miércoles, 20 de noviembre de 2019

Acción, cámara, rodando




Tras acabar la colección de relatos Acción, cámara, rondando, de Antonio Llamas-Cánaves, descubro que lo único feo del volumen es el título. Todo lo demás, sin excepción, me gusta: el lirismo melancólico de “El grito”, el frenesí narrador de “Tito”, la originalidad espléndida de “Asesinato frustrado de Petrarca”, la dulzura amarillenta de “Apuntes para un final de otoño”, el juego compositivo (tan soberbio, tan eficaz, tan literario) de “El bucle”, etc.
Es una lástima que este narrador no se haya prodigado más, porque me parece que tenía bastantes cosas que decir en el mundo de la literatura regional.
Y subrayo (y copio aquí) una frase memorable: “La vida consiste en ver cómo amanece un día en el que descubres que todo ha cambiado”.

martes, 19 de noviembre de 2019

La voz interior




Leo la breve novela titulada La voz interior, de Jordi Sierra i Fabra (SM, Madrid, 1998), un ejercicio blanducho y descafeinado que a mis alumnos les gustaría más que a mí, y donde se cuenta la historia de una chica (Isabel Carreras) que ha sufrido un profundo shock (con intento de suicidio incluido) cuando una de sus amigas se ha chivado de que mantiene entrevistas, en la habitación del internado de monjas en el que se encuentra, con su novio.
Una monja (sor María, profesora de lengua) tratará de aclarar quién ha sido la amiga lenguaraz, para hacerle comprender a la muchacha que ha procedido inadecuadamente y evitarle así futuros remordimientos de conciencia.
Una viscosidad ideológica, ciertamente. Eso no obsta para reconocer que el autor ha sabido manejar un lenguaje y unas estructuras mentales muy adecuadas para su público adolescente. Pero, en fin, esto no va a ningún lado.

lunes, 18 de noviembre de 2019

El príncipe Caspian




Presentar a C. S. Lewis y sus historias de Narnia al público español es tan innecesario como absurdo: los miles de lectores que han devorado sus libros y los millones que han abarrotado las salas cinematográficas para ver las películas que se han adaptado desde ellos conocen las excelencias de su fantasía demasiado bien como para que se les importune con detalles accesorios o repetitivos. Todos hemos disfrutado alguna vez con las aventuras que Edmund, Peter, Susan y Lucy protagonizan en el mundo mágico de Narnia. Y en esta nueva entrega volvemos a encontrarnos con ellos.
Los cuatro hermanos están ahora en una estación de ferrocarril, cargados de baúles y cajas de juegos, cuando de pronto, sin previo aviso, una fuerza mágica tira de ellos y los devuelve al reino prodigioso del que una vez fueron reyes.
Pero las cosas han cambiado bastante. Miles de años han transcurrido, y el recuerdo de sus nombres y proezas se ha convertido en leyenda popular en la remota isla, dominada por un conflicto bélico de enormes proporciones: el príncipe Caspian, legítimo heredero del trono, es apartado del mismo por un usurpador llamado Miraz, que se ha rodeado de un ejército para consolidar su posición. Los seres de la naturaleza (árboles, faunos, animales parlantes) se alían con Caspian, pero otras fuerzas no menos poderosas eligen apoyar a Miraz, e incluso invocar a la Bruja Blanca (a quien los cuatro chicos protagonistas derrotaron en un episodio anterior).
¿Qué ocurrirá cuando se enfrenten las dos facciones? ¿Qué misterioso juego de fuerzas emergerá a la luz? ¿Quiénes saldrán al fin victoriosos de tan fabuloso choque?
De la traducción de este libro de Lewis (publicado originalmente en 1951) se ocupa Gemma Gallart y de las ilustraciones del volumen Pauline Baynes.

domingo, 17 de noviembre de 2019

Memoria de Prácticas




Fijémonos en las tres figuras que conforman el esqueleto de esta pieza teatral. De un lado, Maite, una maestra de 55 años que se ha curtido en mil batallas docentes y que se ha acorazado contra ciertas implicaciones emocionales que, aunque plausibles, resultan poco prácticas para el desempeño de su trabajo; del otro, Alma, una joven de 26 años que acaba de aprobar las oposiciones y que llega a la enseñanza con el corazón limpio, la voluntad indesmayable y las ilusiones intactas. En medio, José, un chiquillo de 8 años que procede de un entorno familiar y social bastante delicado, y que se convierte en el centro de atención de Alma, que trata de protegerlo, encauzarlo y salvarlo.
Fijémonos ahora en el paisaje que rodea a estas tres figuras centrales: el colegio Federico García Lorca, situado en una barriada difícil, con una atmósfera de drogas, pobreza y delincuencia, que erosiona la fe de sus docentes y que dibuja para los alumnos un futuro nada halagüeño, que pasa casi inevitablemente por el robo de coches o el tráfico de estupefacientes.
Alma, durante los meses que dura su período de prácticas, centrará sus mejores esfuerzos en José, al que intenta redimir de su destino (que intuye más bien aciago) enseñándole a hablar, a escribir, a dibujar y a concebir ilusiones (promete llevarlo a conocer el mar). Acabado ese curso, tendrá que presentar un informe donde exponga y razone qué ha hecho y por qué lo ha hecho… Pero el azar, con su crueldad inmisericorde, va a convertir ese documento administrativo en un terrible documento humano.
La gaditana Raquel Pulido Gómez, con esta pieza emotiva y excelentemente construida, que publicó el sello Algaida en 2017, fue la ganadora del LIII premio literario Kutxa Ciudad de San Sebastián, en la modalidad de teatro.

sábado, 16 de noviembre de 2019

La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo




Leo otra novela de Bohumil Hrabal, que se titula La pequeña ciudad donde el tiempo se detuvo. La traduce para la editorial Destino Monika Zgustová.
Encuentro de nuevo a los mismos personajes a quienes tuve la ocasión de conocer en una obra anterior (se alude al hermoso cabello ya cortado de la madre), y me sigue dejando perplejo el modo de vida de estos enigmáticos personajes, que viven entre cerveza, reacciones cuyos mecanismos me veo imposibilitado de explicar, cánticos estruendosos e invasiones nazis. Sigo sin entender de forma “esencial” al vocinglero Pepin, pero me divierto con sus peripecias.
Lo mejor de la narración, sin duda, la atmósfera melancólica que el autor ha sabido dibujar al final, y que me he dejado pensativo, rodeado de silencio. Hrabal es un autor en el que no consigo entrar del todo, pero que me fascina. Resulta un poco difícil de explicar.
Frases que he subrayado en el tomo: “A Dios le gustan los locos y los lunáticos”. “Dios admira las mentiras repetidas con fe, las mentiras entusiastas le resultan más agradables que una verdad razonable, sosa y aburrida”.

