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miércoles, 3 de agosto de 2022

Elevación

 


Me gusta que los autores de los que espero X me entreguen, de vez en cuando, Z. Y me gusta, sobre todo, porque me permite ampliar el abanico de mi admiración y, de paso, romper los clichés que he podido formarme sobre ellos. Así que, tras la lectura de Elevación, de Stephen King (que leo en la traducción de José Óscar Hernández, publicada por Suma de Letras), emito un suspiro de felicidad y cierro el volumen con gratitud. ¿Se trata de un nuevo libro de terror del maestro norteamericano? No, en este caso no. El novelista de Portland nos acerca en sus páginas al caso de Scott Carey, un hombre de casi dos metros y más de cien kilos, que está experimentando un proceso extrañísimo de pérdida de peso, sin que su apariencia externa sufra mutaciones (la barriga sigue sepultando la correa de sus pantalones). Al principio, se sospecha de un posible caso de cáncer, pero la velocidad a la que baja la aguja en la báscula (casi un kilo al día) desconcierta a su amigo Bob Ellis, un médico ya jubilado que también vive en Castle Rock.

Pero cuando el lector piensa que la trama terminará girando hacia el terror o lo paranormal, King introduce en su novela a las vecinas de Scott, un matrimonio de lesbianas que despiertan todo tipo de prejuicios (cuando no abiertos desdenes) en la localidad… y la historia se desplaza en otra dirección: los empeños de Scott por lograr que se las respete en el pequeño e intransigente pueblecito.

¿Cómo se conjugan ambas líneas argumentales? ¿Qué papel juega en la obra una dura carrera pedestre, cuyo ganador se arroga el derecho de encender el árbol de Navidad de Castle Rock? ¿En qué punto se detendrá el peso de Scott Carey (resulta inconcebible que descienda eternamente)? Stephen King nos lleva de la mano a través de una novela intrigante, comprometida y eficaz, de intención muy probablemente simbólica, que consigue en sus páginas finales esquivar (no era fácil) el componente risible para adentrarse en la melancolía.

A mí me ha gustado.

martes, 21 de abril de 2015

El laberinto de la rosa



Cualquiera que coja en sus manos el libro El laberinto de la rosa, de Titania Hardie, publicado por Suma de Letras en la traducción de Luisa Borovsky, podrá pensar tres cosas diferentes: si se deja influenciar por el color de la portada y las flores que adornan la parte superior del volumen, creerá que tiene entre las manos una novela rosa, como las de Barbara Cartland; si se fija en la parte inferior y observa el laberinto que hay dibujado pensará que se enfrenta a la típica historia de esoterismo barato (de las que tanto abundan en las dos últimas décadas, no se sabe muy bien por qué); y si lee las dos líneas promocionales que subrayan el nombre de la autora (“Un enigma por descifrar, un legado por desenterrar, un corazón por curar”) enarcará las cejas, sospechando que está a punto de tragarse una narración grandilocuente y más bien pastelosa. Pero se equivocará si deja el tomo.
Y se equivocará porque la novela de Titania Hardie es francamente buena. Hay en ella, no puede negarse, recursos de novela efectista: muertes para las que al principio no se encuentra explicación, misterios que se camuflan en laberintos, especulaciones sobre personajes enigmáticos (como la “dama oscura” de los sonetos de Shakespeare, cuya posible identidad se analiza en la página 356)... Pero también hay interesantes y profundas reflexiones sobre la condición humana (es delicioso el personaje de Lucy, la joven a quien han trasplantado un corazón y experimenta la doble zozobra de enamorarse de su médico y de comenzar a sentir cosas extrañas en su organismo y en su mente), citas de Coleridge, aproximaciones documentadas a las actividades alquímicas de John Dee, cábalas sobre el Tetragrama (YHVH, las cuatro letras que esconden o acaso revelan el nombre auténtico de Dios), estupendos diálogos de amor, saltos temporales que nos llevan desde el siglo XVII hasta el siglo XXI, reflexiones sobre mitología o sobre las aportaciones científicas de sir Isaac Newton... Un arsenal de imanes narrativos que, al contrario de lo que ocurre en otras novelas del género, están bien conjuntados, sabiamente armonizados y, sobre todo, muy bien escritos.

Así que cuando nada más abrir el libro nos enteramos de que una madre lega en su testamento a su hijo Will un misterioso documento y una pequeña llave de plata; y cuando descubrimos que Will muere en un súbito accidente; y cuando vemos que su hermano Alex, médico inmunólogo, toma las riendas del asunto (no acaba de creerse el carácter accidental de la muerte de Will)... no nos resistamos al hechizo. Dejémonos llevar por el flujo de la narración y demos la mano a sus protagonistas para que nos conduzcan por un mundo de fantasía, arcanos misteriosos y claves ocultas. Quien lo haga gozará como un auténtico crío. ¿Y qué se espera de una novela de aventuras sino eso?

