sábado, 17 de agosto de 2019

La imagen desnuda




Me leo los “afolirismos” del sueco Artur Lundkvist, traducidos por René Vázquez Díaz y completados con unos dibujos feísimos de Antonio Saura (Devenir, 1987).
Todo lo que encuentro en este volumen me parece un admirable intento de llegar a la greguería, pero sin que la mayor parte de las veces se consiga un resultado que se pueda calificar de bueno. Hay indicios y leves rastros de luz, pero nada que no pueda resumirse en diez o doce frases. Todo lo demás es relleno prescindible. Ahora bien, seamos justos: esas diez o doce frases son estupendas y me alegro de haberlas leído.
“Las palabras contagian más que los microbios”. “La realidad está a punto de abolir la parodia”. “El perro ladra para que no ladre su dueño”. “Dios tiene un apetito enorme. Por eso tantos curas son gordos”. “Los caminos rectos conducen demasiado pronto a la meta; ¿y después qué?”. “Si oyes que golpean fuertemente a tu puerta, no abras. Podría ser la verdad”. “El que se para a hablar con todos, nada tiene que decir”. “Las leyes sirven para evitar que la justicia se renueve”. “La duda es la fe más resistente”. “Cualquier obrero vale más que su sueldo”. “Ama a tu prójimo como a ti mismo, pero desármalo primero”.

viernes, 16 de agosto de 2019

Personajes en un paisaje de infancia




Me acerco hasta el checo Bohumil Hrabal y leo su novela Personajes en un paisaje de infancia, en la traducción de Monika Zgustová (Destino, Barcelona, 1981). La verdad es que me asaltan con ella pulsiones de muy difícil explicación, por su heterogeneidad. Hay pasajes que me encantan, sobre todo por la forma literaria en que Hrabal los ha resuelto (la matanza del cerdo en el capítulo 2 o las líricas rememoraciones sobre la infancia del protagonista en el capítulo 7); pero luego hay otros episodios en los que, francamente, no consigo “entrar”. Es como si me estuviera explicando la vida en otra galaxia. En ese orden, diré que no entiendo a Pepin, ni entiendo el sentido de muchos de los diálogos que entre él y Maryska se cruzan. Parecen extraterrestres que, recién llegados a nuestro planeta, hubieran aprendido glíglico para comunicarse.
Me ha encantado el símbolo del cabello cortado: lo veo como una clave de acceso al futuro. Un futuro anodino, gris y conformista, pero buscado con la parsimonia lánguida de quien se siente ingresando en la edad adulta.
“Yo soy joven, y por eso mismo por encima del bien y del mal”, nos dice uno de los personajes.

jueves, 15 de agosto de 2019

Llegada para mí la hora del olvido




Franco parece siempre agotado como tema, pero no es infrecuente que cada cierto tiempo afloren en las librerías nuevos tomos (de orden histórico o literario) donde se nos muestran nuevos datos u opiniones sobre su figura humana o política. Es el caso de la novela Llegada para mí la hora del olvido, de Tomás Val, que trata de explicarnos las ideas y los sentimientos de Francisco Franco desde dentro del personaje.
Un editor (al que sin problemas identificamos con José Manuel Lara) le pide que escriba sus memorias, y este borrador inconcluso e imposible es el que Tomás Val deposita en nuestras manos. ¿Resultado histórico? La condena de Carmen Polo como mujer horrenda, frígida y sanguinaria, que todo lo trastocó y lo enmierdó. ¿Resultado literario? Una pieza bonita, donde las indagaciones psicológicas, aunque estén adobadas de “dictadorismo hispanoamericano”, se presentan robustas y bien trazadas. Todo suena en estas páginas a lo “ya sabido”, pero se lee con cierto interés.
Tres frases quiero extraer del volumen, para dejarlas aquí: “La verdad no es jamás necesaria en política”. “¿Dónde iríamos a parar si se tuviesen en cuenta todas las opiniones? ¿Qué bandazos habría dado la historia si se hubieran escuchado todas las voces disonantes?”. “Siempre nos equivocamos con los muertos”.

miércoles, 14 de agosto de 2019

La Mitología contada a los niños




Me sorprenden varias cosas en este volumen titulado La Mitología contada a los niños, de Cecilia Böhl de Faber (que firmaba como Fernán Caballero), que publica el sello Irreverentes. La primera es el tono (léxico, ideológico) del que se vale la escritora decimonónica (nacida en Suiza y muerta en Sevilla) para dirigirse a los presuntos receptores de la obra. Dudo que exista niño en la actualidad (o que lo hubiese en su tiempo) capaz de comprender el elevado registro manejado en sus páginas. El segundo detalle que llama mi atención es el desdén continuo que la escritora manifiesta por el mundo cultural que representa la mitología, en nombre de un torticero uso de sus ideas religiosas: todo lo que aparece en los mitos clásicos son falsedades, absurdos e insensateces… cuando los compara con la rutilante religión católica. Así, nos habla de los griegos como “espíritus extraviados” (p.16), que cultivaron una religión “disparatada, descompuesta y hasta criminal” (p.16), “que carecía de todo destello divino” (p.31), llena de “ridículas divinidades” (p.37) y que constituía un “falso, ridículo y degradante paganismo” (p.91). ¿Para qué molestarse entonces en explicar estos episodios y los hechos de estos personajes legendarios, sabiendo que los niños quedarán contaminados por la inmundicia del error teológico?
Por suerte, hay también detalles que salvan el esfuerzo de la lectura, bien sea por algunos detalles humorísticos (nos dice que Saturno se engullía a cada uno de sus hijos varones “como si fuera un merengue”, p.19) o por los ribetes esperpénticos de su pudor (hablando de Príapo, elude toda mención a sus ostensibles atributos genitales y lo despacha diciendo que presentaba “una fealdad espantosa”, p.59).
Pero en conjunto, seamos sinceros, esto no pasa de ser una obrita de tercera fila, tanto desde el punto de vista erudito como desde un enfoque literario.

martes, 13 de agosto de 2019

La biblioteca de agua




Una calle. Simplemente una calle. Un entorno, un barrio, las gentes que viven o sobreviven en él. El fluir del tiempo. Y, por supuesto, una mirada (externa e interna a la vez) que sepa descubrir los hilos secretos, diacrónicos, líricos que lo unen todo. Es el gran experimento narrativo que la argentina Clara Obligado ha ido componiendo con un mimo artesanal durante varios volúmenes y que ahora encuentra su conclusión en La biblioteca de agua (Páginas de espuma), libro de excepcionales textura y belleza donde lo mismo nos encontramos en un convento, reunidas, a las hijas de Cervantes y Lope de Vega, como se nos invita a presenciar un duelo tremebundo en pleno siglo XIX, o acompañamos a un viejo molinillo de café en su viaje desde la guerra civil de 1936 hasta la actualidad, o escuchamos los barritos de un animal prehistórico (hembra) que se apresta a la extinción, o nos sumamos a la perplejidad de una mujer que descubre, escondidos por su marido en lo alto de un armario, unos juguetes eróticos y unos zapatos rojos de aspecto lúbrico o festivo.
Maravillosamente, todas esas visiones, todos esos detalles se van cruzando y relacionando a lo largo del tiempo, y esa mixtura entre relatos y novela (porque la fluctuación entre ambos territorios es tan deliberada como sugerente) adorna el tomo con unos brillos continuos, burbujeantes, asombrosos, que provocan la emoción y el aplauso de los lectores.
Clara Obligado tuvo que marcharse de Argentina, huyendo de las atrocidades de una dictadura militar, hace cuarenta años. Y desde entonces está entre nosotros, habitando el mismo paisaje madrileño que ahora (d)escribe con sensibles pupilas de entomóloga. Ella también es un híbrido de fronteras, calendarios y corazones, que nos habla de mujeres fuertes, espíritus heridos, supervivientes heroicos (del cuerpo y del alma), sexualidades alborotadas y perros que acompañan a fareros tristes... La literatura en español es mucho más rica gracias a sus páginas. España también es mejor con ella dentro. No dejen de comprobarlo.

