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sábado, 14 de marzo de 2026

Pabellón de reposo

 


Resulta inevitable conmoverse con este libro, tanto por la temática en que se sustenta (las vidas erosionadas o directamente rotas de unos enfermos que tratan de sanar de su tuberculosis en un sanatorio) como por el formato literario que el autor, Camilo José Cela, elige para contarnos la historia (fragmentos de cartas y diarios, ensoñaciones, invocaciones religiosas). Asépticamente, los protagonistas quedan convertidos en simples números (“La señorita del 37”, “El 52”, “El pobre muchacho del 14”); y esos números, bordados en todas sus pertenencias (sábanas, pañuelos, fundas de almohadas, batas), esconden quizá el pudor melancólico o la tristeza soterrada del novelista gallego, que vivió la experiencia de padecer esa misma enfermedad. A veces con ilusión, por su esperada mejoría; a veces melancólicos o resignados con la atroz repetición de sus hemoptisis; a veces desesperados: así están los aterrados ocupantes del pabellón. Las emociones que afloran de sus almas nunca son tibias ni estables, porque saben perfectamente que la vida se les escapa en cada vómito, y que los consuelos del amor (esa pareja que quizá les esté esperando en el futuro) no siempre resultan eficaces cuando las lágrimas deciden brotar.

Con un tejido narrativo más complejo de lo que podría pensarse (las cartas se mezclan con conversaciones, con dictámenes médicos e incluso con algunas intervenciones del autor, que reflexiona sobre la conveniencia de detener o de proseguir con su historia, que quizá dañe a los lectores aquejados por el bacilo de Koch), el relato se convierte en una telaraña pegajosa, donde lirismo y angustia caminan de la mano porque, como todos saben de sobra, “la muerte es dulce, pero su antesala, cruel” (así lo reconoce, con acrimonia, uno de los personajes). Eso lo convierte en un libro incómodo, porque nos obliga a reflexionar sobre la condición quebradiza de nuestro ser y nos enfrenta a las grandes preguntas sobre la vida y la muerte. Camilo José Cela comenzaba a interesarse en este libro por los experimentos literarios, más allá del aire apolíneo que respiraba su Pascual Duarte. El resultado es notable.

sábado, 28 de febrero de 2026

La Fundación


 

Tomás se encuentra sumamente feliz en la Fundación, un centro en el que novelistas, matemáticos, ingenieros y otros profesionales de elevado talento conviven y son becados para desarrollar su creatividad. Comparte habitación con Asel, Max y Lino; disfrutan de cerveza fresquísima en su nevera y de un servicio de camareros que les trae comida y cena sin necesidad de desplazarse; pueden fumar a placer; disponen de teléfono; y Tomás, para redondear paradisíacamente su estancia, recibe visitas de su novia Berta, también becada por la Fundación. Lo extraño es que, salvo Asel, todos parezcan incómodos y miren a Tomás de manera torva o rencorosa, dirigiéndole pullas y rechinando los dientes. Poco a poco, mientras descubre cómo la música ambiental, las lujosas lámparas o el teléfono desaparecen, el lector va comprendiendo que lo observa todo con los ojos de Tomás, y que la realidad es mucho más triste y mucho más angustiosa: todos ellos se encuentran en una cárcel infecta (alguno ha sido incluso torturado) y les espera la muerte. ¿Ha perdido Tomás el juicio o finge la Fundación para no dejarse devorar por el miedo… y por la culpa?

Tan contundente y tan simbólico como en Buero es habitual, este drama pone ante nuestras pupilas una amarga reflexión sobre las traiciones que a veces somos capaces de infligir, sobre el poder coercitivo que puede usarse para doblegar el ánimo y, claro está, sobre la fantasía como refugio para evadirse de un entorno hostil. Puede ser una cárcel en cualquier régimen totalitario; puede ser una cárcel en cualquier país; puede ser una cárcel en cualquier época. El modo en que el Poder no democrático destroza la vida de los disidentes es universal. Y también lo es el drama de Buero Vallejo.

En la última página, en la última secuencia, nos queda una duda terrible: ¿dibuja un horizonte de esperanza, haciendo que los condenados sean trasladados a otra celda, de la que quizá puedan escapar más fácilmente? ¿O tal vez el traslado no tenga otro destino que el paredón y unas agrias detonaciones? El hecho de que, una vez desocupada la celda, nuevos presos sean conducidos a ella, nos hace tragar saliva en silencio.

domingo, 15 de febrero de 2026

Mi vida al aire libre

 


Cómo no adentrarse en un libro donde Miguel Delibes, el gran Miguel Delibes, el admirable Miguel Delibes, nos cuenta sus experiencias deportivas o recreativas al aire libre. Y si descubrimos que, además, lo hace con grandes dosis de sentido del humor, miel sobre hojuelas.

Comienza explicándonos que, desde muy pequeño, acompañó al padre en sus excursiones cinegéticas, aficionándose de este modo a dos actividades que fueron constantes durante su vida: la caza y el amor por las caminatas. Siendo aún un adolescente, recibió como regalo “una escopetilla de 12 milímetros” con la que abatió su primera perdiz, aunque previamente se había convertido en todo un experto en lanzar piedras (con una de ellas mató incluso a una golondrina, lo que le causó tanto orgullo como remordimiento, porque en su niñez hondamente religiosa este pájaro tenía fuertes connotaciones cristianas).

Después nos habla de su afición por el fútbol, y recuerda que su último partido (con la novia entre el público) fue contra el Circo Feijoo, donde sufrió el bochorno de un encontronazo con un “chino malabarista”, el cual “no recuerdo bien dónde me puso la rodilla, me propinó un leve empellón y yo salí por los aires dando volteretas como proyectado por una ballesta”. La escena es para imaginársela. Y también lo es la hilarante descripción de los partidos “solteros vs. casados” (el párroco se alineaba con los casados, “por su condición sacerdotal”) de las fiestas de la Moreneta. En ellos, Miguel Delibes admite sin cortapisas su inoperancia (“De ordinario, mis disparos a puerta eran follones, flojos, rasos, inofensivos”).

