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viernes, 16 de mayo de 2025

Pasiones

 


Un continuo bombardeo de extremidades aturdirá a la persona que se sumerja en las páginas de este libro: amantes que se golpean, que ingieren o administran venenos, que se aman y odian ferozmente, que incurren en la anorexia o las drogas, que escriben cartas delirantes, que se buscan y se repelen… La primera reacción será quizá el asombro, pero conviene recordar, ante cada uno de esos arqueamientos de cejas, el título que Rosa Montero fijó al principio del volumen: Pasiones. No estamos hablando de amores convencionales o moderados, sino de auténticas cascadas de arrebatos, brillos e infortunios. Esa es la esencia del tomo. Y a fe que la autora consigue su propósito de forma excelente.

Sentados cómodamente en nuestra butaca, nos enteramos de que los duques de Windsor vivieron una relación de pareja altamente egocéntrica, barnizada de lujos y extravagancias (sus perros comían en recipientes de plata, ella se obstinaba en que un sirviente le planchase los billetes porque le gustaba que crujieran, etc.), lo cual, en un mundo en guerra como el que estaban viviendo, mostraba su “desdén feudal por la pobreza”. Además de que pasaban secretos de Estado británicos a destacados políticos alemanes, claro. Nos enteramos también de la tormentosa relación entre el iracundo y misógino Tolstói y su esposa Sonia, a la que llevó por la calle de la amargura durante décadas. Y de las enrevesadas tribulaciones políticas y eróticas que debió de soportar la reina Juana (que no estaba loca) con su marido Felipe (que no era hermoso). Y de la devastación que sacudió a Oscar Wilde por las veleidades y mezquindades de lord Alfred Douglas, que lo manipuló y utilizó como un muñeco. Y del amor volcánico, violento, que se profesaron los actores Richard Burton y Elisabeth Taylor, lleno de derroches, drogas y caracteres enfrentados. Y de la historia rocambolesca, llena de lujos, complejos y mentiras publicitarias, que rodeó a Juan Perón y su esposa Eva (quien terminó embalsamada y convertida en objeto de adoración por sus seguidores). Y del mutuo apoyo que se prestaron Robert Louis Stevenson y Fanny Vandegrift y que concluyó en Samoa, alejados del mundo europeo, cuyo clima erosionaba la salud del escritor. Y de que Arthur Rimbaud (quien de joven “era tan hermoso que cortaba la respiración”) y Paul Verlaine vivieron una feroz relación destructiva, en la que ambos se degradaron y llegaron a frecuentar los arrabales de la locura. Y que Marco Antonio (“un mequetrefe”) vivió una tórrida pasión con Cleopatra, que fue una mujer de gran talento político y gran ambición imperial. Y que John Lennon, la emperatriz Sissi, Mariano José de Larra, Lope de Vega o Amedeo Modigliani vivieron también otras experiencias eróticas tan rocambolescas como fascinantes.

Con una estupenda documentación y, sobre todo, con una prosa magnífica, Rosa Montero nos permite conocer más y mejor a estas grandes figuras apasionadas de la historia.

sábado, 8 de febrero de 2025

Historias de mujeres

 


Me adelantaré a una posible objeción: no, no me canso de leer obras donde se reivindica a aquellas mujeres valiosas a las que la crueldad de su tiempo condenó al olvido. Y no me canso porque ellas tampoco se cansaron de luchar para ser escuchadas, y nadaron a contracorriente, y se llenaron de heridas, y dejaron su obra como testimonio. Por esa razón, mi blog acoge con infinita gratitud algunos libros de Tània Balló, Ángeles Caso o Rebecca Solnit que, aparte de estar muy bien escritos, me han ido abriendo los ojos sobre una situación intolerablemente dilatada en la Historia. Hoy doy cuenta de otro de esos volúmenes, escrito por Rosa Montero y titulado Historias de mujeres. Vuelve a ser una lectura amena, reveladora y documentada, donde la escritora madrileña elabora un trabajo en el que son analizadas algunas mujeres cuyas contribuciones o temperamentos las convierten en singulares, sin que eso las libere de algunas torpezas, errores o incluso mezquindades (“Esta obra es todo lo contrario a un catálogo hagiográfico de mujeres perfectas. Nunca deseé hacer tal cosa”).