lunes, 12 de agosto de 2019

El sueño de Tántalo




No voy a decir quién es mi hermano Antonio Parra Sanz. Quienes me conocéis a mí lo conocéis a él, porque siempre he traído aquí sus libros con entusiasmo, fervor y rapidez. Ahora, aprovechando las vacaciones, vuelvo a una de las obras que publicó antes de que yo inaugurase este Librario íntimo: El sueño de Tántalo, una colección de cuatro relatos que apareció en “La biblioteca del tranvía”.
Allí podíamos paladear la prosa increíble de su autor, su inteligencia para idear tramas y su infinita sabiduría a la hora de esculpir personajes.
El primero de estos cuentos, “Tras las cortinas”, está planteado en forma de carta amorosa, y nos depara algunas sorpresas, que poco a poco asaltan al lector con la lentitud con que embriaga un buen vino. El segundo, “Ícaro”, nos entrega como protagonista a Lajos Imrenhagy, un tragafuegos del que se enamora Sonia de Grandes y que se ve envuelto en un oscuro episodio en el que resulta muerto un hombre. “Delicatessen” es, como su propio nombre indica, una auténtica delicia para la inteligencia, no sólo por la maravillosa forma de su escritura sino también por ese humor macabro que destila el cuento en sus líneas finales. Y “El sueño de Tántalo”, que cierra el volumen y le da título, nos permite conocer a Arturo, un antiguo boxeador que, enamorado de una prostituta conocida como La Karenina, no teme encarar el ridículo y se embarca en un propósito tan dulce como anacrónico, que ella moderará cuando menos lo esperemos.
Cuatro demostraciones de que Antonio Parra Sanz ya era, hace diez años, un autor de cuentos muy valioso. Léanlo y se convencerán.

domingo, 11 de agosto de 2019

Las españolas




Termino hoy otra de mis incursiones en el vasto territorio literario de Francisco Umbral: Las españolas (Planeta, 1974).
El libro está atravesado por una creatividad metafórica y visual muy llamativa, pero que obedece al patrón que ya he degustado cien veces en las páginas de este escritor: buenas greguerías, comparaciones atinadísimas, adjetivos como trallazos y un dominio de vocabulario que roza la perfección. Ya no leo a Umbral para dar mi veredicto. Ya leo a Umbral por el puro gusto de seguirme nutriendo con su venero de preciosidades literarias. Forma parte (esto resulta evidente) de mi particular Olimpo de elegidos, de esos escritores y escritoras que conforman el paisaje predilecto de mis ojos. Seguiré ensanchando mis lecturas con más libros suyos.
He subrayado en el tomo algunas frases, que reproduzco aquí para tenerlas más a mano: “La carne, al fin y al cabo, es más sensata que el alma”. “El matrimonio, sesión continua del amor”. “(Marcel Proust) Quizás el escritor más grande que ha existido”. “El escote es la playa de la mujer, junto al mar de su cuerpo”. “El triunfo es una cosa en huecograbado y sonrisas, es como vivir en un perpetuo domingo, y eso entontece”.

sábado, 10 de agosto de 2019

Las avispas




Los usos cómicos para señalar ciertos males sociales y lograr con esa crítica que los espectadores adviertan los absurdos del mundo en que viven. Un viejo y eficaz procedimiento del que se vale magistralmente Aristófanes en Las avispas, una pieza protagonizada por un padre y un hijo de temperamentos e ideas muy diferentes. El primero es iracundo, solemne, severo y se aplica con fervor a su actividad favorita: formar parte de tribunales de justicia. El segundo es mucho menos extremado y bastante más reflexivo, de tal manera que ordena a todos sus sirvientes que vigilen al progenitor, para que no pueda escaparse de casa y ejercer tan obsesiva tarea.
Cuando se produce al fin el enfrentamiento dialéctico entre ambos, el hijo razona ante su padre que, en realidad, su tarea como juez es una migaja que los realmente poderosos (políticos y burócratas) le arrojan con sonrisa disimulada (“Quieren que seas pobre, y te diré la razón: para que, reconociéndoles por tus bienhechores, estés dispuesto a la menor instigación a lanzarte como un perro furioso sobre cualquiera de sus enemigos”). Con lentitud y eficacia, logra convencer al padre de su condición ancilar y le explica que los griegos siempre han sido como avispas: tranquilos y pacíficos hasta que se les obliga (como hicieron los persas) a sacar su aguijón. Y que lo peor del asunto son los zánganos, que viven de los demás sin disponer de aguijón y que “se comen sin trabajar el fruto de nuestros afanes”.
En suma, un interesante análisis sobre la estructura de la sociedad, organizada desde arriba de tal modo que los de abajo se mantengan siempre ignorantes, pobres e incluso agradecidos.
Me apunto una frase sobre los poetas innovadores: “En lo por venir, mis buenos amigos, sed más amables, más graciosos con esos poetas que realizan un esfuerzo por hallar algo nuevo que deciros”.

viernes, 9 de agosto de 2019

Aquí y ahora




Leo y termino Aquí y ahora, de Miguel Ángel Hernández, sin llegar a entender muy bien la insistencia que varios críticos han desarrollado en torno a la palabra “híbrido” para definirlo. La vida es híbrida, como híbrido es el arte, híbrida es la amistad, híbrida es la escritura e híbrida es la lectura: no podía responder a otro espíritu un volumen donde esos cinco elementos se funden y complementan a lo largo del tiempo. O, dicho de un modo más simplificado: si la vida es híbrida, el diario tenía que ser híbrido.
Pero si lo leemos etimológicamente, como la hybris griega, tampoco esta obra podía funcionar de otro modo. Desmesura. Ansiedad. Límites. Voracidad a la hora de escribir, de abrazar a los amigos, de beber, de acometer tareas como crítico de arte, de viajar, de absorber lecturas. Aquí y ahora se erige en crónica de muchas actividades, intelectuales y emocionales: desde las visitas al Yeguas hasta las reflexiones sobre Mieke Bal o Marcel Duchamp (“el más grande de todos los artistas del siglo XX”, p.210), desde su amistad con Leo o Sergio del Molino hasta sus visitas esporádicas al gimnasio, desde sus cervezas interminables y su vermut granizado hasta el jägermeister (que raramente le sienta bien), desde su vesícula empedrada hasta sus masturbaciones viendo porno gay, desde sus fotos vestido de escocés hasta su viaje a China, desde su relación ambivalente con las redes sociales hasta el poliamor… Todo queda registrado en estas páginas, como en una bitácora del corazón, del cerebro, del estómago y del hígado.
Y por debajo, como un poderoso río, el proceso de creación de El dolor de los demás, su novela más desgarradora, testimonial, tortuosa e íntima. Una novela arrancada, más que escrita. Una novela llorada, más que redactada. Durante estas 268 páginas asistimos a su gestación y moldeado, a sus vacilaciones, a sus enmiendas, a sus crisis, a los rodeos para encontrar un tono, una voz, incluso un título (que finalmente le sugiere Vicente Luis Mora), a sus inquietudes por el impacto que pueda tener esta narración en las personas de su entorno y de su pasado; y, después del mazazo inicial que recibe tras la lectura por parte de sus agentes (“La novela no funciona, dicen. Todo es malo. Ni un solo halago. No va a ninguna parte”, anota abatido en la página 229), por fin la publicación en el sello Anagrama y el despliegue de las repercusiones.
Arte, literatura (escrita y leída), docencia, bares, exposiciones, sexo y partidos de fútbol. Cómo resistirse a ese panóptico narrativo.

