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lunes, 26 de mayo de 2025

La destrucción de Kreshev


 

Kreshev es una diminuta aldea judía donde nada altera la paz cotidiana: todos sus habitantes son pobres, todos son devotos. De tal forma que “toparse allí con un auténtico pecado resulta francamente difícil” (p.11). Pero como el Diablo quiere enredar las cosas (y, además, es el narrador de esta historia), he aquí que se instala en la localidad el rico Búnim Shor, acompañado por su esposa Shifre (que no goza de demasiada salud) y por su bella hija Lise, quien no se interesa por las naderías juveniles, sino por la lectura del Talmud y otros libros de sabiduría. Las aguas de Kreshev no se alteran demasiado con esa llegada, aunque sí lo harán en el momento en que el padre decida que ha llegado el momento de elegir esposo para su hija. El afortunado es Shlóimele, que viene de muy lejos con fama de ser hombre virtuoso, culto y de estricto comportamiento religioso. Las cosas, no obstante, cambiarán cuando se celebre el matrimonio y el marido, a mitad de camino entre lo lúbrico y lo transgresor, comience a sugerirle a su esposa que lo secunde en ciertos juegos eróticos; y ella (“sabido es que mi gente tiene una elocuencia extraordinaria”, dice el Diablo en la página 79) se deje seducir por sus palabras y acceda a cumplir sus deseos.

Isaac Bashevis Singer nos presenta en La destrucción de Kreshev (que leo en la traducción efectuada por Rhoda Henelde y Jacob Abecassis para el sello Acantilado) un relato tan encantador como inquietante, donde se exploran los misterios del deseo, el poder brujo de la palabra y las hogueras de lo prohibido.

Muy recomendable.

martes, 20 de abril de 2021

Una boda en Brownsville

 


Siento una gran admiración por la forma en que Isaac Bashevis Singer cuenta sus historias, así que he decidido adentrarme en otro de sus libros, que se titula Una boda en Brownsville y que, traducido por Juan del Solar y Patricia Cruzalegui, leo en una vieja y entrañable edición del sello Bruguera.

Allí me estaban esperando, con esa paciencia silente que tienen los libros, las añagazas del astuto Alchonon (quien finge ser un demonio para meterse en la cama de la atractiva Taibele); la tristeza enana de Motie, que se deprime con las bromas desdeñosas de su mujer; la excitación sexual que experimenta con la sangre la bravía Risha y que la lleva a ser infiel a su marido con un carnicero (este relato haría las delicias de cualquier psicoanalista); la anonadante experiencia que sufre la niña Simmele, en la cual se reencarna el espíritu de la fallecida Esther Kreindel; el estúpido crimen equivocado que comete Leibele; o la forma dulce en que un sastre y su esposa terminan muriendo juntos. Todas son narraciones en las que el poderío del autor te mantiene con los ojos y el cerebro pendientes de la historia, deseando conocer sus pormenores y hechizado por el ritmo de su contar.

Pero el aplauso se vuelve ovación puesto en pie ante textos como “Una boda en Brownsville” (en la que el médico judío Salomón Margolin reencuentra a su amada de juventud , a la que creía asesinada por los nazis; y, aunque sospecha que ella no es más que un fantasma que ignora su muerte, decide quedarse a su lado), “Zeidlus el Papa” (donde un arrogante teólogo es engañado por el Diablo para que se convierta al cristianismo) y, sobre todo, “Yentl, el muchacho de la yeshiva” (que se hizo muy popular por su versión cinematográfica, protagonizada por Barbra Streisand).

En resumen: que tengo que perseverar en la búsqueda de más libros de Isaac Bashevis Singer, vive Dios. Me encanta su prosa.

domingo, 12 de enero de 2020

El penitente




Se llama Joseph Shapiro y se ha presentado delante del autor de este libro para contarle su historia. Como puede observarse, el procedimiento narrativo del que se vale Isaac Bashevis Singer no puede ser más transparente y más clásico: el del fabulador que se limita, presuntamente, a escuchar a alguien y luego transcribir sus palabras. Desde el principio, el escritor polaco (premio Nobel de Literatura en 1978) nos está dejando clarísimo que no pretende originalidad alguna en cuanto a la forma. Ni tampoco (lo descubriremos de inmediato) en cuanto al contenido, pues El penitente nos refiere la historia de un hombre que, habiéndolo tenido todo, se arrepiente de su vida desnortada después de dos infidelidades matrimoniales (una suya y otra de su esposa) y vuelve los ojos hacia la religión. Nihil novum sub sole.
Ahí radica, paradójicamente, la grandeza de esta novela, que traduce Rosalía Vázquez para el sello Plaza & Janés: en que basa toda su magia en unos mimbres formales y argumentales de sobra conocidos; y, aun así, se alza hasta un elevado nivel, que consigue mantener la atención de los lectores.
Shapiro le cuenta que consiguió escapar del nazismo y del estalinismo y embarcó hacia los Estados Unidos en 1947, junto con su esposa Celia. Allí prosperaron, se enriquecieron mucho… y se perdieron. Él malgastó su honestidad con una amante que le sacaba el dinero; y ella lo hizo con un profesor universitario. Esa doble sordidez impulsa a Shapiro hacia sus orígenes religiosos, pero no hacia “un judaísmo moderno y arbitrario, sino al judaísmo de mis abuelos y tatarabuelos” (p.58). El mundo que lo rodea se ha convertido a sus ojos en un lodazal, donde todos disfrutan con la violencia y con el adulterio, obsesionados con el dinero y el sexo. Y él, aunque no disponga de la fe suficiente, decide volar hacia Israel para, a fuerza de oraciones, sacrificios y renuncias (el sexo volverá a tentarlo varias veces), alcanzar la luz de la verdadera fe: aquella que lo redima de obscenidades, materialismos y equivocaciones morales.
Una interesante reflexión sobre la posibilidad de que el auténtico progreso moral se pueda conseguir mirando hacia atrás, en lugar de hacerlo hacia adelante.