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miércoles, 8 de julio de 2026

Yo que fui un perro


 

Leo el libro Yo que fui un perro, de Antonio Soler, y me produce unas sensaciones intensas y contradictorias, de atracción (literaria) y de rechazo (íntimo). El protagonista es un estudiante de medicina, Carlos, que vive con su madre (el padre murió) y cuya mente parece estar sometida a un continuo oleaje de rarezas: se concentra en limpiar con un paño húmedo las hojas de las aspidistras de su casa; imagina tragedias tan aparatosas como inquietantes (“Mi madre había ido a un pueblo con su amiga Carmen. Tardó. Pensé que había tenido un accidente de coche y que tendría que ir al hospital o al cementerio. Reconocer el cadáver. Lo imaginé en una de las mesas de la sala de Prácticas de Anatomía. Casi busco en los cajones para mirar lo del seguro de defunción”); observa su entorno con unas pupilas siempre negativas y macabras (“La noche lo convierte todo en un pozo. He sentido ganas de llorar. Me ha dado miedo asomarme a la ventana y ver los edificios como lápidas flotando en la oscuridad”); se obsesiona por las relaciones sentimentales que haya podido tener su novia (Yolanda) y que lo hieren como si fueran bisturíes (es un celoso patológico), además de pretender regular sus acciones, sus simpatías y su horario (“Le comenté las cosas que no debe hacer. Tampoco me agrada la amistad tan estrecha que ha alcanzado con Verónica. No le dije nada sobre eso. Mejor dosificar. Como se hace con los medicamentos”); y que, en ocasiones, incluso llega a ser consciente de lo arduo y conflictivo de su carácter (“A veces pienso que quien hace esas cosas es otro. Alguien que nada tiene que ver conmigo. Alguien que incluso se burla de mí. O por lo menos que me sabotea. No voy a saber quién soy hasta dentro de no sé cuánto tiempo. Y tampoco hace falta porque así soy más libre”).

Alrededor de este personaje controlador y egocéntrico, que no se considera amigo de nadie (él es superior), que se masturba cada dos por tres pensando en amigas o en madres de amigos y que se muestra refractario incluso a la hora de expresar dolor por la muerte de un compañero, todo parece quedar cenagosamente turbio. Como ejemplo, sus continuas rupturas y reconciliaciones con Yolanda, que se repiten de forma irritantemente tediosa; o la manera infame (pero reveladora desde el punto de vista freudiano) en que espía a su propia madre, porque un simple número de teléfono le hace pensar que tiene un amante o porque su amistad con Carmen le parece “sospechosa” de lesbianismo. Con ese dibujo anímico, a nadie le resultará extraño que Carlos vigile a Yolanda, que cronometre sus entradas y salidas, que la coja “demasiado fuerte” del brazo o que, en los párrafos últimos, incurra en violencias más execrables.

Novela incómoda, contundente y ríspida, cuya lectura provoca malestar y que probablemente no sea adecuada, por su dureza, para todos los públicos.

jueves, 18 de junio de 2026

El querido hermano


 

Aseguró una vez Camilo José Cela que los españoles somos renuentes a la hora de admitir que una persona sea brillante en varias disciplinas: si alguien destaca en la novela, nos incomoda que se adentre por los senderos de la poesía; si juega maravillosamente al fútbol, a santo de qué aceptar que pinte como los ángeles. Esa reflexión quizá podría extenderse a los vínculos fraternales: el hermano del propio Cela, ¿ha de ser leído con admiración virginal o contemplado con cierta suspicacia?; la hermana de Terenci Moix, ¿tiene derecho a recibir aplausos por sus libros? Y aun en el caso de que sean aceptados (qué palabra tan displicente), siempre uno de ellos recibe la etiqueta menos favorecedora. Anne siempre será vista, comparativamente, como la peor de las Brontë. Un destino tan aciago fue el que siempre sobrevoló a Manuel Machado, al que se rotuló con liviana facilidad como el hermano jaranero, golferas y poeta facilón, frente a la gloria serena y apolínea de su hermano Antonio. Por supuesto, se trataba de una torpe injusticia, pero quién era el guapo que se atrevía a reivindicar, frente a la majestad náufraga y exiliada de Antonio, al autor del soneto a Francisco Franco, donde se alude a su santo afán y su sonrisa resplandeciente.