En sus páginas nos encontramos con Agatha Christie, maniática del orden, que se manifestó en su afición continua por las novelas “geométricas”, donde todo guardase equilibrio y donde todo estuviese justificado y conectado con los mecanismos de causa-efecto; con Mary Wollstonecraft, pionera del feminismo (y madre de Mary Shelley), la cual vivió su existencia de forma libre, intentando que sus compañeros revolucionarios llegasen a la conclusión de que la libertad y la igualdad incluía a las mujeres; con Zenobia Camprubí, consagrada de forma absoluta a Juan Ramón Jiménez y dejando entre paréntesis sus propias virtudes como intelectual y escritora; con Simone de Beauvoir, compañera de Jean-Paul Sartre, con el que compartió no solamente muchas ideas, sino también muchos defectos de carácter (“Fueron en esto almas gemelas: narcisistas, egocentristas, elitistas, insufriblemente megalómanos”); con lady Ottoline Morrell, peculiar dama que “mantuvo décadas un importantísimo salón artístico e intelectual, al estilo de las salonnières francesas del siglo XVIII: por allí pasaron no sólo todos los integrantes del llamado grupo Bloomsbury (Virginia Woolf, Lytton Stratchey, E. M. Forster, Maynard Keynes, etcétera), sino también D. H. Lawrence, Henry James, T. S. Eliot, Aldous Huxley, Katherine Mansfield, Nijinsky, W. B. Yeats, Bertrand Russell, Robert Graves, Bernard Shaw, Graham Greene y Charles Chaplin, por citas a unos pocos”; con Alma Mahler, que sufrió el suplicio de plegarse a las exigencias machistas de su musical esposo (“Debes entregarte a mí sin condiciones, debes someter tu vida futura en todos sus detalles a mis deseos y necesidades, y no debes desear nada más que mi amor”); con María Lejárraga, esposa de Gregorio Martínez Sierra y, en realidad, autora de casi todas sus obras, que él firmaba con su nombre (no lo abandonó ni siquiera cuando Gregorio se enredó con la actriz Catalina Bárcena, aunque intentó suicidarse en 1909); con Frida Kahlo, protagonista del ensayo que más me ha gustado del volumen, donde se nos ofrece un resumen escalofriante del accidente que afectó en su juventud a la artista mexicana: “A los dieciocho iba en autobús a la escuela (quería estudiar medicina) cuando un tranvía les embistió. Fue un accidente grave, con varios muertos; y, según los testigos presenciales, fue un accidente extraño, lento, casi sin ruido, con el tranvía triturando el costado del autobús de manera imparable pero poco a poco, con la plasticidad de las pesadillas. Frida apareció desnuda entre los hierros: el pasamanos la había empalado (la barra entró por un costado y salió por la vagina)”; con Camille Claudel (otro capítulo prodigioso), hermana del escritor Paul Claudel y colaboradora de Auguste Rodin, la cual terminó en un centro psiquiátrico, donde permaneció encerrada treinta años; con…

La nómina de perfiles es impresionante, y abarca desde la más remota antigüedad hasta el presente, porque “las aguas del olvido están llenas de náufragas y basta con embarcarse para empezar a verlas”, como nos dice la autora en la página 233. Por fortuna, el rumbo de los tiempos parece ser otro, y cada día conocemos más y mejor a las mujeres egregias que habitaron en el ayer o que comparten nuestro hoy. De ahí que parezca justificado el modo en que Rosa Montero cierra el epílogo que ultimó para la edición del año 2007: “El futuro está aquí, el futuro es hoy y lo estamos construyendo hombres y mujeres. Por primera vez estamos todos”.

No dejen de leerla, en silencio y con respeto: su corazón y su cerebro mejorarán.

viernes, 15 de abril de 2022

La ridícula idea de no volver a verte

 


Quizá el dolor de los demás (bello sintagma que nos recuerda de forma inmediata el libro homónimo de Miguel Ángel Hernández Navarro) pueda servir en ocasiones como resumen o imagen de nuestro propio dolor, como objeto de contemplación y exorcismo, como catarsis y sublimación. Hace unos años, la gran escritora madrileña Rosa Montero se encontró con los diarios de Madame Curie y, leyéndolos, descubrió en sus páginas bastantes conexiones con su propio vacío. La extraordinaria investigadora polaca (recordemos: obtuvo dos veces el premio Nobel, ambos en ciencias) había dejado en aquellas hojas su desgarro íntimo tras la muerte accidental de su esposo Pierre, que sucumbió bajo las ruedas de un vehículo en abril de 1906. Y Rosa Montero sintió que aquellas palabras la llevaban hacia el recuerdo de Pablo, su marido, que falleció víctima del cáncer unos años atrás. Desde ese momento, la conexión anímica estaba establecida, y el impulso de esta obra (que no es una novela, que no es un diario, que no es un ensayo; o que quizá sí que es las tres cosas) se había puesto en movimiento.

Montero comenta y analiza las informaciones de ese diario, a la vez que rastrea en varias biografías dedicadas a Marie para deducir el vínculo entre sus palabras y sus emociones. Con todo ese material, nos habla de las hijas del matrimonio Curie, de su fervor constante por el trabajo de laboratorio, de las imprudencias que cometieron con el material radiactivo, de la pasión de ambos por los paseos en bicicleta, de las envidias y mezquindades que ella tuvo que soportar por el simple hecho de ser mujer en un espacio (la ciencia) habitualmente ocupado por varones, de la forma en que su salud se fue resintiendo con el paso de los años, de la dureza (¿sólo aparente?) de sus facciones, de la relación con Einstein y otros genios… Pero, al mismo tiempo, Rosa Montero nos está hablando de ella misma y de Pablo, de su amor por la naturaleza y de su inteligente ironía, de los recuerdos suyos que atesora. Descubrimos poco a poco que con esa identificación entre Rosa y Marie (Todos los fuegos el fuego, Todas las mujeres la mujer, Todos los dolores el Dolor) se van construyendo los párrafos de este libro, espléndido, luminoso y conmovedor, donde se reivindica el papel de las mujeres en la Historia y donde también se revisan las propias emociones (aún palpitantes, quizá siempre palpitantes) de la autora.