viernes, 15 de noviembre de 2019

La isla de Nim




Un niño es siempre una isla, un espacio virgen que se defiende del mundo rodeándose de un agua especial, aislante. De ahí que los niños sean los grandes imaginativos, los grandes constructores de mundos paralelos; y de ahí también que los autores que se han ocupado de escribir para ese público (Tolkien, Lewis, Rowling) hayan intentado convertir en protagonistas de sus historias a niños que, con la fuerza de su mente, con el músculo de su fantasía, han edificado grandes aventuras. Narnia o la escuela mágica de Harry Potter pueden ser dos ejemplos bien conocidos.
En La isla de Nim, de Wendy Orr, que publica Edelvives en la traducción de Herminia Bevia y con ilustraciones de Kerry Millard, se repite el procedimiento. Su protagonista es una niña que vive en una isla (no metafórica, sino real) con su padre, un investigador que, a causa de una tormenta, acaba perdido en el mar. Entonces la muchacha, auxiliada por tres amigos muy especiales (un león marino, una iguana y una tortuga), decide que no va a rendirse, y que pondrá todo de su parte para rescatar a su padre. ¿El modo de lograrlo? Pues su única idea pasa por el correo electrónico, mediante el cual se comunica con Alex Rover, un intrépido protagonista de novelas de aventuras… que en realidad es una escritora de éxito, huraña e introvertida.
Cuando Nim consigue que Alex Rover se interese por su situación y se implique en ella comienzan a suceder las auténticas aventuras de este libro, que se puede completar con la versión cinematográfica protagonizada por Jodie Foster.

jueves, 14 de noviembre de 2019

Enciende primero, respira después




Ejercer un control absoluto sobre los infelices que se han visto obligados a caer en sus redes. Ése es el objetivo de Román Viniegra, un despiadado hospedero que, con la excusa de alquilar viviendas a precios módicos, se fija como objetivo absorber a quienes lo rodean, dominar sus almas, manipular sus miedos.
Durante años ha dedicado la más cruel de sus determinaciones para estrangular la voluntad y la vida de los inquilinos, forzándolos a las lágrimas, a la sumisión y, en varios casos, al suicidio. Pero ahora que se encuentra instalado en la vejez y que las fuerzas comienzan a abandonarlo descubre con horror que los espíritus de todos ellos permanecen entre aquellos muros y que desean cobrarse venganza por tantos y tan injustificados ultrajes: el fotógrafo al que obligó a impresionar imágenes bochornosas; el payaso al que ridiculizó y al que empujó para que recayera en sus vicios etílicos; la pianista de quien se burló, halagando su vanidad artística y obteniendo favores sexuales; la niña a la que defraudó y a quien condujo al borde del abismo… Todos esos espectros, con sus voces macabras y su aliento fétido, lo buscan en la oscuridad del edificio. Y su única defensa consiste en dejar encendidas las luces, que los mantienen a raya. Pero no es una solución que se pueda mantener indefinidamente.
Eficaz constructor de pesadillas, Javier Trescuadras resulta muy convincente en este trabajo narrativo, que publica con acierto la editorial Cazador de ratas.

miércoles, 13 de noviembre de 2019

Alexis o El tratado del inútil combate




En el año 1996, mi hermano Juan Francisco me prestó el libro Alexis o El tratado del inútil combate, de Marguerite Yourcenar, traducido por Emma Calatayud (Alfaguara, Madrid, 1996), y me lo leí en apenas una tarde.
Se trata de una larga carta que el protagonista escribe a su esposa Mónica para, con mil y una veladuras, medias palabras y sesgos, explicarle su homosexualidad. Me pareció (y ha vuelto a ocurrirme en la relectura que he abordado más de veinte años después) una obra extraordinariamente fría, casi una “novela-témpano”. Ni me ha emocionado, ni me he creído al personaje. ¿Qué está bien escrita? No lo negaré. ¿Qué posiblemente tiene un enorme poder desde el punto de vista psicológico? No soy quién para dudarlo. Pero si me ciño a las emociones que la obra ha logrado depararme tendré que ser sincero y anotar que ninguna. Quizá la autora y yo seamos incompatibles (como me pasa con Hemingway, Faulkner o Handke). Lo comprobaré en el futuro con otra aproximación.
Subrayo estas frases en el tomo, y las traslado aquí: “El peor de los engaños es el de la tranquilidad”. “Lo que hace que las casas viejas nos resulten inquietantes no es que haya fantasmas, sino que podría haberlos”. “Los libros no contienen la vida, sólo contienen sus cenizas”. “Se debe hablar con seriedad de aquello que nos puede hacer sufrir”. “Nada nos empuja tanto a las extravagancias del instinto como la regularidad de una vida demasiado razonable”. “Quizá valga más no darse cuenta de las lágrimas cuando no podemos consolarlas”. “Nunca podemos saber lo que va a decirnos una música que acaba”.

martes, 12 de noviembre de 2019

Últimas tardes con Teresa




Sobresaliente durante su lectura (¿1997?) y matrícula de honor en la relectura. Hablo de Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé, ese coloso de la narrativa española del siglo XX, que jamás me ha defraudado con ninguno de sus libros.
Qué profundidad en el Pijoaparte, qué maremoto de intenciones y de pliegues tiene el alma de ese muchacho. ¿Es un ladronzuelo de poca monta, con ganas de medrar? ¿Es un chaval noble, que ve en Teresa la posible redención de su mugre cotidiana? Todo eso y más, sin duda. Y, por el otro lado, ¿es Teresa una pija y una snob, que sólo quiere darse un baño de “proletariedad” arrimándose al Pijoaparte? ¿O hay un amor auténtico en su corazón, poco a poco descubierto? (Yo creo que las risas que Luis Trías dice que emitió Teresa cuando se enteró del encarcelamiento del Pijoaparte son falsas. Por el tono de la carta última que le envía, yo tengo claro que lo amaba de verdad. Y, en todo caso, aunque hubiera llegado a la conclusión de que no lo ama, no la creo tan cínica como para permitirse la crueldad de la risa, en esas circunstancias).
Me gusta también muchísimo cómo Juan Marsé retrata el compromiso político de aquellos jóvenes que constituían un grupo no se sabe si idealista, iluso, desnortado, aprovechado o imbécil, donde lo mismo se lee a Marx que se practica el amor libre o se toman copas en los sitios más chic de la ciudad. Espléndido, mordaz, sarcástico, melancólico, triste, desengañado.
Cómo me gusta la observación que anota el escritor barcelonés acerca de la “fe inquebrantable y conmovedora que algunos analfabetos ponen en las virtudes redentoras de la cultura”.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Cuplé



Vuelvo, con el mismo entusiasmo de siempre, al teatro, y he aquí que me topo con una pieza que se me antoja excelente: Cuplé, de Ana Diosdado (Ediciones Antonio Machado, Madrid, 1988).
Los elementos que se combinan en la obra son, desde luego, bastante heterogéneos (un criado que resulta ser un antiguo profesor de Historia; una chica de izquierdas que incurre en la evasión de capitales y el terrorismo; un cura que trabajó en su juventud como cantante; una vieja cupletista que fue amante de un ricachón; etc); pero el resultado global es formidable. Diosdado sabe ordenar y armonizar todas esas singularidades para construir una obra sólida y de la que resulta imposible salir hasta la última página.
Mis preferencias (si tuviera que elegir a un solo personaje) se decantan por Grau, el mayordomo, hierático, altanero, deprimido, estatuario, triste. Y la frase que más me ha gustado de todo el libro ha salido de sus labios de papel. Carmen le pregunta si él no cree en la existencia de otra vida. Y Grau, genialmente mordaz, replica: “Soy pesimista, señora; pero no hasta ese punto”.
Admirable escritora.