Pues, por fortuna, Joaquín Pérez Azaústre se animó a alzar esa bandera, y lo hizo con su obra El querido hermano, que obtuvo el XVI Premio Málaga de novela en el año 2022. Sintetizado hasta la caricatura, el argumento es muy sencillo: en 1939, Manuel recibe la noticia de que Antonio ha muerto en Francia y, con la ayuda de José María Pemán, emprende viaje hacia París (luego tienen que variar la ruta y dirigirse a Colliure) para visitar la tumba. Es todo. Pero ese viaje de apariencia tan sencilla se erige en un período muy complejo de rememoración, en el que asistiremos a escenas de la guerra civil y a borracheras con absenta en el París decadente de Moréas, Gómez Carrillo y Oscar Wilde; donde conoceremos a antiguas amantes de piel nacarada, a las que el olvido no ha logrado suprimir; a sastres iracundos a los que Antonio ahuyentó con una pistola en la mano; a las figuras de Leonor (a la que Manuel define con ternura) y Pilar de Valderrama (a quien califica como “narcisista” y como “calientabraguetas” en el capítulo 29); y donde se nos analiza con fina penetración el discurso con el que Manuel ingresó en la Real Academia de la Lengua.

Libro valioso y poliédrico, en el que historia, psicología y novela se funden para generar un híbrido altamente seductor. Y que, sirve, también, para recordarnos que las obras de Manuel Machado siguen esperándonos en las bibliotecas.

lunes, 21 de octubre de 2024

Centroeuropa

 


Vicente Luis Mora me ha demostrado, en las páginas de Centroeuropa, que es un maestro de la narración. Y no es nada fácil impresionarme a mí, con los miles de libros que llevo a cuestas, créanme. Amparándose en la “impericia” de un personaje llamado Redo Hauptshammer, “nacido en un burdel de Viena en algún momento de la agonía del siglo XVIII”, que se tilda a sí mismo de narrador inexperto, el escritor cordobés nos va dejando ante los ojos un delicado número de piezas para que, sin dejarnos distraer (aunque sí embriagar) por las continuas analepsis y prolepsis del texto, reconstruyamos el puzle maravilloso en el que Redo, Odra, Andrea, Hans, Johanna, la molinera Ingeborg, la albina Ilse, el barón Geoffmann, el alcalde Altmayer, el viajero prusiano Magnus Duisdorf o el culto lector Jakob Moltke actúan como figuras espléndidas de un ajedrez hermoso e impecable. Alrededor está la nieve de Szonden y, bajo tierra, silenciosos e inquietantes, los cadáveres de unos pobres soldados que, víctimas de guerras diversas, han quedado atrapados por la congelación. Todo ese mundo, ese cosmos lejano y brujo, se construye con una prosa excepcional, mayestática, que impone su música desde la primera página y te sostiene en su pentagrama hasta que llegas al final, porque Vicente Luis Mora, con habilidosos juegos de manos, muestra y oculta sus cartas narrativas; coloca el caramelo de la revelación rozando nuestros labios y luego lo esconde; parece que va a confesarnos la almendra del enigma y, con un guiño tan coqueto como encantador, nos la escamotea. Si no fuera tan seductor con esta prosa de ensueño darían ganas de matarlo (metafóricamente). Porque Redo Hauptshammer esconde, conviene olvidarlo, muchos secretos: ni se llama así, ni su esposa se llamaba Odra, ni es un hombre tan ignorante como se obstina en pregonar, ni… (me he detenido a tiempo, menos mal). Se ha pasado tres décadas disimulando, controlándose para que el alcohol no desate su lengua y los demás conozcan su enigma. Yo tampoco se lo voy a desvelar a ustedes, aunque les aseguro que se quedarán con la boca abierta en la última página. Si Vicente Luis Mora ha decidido mantenerme a mí en tensión durante toda la novela, bien puedo yo acompasarme a su malicia y dejar que ustedes, si quieren, desvelen esos secretos leyendo la obra. Es el mejor regalo que les puedo hacer.