Y cómo olvidarnos de sus actividades sobre ruedas: tanto cuando habla de los desplazamientos en bicicleta desde Molledo-Portolín hasta Sedano (casi 100 km) para ver a su novia como cuando recuerda las dos avispas que le picaron entre las piernas (“donde al motorista más podía dolerle”) yendo en su Montesa.

Para completar el volumen, nos resume sus prácticas tenísticas, sus afanes como alpinista juvenil y el gran amor a la pesca (sobre todo la trucha). Para el final nos reserva una anécdota sobre la caza: en enero de 1971, durante un lance más bien accidentado, tuvo la mala fortuna de romperse una pierna. “Miguel se ha tronzado una pata”, resumió jocosamente su hermano ante un amigo. ¿Cómo no recordar la secuencia que, casi con las mismas palabras, incluyó en su novela Los santos inocentes?

Un libro para sonreír, para disfrutar y para reencontrarse con un maestro de la prosa castellana.

sábado, 7 de febrero de 2026

Otelo

 


Resultaría absurdo que intentase resumir la obra Otelo, de William Shakespeare: sus pormenores argumentales son tan conocidos que me vería obligado a incurrir en el ridículo. Resultaría igualmente absurdo que intentase decir algo original o innovador sobre ella, porque los ríos de tinta que ha suscitado desde 1600 conforman un auténtico Amazonas: mis pretenciosas gotitas ni serían advertidas. Pero resulta que he leído este drama por quinta vez (la primera, en 1987; la última, ayer) y no me canso de visitarla. Qué escalofríos. Qué trama inquietante. Qué telaraña pegajosa la que urde Yago, donde ningún hilo queda al albur. En principio, se escuda en el odio que siente por el general Otelo porque cree que “ha montado” a su esposa Emilia (rencor que amplía a Casio porque, según manifiesta en la escena I del acto II, juzga que también el teniente lo ha hecho), pero la manera en que desdeña a su mujer nos deja bien claro que se trata de otra cosa: nadie despliega tan macabra escenografía (todos parecen marionetas en sus manos) por una persona que, bien claro resulta en las escenas finales, le importa tres pitos. En su opinión, todas las mujeres son unas furcias, incluida la suya.

William Shakespeare, con la habilidad diabólica de quien conoce muy bien el espíritu humano, construye un ser demoníaco, jánico, inescrupuloso, que juzgo el más aterrador de los suyos, porque atesora tanta maldad como inteligencia, tanto veneno como astucia, tanta sagacidad como gelidez de ánimo. Yago dirige un circo con media docena de pistas, y en cada una de ellas organiza, diseña y manipula a un personaje. Es capaz de mantener todos los platillos girando, como un equilibrista maléfico e infalible. De ahí que, a pesar de su condición totalmente nauseabunda, fascine y encandile. Es el protagonista absoluto de la obra. El dios oscuro y taimado que susurra en los oídos de todos, que emponzoña todos los corazones; y que lo hace, además, fingiendo lealtad y cariño indesmayable.

No me cabe duda de que esta pieza se encuentra a la altura de Hamlet. Y tampoco me cabe duda de que volveré a leerla dentro de unos años, si sigo vivo.

jueves, 22 de enero de 2026

Antonio y Cleopatra

 


Vuelvo hasta las páginas de William Shakespeare, para que recree ante mí los tumultuosos amores entre Marco Antonio y la reina Cleopatra. Y, como siempre hago cuando me enfrento a una obra del Bardo, algunas secuencias las repito en voz alta, tras haberlas leído en silencio. La sonoridad que logra el profesor Ángel-Luis Pujante en su traducción, desde luego, ayuda mucho.

Ocioso resultaría detallar los pormenores históricos del drama, porque resultan sobradamente conocidos. Lo importante es la condición visceral y volcánica de estos amores, que Antonio alimenta en su corazón pese a que su cerebro lo lleve hasta la boda con la hermana de César (“Aunque esta boda me dé paz, mi placer está en Oriente”). Romano y egipcia se atraen, se inflaman, se buscan, se aman, se vuelcan; ambos se dejan llevar por la fogosidad de una pasión que los lleva al arrebato, a los celos, al incendio íntimo, incluso a la cólera (cuando se sospechan engañados por el otro). Y ese torrente de emociones, gracias al Cisne de Stratford, se convierte en unas secuencias dramáticas inolvidables, donde las palabras y la sangre se funden de manera prodigiosa.

Las escenas finales, en las que la soberana egipcia decide administrarse la muerte para no ser exhibida por César como botín de guerra, son de una belleza trágica conmovedora, que conviene leer en un silencio reverencial.

Eric Clapton no lo sé, pero William Shakespeare sí que era Dios.

martes, 25 de noviembre de 2025

Romancero

 

Tras una primera aproximación no desagradable al escritor argentino Leopoldo Lugones (el libro Alas, que ya comenté aquí en el año 2009: https://rubencastillo.blogspot.com/2009/10/alas_11.html), me acerco hasta los poemas contenidos en su Romancero, y la experiencia ya no me deja, ay, tan buen sabor de boca. Todas las composiciones que aquí recopila el autor son un sofoco continuo de amor arrebatado, pasional, volcánico; un amor puro y que no puede acabar sino con la muerte; un amor que no admite moderación ni calma. O sea, un arrebato romanticoide tras otro, que termina por cansar a partir de la página 20, por más buena voluntad que se le quiera poner a la lectura. Me encuentro, evidentemente, con pupilas que no son negras (qué ordinariez), sino violetas (p.138); con "tules" que siempre riman con "azules" y con "amor" que siempre rima con "dolor"; con tristes lágrimas para las que solo la tumba actuará como alivio; y con algunos intentos de ofrecer imágenes más originales, a riesgo de caer en la idiocia estupefaciente ("La rana no es más que una / tecla en la noche estival. / Una tecla de cristal / del piano de la luna"). Sultanes, amaneceres, reyes enamorados, abedules, visires, sombras esquivas, guitarras dolientes, esclavas bellísimas y ojos lánguidos que abaten sus pestañas como ocasos celestiales completan estas composiciones con su salpicoteo ñoño. En suma, unos poemas que parecen destinados a convertirse en billetitos seductores para doblegar el ánimo de señoritas dengues.

