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miércoles, 8 de diciembre de 2021

El réprobo

 


Vicente Blasco Ibáñez fue un maestro. Y lo fue, entre otras cosas, porque cuando te enfrentas a una de sus historias cortas intuyes cómo y por dónde va a girar el argumento; pero, a pesar de todo, el valenciano logra que te emociones igual. Sus artimañas narrativas, fruto del talento y de la experiencia, resultan siempre muy eficaces. Y también lo son en El réprobo, una novela breve que nos sitúa en el interior de un convento de monjas. Allí se encuentran las religiosas viviendo una existencia gris, sin demasiados alicientes, hasta que ingresa la joven Genoveva de Oliva, hija de un rico casquivano y manirroto, que ha malbaratado su fortuna y la ha dejado en complicada posición con el resto de la familia, que se muestra renuente a mantenerla. Con el nombre de sor María del Lirio pretende encontrar la paz entre los muros de aquel recinto.

También gris y también con escasos alicientes transcurre la vida de Rafael, joven músico que, por tradición familiar, se encarga de tocar el órgano del convento. A diferencia de sus ancestros, él sí que compone su propia música, que regala los oídos de las monjas. Ellas, que lo conocen desde niño, lo cuidan y agasajan como si lo siguiera siendo, acogiéndolo con un cariño casi maternal. La sensibilidad del muchacho es tan acusada que su salud se mantiene siempre pendiente de un hilo.

Lógicamente, las trayectorias de Rafael y Genoveva se terminarán cruzando, y lo que surgirá entre ellos solamente admite el nombre mundano de amor, emoción que por las circunstancias que los rodean no pueden permitirse.

Utilizando la voz narrativa del médico que atendió los meses finales de Rafael, Blasco Ibáñez nos va presentando una historia reconstruida a base de testimonios parciales y suposiciones, que envuelve irremisiblemente a los lectores con su gran sensibilidad, su poder seductor y su emocionante final.

Lo dicho: un novelista al que se debe seguir frecuentando.

jueves, 25 de noviembre de 2021

El rey Lear, impresor

 


Cuando Martín Cortés salió de España lo hizo con una mano delante y otra detrás. De hecho, gastó en el viaje hacia La Argentina el poco caudal que había logrado reunir con su trabajo. Pero al otro lado del Atlántico, a fuerza de empeño y coraje, consiguió mejorar: trabajó como impresor, fue creciendo su fama y, con el paso de los años, se convirtió en hombre rico. Ahora, ese esplendor se traduce en que tiene un hijo zangolotino viviendo en Europa a costa del padre (Gonzalo) y que sus cuatro hijas no le dan más que disgustos: las tres mayores, porque se hallan dominadas por la ambición y no dejan de dar pasos para, con el auxilio de sus maridos, desalojar a su padre de sus vidas y controlar las finanzas familiares; y la pequeña porque es una izquierdista utópica, cuyo sueño es que su progenitor les entregue su empresa a los obreros. Sus refugios son Pepe Terneiro (un antiguo empleado que ahora disfruta de la jubilación) y Gertrudis (la vieja sirvienta que lo acompaña desde hace años). En ellos ha de buscar el consuelo a la amargura de una ancianidad triste.

El valenciano Vicente Blasco Ibáñez no oculta en ningún momento la conexión shakespeareana de esta novelita corta, que queda declarada desde el título mismo: la decepción que el viejo rey experimentaba con sus hijas se agría aquí hasta el punto de que ni siquiera su “Cordelia” lo acompaña hasta el final, porque don Martín no comparte su visión utópica del dinero. De tal modo que la decisión que toma en las páginas finales, cuando uno de sus yernos está celebrando su éxito político y la familia se vuelca en la fiesta conmemorativa, resulte casi natural (o al menos esperada). Desposeído de su futuro (lo han arrinconado por viejo), de su presente (nadie toma en consideración sus opiniones) y de su pasado (las hijas reniegan del origen paupérrimo familiar, que a él le parece meritorio), don Martín opta por convertir el drama en tragedia.