jueves, 8 de agosto de 2019

Amores malsanos




Determinadas pasiones pueden transformarse, si las circunstancias coadyuvan, en patologías. Hasta ahí, supongo que todos estamos de acuerdo. En lo que se producirá la primera discusión será en el rango negativo o positivo de dichas patologías. ¿Todas son desdeñables? ¿Todas son merecedoras de respeto? ¿En qué punto se traza la frontera entre territorios tan nebulosos?
La poeta Teresa Vicente nos ofrece en su primer libro de relatos (que se titula Amores malsanos y que lanza a los lectores La Fea Burguesía) un vistoso abanico de personajes y emociones que dibujan su ballet a ambos lados de esa frontera, para que juzguemos qué opinión nos merecen sus filias y fobias, sus actitudes vitales, sus aspiraciones y renuncias.
Tenemos al joven y hermoso carnicero que entiende el placer sexual como una dádiva que ha de tributarse a quienes la requieran; la adolescente millonaria que incurre en el incesto y malbarata el futuro de sus calendarios; el hombre que descubre la infidelidad de su esposa pero que se siente incapaz de abandonarla, porque la juzga la mujer de su vida; el pervertido que encuentra el disfrute erótico en una fantasía inquietantemente dañina; los jóvenes estudiantes de Cambridge que se inician con delicadeza en el amor homosexual; o la lírica crónica que tiene como protagonistas a los siete durmientes de Éfeso, que buscan la muerte tras negarse a reconocer la deidad del nuevo emperador.
Una docena de historias que garantizan buenos ratos de lectura y más de un motivo para reflexionar y emocionarse.

miércoles, 7 de agosto de 2019

La mala entraña




Otra sorpresa agradable para empezar el mes de agosto: los magníficos relatos que forman La mala entraña, de Elena Alonso Frayle, publicados por la editorial isleña Baile del Sol, donde se analizan con escrupulosa exactitud y con encomiable belleza literaria multitud de emociones del ser humano.
Aquí nos encontramos con chicos aburridos y malévolos, que no dejan de planear y ejecutar gamberradas (telefónicas y personales), hasta que su líder pergeña una que incluso a ellos les provoca un escalofrío (“La mala entraña”); o descubrimos la inquietante electricidad sexual que se genera entre una madre lactante y su joven vecino discapacitado (“Misericordia”); o contemplamos qué siente y cómo se comporta la hija de un etarra cuando su progenitor se encuentra en los últimos días de una enfermedad terminal (“La buena hija”); o nos desasosiega el corazón el modo en que una mujer madura aprovecha el fin de semana en que sus hijos y su marido se encuentran fuera para recuperar la relación con un viejo amante parisino de su juventud (“La calle de Mary Quant”); o nos subimos en avión con una madre amargada, triste e iracunda, que viaja a Nueva York para acompañar a su hija antes de que sea tarde (“Amados hijos muertos”); o nos enfurecemos con la crueldad sádica de una sirvienta, que atormenta a una niña rica con imágenes perturbadoras (“El ojo de Dios”).
El volumen, elegante y airoso, no decae en ningún momento, y demuestra que la autora (varias veces finalista del premio Setenil, además de ganadora de premios como el Alandar o el Ala Delta) es un valor firme de la narrativa actual, con un impresionante futuro. Conviene estar pendiente de sus libros: nunca defraudan.

martes, 6 de agosto de 2019

Conversaciones con Juan Ramón




Termino el curioso volumen Conversaciones con Juan Ramón, de Ricardo Gullón (Taurus, 1958). Se trata de un libro difícil de etiquetar, porque oscila entre el ensayo, la poesía y la ficción biográfica. Pretende respetar el esquema de unas “charlas” mantenidas entre los dos autores; pero, en realidad, Gullón habla muy poco, e introduce demasiadas digresiones “líricas”. Es decir, que lo se planteó al principio como “crónicas conversacionales” se queda en monólogos (dignos de interés, eso sí) y en páginas poéticas de Gullón, que nos describe el paisaje que ve (contagio del poeta que tenía al lado, supongo).
Al final, aprendo una enorme cantidad de datos sobre la sensibilidad de JRJ… y llego al desconcierto, comparando la imagen ofrecida en este libro con la que yo tenía, fruto de mis lecturas de epistolarios del 27, donde el escritor de Moguer era presentado como un auténtico monstruo solipsista y egocéntrico. ¿Dónde está la verdad? Ni lo sé ni creo que pueda llegar a saberlo jamás con certeza.
Anoto algunos de mis subrayados del libro: “Borges (asegura Juan Ramón) es el escritor hispanoamericano más importante”. “La poesía pierde por la arquitectura; por el empeño de darle una forma determinada, una construcción. Así ocurre en Góngora”. “La exigencia del lector actual es tremenda. Unamuno tiene esparcida por su obra mayor cantidad de calidad que cualquier poeta clásico”.

lunes, 5 de agosto de 2019

La escafandra y la mariposa




Libro impresionante, tanto por su génesis como por su contenido: La escafandra y la mariposa, de Jean-Dominique Bauby, que traduce Rosa Alapont (Plaza & Janés, 1997). Este francés, director de una famosa revista femenina, quedó imposibilitado en cama, pudiendo tan sólo comunicarse mediante el parpadeo de su ojo izquierdo. Y con esta pequeñísima muleta consiguió ir dictando este libro letra a letra. Tan fácil decirlo como laborioso, casi imposible, hacerlo.
La escafandra de su cuerpo mudo, pesado, roqueño, es vencida por el remontarse etéreo y alígero de su mente, mariposa libre. Todo un ejemplo de tenacidad, de superación y de vitales ganas de comunicarse.
Yo pensaba, sinceramente, que iba a encontrarme con un tomo “testimonial”, y punto. Pero la sorpresa es que he detectado en él líneas, párrafos y páginas de auténtico vigor literario. Sin caer en sentimentalismos. Sin caer en patetismos. Con belleza de recia estirpe.

domingo, 4 de agosto de 2019

Especies en extinción




Cuando se tiene ante los ojos un buen libro de cuentos se nota enseguida. Es un pálpito que te recorre el cerebro nada más terminar el primero o el segundo de los relatos. Adviertes la maestría y la solidez en el manejo del lenguaje, de la estructura, del tempo; y desde ahí te dedicas a disfrutar anticipadamente con las sorpresas que te depararán las siguientes narraciones. Es una delicia. Frente a la ingente cantidad de morralla desdeñable que se publica, estos libros funcionan como oasis o como reconciliación. Y se les tributa una gratitud imborrable.
Me ha ocurrido con Especies en extinción, de Faustino Lara Ibáñez, un volumen que obtuvo el premio XXI Concurso de Cuentos – Manuel Llano y que publica Tantín Ediciones. Sabiamente dirigido por el autor he asistido a escenas terribles que se desarrollaban bajo las botas nazis (“El autocar de los cobardes”), a relatos vampíricos de llamativo final (“Aniversario”), a ajustes de cuentas entorpecidos por el azar (“El rencor”), a ilusiones filiales que se adivinan melancólicamente condenadas al fracaso (“Bajo la discreta luz del McDonald’s de Aldock Place”), a distopías inquietantes (“La liturgia de los aprendices”), a largas paciencias que se nutren del rencor (“La venganza”) o a amores salpicados por el desequilibrio y la angustia (“La lógica del amor”).
Ceremonias narrativas de una espléndida ejecución, en las que no habría venido mal eliminar los abundantes laísmos y loísmos que afean el libro. Salvado ese escollo lingüístico, el resto es para ponerle un marco y aplaudir.