domingo, 10 de noviembre de 2019

La peste




Qué extraordinaria se me antoja en su relectura (en cuanto a calidad literaria y en cuanto a interés humano) la novela La peste, de Albert Camus, que traduce Rosa Chacel (Unidad Editorial, Madrid, 1999). Es magnífica. De qué modo tan estupendo entra en los personajes, en su mente, en su piel; circula por sus venas; gime con ellos; se convulsiona a su compás. Qué gran metáfora ésta de la ciudad de Orán absolutamente sitiada por la peste, con sus habitantes rindiéndose a la desesperación y al egoísmo, pero también redimiéndose en la heroicidad calmada y en los gestos cordiales más inesperados. Y qué sorprendente mención en la página 112, cuando explica que hubo una epidemia de peste en una ciudad de Persia, y que todos murieron salvo la persona que lavaba a los muertos. Quizá me podría entretener en confirmar o desmentir esa anécdota navegando por páginas de Internet, pero lo cierto es que no me pienso molestar: es tan fastuosa que no me resisto a aceptarla sin más como auténtica.
Qué gran libro, por Dios.
Anoto algunas de las frases que subrayé en el año 2000 (primera lectura) o ahora: “El hábito de la desesperación es peor que la desesperación misma”. “Cada uno lleva en sí mismo la peste, porque nadie, nadie en el mundo está libre de ella. Y sé que hay que vigilarse a sí mismo sin cesar para no ser arrastrado en un minuto de distracción a respirar junto a la cara de otro y pegarle la infección”. “Sé únicamente que hay en este mundo plagas y víctimas y que hay que negarse tanto como le sea a uno posible a estar con las plagas”.

viernes, 8 de noviembre de 2019

El abrazo del agua




Al terminar La mitad de una mariposa (la anterior novela de este ciclo narrativo), aparecía un gran macetero lleno de tierra y, en el centro del mismo, empalado, el cadáver de un chapero vestido con ropas estrafalarias y de chocantes colorines. Entre el público que asistía, estupefacto o con rictus de horror, al macabro espectáculo, podía verse a Marzia Bachner, una chica que lo contemplaba todo con pasmosa indiferencia.
Con El abrazo del agua, Jaime Campmany continuaba la historia desde ese punto, para felicidad de sus lectores. De esa manera aclaraba un misterio… pero encendía otro, porque el muy ladino concluía esta nueva entrega dejándonos otros paréntesis sin cerrar: Marzia, Elías Moloch y el comisario Héctor Battut. Poco a poco vamos descubriendo, conforme avanzamos por las páginas de la novela, que estos tres personajes son los ejes sustentadores de la misma: Marzia, la bella y astuta secretaria, posible organizadora de ese crimen del que ya teníamos noticia desde La mitad de una mariposa, pero cuyos detalles y motivaciones se nos esclarecen ahora, como en un juego de muñecas rusas; Battut, alias El oso, memorable ejemplo de investigador concienzudo como Hércules Poirot (al que no aprecia demasiado), eficaz como don Isidro Parodi (ese detective creado al alimón por los argentinos Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares) y memorioso como el también borgiano Ireneo Funes; y, finalmente, el implacable terrorista Elías Moloch, pagado por el Mossad, inteligente, escurridizo, burlón, con llamativas patologías sexuales (en una novela que no las soslaya ni las maquilla en ninguno de sus personajes) y refractario a cualquier signo de compasión.
¿Qué ocurrirá ahora con ellos? ¿Qué destinos les esperan? ¿Qué nuevos avatares trizarán sus vidas? El autor ha cuidado exquisitamente la descripción del ambiente familiar de los Notti (que ya conocíamos por novelas anteriores), pero tiene la perspicacia de dejarnos algunos detalles pendientes de explicación o de análisis, para que seamos nosotros, los lectores, quienes participemos en el aclarado de la historia… Y con todo este cúmulo de ingredientes, el novelista urde una trama eficaz, bien dosificada, llena de humor, sexo y ambiciones que admite (y aun suplica) la prolongación en una cuarta entrega.

jueves, 7 de noviembre de 2019

La guerra




Pocas veces he tenido ocasión de leer un libro tan triste como éste de Antonio Machado. Un libro de esperanzas polvorientas, de ilusiones que se adivinan faltas de vigor, de abatimiento paralizante. El poeta sevillano estaba escribiendo en plena guerra civil y trataba, con poco éxito, de transmitir en sus líneas una fe que se adivina más quebradiza que marmórea. Su inteligencia y su corazón luchaban en estas páginas con la intención de que ganase el segundo, pero temiendo que iba a ganar la primera: la derrota era lo más esperable.
Nos habla de los milicianos del 36 y nos dice que parecen capitanes (“tanto es el noble señorío de sus rostros”). Y, a cuenta de esa dignidad estatuaria, reflexiona sobre el noble temple de quienes, empujados por la necesidad de vencer a las fuerzas del fascismo, se sacrifican sin más bandera que la modestia y la ética. Eso no lo entenderán jamás los señoritos, a quienes Machado considera menos dignos de aplauso, pero a quienes no insulta con sus palabras (“no me gusta denigrar al adversario”).
Un pueblo, nos dice el poeta con fórmula deliciosamente hermosa, “es siempre una empresa futura, un arco tendido hacia el mañana”; y defender ese futuro para todos constituye una obligación moral, que resulta imposible eludir, aunque no todas las clases sociales trabajen en la misma dirección (“En los trances duros, los señoritos invocan la patria y la venden; el pueblo no la nombra siquiera, pero la compra con su sangre y la salva”).
Y cómo olvidar la página memorable con la que Antonio Machado se define políticamente: “Desde un punto de vista teórico, yo no soy marxista, no lo he sido nunca, es muy posible que no lo sea jamás. Mi pensamiento no ha seguido la ruta que desciende de Hegel a Carlos Marx. Tal vez porque soy demasiado romántico, por el influjo, acaso, de una educación demasiado idealista, me falta simpatía por la idea central del marxismo; me resisto a creer que el factor económico, cuya creciente importancia no desconozco, sea el más esencial de la vida humana y el gran motor de la historia. Veo, sin embargo, con entera claridad, que el Socialismo, en cuanto supone una manera de convivencia humana, basada en el trabajo, en la igualdad de los medios concedidos a todos para realizarlo, y en la abolición de los privilegios de clase, es una etapa inexcusable en el camino de la justicia”.
Cuarenta y ocho dibujos originales de su hermano José completan esta obra dura y testimonial que, por la época en que fue escrita, ha tenido quizá menos difusión que el resto de libros del maravilloso poeta sevillano.

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Ben en el mundo




Cuando llegué a la última página de El quinto hijo, de Doris Lessing, me quedó una sensación muy extraña. Me faltaba algo. La novela me pareció magnífica, qué duda cabe (bien contada, bien modulada, con protagonistas trazados con hondura), pero el destino de su personaje protagonista (aquel muchacho peludo, gruñón y semiautista, que parecía un neanderthal nacido miles de años después de la extinción de la especie) se erigía en una incógnita demasiado poderosa. ¿Cómo podía el lector asumir que aquella criatura quedara, sin más, lanzada a un destino inexplicado, en los últimos años del siglo XX? Y se ve que a la escritora británica se le debió quedar también ese gusanillo, porque doce años después publicó la continuación, bajo el título de Ben en el mundo (2000).
Nos lo encontramos ahora convertido en un joven de 18 años, que ha tenido leves experiencias sexuales con prostitutas, que ha sido acogido por la anciana señora Biggs, que ha sido utilizado por un gigoló para cierto negocio escabroso e ilegal y que, finalmente, acabará recalando en Hispanoamérica, cuando un cineasta con menos talento que escrúpulos (o al revés) se lo lleve para filmar allí una película sobre una tribu salvaje. Quienes lo rodean siguen coincidiendo en los análisis que ya menudeaban en la anterior entrega (“Ben no era humano, aunque se comportara casi siempre como si lo fuera. Y no era un animal. Era una regresión de algún tipo”, p.129) o que incluso se atreven a ir un poco más allá (“Dicen que tiene que ser un retroceso a hace mucho tiempo. Muchísimo. Miles de años. Podrían descubrir con él cómo era aquel pueblo antiguo”, p.219).
Las escenas sexuales, en las que Ben se comporta rudimentaria y atávicamente, son convincentes. Los rastreos por su tosca psicología también lo son. Y el modo en que Doris Lessing concluye su relato no puede ser más triste, razonable ni melancólico, quebrantando los clichés sobre la inanidad de las segundas partes. Ésta, desde todos los puntos de vista, era necesaria.
Una intensa reflexión sobre lo diferente y sobre la forma en que el mundo se comporta frente a esas diferencias.