Si añadimos ahora algunas observaciones del escritor sobre los políticos que rigen el mundo (“¿De qué están hechos estos miserables a quienes dejamos llevar las riendas?”), sobre la conformidad de los seres felices (“Sé que mi vida es buena porque no quiero cambiarla por la de nadie”) o sobre nuestro entorno vital (“Este mundo está tan mal hecho que quien no procura ningún mal a los demás distribuye un bien inmenso”), tendré que preguntarme por qué están tardando tanto en abandonar mi reseña y buscar con ansiedad este libro.

sábado, 29 de abril de 2023

Los genios



Quizá conozcan ustedes la célebre imagen de Gabriel García Márquez, con un ojo a la funerala, fruto del derechazo espectacular que le propinó su hasta entonces íntimo amigo Mario Vargas Llosa, al grito de “¡Esto es por lo que le hiciste a Patricia!”. Y quizá sepan que ambos escritores optaron en el futuro por no aclarar el sentido de aquella frase y de aquel puñetazo, que fracturó el vínculo cordial que los unía.

Ahora, Jaime Bayly ha publicado la novela Los genios (Galaxia Gutenberg), en la cual reconstruye (o fabula) aquellos días terribles, trasladándonos un Niágara de anécdotas, detalles y personajes que giraron alrededor de la historia, hasta lograr un fresco impagable sobre la idiosincrasia y la biografía de varios monstruos sagrados de las letras del siglo XX. Para hacerse una idea aproximada (la única idea completa pasa por la lectura de la obra), vayan ustedes metiendo todos estos ingredientes en una coctelera (a ser posible, de tamaño gigante): Julio Cortázar, obsesionado con su vergonzosa condición lampiña, inyectándose hormonas que le provocaron el crecimiento no solamente de bigote y barba, sino también del pene; Cristina Peri Rossi, echando ojeadas eróticamente admirativas a Patricia, mujer de Mario Vargas Llosa; Gabriel García Márquez, supersticioso hasta la médula (cree en la “pava”) y gran frecuentador de prostitutas (con quienes no se acuesta, sino que conversa), bebiendo como una esponja, cantando vallenatos y conduciendo un BMW que se pagó con los derechos de autor de Cien años de soledad; Juan Marsé, bajito y con nariz de boxeador, bailando en Bocaccio con las mujeres más hermosas de la noche catalana; Joaquín Sabina (entonces aún Joaquín Martínez), joven y desconocido cantante español que se encandila con el reloj de Gabo, que este le regala en Londres, firmando así un pacto de amistad perpetua; Mario Vargas Llosa, en cuclillas, depilando con unas tijeras (para una película) el vello púbico de la actriz Katy Jurado, mientras la amante del escritor, de pronto, los sorprende; Carmen Balcells, Mamá Grande de las letras, haciendo topless en una playa de la Ciudad Condal; el dictador peruano Velasco Alvarado organizando un funeral (con la asistencia de Mario Vargas Llosa y Julio Ramón Ribeyro) en el que fue enterrada la pierna que le amputaron en el quirófano para salvarle la vida; otra vez Vargas Llosa, entregándole a su padre (que trabaja como camarero y al que odia por el modo en que trata a su madre) unos billetes para que se compre un buen desodorante, porque huele fatal; Kiko Ledgard, célebre presentador del Un, dos, tres, responda otra vez, consiguiendo con su verborrea que Patricia Llosa se duerma en un avión…

¿Qué porcentaje de estas anécdotas, diálogos y sorpresas pertenece al mundo de la realidad y cuál al mundo de la ficción? Créanme si les digo que no me voy a molestar en documentarme o comprobarlo, porque entiendo que sería como arrebatarle al volumen una buena dosis de su magia narrativa: Jaime Bayly ha conseguido que su prosa y su construcción novelística (realmente agradables y de sólida factura) atrapen al lector; de tal modo que adherir una etiqueta de “verdad” o de “mentira” a los diferentes episodios resultaría tan torpe como baladí. Quede esa tarea para los historiadores, los biógrafos o las personas que, implicadas en estos acontecimientos, continúan vivas. Yo me limitaré, como lector agradecido, a aplaudir por las horas de sonrisas que el tomo me ha deparado.

