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martes, 29 de noviembre de 2022

Los apuñaladores

 


Me asaltan sensaciones contradictorias cuando coloco los dedos sobre el teclado para elaborar esta reseña sobre Los apuñaladores, de Leonardo Sciascia, que he leído en la traducción de Juan Manuel Salmerón para Tusquets. Por un lado, cómo no, la prosa del siciliano, que siempre es magnífica y que produce evidente atracción (al menos, sobre mí). En ese apartado, todo resulta seductor, porque Sciascia siempre sabe construir su relato de la manera más adecuada. Pero (ay, los peros) del otro está la narración en sí, que en este caso resulta perfectamente inane. El motivo no es imputable al escritor, sino a la materia misma que nos traslada: los sucesos históricos que tuvieron lugar en octubre de 1862 y en enero de 1863, cuando una macabra serie de apuñalamientos invadieron la ciudad de Palermo y sembraron el pánico entre sus habitantes. ¿Se trataba de una maniobra delictiva o política? ¿Quién estaba detrás de estos luctuosos sucesos? Al principio, las declaraciones de uno de los implicados (Angelo D’Angelo) provocaron que las investigaciones se orientasen en una determinada dirección, y que algunos elevados personajes de la época, como monseñor Calcara o el príncipe de Sant’Elia, quedasen salpicados por los rumores. Ahora bien, ¿estaban de verdad relacionados con aquella sangrienta trama?

Sciascia se adentra en ese mundo de delaciones, intrigas políticas e intentos de desestabilización del gobierno; y, manejando hipótesis más o menos arriesgadas, perfila las fronteras de una explicación.

El problema se complica cuando nos preguntamos hasta qué punto esta historia puede interesar hoy en día a un lector de España. Mi respuesta incorpora un suspiro y un encogimiento de hombros. Admito que la contraportada nos hable de Los apuñaladores diciendo que construye “un amargo retrato del poder y de los laberintos de corrupción que lo envuelven, y configura un tortuoso relato sobre la derrota de la justicia y la vulnerabilidad de la sociedad ante un Estado degradado”. Vale. Es posible que sea así. Pero yo, lector y admirador de Sciascia, reconozco haber leído la segunda mitad del libro (la conjetural) entre bostezos. Esperaba un giro novelesco que la obra, ay, al final no aborda. Decepción.

viernes, 27 de septiembre de 2019

El archivo de Egipto




Doy fin a la relectura de la novela El archivo de Egipto, de Leonardo Sciascia, en la traducción de Ana Goldar (Bruguera, Barcelona, 1982), y sigue pareciéndome, como cuando le leí en mi época universitaria, una narración estupenda. Es, sí, la historia magistralmente contada de una hábil impostura (la falsificación de unos códices por parte del fraile Vella); pero también, y sobre todo, es la crónica fidelísima, puntual, amarga e irónica de una aristocracia siciliana que se aferra a sus privilegios. Creo que en 1989 me fijé más en el primer aspecto, mientras que ahora (ampliación de mis horizontes como lector) reparo más en la segunda de las interpretaciones o aristas de la obra.
Los momentos más brillantes de esta novela son, a mi entender, las secuencias en que el astuto fray Giuseppe Vella es agasajado por nobles pelotilleros que desean (con regalos por medio) que éste les confirme “históricamente” su status; y los capítulos del final donde se nos desgrana la atroz tortura que se aplica al abogado Di Blasi (feroz testimonio contra tan inmunda práctica).
Un portento de libro.
Y apunto una frase que en la lectura de hace treinta años no me llamó la atención de un modo especial y que ahora, huérfano ya de madre y padre, me ha provocado auténtico escalofrío: “Cerró los ojos. Al volver a abrirlos, su madre ya no estaba allí, para siempre”.

domingo, 16 de abril de 2017

A cada cual, lo suyo



Los pueblos pequeños tienden a constituirse en unidades claustrofóbicas, en las que sus integrantes se ven sometidos a una estrecha vigilancia (física, emocional y hasta espiritual) por parte de sus convecinos. La historia que nos traslada en esta novela el italiano Leonardo Sciascia contiene muchos ingredientes de esas atmósferas asfixiantes.
Nos encontramos en un diminuto pueblo de Sicilia, en el año 1964. Después de haber recibido un anónimo amenazándole de muerte, el farmacéutico Manno aparece asesinado junto a su amigo el doctor Roscio, que participa con él en una jornada de caza. ¿Qué justifica este brutal crimen? ¿Qué actuaciones pudieran provocar este horrendo suceso? Las habladurías comienzan a dispararse casi de inmediato, y todos acarician la posibilidad de que el farmacéutico tuviera una aventura galante con una mujer casada, cuyo esposo se ha vengado. Pero entre los vecinos se encuentra el profesor Laurana, que ha comenzado a elaborar sus hipótesis sobre el crimen y que ha comenzado una ronda de pesquisas acerca del caso (“Su curiosidad era puramente humana, intelectual, que no podía ni debía confundirse con la de quienes, a sueldo de la sociedad, del Estado, capturan y entregan a la venganza de la ley a aquellos que la transgreden o violan”, p.119). Un recorte de prensa que proviene de L’Osservatore Romano, la actitud cada vez más sospechosa del abogado Rosello, la exultante sensualidad de la viuda del farmacéutico y el ritmo creciente de las murmuraciones populares le irá llevando en una dirección tan inequívoca como peligrosa.