martes, 5 de noviembre de 2019

La idea es vivir cerca pero no encima




Es cierto que el paso de los años suele adherir a la auténtica voz lírica una gravedad admirable, que la hace profunda y magistral (en el sentido etimológico: nos enseña cosas que no habíamos observado por nosotros mismos, o que habíamos sido incapaces de formular de esta forma), pero cuánto bien le hacen a la poesía, de vez en cuando, los versos jóvenes, las miradas jóvenes, los timbres jóvenes. Le aportan (nos aportan a nosotros, que leemos) una dicción inaugural, una sorpresa de ángulos inéditos, un fluir de anotaciones que transmutan la realidad al modo de un calidoscopio y que nos inunda con su inesperada danza.
Puede observarse este fenómeno en el libro La idea es vivir cerca pero no encima, que la argentina Sofía de la Vega (San Miguel de Tucumán, 1993) acaba de ver publicado en el inquieto y refrescante sello Liliputienses. En sus páginas se nos ofrece un panorama asombroso de icebergs, vuelos en avión, hermanas rubias, mares con poderes curativos, chicos de rulos rojos y boca cerrada, abuelas que se fracturan piernas, muestras de arte contemporáneo, perras de quince años y collages de hombres nadando. Y se nos habla de la perplejidad que supone el paso del tiempo (“Nunca entendí por qué las cosas / que nos hacen bien de chicos son malas / de grandes. Es como si fuéramos / mini-personas y después macro-personas distintas”), de la extraña ralentización que nos provocan las certidumbres (“Todo se mueve más lento / desde que sabés lo que querés”), de la ansiedad indagatoria que impregna a la autora (“Siempre quise saber más / de los otros que de mí misma”), de la pátina de belleza idealizadora que recubre las emociones a distancia (“Los grandes afectos / se mantienen mejor a la distancia, lo sabemos, / recordando lo más lindo así, de cerca / vemos lo más feo”), de su opinión sobre el radicalismo (“Los fanáticos me parecen / la evolución negativa de la especie humana”) o sobre el aislamiento (“Desde chica estar rodeada por grupos / me da miedo”).
Un fascinante viaje por el corazón y por el cerebro de una poeta rabiosamente joven, llena de intuiciones y hallazgos líricos, que sorprende y embriaga.

lunes, 4 de noviembre de 2019

La sinagoga del agua




Elena es una chica alegre y muy desenvuelta, que vive en Úbeda y que cuida en su patio un rosal, al que su familia lleva manteniendo con vida desde hace siglos. Bajo sus raíces se esconde un triste misterio que tuvo su origen en 1391. Dante es un joven estudiante de Historia que, procedente de una familia rural y dedicado ahora al mundo universitario, es seleccionado para calibrar la entidad y el valor de unas ruinas desescombradas en Los Cerros durante el año 2007. Bajo su pecho se esconde un amor que apenas se atreve a susurrar el nombre de su destinataria. Mara también estudia Historia, y acompaña a Dante en la fascinante aventura de descubrir qué protege entre sus muros una vieja casa de Los Cerros. Bajo su frente se esconde una desmedida ambición, camuflada aún por los velos de la astucia, pero que no tardará mucho en emerger.
Ésas son las figuras básicas que sustentan la parte actual de la narración. Pero si dirigimos la mirada hacia el ayer (sin salir de la localidad) nos encontramos con el niño judío Abraham, que sobrevive milagrosamente a un pogromo; y con su recién nacido hermano David, raptado por un albañil que acaba de perder a un hijo; y con la comunidad hebrea de Los Cerros, acechada por la intransigencia cristiana y sometida a sus caprichosos vaivenes; y con el atormentado padre Tomás, un calificador de la Inquisición que, a pesar de su nebuloso origen, despliega una férrea voluntad de ortodoxia; y con un burbujeo de personajes secundarios que, perfectamente hilvanados, conforman la doble trama de la obra.
Alternando secuencias que se desarrollan en los siglos XIV y XV con secuencias desarrolladas en la actualidad, el novelista albaceteño esculpe una historia seductora y de amable lectura que contiene los mejores ingredientes de la calidad (documentación exhaustiva, arquitectura impecable, primoroso diseño de personajes y acciones) y los mejores ingredientes de la seducción literaria (intrigas bien dosificadas, diálogos creíbles, sorpresas estratégicas, escenas de violencia y sexo). Difícilmente se podría descubrir en el panorama novelístico actual una obra que aunase con más eficacia y belleza esos dos veneros, lo que convierte La sinagoga del agua no sólo en una espléndida reflexión sobre la intolerancia y sobre la hipocresía, sobre la construcción sociorreligiosa de España y sobre las grandezas y miserias del ser humano, sino también —y sobre todo— en una maravillosa historia maravillosamente contada. Lo que acaba de entregarnos Pablo de Aguilar González es una sólida, convincente y madura novela, que ustedes harían bien en no perderse.

domingo, 3 de noviembre de 2019

Irremediablemente




Es difícil expresarse, vaciarse, exponerse líricamente con más desgarro que en el volumen Irremediablemente, que Alfonsina Storni publicó en 1919, en una época muy dura desde el punto de vista emocional. En sus versos juega con múltiples combinaciones (frecuenta los pareados, se ejercita en los sonetos, ensaya con estrofas de endecasílabos y pentasílabos), que le permiten musicalizar un tomo muy variado, donde los sentimientos más profundos (“Me vienen estas cosas del fondo de la vida”) quedan envueltos en ritmos diferentes y donde dominan dos pulsiones arrebatadoras: la tristeza por los desengaños que le ha ido deparando la existencia (sobre todo en el ámbito del amor) y la voluntad firme de alzar la mirada tras cada revés, porque la dignidad y el carpe diem deben presidir los latidos del corazón (“Anda, date a volar, hazte una abeja / […]/ Mañana el alma tuya estará vieja”).
Delicadamente, la poeta argentina solicita nuestra escucha y nuestra complicidad, para que mostremos ante sus poemas una actitud amable, como la de quien se aproxima a los delicados pétalos de una flor (“Requieren mis jardines piedad de jardinero”), sobre todo porque nos está permitiendo que miremos dentro de su alma y teme que esta sinceridad pueda convertirla en un ser demasiado vulnerable (“Aquí, sobre mi pecho, tengo miedo de todo”). Pero se trata precisamente de eso: de decirnos cómo está, cómo se siente, qué vientos agrios zarandean su mente o qué huracanes asolan su corazón. A veces, manejará fórmulas lingüísticas con sabor añejo (“cabe tus pies”, p.20; “en torno de nos”, p.46); y otras, osada, se decantará por imágenes más modernas, más juguetonas, más modernistas.
Y el mar. Cómo ignorar la presencia del mar en un libro que lo cita de forma constante (en más del 80% de los poemas se habla de olas, del mar o del agua) y que al final, como sabemos, se convirtió en su tumba líquida, cuando decidió entregarse a él en octubre de 1938, consciente de que un cáncer la estaba devorando a gran velocidad. Ella había predicho que las olas podrían ser su tumba en caso de desengaño amoroso (“Y una noche triste, cuando no me quieras, / secaré mis ojos y me iré a bogar / por los mares negros que tiene la muerte, / para nunca más”), pero lo fueron al fin por una erosión orgánica y mental: no soportaba la idea de verse desmenuzada por el dolor.
Confesional, desgarrada, palpitante, la poesía contenida en Irremediablemente resulta tan bella como conmovedora, y no ha perdido ni un gramo de autenticidad.