sábado, 3 de agosto de 2019

El ombligo de los limbos




Como aún no había leído nada del infinitas veces citado Antonin Artaud, opto por sumergirme en las páginas de El ombligo de los limbos, traducido por Antonio López Crespo (Aquarius, 1975).
Y veo que, para hacer verdad una de sus petulantes frases iniciales (“Yo quisiera hacer un Libro que trastorne a los hombres”), Artaud ha puesto en la tarea todo su atolondrado y opiáceo empeño.
Que Dios se lo perdone. Si puede.

viernes, 2 de agosto de 2019

Cosmoagonías




Concluyo un libro que comencé hace tres o cuatro meses y que dejé a medias por otras lecturas. Se trata de Cosmoagonías, de la uruguaya Cristina Peri Rossi (Laia, 1989), cuyo magnífico título esconde algunos relatos buenos, y también otros relatos que se me antojan menos notables. No sé. No termino de “ver” este libro como una obra cuajada. Se aprecian maneras, destellos, apuntes, pero falta algo que le dé cohesión y organismo al conjunto; hay (o yo percibo) demasiadas fisuras, en un tomo que debería haber quedado esférico, habida cuenta de la brillantez de su autora.
Me parecen muy conseguidos “El club de los amnésicos”, “Te adoro” y “El centinela”, así como párrafos sueltos de los demás relatos. Suficiente como para seguir insistiendo con esta narradora.
Cómo no insistir en los libros de alguien que habla así del amor (“Un amnésico enamorado no reconoce, sino que cada vez debe empezar por conocer. Todos los días se asombra de las mismas cosas, ya que las olvidó, y el color de la piel de la mujer que ama es una incógnita sostenida por su imaginación (es decir, por su memoria) que las diferentes luces del día y de la noche descubren cada vez, para hundir, luego, en el pozo abismal de la amnesia”), del lenguaje (“El lenguaje es de los que mandan”) o de los milagros (“Las revelaciones deben merecerse”).

jueves, 1 de agosto de 2019

Otra Fedra, si gustáis




Deliciosa me ha parecido la obra teatral Otra Fedra, si gustáis, de Salvador Espriu, escrita originalmente en catalán y traducida por él mismo al castellano (Península, 1979). Tiene, sí, todo el encanto del viejo mito griego, pero es que además Espriu le rebaja el dramatismo por la irónica vía del humor. Pero, ojo, no conviene perder de vista que sigue latiendo por debajo la angustia casi existencial de Fedra, con todos los matices y toda la hondura de su sufrir.
Que Teseo juegue al perdón y que Hipólito vuelva solemne su casta gallardía no diluye el desgarro de la mujer, enamorada (como en el cuento) de un ayer reflejado por la engañosa lámina del espejo.
Es llamativo que me gusten tanto las revisiones modernas de los autores grecolatinos: Cortázar y sus reyes; Giraudoux y su Anfitrión; Sastre y su otro Anfitrión; las reflexiones teóricas de Diana de Paco Serrano… ¿Será verdad que todo está dicho ya, y que lo único que hacemos es repetirnos?
Me emociona el modo en que Espriu se define (“Veu les coses amb escéptica fredor” / “Ve las cosas con escéptica frialdad”) y el modo elegante y sobrio en que defiende la lengua catalana (“Parlada per pocs, però no petita” / “Hablada por pocos, pero no pequeña”).

miércoles, 31 de julio de 2019

El relevo




Llegando a divertirme con algunas de sus páginas, acabo de leer El relevo, obra teatral de Gabriel Celaya (Escelicer, 1972), que juzgo entretenida pero banal. Es el típico juego onírico, surrealista e iconoclasta que, creyendo actuar como una bomba devastadora contra el Sistema y la conciencia humana, sólo sirve en verdad como inoperante cosquilla en la axila lectora. Obviamente, no me burlo ni de la persona Gabriel Celaya ni del escritor (al que siempre he admirado), sino de la candidez infantil de la propuesta: hacer una revolución repartiendo chucherías se me antoja una simple pose, que solamente sirve para enriquecer a los vendedores de pósters y de camisetas.
El autor guipuzcoano juega aquí a la fantasía, y me parece bien; pero siempre que no pretendiese nada más con sus páginas. Las propuestas lírico-oníricas no sirven nunca de nada: la Historia lo demuestra continuamente.
Pero luego, claro, nos encontramos con el humor de Celaya (“¡Qué bien hablas, Máximo! Casi no se te entiende”), con su ironía lúcida (“El amor es una cosa muy seria. Debemos aburrirnos como Dios manda”), con la belleza de sus disparates (“Te quiero porque dos y dos son cinco”) y con su seriedad psicológica (“El que a uno le crean feliz ayuda a serlo de verdad”). Y no renunciamos a aplaudir a este gran mago incomprendido de nuestras letras.

martes, 30 de julio de 2019

Crónica de Todmir




En 1997, el narrador histórico que vive dentro de Santiago tomó la palabra para componer una versión novelada de la vida del conde (o duque) Teodomiro, un personaje importantísimo del siglo VIII del que se saben bastantes cosas, pero del que todavía se ignoran otras muchas, que él rellenó con su fantasía hasta componer un extenso escrito dividido en tres partes.
En el que abre la historia (titulado “Las vísperas del elegido”) nos cuenta que Muhammad, presunto nieto putativo del conde, se apresta a cumplir en el año 743, ahora que su “abuelo” ha muerto, la promesa que le hizo de poner por escrito su vida. Desde el principio, advertimos que Muhammad admiró profundamente a su abuelo, por la anticipación histórica que supo demostrar con la Cora de Todmir, un sitio donde sangres, razas, culturas e idiomas se mezclaron con normalidad y sin escándalo. Por eso, él, Muhammad, compondrá aplicadamente la crónica de Todmir Ibn-Gandarias, caíd cristiano de Aurariola que nació en La Guardia, cerca de Tuy, en la costa gallega.
Mucha es la información histórica y cultural que en las siguientes páginas se nos va trasladando, pero creo el lector disfrutará especialmente con la secuencia que se centra en los baños de Mula, donde la bella y más bien madura dama griega Irene consigue que el dux de Aurariola fije sus ojos y su deseo en ella, hasta que logra conducirlo al matrimonio.
En la segunda parte, titulada “La gloria del señalado”, se nos sitúa varios años después: Irene ha muerto (sabiendo que una enfermedad incurable la minaba, tuvo el coraje de administrarse la dignidad socrática de la cicuta); Fátima, hermana del cronista, ha aumentado en belleza y en familia (ha tenido dos hijos); y Atanagildo, heredero de Todmir, además de haber sufrido abusos económicos por parte de quienes no tuvieron valor para exigírselos a su padre, ha perdido todo rasgo de grandeza en su porte, y muestra un aspecto. El cronista, destrozado íntimamente por la constatación de tantas ausencias, exclama: “Por todo eso, porque han muerto casi todos los que eran un poco yo mismo, cuando yo moraba aquí, he muerto yo un poco también” (p.125). En esta segunda parte de la crónica, Muhammad adopta un tono mucho más escéptico y menos entusiasta que en las páginas anteriores. La vida, con su tenaz goteo, ha limado muchas de sus ilusiones, y las ha reducido hasta límites que rozan la desesperación y la amargura. Su abuelo Todmir, que antaño le pareciera un gigante histórico y un poderoso señor adornado con las más exquisitas virtudes, ahora se le antoja un “lejano personaje, cabeza de pequeña comarca, pobre y exótica, poco digna de crónica” (p.125).
Y en la tercera parte del volumen, que se titula “Los escritos de Fátima”, se nos ofrece una novedad curiosa: ahora es la hermana de Muhammad la que, muerto éste, retoma la crónica. Este tercer bloque se rebaja drásticamente el número de informaciones históricas, y el tono de la novela se vuelve más alígero, menos erudito. Santiago, hábil narrador, sabe que los hermanos Fátima y Muhammad no son parangonables en sabiduría, y por tanto tampoco sus estilos pueden manifestar semejantes en este orden. En manos de la mujer, la crónica adquiere una fluidez desnuda y graciosa, que no sólo sirve como contrapeso a la sección anterior, sino que también posibilita que la novela termine de un modo elegante y airoso.
Otra demostración del buen hacer narrativo de Santiago Delgado, que espera con paciencia la llegada de más lectores.