Hace muchos años leí La noche es virgen, de Bayly, y no recuerdo que me dejase una impronta significativa. Quizá la explicación es que era demasiado joven (me refiero a él, o a mí, o a los dos). Volveré a otras páginas suyas.

viernes, 30 de septiembre de 2022

Corazón de perro

 


Poco se puede imaginar un solitario y hambriento perro que deambula por las calles de Moscú en 1924 que el encuentro con Filip Filípovich va a cambiarle la vida de un modo radical. No tanto porque lo trate con cariño, lo alimente con trozos de salchichón y lo acoja en su casa, con el nombre de Shárik, sino porque se trata de un reputado científico que ha decidido utilizarlo para un experimento de gran trascendencia: retirarle la glándula hipófisis y sustituirla por la de un varón humano que acabe de fallecer. En teoría, el objetivo de tan singular permuta es comprobar de qué forma afecta ese cambio al envejecimiento o al rejuvenecimiento de las células… pero la realidad es que, como si se tratase de un paciente del doctor Moreau (aquel inquietante personaje que Wells creó y lanzó al mundo literario en 1896), el perro comienza a transformarse lentamente en un ser humano. Bajito, con instintos animales y bastante peludo; pero humano. De hecho, cuando comienza a dominar con cierta solvencia la facultad del habla, lo primero que hace es solicitar al doctor Filip Filípovich que le consiga papeles que le otorguen estatus de ciudadano soviético; y exigirle que le conceda un sitio en su vivienda (por generosidad comunista); y que lo alimente. Y cuando el científico se muestra reacio a concederle cualquiera de sus exigencias, el “ciudadano Shárikov” (nombre que ha decidido adoptar) no duda en denunciar a su creador por actividades y pensamientos contrarrevolucionarios.

Sátira mordaz y muy ingeniosa del mundo soviético, este Corazón de perro, que traduce del ruso Ricardo San Vicente para Galaxia Gutenberg, es un libro en el que se mezclan sonrisas y escalofríos, y donde se fabula con inteligencia y buen humor sobre los excesos del totalitarismo, sobre la maldad y sobre el espíritu de venganza. Bulgákov, perseguido y machacado durante años por la censura en la URSS, consigue en esta novela no demasiado extensa una narración simpática y que invita a la reflexión. No gustará a los que siguen comulgando con ruedas de molino, pero sí a los espíritus abiertos.

viernes, 26 de octubre de 2018

Una soledad demasiado ruidosa




El viejo Hant’a trabaja desde hace treinta y cinco años prensando papel viejo en un local donde no goza de más compañía que moscas y ratones (y alguna visita esporádica humana, que apenas perturba su soledad). En ese espacio insalubre y subterráneo ha ido adquiriendo una buena cultura, porque abre y lee muchos de los libros que le toca destruir. Los roedores que pululan bajo los millares de hojas “se alimentan de letras, preferentemente de Goethe y de Schiller” (p.19); y él, fruto de sus abundantes ingestas de cerveza, del silencio que lo rodea y de su falta de compañeros, tiene visiones en las que cree contemplar a Jesús y Lao-Tse, sobre los que elabora juicios realmente interesantes (“Jesús es un romántico, Lao-Tse un clásico, Jesús la marea alta, Lao-Tse la marea baja, Jesús la primavera, Lao-Tse el invierno, Jesús el amor contundente al prójimo, Lao-Tse el súmmum del vacío, Jesús es el progressus ad futurum, Lao-Tse el regressus ad originem”, pp.44-45).
Estoy refiriéndome hoy a la bella y triste novela Una soledad muy ruidosa, que escribió Bohumil Hrabal, tradujo Monika Zgustova y publicó Galaxia Gutenberg en el año 2015. Un ejemplo perfecto de narración que construye una atmósfera inconfundible, dibuja entre sus nieblas a un protagonista inolvidable y, luego, nos regala su desasosiego. Difícilmente podría resumirse el contenido de esta obra, así que ni siquiera lo voy a intentar: la gitana a quien Hant’a amó en el pasado y cuyo nombre no consigue recordar; la vieja máquina que querría llevarse a su casa tras la jubilación; los desdenes de su jefe, que lo considera un vago y un borrachín; las calles y cervecerías de una ciudad oscura y polvorienta, que parece instalada en el mundo del sueño… Todo, absolutamente todo se reviste en estas páginas de un aroma extraño, a mitad de camino entre lo repelente y lo seductor, que atrapa el interés y no te deja abandonar el relato.
Qué maravilla de escritor, Bohumil Hrabal. Inmenso.