viernes, 1 de noviembre de 2019

Más o menos




Un nuevo volumen de colaboraciones de prensa, firmadas por Andrés Trapiello para el Magazine de La Vanguardia durante el año 2004 y recopiladas en libro tres años después… Los más sonoros acontecimientos de aquel tiempo (atentado islamista en la capital de España, boda de Felipe de Borbón y Letizia Ortiz, etc) se encuentran reflejados en estas páginas con casi fatigosa pertinacia (servidumbres que la actualidad impone a los articulistas), pero el excelente escritor zamorano encuentra también en otros veneros la inspiración necesaria para completar el resto de hojas. Nos habla de una graciosa sesión espiritista, en la que el espíritu de Franco y aun el de don Quijote acudieron a trasladar informaciones a los celebrantes (“JS HSTR3MNO”); de los colorantes artificiales que se usan por parte de los varones para disimular los cabellos blancos que pueblan la cabeza con el paso del tiempo (“Barbas, tintes, canas”); de la posibilidad de construir réplicas de lugares o monumentos famosos, para que la horda de los turistas no dañe los originales (“Medio solos”); de los patrones machistas que guían los dos cánones femeninos más famosos: la moda anoréxica y la pornografía curvilínea (“Las palabras de la noche”); de las infamias televisadas de personajes tan repulsivos como Arnaldo Otegui (“Hipótesis de trabajo”); de las diversas varas de medir que se usan en el mundo de la literatura (“Con una biografía simétrica y opuesta a la de Neruda, un poeta que hubiese loado a Hitler y al Tercer Reich, como él hizo con Stalin y la URSS, necesitaría como mínimo tres centenarios para redimirse”, p.80); o del despilfarro acumulativo que desplegamos los humanos en las sociedades europea y americana (“Todo lo que nos sobra”).
Lo único enojoso de este volumen no hay que buscarlo, desde luego, en el contenido, sino en el apartado ortográfico. Son demasiado aparatosas (y por tanto difícilmente comprensibles o disculpables) las erratas que acongojan el tomo, y de las cuales daré unos ejemplos anotando “metereología” (p.7), “cabilosos” (p.26), “alterofilia” (p.92), “covertura” (p.109) o “se deshechan” (p.117). Al editor Andrés Trapiello le habrán hecho chiribitas los ojos si las ha descubierto a posteriori. Su brillantez exquisita no se merecía esta bofetada editorial.

jueves, 31 de octubre de 2019

La vida invisible




Todos arrastramos culpas, y secretos, y velados pliegues del corazón o del calendario que intentamos ocultar a los ojos de los demás. Y Juan Manuel de Prada, en su novela La vida invisible, trata de aproximarse a algunas de esas llagas contando la vida de Fanny Riffel, una seductora y curvilínea pin-up de los años 50 que se pierde en los jardines atroces de la locura y que sumerge su madurez y su ancianidad en el varadero de los manicomios, donde la acompaña, como un Lucifer inverso (demonio transmutado en figura angélica), Tom Chambers, que la empujó por el tobogán del oprobio y que ahora dedica sus años a la tarea de redimir su ultraje.
Esa historia se cruzará (mediante habilísimos juegos de bisagras, paralelismos, analogías y ecos) con la historia de Alejandro Posada, un joven escritor que, empujado por su novia Laura, viaja hasta Chicago y conoce a Elena Salvador, con quien vive un brevísimo episodio erótico antes de intentar olvidarla (Alejandro está a punto de casarse). Pero el Destino se complacerá jugando a las simetrías, y fundirá las existencias de los dos hombres, Alejandro y Tom (ambos inicialmente culpable, ambos finalmente redentores), y de las dos mujeres, Fanny y Elena (ambas adheridas al barro, ambas liberadas), con ese testigo unificador (Laura) que se convierte en el quinto vértice del pentágono.
Los lectores, hipnotizados desde las primeras páginas por el arte fabulador y literario de Juan Manuel de Prada, comprenden pronto que se hallan ante una gran novela, donde fulgen las metáforas (“El silencio era alto y hostil como un acantilado de hielo”, p.14), las hipérboles (“En su voz cabía una tristeza del tamaño del universo”, p.500), los aforismos (“En los cementerios siempre es otoño”, p.355) y hasta el humor de raigambre ácida (se dice de unos rascacielos que “parecían candidatos a unas pruebas de casting convocadas por Bin Laden”, p.61).
Al adentrarnos en La vida invisible nos adentramos en una selva de vocabulario que protege, en su centro, un templo lleno de tesoros. Provéanse de machetes y embárquense en la aventura.

miércoles, 30 de octubre de 2019

Cumbre del pájaro herido




La poesía no es sólo cuestión de palabras, sino una actitud, un modo de mirar y de sentir, una forma de estar (y de ser) en el mundo. El sevillano Gustavo Adolfo Bécquer escribió en una de sus rimas aquello de “¿Qué es poesía? Dices mientras clavas en mi pupila tu pupila azul”, y la chacota cundió entre los versados en medicina, sabedores de que el iris puede ser azul, mas las pupilas siempre son negras. Pero tal vez lo que el poeta andaluz estaba intentando explicar es que existen miradas inusuales, ojos anómalos, y que el amor o la poesía nos sitúan en esa excentricidad reveladora.
Pedro Guerrero Ruiz, vendimiador de bellezas, lo sabe muy bien; y nos ofrece en este volumen la densidad lírica de unos ojos que no se cansan de contemplar su entorno desde un lado diferente, desde una ladera distinta; y que obtienen desde ahí el nombre exacto de las cosas. Porque las cosas y los seres sólo son cuando se los sabe mirar. Y el poeta no es tanto un “fingidor” como un “mirador”.
De ahí que Pedro Guerrero, el poeta que siempre soñó con huir de su hogar (“La escapada”), haya encontrado en la poesía su casa verdadera, el refugio cálido desde cuyas ventanas puede contemplar su entorno (“Desde aquí se ve el mundo”, p.50); bien mirado hacia arriba, donde lo aguardan las estrellas (p.15); bien mirando hacia abajo, donde late su perro Chispa (p.30); bien extendiendo su mirada horizontalmente, para empaparse de fraternidad y hacerse uno con el resto de los hombres. Oxigenado por esa altura, el poeta habla del mundo (p.48), porque entiende que no es necesario inventar cosas cuando se está cantando.
Al fin, el hombre de la ventana entra en su habitación, se sienta a la mesa y escribe con voz de enamorado el poema “Algo tuyo (In memoriam)”, el más impresionante homenaje a Paco Rabal que yo recuerdo haber leído. Las llamas del corazón fulgen en la noche. El pájaro herido arde en la hoguera de la poesía.