lunes, 29 de julio de 2019

De mutuo acuerdo




Para cualquier disciplina artística (pintura, escultura, poesía, música, baile) se puede disponer de buena voluntad, invertir elevadas dosis de trabajo y sacrificar tiempo y dinero con el fin de obtener resultados. Es tan posible como plausible. Pero ninguno de esos ingredientes garantiza que pueda alcanzarse el éxito o la excelencia, porque el talento no es democrático. Se tiene o no se tiene. Es así de sencillo. No se trata de crueldad, de altanería, de jactancia o de soberbia: es un hecho.
Y Diana de Paco Serrano, cuando se pone a escribir teatro, dispone de talento. Es un aroma, una fluidez, una solidez que se perciben desde la primera página y que impregnan sus textos inequívocamente. La forma en que hace moverse a sus personajes, el modo en que hablan, sus reflexiones, los giros argumentales, todo está calibrado a la perfección para que la maquinaria escénica ruede y convenza. Y lo volvemos a comprobar en De mutuo acuerdo (y otras obras menudas), que le premió y publicó el sello Irreverentes. Nos encontramos allí con hombres débiles a quienes sus esposas han exprimido y engañado, a adolescentes que viven enganchadas a sus teléfonos móviles y que los utilizan como oxígeno, a extraños hipocondríacos que se entusiasman al contratar un seguro médico, a amigas maduras que en realidad se odian y se desprecian, a ninis espléndidamente retratados como metáfora del mundo en que vivimos… Y, llegados al final, esa delicia titulada Lapidarius, donde los personajes cervantinos de don Quijote, Sancho y Dulcinea quedan transfigurados y modernizados en un entorno psiquiátrico.
Costumbrismo irónico, señalamiento de las lacras eternas del ser humano, melancólico sentido del humor… Diana de Paco Serrano juega espléndidamente sus cartas para dejarnos un amargo sabor de boca y un insuperable retrato de nuestro tiempo. Como siempre.

domingo, 28 de julio de 2019

Las cintas de Anderson




Me termino, en dos tardes, la curiosa novela titulada Las cintas de Anderson, de Lawrence Sanders, traducida por Marta Isabel Gustavino (Ultramar, Madrid, 1980)… Veamos. Yo diría que es una novela esencialmente absurda, porque parte de una enorme cantidad de conexiones traídas por los pelos: orwellianas, huxleyanas, increíbles. ¿Es acaso “tragable” que se pueda verificar este ingente rompecabezas, este puzle urbano con micrófonos dispersos, no solamente por toda la ciudad, sino en los sitios y momentos adecuados? La hipótesis de la vigilancia electrónica del peatón ya no resulta tan descabellada en estos años de comienzos del siglo XXI; pero lo que sigue siendo descabellado es pensar que pueda ser espiable una persona, en veinte sitios de la ciudad, gracias a veinte departamentos estatales diferentes y desconectados entre sí. Eso, por lo que atañe a la credibilidad de la trama.
En cuanto a los aspectos puramente literarios, la novela no pasa de ser interesante, sin alcanzar mayores logros. Una novela más, entre el grupo de las normalitas.

sábado, 27 de julio de 2019

El escritor y sus fantasmas




Releo El escritor y sus fantasmas, de Ernesto Sábato, e inevitablemente vuelvo a maravillarme con sus ideas, con su prosa, con sus erudiciones y con su capacidad para hacer que el lector se intrigue o interese por asuntos que, apenas unas horas antes, ni siquiera habían pasado (quizá) por su mente. El narrador argentino era un auténtico maestro, no cabe duda.
Ahora, fruto del entusiasmo que esta relectura me depara, podría glosar con delectación las múltiples reflexiones que Sábato lanza en estas páginas: analizar su interés y profundidad, enlazarlas con otros autores, etc. Pero estoy pensando en algo mucho mejor: voy a trasladar a esta reseña sus palabras exactas, para que los lectores las disfruten sin intermediarios. Dicho por él, mejor que dicho por mí. Me cubro, pues, con los ropajes del Pontífice y procedo…
“Toda cultura es híbrida”. “En cuanto a la técnica, considero legítimo todo lo que es útil para los fines perseguidos, e ilegítimas aquellas innovaciones que se hacen por la innovación misma”. “La condición más preciosa del creador es el fanatismo. Tiene que tener una obsesión fanática, nada debe anteponerse a su creación, debe sacrificarse cualquier cosa a ella. Sin ese fanatismo no se puede hacer nada importante”. “No hay grandes temas y temas insignificantes: hay escritores grandes y escritores insignificantes”. “No hay peor conservatismo que el de los revolucionarios triunfantes”. “La madurez de un hombre comienza cuando advierte sus limitaciones”. “No hay gran novela que en última instancia no sea poesía”. “Los hombres escriben ficciones porque están encarnados, porque son imperfectos. Un Dios no escribe novelas”.

viernes, 26 de julio de 2019

Malos días




Hay días que son gozo, días que son tortura y días que se incorporan a la cloaca gris de lo indiferente. Pero de todos ellos se puede trazar, si se dispone de talento y de pericia narrativa, un relato espléndido, porque la literatura siempre ha estado en la forma en que se miran las cosas, en el enfoque que utilizamos para pirograbarlas en las pupilas y el cerebro de los lectores.
Victoria Pelayo Rapado, en su hermoso trabajo Malos días (De la luna libros), nos ofrece una demostración incuestionable de esa posibilidad. Por sus páginas desfilan personajes de sexos y edades diferentes, que se tienen que enfrentar a jornadas especiales, a horas de inflexión en las que sus vidas quedarán alteradas de un modo irreversible; y quien lee siente que los latidos de su corazón (más rápidos o más lentos, sonrientes o perturbados) se amoldan al ritmo que la autora zamorana imprime a sus textos.
Conoceremos así a Ángel, un joven que acepta un delicado y angustioso trabajo por el que le pagarán muy bien, pero que lo acongojará; y a Montse, una extraña sordomuda que trabaja como limpiadora en un hotel; y al padre y al hijo que, tras veinticinco años de separación orgullosa e inútil, se reencuentran en la casa del anciano; y a la muchacha que da a luz sin ayuda en el suelo de la cocina; y al agobiado repartidor que experimenta la ansiedad de estar sin tabaco, y que lo busca en todos los lugares donde realiza entregas; y a la tanatopractora que se siente minusvalorada, a pesar de la importancia de su actividad; y a muchos otros personajes que, diminutos y anónimos, circulan por el mundo con su cargamento de tristezas, alegrías y decepciones.
Gran libro, sin duda, que se lee con la gratitud que todos los buenos degustadores de literatura experimentamos hacia las personas que se preocupan de componer buenas obras.