He tenido, eso sí, el coraje de recorrer las ciento cincuenta páginas del tomo, por si acaso encontraba algo más (lo que fuera) digno de apuntación. Espero que mi paciencia sea aplaudida.

miércoles, 6 de agosto de 2025

Hernani


 

Mucho tiempo (quizá demasiado) sin leer a Victor Hugo, así que abro las páginas de Hernani y vuelvo a él. La historia, romántica por demás, es sobradamente conocida: doña Sol debe elegir entre tres galanes que requieren su cariño. El primero es don Carlos, que ha quedado prendado de su hermosura nada más verla y que, a la hora de rendir su corazón, desvela su auténtica identidad: es el rey Carlos I de España, que pronto se convertirá en el emperador Carlos V. El segundo es el anciano duque de Pastrana, de la poderosa casa de Silva (durante buena parte de la obra, el personaje en mi opinión más digno y admirable de la obra). El tercero es el bandolero conocido como Hernani, por el cual doña Sol muestra clara predilección y que, al fin, también nos revela una identidad que ha permanecido escondida buena parte de la pieza: es don Juan de Aragón, cuya familia fue afrentada por el rey Carlos y que ahora ansía venganza contra él. De esa situación compleja brotarán citas a escondidas, parlamentos exaltados, disfraces, odios y amores extremos, perdones súbitos y algunas muertes más bien tremebundas, que tiñen de emociones drásticas esta historia de amor, celos y ambición.

Quienes no somos excesivamente amantes del radicalismo romántico sufrimos, eso sí, con sus arrebatos viscerales, que nos hacen torcer el gesto y nos privan de parte del encanto de la obra. Pondré un ejemplo único: cuando doña Sol está a punto de casarse con el duque de Pastrana, porque Hernani le ha dicho que se una a él y olvide su amor infausto, el bandolero la mira con desdén y, tras mirar las joyas que el duque le ha regalado como ofrenda nupcial, la tilda de mujer voluble… para dos líneas después pedirle perdón con las más desgarradas muestras de arrepentimiento. Ese pendulismo radical del amor romántico, tan arrebatado para amar y tan presto a odiar, me parece (puede que esté equivocado) que revela poca fe en la otra persona. Y crispa los nervios de quien está leyendo, porque para apreciar estos furibundos cambios de carácter, de la lágrima a la risa loca, del desdén al éxtasis, de la entrega incondicional a la renuncia, hay que hacer violencia del sentido común. El retrato que de sí mismo traza Hernani para apartar de su lado a doña Sol es (véase) tan arrebatado como histriónico, tan ampuloso como teatral: “Quizá me crees un hombre como los demás, un ser inteligente que va recto a conseguir el objeto de sus sueños; pues no, no lo soy. Soy una fuerza que impulsan, soy el agente ciego y sordo de los misterios fúnebres, soy el alma de la desgracia impregnada de tinieblas. ¿Dónde voy? No lo sé. Sólo sé que me impulsa con soplo impetuoso un destino insensato; sólo sé que desciendo más cada vez, sin detenerme nunca. Si algunas veces, jadeante, me atrevo a volver la cabeza, oigo una voz que me grita: ¡Adelante!, y el abismo es profundo, y veo su fondo rojo, o de llama o de sangre, y entretanto, a una y a otra parte de mi vertiginosa carrera, todo se destroza, todo se muere. ¡Ay del que me toca! ¡Huye de mí! Apártate de mi fatal camino”. Todo, en mi opinión, demasiado infernal y patético.

Pero no seré injusto: si se coloca entre paréntesis esa porción de exaltaciones la obra de Hugo se lee con auténtico agrado, casi doscientos años después de su estreno. Es más de lo que pueden decir el 90% de las obras literarias.

sábado, 3 de mayo de 2025

La balada del café triste

 


Nos encontramos en un pueblecillo solitario y polvoriento y, en él, descubrimos una vieja casa clausurada. Por una de sus ventanas, si se está muy atento, puede verse durante unos minutos al día la sombra de una mujer de ojos cansados y ademanes casi espectrales. Su nombre es miss Amelia Evans. Durante buena parte de su juventud y madurez fue una mujer admirada y temida: seis pies y dos pulgadas de altura (es decir, casi un metro noventa), ciento sesenta libras de peso (o sea, unos setenta y tres kilos), unos bíceps más que notables y un humor de perros. Durante años se ocupó de mantenerse por sí sola (su marido, Marvin Macy, se encontraba en la cárcel), destilando licor y ocupándose en mil tareas mercantiles, hasta que llegó al pueblo el enano jorobado Lymon Willis, quien afirmaba ser su primo, con el que abrió un café. Al principio, todo parece ir bien (salvo que los lugareños no atinan a comprender la auténtica relación entre miss Amelia y su presunto primo, que la tiene encandilada), pero las cosas comenzarán a torcerse cuando el rencoroso, agresivo y chulesco Marvin vuelva al pueblo y comience a rondar por los alrededores.

