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sábado, 12 de abril de 2025

El hijo del ladrón

 


Refiere la tradición histórica que Bencomo (nominado también de otras maneras: Benchomo, Benytomo…) fue un mencey que, en la segunda mitad del siglo XV, lideró la resistencia guanche contra la invasión castellana en la isla de Tenerife. Su muerte, aunque no del todo aclarada documentalmente, parece que acaeció en la batalla de Aguere en el año 1495. Y su figura ha quedado, desde entonces, convertida en símbolo de la resistencia insular frente a la conquista peninsular.

Lo que muchas personas no saben (pero César Fernández García sí, y nos lo cuenta en este libro) es que el cuerpo de Bencomo fue embalsamado por sus seguidores y escondido, junto con un deslumbrante tesoro de oro y joyas, en un lugar impreciso de la isla. En vano lo han buscado durante siglos los aventureros y los especialistas: jamás ha sido hallado.

Ahora, un experto en arqueología llamado Juan Andrés (que ha salido de la cárcel tras purgar un delito que no cometió), acompañado por su hijo Ramón (que vive con unos padres adoptivos, avergonzado por la condición criminal de Juan Andrés), viajan hasta Tenerife para pasar quince días juntos y retomar los vínculos familiares. Pero lo que el chico ignora es que su progenitor ha organizado esta estancia con un objetivo: seguir cierta pista escondida en un viejo cuadro del siglo XIX y llegar hasta la cueva donde están escondidos el cuerpo y el tesoro del líder guanche, para entregarlo todo a un museo y reivindicar su honradez. Por supuesto, habrá un oponente dispuesto a torpedear su búsqueda (Jorge Leyva), y nada les resultará tan fácil como pensaban al principio.

Insisto con César Fernández porque, en mi opinión, es un novelista estupendo (y obsérvese que he prescindido del adjetivo “juvenil”, porque sus excelentes obras no se circunscriben a ese ámbito). Seguiré con él, sin duda. Y les recomendaría que hiciesen ustedes la prueba.

viernes, 16 de diciembre de 2022

Ordenadores con bandera pirata

 


Desde que descubrí la novelística juvenil de César Fernández García me propuse leer alguna de sus historias a mis hijos pequeños, por las noches. Y acabo de cumplir ese propósito gracias a Ordenadores con bandera pirata, una obra que se concibió para lectores de escasa edad y que contiene todos los ingredientes necesarios para tenerlos entretenidos e intrigados: protagonistas de su edad, un ambiente cercano (las dependencias de un colegio), personajes habituales (un vendedor, un conserje, un jardinero) y, sobre todo, un enigma que conecta con el mundo de la informática, que están comenzando a conocer. Los protagonistas son un niño, su amiga Nerea y el perro de esta última, que se ven enredados en una intriga relacionada con el pirata Barbarroja, que se aparece de forma autónoma en la pantalla de un ordenador y comienza a hablar con ellos, dictándoles varias indicaciones que deberán cumplir si quieren participar en un juego trepidante y hacerse al final con un tesoro.

Muy eficaz a la hora de construir la trama, César Fernández va envolviendo a sus personajes en un enredo cada vez más complicado, en el cual la figura de una serpiente, un anillo colgado en la pared o unos collares que aparecen sobre un árbol irán capturando la atención y la perplejidad de los lectores más jóvenes.

Ya me han pedido que busque otro libro del autor: es buena señal.


lunes, 22 de junio de 2020

El e-mail del mal





Acabo de experimentar una pequeña decepción lectora con un libro de César Fernández García. Una decepción que no me esperaba. Y lo explico. A finales de 2009, leí su novela juvenil No digas que estás solo, que me pareció magnífica y que me animó, apenas cuatro meses más tarde, a abordar Las sirenas del alma, que igualmente aplaudí con entusiasmo. Poco después, me sumergí en El hijo del ladrón y me gustó tantísimo que lo leí para mis hijos mayores.
Esta semana, después de unos años de letargo, he recuperado de la estantería El e-mail del mal (Alfaguara), que también se ha editado como El mensaje del mal (Algar)… Y aquí ha venido el problema. Casi desde las primeras páginas tuve la incómoda sensación de que el escritor madrileño ensartaba cliché tras cliché, sin sorpresa alguna. Tampoco el lenguaje me producía la admiración que sus obras anteriores habían despertado en mí. Y, lo peor de todo, hacia la mitad del libro ya tenía claro quién era el personaje maquiavélico de la novela, que actuaba en la sombra y movía los hilos (lo confirmé con fastidio en las tres últimas páginas del volumen). Con esos ingredientes, avanzaba por los capítulos como quien fatiga una playa rectilínea bajo el sol: sabiendo que cien metros después solamente le espera más sol; y si avanza otros cien, más sol. De hecho, en algunas secuencias los ojos se me iban de diálogo a diálogo, saltando los párrafos descriptivos, pues tenía clarísimo que no eran más que relleno (cuando mi sentido de la justicia me obligaba a volver algunas veces para leerlos… confirmaba la sospecha).
Insisto (y me da rabia hacerlo): un cliché detrás de otro. Ni siquiera el hecho de que la obra esté concebida para un público juvenil la exonera de grisura o pereza. Un libro escrito por el propio Satanás. Una secta que persigue hacerse con él. Un becario que ha encontrado el texto y que se mueve entre el desconcierto y la codicia. Una muerte inexplicable. Un joven periodista que debe cubrir la noticia y que sufre con paciencia y resignación a su novia snob y desdeñosa... hasta que aparece la chica guapa y dulce, que lo ayuda en la investigación y que le hace comprender que es mejor opción que su casquivana pareja actual. Un malo malísimo con acento extranjero y ademanes de película. Una casa tenebrosa llena de pasadizos subterráneos. Una intervención policial in extremis… Toda la novela parece construida con billetes de cinco euros, llenos de pliegues y mugre añosa.
¿Volveré a leer otro libro de César Fernández García? Estoy seguro de que sí. Un bache no estropea una autovía. Ya veremos qué me depara la siguiente aventura.