martes, 20 de marzo de 2018

Fragmentos de un libro futuro




Me dedico hoy a una exploración por el mundo poético de José Ángel Valente, por su volumen Fragmentos de un libro futuro (Círculo de Lectores-Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2000). Es un libro que me ha parecido heterogéneo, pues junto a poemas de honda belleza (como el que dedica a Cernuda en la p.28) alinea textos que yo, francamente, no alcanzo a percibir como meritorios. Nunca me ha gustado demasiado ese tipo de poesía que camina entre el zen y el aforismo tartamudo. Puede ser (no lo descarto) una limitación mía. Yo creo que el poeta debe darnos la suficiente belleza (o la suficiente sugerencia estética) como para entregarnos su don, sin necesidad de pedirnos que nos convirtamos en mineros especializados.
Pero, claro, cuando uno se tropieza con poemas como el que inscribe en la página 39, se da cuenta de que está ante un privilegiado de la palabra. Lo voy a copiar entero, para cuando relea estas hojas dentro de unos años: “Si después de morir nos levantamos,/ si después de morir/ vengo hacia ti como venía antes/ y hay algo en mí que tú no reconoces/ porque no soy el mismo,/ qué dolor el morir, saber que nunca/ alcanzaré los bordes/ del ser que fuiste para mí tan dentro/ de mí mismo,/ si tú eras yo y entero me invadías/ por qué tan ciega ahora esta frontera,/ tan aciago este muro de palabras/ súbitamente heladas/ cuando más te requiero,/ te digo ven y a veces/ todavía me miras con ternura/ nacida sólo del recuerdo./ Qué dolor el morir, llegar a ti, besarte/ desesperadamente/ y sentir que el espejo/ no refleja mi rostro/ ni sientes tú,/ a quien tanto he amado,/ mi anhelante impresencia”. Dios, qué espeluzno. Qué prodigio. Para releerlo veinte veces.
“El tiempo es como el mar. Nos va gastando hasta que somos transparentes”. “Nada tiene más fuego que la ausencia”. “Lloradme nunca”. “Los límites perfectos de tu piel”.

martes, 16 de enero de 2018

Diálogos entre inmortales, muertos y vivos



Vuelvo a Hans Magnus Enzensberger, con su libro Diálogos entre inmortales, muertos y vivos, en la traducción de Adan Kovacsics (Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores, Barcelona, 2001), y me ha gustado. El primer diálogo (que lleva por título “El muerto y el filósofo”) tiene humor, filosofía y circularidad en un texto deliciosamente fino y bien escrito: el filósofo Chuang Tse, en el desierto, encuentra un cráneo; pide a su dios que resucite al propietario; éste, sin creerse la patraña de que ha sido resucitado, roba al filósofo; Chuang Tse, desesperado, pide a su dios la muerte; el ladrón vuelve al lugar y se encuentra una calavera; etc. El segundo diálogo (“Diderot y el huevo oscuro”) muestra a un periodista volviendo al pasado para entrevistar al famoso enciclopedista y se lleva la decepción de encontrarse con un duro escéptico que opina que la Humanidad es una cadena de parásitos: todos vampirizamos y explotamos a alguien, queramos o no. Y en el tercer diálogo, que está dividido en dos partes (“Alexander Herzen. Sobre el ensombrecimiento de la historia”), ya he encontrado menos atractivos, quizá porque muchas de las referencias históricas citadas me resultan desconocidas. Hay, sí, el hálito del fracaso de las revoluciones, pero no se puede decir que desde el punto de vista literario me haya seducido al modo de los anteriores. Un libro que me anima a seguir con este alemán.