Leonardo Sciascia, traducido por Juan Manuel Salmerón para el sello Tusquets, construye en estas páginas un relato sencillo pero cenagoso, donde muchas de las miserias del ser humano afloran a la superficie con inquietante velocidad. Un texto seductor de un novelista maravilloso.

viernes, 3 de febrero de 2017

El contexto



El fiscal Varga, ocupado en el proceso Reis, es asesinado por sorpresa de un tiro en el corazón. Asombrado, el estamento policial pone en manos del inspector Rogas la investigación del caso, para que lo esclarezca y detenga al culpable. Pero antes de que pueda avanzar ni siquiera un milímetro en su trabajo aparece muerto, también de un certero disparo en el corazón, el juez Sanza. Y antes de que periodistas, policías o políticos se recuperen de la imprecisión se suman a la macabra lista el juez Azar, el juez Rasto y el juez Calamo. ¿Qué es lo que está ocurriendo? ¿Un asesino en serie que se ha especializado en representantes de la judicatura? ¿Un perturbado que quiere desestabilizar al gobierno o provocar daños irreparables en el sistema social?
El inspector Rogas (un hombre culto, que lee y frecuente el arte de los museos) trabaja sobre la idea de una conexión política o judicial entre los crímenes, pero sus superiores prefieren aferrarse a la hipótesis de que la autoría de que estos asesinatos hay que adjudicársela a un loco homicida, porque les resulta menos inquietante. Con el transcurso de los días, la investigación se va complicando: de un lado, Rogas interroga a sospechosos y va perfilando su retrato robot del presunto culpable; del otro, nota cómo su proceder inquieta a las altas esferas, y mucho más desde que afirma que quizá la vida del presidente del Tribunal Supremo se encuentre en peligro.
La novela, que parte de esa ambientación temática de espíritu policial, se convierte pronto en algo mucho más denso cuando Leonardo Sciascia comienza a hablarnos de oscuros juegos de poder y manipulaciones informativas, que irán adquiriendo al final de la obra una densidad casi cenagosa.

El único disgusto que me ha deparado este volumen es el conjunto de torpezas que la traductora, Carmen Artal Rodríguez, comete en sus páginas. Por su culpa, los lectores tenemos que sufrir la abominación del “en base a” (en las páginas 21 y 23), ciertos posesivos abominables (“detrás suyo”, p.58; “delante mío”, p.169) y algunos usos preposicionales que dejan bastante que desear (“Sentado en una mesa”, p.162). Lo demás, memorable.

domingo, 1 de junio de 2014

El hombre del pasamontañas



Cuando llegué a la universidad para estudiar Filología, allá por 1985, una de mis primeras decisiones fue la de adquirir mensualmente algunas revistas literarias que me permitieran estar al día con autores y obras de auténtica importancia. Me pareció que podía ser un buen complemento de actualidad, frente a las informaciones clásicas que me pudieran dar en clase. En una de esas revistas (la célebre “El Urogallo”, ya desaparecida) leí un artículo muy elogioso sobre Leonardo Sciascia, al que se calificaba como mejor escritor italiano vivo. Era un autor que no me sonaba de nada; y durante un tiempo las cosas siguieron igual. Pero una vez que rompí el hielo leyendo El archivo de Egipto ya no he dejado de frecuentarlo con afectuosa asiduidad.
Ahora, el sello Piel de Zapa pone en manos de los lectores españoles el volumen de crónicas El hombre del pasamontañas, que traduce Raúl Ruiz. Son siete escritos en los que el siciliano realiza aproximaciones a diversos personajes (desde 1613 hasta la actualidad), con una técnica en la que se mezclan periodismo de investigación, literatura y ensayo de una forma sugerente y plástica. La explicación de por qué eligió confeccionar este tipo de crónicas la tenemos en la página 73 y es cristalina: «El gusto por la indagación, por hacer encajar los datos o ponerlos en contradicción, establecer hipótesis, conseguir una verdad o explorar un misterio allí donde la ausencia de verdad no era un misterio o su presencia no era misteriosa. Un juego que, a menudo, está acompañado e incitado por el pundonor; pero alguna vez interviene también una especie de piedad».
Partiendo de esas coordenadas, Sciascia nos narrará la crónica de un crimen misterioso, con decapitación incluida, que sucedió en la Palermo de 1613 (“Don Alonso Girón”); diseccionará y comentará el odio inveterado que reservaba don Francesco Maria Emanuele e Gaetani, marqués de Villabianca, para el hereje Mariano Crescimanno, lo que no le impidió hacerse con los escritos de éste último cuando murió en prisión (Sciascia, oportunamente, trae a colación el relato “Los teólogos”, del argentino Jorge Luis Borges); nos explicará que el degenerado Pietro Bonaparte inspiró a Stendhal el personaje de Fabrizio del Dongo (uno de los protagonistas de La Cartuja de Parma) y que se vio envuelto en un rocambolesco episodio en el cual acabó matando a un periodista de un disparo; nos hablará de una desdichada tonadillera del teatro San Martino que, pudiendo hacerlo, jamás buscó la protección de un mecenas rico (“La pobre Rosetta”); nos comentará el breve paso de la espía Mata Hari por Palermo; y nos glosará la extravagante noticia de que Borges, quizá, nunca existió, sino que fue simplemente un montaje perpetrado por un consorcio de escritores... Pero sin duda el capítulo más memorable es el que presta su título al volumen: un análisis profundo, psicoverbal, de las declaraciones de Juan René Muñoz Alarcón, que delataba y señalaba para la muerte a gentes de izquierda durante la dictadura pinochetiana.

Ha sido sin duda una idea excelente reunir estas viejas crónicas en un tomo al alcance del público español, sobre todo porque autores como Leonardo Sciascia no son ni mucho menos frecuentes en el panorama europeo. Todo lo que sale de su mano está adornado siempre con una prosa magistral y se eleva a la categoría de arte.