domingo, 10 de noviembre de 2013

El secreto de Adán



Seamos sinceros: este libro apesta. Cuando hace unos años comencé a publicar reseñas en esta página me formulé a mí mismo una única promesa: decir siempre la verdad. Los lectores de mis páginas siempre me han merecido un exquisito respeto, así que me negaba por honradez a venderles humo, darles gato por liebre o venderles ganga a precio de mena. No era razonable. Durante meses y aun años he comentado aquí novelas, poemarios, libros de cuentos y de aforismos, ensayos, libros juveniles... Y siempre he respetado mi promesa. Lo haré, desgraciadamente, también hoy.
Y digo “desgraciadamente” porque la editorial que ha publicado el libro (Punto de Lectura) me merece un profundo aprecio y me disgusta tener que salpicarla de barro con mis líneas de hoy. Pero es que, sin paliativos, El secreto de Adán, de Guillermo Ferrara, me ha parecido un volumen insufrible. Todo en él es nefasto, salvo la documentación que el autor utiliza, que es abundante y muy variada. Con todo, ese detalle meritorio no salva el libro ni lo disculpa. Una novela tiene que ser un artefacto narrativo bien organizado donde se traslade a los lectores una historia creíble, con un lenguaje adecuado, un estilo brillante y un desarrollo milimétricamente medido. Y nada de eso hay en El secreto de Adán, que hace aguas por donde se la mire y que está erosionada por la aluminosis casi en cada página. Los personajes son puro cartón piedra y están tejidos con sartas de tópicos sobadísimos (un arqueólogo que descubre un gran misterio relacionado con la Atlántida; una chica guapa y seductora, hija del anterior; un apuesto héroe que mide metro noventa y que tiene un sólido prestigio profesional; un obispo ambicioso y pedófilo, que aspira a convertirse en papa); las situaciones son tan tediosas como previsibles (chica guapa y chico apuesto investigando en los archivos del arqueólogo y descubriendo terribles secretos que tambalearán los cimientos de la iglesia católica; interrogatorios con las bravatas más manidas); un lenguaje ramplón en el que se deslizan incluso algunas incorrecciones semánticas (se dice en la página 210 que «el primer Adán no es más que la abreviatura simbólica del ADN», como si una abreviatura pudiera ser más larga que el término sustituido); y, sobre todo, un anonadante batiburrillo de culturas, creencias, ciencias y artes, que Guillermo Ferrara nos sirve mezcladas en una coctelera increíble, donde todo cabe y todo vale, porque lo importante parece ser bombardear a los lectores con todas las conexiones posibles, por alocadas, traídas por los pelos o imbéciles que puedan antojarse: el cine de Hollywood, la creación del sida en un laboratorio, el sexo místico de los atlantes, los chakras, el yoga, la Biblia, Platón, la OTAN, el peyote, las danzas rituales de los derviches, el mapa de Piri Reis, la zona 51 norteamericana, los faquires de La India, el sirtaki, los juegos olímpicos de Londres, Cristóbal Colón, un inmenso asteroide que se dirige hacia la Tierra, las profecías mayas... Como se puede observar, una auténtica sandez que únicamente podría ser tolerada, incluso con alegría, si estuviese bien escrita. Que no es el caso.

¿Mejora el libro en sus momentos finales? Pues reconozco que no les sabría decir. Mi estómago y mis ojos me exigieron que parara en la página 220. Si ustedes tienen ánimo, sigan por mí.

jueves, 18 de febrero de 2010

Libélula




Me habían hablado con admiración de los libros de Enric Balasch, pero aún no había tenido oportunidad de leer ninguno. Así que cuando salió Libélula no quise perder la ocasión de sumergirme en sus páginas. Y la experiencia, conviene declararlo ya, me ha satisfecho. Tanto que, con carácter retroactivo, buscaré las demás producciones del autor para incorporarlas a mi catálogo de lecturas. Libélula es una obra fluida, inteligente y clásica, en el mejor de los sentidos: nos presenta a unos personajes bien hechos, dentro de una trama bien organizada, con un lenguaje bien escogido y con un final bien calculado. O sea, la difícil fórmula de las buenas novelas. En esta ocasión, Balasch nos pone ante los ojos una partida implacable de ajedrez, donde cada movimiento de las piezas obedece a un estricto protocolo enigmático: Joaquín Ayuso es un antiguo legionario de Guijo de Gredos que, tras haber perdido a la mujer de su vida mientras permanecía en el Tercio, se ha instalado de nuevo en el pueblo para dedicarse a la ganadería. Durante muchos años, su situación se ha mantenido estable, hasta que un robo sacrílego (alguien ha sustraído la original reliquia que engalanaba la iglesia del pueblo) moviliza a las fuerzas vivas de la localidad, que lo requieren para que la recupere en donde se supone que ahora está: en Madrid. Con este detonante, y con la golosina de saber que en la capital se encuentra también Ángela, la mujer que lo abandonó y a la que quiere recuperar a toda costa, el empresario se desplaza hacia la ciudad que actúa como rompeolas de todas las Españas, según dijo el poeta. A partir de ese momento es cuando Enric Balasch pone en acción todos los recursos de una excelente novela policial, con pistas que se van encadenando, personas que le suministran ciertas informaciones que Joaquín procesará e irá uniendo entre sí, deducciones lógicas que en ningún caso son forzadas más allá de lo verosímil, e incluso un misterioso antagonista que, armado con una CZ-100 con punto de mira láser, se dedica a ir tras el antiguo legionario y mata a quienes le estorban en su trayecto (el dueño de una librería, un proxeneta centroeuropeo, un antiguo policía que ahora trabaja ocasionalmente como detective). Sobre el final, por elegancia torera y por decencia crítica, no les comento nada, salvo que les resultará tan sorprendente como bien hilvanado: inquietud, tensión, pragmatismo y humor son algunos de los elementos que Balasch introduce en las últimas páginas, para deleite de sus lectores. ¿Rasgos negativos? Pues no demasiados, francamente, salvo la conversación que el capitán Soriano y Joaquín Ayuso mantienen con el psiquiatra Bartolomé Laguna en el capítulo 11 (que adolece de una excesiva cantidad de informaciones, introducidas con calzador en el cuerpo de la novela) y una cierta ñoñería en las imágenes que se eligen para definir, por ejemplo, cosas tan naturales como el orgasmo (“derramar su elixir”, “vaciar su almíbar”). Por lo demás, un libro muy digno de elogios.