domingo, 15 de marzo de 2020

Piedra de Luna




El mundo de Hollywood era bien conocido por Vicente Blasco Ibáñez, sobre todo porque algunas de sus obras (Los cuatro jinetes del Apocalipsis, Sangre y arena, etc) fueron convertidas allí en películas de reconocido éxito, con protagonistas como Rodolfo Valentino y otras rutilantes estrellas del momento. De ahí que cuando nos adentramos en las páginas de esta novela sintamos que fabula sobre algo que debió de conocer bien.
La protagonista es Betty, una muchacha que, después de haber pasado por una infancia complicada y una juventud llena de trabajos variopintos, encuentra en el cine la oportunidad para convertirse una persona rica y famosa. Pero una peluca rubia (perennemente instalada en su cabeza) la convierte en pantalla en un ser bien distinto al que camina por las calles o se recuesta en el sofá de su casa. Algo en su interior le grita que no es feliz, que no ha conseguido encontrar el equilibrio que da la dicha. Y cuando se acerca a los cuarenta años y tiene a sus espaldas un espinoso camino de fiestas, divorcios y vaciedades, decide emprender un viaje por un país que siempre ha querido conocer: España. Sentada en el tren, sin su peluca dorada, es una mujer sin más. Bonita, pero aproximándose a una madurez que no sabe cómo encajar. Y el joven que se sienta frente a ella y que comienza a hablar le va a permitir aprender algunas cosas.
Elegante y segura de sí misma, la prosa de Vicente Blasco Ibáñez indaga aquí sobre el éxito, la felicidad y el paso del tiempo, tres vectores que a veces tiran del ser humano en direcciones opuestas y que lo desgarran íntimamente.

viernes, 14 de febrero de 2020

La devoradora




Vicente Blasco Ibáñez fue un escritor que ganó millones con sus obras, tanto por las ventas en forma de libro como por las adaptaciones cinematográficas, en Estados Unidos fundamentalmente. Esto le permitió, entre otras cosas, vivir en entornos sociales donde pudo conocer de cerca a personajes como los que aparecen en esta novela, que tituló La devoradora. Allí nos encontramos con Olga Balabanova, exbailarina del Teatro Imperial de San Petersburgo que se ha ido convirtiendo desde su salida de Rusia en una asidua del Casino de Montecarlo. Allí ha vivido durante mucho tiempo junto al gran duque Cirilo Nicolás, en un exilio dorado. Ahora, fallecido el noble, sigue sobreviviendo con la venta de sus joyas; y sin abandonar nunca los ambientes lujosos ni las salas de juego.
La narración podría haberse convertido, siguiendo esa línea, en la mera crónica de una decadencia. Pero Blasco Ibáñez introduce en escena a un austero joven bolchevique, Boris Satanow, que es enviado por las autoridades soviéticas hacia la viciosa Costa Azul, para que propague la revolución entre los proletarios galos. Para camuflar mejor su identidad, le entregan una fabulosa cantidad de dinero en joyas, que le haga parecer un multimillonario ocioso y le facilite la infiltración en los ambientes más adecuados. Será inevitable entonces que el ingenuo muchacho (que admiraba en su adolescencia a la bailarina) se encuentre con la Balabanova y que surja algo entre ellos.
Interesante reflexión sobre el lujo, sobre la candidez y sobre la fatuidad hueca de ciertos ambientes, esta novela corta de Vicente Blasco nos muestra de qué forma tan sencilla (y tan rápida) consigue el dinero corromper a las personas, hasta el punto de envilecerlas y lograr su degradación moral.

