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domingo, 19 de abril de 2026

La bomba

 


Tres niños de unos diez años que juegan en las afueras de su pueblo encuentran, semienterrado, un enigmático objeto de metal. Y, siendo tres las miradas que recaen sobre el misterioso artefacto, tres son también las interpretaciones que este suscita: Ying Tao cree que es un resto arqueológico; Juan Pablo opina que se trata de un tesoro; Hamid lo sospecha una nave de origen extraterrestre. Pero el juego que Jordi Sierra i Fabra diseña para este libro se enriquece cuando descubrimos que Ying Tao, que vive en Asia y cuya familia trabaja en los arrozales, explica que sus mejores amigos se llaman Hu San y Koiko; y cuando descubrimos que Hamid, que vive en un territorio de Oriente Medio que ha sufrido muchas guerras y muchos cambios fronterizos, indica que los suyos se llaman Akim y Yaiza; y cuando descubrimos que Juan Pablo, habitante de una zona de América Latina donde los paramilitares y la guerrilla se matan entre sí, tiene como amigos a Edelmiro y Melinda. Es entonces cuando advertimos con admiración el alto valor simbólico del relato. Estos niños son todos los niños. Su aldea es cualquier aldea. La inocencia es cualquier inocencia. Y su amistad se llama concordia.

El autor, con modestia encomiable, subtitula la obra con el rótulo de “Una fábula en tres dimensiones”; pero tampoco resultaría disparatado ampliar ese marbete para calificarla de “Una alegoría en cuatro dimensiones”, porque su lección fue verdad, es verdad y lo seguirá siendo en el futuro. Es decir, que su espíritu incorpora el tiempo. Da igual hacia dónde se dirija la mirada, da igual el rincón del mundo en el que fijemos los ojos: la barbarie, el horror, el sinsentido jamás tendrán justificación cuando sieguen vidas humanas. Así que esta narración de amistad, candor, ilusiones y sosiego adquiere un alto brillo mientras la leemos. Ahora bien, al lector le espera una gran pregunta, que recorre e ilumina toda la parte final de la novela: ¿cómo se convierte una bomba, terrible y destructora, en objeto de inspiración (Ying Tao), súplica (Hamid) o esperanza (Juan Pablo)? Esa parte, y discúlpenme si les dejo con la intriga, me gustaría que la descubriesen por sí mismos.

jueves, 22 de abril de 2021

El asesinato de la profesora de lengua

 


Ignorar la existencia de Jordi Sierra i Fabra en el panorama literario de nuestro país (y no sólo en el ámbito de la literatura infantil y juvenil) es sumamente complejo, sobre todo porque es uno de los autores que más edita y que más vende: más de trescientos títulos y diez millones de ejemplares lo avalan. Que levanten la mano todos los autores españoles que superen esas cifras.

Una de sus novelas más conocidas y celebradas es El asesinato de la profesora de Lengua, un libro ágil, fresco y divertido, que nos traslada una historia realmente impactante. La señorita Soledad es una docente hastiada de no obtener resultados de ningún tipo con sus alumnos: ni aprenden las lecciones, ni mejoran su ortografía, ni siquiera se leen las obras que les sugiere. Por tanto, a punto de ingresar en una depresión, decide asesinar a uno de sus alumnos… salvo que estos consigan detenerla antes, resolviendo una serie de acertijos que les plantea en una carta.

Tasio y Gaspar (dos de sus peores alumnos) son los candidatos perfectos para ser asesinados, y por eso se aprestan a resolver el enigma, con la ayuda de Ana, la más lista de la clase. A partir de una primera pista, que encuentran en el jeroglífico del periódico, se van enlazando y sucediendo las complicaciones, para poner a prueba la capacidad deductiva y lingüística de los chavales: juegos de palabras, juegos de ingenio, crucigramas, etc. Y lo curioso es que conforme se van complicando las exigencias de doña Soledad, mayor es la habilidad que los chicos y chicas desarrollan para superar las dificultades. Al final de la obra descubrimos que todo ha sido un ardid de la profesora (en colaboración con el equipo directivo del centro) para hacerles pensar, leer y comprender que son más inteligentes de lo que ellos mismos creen.