Bicicletas blancas



Roberto acaba de cumplir 13 años y recibe de sus padres, como regalo, la noticia de que pasará el verano en Holanda para perfeccionar su inglés. Tal decisión, que no le hace ni chispa de gracia, lo hace refugiarse en su diario, donde muestra su desacuerdo y su rabia. Pero, como resulta obvio, no dispondrá de argumentos bastantes para contradecirles y tendrá que instalarse en Ámsterdam.
Allí, a través de su profesora de inglés, llamada Shanti, descubrirá los horrores del racismo, sea cual sea su forma o su color, y entrará en contacto con el mundo de la niña judía Ana Frank, que fue asesinada en el campo de exterminio de Bergen-Belsen por los nazis. Hasta tal punto empatizará con ella que terminará refiriéndose a la Segunda Guerra Mundial como “la guerra de Ana” (p.97). También descubrirá la pintura de Rembrandt e innumerables detalles sobre gastronomía holandesa, sobre el uso de las bicicletas en la ciudad, sobre el consumo de marihuana o sobre sus extensas calles y jardines.
Entretanto, en su localidad de origen, los padres de Roberto están viviendo su particular infierno: una relación cada vez más deteriorada e insatisfactoria.
Ambas pulsiones (lo que tiene ante sus ojos y lo que chirría a sus espaldas) hacen que Roberto deba enfrentarse a “esas cosas que le ocurren a la gente cuando viaja y se le desordenan las hojas de la vida” (p.130).
Un libro espléndido de una autora espléndida, que puede ponerse en manos de cualquier adolescente con la convicción de que le encantará.

jueves, 25 de julio de 2019

Sufrimientos de amor




Acabo de leer los Sufrimientos de amor, de Partenio de Nicea, que traduce don Antonio Melero (Gredos, Madrid, 1981). Se trata de un copioso ramillete de historias de amor, recopiladas y redactadas por el autor para que su amigo Cornelio Galo, si así lo estima conveniente, las use en sus poemas.
Me ha llamado mucho la atención la número VII, que trato de condensar en unas pocas líneas: un celta rapta a la bella Heripe; su marido acude presto a rescatarla pagan por ella una buena cantidad de dinero; pero ella, enamorada del celta, se decide a quedarse con él. Hasta ahí, podríamos considerarla una historia más o menos convencional o repetida; pero la sorpresa viene justo después, cuando el celta, horrorizado por la inconstancia veleidosa de la mujer, decide matarla por su infidelidad al esposo.
Teniendo en cuenta que el propio Partenio nos deja claro que estas páginas son una especie de “guiones” para que otro los desarrolle, la calidad literaria de las mismas no alcanza un nivel demasiado elevado. Los argumentos, eso sí, resultan enormemente sugerentes.

Como una buena madre



Potente como un huracán, el nombre de Ana María Shua (Buenos Aires, 1951) se yergue entre los grandes de la literatura argentina gracias a sus ensayos, relatos, poemas y novelas, todos de una calidad incuestionable. Acercarse a sus obras es sumergirse en un universo lleno de fascinación y magia, como el que nos embriaga en las páginas de este libro de relatos, publicado en el año 2002.
De un modo magistral, la escritora nos acerca hasta los agobios extremos de una mujer que atiende a dos hijos pequeños y un bebé, los cuales la sofocan con sus gritos, desobediencias, escatologías y gamberradas, generándole la sensación triste de que no cumple bien su papel (“Como una buena madre”); nos pedirá que acompañemos a la familia Ramos hasta Disneyworld y, posteriormente, a un asombroso espectáculo vudú, tan repulsivo como impresionante (“Auténticos zombis antillanos”); nos sumergirá en una historia de boxeo y determinismo que tiene al Flaco como protagonista y a Dani (hijo del narrador) como detonante (“La revancha”); nos susurrará al oído una preciosa fábula sobre el sentido de la vida y sobre sus azares y sorpresas (“Princesa, mago, dragón y caballero”); nos hará subir con Joaquín y Claudia a un coche que se verá implicado de forma tangencial en un crimen machista (“La mujer herida”); o nos pondrá ante los ojos al singular Juan Domingo, un ahijado de Perón que, determinados días de la semana, sufre la espeluznante metamorfosis que lo convierte en una bestia (“Vida de perros”).
Yo me he sentido particularmente atraído por la historia que cierra el tomo y que lleva por título “La columna vertebral”, una melancólica reflexión sobre el paso del tiempo y sobre los vaivenes y claudicaciones que la vida termina imponiéndonos: tras reencontrarse con su antiguo novio Alejandro Mallet en un congreso médico, la deportóloga Stella Dossi se deja llevar por los recuerdos y, olvidándose de su marido, se acuesta con él. Tras el sexo, y casi como cierre del volumen, la mujer se queda pensativa, dejando que Ana María Shua nos deslice estas líneas donde nos muestra cómo se siente su protagonista: “Vio la carne floja de los brazos y el vientre péndulo, colgando en un pliegue flácido sobre la pelvis, las mejillas mustias, el mentón borrado, el rimmel borroneado alrededor de los ojos, las arrugas abriéndose como grietas polvorientas en la gruesa capa de maquillaje, una mujer vieja, sucia, ridícula, ansiosa todavía por ofrecer su carne demasiado madura, un durazno blando y arrugado que alguien se olvidó de poner en la heladera. Una Wendy amatronada, menopáusica, sudorosa, que ve entrar una vez más, por la ventana, la figura siempre igual a sí misma de Peter Pan y sabe que ya no viene por ella, que no la recuerda ni la busca, una Wendy en la que es inútil gastar polvo de estrellas porque es demasiado pesada para volar hasta la isla de Nunca Jamás”.
Un libro hermosísimo y perdurable.

miércoles, 24 de julio de 2019

Mimiambos




Me reencuentro con un viejo texto que me recomendó mi compañero Miguel Haro Baidez (profesor de griego) y que leí originalmente en 1997: los Mimiambos, de Herodas, traducidos por José Luis Navarro González (Gredos, Madrid, 1981).
El tomo está compuesto por un conjunto de pequeñas piezas que me han parecido (en la mayor parte de los casos) deliciosas. Está, por ejemplo, el tema de la alcahueta que pretende tentar a la mujer casada, cuyo marido se encuentra en la guerra (mimo I); o el tema de la madre que pretende que el maestro corrija a palos a su díscolo hijo (mimo III); o la desvergonzada conversación de dos mujeres, que comentan las excelencias de un consolador de cuero (mimo VI); o la interesante interpretación que un hombre realiza de un sueño que ha tenido, anticipándose al psicoanálisis (mimo VIII); etc.
Me gustan el lenguaje, la estructura, la fluidez del diálogo y hasta la frescura de los tipos que son dibujados. Una sana ráfaga de aire fresco.
Frase que subrayé y que volvería a subrayar: “No es posible encontrar fácilmente una persona que pase la vida sin desgracias”.