Una novela que leo gracias a la traducción de María Campuzano y que me parece muy bien construida y desarrollada, con un poderoso atractivo verbal y con estampas memorables. Carson McCullers demuestra aquí su amplio dominio de los resortes narrativos y su gran capacidad para los finales melancólicos. Notable.

sábado, 7 de diciembre de 2024

Poema del otoño

 


Rubén siempre es Rubén. Y la fórmula, que podría ser entendida como una crítica negativa (aludiendo a su carácter repetitivo o previsible), la emito como elogio, porque sus versos siempre me han parecido muy notables: es uno de los raros ejemplos de escritor que funda un territorio especial, y que fija sus leyes, y que abrillanta en cada nueva entrega unos metales ya de por sí refulgentes. En Poema del otoño ocurre igual: nos encontramos con una presencia continua de nombres y referencias clásicas (el nicaragüense era un enamorado del mundo grecolatino, pero también de otras culturas antiguas, cuyos reyes o dioses le suministran un espléndido arsenal de erudiciones); nos encontramos con invitaciones vitalistas para que gocemos los placeres mundanos (aunque, en este libro, también afirme anhelar la vida recoleta, disciplinada y asexuada de los monjes, en el poema “La Cartuja”); y nos encontramos con algunas composiciones notablemente famosas de su producción, como “Los motivos del lobo” (donde analiza las maldades que la especie humana acumula, que la convierten en la más turbia de las alimañas), “Margarita, está linda la mar”, “El clavicordio de la abuela” o “La rosa niña” (que nos entrega una fábula religiosa muy delicada y, por momentos, conmovedora).

Pero donde realmente atruena y asombra la musculación lírica de Rubén es en los aspectos verbales. Nada resulta anodino en sus versos, porque de todo se sirve para fraguar sonoridades únicas: unos encabalgamientos constantes que, en otras manos, derrumbarían el ritmo del poema y que, en su caso, lo aquilatan (“Gozar de la carne, ese bien / que hoy nos hechiza, / y después se tornará en / polvo y ceniza”); unas rimas intrépidas, que jamás se conforman con la facilidad y que se adentran por caminos inexplorados (roe-Cloe, voz-Booz, van-Kayyam); o incluso aventuras estróficas arriesgadísimas, que resuelve con magistral aplomo (en el poema “Santa Elena de Montenegro” tiene la osadía de reunir veinticinco tercetos monorrimos sin que le tiemble el pulso).

Evidentemente, sus libros hay que leerlos de forma espaciada, porque se corre el peligro de “verlo todo igual” a partir de la página diez. Pero creo haber encontrado la solución idónea para soslayar ese problema: acercarme cada seis meses a uno de sus trabajos.

martes, 26 de noviembre de 2024

Maribel y la extraña familia

 


Es sorprendente que un muchacho pueda ser tan tímido que necesite la ayuda de su madre y de su tía para explicar a la muchacha de la que está enamorado que lo acepte por esposo. Es mucho más sorprendente que esa muchacha se dedique al alterne (digámoslo con suavidad, tal vez con palabra ya obsoleta) y que el chico, tras haberla conocido en un bar de copas y haber recibido su mirada y su sonrisa profesionales, no se haya percatado de la evidencia mercantil de la situación. Y no resulta menos sorprendente que la madre y la tía escuchen música de Elvis Presley a su avanzada edad, que paguen a una pareja para que acuda de visita dos veces al mes, que preparen cócteles modernos, que tengan una casa que parece un museo de antigüedades y que, pese a la ordinariez y la escasa longitud de la falda de la chica, tampoco se percaten de su comprometido estatus laboral. Estas rarezas (y otras no menos notables, que irá descubriendo quien se adentre por las páginas de Maribel y la extraña familia, de Miguel Mihura) llegarán a su cénit cuando la muchacha, nerviosa por el equívoco y deseando aclarar la situación, advierta que nadie entiende sus indirectas, que nadie parece dispuesto a escuchar sus confesiones. Añadan a ese panorama tres compañeras de trabajo de Maribel que acuden de visita a la casa; un médico que no sale de su asombro cuando la muchacha le pregunta si la familia está majareta; un señor que administra los negocios de la familia (y que es cliente de una de las amigas de Maribel); una puerta misteriosa; y, por encima de todo, el enigmático (o sospechoso) drama que aconteció cuando la primera esposa de Marcelino se ahogó en un lago… que ahora el ilusionado novio quiere, vaya por Dios, visitar con Maribel.

Siempre eficaz en la organización de sus materiales dramáticos, Mihura entrega en esta célebre pieza unas interesantes reflexiones sobre la timidez, sobre el dolor, sobre el espíritu humano y sobre la redención (palabra quizá también vieja y obsoleta, pero que convendría reivindicar) que, pese al inevitable amarillo que ya colorea las emociones de la obra, aún se lee con agrado. ¿Que el candor de Marcelino roza lo risible o lo patológico? No me atreveré a dudarlo. ¿Que la forma en que Maribel se transforma interiormente huele a moralina? A kilómetros. Pero lo importante, me parece, no reside en esas dos flaquezas hiperbólicas (que cualquiera puede detectar y aun denigrar), sino en la brillantez con la que el dramaturgo madrileño nos lleva de la mano para, con una sonrisa, conducirnos hacia un final amable y reconfortante. Insisto: aún se lee con agrado. Háganlo.

viernes, 1 de noviembre de 2024

Las confesiones de un pequeño filósofo


 

No necesito muchas palabras para definir lo que los lectores encontrarán, como he encontrado yo, en el interior de este libro. De hecho, precisaré solamente una: Azorín. Quienes hayan recorrido alguna de sus obras, me entenderán de forma clara. Quienes se apresten a su primera aproximación al prosista alicantino, que lo recuerden para futuros abordajes. Porque Azorín es siempre Azorín. Si no fuera porque podría ser juzgado como broma, usaría para etiquetar a Azorín la fórmula con la que definen al entrenador José Mourinho: Special One. Es exactamente eso. “Dudo ante las cuartillas [nos dice] de si un pobre hombre como yo, es decir, de si un pequeño filósofo, que vive en un grano de arena perdido en lo infinito, debe estampar en el papel los minúsculos acontecimientos de su vida prosaica” (p.46). Por fortuna, esta vacilación se queda en un simple recurso retórico, pues de inmediato el escritor de Monóvar comienza a explicarnos cómo fue su infancia, con sus maestros ásperos, que le provocaban “una angustia indecible” y que convertían el colegio en “una caverna lóbrega” (p.57), donde se veía obligado a incorporarse a unos ritmos estúpidos, de los que se liberaba mirando por las ventanas (temprana fascinación por el paisaje) y escuchando el tañido de las campanas (las eternas campanas de sus páginas mejores). A la vez, nos va dando noticia, en pequeñas viñetas deliciosas, sobre algunos de sus familiares, sobre las profesiones pequeñitas, que siempre lo han impresionado (las tenerías, los percoceros, los regatones) y, continuamente, sobre la localidad de Yecla, que nos retrata con tintes más bien oscuros, derivados quizá de su tristeza infantil: “un pueblo terrible” (p.70), “una ciudad soberbia y extraña” (p.73), “un poblachón sombrío” (p.112), etc.