Tengo que frecuentar más sus libros, está claro.

lunes, 22 de febrero de 2021

Amantes y enemigos

 


Qué somos, sino criaturas desvalidas que intentamos encontrar a otras criaturas para que nos acompañen en el viaje. Y a esa compañía cordial, sensual y necesaria la llamamos amor; y la adornamos con todo tipo de abalorios, sedas, luces de colores y músicas tenues. Construimos una cabaña tibia para habitar en medio de los rugidos nocturnos del bosque y, cuando encendemos fuego en la chimenea, nos gusta que otro ser (especial, elegido, único) ronronee a nuestro lado. Al final, cuando nos morimos, esos instantes no nos los puede quitar nadie. Y quizá nos los llevemos (yo creo que sí) más allá de la línea negra.

Rosa Montero dibuja en Amantes y enemigos un ramillete de relatos en los que los protagonistas son seres como nosotros, con los sueños cancelados por el chirrido de un despertador, con trabajos no siempre satisfactorios, con heridas que apenas conseguimos disimular, con lágrimas guardadas allá dentro, con leves triunfos esporádicos a los que nos aferramos con angustia o fe. Y quizá por eso la lectura de este libro se nos hace tan cercana y nos palpita dentro. En sus páginas viven para nosotros el hombre que, tras su separación, se comporta como un náufrago; la niña que ve en la nueva pareja de su padre a una repulsiva ladrona de afectos; las mujeres que sienten a su marido como un extraño, cuya magia se diluyó y se convirtió en ceniza; el matrimonio que no deja de pelear, pero que se resiste a romper su vínculo; la chica que coquetea por correo electrónico con su vecino casado; la que traiciona a su marido ciego, acostándose con un compañero de trabajo; la muchacha que se enreda con un desconocido, sobre el que lo ignora todo… Para terminar el volumen, Rosa Montero nos deja una frase resonando en los ojos, y en el corazón, y en el cerebro: “El amor es mentira, pero funciona”. Y damos gracias por haber leído este libro.

viernes, 31 de julio de 2020

La loca de la casa




Con este libro tautológico (así lo define), la escritora Rosa Montero nos da la mano para que nos paseemos junto a ella por los pasillos y los pasadizos de la literatura, de la imaginación, del amor y de la locura. Es decir, por todas las vidas que burbujean en la novela y también por todas las novelas potenciales que burbujean en cada vida. ¿Un libro de reflexión? Sí. ¿Un libro de invenciones? También. Resultaría difícil (ni lo pienso intentar) ponerle una etiqueta, pero es que volúmenes como La loca de la casa se construyen al margen de etiquetas. O quizá se edifiquen dejando que todas las etiquetas se superpongan, anulen o complementen.
“Escribir” (nos dice la autora) “es estar habitado por un revoltijo de fantasías, a veces perezosas como las lentas ensoñaciones de una siesta estival, a veces agitadas y enfebrecidas como el delirio de un loco”. Y en esa tarea de escritura, que es combate contra la muerte y también voluntad de conocimiento, quien redacta intenta mirarse en un espejo hondo: una lámina de azogue que le permita verse por dentro y verse por fuera y verse ayer y verse mañana, cuando el planeta ya no sea más que un pedrusco deshabitado absorbido por una estrella muerta.
En estas páginas deliciosamente fluidas y profundas, Rosa Montero reflexiona sobre el éxito, sobre el fracaso, sobre la dignidad, sobre la soberbia, sobre la vanidad, sobre la delicada frontera entre verdad y mentira, sobre la imposible frontera entre los sueños y la vigilia, sobre las mujeres de los escritores (qué pena que no hable de Zenobia Camprubí), sobre la existencia o no de una “literatura femenina”, sobre el periodismo. Y lo hace con una naturalidad admirable, aportando citas de escritores amigos o admirados, que iluminan el camino que nos quiere invitar a recorrer.
Y nos cuenta además la historia de cómo mantuvo un encuentro sexual con M. (un conocido actor de Hollywood), al que le presentó Pilar Miró. Y cómo son sus relaciones con su hermana Martina. Y cómo conoció a los nuevos inquilinos de la casa que ella habitó durante su infancia y primera juventud. Y después, con el desparpajo lúdico de una auténtica novelista (Rosa Montero lo es), nos avisa de la posible falsedad de todo lo narrado: quizá no tenga hermana, quizá no conoció a ningún M, quizá… Quizá. Gran palabra fabuladora.
Una obra fresca e inteligente que conviene leer, se sea escritor o no.