“El sufrir siempre surte buen efecto, pues presupone una sensibilidad superior”. “Nadie tiene el derecho de hacerse pasar por más tonto de lo que es”. “Lo que más me gustaría sería emigrar al pasado”. “Quien acusa y condena a los pueblos siempre está equivocado. [...] No se puede considerar culpable a una fuerza elemental”.

jueves, 15 de enero de 2015

Conversación con la intemperie



Para conocer bien un paisaje no basta con mirar un solo árbol, una sola montaña o una sola flor: hay que dirigir la vista a múltiples lugares, recrearse en todos los rincones que nos ofrece y, finalmente, decidir lo que opinamos sobre el mismo. Igual ocurre con la literatura de un país. El prestigioso sello Galaxia Gutenberg-Círculo de Lectores editó hace seis años (2008) la enorme antología Conversación con la intemperie, preparada por Gustavo Guerrero, con el sano propósito de que conozcamos mejor la poesía venezolana. Y lo hace con un muy agradable paseo que incluye a autores vivos y muertos, clásicos y renovadores, que completan una escrupulosa panorámica de la lírica de Venezuela en el siglo XX.
En este muestreo encontramos por ejemplo a José Antonio Ramos Sucre (1890-1930), poeta de sensibilidad exacerbada (“El mundo lastima cruelmente mis sentidos y la vida me aflige”, p.33), que utiliza un amplio léxico luminoso y que recurre a la autoafirmación constante (repite centenares de veces el pronombre “yo” en sus composiciones); a Vicente Gerbasi (1913-1992), letánico y rotundo, con sus largos poemas de respiración épica, sus invocaciones a la niñez (“Te amo, infancia, te amo”, p.151) y el adelgazamiento de sus versos en la senectud; a Juan Sánchez Peláez (1922-2003), al que Álvaro Mutis definió en su día como “el secreto mejor guardado de América Latina”, y que maneja un ritmo sincopado en buena parte de sus composiciones, dotándolas de un ritmo febril; a Rafael Cadenas (nacido en 1930), autor de volúmenes tan deliciosos como Una isla, de versos de plástica belleza insinuante (“Orgía vegetal. Una mujer desnuda se acuesta bajo la lluvia”, p.349) y de reflexiones de espesor filosófico (“La palabra no es el sitio del resplandor, pero insistimos, insistimos, nadie sabe por qué”, p.354); a Guillermo Sucre (1933), gran estudioso de la obra lírica de Borges y que se propone “escribir algo torrentoso y deslumbrante” (p.419), aunque sabe que “cada palabra desplaza a otra que nunca logramos decir” (p.477); y, por fin, a Eugenio Montejo (1938), al que Gustavo Guerrero define en el prólogo con el atinado rótulo de “orfebre de las emociones” (p.27), y que busca su fuente de inspiración en lugares tan variados como su propia vida (la muerte de su hermano Ricardo), la mitología (Orfeo), los paisajes urbanos (Caracas) o el mundo cultural (Pessoa), y que llega en sus penúltimos poemas a un telurismo sorprendente (“Alguna vez escribiré con piedras, / midiendo cada una de mis frases / por su peso, volumen, movimiento. / Estoy cansado de palabras”, p.564).
En suma, un manual cuidadosamente preparado para que, desde este lado del océano, refresquemos o descubramos la maravillosa poesía venezolana del siglo XX. Una bellísima propuesta.