Los hombres me explican cosas




Lo explica la norteamericana Rebecca Solnit con una metáfora exacta y luminosa: “Una mujer camina por una carretera de mil kilómetros. A los veinte minutos de empezar a caminar, ellos proclaman que aún le quedan novecientos noventa y nueve kilómetros por andar y que no lo conseguirá” (p.127). Se trata, en efecto, del acostumbrado enfoque cruel o derrotista que el machismo más energúmeno suele dedicar, con sonrisa displicente (en el mejor de los casos), a las mujeres que trabajan para el reconocimiento de la igualdad que les permita no verse convertidas en objetos o seres de segunda categoría.
En estos ensayos, que traduce Paula Martín Ponz para el sello Capitán Swing (por cierto, un buen detalle de la editorial el de poner el nombre de la traductora en portada. A ver si cunde el ejemplo) nos explica Rebecca Solnit que los hombres, secularmente, han vivido en un “archipiélago de arrogancia” (p.15) y que eso les ha permitido instalarse y vivir con absoluto confort en “Machistán” (p.34), el país sin fronteras de los brutoides. De tal modo que cada vez que se producía, por ejemplo, una violación, los resortes periodísticos o judiciales se repetían sin cambios: “Cada una de ellas, invariablemente, se presenta como un incidente aislado. Los puntos del dibujo están situados unos tan cerca de otros que son salpicaduras que se funden en una mancha, pero casi nadie conecta uno con otro o le pone nombre a la mancha” (p.39). O se tiende, de una forma aún más bochornosa, a culpabilizar a la víctima, porque paseaba sola de noche por una calle o plaza, vestía de un determinado modo o se atrevió a sonreír (o a no sonreír) al mastuerzo de turno.
Rebecca Solnit acude a todo tipo de fuentes serias para explicarnos la situación en que vivimos: ideas de Virginia Woolf, noticias aparecidas en los principales periódicos y televisiones del mundo, y hasta abrumadoras notas de instituciones médicas (por ejemplo, el informe emitido por el Journal of The American Medical Association, donde se precisaba que “la violencia doméstica es la principal causa de lesiones en mujeres entre los quince y los cuarenta y cuatro años; esta causa es más común que todas las muertes derivadas de accidentes automovilísticos, atracos y cáncer juntas”).
El resultado es un volumen lleno de devastaciones, pero también lleno de esperanza, porque cuando las ideas justas y las reflexiones inteligentes se ponen en funcionamiento y salen a extenderse por el mundo ya no hay vuelta atrás. Costará tiempo y esfuerzo, pero la victoria acabará por llegar. O, como la propia Solnit indica: “Hay gente que muere en esta guerra, pero las ideas no pueden ser eliminadas”.

martes, 23 de julio de 2019

Los Pelópidas




Riéndome como un energúmeno, me acabo la divertida comedia titulada Los Pelópidas, original de Jorge Llopis, que leo en la versión de Pedro Sáenz Almeida (Ediciones Clásicas, Madrid, 1995).
Desde el punto de vista profesoral o crítico, advierto con nitidez las facilidades del género, sus derrumbes y sus trucos más que previsibles; me doy cuenta de sus concesiones al público y de sus patochadas, en la línea del inefable Pedro Muñoz Seca… Pero juzgándolo desde el punto de vista del lector hedónico, del lector que se acerca hasta la obra con ojos sanos y sin adulterar por prejuicios eruditos, ¡no hay más remedio que reírse! Página a página brillan las sorpresas, las risas y las ingeniosidades, que se suceden sin tregua, para deleita de quien camina por las páginas.
Quizá tengamos ya suficientes (y sobrados) James Joyces en este mundillo de la literatura, y nos venga bien el aire fresco del fresco Jorge Llopis. Yo, por mi parte, le doy todos mis beneplácitos y mi enhorabuena, al igual que le doy las gracias a mi hermano Juan Francisco por haberme recomendado la obra.
He disfrutado como un bendito.

Usos amorosos de la postguerra española




Todos tenemos una madre o una abuela que crecieron en los años posteriores a la guerra civil de 1936; o hemos visto películas ambientadas en aquel mundo; o hemos leído obras de Carmen Laforet, Miguel Delibes o Camilo José Cela, que nos contaron aquel mundo de mojigatería, religiosidad superficial, militarismo casposo e hipocresía de cretona. Así que este ensayo lúcido, documentadísimo y de enorme amenidad, firmado por Carmen Martín Gaite y que obtuvo el XV Premio Anagrama en la modalidad de ensayo, constituye un repaso impagable con el que refrescar nuestras nociones sobre aquellos años cuarenta y cincuenta, que tan cercanos están y tan lejanos se nos antojan.
Todos los elementos que burbujearon en aquella España son aquí analizados con rigor, buena memoria y objetividad: la ambivalencia que se mantenía frente a los Estados Unidos, a quienes se juzgaba inmorales mientras se les envidiaba en secreto; la visión de la soltería femenina como un fracaso digno de conmiseración o burla (“La solterona era un tipo rancio, anticuado, cursi”); la Sección Femenina como plataforma de deporte y bailes regionales, que instruía a la mujer en la esencia de la sumisión, el recato y el españolismo; el humor de La Codorniz como subversión y aire fresco, que pasaba de mano en mano y de ojos en ojos; la niña Topolino, ejemplo de modernidad y snobismo, crudamente vista por quienes intuían el riesgo de su subversión; el interés que se desplegaba para que las niñas fueran educadas en colegios de monjas, de donde salían “doctoradas en vainica y letanías”; la exaltación de la virginidad y la gazmoñería; la conveniencia de que las mujeres aceptasen de buena gana que sus novios ya estuvieran “vividos” o “corridos” antes de acceder hasta ellas, porque la sexualidad masculina tenía urgencias que debían ser comprendidas; o la reglamentación estricta que regía ceremonias tan inanes como la presentación en sociedad de las chicas, la petición de mano o la forma en que se podía saludar a los chicos en la calle.
Una amplia batería de citas recogidas de publicaciones de la época nos permite conocer, con el léxico de entonces, el modo en que se adoctrinaba a varones y mujeres en aquel mundo grisáceo, nacionalcatólico y antiguo.

lunes, 22 de julio de 2019

Siete noches




Nuevamente al lado de Jorge Luis Borges, de quien releo las conferencias que se incluyen en el interesante tomo Siete noches (Fondo de Cultura Económica, Madrid, 1985), con epílogo de Roy Bartholomew. Sigo pensando que el maestro argentino es uno de los más grandes estilistas de nuestro tiempo; aunque en este caso (lo confesaré con rubor) me ha fatigado un poco. Entiendo que una cultura tan descomunal como la suya tiene que brotar de modo espontáneo, pero aquí he tenido la incómoda sensación de que no lo estaba escuchando a él, sino que asistía a un espectáculo en el que veía cómo el narrador amontonaba voces y voces superpuestas, que sepultaban la suya. ¿Por qué abusa tanto aquí de las citas, cuando poseía una voz tan admirable? Es una modestia ampulosa (no son unos términos incompatibles) que no alcanzo a explicarme. Con todo, sigo admirando al viejo maestro como el primer día.
Anoto las frases que he subrayado en el tomo: “No estoy hablando con todos ustedes sino con cada uno de ustedes”. “Cada uno se define para siempre en un solo instante de su vida”. “Los sueños son la actividad estética más antigua”. “En el desierto se está siempre en el centro”. “Hay personas que sienten escasamente la poesía; generalmente se dedican a enseñarla”. “Alfonso Reyes, el mejor prosista de lengua castellana en cualquier época”. “El mayor poeta español, fray Luis de León”.