Pero decía al principio que este volumen es puro Azorín; y eso significa que, si no disfrutas con el ritmo lento y melancólico de su mirar y de su prosa desde las primeras páginas, déjalo. No insistas. Es su forma de mirar y de contar. No hay en ella evoluciones ni cambios. O la tomas o la dejas. Yo, desde luego, la tomo. Es uno de mis clásicos.

martes, 3 de septiembre de 2024

El Horla y otros cuentos fantásticos

 


Hay prosas que, sin que pueda precisar en qué mecanismos articulan su magia, me seducen desde la primera vez que las saboreo. Y se trata de prosas que pueden ser muy diferentes entre sí y que, por tanto, se construyen sobre imanes distintos (Umbral, Muñoz Molina, Borges, Palma). Así que, reacio a actuar como filólogo o como cirujano estilístico, me limito ante ellas a frecuentarlas con periodicidad, a gozarlas sin mesura y a recomendarlas con entusiasmo. Por ejemplo, la de Guy de Maupassant, a quien vuelvo a tener entre mis manos con su tomo El Horla y otros cuentos fantásticos, que traduce y anota Juan Bravo Castillo para Austral y que me permite reencontrarme con sus temas favoritos (la vida después de la muerte, los enigmas de la existencia, la hipnosis, el terror, las premoniciones), que tan buen sabor de boca me dejan siempre: una fantasía donde la inquietud del sonambulismo le hace conocer a los misteriosos Invisibles, que se encuentran a nuestro alrededor en el mundo y que tal vez nos manejan o acechan (“El Horla”); relatos que nos remiten a angustias desasosegantes con aromas de Poe (“La mano disecada”); miedos que paralizan sin que acertemos a descubrir la autenticidad o sugestión de los estímulos que los generan (“Sobre el agua”); una humorada más bien macabra, que tiene como protagonista al filósofo Arthur Schopenhauer (“Junto a un muerto”); unos cabellos que pueden convertirse en asombroso objeto de adoración y temblores (“La cabellera”); el hombre que atesora el poder de influir sobre personas, animales y cosas con el simple movimiento de sus manos (“¿Un loco?”); el joven guía de montaña, tras todo un invierno encerrado en una cabaña que está custodiando (a la manera de un Jack Torrance), se adentra por los pasillos de la locura (“El refugio”); fantasías sobre la vida en otros planetas de nuestro entorno (“El hombre de Marte”); o incluso la apertura de puertas a un posible centro donde se asiste a los moribundos para que terminen sus días con dignidad, del modo en que ellos deseen (“La adormecedora”).

Si a esos argumentos fértiles, variados, inquietantes, le sumamos sus ideas sobre nuestro planeta (“Partícula de barro que gira disuelta en una gota de agua”), la noción de la divinidad (“Nuestra concepción del Sumo Hacedor, provenga de la religión que provenga, es la invención más mediocre, estúpida e inadmisible nacida del cerebro atormentado de las criaturas”), la limitación de nuestros sentidos físicos (“¿Adivinaríamos la música sin el oído? No. ¡Pues bien!, estamos rodeados de cosas que nunca sospecharemos, porque nos faltan los órganos capaces de revelárnoslas”) o el suicidio (“Existe en esta vida al menos una puerta que siempre podemos abrir para pasar al otro lado. La naturaleza se ha compadecido de nosotros y no nos ha aprisionado. ¡Gracias en nombre de los desesperados!”) convendremos que nos hallamos ante un volumen interesante y lleno de atractivos literarios, que ha envejecido con mucha dignidad desde su escritura.

miércoles, 3 de enero de 2024

Los clásicos futuros

 


Es difícil (y aun imposible) emitir un dictamen sobre los escritores que serán recordados y aplaudidos en el porvenir, porque estamos incapacitados para conocer el curso que seguirán (si es que alguno siguen) las directrices estéticas o temáticas del futuro. Si ya nos resulta paradójico o asombroso que, en el presente, triunfe tal o cual autor, que no se adapta de ninguna manera a nuestros gustos, imagínense de qué autoridad dispondremos para calibrar cuáles soportarán y cuáles no la erosión inmisericorde de los calendarios. Pero Azorín tuvo la osadía de acometer esa labor en su trabajo Los clásicos futuros, donde apostó de forma clara por un octeto de nombres que, a su juicio, brillarían incluso décadas más tarde: José María de Pereda, Benito Pérez Galdós, Clarín, José María Matheu, Miguel de Unamuno, Pío Baroja, Rubén Darío y Ricardo León. Veamos qué ha quedado de ellos, un siglo más tarde.

No hace falta ser un lector avezado para descubrir que Galdós, Clarín, Unamuno, Baroja y Rubén Darío sí que han ratificado el pronóstico. Pereda (a quien ya no se lee ni en Santander), Matheu (al que devoró el más atronador de los silencios) y Ricardo León (el “modernista castizo”, como se le llegó a bautizar) resulta evidente que no. El porcentaje de aciertos (y disculpen que lo someta a la dureza fría de las matemáticas, y que parezca bromear) no es malo: 62%.