martes, 4 de noviembre de 2014

Una historia: dos relatos



Un escritor, a veces, se ve asaltado por la realidad, y entonces es ésta la que le dicta lo que debe escribir. Le ocurrió en una ocasión a Imre Kertész, premio Nobel de Literatura en 2002. Por motivos profesionales, se vio impelido a realizar un viaje en tren en dirección a Viena; y este detalle, que para cualquier otro escritor occidental supondría una mera anécdota, se convirtió para el narrador húngaro en el inicio de una pesadilla. En efecto, un aduanero puntilloso y con ganas de incordiar lo sometió a un humillante acoso de preguntas e insidias, que terminó cuando le requisó el dinero y el pasaporte, indicándole después que, por no llevar documentos, debía bajarse del tren. Kertész intentó protestar educadamente, pero lo único que consiguió fue que le extendieran un inútil recibo, y que le permitieran subir en un viejo tren que lo devolvió a Budapest, después de pagar una cierta cantidad de dinero suplementaria. Esa ceremonia vejatoria aniquiló anímicamente al escritor, que llegó a sentirse como un cadáver (“He perdido mi capacidad de aguante, ya no me pueden herir más”, p.40).
Un tiempo después, al también húngaro Péter Esterházy le ocurrió algo de similar tono. Él no iba leyendo en el tren el Diario de un genio, de Salvador Dalí, como hacía Kertész, sino una novela de Malamud (“No era muy buena, pero me permitía sentir la presencia continua de un verdadero escritor”, p.67). Pero las restantes circunstancias son prácticamente idénticas: una extorsión, una humillación, un malestar. Y las reflexiones posteriores.
La diferencia entre ambas historias (o, mejor dicho, entre los dos relatos de la misma historia, porque en el fondo es de lo que se trata) es que Kertész nos describe la situación con una mayor dosis de angustia, en tanto que Esterházy echa mano de una cierta cachaza humorística y se planta ante los hechos con una mayor frialdad distante, con cierta ironía digestiva. Dos maneras complementarias de ver un suceso que, si nos imaginamos a nosotros mismos como sus protagonistas, nos provocará un escalofrío.
Es inevitable que, en este tipo de casos, se piense en el checo Franz Kafka (como de hecho hacen los dos), pero también que se constate que por debajo de la piel aparentemente normal de nuestras sociedades, late siempre la inminencia del horror, la posibilidad del caos, la sospecha de que pueda advenir el terremoto que las perturbe. Vivimos instalados en una normalidad quebradiza, mercúrica, que aceptamos como estable pero que se puede quebrar de un momento a otro; y ésta puede ser la lección profunda que deberíamos extraer de estos dos relatos que el sello Galaxia Gutenberg–Círculo de Lectores nos ofrece en un solo tomo de letra muy agradable, con la traducción de Adan Kovacsics. Una lección moral que no deberíamos dejar de leer.

viernes, 24 de abril de 2009

No siempre lo peor es cierto



Resulta extraño que, en España, un libro de Historia decida circular por vericuetos que no sean los del catastrofismo, la autoflagelación o la soberbia. Pero la profesora Carmen Iglesias lo ha llevado a término. A sus inteligentes análisis anteriores sobre Rousseau o Montesquieu, y a sus estudios sobre el devenir histórico de nuestra nación, se le suma ahora un volumen de grandes dimensiones (más de mil páginas) y alta ambición intelectual que, con el título de No siempre lo peor es cierto, le ha publicado Galaxia Gutenberg – Círculo de Lectores.
Allí, después de lamentar la arrogancia de quienes —desde la derecha o la izquierda— han tachado de aciaga toda nuestra historia y se han presentado como los salvadores del país (pág. 21), la catedrática y académica Carmen Iglesias nos va ofreciendo un recorrido minucioso por temas tan diversos como la imagen que los demás han tenido siempre sobre nosotros (“España desde fuera”); sobre la función, atribuciones y limitaciones de los reyes (“El gobierno de la monarquía”); sobre los modelos familiares que han existido en el pasado español (“Infancia y familia en el Antiguo Régimen”); sobre aquellos españoles que quisieron incorporar a nuestro país al progreso europeo, y que fueron incomprendidos y vilipendiados (“El drama de los afrancesados. Patriotas o traidores”); o, en fin, sobre las estructuras políticas más notables que han regido durante el siglo XX en España (“Las constituciones de 1931 y de 1978”).
Pero ese repaso, lejos de estancarse en la sequedad de los datos numéricos o ideológicos, incorpora también un buen racimo de curiosidades, que llenan de luz, sonrisas y colores las páginas del tomo. Así, por ejemplo, recuerda la anécdota registrada por Julio Caro Baroja en una plaza de toros, en el año 1950: un enorme cartel donde podía leerse “Los de Haro saludan a la afición y a todos los forasteros, menos a los de Logroño” (pág. 45); o nos explica que Rousseau fue uno de los filósofos que se preocuparon de recomendar la lactancia materna (pág. 319); o nos enumera las vicisitudes que hubo de soportar el proceso de instalación del tren en España, porque su velocidad extrema (es decir, 40 kilómetros por hora) podría provocar ceguera a los viajeros; o recuerda que, según los expertos de la época, su insano traqueteo ocasionaba una curiosa enfermedad llamada delirium furiosum; o registra y comenta el anonadante altercado que protagonizó un grupo de mujeres de la Barceloneta, que intentaron asaltar la estación de Mataró, ante los rumores de que las locomotoras de aquella máquina infernal eran lubricadas con grasa de bebés (pág. 553).
En resumen, un libro con el que aprender y con el que distraerse. Y, sobre todo, con el que reconciliarnos con nosotros mismos. Ni mejores ni peores que los demás: simples seres humanos braceando contra la Historia y contra el Tiempo.

