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miércoles, 5 de abril de 2023

Polvo de glaciar

 


Lo sabe de sobra el lector de Antonio J. Ruiz Munuera: en sus libros siempre se encuentra, flotando, un espíritu de aventura, un hálito de viaje, de experiencias, de adrenalina, de amaneceres, de retos. Desde La luz de Yosemite (2015) hasta el recentísimo Polvo de glaciar (2023) puede advertirse un trenzado de nervios y músculos que, dispuestos siempre a activarse, mantienen en pie el alma de sus páginas. En las últimas que he podido leer suyas (esta magnífica edición de la madrileña Desnivel) hay humor, hay riesgo, hay experiencias vertiginosas, hay paisajes bellísimos; está el mundo. Quien decida adentrarse en este volumen se encontrará con Miriam, una escaladora muy especial; con Clint Eatswood, que rueda una película difícil; con accidentes que se intentan resolver a través de angustiosas llamadas telefónicas; con el pundonor de dos montañeros ancianos, que se niegan a la comodidad de una ruta sencilla; con motos de agua que rugen sobre el oleaje; con disparatados accidentes que desparraman un buen número de fardos de marihuana por un paisaje agreste; con los saltos imprudentes y casi suicidas de Skybum; con insensatos buceadores, que terminan flotando a la deriva durante quince horas en un mar gélido; con ciclistas que atraviesan duras rutas de montaña; e incluso (el guiño es tan divertido como inesperado) con esa escaladora que se entretiene leyendo La Troupe (“mi último descubrimiento literario: una historia sobre un circo ambulante en el Canadá del siglo XIX, perdido entre bosques interminables y manadas de carabúes”, p.124), a cuyo autor imagino sonriendo mientras escribe.

Si eres deportista, estás de enhorabuena: aquí dispones de una obra en la que te encontrarás con secuencias inolvidables y con aventuras tan galvánicas como (a veces) sofocantes, que el autor no ha necesitado documentar, porque las conoce desde dentro. No lo dudes: este puede ser tu libro.

domingo, 1 de abril de 2018

Everest. Porque está ahí




La mítica expedición que George Mallory y Andrew Irvine protagonizaron en 1924 para intentar coronar la cima del monte Everest ha dado lugar a miles de interpretaciones, opiniones y anécdotas a lo largo de los últimos noventa años. Unas, más centradas en los aspectos técnicos o científicos; otras, en los aspectos deportivos; otras, en los misteriosos y aun esotéricos; y otras, en fin, en los puramente literarios. ¿Llegaron (o llegó al menos uno de los dos) a la cumbre, convirtiéndose así en el primer ser humano del que se tiene constancia que lo haya logrado?
Ion Berasategi (Legazpi, 1969) es el autor de la última experiencia novelística centrada en esos personajes, que se titula Everest. Porque está ahí y que obtuvo el premio Desnivel de literatura en 2017. Pero la novela, lejos de constreñirse a narrarnos aquella espectacular aventura, plantea una arquitectura mucho más sugerente, mostrándonos dos historias paralelas. Por un lado, los sucesos de 1924, en los cuales varía el nombre de los personajes e introduce tantos datos históricos como imaginativos; del otro lado, el proyecto que inician en 2013 dos escaladores de amplia experiencia para conseguir llegar también al techo del mundo. Elegantemente astuto, Ion Berasategi introduce en ambas un elemento curioso, que las dota de tanto exotismo como justicia: una mujer. En la expedición de 1924, y sin que los escrupulosos miembros del British Mountain Committee sean informados, se admite a Anne-Lise Edwards, hija del maestro de Darjeeling y dotada de tanta energía física como fuerza de voluntad: camina al ritmo de los varones, destripa animales sin aparente asco, soporta los rigores del frío como sus compañeros y no teme a las inclemencias meteorológicas. En la expedición de 2013 la sorpresa será Pema, de quien se nos explica en la página 43 que era “una preciosa mujer con unos rasgos tibetanos muy marcados: sus ojos, de párpados ocultos, eran negros como el basalto, igual que su largo cabello. Su nariz era redonda, simétrica, perfecta. Y sus mejillas, cuarteadas por el frío viento del norte, presentaban un color rojo muy seductor”. Como añadido tierno, a esta última expedición se une también un enorme perro vagabundo, bonachón y fiel, al que los escaladores Kurdo y Karpov bautizan con el nombre de Do-khy…
Con un estilo narrativo sólido, Berasategi nos va ofreciendo en esta fascinante novela multitud de paisajes, descripciones técnicas, detalles culturales y emociones, que te consiguen mantener atrapado hasta el final… incluso para saber cómo termina la partida de ajedrez que Karpov mantiene por teléfono con el cubano Boris Dimitri.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Vida y pasiones de Mallory