Déjenme añadir dos apuntes, que me han llamado de forma especial la atención. El primero nos invita a ser moderados en nuestros juicios. Azorín, llevado quizá por un exceso de subjetivismo, se atreve a convertir una conjetura en párrafo de mármol (“José María Matheu acabará por triunfar. Triunfará, en tanto que se hunden tanta novela ñoña, ridícula u obscena, exaltadas en las gacetillas, celebradas por una crítica complaciente, premiadas por institutos, accesibles al favor y a la parcialidad”, p.135); y, como es evidente, yerra… salvo que admitamos la posibilidad de que ese éxito de Matheu aún resulte posible. Quién sabe. El segundo apunte es mucho más delicado, porque el escritor de Monóvar, después de visitar la biblioteca de Clarín y ojear una libreta manuscrita que había quedado olvidada sobre una mesa, declara sin empacho: “He cerrado el precioso cuaderno y me lo he metido en el bolsillo” (p.125). Y, con una cierta desvergüenza, remata su confesión con unas palabras que no sé si buscan nuestra disculpa o nuestra complicidad: “No, no cometía latrocinio; usaba de un derecho no escrito”. Es decir: como yo lo admiraba mucho, puedo quedarme con sus papeles íntimos sin dar cuenta a la familia. Para qué vamos a maquillar esta secuencia, si habla por sí misma.

Salvada esa anécdota desagradable, el libro es delicioso.

sábado, 16 de septiembre de 2023

Lecturas españolas

 


Ese amor por lo antiguo, esa pasión lánguida y constante por el tiempo pasado (costumbres, libros, paisajes, tradiciones), que es innegable en Azorín, ha servido para que se le juzgue muchas veces como “reaccionario”, tanto literaria como políticamente; pero se trata a mi juicio de una notoria equivocación. Es evidente que el escritor monovero ama muchos aspectos del ayer, quién habría de negarlo. Ahora bien: extraer de ahí un juicio marmóreo sobre su alma entera es hipérbole torpe. Leamos, por ejemplo, lo que dice en “La España de Gautier”, uno de los artículos que se incluyen en estas Lecturas españolas, porque ilustra muy bien una parte de su ideología, acaso poco tenida en cuenta: “Lo pasado no se puede volver a vivir; la corriente del tiempo no puede ser remontada. Las calzas atacadas, como los cachivaches de la casa, las diversiones, las costumbres, todo se modifica y cambia. Vivamos nuestro tiempo”. No es (coincidirán conmigo) la frase de un retrógrado, sino la de alguien que aplaude también las bondades del presente. Porque Azorín es sobre todo eso: la mirada silenciosa y reflexiva de quien desea empaparse de su entorno de forma profunda. De ahí la lentitud y la minucia de sus descripciones: quiere observarlo todo, registrarlo todo, ponerle a todo un pequeño foco de admiración y de palabras, para que participemos de su experiencia y nos enriquezcamos con ella.

En Lecturas españolas, Azorín nos habla de la forma en que Juan Luis Vives recrea escenas humildes (acaso reminiscencias de la infancia) en sus libros; de su amor por la vida de aldea (utilizando como base el libro célebre de Antonio de Guevara); de la modernidad reflexiva de Saavedra Fajardo, que pedía a todos sus compatriotas tolerancia, mesura, apertura de mente y respeto colaborativo con los demás; de su predilección por la poesía festiva, no la barroquizante, de Luis de Góngora (“lo que prevalecerá”); de su reivindicación del casi olvidado aragonés Mor de Fuentes; o de su admiración rendida y absoluta por Benito Pérez Galdós o Pío Baroja… Todos esos españoles gigantescos fueron dejando su impronta en la vida nacional. A veces, de forma visible; a veces, secretamente. Pero su legado nos ha conformado como país. Frente a todas las lacras que nos han lastimado secularmente, y que Azorín enumera con rigor (“Causa de la decadencia de España han sido las guerras, la aversión al trabajo, el abandono de la tierra, la falta de curiosidad intelectual”), nos queda la esperanza de que aprendamos de estos prohombres cuál es el camino para afrontar de mejor manera el futuro.

Vuelve a maravillarme el escritor alicantino. Vuelve a dejarme en silencio (leer a Azorín supone adentrarse en una burbuja de silencio y calma).

Era un grande.

lunes, 17 de julio de 2023

Luz de lluvia

 


Puedo leer cierta prosa (algunas novelas, algunos cuentos, algunos ensayos) con sonido ambiental: conversaciones en la mesa de al lado de la cafetería, petardeo de las motos por la carretera… Pero requiero de un silencio casi sepulcral para adentrarme en la poesía. Seguramente por eso elijo leerla de noche, cuando las presencias humanas, con sus ruidos, se han adormecido o alejado. Hace una semana, leí en esas condiciones Luz de lluvia, de Joan Margarit; y ahora, tras releerla con idéntica ambientación, tecleo unas palabras (insuficientes, seguro que prescindibles) sobre el tomo.

Y es que cuando un poeta me dice que “hace frío en el pasado” (Viaje de invierno) o que “la lluvia de un domingo por la tarde / a veces se parece a nuestro epílogo” (Tarde de lluvia), yo sé que mi obligación, respetuosa y conforme, debe ceñirse a leer esas palabras, dejar que impregnen mi interior y callarme. Cualquier forma de comentario que pudiera dedicarles sería improcedente, por nimia. Me produce una enorme felicidad descubrir cómo Margarit me revela un perfil diferente sobre temas o personajes que conozco: sea sobre la figura de Odiseo (“Quizá un lejano Ulises murió en Troya, / y quizá lo lloró alguna mujer, / pero en el sueño de un poeta ciego / continúas salvándote: /en la frente de Homero, riguroso / y eterno, cada vez que rompe el día, / un solitario Ulises desembarca”), sobre las tumbas de cinco artistas inconfundibles y eternos (Van Gogh, Baudelaire, Rilke, Borges y Brooke) o sobre la perennidad inmaculada del cosmos (“La oscuridad donde una estrella hoy brilla / en la noche de Asiria fue la misma, / y en el bordado firmamento hebreo / o en el cielo nocturno que vieron los caldeos”). Milagros de la mirada y de la palabra, que siempre queda trazada con ritmos deliciosos y que nos deja un silencio ondulante en los oídos.

