, Jose Saiz Molina y Virginia Analía Soprano Manzo, habituales colaboradores de la Fundación Shakespeare de España. La pieza no es, desde luego (dejemos asentada esa premisa), una de las obras capitales del genio de Stratford; no forma parte de ese elenco sublime donde brillan con luces propias El rey Lear, Hamlet, Otelo o Macbeth. Pero tampoco conviene olvidar que incluso una comedia mediana de William Shakespeare atesora tal cúmulo de primores que su lectura es siempre enriquecedora y recomendable. Es lo que ocurre con este anómalo Sueño de una noche de verano. En sus páginas nos encontramos con la ira tremebunda de Oberon quien, a causa de una disputa pendiente de resolución con Titania (reina de las hadas del bosque), decide ejecutar una venganza más bien extrema y aparatosa: con la ayuda de Puck, su duende favorito, verterá cierto jugo de flores sobre los ojos de la reina y provocará que ella se enamore del primer ser con el que se encuentre a la hora de despertar. Al mismo tiempo, de forma paralela, se desarrollan otras líneas argumentales que confluyen con la anterior: la boda que va a celebrarse entre el duque Teseo e Hipólita; los ensayos teatrales, tan bienintencionados como ridículos, de unos lugareños que quieren representar la fábula de Píramo y Tisbe en dicha boda; las disputas de amor que se establecen entre Demetrio, Hermia, Lisandro y Helena; etc.
Como es lógico suponer, la mayor fuerza cómica de la pieza de William Shakespeare reside en los enredos que se derivan de la equivocación de Puck (el cual vierte el jugo mágico en los ojos de quien no debe) y en la hilarante circunstancia de que la altanera y hermosa reina Titania caiga rendida de amores ante un zopenco pueblerino que, además, lleva encasquetada en la cabeza una máscara de burro. Y la mayor intensidad lírica y literaria es posible localizarla en las conversaciones de amor y desamor que nutren los actos II y III, sobre todo con la actitud de Helena, que se humilla lastimosamente para merecer el cariño de un glacial Demetrio. Desde hace años, el Instituto Shakespeare, donde tiene papel principal el profesor Manuel Ángel Conejero, traduce, prologa, estudia y anota con admirables resultados las obras del dramaturgo inglés más brillante y enigmático de todos los tiempos. Fruto de esa dedicación han sido las ediciones de Otelo, Macbeth, Romeo y Julieta, El mercader de Venecia, Noche de Reyes o La tempestad, todas ellas editadas para el público español por el sello Cátedra, en volúmenes de escaso precio y altísimo primor. Hacerse con esta colección es una de las apuestas más inteligentes y fructíferas que podemos realizar de cara a nutrir nuestras bibliotecas. William Shakespeare estaría en cualquier listado de los diez mejores escritores de todos los tiempos. Incluso en un listado de los cinco mejores de todos los tiempos. De ahí que poseer y leer sus obras sea un privilegio, que con libros como éste es muy fácil lograr. No desperdicien la ocasión de comprobarlo.