A pie de aula




La profesora Aurora Gil Bohórquez, siempre tan atenta a todos los detalles del mundo de la enseñanza, nos plantea en este volumen, encabezado con un prólogo de Mariano Caballero Carpena, temas tan interesantes y tan controvertidos como la necesidad de plantear una política inteligente y razonada de itinerarios en el mundo escolar (“¿Todos iguales?”); o razona sobre la conveniencia de que los centros reinstauren la norma de que todos los alumnos vistan con uniforme, lo cual equipararía muchos más a los estudiantes, por encima de marcas, modas, caprichos, capacidad económica de los progenitores o gustos personales, a veces discutibles (“Uniformes”); o se detiene a analizar la influencia que pueda tener la televisión sobre ciertos comportamientos soeces de los alumnos, como la moda de enseñar el culo a las primeras de cambio, como forma de burla o de gran alegría (“Hacer un calvo”); o analiza el doble absurdo de las chicas modernas a ultranza y las chicas ñoñas de antaño, ambas representantes de modelos equivocados y alienantes, y ambas condenadas al fracaso personal (“Entre la Juani y la Laura”); o reflexiona, dolida, contundente, lúcida, sobre el papel cada vez menos reconocido de los profesores en la sociedad actual, que cree compensarlos de todos los escarnios y todas las vejaciones que sufren con la golosina de los dos meses de vacaciones (“Ser profesor”); o indica posibles innovaciones europeas que sería bueno incorporar al sistema de enseñanza español, anticuado y casi obsoleto (“Cañones en las aulas”); o explica las bondades que podrían derivarse de una biblioteca escolar que estuviese bien dotada, y administrada con mimo e inteligencia; o de la sanísima costumbre (que la autora aboga por recuperar) de leer en el aula, apoyada por las iniciativas más variopintas: establecer un horario de lectura en la biblioteca o llevar a escritores para que lean cosas a los alumnos; o reflexiona sensatamente sobre el desbordamiento marketiniano de los libros de Harry Potter, tan millonarios en ventas como inútiles para crear lectores continuos (“Mientras llega Harry”); o se manifiesta con nitidez por la necesidad de un criterio correctivo que permita mejorar la expresión escrita de los alumnos, lejos de bobadas pseudoprogres (“Ortografía”); o reivindica la imperiosa necesidad de que los profesores sean ayudados en su tarea de reciclaje tecnológico, para que la mejora de la calidad de enseñanza sea un hecho tangible, y no un puro deseo (“Un anunciado fracaso escolar”); o se detiene a lanzar su crítica a las modas indumentarias execrables, que infaman el aspecto de las clases (“El bañador en las aulas”); o se alarma por el revanchismo ideológico que aqueja a los políticos, más preocupados de eliminar lo que hizo el anterior en materia educativa que por buscar soluciones eficaces para el caos que encuentran (“Con la educación seguimos topando”); o constata cómo los primores de la caligrafía han sido sustituidos por un caos ágrafo de creciente horripilancia (“Letra de médico”); o, en fin, ironiza cachazudamente sobre los antropónimos modernos, influidos por la moda, el cine y la televisión (“Todos quieren a Jessica”). 
Como podrá observarse, he realizado una larga y proteica enumeración, pero puedo asegurar que no agota ni de lejos los abundantes caudales y las abundantes sugerencias que este libro nos arroja a todos, profesores, padres y alumnos, para que reflexionemos sobre el estado preocupante de nuestro sistema educativo. Con un lenguaje diáfano y con un profundo conocimiento del tema, la profesora Aurora Gil Bohórquez nos ofrece un análisis tan digno de elogio como de obligada lectura.

domingo, 21 de julio de 2019

Cuadernos de La Romana




Durante varios días, a saltos, me he entretenido con el volumen Cuadernos de La Romana, del gallego Gonzalo Torrente Ballester (Destino, Barcelona, 1975), que me ha gustado en gran medida. A veces flojea, claro, como siempre ocurre cuando alguien habla con nosotros desde la urgencia periodística; pero no es menos verdad que suele dar en el clavo con sus ocurrencias, ironías y razonamientos.
Resulta curioso que no me sienta demasiado atraído por sus novelas, y que en cambio me satisfaga su estilo prosístico. Misterios de la literatura. Quizá debería perseverar en él.
Anoto las frases que me subrayado en el libro: “Tomar partido es injusto, porque se desprecian las razones del otro”. “Pienso que lo más difícil que hay es pasar por la vida sin elegir un papel y sin representarlo”. “En España no tenemos inventores porque no se desarrolla la imaginación de los niños”. “Encuentro odioso citar a nadie cuando la respuesta razonable está al alcance de cualquiera”. “Difícilmente un hombre malo es idealista”. “Somos tantos ya en el mundo que el aislamiento es el paradójico resultado del número excesivo”. “Los místicos han dado siempre miedo a las iglesias”.

Palimpsesto azul




No lo digo yo, sino el maestro Santiago Delgado, novelista, cuentista, profesor, académico, investigador y una de las voces críticas más autorizadas de nuestra tierra: “Es un poemario lírico de primera clase”. Cierto. Palimpsesto azul es un libro en el que la profesora universitaria Charo Guarino nos ha dejado una sencilla colección de poemas hermosos, en los que se nos habla de amor y desamor, de renuncia, de melancolía, de tristeza, de rabia y también de esperanza. Y todo ello salpicado por abundantes referencias cultas a personajes históricos (Julio César), poetas (Catulo), dioses (Cronos, Afrodita, Morfeo, Selene), ciudades míticas (Troya) y tópicos milenarios (carpe diem). Con versos breves, rítmicos, agilísimos, la escritora nos va comunicando su particular mundo de sentimientos y vivencias, del que podemos entresacar tres o cuatro ejemplos ilustrativos, que sirvan a los lectores como orientación acerca de lo que encontramos en este volumen editado por Raspabook: “Simbiosis” es un poema dulce, alígero, en el que se dirige a la persona amada para manifestarle su deseo de que ambos se fundan indisolublemente en uno, como prueba de amor y horizonte anhelado; “La salida está dentro” es un poema sorprendentemente fluido y coloquial, en el que se alcanzan hermosas imágenes, surgidas de la naturalidad del discurso. Es un buen ejemplo de cómo se pueden conseguir resultados líricos con palabras de enorme sencillez; “Cita en el parque” nos habla de un amor que deja su testimonio en la corteza de un árbol, y que allí alcanza su epidérmica eternidad; “La malquerida” tiene como gran protagonista a una mujer que, engañada en el pasado y dolida aún por la sal que se vertió en su herida, castiga ahora a todos los hombres que la rodean con su actitud de mujer fatal, que los encandila y maneja a su antojo, huérfana de sentimientos...
Pero es que cuando Charo Guarino se decanta por formas estróficas más duras y estrictas, como el soneto, nos entrega maravillas como “C’est fini”, donde advertimos la temperatura de un amor ya clausurado y que sólo ha dejado rescoldos amargos en el ánimo de la autora.
Si nos parece hermoso leer que los amantes auténticos son aquellos seres que se encuentran “abrazados en confusión proteica” o que la presencia imborrable del amado se manifiesta en “el timbre de tu voz inconfundible / incendiando mis venas”, entonces no tengamos dudas: hay que acercarse hasta las páginas de este Palimpsesto azul y disfrutar con sus versos.