martes, 29 de octubre de 2019

El Leviatán




He aquí una preciosa novela sobre la integridad de una persona. Se trata de El Leviatán, de Joseph Roth, que traduce Miguel Sáenz (Siruela, Madrid, 1992).
Nos traslada la historia de Nissen Piczenik, un comerciante de corales que los tiene por el ideal máximo de la belleza, y que sueña con el mar donde anidan y se desarrollan. Cuando el negocio decae por la incursión en el mercado de los corales artificiales (superchería que no está dispuesto a tolerar y que le parece un signo espantoso de la decadencia de los tiempos), se embarca hacia las tierras de Canadá para empezar una nueva vida. Pero el barco en que viaja se hunde, y él se ve engullido por las aguas incluso con gozo. Va, feliz, hacia el país de los corales.
Creo que es un hermoso libro.
Cada vez me gustan más las obras donde se retrata el interior de un ser humano que vive en función de sus quimeras, y que es extravagante frente al mundo anodino que lo circunda. Ese individualismo preserva quizá lo mejor de la persona, la esencia del corazón, la marca que nos distingue a unos de otros y que nos garantiza la solitaria felicidad.
Una frase para enmarcar: “La pobreza es la más irresistible inductora al pecado”.

lunes, 28 de octubre de 2019

El zorro




He aquí una de las mejores lecturas de estas últimas semanas: El zorro, de D.H. Lawrence, traducido por Verónica Fernández-Muro (Alianza Editorial, Madrid, 1986). Es la historia de dos mujeres, March y Banford, que regentan una granja sin ningún tipo de problemas hasta la llegada de un joven llamado Henry, que viene a perturbarlas. Henry llega a confundirse (en la mente de March) con el zorro que les está robando las gallinas. Es una especie de chirrido entre ellas. ¿Son solamente amigas? ¿Quizá son amantes, sin que lo sepamos?
Henry mata astutamente al zorro que las perturba y se declara a March. Banford explota entonces de despecho y de impotencia. March le dice que sí y que no (alternativa y dubitativamente). Es la suya una indecisión que D. H. Lawrence dibuja con sutileza. Henry (que se cree amo de March) tala un árbol y al caer éste mata accidentalmente a Banford. Ahora, March y él se casarán y pondrán irse a vivir lejos.
Una historia alucinante para organizar un coloquio de psicología. O un seminario sobre los extraños pasadizos del cerebro y el corazón de los seres humanos. Y estilísticamente me parece un prodigio. Una fabulosa obra.
Dos frases extraídas de la obra: “El terrible error de la felicidad”. “Arrancas una flor tras otra, pero ninguna de ellas es la flor”.

domingo, 27 de octubre de 2019

Escaparate de venenos




He aquí un hermoso libro, que releo quince años después de la primera lectura. Se trata del poemario Escaparate de venenos, de Felipe Benítez Reyes. Como todo volumen de poemas, tiene algunos que “flojean” o que, al menos para mí, no atesoran el valor de lo perdurable; pero contiene otros ante los que me pongo en pie, y que me sobrecogen con su hermosura. Admiro la obra de este gaditano desde hace mucho tiempo, y discutirle (levemente) algunos poemas es, también, una forma de aplaudir el conjunto de su obra.
Benítez Reyes es un autor de imágenes serenas, nada pirotécnicas, atento al doblez lírico que a veces presenta la realidad, y que consigue versos magistrales, como éstos que aquí copio: “La memoria es la esfera de niebla de un reloj / que valora tan sólo las horas cuando mueren”. “Los dioses sólo existen / en las horas cercanas al abismo”. “(Poetas) Encantadores / de serpientes silábicas que aspiran a ser música”. “El dolor que precede a las heridas, / igual que al trueno el rayo, / es punzante y conciso como un presentimiento”. “La dramática inocencia / de no saber qué hacemos en el mundo”. “Nada sobrevive en la memoria / si no es en forma impura de ficción”. “La memoria es la luz que vierte sombras”. “Nadie huye de sí, pues somos tiempo, / y el tiempo es siempre fiel a este principio: / destruir al instante su regalo”.
No será necesario disminuir la brillantez de sus palabras con incrustaciones de otras palabras mías. Seguiré leyendo a este poeta. No me cabe duda.

sábado, 26 de octubre de 2019

El lenguaje de las fuentes




Leo El lenguaje de las fuentes, de Gustavo Martín Garzo, una novela a la que tenía ganas de acudir desde años y que, por razones que no sabría explicar (siempre hay mil razones que se entremezclan: desde la pereza hasta el olvido), ha tenido que esperar su turno durante veinte años.
Es una narración muy atractiva sobre la pareja formada por san José y la Virgen María, donde se presenta al primero como un hombre zaherido por urgencias sexuales (llega a serle infiel a María con una joven llamada Puah) y con los huesos molidos por las palizas de los ángeles (que parecen “mantenerlo a raya” con respecto a María, cuya virginidad y pureza protegen con celo contundente); y de la mujer se nos cuenta que es manca, sospechosamente aficionada a la mentira y que frecuentemente es convocada por los ángeles (quienes huelen mal, apenas son capaces de hacerse entender y semejan más a engendros extraterrestres que a celestiales criaturas). En suma, una interpretación bastante peliaguda de la famosa pareja bíblica, que imagino que levantaría en su momento más ronchas que aplausos.
En fin, polémicas religiosas aparte (ese tipo de polémicas me suelen producir más bostezos que motivos de enfado), diré que la novela que no está mal, aunque no le daría un sobresaliente. Dejémoslo en un notable.

jueves, 24 de octubre de 2019

No es elegante matar a una mujer descalza




Termino una novela del periodista Raúl del Pozo: No es elegante matar a una mujer descalza (2001), que me parece hiperbólico calificar de perdurable, pero que sí tiene una correcta traza. Durante años he leído elogios hacia la prosa de este autor, por parte de Francisco Umbral, y lo cierto es que no acabo de entender la causa: es lo más opuesto que hubiera podido imaginar a la fantasía multicolor, metafórica y juguetona del vallisoletano. Supongo que Umbral aplaudía su obra porque eran amigos, porque estilísticamente no alcanzo a descubrir los motivos.
Es admisible que se vaya “al coño sin pasar antes por las tetas” (como indica el sutil Montero Glez en el prólogo), pero hay ritmos que no admiten aceleración sin que se pierda buena parte del perfume novelesco o literario. Y resulta evidente que en estas hojas Raúl del Pozo se salta a veces la barrera por “rapidez periodística”. Quizá vuelva a otro libro suyo, aunque sin prisa.
He subrayado una frase en el tomo: “La fortuna no regala favores, los vende”.