Una historia estupenda, que puede convencer tanto a profesores como a alumnos, y que actúa como un auténtico imán en muchas de sus páginas.

lunes, 3 de agosto de 2020

Kafka y la muñeca viajera




La historia la contó Dora, última amada de Franz Kafka, en sus memorias: en 1923, el escritor checo acudía habitualmente al parque Steglitz, en Berlín, para oxigenar sus maltrechos pulmones (la tuberculosis acabaría con él en junio de 1924). Y un día se encontró allí con una niña que lloraba por haber perdido su muñeca. Compadecido, Franz improvisó un consuelo: la muñeca no se había perdido, sino que había partido de viaje. Logrado el estupor de la chiquilla, le dijo que él era cartero de muñecas y que, posiblemente, la suya le enviaría una carta para explicarle los motivos de su acelerado adiós. Durante varias semanas, Franz Kafka sacó fuerzas para irle escribiendo y entregando cartas manuscritas, que la niña se llevaba con ilusión. Jamás se supo la identidad de la muchacha (a pesar de que el investigador Klaus Wagenbach la buscó por todos los medios en los años posteriores), ni se han recuperado aquellas páginas, que constituyen un delicioso misterio.
El prolífico escritor barcelonés Jordi Sierra i Fabra recreó esa historia real en su novela Kafka y la muñeca viajera (Siruela, 2006), un libro enriquecido con las ilustraciones de Pep Monserrat y que consigue mantener el interés de los lectores más jóvenes gracias a su sabia mezcla de amenidad, reflexiones sobre la vida, datos biográficos e inteligentes observaciones sobre el candor infantil y sobre la importancia de las ilusiones. En apenas dos semanas, y gracias al despliegue imaginativo que Sierra i Fabra pone en la pluma de Kafka, “Brígida había cruzado el extenso desierto del Sahara en una caravana de camellos, explorado la India, recorrido la gran muralla china, nadado en el mar Muerto, escalado las altas cumbres del Himalaya, volado en globo… Brígida había estado en Pekín, en Tokyo, en Nueva York, en Bogotá, en México, en La Habana, en Hong Kong… Brígida era famosa. Saltaba de un continente a otro en un abrir y cerrar de ojos. Ya no importaba ninguna lógica”. Y, atrapados por esa magia incandescente y celérica, los lectores se suman al juego con espíritu infantil.
Con tipografía generosa y una bella presentación editorial, el volumen nos ofrece sobre todo dos atractivos, que se añaden al gran atractivo de la historia en sí: la creación de esas cartas enigmáticas (¿qué pudo decir en ellas Franz?) y el final mágico que Sierra i Fabra idea para redondear su narración (creando la figura del aventurero Gustav, en Tanzania).
Muy notable.

martes, 19 de noviembre de 2019

La voz interior




Leo la breve novela titulada La voz interior, de Jordi Sierra i Fabra (SM, Madrid, 1998), un ejercicio blanducho y descafeinado que a mis alumnos les gustaría más que a mí, y donde se cuenta la historia de una chica (Isabel Carreras) que ha sufrido un profundo shock (con intento de suicidio incluido) cuando una de sus amigas se ha chivado de que mantiene entrevistas, en la habitación del internado de monjas en el que se encuentra, con su novio.
Una monja (sor María, profesora de lengua) tratará de aclarar quién ha sido la amiga lenguaraz, para hacerle comprender a la muchacha que ha procedido inadecuadamente y evitarle así futuros remordimientos de conciencia.
Una viscosidad ideológica, ciertamente. Eso no obsta para reconocer que el autor ha sabido manejar un lenguaje y unas estructuras mentales muy adecuadas para su público adolescente. Pero, en fin, esto no va a ningún lado.