Casi en susurros, el poeta catalán nos dice en su poema Antes del alba: “El día que aún no empieza es la riqueza”. Y queda en nuestros cerebros y en nuestros corazones detenernos a valorar el tremendo mensaje de esperanza, de fantasía, de gozo, de lucha y de posibilidades que esas pocas palabras encierran.

Seguiré leyéndolo. En silencio y de noche.

domingo, 25 de junio de 2023

Sonata de otoño

 


Quizá sea hora, treinta años después, de releer e incluir en este Librario íntimo las Sonatas del sorprendente, vertiginoso y elevado Ramón del Valle-Inclán, así que vuelvo a ellas por orden cronológico y disfruto de la Sonata de otoño, publicada originalmente en 1902, que se abre con la carta que recibe Xavier, marqués de Bradomín, en la que su prima y antigua amante Concha le explica que se encuentra en trance de muerte en el palacio de Brandeso y que querría disfrutar de su compañía en los días últimos. Conmocionado por la misiva, el marqués se desplaza hasta allí y, aunque la muchacha está muy desmejorada, extrema con ella su galantería (“Antes eras la princesa del sol. Ahora eres la princesa de la luna”). Desde ese momento, se inicia un período de recuperación pasional y también de remembranza de los años pasados, en el que ambos intentan disfrutar de las mieles postreras de un amor que los empapó siempre, pese a que ella estuviera casada (“con un viejo”) y que él, como impenitente donjuán, no eludiese el coqueteo con otras damas.

Concha despliega ante Xavier su sinceridad más descarnada (“Sólo una cosa le he pedido a la Virgen de la Concepción, y creo que va a concedérmela… Tenerte a mi lado en la hora de la muerte”); y Xavier, elegante e irónico, no puede evitar comparar los tiempos actuales con los pasados (“Confieso que mientras llevé sobre los hombros la melena merovingia como Espronceda y como Zorrilla, nunca supe despedirme de otra manera. ¡Hoy los años me han impuesto la tonsura como a un diácono, y sólo me permiten murmurar un melancólico adiós!”). Cuando la muerte por fin acontece, el seductor marqués muestra el temple de su espíritu, pensando más en sí que en la difunta, en un ejercicio de egoísmo que asombra al lector: “¿Volvería a encontrar otra pálida princesa, de tristes ojos encantados, que me admirase siempre magnífico? Ante esta duda lloré. ¡Lloré como un Dios antiguo al extinguirse su culto”.

Sigue gustándome la prosa de Valle, aunque también es verdad que la sobreabundancia de adjetivos la vuelve por momentos sofocante. Séale perdonado ese exceso al excesivo don Ramón.

martes, 6 de junio de 2023

El orden del tiempo

 


Me aproximo hasta los poemas que componen uno de los libros iniciales de Joan Margarit, que se titula El orden del tiempo y que fue publicado en 1985. Es un poemario donde hay playas, cielos altos y oscuros, casas vacías que esperan, tiempos inciertos y tristes, luces en los cristales, música muy lenta de jazz y algunas melancolías. Hay brevedad y fogonazos de belleza, que en ocasiones se condensan incluso en formas rigurosamente clásicas (hay varios sonetos, no precisamente malos, entre estas composiciones). Hay varias reflexiones que se elevan como volutas de humo, bien hablando de la vida (“Hoy, desde la muralla, cuando caen las sombras, / pienso si no habrá sido, la vida que se escapa, / como cruzar de noche / un dulce naranjal que hemos olvidado”), bien refiriéndose a la finitud (“Un muro de palabras, no otra cosa, / es lo que nos separa de la muerte”). Hay tiernas alusiones a su hija Joana (“Sólo un vago temor por esta hija / que no saldrá jamás de su niñez”). Ese conjunto de destellos, unidos, conforman un volumen notable, aun dentro de su brevedad, donde se intuye la existencia de un poeta, aunque todavía no se alcancen las dimensiones rigurosas del poeta que acabaría siendo. Aquí, Margarit empieza a ser, pero aún no es. Lo digo con todo el respeto y con toda la admiración. Faltan peldaños. Se encuentra (y utilizo un verso extraído de la composición “Elegía para el arquitecto Coderch de Sentmenat”) justo en el límite de algo perfecto.

Gracias a la majestuosa edición que ha preparado Austral, con prólogo exquisito de José-Carlos Mainer, voy a ir adentrándome en todos los libros que me faltan de este egregio escritor catalán. Hoy ha comenzado la fiesta.

viernes, 5 de mayo de 2023

Noches lúgubres

 


Dos personajes (con el añadido de algunos anecdóticos) protagonizan estas tres famosas y aparentemente inconclusas Noches lúgubres, del militar gaditano José Cadalso: el primero se llama Tediato y es un hombre arrebatado y sufriente, que descree de todos los seres humanos (“Tan despreciables son para mí muertos como vivos; en el sepulcro, como en el mando; podridos, como triunfantes; llenos de gusanos, como rodeados de aduladores”) y que se muestra incluso reacio a admitir la existencia de la amistad (“Todos quieren parecer amigos: nadie lo es”). Sabemos de él que su posición social y su posición económica son desahogadas, pero que la desesperación lo ha llevado hasta el nihilismo; el segundo se llama Lorenzo y ejerce tareas como enterrador, además de padecer una infinitud de penurias que incluyen la pobreza, el decaimiento y la defunción de varias personas importantes de su entorno. El vínculo entre ellos se produce cuando Tediato paga a Lorenzo para que, sin formular preguntas ni oponer bobas consideraciones religiosas o morales, saque a la luz los restos putrefactos de una dama, los cuales Tediato desea llevar a su casa para después, tumbándose a su lado, pegarle fuego a la vivienda y que las llamas unan y purifiquen a ambos.