jueves, 4 de marzo de 2010

Las sirenas del alma



Descubrí a César Fernández García (Madrid, 1967) hace un par de meses, mientras leía su obra No digas que estás solo. Y lo cierto es que me maravilló. Así que cuando me enteré de que la editorial Algar había decidido publicarle una novela juvenil titulada Las sirenas del alma tuve que pensármelo más bien poco para hacerme con el libro y leerlo con fruición. ¿El veredicto? Totalmente positivo. César Fernández es un autor al que, a partir de ahora, voy a frecuentar (tanto sus obras anteriores como las que vaya sacando a partir de ahora). Tiene firmeza en el pulso narrativo, temas seductores, personajes que resulten creíbles, diálogos bien construidos y finales que no decepcionan. ¿Se puede pedir más a una obra? En Las sirenas del alma nos habla de brujería en la isla de La Gomera: Nuria, una estudiante de doctorado, ha recibido de su director de tesis el encargo de visitar la localidad de Antijana, donde varios siglos atrás vivió una célebre adoradora del diablo llamada Ibaya, que controlaba a un pequeño grupo de doce airam (seres que bebían sangre y veneraban al Señor de lo Oscuro). El estado de ánimo de la chica no es el más adecuado para investigar sucesos doctorales de ningún tipo (su novio la acaba de abandonar para irse con su mejor amiga), pero lo que va descubriendo en Antijana le irá interesando cada vez más: leyendas sobre el anillo de la bruja, del que se dice que sigue enterrado en el mismo sitio donde la quemaron; leyendas sobre un misterioso testamento que Ibaya dejó escrito en una enigmática cueva de los acantilados de la isla; leyendas sobre el letargo en el que viven los airam (que terminarán volviendo a la luz en la noche de San Juan de ese mismo año, para la que faltan apenas unos días); etc. Demasiados elementos como para permitirle vivir su investigación con el sosiego necesario y con la deseable distancia erudita. Y las cosas no mejorarán cuando empiecen a aparecer cadáveres... En suma, una obra de gran atractivo para el público juvenil y para el público adulto, que jamás nos da tregua en su intensidad narrativa. Un auténtico hallazgo.

domingo, 15 de noviembre de 2009

No digas que estás solo



Cuando Ángel Ramírez, director de proyectos de TVE2, convoca a dos de sus becarios (Alberto y Begoña) a su despacho y les comunica que cuenta con ellos para elaborar un amplio reportaje sobre el pueblo de Cotela (una población perdida en el Pirineo aragonés), los dos jóvenes experimentan una gran alegría, porque les da la impresión de que esta oportunidad servirá para ganar confianza en el difícil mundo del periodismo televisivo. Les acompañará también Menchu, una veterana de TVE2 que, a pesar de sus notorios problemas con la bebida, cuenta con el total apoyo profesional de Ángel. La idea de éste consiste, fundamentalmente, en rodar imágenes en aquel pueblo abandonado y usarlo como metáfora de tantas y tantas poblaciones que se encuentran en las mismas condiciones en zonas limítrofes, y de las que nadie ha contado la historia (Susín, Barbenuta, Otal, Espierre, Berbusa...). Lo que ignoran los protagonistas es que este pequeño pueblecito arrastra una larga historia de maldiciones, muertes y desgracias desde que allí fue asesinado el joven Luis Ángel Cepeda Balaguer, un adolescente con problemas físicos que era objeto de burlas por parte de sus compañeros y que murió despeñado. Nada más llegar a Cotela, Alberto y Ángel comenzarán a darse cuenta de que se escuchan ruidos más bien misteriosos, voces anómalas (Ángel llega a grabar lo que entiende que es una psicofonía), objetos que se caen sin aparente intervención humana, sombras que palpitan aquí y allá... En un instante de lucidez, Ángel pronunciará una frase que provoca escalofríos en sus acompañantes: ‘Cotela tiene alma, un alma asesina’ (página 77). El viento enloquecedor y la nieve constante, que no cesan de abatirse sobre las calles y los viejos edificios del pueblo, añaden su toque macabro a la escena... En medio de ese terror, aparece un hombre llamado Cipriano, antiguo médico de Cotela, que les dice que conoció a Luis Ángel y que mantuvo con él una buena amistad. A partir de ese instante, los acontecimientos van a adquirir un giro cada vez más veloz: Menchu ha de ausentarse porque la llaman por teléfono para decirle que su madre se encuentra con problemas graves de salud, aumentan los ruidos inquietantes del entorno (los protagonistas llegan a escuchar la frase ‘Los tres asesinos moriréis. No quedaréis ninguno’, página 110), etc. Y las cosas llegarán a un punto de tensión casi insoportable cuando Alberto y Begoña descubran que el gato de Menchu sigue en la casa, y que eso sólo puede significar una cosa: que su compañera no se ha ido a ningún sitio. En efecto, un poco después terminarán por descubrir su teléfono móvil... sin ninguna llamada en él. Esta apasionante novela de ambiente pirenaico atrapa a los lectores, que se ven sometidos en sus páginas a un continuo aluvión de sorpresas, sustos y enigmas, y les hace reflexionar sobre los límites del rencor, la misericordia con el prójimo... y el pánico que puede provocar una buena guadaña, cuando avanza en medio de la ventisca. Una narración sencillamente estupenda.