domingo, 1 de noviembre de 2009

Poe




Celebramos durante 2009 el segundo centenario del nacimiento de Edgar Allan Poe, el atormentado genio de Boston Y, aparte de leer sus obras (que es siempre el homenaje más completo que se le puede tributar a un autor), otra de las posibles actividades que podemos realizar es conocer más a fondo su biografía, ese cúmulo de desgracias, tormentos y tensiones que zarandearon al escritor desde la infancia hasta su prematuro fallecimiento, malherido por el alcohol y las visiones aterradoras que su cerebro le deparaba, cuando apenas acababa de cumplir 40 años. La editorial Libros del Zorro Rojo acaba de poner ante el público un volumen delicioso, del que es autor Jordi Sierra i Fabra, y que bajo el título rotundo e inapelable de Poe, constituye una biografía estupenda del norteamericano. Nos enteramos en sus páginas de que en 1811, cuando apenas tenía 2 años, Edgar fue adoptado por la señora Frances Allan (con el apoyo no muy entusiasta de su marido John). Hijo de unos actores pobres y fracasados, Edgar se tuvo que amoldar al nuevo hogar de los Allan, y con ellos emprendió viaje hacia la Inglaterra decimonónica, donde padeció colegios infames, profesores que utilizaban más la vara que la ternura, y castigos tan peculiares como copiar los epitafios de las tumbas locales a la edad de 8 años. De vuelta a los Estados Unidos, su maestro Joseph Clarke desaconseja al padrastro de Edgar que aplauda sus composiciones literarias, porque eso sólo serviría, a su juicio, para ensoberbecer al niño. Y muy pronto, apenas ingresado en la adolescencia, el rosario de amores imposibles: el primero lleva el nombre de Jane Stanard; el siguiente, Elmira Royster (de la que tiene que separarse cuando ingresa en la universidad de Virginia, momento que los padres de la muchacha aprovechan para casarla con otro joven, más rico y más prometedor que el inestable Edgar). Luego vienen el abandono de los estudios, el comienzo de su irregular carrera militar (llegó a pertenecer a la disciplina de West Point), la muerte de su madrastra, la boda con su prima Sissy (que siempre sintió por él una irrefrenable admiración), los mil proyectos de revistas que jamás llegan a concretarse, las colaboraciones mal pagadas en la prensa, los pequeños éxitos literarios, las conferencias, las borracheras, los delirios, la tuberculosis de su mujer, las damas letraheridas que merodean a su alrededor y lo agasajan con su fervor... Y, por fin, su muerte extrañísima durante una jornada electoral en Baltimore. Nunca se ha aclarado la causa de su fallecimiento: se ha hablado de una borrachera extrema, de una paliza propinada por camorristas, de drogas, de fallo cardíaco, de rabia, de tuberculosis y hasta de suicidio. Como legado (y ése es el punto en el que Jordi Sierra i Fabra insiste con loable lucidez) nos han quedado sus cuentos, sus poemas, sus novelas y sus ensayos, todos ellos impregnados por el hálito de la genialidad. Este volumen, editado con auténtica exquisitez, incorpora unas bellas ilustraciones de Alberto Vázquez.

lunes, 11 de mayo de 2009

Los fuegos de la memoria



Es improbable que nadie pueda compararse, en España o fuera de España, a Jordi Sierra i Fabra (Barcelona, 1947), uno de los escritores más fecundos de la historia de nuestra literatura. Y es improbable que exista un solo tema, juvenil, infantil o de adultos, que no aparezca tratado en alguna de sus obras: el racismo, la exclusión social, la marginación, la droga, la delincuencia, el sexo, la política, la educación, la música, los problemas escolares, el humor, la amistad, las relaciones norte-sur, los viajes, el misterio... Hoy traemos a esta página de novedades una novela que lleva por título Los fuegos de la memoria y que le publicó la editorial valenciana Algar el año pasado, tras habérsele concedido el premio Bancaixa de Narrativa Juvenil 2007. Su tema, actualísimo y de notable impacto emocional, son los viejos muertos perdidos de la guerra civil de 1936; aquellas personas que, como consecuencia de la barbarie fratricida que sacudió nuestro país hace siete décadas, vieron truncadas sus vidas y fueron sepultadas en fosas anónimas, dispersas por cunetas, campos y montes. Ahora, cuando algunas iniciativas públicas y privadas están comenzando a excavar esas fosas para que sus moradores descansen en un sitio menos infame, Los fuegos de la memoria nos habla de Los Trece de San Agustín, un grupo de hombres leales a la causa republicana que, en julio de 1936, se atrincheraron en el pequeño pueblo de San Agustín del Valle y defendieron con uñas y dientes la legalidad constitucional. Ahora, ya en el siglo XXI, un grupo de la ARMH (Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica) consigue activar todos los permisos necesarios y desentierra los cuerpos de aquellos pueblerinos masacrados. Y entonces estalla la sorpresa: sólo hay doce cadáveres en la fosa. Uno de los Trece de San Agustín, sencillamente, no está. Resulta fácil comprender el impacto que este acontecimiento produce en los familiares, en los aldeanos... y en los medios de comunicación. Un periodista, curioso, comienza a indagar y a tirar de varios hilos. ¿Dónde está el muerto que falta? ¿De quién podría tratarse? ¿Cómo fue posible que sobreviviera? ¿Y hasta cuándo sobrevivió? Las sorpresas, cada vez más espectaculares, se irán sucediendo sin cuartel, hasta las impactantes páginas finales de la novela. Una vez más, con su habitual prosa ágil, sus diálogos de gran fluidez y unos personajes frescos y dinámicos, Jordi Sierra i Fabra consigue una obra donde mezcla los mimbres de otras novelas (como Soldados de Salamina, de Javier Cercas, o La llave de Sarah, de Tatiana de Rosnay) y los pone al servicio de una trama juvenil muy sugerente. Los profesores de literatura (pero también los de historia, y aun los de religión) pueden recomendar estas páginas con absoluta confianza: los lectores que las frecuenten no saldrán en ningún caso defraudados de ellas. Y además aprenderán a respetar y comprender las lágrimas del pasado. Es una lección importantísima que no deberíamos ahorrarles.