jueves, 1 de enero de 2009

Camus (A contracorriente)



Albert Camus fue uno de los intelectuales más influyentes y poderosos del siglo XX. Pero el periodista Jean Daniel, que fue compañero y amigo suyo durante muchos años, sigue preguntándose hoy en día por qué la obra de este pensador incómodo, antisistema, iconoclasta y deliciosamente literario (Jean-Paul Sartre se permitió el lujo de criticarle lo bien que escribía) se ha convertido en un auténtico icono de nuestro tiempo. Y en su libro Avec Camus. Comment résister à l’air du temps, que ahora traduce José Luis Gil Aristu para el Círculo de Lectores – Galaxia Gutenberg con el título de Camus (A contracorriente), se dedica a analizar sus recuerdos del autor argelino, su labor como periodista, el rigor indesmayable de su ortodoxia y, sobre todo, el «heroísmo de la contradicción» (p. 29) del que siempre hizo gala y bandera.
El hombre que tuvo como madre a una menorquina analfabeta y medio sorda, y como padre a un trabajador vinícola; que estudió y leyó desde muy niño, en condiciones durísimas (una tuberculosis a los trece años); y que se convirtió en el pensador más honesto de Europa (por encima de Sartre, que no tuvo reparos en apoyar o disimular atrocidades soviéticas, conociendo su existencia); sigue siendo hoy un gran desconocido, a pesar de los centenares de trabajos que se tributaron a su pensamiento y su figura. Este «puritano agnóstico» (p.46), como lúcidamente lo bautiza Jean Daniel, descubrió muy pronto que quería contar muchas cosas, y que el tiempo era escaso. Por eso se afanó en escribir filosofía, literatura y periodismo a partes iguales, con idéntico fervor, llevando sobre sus hombros aquel mítico diario llamado Combat, en el que se vanagloriaba de no haber mentido nunca en ninguna de sus colaboraciones. Enemigo furibundo de cualquier forma de posesión, amigo de los seres desvalidos, partidario constante del diálogo y de la tolerancia, Camus se convierte en un escritor fácilmente asimilable por parte del gran público, que puede llegar a confundir su mensaje por la vía de la simplificación («Era tratado unas veces como un agradable escritor que filosofaba por encima de sus medios, y otras como un pastor que balaba al servicio de la burguesía», p.115).Pero fue ante todo una persona que portaba un mensaje complicado, lleno de agudeza, que el ensayista Jean Daniel, autor de este volumen, resume en una fórmula tan breve como enjundiosa: «Camus proclamaba que, para realizar nuestra tarea de hombres, necesitamos ser Sísifos felices» (p.181). Fijémonos en la brillantez de la sentencia y tratemos de reflexionar sobre la misma. No se ha pedido mayor sacrificio moral desde el inicio de los tiempos. Ser Sísifos felices supone constituirnos en orgullosos portaestandartes de la dignidad, en vanguardistas de la justicia, sin esperar jamás ningún tipo de recompensa. Lo más honroso y lo más complicado del mundo.