Pudo ser, y quizá lo fue, el primer hombre que pisaba la cima del Everest, la montaña terrestre más alta. Se llamaba George Leigh Mallory y, en 1924, se perdió su rastro cuando se encontraba, junto a Andrew Irvine, por encima de los ocho mil metros, a pocas horas de coronar la cima del mundo. Cuentan quienes sobrevivieron a esta expedición que Mallory llevaba una cámara de fotos para inmortalizar su éxito y también una fotografía de su esposa Ruth para depositarla en la cumbre. En 1999, cuando se consiguió localizar el cuerpo congelado de Mallory, ninguno de los dos objetos estaba en su poder. El enigma está servido.
Esta fascinante biografía, redactada por Peter y Leni Gillman y traducida por Silvia Gómez Castán para el sello Desnivel Ediciones, nos permite acceder a lo más íntimo de este singular personaje, que comenzó su carrera como escalador a los siete años subiendo sin permiso al tejado de la iglesia de St. Wilfrid, en Mobberley; que conoció a la bonita Ruth Turner en 1913 y se enamoró de ella en Venecia, a pocas semanas de que comenzase la Primera Guerra Mundial; que posó desnudo para una serie de fotografías realizadas por su amigo Duncan Grant; y, sobre todo, que intentó varias veces subir hasta lo más alto del Pico XV (llamado Chomolungma, “Diosa Madre del Mundo”, por quienes viven a sus pies; y ahora conocido como Everest, en homenaje al gran geógrafo de Gales). Por aquella obsesión lo sacrificó todo: la comodidad familiar, un empleo estable, relaciones sociales... Y obtuvo a cambio la muerte y quizá la gloria. Igual que se han ido encontrado numerosos objetos que lo acompañaron en su escalada (cortaúñas, brújula, cartas, bombonas de oxígeno), es posible que en los próximos años termine apareciendo la famosa cámara fotográfica y se resuelva otra parte del misterio.

Hasta entonces, nos podemos conformar con la lectura de esta obra deliciosa, que nos muestra la poderosa intensidad que animaba el corazón de George Mallory y que lo impulsó con vehemencia (deshidratado, con graves quemaduras en la piel, a treinta grados bajo cero, cegado por la nieve, exhausto) para intentar conseguir un sueño. Suya es la frase que aseguraba que quería subir al Everest “porque estaba ahí”. La pasión no necesita más argumentos.

sábado, 20 de febrero de 2016

La luz de Yosemite



Que las páginas de un libro sobre alpinismo rezumen adrenalina es algo bien sencillo de asimilar; que las páginas de un libro que se ocupe de la descripción extasiada de paisajes espectaculares rezumen lirismo y amor a la naturaleza también es algo fácil de entender; pero que ambas vertientes se fundan armoniosamente y cohabiten en un solo tomo ya no es algo que suceda con tanta frecuencia como para dejar de anotarlo y aplaudirlo. Es lo que sucede con el trabajo La luz de Yosemite, con el que Antonio J. Ruiz Munuera se alzó hasta la condición de finalista del premio Desnivel de literatura en el año 2014. Un año más tarde, la obra apareció editada, con espléndidas acuarelas de la profesora Carmen Gandía Blanque.
El escritor lorquino nos desplaza hasta el paraje norteamericano de Yosemite, un Parque Nacional de enorme belleza situado en California y que se convierte en el espacio escénico donde recrea seis historias reales convertidas en viñetas o relatos de una plasticidad difícil de igualar y, desde luego, imposible de superar. Esas seis historias, que como muy bien señala el autor “marchan unidas como los miembros de una cordada, ensamblados sobre el hielo de un glaciar” (p.10), nos permiten conocer los pensamientos y acciones de John Muir (un naturalista del siglo XIX que estudió la vegetación de la zona y que se debatió siempre entre el afán de divulgarla y el temor a que esta publicidad pudiera resultar a la postre perniciosa para el entorno), Carleton Watkins (un precursor de fotógrafos que se enamoró de los paisajes de Yosemite en el año 1916 y que jamás abandonó su pasión por ellos), Warren Harding (un escalador estrambótico y pionero, que se empeñó obsesivamente en coronar el Capitán por su zona más compleja y que dejó anécdotas impagables para el mundo del alpinismo), los intrépidos componentes de B.A.S.E. (que en el año 1978 subieron también hasta la cima del Capitán... pero para lanzarse desde allí en caída libre, con sus paracaídas rectangulares y su valor sin límites, que les permitió culminar con éxito una aventura en la que otros perdieron la vida) o el inefable Dan Osman (otro de los personajes legendarios que se acercaron hasta las abruptas montañas de Yosemite y que falleció en noviembre de 1998 cuando se rompió la cuerda que lo sujetaba a una de ellas).
En suma, nos encontramos con una crónica diferente del universo de Yosemite, en la que los datos históricos y las peripecias individuales de sus visitantes se convierten en relatos de una amenidad asombrosa y que anonadan con la exquisita formulación de su envoltorio literario. Quien se muestre escéptico ante la posibilidad de que un volumen de esta naturaleza constituya una pieza de agradable y conseguida belleza no tiene más que abrir el tomo por cualquier página y detenerse en la lectura durante veinte segundos. Les aseguro que caerá cautivo con la prosa del narrador lorquino.

Antonio J. Ruiz Munuera, dueño de una gran habilidad, consigue que nuestros ojos se llenen de colores, que nuestros oídos escuchen el rumor de las hojas, que nuestra nariz perciba los distintos aromas de Yosemite y que nuestro corazón se enfurezca de latidos mientras ascendemos (porque ascendemos) como uno más de la cordada por las paredes y grietas de estos gigantes de piedra.