Como se puede observar, un arrebato inequívocamente aromado con los perfumes malditos y hediondos del Romanticismo, deudores de la patología.

Como Dios aprieta, pero no ahoga, la obra es muy breve.

viernes, 24 de febrero de 2023

Las Meninas

 


Nos situamos a mitades del siglo XVII, en la ciudad de Madrid. Una parte de la Corte de Felipe IV se encuentra agitada y molesta con don Diego Velázquez, pintor amado y protegido por el monarca, quien acaricia la idea de pintar un lienzo que muchos juzgan provocador, en el que una infanta quedará retratada junto a sus sirvientas, sus enanos (Mari Bárbola y Nicolasillo) y un perro. Los reyes, qué osadía, apenas serán visibles en la imagen borrosa de un espejo. Y el propio Velázquez quedará inmortalizado como figura notoria del cuadro. Para impedir esa indigna falta de respeto y esa evidente soberbia se movilizan todo tipo de figuras: pintores rivales que envidian su talento y su posición en la Corte (Angelo Nardi), familiares que buscan su descrédito para medrar (José Nieto), religiosos que no dudan en recordar su afición por pintar mujeres desnudas (un dominico) y hasta algunos nobles que lo consideran inadecuadamente cercano al rey (el marqués). Frente a todas esas asechanzas virulentas y codiciosas, don Diego apenas cuenta con el apoyo de la infanta María Teresa (que lo admira, pero que poco puede alzar la voz frente a la ceguera de su padre) y a la balbuciente fe de su esposa Juana (que lo quiere, pero que se encuentra zarandeada por la sospecha de que Diego le fue infiel en Italia con alguna de sus bellas modelos). Lo que está en juego es la creación (o prohibición) del futuro cuadro “Las Meninas”.

Con esta excepcional obra dramática, Antonio Buero Vallejo (Guadalajara, 1916) nos ofrece una visión profunda y descarnada de aquella España podrida, en la cual el rey se dedicaba al ejercicio de la caza y a engendrar hijos bastardos; sus consejeros desviaban o despilfarraban los caudales públicos para mantener una farsa de prosperidad; el pueblo moría de hambre, atosigado por crecientes impuestos, sin que le resultase permitida ni siquiera la protesta; los dignatarios eclesiásticos se solazaban en la impunidad y en el control de la vida moral del país; y el resto de Europa, descubiertas las fisuras del otrora gigante hispánico, comenzaban a tomar posiciones para suplantarlo en su lugar hegemónico. Pero también nos pasea por el alma y por los ojos de un pintor único, mostrándonos sus inquietudes, sus firmezas, sus temores, sus búsquedas estéticas (cuando Nardi le recrimina que una parte de sus retratos sea nítida y detallista, mientras que el resto queda un poco difuminado, Velázquez responde con una aguda precisión artística y oftalmológica: “Vos creéis que hay que pintar las cosas. Yo pinto el ver”).

Pintor y dibujante en sus inicios (y de notable técnica), Buero Vallejo realiza una brillante inmersión en el espíritu de Velázquez y nos regala un drama de altísimo valor, lleno de ternura y tragedia, que figura entre sus obras más notables.

lunes, 28 de marzo de 2022

Réquiem por un campesino español

 


He tenido un déjà vu mientras terminaba con el corazón en un puño las páginas finales de Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender. Recuerdo lo que experimenté hace casi cuarenta años, cuando leí la novela por primera vez: una poderosa sensación de mal cuerpo. Y ha vuelto a repetirse, con idéntica pujanza, al redescubrir cómo Mosén Millán, torpe o ciego, obcecado o inocente, provoca la muerte de Paco el del Molino cuando se permite la debilidad de confesar, ante los señoritos fascistas que están ocupando el pueblo con sus pistolas y sus ejecuciones nocturnas sumarísimas, el lugar donde se esconde el muchacho, que ha cometido el error de enfrentarse de forma abierta al señor duque. Mosén Millán lo vio nacer, lo bautizó, le dio la primera comunión, lo tuvo de monaguillo auxiliar en la iglesia, se hizo acompañar por él para administrar una extremaunción (episodio clave en la novela, porque despierta la inquietud humana y social en el chiquillo), lo casó con Águeda… y ahora, confiando de un modo insensato en la probidad de sus enemigos, lo pone en sus manos inerme. De ahí a la escena del fusilamiento (terrible, conmovedora, brutal) apenas fluyen unas horas: la venganza no necesita, en determinadas épocas, disimulos. Y los señoritos fascistas que están empeñados en que todo vuelva a ser como era antes, quemando banderas republicanas y matando a quienes se atrevan a enfrentarse a ellos, no se andan con chiquitas.

Ahora, un año después del crimen, Mosén Millán está a punto de oficiar la misa de aniversario y descubre con un estupor dolido que los tres responsables de la muerte (los ricos don Gumersindo, don Valeriano y don Cástulo) se permiten la cínica frivolidad de rivalizar entre ellos para ver quién sufraga la misa.

El párrafo que subrayé con rotulador rojo hacia 1983-1984 (ahora tiene un tono muy apagado, casi ocre) me sigue emocionando. Son las palabras que pronuncia el padre de Paco cuando observa a su hijo recién nacido: “¡Qué cosa es la vida! Hasta que nació ese crío, yo era sólo el hijo de mi padre. Ahora soy, además, el padre de mi hijo. El mundo es redondo, y rueda”. Ya puedo hacer mías esas palabras.

Novela dura, cortante y formidablemente construida con saltos hacia atrás y hacia adelante en el tiempo, en la que Ramón J. Sender nos deja un relato sobrio y revelador de unos meses inicuos de la Historia de España.