miércoles, 23 de octubre de 2019

Los evangelios gnósticos




Me leo un libro técnico, pero interesante, titulado Los evangelios gnósticos, del que es autora la profesora Elaine Pagels. Lo hago en la traducción de Jordi Beltrán (Crítica, Barcelona, 1990).
En este volumen se analiza con todo rigor y con toda profundidad la esencia de los escritos gnósticos aparecidos en una cueva de montaña de Nag Hammadi, en los cuales se encuentra la historia más que turbulenta de los inicios del cristianismo, con su lucha de facciones y su teológico combate (a veces, bastante virulento) para hacerse con el control y la primacía de la “ortodoxia”. Como ganaron los “actuales”, se ha motejado a estos textos gnósticos de “heréticos”; pero quizá hubiera ocurrido lo mismo, aunque en sentido contrario, si hubieran ganado “los otros”.
Vemos aquí, nítidamente explicada por la profesora Pagels, las posturas que los gnósticos adoptaban hacia la mujer, la oración, la búsqueda de la verdad en el interior de uno mismo (“gnosis”), etc. Y ese cúmulo de informaciones empapan de interés el tomo.
En suma, un libro sensacional, con el que he logrado aprender. Y que contiene un párrafo último de la autora que debería hacernos reflexionar: “De haber sido descubiertos 1000 años antes, es casi seguro que los textos gnósticos hubiesen sido quemados por su herejía”. Pero sobrevivieron a este destino aciago, y hoy podemos leer lo que fue la polémica (en el sentido etimológico de “lucha”) de aquellas facciones iniciales por hacerse con el control de un potente mecanismo religioso que aún estaba bostezando.

martes, 22 de octubre de 2019

Línea de fuego




Suele decir mi amigo Pepe Colomer que los libros de aforismos le gustan mucho por la misma característica que impulsa a otras personas a rehuirlos: su condición “inestable”. Es decir, que aquellos pensamientos que subrayas con fervor en el tomo en octubre de 2019 los considerarás banales en la relectura de febrero de 2024; y que los que pasaron más bien inadvertidos en el primer paseo alcanzarán el rango de genialidades en la nueva visita. Mala característica para lectores que deseen ponerle una etiqueta al libro cuando cierran su última página, pero muy estimulante para quienes actuamos de otro modo más flexible.
Yo también creo que las colecciones de aforismos son los volúmenes más líquidos que se pueden concebir, porque crecen, menguan, varían y evolucionan con la persona que los lee. Y también podríamos decir que son heterorteguianos, porque son ellos y mi circunstancia. Ante un aforismo, puedo asentir o torcer el gesto; fruncir los labios o abrir los ojos; suspirar o tragar saliva. Y todas esas emociones variarán con el paso del tiempo. Porque los aforismos constituyen una mezcla (variable) de inteligencia, memoria, pensamiento, humor, lirismo y vida, que percibiremos de otro modo cuando cambie nuestra forma de pensar.
Javier Puche acaba de lanzar un espléndido ejemplo con su obra Línea de fuego, que publica la editorial Renacimiento con ilustraciones de Riki Blanco. En sus casi cien páginas se suceden los aforismos como lo hacen los cuadros en las mejores salas de un museo: sin que se pierda el elegante hilo de la excelencia y sin que la mirada del lector (ni su cerebro) sufran decepciones. Equilibrado, versátil, fulgurante y sorprendente, el escritor malagueño nos conduce por territorios líricos (“Antes de nacer, fuimos aquella mirada de nuestros padres”), por inversiones emocionales (“Los nostálgicos tienen todo el pasado por delante”), por preguntas estupefacientes (“Me pregunto si yo le caería bien al niño que fui”), por sentencias conceptistas (“Matarse es perder el tiempo”), por reflexiones sociológicas (“Nuestra memoria colectiva padece Alzheimer”) o por el humor (“Los ancianos envejecen a toda pastilla. Las velas se consumen a toda mecha. Las banderas arden a todo trapo. Los creyentes comulgan a toda hostia”).
Este volumen, que nace apegado a la convicción gracianesca de que más obran quintaesencias que fárragos, resulta imposible de resumir, como imposible sería extractar en una reseña el contenido del Prado o el Louvre. Léanlo y descubrirán un libro admirable, ingenioso y digno de aplauso.

lunes, 21 de octubre de 2019

Millones al horno




Como no me gusta estar demasiado tiempo alejado de los buenos articulistas, me sumerjo hoy en las páginas de Millones al horno, un entretenido paseo por varios textos de Julio Camba, en el que brillan las ingeniosidades y donde (ay) también grisean algunos ladrillos en exceso coyunturales. (Es el gran peligro de quienes viven adheridos a la actualidad periodística: que el tiempo, que diluye el fulgor de los temas, desgaste también los escritos que han generado).
Aguda forma de mirar las cosas sí que tenía Camba. Imposible negarlo. Y, desde luego, muchísima retranca. Esas cualidades le permiten elaborar líneas de airosa sociología hispana (“El español concibe mejor el palillo de dientes sin comida que la comida sin palillo de dientes”), sentencias de filosofía cotidiana (“Cuando uno piensa en su vida siempre se pone triste”), aforismos de marmórea negatividad (“Triste o alegre, lo general es que la vida no tenga importancia ninguna”), severas consideraciones sociales (“Donde no hay ley no hay libertad”) e incluso simpáticas definiciones ante las que no sabemos si asentir o sonreír o aplaudir (“La mentira no es, después de todo, más que una forma de la aventura”).
Acudiré, segurísimo, a otros libros de Julio Camba.

domingo, 20 de octubre de 2019

Alto acompañamiento




Recorro de nuevo las páginas de Alto acompañamiento, que Francisco Sánchez Bautista publicó en 1992 en la Real Academia Alfonso X el Sabio de Murcia. Y vuelve a ser una delicia para mí escuchar la voz del maestro, quien ha repetido mil veces su devoción por los autores clásicos, a los que aquí rinde un tributo sin duda encomiable: escribir un corpus magnífico de poemas que se inspiran en citas o personajes de Catulo, Eurípides, Sófocles o Lucrecio, por sólo citar cuatro de los egregios nombres que burbujean en el tomo.
Nos hallamos sin duda ante un hermoso libro donde se habla del ser humano, del paso del tiempo, de la insondable profundidad del corazón, de la vanidad, de la soberbia, del estoicismo, de la felicidad y de la tristeza. (El poema “Palpando sombras” se me antoja especialmente sobrecogedor).
Anoto algunos de sus versos imborrables: “Es injusto / que aquello que se ama viva menos / en su esplendor total, en su belleza, / que el verso que celebra esta hermosura”. “Todo favor hace un esclavo”. “Batallas de ternura necesitan / los hombres más que nunca, y más que nunca / se aniquilan los hombres de violencia”. “Cuánta andanza para vivir un día”. “El sacrificio / que el poder y los dioses nos demandan / es superior al bien que nos otorgan”. “Jamás revelará Naturaleza / su esencia misteriosa”.

sábado, 19 de octubre de 2019

Diario de Lecumberri




Este Diario de Lecumberri constituye, si no me traiciona la memoria, mi primer acercamiento a la obra literaria de Álvaro Mutis; y no me ha parecido (a pesar de su brevedad y del tinte coyuntural que tiene su tema) desdeñable. Es un hábil prosista, un sensible narrador y un fino psicólogo, que nos relata con humana firmeza su paso por la cárcel. Allí conoció a contumaces drogadictos, avaros monumentales y viejos asesinos educadísimos, como Rigoberto Vadillo (todo un carácter, ya lo creo que sí).
Y nos transmite unas anécdotas tan macabros y sorprendentes como la que tiene como protagonista al “Palitos”, un desdichado al que cuando muere en la prisión le colocan en el tobillo una etiqueta insensible en la que puede leerse “Libre por defunción”. No resulta claro que, después de relatarnos anécdotas como ésta y otras de parecido calibre, el narrador se torne melancólico y susurre a los oídos del lector: “Estas cosas no se olvidan, no son asunto de la memoria”.
Sí, es evidente que repetiré con Álvaro Mutis. Se ha ganado el derecho a que lo vuelva a visitar.