domingo, 19 de enero de 2020

El secreto de la baronesa




Doña Eulalia, a quien todos en el pueblo llaman “la baronesa” pese a que el título corresponde en realidad a su hermano, que vive en Madrid, es la mujer más poderosa y respetada de la localidad. Desde su juventud mantiene una imagen impoluta de dama chapada a la antigua, huérfana de modernidades, temerosa de que el pecado entre en ella, amiga del obispo y de las fuerzas vivas y casada con un hombre licencioso, que desde su desaparición no ha dejado más huella que la hija común: Marina. Es, también, la protectora del hijo de un labriego, el joven Sebastián, para quien la baronesa ansía la condición áurea de sacerdote. Todo el rancio equilibrio de esta escena se quebrará estrepitosamente cuando la dama descubra que su hija está embarazada, y que el padre no es otro que su protegido Sebastián. ¿Cómo afrontar la indignidad que, en opinión de la baronesa, comporta ese embarazo?
Muchos años después, cuando doña Eulalia se encuentre ya en su lecho mortuorio y esté a punto de entregar su alma a Dios, Marina querrá saber qué sucedió con su hijo, que le fue arrebatado desde el mismo instante del nacimiento. Y escuchará de labios de su madre una verdad que la estremece.
Novela de aroma galdosiano (imposible no recordar a doña Perfecta), El secreto de la baronesa se ofrece como una narración atractiva, en la que la intensidad del enigma se va dilatando de forma bien pautada y en la que el final conmociona al lector con su sorpresa. Otra muestra del oficio de Blasco Ibáñez, siempre eficaz en sus novelas cortas.

jueves, 9 de enero de 2020

El sol de los muertos




Nada más fácil para un escritor habilidoso y con experiencia que utilizar mimbres de su propia vida para componer una narración novelesca; y nada más difícil que contemplarse con ironía (y hasta con cierto sarcasmo) y desnudarse ante los ojos del lector. Todo eso es lo que hace, con oficio y cachaza, el valenciano Vicente Blasco Ibáñez en su novela El sol de los muertos, donde nos habla de un escritor que ha obtenido fama universal y que, a la edad de “sesenta y tantos años” posa su mirada en Faustina, que apenas roza los diecinueve, y decide convertirla en su mujer.
Para llegar a ese punto, Montalbo ha tenido que superar sus humildes orígenes, vivir en París una juventud bohemia, perder a su abnegada esposa cuando la fama comenzaba a llegarle, viajar por todo el mundo para promocionar sus libros y saber protegerse de los interesados que se arriman a él para obtener beneficios económicos y de las damas que no persiguen otra cosa que “figurar” junto al escritor célebre. Al cabo, y aun sabiendo que la fama no es sino el triste sol de los muertos (porque ilumina y calienta cuando ya no se disfrutan sus rayos), decide vivir con plenitud este amor otoñal, por encima de las burlas sociales y hasta de las críticas de sus hijos, que consideran la suya una actitud senil.
Un día, Montalbo escucha a escondidas una conversación que le permite saber que Faustina está enamorada, en realidad, de un chico de su edad; y tendrá que tomar una decisión al respecto.
Novela fluida, muy autobiográfica y sencilla, donde la muñeca de Blasco se mueve casi por inercia para construir una narración solvente.

jueves, 19 de diciembre de 2019

La familia del doctor Pedraza




Vendió millones de libros (no exagero en la cifra) y hoy apenas se le encuentra en los mercadillos de saldo. Fue adaptado al cine en Hollywood y hoy se le prodiga un silencio casi unánime que ronda con el desprecio. Se llamaba Vicente Blasco Ibáñez y es el autor de un buen número de libros que hoy almacenan polvo en las estanterías de las bibliotecas. En mi juventud leí dos o tres de ellos (Arroz y tartana, Entre naranjos y La barraca, si la memoria no me traiciona); y hoy me adentro en su novela La familia del doctor Pedraza, una agradable narración no muy extensa en la que nos presenta a un abogado de Buenos Aires “que nunca había ejercido su profesión” porque “las necesidades suntuosas de su familia” lo obligaban a dedicarse al mundo de los negocios, mucho más lucrativo y más ostentoso. Su esposa (doña Zoila) y sus seis hijas no conocen otro oficio que el dispendio en ropa, alhajas y fiestas, que el munificente don Rómulo sufraga con agrado. Y así se suceden, uno tras otro, los años.
El narrador conoce a tan espléndido personaje en la antesala de una entidad bancaria, a la que ambos han acudido a solicitar un préstamo; y luego coincidirán durante un viaje en barco que los lleva hacia Europa, donde el acaudalado doctor seguirá dilapidando dinero en París. Al cabo de un tiempo, cuando la inminencia de la ruina lo cerca, don Rómulo Pedraza adopta una decisión de lo más inesperada...
Una narración sencilla, fluida y agradable que me anima a seguir con otros textos del autor valenciano.