viernes, 18 de octubre de 2019

Mano de sombra




Releo un libro de artículos de Javier Marías que se titula Mano de sombra (que leí por primera vez en la Navidad de 2002, justo cuando moría el padre del autor, el filósofo Julián Marías). Por lo que veo en las notas marginales que le puse al libro, sigo pensando casi igual que entonces: creo que Marías es un excelente articulista, cuya prosa me satisface y cuyos temas y enfoques no me dejan nunca indiferente, sino más bien maravillado. Hable de política, de usos sociales, de literatura (esas magníficas diatribas contra Cela, el “Señor Premio”; esos acres lanzazos merecidísimos contra Antonio Burgos por sus desatinadas y clasistas burlas dirigidas a Antonio Muñoz Molina) o de cualquier otro tema, Javier Marías lo hace con una rara mezcla de sosiego, inteligencia, prosa diáfana, cultura e ironía, que tiene en mí a un adepto.
Para retenerlas mejor en la memoria, reproduzco aquí algunas de las frases que subrayé hace diecisiete años y que vuelvo a subrayar hoy: “Nunca hagan nada porque lo pida el ambiente, es sólo un ruego personal”. “Toda vida tiene demasiada mezcla”. “También lo real ha de ser imaginado”.

jueves, 17 de octubre de 2019

Hermana muerte




Leo la obra Hermana muerte, de Justo Navarro (Alfaguara, 1990), que me ha dejado fascinado. Ya lo hizo su obra F., sobre la vida de Gabriel Ferrater, aquel hombre inteligente, enigmático, atormentado bebedor y dominador de varios idiomas. También esta segunda novela me encandila, sobre todo si atiendo al dibujo que me traslada del estremecedor chico protagonista, y evalúo de qué suave y sólida y creíble manera nos lo planta ante los ojos.
De su habilidad sin fisuras (repito: sin fisuras) se desprende que, en el retrato de sus personajes, Justo Navarro deje bastante territorio imaginativo al lector, para que participe en la construcción y entendimiento del protagonista, de su hermana o incluso del padre muerto. ¿Ha quedado nuestro chico trastornado por los dolores vegetales (y por la desaparición) de su progenitor? ¿Protege (de una manera equivocada) a su hermana? ¿Se protege tal vez a sí mismo? ¿Reconstruye la memoria de su padre a través de “los otros”?
Estamos ante un inquietante, poliédrico, profundo libro, que produce admiración literaria y desazón anímica.

miércoles, 16 de octubre de 2019

El sobrino de Rameau




Acudo a Denis Diderot y termino su obra El sobrino de Rameau, en la traducción que me brinda Dolores Grimau (Altaya, 1997).
Hay páginas en este volumen que me han gustado mucho, por sus análisis sobre el cinismo y la hipocresía. Y otras —aquéllas en las que se habla de música— de un tedio fatigoso, quizá porque esa disciplina del arte me interesa menos desde el punto de vista literario. Por tanto, un tomo desigual, pero que me ha facilitado un buen caudal de frases admirables, que paso a copiar a continuación para no darlas al olvido: “Mis ideas son mis amantes”. “Hay dos maneras de besar el culo: una simple y otra figurada”. “El muerto no oye doblar las campanas”. “Cuando no se sabe todo, no se sabe nada bien”. “El agradecimiento es una carga, y el que la lleva quiere deshacerse de ella cuanto antes”. “Habéis elevado a su punto más alto el talento de hacerse el loco y envilecerse”. “El que necesita un formulario nunca llegará muy lejos”. “Nos tragamos a grandes sorbos la mentira que nos halaga; y nos bebemos gota a gota la verdad que nos resulta amarga”. “¡Que me parta un rayo si sé lo que soy en el fondo!”. “Se es más exigente con la bufonería que con el talento o la virtud”. “Hay días en que necesito reflexionar. Es como una enfermedad a la que hay que dejar seguir su curso”. “Todo el que necesita de otro es indigente”.

martes, 15 de octubre de 2019

La leyenda dorada de la Filosofía




En 1998, el madrileño Francisco Giménez Gracia publicó este divertidísimo, ameno y esclarecedor ensayo sobre la historia del pensamiento occidental. Se titula La leyenda dorada de la Filosofía, lo publicó Libertarias y, dicho con toda la humildad del mundo, “lo que se pretende es que pasemos todos un rato agradable gracias a una disciplina que se ríe de nuestros prejuicios y nos estimula donde más gusto nos da: en nuestra razón. Y que lo hagamos con el talante del aprendiz, del buen aficionado, puede que incluso del enamorado, pero nunca del profesor ceñudo” (p.16).
En esa línea desacralizadora, Paco Giménez nos comunica (en la línea admirable de un Diógenes Laercio) numerosas anécdotas de sus filósofos favoritos: que le debemos a Protágoras la frase de que “El hombre es la medida de todas las cosas”; que Platón se llamaba en realidad Arístocles, que recibió el mote por sus anchas espaldas y que quizá murió de un ataque masivo de ladillas; que el pensador Orígenes se castró para concentrarse adecuadamente en sus estudios; que Aristóteles se suicidó con un veneno que llevaba uva; que Leibniz fue el inventor de la carretilla; que Kant tenía “un rostro más propio de un fetillo que de un filósofo” (p.207); o que Theodor W. Adorno murió a consecuencia de una grave luxación metafísica (el autor nos explica esta singular enfermedad en la p.288).
Y todo ello compuesto con una prosa limpia, efectiva, chispeante, que diluye los almidones filosóficos y que el autor pone al servicio lúdico e intelectual de “las mujeres y los hombres de cualquier condición: flacos, homosexuales, ateos, negros, filatélicos, meapilas, catedráticos, cagapoquitos, neoliberales, follatabiques, letraheridos, prostáticos, tintinófilos, socios del Barça e incluso psicopedagogos, que ya es decir” (p.163).

lunes, 14 de octubre de 2019

Paisajes originarios




Leo Paisajes originarios, de Olivier Rolin, en la traducción de Javier Albiñana (Seix Barral, 2002), que aborda una idea muy interesante y muy sugerente: el intento de explicar las biografías y la obra literaria de una serie de autores de gran entidad (Jorge Luis Borges, Vladimir Nabokov, Ernest Hemingway, Yasunari Kawabata o Henri Michaux) estudiando con detenimiento las peculiaridades del lugar en que se criaron, y aquellos elementos ambientales que durante su infancia constituyeron su paisaje anímico.
Otra cosa es la formulación literaria del volumen que, en mi opinión, no pasa de ser discreta. Rolin maneja unos mimbres curiosos, pero el cesto que compone con ellos es mediano. En todo caso, se agradecen obras como ésta, que nos permiten mirar de otro modo a los escritores admirados, a quienes aquí se nos invita a mirar de otra manera.
Recupero dos frases del volumen. Una de ellas, por su sentido del humor (“Tener raíces, dejemos eso para las remolachas”); la otra, por su profundidad existencial (“No se escribe porque se sea de aquí o de allá, se escribe porque se ha nacido agujereado”).